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martes, 6 de mayo de 2025

Lecturas: Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda (César Vidal)

 Vidal me cae mal. Muy mal. Esa meliflua expresión de protestante con intereses económicos no del todo claro, sus peleas con Jiménez Losantos, sus bochornosas intervenciones recogidas en Youtube en las que asume el papel y los cometidos de un telepredicador enloquecido y falsario. Véase:




Aclarado esto, he de reconocer que junto a una desaforada grafomanía, el tipo aparentemente sabe de lo que escribe. O al menos sabe sacar partido de la bibliografía o de los recursos disponibles en la red. En este libro, poco aporta y mucho informa. Que Carrillo fue un criminal de guerra todos lo sabemos, y excepto los de su cuerda, lamentamos que muriera de viejito sin haber pisado no una checa sino una cárcel de la democrática y domesticada España. Que Stalin fue el mayor hijo de puta que conocieron los siglos es también algo que tampoco merece la pena repetir.

Aquí, sin la brillantez ni el rigor expositivo de, digamos, Julius Ruiz (ni tan siquiera de Jiménez Losantos), Vidal ofrece un paralelo entre dos de las mayores matanzas de prisioneros políticos del siglo XX: la matanza de Paracuellos del Jarama, ocurrida en las afueras de Madrid en 1936 y la masacre del bosque de Katyn, perpetrada por la NKVD soviética en 1940. Como si hiciera falta insistir en ello, ambos crímenes fueron silenciados por razones ideológicas mereciendo ambos el mismo tratamiento en términos de memoria y justicia.



Como él mismo dice, “Lo grave no es que se hable de los crímenes del franquismo. Lo intolerable es que se silencien los del Frente Popular”. En la primera parte, describe, tras un prescindible repaso de las ideas de Marx y de Pablo Iglesias (el fundador del PSOE, no el tabernero cavernario homónimo), el desarrollo de las matanzas de Paracuellos. En la segunda, casi con desgana, la de Katyn olvidando, por ejemplo, los intentos de camuflaje comunista de aquel horror, de cómo con documentos falsos se intento vender que la autoría era nazi. Un título básico como el Mackiewicz (tengo la primera edición, de 1960) lo demuestra.

 

Tras la que, en rigor, fue “la primera gran matanza sistemática de prisioneros políticos en la Europa occidental del siglo XX” de la que fueron culpables, en nuestra áspera España, tanto altos mandos del Frente Popular como asesores soviéticos, señalando la voluntad de “silenciar Paracuellos para no empañar el mito fundacional de la izquierda democrática” y desbarrar aquí y allá, en lo que acierta Vidal es en que “No se trata de abrir heridas, sino de cerrarlas con verdad y justicia para todos”. Amén (que diría no sé si él, pero sí yo como católico y anticomunista confeso). 

domingo, 6 de febrero de 2022

Lecturas: Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide (Richard J. Evans)

 Aunque en la sobrecubierta aparezca Goebbels con un efecto espejo, se viene a la mente, cosas de estos tiempos, Trump con el labio plegado y el gesto de asco diciendo Fake News. Y no extraña pues Evans aquí trata de eso, de las falsas noticias, los falsos hechos, repetidos tantas veces acerca del nazismo y que analiza breve y documentadamente, limitando esos asuntos a cinco: ¿Los protocolos sirvió como "justificación del genocidio"?, ¿Recibió el ejército alemán una "puñalada por la espalda" en 1918? ¿Quién incendió el Reichstag? ¿Por qué Rudolf Hess voló a Gran Bretaña? ¿Escapó Hitler del búnker? Las respuestas no satisfarán a los amigos de lo peregrino e insólito.



Aquí van: Los protocolos de los sabios de Sión ya estaban desacreditados en el momento de mayor efervescencia del nazismo. Hitler lo nombra de pasada en Mein Kampf, Goebbels reconocía abiertamente su falsedad. Sólo los periódicos nazis más chiflados, sobre todo Der Stürmer y en menos grado el Volkischer Beobachter sacaban de paseo el viejo libelo ruso. No necesitaron usarlo como coartada para justificar el genocidio. Bastó la vieja tradición antisemita alemana desde Lutero hasta el propio Holocausto. La famosa puñalada por la espalda no fue tal: bastó con la desastrosa gestión de la ofensiva alemana del verano de 1918 y su resultado de deserciones masivas, junto a la constancia del Alto Mando alemán de que la victoria era imposible, para que, pese al abandono de Rusia tornada bolchevique no bastara para compensar la incorporación a la guerra de Estados Unidos. Nadie apuñaló a Alemania: ella solita se suicidó militarmente. El Reichstag lo incendió el orate de Marinus van der Lubbe, el acusado desde el primer momento y capturado inmediatamente. No hubo conspiración alguna. Hess estaba convencido de que podría pactar la paz con el Reino Unido y atraer su alianza para combatir a los soviéticos. Obró por su cuenta y (mucho) riesgo: ni Hitler estaba al corriente ni fue una hábil trampa de la Inteligencia británica, como sostiene Martin Allen en su libro cuyo contenido nutre un artículo en este blog (ver aquí). Hitler no escapó del búnker, por mucho que Stalin jugara al misterio para mantener vivo el miedo al lobo.

En definitiva, un libro conciso, que va al grano y que despeja tantas mentiras. Más que recomendable.  

viernes, 28 de septiembre de 2018

El amargo sabor de la victoria. En las ruinas del Tercer Reich (Lara Feigel)



Antes de que la guerra terminara en Europa, una serie de reporteros y escritores acompañaban, de actores y directores de cine, acompañaban a los aliados en su doloroso avance sobre Alemania. Stephen Spender W. H. Auden, Klaus Mann, Erika Mann, Marlene Dietrich, Lee Miller, Billy Wilder, Martha Gellhorn entre ellos. Un paisaje de ruinas y de espinas, de civiles resignados, de campos liberados, de nazis a la carrera. Buscaban juzgar un país que amaban, como en el caso de Spender y Auden, de un país que los había rechazado como en el de Dietrich, los hermanos Mann y Wilder. Todos se preguntaron qué hacer con Alemania, con la mentalidad de los alemanes, a partir de la derrota de la bestia. Unos respondieron con ironía, otros con rabia, todos con dolor. La Alemania democrática y libre por la que los aliados y los soviéticos combatieron se convirtió en dos países, en una amenaza constante, una paz armada y quebradiza con hambre y deudas y dudas sin resolver. Lara Feigel lo relata con maestría y claridad. 


La intención de la autora es clara: “Este libro es en parte un intento de conciliar o al menos desenredar estas dos historias. Los cuatro primeros años después del conflicto son el puente entre dos mundos que conocemos bien: la devastación y el horror de la Segunda Guerra Mundial y la poderosa y pacífica Europa occidental de hoy, dominada por una Alemania próspera y liberal. Entre ellos hay otro mundo que hubiera podido ser, un mundo que los protagonistas de estas páginas esperaban crear; pero no lo consiguieron, primero a causa de la intransigencia alemana y después como consecuencia del abrumador pragmatismo de la política de la Guerra Fría. Ésta es la historia de un grupo de artistas que lucharon por dar vida a un nuevo orden y luego, al desvanecerse la esperanza de lograrlo, lloraron por todo lo que se había perdido”.

