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miércoles, 7 de enero de 2026

Lecturas: Febrero de 1933: El invierno de la literatura (Uwe Wittstock)

Saber que el día del nacimiento de mi amado padre, el 17 de febrero de 1933, sería el marco temporal de uno de los capítulos de este libro, me decidió a la compra y a la lectura. Esta vez no se trataba de un enjundioso estudio de cómo la noche se instalaba sobre Alemania, de cómo la República de Weimar se convertía en Tercer Reich. Esta vez se trata de una crónica, casi día por día, de cómo el nazismo triunfante condicionaba la vida y el destino de un buen puñado de escritores alemanes como Thomas Mann, su hermano Heinrich, sus hijos Erika y Klaus, o Alfred Döblin, Else Lasker-Schüler, Bertolt Brecht, Willi Münzenberg, Joseph Roth o el nazi Hanns Johst. Pero no se habla, o al menos no lo recuerdo, del politólogo Carl Schmitt, el filósofo Martin Heidegger o Ernst Jünger. Desde la inquietud del Baile de la Prensa el sábado 28 de enero, el asombro por la juramentación de Hitler como canciller el lunes 30 de enero con el desfile nocturno de antorchas, o el incendio del Reuichstag el 27 de febrero, el libro avanza, hasta concluir el 15 de marzo, haciendo sentir al lector cómo aquella dictadura se afianzó con mayor rapidez de lo que suponíamos, con un jefe de gobierno elegido por la mayoría de sufragios que en un mes, y con la aquiescencia del jefe del estado, Hindenburg, a través de la firma al día siguiente del incendio del “Decreto del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y del Estado”, aprobado por presión de Hitler, dejaba sin efecto los principales derechos y permitía detener a todo individuo disconforme con el régimen e instituyendo legalmente la dictadura.



El libro de Wittstock es casi una novela de no ficción, cargada de dramatismo y que deja al lector con la incómoda sensación de estar mirando un espejo del porvenir. Febrero de 1933 es cuando “todo sucedió en un instante” y el destino de los escritores alemanes quedó sellado en pocas semanas. Nos encontramos en estas páginas con un calendario del abismo: cada jornada trae nuevas detenciones, huidas precipitadas, traiciones discretas en cafés literarios y silencios atronadores en los periódicos. Cuando se pasó “de la brillante escena literaria de la República de Weimar a un largo y oscuro invierno”. Tras cada capítulo, cada página de calendario, en los que se va siguiendo a dos o tres autores en cada fecha concreta, se incluye casi telegráficamente el balance de cada jornada: tiroteos, palizas, heridos y muertes de uno y otro lado, un clima de violencia y agitación, de provocaciones insensatas, que hiela la sangre.

​Como sostiene Wittstock, “para destruir la democracia, los antidemócratas no necesitaron más tiempo que el que duran unas vacaciones”. Felices vacaciones a todos, es decir.

domingo, 6 de febrero de 2022

Lecturas: Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide (Richard J. Evans)

 Aunque en la sobrecubierta aparezca Goebbels con un efecto espejo, se viene a la mente, cosas de estos tiempos, Trump con el labio plegado y el gesto de asco diciendo Fake News. Y no extraña pues Evans aquí trata de eso, de las falsas noticias, los falsos hechos, repetidos tantas veces acerca del nazismo y que analiza breve y documentadamente, limitando esos asuntos a cinco: ¿Los protocolos sirvió como "justificación del genocidio"?, ¿Recibió el ejército alemán una "puñalada por la espalda" en 1918? ¿Quién incendió el Reichstag? ¿Por qué Rudolf Hess voló a Gran Bretaña? ¿Escapó Hitler del búnker? Las respuestas no satisfarán a los amigos de lo peregrino e insólito.



