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lunes, 7 de abril de 2014

Lecturas: Cincuenta sombras liberadas (E. L. James)

Hastío. Grande, árido. Lento. Como si intentara repetir aquello de Luis Miguel Dominguín tras el revolcón con la diosa, uno ha aguantado la lectura de los tres abominables tochos sólo para contarlo. Para intentar saber qué, qué, Dios mío, ha visto tanta gente para poner estos tres libros por encima (e incluso en vez de) ningún otro. Yo los pondré (pongo a Dios por testigo) encima del contenedor de papel reciclado a las 7 y cuarto de la mañana. No lo he llegado a entender. Ni, francamente, entiendo por qué la editorial ha llegado a poner en la contraportada un llamativo reclama que, para algunos, será cierto: "TOTALMENTE ADICTIVA, ÉSTA ES UNA NOVELA QUE TE OBSESIONARÁ, TE POSEERÁ Y QUEDARÁ PARA SIEMPRE EN TU MEMORIA". Tal cual, con un par. La madre que. Por mi parte, ni adicción, ni obsesión ni memoria. Indiferencia, y un creciente rebote reaccionario que me convierte en casi un calvinista enlutado con ojeras y gesto torcido. 

Porque la diosa que lleva dentro la muchacha de los azotes y el señor Grey y su puta madre no merecen ni empatía, ni interés. Ni siquiera la rabia que saco, convertido en otro tiparraco con látigo, en esta reseña. Pero es que un libro tan malo, y tan extenso, es difícil de perdonar, de justificar. Entre los tres de "Sí, ésta es la trilogía de la que habla todo el mundo" (según blasonan las pegatinas de las cubiertas), éste es el más gordo, el más notoriamente malo. Ni las ternuras y zozobras, ni la debilísima trama criminal ni la sucesión fatigosa de coitos bastan para animar al lector, para sostener el esfuerzo, casi titánico, de no desesperarse y reciclar, ya, el libraco y sus hermanos. Eso será mañana, ya digo.

En este, además, se incluye un ridiculísimo epílogo, que en una sección muestra a la pareja con un retoño crecido y otro en camino disfrutando de un polvo silvestre con bartola y la parentela despistada entre los matojos, otra que retrata al niñato de las tundas en sus primeras navidades felices allá cuando infante, y finalmente el primer encuentro entre la pánfila y el baranda desde el punto de vista de éste, que sólo añade sutiles observaciones del tipo ya te pillaré, jamelga.

Como últimas palabras, en cursiva y centrada, toma la voz la autora y dice, la cabrona, 


Esto es todo... por ahora
Gracias, gracias, gracias por leer este libro.
E. L. James

Todo encantador, de "yo te hablo a ti, lectora o lector, y te agradezco, tan guay como soy, tu gasto en papel, tu desperdicio de tiempo, tu calentura colmada o no. A la mierda, señora E. L. James. Con todo cariño y tres veces, ¿vale?

Para dar al lector algo que merezca la pena en este comentario, le regalo otra sombra y otra piel. Júpiter e Io (1827), de Jean-Bastiste Regnault. Es que no es bueno acostarse cabreado, digo yo.



lunes, 4 de febrero de 2013

Lecturas: Cincuenta sombras más oscuras (E. L. James)


      No todo va a ser, ni es, alta cultura. Ni siquiera cultura media, estándar, eso que viene a ser, siguiendo el canon español, lo que los libros de primaria te mandan leer: que si el Cid, que si el Lazarillo, que si las Rimas de Bécquer o los poemas de Machado. También caben aquí, y en mi tiempo, la literatura de evasión, de pasatiempo, lo que uno se lee por saber de qué va la cosa. A veces, como me ha sucedido con Dan Brown, ese tiempo ha sido de disfrute, como cuando se ve una película de la serie Bond. En el caso que nos ocupa, la segunda entrega de las tres de la saga “Cincuenta sombras” de E. L. James, se leyó con creciente sopor e incredulidad.

En la primera novela, se apreciaban los resortes, simplísimos, de James como escritora: sobre un escenario de lujo se deja caer una muchacha ingenua y virgen, avivada simplemente por la convivencia cotidiana con su mucho más descocada, y normal, compañera de piso. Hágasele coincidir con un pijo sofisticado, al que todo se le perdona por tener ojos grises y un torso bien modelado, hágase que el mozo, el tal Christian Grey (a) Cincuenta Sombras, y tras unas cuantas escenas de sado-maso suave, se asistirá al previsible proceso merced el cual el depravado mozo se convierte en corderito incipiente mientras ella sigue teniendo sus miedos previsibles. Eso, en el primer tocho de los tres.
Mi interpretación del libro
(se sugiere ampliar)