Hasta 1949, el libro relata la lucha por la esperanza de quienes, viviendo episodios como el proceso de Nüremberg o el bloqueo de Berlín y la supervivencia de media ciudad merced al épico Puente Aéreo, buscaron reconciliarse con la esperanza en un paisaje apocalíptico. No todos lo consiguieron, pero sí lo intentaron desesperadamente. Amargamente.


lunes, 30 de julio de 2018

Lecturas: Los cañones del atardecer. La guerra en Europa, 1944-1945 (Rick Atkinson)


La imagen, entorpecida por letras y reproducida en el interior, está en la sobrecubierta del libro. Hombres que cruzan el Rhin bajo el fuego enemigo en marzo de 1945 durante la operación Varsity Plunder. Hombros que se alzan, cabezas que se hunden y la tentación de rezar una última oración. Es el universo interior de los muchos que luchan y mueren, sea con el uniforme de los aliados o el de los nazis, en esta minuciosa crónica del último año de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Este volumen, último de la meritoria Trilogía de la Liberación, goza de las exactas virtudes que sus compañeros. Abrumador en datos, excelente en la narración, tal vez se eche de menos un mayor detenimiento, que llevaría a dedicar un volumen a cada episodio, ya que entre la invasión en Normandía y la rendición nazi fueron muchos los episodios que requieren un mayor detalle. Pero es una visión de conjunto de aquel casi año vertiginoso, y narrado exclusivamente desde el punto de vista de los aliados anglo-estadounidenses, por lo que el avance soviético sobre la Alemania nazi sólo es nombrando, tangencialmente, acá y allá. Por medio, Normandía, las operaciones Goodwood, Cobra, Dragón, Market Garden, la conquista de Aquisgrán, los combates del bosque de Hürtgen, el asalto sobre la línea Sigfrido, la batalla de las Ardenas, el asedio de Bastogne, la operación Varsity Plunder y la ocupación de la bolsa del Ruhr.



Si algún reparo puedo poner a este excelente libro, a la trilogía modélica de la que forma parte, es la ligereza con que se trata el bombardeo de Dresde. Y si algo debo agradecerle es el retrato de Eisenhower, que emerge como un genial organizador y un ser humano muy apreciable. Comparado sobre todo con el vanidoso y presuntuoso Montgomery. Un beve apunte sobre la grandeza de Eisenhower: en junio de 1945 se le dedicó un homenaje en el ayuntamiento de Londress. Cuenta Atkins, ya en el epílogo del libro: "Eisenhower subió al estrado para recibir un aplauso de bienvenida de los grandes de Inglaterra, Churchill el primero de ellos. Durante veinte minutos, pálido y un poco nervioso, habló sin apuntes de su causa común, de su sacrificio compartido y de su victoria conjunta. "Nunca me había percatado de que Ike fuera un hombre tan grande hasta que le oí hoy", escribió Brooke en su diario. Una frase del discurso de Eisenhower se grabaría sobre su tumba en Kansas un cuarto de siglo más tarde: "La humanidad debe siempre formar parte de cualquier hombre que obtenga la fama por medio de la sangre de sus seguidores y los sacrificios de sus amigos".


En términos subjetivos, la guerra traería también sus enseñanzas a los supervivientes: "Un miembro de la tripulación del Ejército del Aire que completó cincuenta misiones de bombardeo observó: "Nunca me sentí tan vivo. Nunca la tierra y todo lo que la rodeaba me pareció tan real y brillante". Un ingeniero  de combate reflexionaba: "Lo que tuvimos juntos fue algo horrible y endiabladamente bueno, algo que no creo que volvamos a tener mientras vivamos".

Estaban templados, tocados por el fuego. "Indudablemente, no somos menos hombres que nuestros antepasados", escribió Gavin a su hija. Alan Moorehead, que había asistido a la desgracia escarlata de principio a fin, creía que "en muy diversos lugares puede un hombre encontrar grandeza en su interior":

"El artillero antiaéreo en un ataque y el muchacho en una barcaza de desembarco sintieron realmente en algún momento que lo que estaban haciendo era algo intrínseca y definitivamente bueno, lo mejor que podían hacer. Y en aquellos momentos había una satisfacción insuperable, un sentido de estar cumpliendo su vida enteramente... Aquel breve ennoblecimiento siguió repitiéndose una y otra vez hasta el final, y renovaba y aligeraba por entero la sórdida y heroica historia".




martes, 20 de marzo de 2018

Lecturas: El día de la batalla. La guerra en Sicilia y en Italia, 1943-1944 (Rick Atkinson)

Otra obra de monumental documentación, dedicada a una campaña a la que no se le da bastante importancia, obviando el drama de Monte Cassino. Atkinson sigue su pauta habitual de seguir a las tropas de cerca, entre el desembarco en Sicilia en julio de 1943 (la lucha en el norte de África, objeto de la anterior entrega de esta trilogía, buscaba un punto de partida para invadir Europa) y la caída  de Roma en junio de 1944 (al día siguiente se produciría el desembarco de Normandía). Una vez más, hay pulso narrativo (a la manera del más conocido Antony Beevor) y apabullante información, acompañando Atkinson tanto a los generales (Mark Clark destaca esta vez, mostrándose tan fatuo y pagado de sí mismo como Montgomery, que también comparece abundantemente en estas páginas) como a los soldados, destacando la figura del teniente John J. Toffey, un buen jefe de tropa muerto en los últimos compases de la campaña y autor de hermosas y humanísimas cartas.  Lo que se pretendía, una vez salidos de Sicilia, un paseo militar merced a los desembarcos en Salerno y Anzio, se convirtió en un lento, cruento, doloroso avance merced a la resistencia de las tropas alemanas (las italianas habían claudicado no mucho después del desembarco siciliano). La sangre, el sudor y las lágrimas (medidas en toneladas) que auguraba Churchill a través de un incomodísimo ladrillo de 1218 páginas, de las que 324 son de notas. Al igual que su predecesor dentro de esta trilogía, nos encontramos ante una obra maestra de la Historia Militar. 



miércoles, 3 de enero de 2018

Lecturas: Secretos de la Segunda Guerra Mundial (Guido Knopp)