Aquí van: Los protocolos de los sabios de Sión ya estaban desacreditados en el momento de mayor efervescencia del nazismo. Hitler lo nombra de pasada en Mein Kampf, Goebbels reconocía abiertamente su falsedad. Sólo los periódicos nazis más chiflados, sobre todo Der Stürmer y en menos grado el Volkischer Beobachter sacaban de paseo el viejo libelo ruso. No necesitaron usarlo como coartada para justificar el genocidio. Bastó la vieja tradición antisemita alemana desde Lutero hasta el propio Holocausto. La famosa puñalada por la espalda no fue tal: bastó con la desastrosa gestión de la ofensiva alemana del verano de 1918 y su resultado de deserciones masivas, junto a la constancia del Alto Mando alemán de que la victoria era imposible, para que, pese al abandono de Rusia tornada bolchevique no bastara para compensar la incorporación a la guerra de Estados Unidos. Nadie apuñaló a Alemania: ella solita se suicidó militarmente. El Reichstag lo incendió el orate de Marinus van der Lubbe, el acusado desde el primer momento y capturado inmediatamente. No hubo conspiración alguna. Hess estaba convencido de que podría pactar la paz con el Reino Unido y atraer su alianza para combatir a los soviéticos. Obró por su cuenta y (mucho) riesgo: ni Hitler estaba al corriente ni fue una hábil trampa de la Inteligencia británica, como sostiene Martin Allen en su libro cuyo contenido nutre un artículo en este blog (ver aquí). Hitler no escapó del búnker, por mucho que Stalin jugara al misterio para mantener vivo el miedo al lobo.

En definitiva, un libro conciso, que va al grano y que despeja tantas mentiras. Más que recomendable.  

sábado, 16 de noviembre de 2019

Lecturas: Viajeros en el Tercer Reich (Julia Boyd)

Al fin, un libro extraordinario. Ganador del premio de Historia del Los Angeles Times y libro del año de The Spectator. Desde antes de que Hitler llegara al poder, Julia Dodd nos guía a través de lo que turistas, diplomáticos, escritores, estudiantes, deportistas y profesores escribieron sobre sus experiencias de, brevemente, la República de Weimar y, por extenso, el Tercer Reich. Pura vida y pura en esas páginas tomadas de crónicas periodísticas, cartas particulares, diarios íntimos y hasta revistas escolares. Como en su conclusión afirma Boyd, los izquierdistas, una vez alcanzado el poder por Hitler, se negaron a visitar ese territorio adverso. Quizás el hecho más estremecedor que emerge de los relatos de los viajeros es que hubiera tanta gente decente que regresaba a sus hogares y alababa la Alemania de Hitler. Como atinadamente refiere Boyd,  Por si fuera poco, sin duda existen pocos Estados totalitarios que acojan a sus visitantes extranjeros con tanto entusiasmo y cordialidad como la Alemania nazi. Cuando  uno recorría el Rin en barco, bebía cerveza en un jardín iluminado por el sol o caminaba al lado de una feliz banda de niños cantores, resultaba muy fácil olvidar las historias de tortura, represión y rearme que circulaban. Hasta finales de la década de 1930 era posible para  un extranjero pasar semanas en Alemania y no tener el menor incidente desagradable. Sin embargo, hay una diferencia entre "no ver" y "no saber". Y, después de la Kristallnacht del 9 de noviembre de 1938, no había ninguna excusa posible para el viajero que afirmaba que "desconocía" el verdadero comportamiento de los nazis.


Entre los testigos de aquel tiempo y aquel país impresiona la británica familia Boyle, que recorriendo Alemania con la consabida pegatina de GB en el auto, teniendo como destino final su domicilio en Kenya, fue interrumpida, en Frankfurt por una mujer judía acompañada por su hija de quince años, tullida de un pie, a la que imploró que la llevaran consigo para salvar la vida. Así lo hicieron. Del destino de aquella muchacha, de nombre Greta, poco se supo aparte de una foto, años después, feliz en Nairobi con sus salvadores. 


Por lo general, las familias estadounidenses o británicas veían Alemania como un destino barato, un lugar pintoresco que recorrer, un destino para que sus hijos aprendieran alemán, un reclamo turístico de primer orden voceado por los folletos de Thomas Cook como una oportunidad para descubrir por uno mismo la "nueva Alemania" (aquí uno recuerda el Deutschland Erwache, "Alemania, despierta" de los estandartes nazis) de la que todos hablaban. Y así fue. Entre los muchos personajes que comparecen (es fantástica la documentación manejada por la autora) me quedo con el profesor afroamericano William Edward Burghardt Du Bois, que supo ver que, al cabo, nazis y comunistas venían a ser lo mismo (yo mismo, informalmente, los diferencio como fascistas de derechas y de izquierdas, de ahí que tanto asco me den tanto unos como otros, citando en un artículo la propiedad y el control de la industria; el control del dinero y de los bancos, los esfuerzos hacia la posesión de la tierra  y el control por parte del gobierno; la gestión del trabajo y los salarios, la construcción de infraestructuras y casas, los movimientos juveniles y el estado de un partido único durante las elecciones