En este segundo, se reconcilian los dos pazguatos, ella dice Uau unas cuantas veces menos que en la primera novela y la diosa que ella lleva dentro va poniendo caras cada quince páginas o, lo mismo da, se pinta las uñas. Aquí, el esquema previo se confirma. El monstruo se redime, babea, susurra ternuras. Ella se deja hacer mientras no haya exceso de violencia ni haya, meramente, pupa. Se mezcla por medio una enloquecida ex amante que es pronto neutralizada, un accidente de helicóptero que es un mcguffin hitchcockiano (¡toma ya!) especialmente torpe, resuelto con torpeza del tipo “mi perro se comió los deberes, seño”, y un editor salido, frustrado y con ganas de joder la marrana (y también a la protagonista). Todo ello aderezado con coitos resueltos con la maestría de los relatos para rápido consumo de nuestra efervescente juventud internáutica. A veces, incluso, con pretensiones de sublimizad que son ridículos al mezclar el culo del sexo con las témporas de los abismos psicológicos. Véanse las páginas 217 y 218. Imaginemos esto en la futura versión cinematográfica, metiendo de fondo cualquier musiquilla trascendente, lo mismo da que sea el Réquiem de Fauré o, qué se yo, el Moldava de Dvorak, por no volver a manchar a Tallis o a su revisión por Vaughan-Williams. Copio esas páginas que a alguien podrá emocionar y que encuentro estúpidas, dignas de Corín Tellado:

Esto me supera por completo. Me abruma su confianza en mí, me abruma su miedo, el daño que le han hecho a este hombre maravilloso, perdido e imperfecto.

Tengo los ojos bañados en lágrimas, que se derraman por mi rostro mezcladas con el agua de la ducha. ¡Oh, Christian! ¿Quién te hizo esto?

Con cada respiración entrecortada su diafragma se mueve convulso, y siento su cuerpo rígido, que emana oleadas de tensión mientras mis manos resiguen y borran la línea. Oh, si pudiera borrar tu dolor, lo haría… Haría cualquier cosa, y lo único que deseo es besar todas y cada una de las cicatrices, borrar a besos esos años de espantoso abandono. Pero ahora no puedo hacerlo, y las lágrimas caen sin control por mis mejillas.
—No, por favor, no llores —susurra con voz angustiada mientras me envuelve con fuerza entre sus brazos—. Por favor, no llores por mí.
Y estallo en sollozos, escondo la cara en su cuello, mientras pienso en un niñito perdido en un océano de miedo y dolor, asustado, abandonado, maltratado… herido más allá de lo humanamente soportable.
Se aparta, me sujeta la cabeza entre las manos y la echa hacia atrás mientras se inclina para besarme.
—No llores, Ana, por favor —murmura junto a mi boca—. Fue hace mucho tiempo. Anhelo que me toques y acaricies, pero soy incapaz de soportarlo, simplemente. Me supera. Por favor, por favor, no llores.
—Yo también quiero tocarte. Más de lo que te imaginas. Verte así… tan dolido y asustado, Christian… me hiere profundamente. Te amo tanto…
Me acaricia el labio inferior con el pulgar.
—Lo sé, lo sé.
—Es muy fácil quererte. ¿Es que no lo entiendes?
—No, nena. No lo entiendo.
—Pues lo es. Yo te quiero, y tu familia también. Y Elena y Leila, aunque lo demuestren de un modo extraño, pero también te quieren. Mereces ser querido.
—Basta. —Pone un dedo sobre mis labios y niega con la cabeza en un gesto agónico—. No puedo oír esto. Yo no soy nada, Anastasia. Soy un hombre vacío por dentro. No tengo corazón.
—Sí, sí lo tienes. Y yo lo quiero, lo quiero todo él. Eres un hombre bueno, Christian, un hombre bueno de verdad. No lo dudes. Mira lo que has hecho… lo que has conseguido —digo entre sollozos—. Mira lo que has hecho por mí… a lo que has renunciado por mí —susurro—. Yo lo sé. Sé lo que sientes por mí.
Baja la vista y me mira, con ojos muy abiertos y aterrados. Solo se oye el chorro de agua cayendo sobre nosotros.
—Tú me quieres —musito.
Abre aún más los ojos, y también la boca. Inspira profundamente, como si le faltara el aire. Parece torturado… vulnerable.
—Sí —murmura—. Te quiero.



Hay un tópico, en las charlas de bar y filosofía barata, al hablar de las diferencias con que se viven las relaciones de pareja según seas hombre o mujer. Aquél de “Las mujeres dan sexo para conseguir amor; los hombres dan amor para conseguir sexo”. En estas novelas se juega justamente con esto. A las mujeres se les da amor para que las lean, a los hombres se nos da sexo (tampoco especialmente bien narrado; es más, a la tercera cópula, se torna monótona la descripción) para tolerar esa lectura tediosa, con tanto uau, con tanto ojos grises y tanto arrobo. El pavo de Christian Grey va calmándose en su ardor, y se adecúa a la lógica femenina, y va primando el amor que se hace empalagoso y niñatesco. La pava de Anastasia Steele, mientras la diosa que lleva dentro se zampa un yogur con bífidus, transige  con alguna picardía carnal mientras mira a Christian Grey a los ojos (grises, grises, grises) y se apiada de ese pobre niño maltratado que fue. El lector avezado, al avanzar por las páginas, consigue, a pesar de tanto almíbar, tanta lágrima y pellizco en el corazón y suspiro y congoja, simpatizar con las prácticas sadomasoquistas. Que consistiría en coger la fusta, el látigo, lo que haya a mano en el truculento armario del señor Grey y emprenderla a palos con la autora, o, en su defecto (sí, ya sé que los pobrecitos no tienen la culpa, pero hay que desfogarse) con los personajes. Qué peligro, qué jarturita, señor.