Nuevamente (ya reseñé aquí otro libro suyo), Knopp recurre a un equipo de colaboradores para un volumen misceláneo en el que Knopp interviene en la redacción de todos los capítulos que firma con los diversos autores. El resultado es, como auella vez, satisfactorio. Lo que no viene muy a cuento es lo de llamar secretos a los diversos asuntos, aunque aklgunos sigan siendo misteriosos. Esta vez se ocupa de las razones del vuelo de Rudolf Hess (siempre nombrado a la incómoda manera alemana: Heß) y de las circunstancias de su muerte. Muy recomendable, aunque no responde a ninguno de los interrogantes del libro de Martin Allen en el que me basé para otra entrada en este blog (Véase aquí: El misterio del vuelo de Hess). Le sigue un refrito curioso y variopinto sobre las acciones de comando en la Segunda Guerra Mundial: la liberación de Mussolini (en la que quedó eclipsada la participación de italianos para dar protagonismo a Otto Skorzeny), el merecidísimo asesinato de Reinhardt Heydrich y el tristísimo del primer alcalde de la liberada Aquisgrán en los últimos compases del conflicto, además del casi anecdótico secuestro de un general alemán en la Creta ocupada. Le sigue un capítulo sobre el historial médico de Hitler (no, no tenía un único testículo, sí recibió dosis de cocaína y speed dentro de sus tratamientos, sí es posible que llevara oro en su dentadura proveniente de otras arrancadas a víctimas del Holocausto, sí es posible que exagerara la gravedad de su intoxicación por gas en la Primera Guerra Mundial), el irrelevante destino de un submarino nazi hundido  frente a la costa brasileña (sin duda, el capítulo más endeble del libro) y el mito de la Fortaleza Alpina que debería haber sido el último reducto de resistencia nazi. En suma, un volumen muy interesante escrito con buen pulso y con excelente capacidad de síntesis y que puede conseguirse opcionalmente con el número de la revista Historia y Vida de enero de 2018.


martes, 29 de agosto de 2017

Lecturas: El trasfondo humano de la guerra. Con el ejército soviético de Stalingrado a Berlín (Michael Jones)

Un buen libro con un título engañoso y malo. El original en inglés es Total war. From Stalingrad to Berlin. Es decir, Guerra total. Que es lo que hubo y es lo que hay en estas páginas. No suspiritos y cartitas. Que también las hay dentro pero no va de eso este libro. Con una sólida documentación, este volumen hubiera necesitado más páginas, muchas más de las 333 de esta edición de Crítica, para dar cabida a lo que era su objetivo: contar la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista soviético desde Stalingrado hasta la conquista de Berlín y desde el punto de vista subjetivo de los soldados. El enfoque es el adecuado, y Jones narra con pericia y poniendo las cosas claras desde un comienzo. Ya en el prefacio lo advierte: La respuesta de algunas tropas soviéticas al llegar a territorio alemán -donde cometieron toda una serie de atrocidades contra la población civil- fue igualmente vergonzosa. En este libro, los combatientes rusos hablan sinceramente de las violaciones, los asesinatos y los saqueos cometidos por los de su propio bando. Aquellas acciones ensuciaron el heroísmo del Ejército Rojo. 




En el apresurado repaso a los hechos, que son narrados sólo para dar lugar a los testimonios, se señala la responsabilidad de Ilyá Ehrenburg sobre la conducta de sus lectores, y no se esconde la dejación de responsabilidades de los mandos soviéticos que permitieron tanto asesinato innecesario, tanta violación, hasta que tardíamente le pusieron coto. Como tampoco se obvian las atrocidades nazis. Por medio, asistimos a la nostalgia del poeta Pavel Antokolsky, padre de un caído de 18 años y autor de un celebrado poema sobre esa pérdida, titulado escueta y elocuentemente Hijo (el poema, aquí en español), y revelaciones terribles. Tal vez la peor de ellas sea la que cierra el libro y que da voz al soldado que en la famosa foto ondea la bandera soviética sobre el Reichstag y cuya identidad, Alexei Kovalev, se ocultó durante décadas para otorgarle a otro ese momento eterno de gloria. Explorador en el Ejército Rojo, este veterano de mil combates, se sincera con Michael Jones (es pertinente la larga cita en la que reproduzco el final del libro):


"Como explorador con labores de reconocimiento, siempre iba por delante de nuestro ejército y tenía que reunir datos para la inteligencia. Usaba a la gente local; los abordaba y les preguntaba por el paradero de los alemanes. Eran rusos, gente buena, y querían ayudarme. Me decían todo lo que sabían". Kovalev se esforzó por continuar. Le resultaba difícil decir esto, sobre todo a un occidental. Pero Kovalev me miró a los ojos y siguió: 

"Imagine esto. Cojo a una joven rusa, que está lavando la ropa en el río, a un niño que juega en un pueblo, o a un anciano sentado a la puerta de su casa. Les pregunto. Ellos me ayudan en todo lo que pueden. Y entonces, la "norma férrea de nuestro ejército": tengo que matar a mis fuentes, sin excepción. No puedo correr el riesgo de que los alemanes los capturen, interroguen y descubran que nuestras tropas están en las inmediaciones. No puedo poner en peligro a todo nuestro ejército por la vida de una sola persona".

Kovalev hizo un gesto repentino con la mano. Tenía lágrimas en los ojos. "Les cortaba el cuello con un cuchillo. Maté a centenares de los nuestros, personas decentes, amables, honradas. Los maté, los asesiné para poder derrotar a los alemanes. Este es el precio que pagué. Tengo que vivir con esto cada día, durante toda mi vida".

Una victoria extraordinaria, sustentada en un sufrimiento inimaginable. Y una bandera roja ondea sobre el Reichstag.


domingo, 28 de mayo de 2017

Lecturas: Desertores (Charles Glass)

En la Segunda Guerra Mundial, 100.000 estadounidenses y 50.000 británicos abandonaron filas, rehuyendo el combate. Cuarenta y nueve fueron condenados a muerte, y sólo uno, antes de que callaran las armas, vio cumplida esa sentencia de paredón y después. El porcentaje de deserciones, a lo largo de aquella insoportable guerra, raramente subió más de un uno por ciento. Ni traidores ni cobardes, aquellos hombres simplemente perdieron no el coraje, no la fe sino la fuerza. Hay en este libro ejemplar datos curiosos: "Aunque había más de tres millones de soldados estadounidenses en Europa, no había más de 325.000 combatiendo en un momento dado. La infantería, apenas el 14 por ciento del total de la presencia militar estadounidense en Europa, sufría el 70 por ciento de las bajas". Esto pone de relieve la sobrecarga que ese 10 por ciento llevaba sobre sus espaldas, el agotamiento de combate, la fatiga desalentadora, que llevará a muchos a la deserción. El soldado estadounidense se encontraba inmerso en una guerra en la que no se sustituían los grupos de combatientes tras una batalla o una campaña, para darles un descanso breve, como sucedía en la Primera Guerra Mundial, sino que era sustituido por soldados bisoños a medida que caían prisioneros, eran heridos o morían en combate. Ese panorama desalentador es el que llevó a algunos a plantar cara a su propio país, a sus compañeros de armas, a un destino terrible.

  



Charles Glass, con un excelente pulso narrativo, centra su atención en tres de aquellos soldados: los estadounidense Stephen Weiss y Alfred Whitehead y el británico John Vernon Bain, que sería conocido como poeta con el nombre de Vernon Scannell. De ellos, Steve Weiss fue un soldado ejemplar cuya figura merecería un libro sólo para él o una película de esas de balas trazadoras y sangre salpicando brusca a cámara lenta. El puro cansancio, cuando los sinsabores eran más que insoportables, le llevarán a desertar y a ser castigado por ello. Un soldado que, no obstante, obtuvo en aquella guerra la Estrella de Bronce, tres estrellas de batalla, la Medalla de la Victoria, la distinción por el desembarco en el sur de Francia (menos conocido que el de Normandía), la Insignia al Combate de Infantería y la Medalla de Buena Conducta, además de obtener de Francia el título de oficial de la Legión de Honor, dos Cruces de Guerra, la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Combatiente, el diploma de ciudadano de honor del departamento de los Vosgos. Y la ciudadanía francesa. Un hombre así no podía ser cobarde, ni tampoco lo fue. 