Coincidió con esa opinión la estudiante, de 24 años, Barbara Runke, que a la sazón estudiaba piano y canto en Múnich: La política es lo que más me interesa, por supuesto, desde que descubrí que el mejor lugar para el comunismo está en los libros. Lentamente, pero sin duda, me he convertido en una acérrima enemiga del nacionalsocialismo, y lo sorprendente es que ha sucedido por las mismas razones que me apartaron del comunismo. Son asombrosamente iguales, por lo que me parece una estupidez increíble que la próxima guerra sea entre Alemania y Rusia, donde cada una protegerá ostensiblemente sus "religiones" respectivas.

En definitiva, a quien le fascinara el muy ficcionado En el jardín de las bestias: Un historia de amor y terror en el Berlín nazi de Erik Larson (el embajador Dodd y su hija Martha, con su fascinación y su posterior repulsión hacia el nacionalsocialismo también están aquí presentes), encontrará en el libro de Julia Boyd un tesoro de datos y perspectivas para juzgar aquella época atroz. Sobresaliente.

viernes, 28 de septiembre de 2018

El amargo sabor de la victoria. En las ruinas del Tercer Reich (Lara Feigel)



Antes de que la guerra terminara en Europa, una serie de reporteros y escritores acompañaban, de actores y directores de cine, acompañaban a los aliados en su doloroso avance sobre Alemania. Stephen Spender W. H. Auden, Klaus Mann, Erika Mann, Marlene Dietrich, Lee Miller, Billy Wilder, Martha Gellhorn entre ellos. Un paisaje de ruinas y de espinas, de civiles resignados, de campos liberados, de nazis a la carrera. Buscaban juzgar un país que amaban, como en el caso de Spender y Auden, de un país que los había rechazado como en el de Dietrich, los hermanos Mann y Wilder. Todos se preguntaron qué hacer con Alemania, con la mentalidad de los alemanes, a partir de la derrota de la bestia. Unos respondieron con ironía, otros con rabia, todos con dolor. La Alemania democrática y libre por la que los aliados y los soviéticos combatieron se convirtió en dos países, en una amenaza constante, una paz armada y quebradiza con hambre y deudas y dudas sin resolver. Lara Feigel lo relata con maestría y claridad. 


La intención de la autora es clara: “Este libro es en parte un intento de conciliar o al menos desenredar estas dos historias. Los cuatro primeros años después del conflicto son el puente entre dos mundos que conocemos bien: la devastación y el horror de la Segunda Guerra Mundial y la poderosa y pacífica Europa occidental de hoy, dominada por una Alemania próspera y liberal. Entre ellos hay otro mundo que hubiera podido ser, un mundo que los protagonistas de estas páginas esperaban crear; pero no lo consiguieron, primero a causa de la intransigencia alemana y después como consecuencia del abrumador pragmatismo de la política de la Guerra Fría. Ésta es la historia de un grupo de artistas que lucharon por dar vida a un nuevo orden y luego, al desvanecerse la esperanza de lograrlo, lloraron por todo lo que se había perdido”.

Hasta 1949, el libro relata la lucha por la esperanza de quienes, viviendo episodios como el proceso de Nüremberg o el bloqueo de Berlín y la supervivencia de media ciudad merced al épico Puente Aéreo, buscaron reconciliarse con la esperanza en un paisaje apocalíptico. No todos lo consiguieron, pero sí lo intentaron desesperadamente. Amargamente.


viernes, 27 de julio de 2018

Lecturas: La noche quedó atrás (Jan Valtin)


La noche del título es la del totalitarismo. Una noche contada desde dentro. Sin que nada se nos narre desde el otro lado, desde el amanecer o la aurora. Es la larga noche del nazismo pero también la del comunismo. Sin alardes de estilo, el activista Richard Krebs, que eligió como uno de sus alias de clandestinidad Jan Valtin, nos narra su trabajo, incesante y agotador para el Komintern. Reuniones políticas, revueltas, cárceles, doctrina. Todo ello ocupa, narrado con mucho detalle, el grueso del volumen. Aportando datos menudos, como si Valtin/Krebs quisiera asegurarse de que el lector cree, convertido en policía, cuanto relata. Precisa la ruta seguida por cada barco tomado, el nombre de la nave, la filiación de los comunistas a bordo de los navíos. Es como si pidiera a cada momento que lo creamos.


