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domingo, 7 de julio de 2019

Lecturas: A Korean History for International Readers (The Association of Korean History Teachers)

Este libro comienza en el 500.000 a. C. y termina en 2008 (la edición es de 2010). Un lector dirá, con razón, que en el 500.000 a. C. Corea no existía y que es por tanto aventurar a tal fecha los orígenes del país, como sucedería en el caso de España. Pero en el 2333 a. C. ya se fundó un estado en la península coreana. Ese rey inicial y fundador, Dangun, es más un mito que una certeza. Pero no lo es la antigüedad de la historia de Corea, de la que este volumen, redactado en un elegante inglés y con sólo un par de erratas, da cumplida y aséptica cuenta. Desde el reino de Gojoseon fundado por Dangun hasta el alba del deshielo con el problemático hermano del norte, Corea ha pasado por momentos de esplendor como el periodo del reino unificado de Silla (668-935) que sucedió al periodo de los reinos de Goryeo, Baekje y Silla. Atrapada entre la expansión de China y la de Japón, Corea, con sus diversos nombres como  Gaya, Goryeo o Joseon, homónimo de la dinastía que rigió el país entre 1392 y 1910, o su fase terminal, y ridícula en su pretensión, de Gran Imperio de Han que llevó a que Japón se anexionara el país en 1910 y no lo liberara hasta la derrota nipona de 1945, la historia coreana ha sido la de un pueblo que buscó armonizar el confucionismo y el budismo a través de una entidad política unitaria. Y que luchó sin desmayo contra la ocupación japonesa en busca de una independencia que se recuperaría demasiado tarde, cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial llevara a la partición de Corea en dos repúblicas, al norte y al sur del paralelo 38. 


Un hecho tan traumático como la Guerra de Corea de 1950-1953, cerrada en falso con un armisticio pero sin un acuerdo de paz, por lo que técnicamente siguen en guerra las dos naciones, se relata de forma brevísima pero acompañada de mapas que en cuatro escenas condensan el conflicto: el 25 de junio de 1950 el Norte invadió el Sur conquistando toda la península en pocas semanas excepto un reducto al sur del país, el conocido como perímetro de Busan. La intervención de Naciones Unidas cambió las tornas a partir de septiembre de 1950, cuando un desembarco aliado en Incheon, cerca de Seúl y por tanto al norte de Corea del Sur sirvió para, avanzando hacia ambos lados del paralelo, expulsar a los norcoreanos y dejarlos sin apenas territorio excepto tres delgadas franjas junto a la frontera china. En octubre de 1950, el ejército chino pasó al auxilio de sus camaradas, con la ayuda de la Unión Soviética, recuperando la iniciativa y volviendo a conquistar Seúl. Que será reconquistada por los aliados quedando la división entre los dos países en el mismo estado que antes de la agresión norteña. Y entonces llegó el armisticio de 1953. En Corea del Norte la dinastía Kim ejerció el despotismo. En el Sur, el presidente victorioso, Syngman Rhee, furibundo anticomunista, ejercerá una represión igual de insensata. En 1961, un golpe militar encabezado por el general Park Chung-hee ejercerá una férrea dictadura hasta su asesinato en 1979 (su hija, Park Geun-hye será presidenta entre 2013 hasta su renuncia en 2017 ante la movilización popular por corrupción; en la actualidad está en prisión). En 1987, un movimiento popular llevará al reestablecimiento de la democracia. Ésta es la historia de un pueblo noble y heroico como pocos. Y al que amo de manera muy intensa.

La Guerra de Corea, 1950-1953:
En rojo, los avances del Norte. En verde, los del Sur

lunes, 19 de marzo de 2018

Lecturas: Dos caras de una misma Corea (Daniel Wizenberg y Julián Varsavsky)



Los dos autores son argentinos, y colaboran en medios como Página 12 (un periódico moderno que en los años 80 fue dejándose su rápido prestigio para devenir en panfleto muy a menudo) y en Russia Today (¡lagarto, lagarto!). Pero esta vez han creado un libro bastante sensato. En él Wisenberg relata un viaje a Corea del Norte, que no difiere en demasía de lo que nos mostraría cualquier buen reportaje escrito o televisivo. Si acaso, no entra demasiado en la hambruna crónica, en los campos de prisioneros. Tal vez porque el viajero no puede elegir allí lo que desea ver, lo que quiere contar. Varsavsky, en cambio, viaja a Seúl para, con mucha más extensión que su compañero, describir el sistema educativo, el ocio, el conglomerado industrial, la presencia de la cultura digital, una estancia en un templo budista. Desde los micromundos que no bastan para describir dos países en toda su complejidad (Seúl no es toda Corea del Sur, del modo que Pyeonjang, no es toda Corea del Norte), presentan sus relatos divergentes para después, en un arriesgado análisis, comparar ambas realidades. 

Corea del Norte vive baja una tiranía es claro y la condena del régimen es fácil (pero tampoco contundente en su exposición). Corea del Sur es injusta por la continuada explotación laboral de sus ciudadanos. Justamente, esa extenuante forma de vivir, con una alta exigencia en los estudios y en el trabajo, parece ser más aborrecible para los autores. Reconozco mi amor por Corea del Sur basado en una serie de seis viajes de trabajo realizados en poco tiempo y visitando cuatro ciudades del país. Allí he compartido con coreanos el día a día. Es cierta esa exigencia, o autoexigencia, de ser eficaces en el trabajo. Pero no supone una desdicha como parecen querer sugerir los autores. No se tiene la sensación (en Seúl, en Incheon, en Suwon, en Daegu) de esclavitud capitalista. Y sí del confucionismo que se nombra por encima y muchísimo del Jeong, un deber moral e íntimo de ayudar a los demás, no diferente de la Tzedaká hebrea, que caracteriza al nobilísimo pueblo coreano. En todo caso, la esclavitud estaría más allá del Paralelo 38. Pero ello se trata de pasada. Desde luego, ¡qué malo es el capital!