La gran aportación del libro es descubrir cómo los desertores no fueron ni unos cobardes, ni unos pacifistas heroicos. Fueron, en su mayor parte, buenos soldados que sucumbieron a la fatiga de combate y que optaron por abandonar aquella abominación de la vida en el frente, viendo morir a los compañeros o, en el caso de Bain, asqueado al ver cómo los propios soldados ingleses desvalijaban el cadáver de sus compañeros de armas. En el caso de Weiss, fue puramente el cansancio, cuando ya quedaban meses al conflicto. En el de Witehead, horrores como el que él mismo cuenta: A veces matábamos por accidente a familias enteras al despejar un edificio: no había tiempo para preguntar quién estaba en el subterráneo cuando lanzabas las granadas. Fue una experiencia terrible. A veces, también, aparecía un niño o una niña pequeña con uno o los dos brazos amputados por el combate, chillando histéricos y muertos de miedo. Whitehead, al desertar, optó por el hampa formada por otros desertores que en el París liberado se dedicó al mercado negro. Entregado a la policía militar, se le condenó a cinco años de trabajos forzados, omitiendo sus delitos y considerando sus méritos como combatiente. Weiss, el esforzadísimo y noble soldado Weiss, fue condenado a trabajos forzados de por vida; Bain, que tomaría el seudónimo por el que se haría famoso como poeta para ocultar la gran mancha de su pasado, fue recluido en un sanatorio mental e indultado más tarde por razones médicas.


Lecturas: Los verdugos y las víctimas (Laurence Rees)

El subtítulo completa que nos encontramos ante Las páginas negras de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Y la ilustración de la portada sobrecoge, con un verdugo que es Heinrich Himmler apoyando su brazo en el hombro de un niño presumiblemente pobre y víctima, muy dickensiano, mientras en gris otro nazi comparece entre ambos y observa sonriendo. Porque este mundo de víctimas y verdugos es el que verdadera y elocuentemente puebla este libro imprescindible. 


Dividido en siete partes (tituladas Genocidios; Resistencia; Combatir y matar al "inferior" y al "subhumano"; Prisioneros; Soldados de la fe; Servidores del régimen; y Suicidios colectivos), el libro, en forma de capítulos breves, un total de 35 en un volumen de 295 páginas, recoge resúmenes de las entrevistas que Rees realizó a supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, que en unos casos fueron víctimas de las atrocidades de los dos bandos, pero que en otras fueron ejecutores. Nos encontramos con judíos, miembros de la resistencia, civiles diversos, soldados, aviadores. Todos cuentan con serenidad su experiencia. Que fue siempre dolorosa. Pero que en el caso de los verdugos no va acompañada de muestras de arrepentimiento. Hay una actitud común. Tanto entre nazis, soldados nazis, aviadores norteamericanos, chequistas soviéticos. No me arrepiento, cumplía órdenes, hice lo correcto, no podía hacer otra cosa. Todo eso.  Y las víctimas cuentan el sufrimiento, el ansia por vivir, la culpa por haber sobrevivido mientras otros sucumbieron. Todo eso. Todo eso que olvidamos y que algunos hijos de puta niegan. Y no me refiero sólo a los negacionistas de aquí y allá, sino de los que prefieren ignorar que barbarie hubo en cada rincón de los países convertidos en teatro de operaciones. Cada lector encontrará un villano especialmente odioso (en el momento de escribirse el libro, todos viejitos respetables), una víctima de la que compadecerse, un héroe desconocido quie de pronto recibe un nombre. Depende de la sensibilidad de cada lector. En definitiva, un libro escalofriante que debería ser leído en cada escuela.

martes, 31 de enero de 2017

Lecturas: Un ejército al amanecer. La guerra en el norte de África, 1942-1943 (Rick Atkinson)

Es el primer tomo de una trilogía, llamada de la Liberación. Por éste le concedieron a Atkinson el Premio Pulitzer de Historia 2003. Con toda justicia. Si bien el tema es a priori el menos interesante de los tres volúmenes (el segundo se ocupa de la guerra en Italia y el tercero de la lucha en Europa occidental entre el desembarco de Normandía y la caídac de Berlín), ya que es, en resumidas cuentas, todo lo que sucedió en el norte de África tras El Alamein: los desembarcos aliados en Argelia y Marruecos, con la consiguiente campaña popr Túnez, está narrado aunando ejemplarmente lo mínimo y anecdótico con la descripción de los movimientos tácticos acompañados de sus inevitables mapas de las operaciones. Así, se sabrá por qué repentinamente dejaron de encontrarse medias de mujer en los puertos de los que partían, con destino desconocido, los cuerpos expedicionarios aliados, o los hábitos y caprichos íntimos de los más destacados mandos militares. Siempre aliados, ya que desde el punto de vista de los vencedores, y de sus copiosos archivos y bibliografías, está escrito este volumen y sus compañeros. Pero ello no significa que se cumpla aquello de los vencedores y la escritura de la Historia, ya que aquí Atkinson es inmisericorde con la torpeza de los estadounidenses, británicos y franceses cuyo devenir guerrero sigue, a la vez que no silencia los abusos, que los hubo, sobre las poblaciones autóctonas de aquel agreste teatro de guerra. 



Destaca el incansable organizador Eisenhower, destaca el excesivo Patton, destaca el insufrible Montgomery, el petulante Giraud. Destacan generales que fueron inútiles o admirables, comandantes caídos en combate, soldados cuyas cartas se citan. Un esfuerzo sobresaliente por escribir Historia Militar con sus mayúsculas y su gloria y su mugre, su patria y su crimen. Arma virumque cano, comenzaba la Eneida. Canto a los hombres y las armas. Es lo que hace con excelencia Rick Atkinson. Con laureles.

sábado, 5 de marzo de 2016

Lecturas: Vida y muerte en el Tercer Reich (Peter Fritzsche)


El título es lo suficientemente ambiguo y general como para alejar el interés de alguien avezado en justamente eso, los milagros y crímenes del nazismo. Encontrármelo como regalo con la revista Historia y Vida (más recomendable por estos libros que por la revista en sí) me hizo darle su oportunidad. Con el resultado de que es un volumen muy recomendable. Sus cuatro extensos capítulos se dedican a la vida cotidiana nazi (con una detallada exposición sobre el uso del saludo nazi), la aplicación y asimilación de los principios raciales en la vida diaria, la guerra y el Holocausto y, finalmente, el grado de conocimiento que había del Holocausto en la Alemania de entonces. Sobre lo más interesante, se señala que la evacuación hacia los campos imposibilitaba saber a ciencia cierta y de forma general lo que había pasado a los judíos. Aunque se conocían, y excusaban, matanzas como la de Babi Yar, en Ucrania, en la que murieron más de 100.000 personas. No obstante, hubo civiles alemanes que sí supieron qué sucedía:

"Sólo contadas personas intentaron imaginar o precisar el destino de sus vecinos como Ruth Andreas-Friedrich hizo en Berlín. Su honesto deseo de humanizar el destino de sus amigos se tradujo en una honesta incapacidad para entender el alcance del crimen que los nazis habían cometido. "Este horror es tan inconcebible que la imaginación se rebela a aceptarlo como una realidad", escribió en febrero de 1944:

Alguna especie de contacto se ha roto aquí; alguna conclusión sencillamente resulta imposible de alcanzar. No es a Heinrich Muehsam al que están enviando a la cámara de gas. No pueden ser Anna Lehmann, Margot Rosenthal o Peter Tarnowsky los que cavan una tumba en algún descampado remoto bajo el látigo de la SS. Y ciertamente no la pequeña Evelyne, que con cuatro años de vida estaba orgullosísima de haberse comido una pera. No, Evelyne Jakob murió de una manera diferente de esos tormentos; muriño de manera más humana, más comprensible, más imaginable.  