Por medio hay una historia de amor, la suya con Firelei, una muchacha a la que meterá en política ante las reticencias de sus compañeros, que finalmente  le llevará a la desafección. Convertido en un elocuente documento sobre el accionar comunista mundial, va dando indicios de cómo entre los comunistas se dan conductas poco ejemplares, de cómo el dogmatismo y el objetivo supremo va primando sobre cualquier otra consideración. Pero será cuando el libro llegue a sus últimos centenares de páginas para que cobre todo su sentido. La hagiografía comunista deja de serlo cuando el narrador es arrestado por los nazis. Torturado reiteradamente (son escalofriantes esas páginas), recibe la orden de un comunista infiltrado en la Gestapo de convertirse en agente doble. Esa nueva actividad es la que le llevará al desastre, al decidir sus superiores sacrificarlo como agente nazi, por mucho que supieran que realmente no lo era, para defender a otros camaradas. Aunque ello pusiera en peligro la vida de Firelei. Finalmente, Valtin/Krebs debió huir a Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial le llevará a combatir en Filipinas, siendo condecorado por su valor. El Comité de Actividades Antiamericanas le investigará y absolverá. En 1941 publicó estas memorias frías y concisas que sirven para convencer por igual a antifascistas y anticomunistas. Un documento histórico excepcional en el que se oye restallar el látigo por doquier.

viernes, 25 de mayo de 2018

Lecturas: Mi vida con Goebbels (Brunhilde Pomsel y Thore D. Hansen)



El subítulo miente, también el título. Y la coautora. Y el que no miente, el coautor, aburre y sobra y es prescindible. Vayamos por parte mientras lo explico con desgana y con ánimo de terminar pronto este comentario. El título reza Mi vida con Goebbels. Tal cual. La autora (la iremos llamando así en vez de coautora a falta de despachar de un bostezo al coautor), que escribe o habla desde los 106 años de su edad, pasó justamente tres trabajando para Goebbels. No una vida. Primera gran mentira. A Goebbels lo conoció al pasar a trabajar para el Ministerio de Propaganda del Reich Alemán en 1942. Y Goebbels se masacró, junto a su esposa e hijos, en 1945. Si Pomsel lo hubiera conocido en 1933 cuando llegaron al poder los nazis, sin ser entonces una vida sino doce años, pues le hubiéramos permitido ese abuso editorial.

Si vamos al subtítulo, tenemos que el libro se reclama así: La historia de la secretaria de Goebbels: lecciones para el presente. Otra mentira: Pomsel no fue LA secretaria de Goebbels, sino una trabajadora más entre las muchas que estaban prestando servicio en el ministerio cerca del despacho de Goebbels. Al que trató tangencial y episódicamente, con el que compartió, entre otros invitados, una cena en la que apenas le dirigió la palabra. Eso es todo. Lo nque cuenta interesa, en todo caso, como el relato de una juventud alemana con alguna vecina judía y algún jefe judío que desaparecieron de escena mientras ella miraba a otro lado. Y nada más. Con estilo sencillo la mitad del libro es la transcripción reordenada y corregida de sus palabras para un documental), Pomsel refiere su infancia, su vida laboral y su detención por el ejército rojo y su internamiento en un campo de prisioneros por una temporada del que nada dice.  Sirve, sí, para ver cómo desde la extrema ancianidad se quita hierro a los recuerdos, se seleccionan y se queda con los que más le exculpen. Algo normal, ya que no fue una nazi beligerante ni tuvo poder alguno. Así, Pomsel escribe  Antes de 1933, nadie les prestaba ninguna atención a los judíos, todo eso se lo sacaron de la manga los nazis. El nacionalsocialismo nos inculcó que eran otra clase de personas. Y luego eso desembocó en el programa de exterminio. Nosotros no teníamos nada en contra de los judíos. Al contrario. En este plan. Y cuando los judíos desaparecen se cree la mentira oficial de que se marchaban a ocupar los huecos que dejaban los alemanes retornados a Alemania desde lugares como los Sudetes checos: Y nos lo tragamos, sí, nos creímos hasta la última palabra […] Hoy nadie nos toma en serio, todo el mundo cree que estábamos al cabo de la calle de todo lo que pasaba. Pero se equivocan. No teníamos ni idea. Todo se silenciaba y nadie sabía nada.

Y acabemos con la lectura boba con el coautor abusón. Thore D. Hansen se ocupa de recomponer el testimonio de Pomsel (que ni pasó la vida con Goebbels ni fue, en justicia, su secretaria. Insisto: fue una secretaria de tantas en el Ministerio). Lo que hace, abusivamente, es ocupar el 37% del libro con un epílogo plasta titulado La historia de la secretaria de Goebbels. Una lección para el presente. El típico alegato plasta sobre los peligros del populismo (muchísimo de Trump por aquí, algo de Erdogan por acá) para que no hagamos lo de Pomsel y no se repita aquello. A lo más, Hansen aduce algún dato interesante, como que el 40% de los alemanes sabía del Holocausto antes del fin de la guerra. Pero este dato está embutido dentro de un discurso aburrido, sosaina, soporífero, previsible. Para un libro insustancial.

lunes, 29 de agosto de 2016

Lecturas: Secretos del Tercer Reich (Guido Knopp)

El título no puede ser peor. Y no se trata de un capricho del traductor. Pero el contenido es apasionante. Se trata de seis capítulos extensos que tratan de aspectos muy diversos del régimen nazi: la familia de Hitler, Rommel y su leyenda, el dinero de Hitler, la figura de Himmler, las mujeres de Hitler y las mentiras de Speer. Cada capítulo se lee con interés creciente, y el uso de recuadros en el texto con citas de testigos, personajes e historiadores, sirven para orientarnos y sorprendernos. La letra pequeña del libro nos avisa que Knopp (jefe de la sección de Historia Contemporánea de la televisión estatal ZDF) escribió el libro con la colaboración de otros seis historiadores, de forma que es co-autor de cada capítulo. En todo caso, más allá del reparto de los méritos y autorías, es magnífico el resultado. Arrojando tantas luces como sombras mantiene.
Unity Mitford compartiendo tribuna
 con el villanísimo Julius Streicher

Así, descubriremos al por menor cómo Hitler pudo haberse llamado para la posteridad Adolf Schicklgruber, cómo son especulaciones jugosas pero injustificadas que tuviera sangre judía, cómo fue un tarambana ávido de fama su sobrino William Patrick Hitler (que terminó enrolándose en el ejército norteamericano). Nos quedaremos con ganas de saber si Rommel estuvo involucrado en la conspiración de Stauffenberg contra Hitler y que al Zorro del Desierto le costaría la vida. Aunque una cierta sospecha sí queda. Sabremos cómo de rico fue Hitler gracias a los dividendos de su Mein Kampf y de la ayuditas de patrocinadores entusiastas de la matanza. De Himmler sabremos lo que ya sabemos, además de un intento loquísimo de reivindicar a las brujas alemanas de los siglos XVI y XVII como mártires de una causa encomiable. Sabremos lo de casi siempre sobre Hitler y su sobrina Geli Raubal, el encoñamiento que tuvo la bellísima idiota Unity Mitford y el amor tierno y perruno de puro manso de Eva Braun. Hubiera venido bien alguna especulación adicional sobre la más nazis de las nazis, Magda Giebbels. Por último, el combativo capítulo sobre Speer carga las tintas en su colección, pequeña, de obras de arte que intentó ocultar y vender, no aportándose pruebas más contundentes sobre su implicación en el mayor de los crímenes posibles. Eso sí, incentivó a sabiendas el desalojo y deportación de varios miles de judíos berlineses.




domingo, 31 de julio de 2016

Lecturas: El Tercer Reich. 101 preguntas fundamentales (Wolfgang Benz)

Curioso y útil libro, que recuerda con sus preguntas y respuestas (algunas muy breves, pero casi nunca de menos de una página) a los catecismos de la infancia y que sirven para comprobar si todo lo que uno sabía del nazismo es más o menos cierto. En este caso, algunas sorpresas y alguna que otra corroboración. Así, la sorpresa de que el incendio del Reichstag, por mucho que fuera útil para los nazis, no fue algo tramado por los mismos,o las noticias sobre el llamado Círculo de Kreisau o el Plan Morgenthau, o la aclaración sobre lo que sabía o no Albert Speer (efectivamente, el nazi bueno era culpable). Un libro útil, conciso, que ahonda cuando quiere (la actitud de la Iglesia, protestante y católica), y que calla a veces (la ascensión al poder de Hitler, sus maniobras entre 1923 y 1933, las raíces del antisemitismo alemán). No está, pese a todo, mal.