Aterrador y conmovedor. Como este otro dato, menor pero también terrible:

"Desde 1942, se prohibión que los judíos tuvieran mascotas y, dado que los animales en cuestión eran "judíos", tenía que sacrificárselos incluso cuando sus propietarios tenían amigos no judíos dispuestos a cuidar de ellos. El 19 de mayo de 1942 los Klemperer llevaron su gato Muschel a la consulta del veterinario en la Grunaer Strasse de Dresde, donde Eva hizo que le mataran con un narcótico: "el animal no ha sufrido. Pero ella sufre".


Llegado a este punto de esta reseña que es sólo un apunte veloz, recuerdo cuánto hijo de puta descerebrado hay todavía en twitter, en foros, en facebook, o comentando noticias, negando o celebrando el Holocausto o proponiendo repetirlo, jaleando a los verdugos, haciendo de la estupidez un orgullo. Y cierro la lectura y la indignación y el estupor y el perpetuo luto por las víctimas con otra elocuente cita:

"Los testimonios de los testigos presenciales describen muchas veces las mismas cosas, como señala Sandra Ziegler:

Llegada al campo, número, alambre de espino, llamada a lista, selección, transporte, despiojado, duchas, sopa, pan, enfermedad, cielo, infierno, corazón, ojos, naves, árboles, nubes, uniformes de la SS, cascos, botas, pistolas, perros, coches, marchas, órdenes gritadas, tazas, cucharas, cámaras de gas y crematorios, lirios, arena, ferrocarriles, "tren en la vía equivocada", destino final, niños, risa, dolores producidos por el hambre, barbas afeitadas, barracones, deporte, bulevar del campo, listas, policía judía, sopa, pan, maletas, brigadas de trabajo, transportes, aplazamiento, Berlín, Den Haag, Ámsterdam, Estados Unidos, Inglaterra, los Aliados, destino, suplicio, solución final, Dios.
  

lunes, 11 de mayo de 2015

Día de la Victoria

En un momento raro, y frenético, profesional, me tocó en suerte el pasado sábado ser el presentador, e incluso el ocasional rapsoda, en el acto en el que, en la Colección del Museo Ruso, celebramos el 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa (todavía queda un trecho para conmemorar el fogonazo inverosímil de Hiroshima) y por vez primera el Día de la Victoria. Fue un día peculiar. Sobre todo por el trabajo diplomático de hablar de la URSS sin nombrar el pacto Ribbentrop-Molotov. Y sin nombrar Katyn. Y sin nombrar el martirio injustificable de las mujeres de Berlín. Pero era otra cosa, no un ajuste de cuentas con Stalin ni el comunismo. La presencia emocionante de tres veteranos de guerra (dos británicos, con 91 y 104 años) y otro ruso bastan para justificar mi participación. Recuerdo el discurso del ruso, que comenzó reivindicando su naturaleza de ruso blanco expoliado por la Revolución y convertido en voluntario por defender su adversa patria. Y alguna confesión suya, "en esos días todos rezábamos, incluso los que no creían. Porque había que rezar para salvar la patria, para conseguir sobrevivir". Esas cosas.

El veterano Nikolai habla

Nikolai  (también) baila


Vayan aquí, por aprovechar y compartir los datos, mis tres textos que permitieron imágenes insospechadas como mi presencia ante símbolos tan opuestos. En primer lugar, la presentación del acto:


Eran las dos y diez de la noche en Moscú aquel miércoles de hoy hace 70 años. En la Plaza Roja una impresionante muchedumbre estaba concentrada, y preparados los fuegos artificiales, a la espera de un anuncio que se esperaba desde horas antes. Algunos, en la suave noche de primavera, en un ambiente que se prometía hacerse festivo, iban vestidos con los trajes de las grandes ocasiones; otros, casi con pijamas. A unos metros de distancia, el locutor Yuri Levitan, que se había dirigido al estudio de radio que Stalin tenía en el Kremlin ante las dificultades de llegar al que tenía previsto, se afanaba desde hacía 35 minutos, entre una gran agitación, para, con voz firme pero contenida, dirigirse a la nación y al mundo: "Moscú al habla. Alemania ha sido vencida por completo. El acuerdo militar de rendición incondicional ha sido firmado por las fuerzas alemanas: “Nosotros, los abajo firmantes, actuando en nombre del Alto Mando alemán, por la presente, declaramos la rendición incondicional de todas las fuerzas en tierra, mar y aire que estaban bajo control alemán al supremo alto mando del Ejército Rojo y simultáneamente al supremo comandante de la fuerza expedicionaria aliada. A todas las autoridades militares alemanas, de mar y del aire, y a todas las fuerzas bajo control alemán,  se ordena cesar las operaciones activas a las 23:01 horas, tiempo central europeo, del 8 de mayo de 1945, debiendo mantenerse en sus posiciones en ese momento y desarmándose completamente. Entregando sus armas y equipos a los mandos o comandantes aliados locales designados por los representantes del Supremo Alto Mando aliado. En caso de que el Alto Mando alemán o de fuerzas bajo su control no actuaran de acuerdo esta acta de rendición, el Mando Supremo de las Fuerza Expedicionaria Aliada y el Alto Mando soviético realizarán las acciones punitivas o de otra índole que consideren apropiadas. Firmado en Berlín el 8 de mayo de 1945. “Hemos transmitido el acta de rendición de Alemania.”

Nada más apagarse su voz, se iluminó la noche con los fuegos de artificio, los abrazos, las lágrimas, las canciones y los besos. Atrás quedaban, atrás nos quedan, 27 millones de muertos soviéticos. El 14 % de la población. Más allá de las cifras, este acto celebra la paz, el fin de una pesadilla; celebra y honra la memoria de los caídos. De todos los caídos. Y la supervivencia de una nación, Rusia, cuya cultura y tradición nosotros luchamos también por conservar y transmitir.


La asociación rusa “Nash Dom”, que significa “Nuestro hogar”, nos trae, a través de su agrupación Kalinka, la memoria sentimental de aquellos años de zozobra y de esperanza. Hay entre nosotros, honrándonos con su ejemplo, veteranos de aquella guerra. A ellos queremos dedicar este concierto con el que Málaga se une a las celebraciones globales para que no olvidemos la barbarie, para que nunca más a ella regresemos. En recuerdo a los que lucharon, a los que cayeron, a los que sobrevivieron, a los que no podemos olvidar, que suenen los versos y la música.