sábado, 5 de marzo de 2016

Lecturas: Vida y muerte en el Tercer Reich (Peter Fritzsche)


El título es lo suficientemente ambiguo y general como para alejar el interés de alguien avezado en justamente eso, los milagros y crímenes del nazismo. Encontrármelo como regalo con la revista Historia y Vida (más recomendable por estos libros que por la revista en sí) me hizo darle su oportunidad. Con el resultado de que es un volumen muy recomendable. Sus cuatro extensos capítulos se dedican a la vida cotidiana nazi (con una detallada exposición sobre el uso del saludo nazi), la aplicación y asimilación de los principios raciales en la vida diaria, la guerra y el Holocausto y, finalmente, el grado de conocimiento que había del Holocausto en la Alemania de entonces. Sobre lo más interesante, se señala que la evacuación hacia los campos imposibilitaba saber a ciencia cierta y de forma general lo que había pasado a los judíos. Aunque se conocían, y excusaban, matanzas como la de Babi Yar, en Ucrania, en la que murieron más de 100.000 personas. No obstante, hubo civiles alemanes que sí supieron qué sucedía:

"Sólo contadas personas intentaron imaginar o precisar el destino de sus vecinos como Ruth Andreas-Friedrich hizo en Berlín. Su honesto deseo de humanizar el destino de sus amigos se tradujo en una honesta incapacidad para entender el alcance del crimen que los nazis habían cometido. "Este horror es tan inconcebible que la imaginación se rebela a aceptarlo como una realidad", escribió en febrero de 1944:

Alguna especie de contacto se ha roto aquí; alguna conclusión sencillamente resulta imposible de alcanzar. No es a Heinrich Muehsam al que están enviando a la cámara de gas. No pueden ser Anna Lehmann, Margot Rosenthal o Peter Tarnowsky los que cavan una tumba en algún descampado remoto bajo el látigo de la SS. Y ciertamente no la pequeña Evelyne, que con cuatro años de vida estaba orgullosísima de haberse comido una pera. No, Evelyne Jakob murió de una manera diferente de esos tormentos; muriño de manera más humana, más comprensible, más imaginable.  


Aterrador y conmovedor. Como este otro dato, menor pero también terrible:

"Desde 1942, se prohibión que los judíos tuvieran mascotas y, dado que los animales en cuestión eran "judíos", tenía que sacrificárselos incluso cuando sus propietarios tenían amigos no judíos dispuestos a cuidar de ellos. El 19 de mayo de 1942 los Klemperer llevaron su gato Muschel a la consulta del veterinario en la Grunaer Strasse de Dresde, donde Eva hizo que le mataran con un narcótico: "el animal no ha sufrido. Pero ella sufre".


Llegado a este punto de esta reseña que es sólo un apunte veloz, recuerdo cuánto hijo de puta descerebrado hay todavía en twitter, en foros, en facebook, o comentando noticias, negando o celebrando el Holocausto o proponiendo repetirlo, jaleando a los verdugos, haciendo de la estupidez un orgullo. Y cierro la lectura y la indignación y el estupor y el perpetuo luto por las víctimas con otra elocuente cita:

"Los testimonios de los testigos presenciales describen muchas veces las mismas cosas, como señala Sandra Ziegler:

Llegada al campo, número, alambre de espino, llamada a lista, selección, transporte, despiojado, duchas, sopa, pan, enfermedad, cielo, infierno, corazón, ojos, naves, árboles, nubes, uniformes de la SS, cascos, botas, pistolas, perros, coches, marchas, órdenes gritadas, tazas, cucharas, cámaras de gas y crematorios, lirios, arena, ferrocarriles, "tren en la vía equivocada", destino final, niños, risa, dolores producidos por el hambre, barbas afeitadas, barracones, deporte, bulevar del campo, listas, policía judía, sopa, pan, maletas, brigadas de trabajo, transportes, aplazamiento, Berlín, Den Haag, Ámsterdam, Estados Unidos, Inglaterra, los Aliados, destino, suplicio, solución final, Dios.
  

lunes, 27 de abril de 2015

Lecturas: Trilogía de la Ocupación (Patrick Modiano)

            Es lo que pasa con tanto libro y tanta película: que el prólogo (esta vez titulado Chez Modiano y debido a José Carlos Llop, es, como un apabullante tráiler que mejora a la película, que mejora al libro. Pero tampoco nos engañemos. En este volumen, en cuanto trilogía, hay tres novelas. Muy mala la primera, muy buena la segunda, salvable la tercera. Dice Llop que cuanto se publica en el mundo, aunque sea en internet, acerca de Modiano termina en la red en el Diccionario Modiano que nada deja escapar. Un destino que no quisiera para este comentario.