Después, mi momento favorito. La introducción y el recitado del poema "Espérame" de Kostantin Simónov. Usamos la versión realizada para la ocasión por una compañera rusa, lo que me impidió, rememorando la maravillosa película argentina de Juan José Jusid, comenzar diciendo "Espérame, que yo volveré. Pero espérame mucho". He aquí la explicación y el poema:
            
Hay un poema que salvó vidas, que acompañó a tantos miles de hombres en la muerte. Es un poema escrito por Konstantín Simónov en el verano de 1941, cuando los nazis avanzaban por Rusia  y escrito, de forma privada, para la actriz Valentina Serova con la que finalmente se casaría dos años después. Simónov se separó de ella para desplazarse al frente para informar como corresponsal de guerra. Ambas figuras eran populares y queridas en todo el país. Simónov, que vivía en barracones militares, pudo comprobar la alta efectividad de estos versos, al recitarlo a los soldados que lo animaban a publicarlos. Finalmente, en diciembre de 1941, cuando Simónov estaba de permiso en Moscú, fueron leídos varios poemas suyos por la radio y publicados en Pravda.  “Espérame” obtuvo la mayor resonancia. Fue copiado y circuló en millones de copias entre soldados y civiles, y también fue convertido en canción. Como un talismán que les asegurara el regreso, e incluso como última carta, último mensaje, los soldados entraban en combate llevando una copia en el bolsillo, sobre el corazón. El poema expresaba los pensamientos y emociones íntimas de millones de soldados y civiles que vinculaban su esperanza de sobrevivir a la idea de reunirse nuevamente con alguien a quien amaban. Más de setenta años después, “Espérame” conserva toda su capacidad de emoción.

“Espérame”, por Konstantin Simonov

Espérame que volveré.
Sólo que la espera será dura.

Espera cuando te invada la pena, mientras ves la lluvia caer.
Espera cuando los vientos barran la nieve.
Espera en el calor sofocante
cuando los demás hayan dejado de esperar, olvidando su ayer.

Espera incluso cuando no te lleguen cartas desde lejos.
Espera incluso cuando los demás se hayan cansado de esperar.
Espera incluso cuando mi madre e hijo crean que ya no existo,
y cuando los amigos se sienten junto al fuego para brindar por mi memoria.

Espera.
No te apresures a brindar por mí, tú también.

Espera, porque volveré desafiando todas las muertes,
y deja que los que no esperan digan que tuve suerte.

Nunca entenderán que en medio de la muerte,
tú, con tu espera, me salvaste.

Sólo tú y yo sabemos cómo sobreviví.
Es porque esperaste, y los otros no.



 Finalmente, la clausura del concierto incluyendo la canción de cierre, la vibrante "Día de la Victoria":

Aparte de aquel 9 de mayo, que fue, en la palabras del historiador británico Antony Beevor, “un día de gozo y alivio, al tiempo que de muchas lágrimas”, la primera celebración oficial del Día de la Victoria tuvo lugar un mes después, el 24 de junio de 1945, con un gran desfile en la Plaza Roja de Moscú. En él participarían un regimiento de cada uno de los frentes, así como uno de la armada y otro de la fuerza aérea soviética. Se hizo llegar la mítica bandera que había ondeado sobre el Reichstag así como un gran número de banderas capturadas al enemigo. La tradición rusa señalaba que los desfiles triunfales debería dirigirlos un hombre a caballo, por lo que fue el mariscal Zhukov, artífice de la conquista de Berlín, y no Stalin, quien encabezó el desfile, sobre un caballo blanco, en una lluviosa mañana. El punto culminante llegó cuando marcharon hasta el mausoleo de Lenin, sobre el que estaba ubicada la presidencia del acto, doscientos veteranos, uno detrás de otro, para arrojar a los pies de Stalin las banderas nazis que llevaban. Ese acto simbólico venía a mostrar la destrucción de la Alemania nazi y, más importante aún, la supervivencia de Rusia como nación.  
Pasaron veinte años sin actos oficiales, sin desfiles, para celebrar el día de la Victoria. Cuando éstos fueron retomados, resurgió el recuerdo de la gesta en canciones y en poemas. Pero fue al cumplirse treinta años del final de la guerra cuando la más popular de las expresiones de la memoria de aquellos hechos surgiría como canción. Compuesta por David Tukhmánov con letra de Vladimir Kharítonov, cierra este concierto:

Día de la Victoria, que lejos estaba de nosotros,
como una brasa escondida en una fogata apagada.
Recorrimos millas quemados y polvorientos
hicimos lo que pudimos por apresurar este día.

Este Día de la Victoria
con su fuerte olor a pólvora.

Esta fiesta,
con canas en nuestras sienes.

Esta alegría,
con lágrimas en nuestros ojos.

Día de la Victoria, Día de la Victoria.







martes, 11 de noviembre de 2014

Lecturas: Los últimos nazis (El movimiento de resistencia alemán (1944-1947) (Perry Biddiscombe)

Werewolf se les llama empecinadamente a lo largo del libro. Werwolf, que es casi lo mismo y que también en alemán significa hombre lobo, es la palabra correcta. Y que es como se llamaron a sí mismos los miembros de la quimérica y patética resistencia nazi. El libro, que se deja leer de aquella manera, es de los que insisten en explicarte los árboles sin dejarte ver el bosque. Tal vez porque su autor, con una labor de archivo admirable, ya había publicado otro libro, que imaginamos más satisfactorio que éste, sobre el mismo tema, aquí se detiene en contar las hazañas paramilitares, más que bélicas, de éste y aquél grupo. Se lee con decreciente interés las diversas modalidades de enfrentarse a la derrota de aquellos nazis terminales, y sólo en los últimos capítulos se nombra que fueron unos mil los muertos causados por estos gudaris tedescos (coincide la cifra y el fanatismo con los primos de la serpiente y el hacha, comparación ésta, la mía, majadera pero oportuna ahora que soplan aires pestilentes de fronda sobre la piel de toro). Así que lo que se está leyendo sólo alcanza su dimensión al final del libro. Con todo, es curioso leer cómo los nazis usaron como tapadera la organización de los boy scouts, o descubrir que las novelitas de vaqueros e indios de Karl May servían como inspiración a los lobeznos nazis o el pintoresco devenir del torpe mesías Siegfried Kabus. Pero poco más.  

Lo que mande el señorito. O sea, Heil. 

Kabus fardando de lo suyo

viernes, 28 de febrero de 2014

Lecturas: El oscuro carisma de Hitler (Laurence Rees)

Una decepción tras un comienzo prometedor. La sobrecubierta habla de miles de testimonios recogidos en el libro: la lectura y la consulta de las notas demuestran que, en todo caso, serán pocos centenares. Con ello, se ha multiplicado, al menos por diez, el mérito del libro. Que es, por sí mismo, una sobrevaloración clara. En el mismo texto que busca persuadir al lector de la bondad del libro (mi edición es la de Círculo de Lectores) se menciona que "Hitler usaba gafas, pero nunca se dejaba retratar con ellas, e incluso llegaron a fabricarle una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para redactarle los textos que tenía que leer". De los dos datos curiosos, creo recordar que sólo el primero se incluye en el libro. Los pormenores de la construcción del mito del monstruo son, por tanto, menos abundantes, menos menudos y precisos, de lo que debiera esperarse. Con la misma afición que, por ejemplo, Antony Beevor para intercalar testimonios en el relato de los grandes hechos, Rees aquí yerra. En el peor de los casos, logra que los relatos de los que presenciaron esos hechos (aquí, por lo general, militantes nazis y algún miembro de la resistencia interior) sean más interesantes que lo que Rees aporta. 

Y lo que hace Rees es una especie de biografía apresurada de Hitler en la que la construcción del carisma es subrayada, apoyada por una nota aquí y otra allá. Pero no consigue que el lector avezado se sorprenda o cambie la opinión que tenía previamente. Poco, o nada, nuevo se aporta aquí. Tal vez al lector nuevo, que poco sepa de aquellos años terribles, le sorprenda esta aportación, menor, de Laurence Rees. En todo caso, merecen destacarse las páginas sobre la experiencia de Hitler en la Primera Guerra Mundial, o sus enfrentamientos con el general Ludwig Beck o la conspiración en torno a Werner von Fritsch. Que a Rudolf Hess se le mencione, de pasada, en sólo tres páginas, es síntoma de la endeblez de esta aportación, insuficiente, a la bibliografía reciente sobre el nazismo. 
  

sábado, 3 de diciembre de 2011

Pearl Harbor, 07-12-1941. Un día que vivirá por siempre

Hace 70 años el mundo vivía una jornada clave para la Historia. El ataque japonés sobre la base estadounidense de Pearl Harbor condicionará la evolución de nuestro mundo
Fue el día clave de una guerra clave, el día en que el terror llegado del cielo llevó a salvar Occidente. Y aunque de forma críptica la frase anterior pudiera parecer una alusión al 11-S, en un juego de espejos terribles y luctuosos, nos referimos a lo que sucedió un domingo de hace 70 años, el ataque japonés contra la base naval norteamericana de Pearl Harbor, una operación militar que se planeó como un prodigio de estrategia pero que condujo a la derrota no sólo a Japón, sino también a la Alemania nazi y la Italia fascista. Haciendo entrar en la Segunda Guerra Mundial a Estados Unidos, este ataque traidor le hizo intervenir en la contienda y ganarla. Algo que ya había sucedido en la Primera Guerra Mundial, en la que fue neutral hasta que el hundimiento en 1915 de un buque de pasajeros inglés, el Lusitania, con abundante pasaje estadounidense, le llevó a involucrarse en el conflicto hasta entonces ajeno y, por vez primera, salvar Europa.

Este día clave, 7 de diciembre de 1942, está presente, además, en la cultura popular merced a numerosas películas, entre las que hay un clásico que toca tangencial pero magistralmente el episodio, “De aquí a la eternidad” (Fred Zinnemann, 1953), una rigurosísima reconstrucción fílmica, “¡Tora!, ¡Tora!, ¡Tora!” (Richard Fleischer, Kinji Fukasaku y Toshio Masuda, 1970), y un fiasco de fuegos de artificio, pasta gansa y caras bonitas, “Pearl Harbor” (Michael Bay, 2001). Los hechos históricos, los datos nítidos (dejando fuera las numerosas teorías conspiranoicas en las que se mezclan maniobras políticas, agentes dobles y masones), ocupan estas páginas que rememoran aquel primer día de la infamia.

Preparativos
Aquel día fue la culminación de una década de paulatino deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Japón, de la que son hitos imprescindibles para comprender el ataque la invasión japonesa de China en 1932 y el establecimiento, en 1937, de un estado títere conocido como Manchukuo, la constitución del Eje compuesto por Japón, Italia y Alemania en 1940, la ocupación japonesa de la Indochina francesa en julio de 1941 que llevó a los norteamericanos a congelar, ese mismo mes los activos bancarios japoneses en bancos estadounidenses, seguido de un embargo sobre el petróleo y otros suministros vitales para el esfuerzo bélico japonés. Estas medidas, que por parte de Estados Unidos estaban dirigidas a frenar a Japón sin recurrir a las armas, opción que era rechazada mayoritariamente por sus ciudadanos, que a pesar de las simpatías por Inglaterra y las democracias, preferían el aislamiento y, con él, la paz. En nombre de la paz, Estados Unidos atrajo sobre sí la guerra. Japón pudo aducirla defensa propia para pretextar su ataque: el embargo y las sanciones impuestas por Estados Unidos no les dejaba, para sobrevivir, otra alternativa que intentar doblegar, por la fuerza, la voluntad norteamericana de plantar cara al expansionismo de Japón en el Pacífico. Mientras los cazas, bombarderos y torpederos japoneses se dirigían a Pearl Harbor, una delegación japonesa se encontraba en Washington dispuesta a tratar una solución diplomática al conflicto que, hasta ese momento, enfrentaba a ambas naciones. El primer ministro japonés, Hideki Tojo, planificó las negociaciones como una tapadera que hiciera creer a los americanos la imposibilidad de la acción militar simultánea.

Pero, siendo la decisión política de Tojo, el cerebro tras el ataque era Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la flota combinada japonesa. Una vez que, según creían, la flota norteamericana en el Pacífico quedara fuera de combate, nada podría evitar la conquista de Indonesia y todo el Sureste Asiático. El 26 de noviembre, con sumo sigilo, la flota japonesa partió de las islas Kuriles, bajo el mando del vicealmirante Chuichi Nagumo, para concentrarse a 440 kilómetros al norte de Hawaii. Allí, desplegados en torno a la isla de Oahu, aguardaban 27 submarinos japoneses. Los mensajes cifrados que se cruzan los japoneses, y que son desencriptados por los norteamericanos, dan a entender que la opción militar está en marcha en caso de que las negociaciones en Washington fracasen. El domingo 30, una semana antes del ataque, un telegrama cifrado dirigido por Tokio a su embajador en Berlín anuncia la tormenta: “Las conversaciones se han roto definitivamente. El Imperio deberá actuar con determinación. Ponga sobre aviso al canciller Hitler de que la guerra puede estallar de un momento a otro motivada por cualquier incidente, y más pronto de lo que se imaginan. Vamos a avanzar hacia el sur. A la vista de su importancia, este mensaje debe mantenerse absolutamente en secreto”. Habrá ataque. Lo que los norteamericanos ignoran es el cómo, el cuándo, el dónde. El 1 de diciembre se emite un mensaje cifrado para ser recibido por la flota expedicionaria japonesa. “Escalen el monte Niitaka”. Es la orden de ataque. Los comandantes abren sus sobres sellados. En el interior, el plan de ataque sobre Pearl Harbor. Es el momento en que se pasa a informar a las tripulaciones, que ya se reúnen, entre cánticos patrióticos, en los puentes. Los pormenores de la operación, desde ambos bandos contendientes, pueden encontrarse, expuestos con maestría, en el libro “Pearl Harbor”, de Jean-Jacques Antier (RBA y Salvat).

Minuto a minuto
Llega el momento en que cada minuto cuenta. A las 6:37, el destructor Ward avista un minisubmarino japonés, tripulado por dos hombres, que seguía a un buque de carga norteamericano, que procede a hundir a las 6:50. A las 7:00 despega desde los portaaviones la primera oleada japonesa, que sólo tarda dos minutos en ser detectada por los radares norteamericanos, pero se interpreta erróneamente el dato con confundir los aviones japoneses con otros que se espera que lleguen desde California. A las 7:15 despega la segunda oleada. A las 7:49 el capitán de fragata Mitsuo Fuchida, que comanda uno de los grupos de aviones, da la orden de ataque en forma de señal codificada: ¡Tora! ¡Tora! ¡Tora!”. Tora, en japonés, significa tigre. Los 51 bombardeos en picado Aichi D3A1 se lanzan sobre la base de Ford Island y el cercano aeródromo de Hickam Fields, mientas 49 torpederos Nakajima B5N2, dirigidos por Fuchida, atacan los buques anclados en Pearl Harbor. A la vez, 43 cazas Zero atacan el aeródromo de Wheeler Field, en el centro de la isla. Los aeródromos tenían una guardia especial para evitar sabotajes contra los aviones, pero no esperaban un ataque aéreo. A las 8:54 llega la segunda oleada. Son 25 cazas Zero que sirven de escolta, 78 bombarderos en picado Aichi y 54 torpederos Nakajima. En este momento, las defensas antiaéreas de la isla son impotentes.
La canción, "I'm off to Yokohama",
termina por no desentonar

A las 9:25 el ataque ha terminado. Una tercera oleada de ataque, prevista para el caso de que fuera necesaria, no tuvo que intervenir. A las 10:05 el gobernador de Hawaii declara el estado de emergencia. A las 12:10 despegan vanamente aviones norteamericanos en persecución de los atacantes. A las 12:30 es asaltado por la policía americana el consulado japonés en Honolulu mientras el personal de la legación destruye la documentación comprometida. A las 13:30, la escuadra japonesa dio orden de retirada y emprendió su regreso hacia Japón. Pearl Harbor está situado en el sur de la isla, constituyendo una ensenada natural a la que se accede a través de un estrecho canal, lo que dificultará la salida de emergencia de los navíos. En el centro de la ensenada, la isla de Ford Island concentra a su alrededor lo más destacado de la base naval. Uno de los navíos fondeados en Ford es el acorazado Arizona. Su hundimiento, que produjo las mayores bajas del ataque, llevó a la muerte a 1.102 tripulantes, un comandante y un contraalmirante.
El ataque, en "De aquí a la eternidad"
Infamia
El día siguiente al ataque, el presidente Roosevelt reúne en el Capitolio al Senado y la Cámara de representantes, para explicar lo sucedido y pedir la declaración de guerra. El arranque del discurso es el que llama de la infamia a este día: “Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que vivirá en la infamia, Estados Unidos fue atacado por sorpresa por fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón”. En él, se señalan, en una dinámica escalofriante, los siguientes e inmediatos pasos de Japón: “El ataque de ayer a las Islas Hawaii ha causado serio daño a las fuerzas militares y navales estadounidenses. Lamento informarles que se han perdido muchas vidas estadounidenses. Además, se ha tenido noticia de que buques estadounidenses han sido torpedeados en alta mar, entre San Francisco y Honolulu. Ayer, el Gobierno Japonés también lanzó un ataque contra Malasia. Anoche, fuerzas japonesas atacaron Hong Kong. Anoche, fuerzas japonesas atacaron Guam. Anoche, fuerzas japonesas atacaron las Islas Filipinas. Anoche, los japoneses atacaron la isla de Wake. Y esta mañana las fuerzas japonesas han atacado las Islas Midway”. La declaración de guerra no se alcanzó por unanimidad, ya que en contra contó con el voto de la representante por Montana, Jeannette Rankin, que en 1915 ya había votado contra la entrada en la Primera Guerra Mundial. La declaración de guerra por parte de Japón, que lacónicamente ocupaba sólo dos líneas, será entregada al embajador norteamericano en Tokio diez horas después del ataque, llegando a Estados Unidos el lunes por la tarde.

Con todo, el ataque no fue el primero de la guerra en el Pacífico. 95 minutos antes del ataque contra Pearl Harbor, los japoneses atacaron desde el aire Singapur, en manos inglesas. De igual modo, tampoco fue el éxito fulminante que los japoneses esperaban. Los tres portaaviones de la flota estadounidense no estaban aquel día en Pearl Harbor, y las previsiones japonesas no se cumplieron. Hallaron combate, y no sumisión. Y aunque la declaración de guerra impulsada por Roosevelt el 8 de diciembre no incluía al Eje, el día 11 Hitler declararía la guerra a Estados Unidos. Ese día, los nazis ratificaron su condena a muerte, que ya habían dictado para sí mismos el 22 de junio de ese mismo año al invadir la Unión Soviética. Con esa decisión de enfrentarse a los norteamericanos, Hitler esperaba que los japoneses le ayudaran en el combate, formando una tenaza desde el este y el oeste, contra los soviéticos. Estaba equivocado.
Rara grabación, y en color.

El prisionero y la deshonra
Entre las abrumadoras cifras de la jornada, hay una que llama especialmente la atención. Por parte norteamericana, había 143 naves y embarcaciones en el puerto, y 394 aviones en la isla. Las pérdidas se tradujeron en 1.247 heridos, 2.402 muertos y 23 naves hundidas y dañadas. Por parte de Japón, participaron 27 naves que portaban 423 aviones de los que despegaron 356, además de 30 submarinos. Las pérdidas supusieron 64 muertos, 29 aviones y 5 submarinos. El dato llamativo es la cifra de 1 prisionero. Éste, el primer prisionero de guerra japonés en manos estadounidenses, fue Kazuo Sakamaki, un oficial naval de 23 años, que participó como voluntario de uno de los cinco submarinos de bolsillo, tripulado cada uno por dos hombres. De aquellos diez voluntarios (antecesores de los inminentes kamikazes), nueve murieron en la operación contra Pearl Harbor. Tocado el submarino por un destructor norteamericano, fue descubierto y apresado Sakamaki por un soldado hawaiano. Su compañero de navegación desapareció entre las aguas. Mientras sus compañeros de misión fueron declarados oficialmente “dioses de la guerra”, el prisionero vio borrado su nombre de los registros japoneses. El primer prisionero pasó, así, a no existir. Y a ser un auténtico soldado desconocido. En los primeros momentos del cautiverio, se autolesionó, imploró que se le permitiera el suicidio. Al terminar la guerra, fue liberado y devuelto a Japón, donde se convirtió en militante pacifista. El almirante Yamamoto, estratega del ataque contra Pearl Harbor, morirá en 1943 al ser derribado por cazas norteamericanos. En una carta a un amigo, escrita unos meses antes, hacía el mejor y más doloroso análisis sobre los hechos de hace 70 años: “Un militar difícilmente puede enorgullecerse de haber destrozado a un enemigo dormido. Es un oprobio para el vencido, pero sin ninguna gloria para el vencedor”.
Artículo publicado en diario Sur el 3 de diciembre de 2011