            Porque la primera novela aquí incluida, El lugar de la estrella es una memez posmoderna de la que sólo salva que está datada en la proto-posmodernidad. Un ingenioso artilugio que te hace esforzarte, ser paciente, ponerte en modo lector automático. Un texto lleno de ruido y de furia, trufado de buscado antisemitismo para delatar la barbarie de esa actitud. Y poco más. Una novela que no lo es, que se convierte en un chiste largo y sin gracia, un sketch de José Mota para académicos esquizofrénicos. Algo malo, tramposo, desesperante. Estúpido. Lasciate ogni speranza


            La segunda, La ronda nocturna, habla del París ocupado y a punto de llegar los nazis, un mundo alucinado de arribistas, de traidores y de patriotas, una historia de identidades ocultas, de gente que se persigue a sí misma y de sí misma huye. Sobresaliente de estilo y de tensión, es lo único, o casi, que hace que conserve este libro en mi biblioteca, sabedor de que alguna vez volveré a sólo estas páginas.

Swing troubadour: 
una canción que suena eficazmente
en La ronda nocturna


            La tercera, Los caminos de circunvalación, se asemeja más a la anterior, pero no llega ser tan perfecta. Comparece aquí el padre judío del autor, convertido en personaje al que su hijo, narrador y autor, observa con lejana compasión. Sumergido en la pesadilla nazi, lo vemos disimular, simular y sobrevivir mientras vive en la inestable incertidumbre. No es una buena novela. Pero no es mala tampoco. No se pierde el tiempo, no se pierde la paciencia. Lo cual es mucho.

martes, 7 de abril de 2015

Lecturas: El trauma alemán (Gitta Sereny)

La contraportada es casi cómica, cuando afirma que Sereny quedó cautivada por el rally de Nuremberg al que asistió en su niñez. Se trata del monstruoso mitin de Nuremberg, la reunión del partido nazi que filmó Leni Riefenstahl. Quitando ese espejismo de coches y cunetas, se trata de un libro estupendo. Construido por retazos de trabajos dispersos de quien fuera hijastra de Ludwig von Mises y que alternan recuerdos de juventud en la Viena anexionada por Hitler y de vivencias de guerra y posguerra junto a reflexiones, atinadas y hondas, sobre la imposibilidad y la necesidad del olvido entre los alemanes. En este cajón de sastre en torno a la experiencia nazi, destacan algunos trabajos, algunos de desesperante documentación y detalle, como los dedicados a la falsificación de los diarios de Hitler (en breve cuelgo un artículo mío en el que trato de pasada este particular entre otras falsedades), la baldía búsqueda del nazi Odilo Globocnik o los procesos contra John Demjanjuk, el presunto "Iván el Terrible" de Treblinka. Aunque Sereny se detiene en la absolución de Demjanjuk, una búsqueda en internet muestra cómo posteriormente será nuevamente juzgado con nuevas pruebas. Sólo la muerte le impidió llegar a ser condenado. 

Entre las semblanzas trufadas de análisis que hay aquí y allá, destacan las de Traudl Junge, la citada Riefenstahl y, sobre todo, Albert Speer. Sobre el que fuera Ministro de Armamento y Guerra durante la Segunda Guerra Mundial  destaca la incógnita sobre si era consciente o no del Holocausto. En su modélico artículo, basado en el trato directo con el personaje, se aporta un documento que honra al entrevistado al asumir, aunque no tuviera el conocimiento, la responsabilidad moral por aquel horror inabarcable. Siendo implacable, insobornable, Sereny, es capaz de mostrar empatía por Speer. Algo que también sentirá el lector. En otro lugar del libro, Sereny cuenta que una pregunta que ella solía hacer a los antiguos nazis que entrevistaba era qué hubieran hecho si Hitler hubiera conseguido escapar del búnker y hubiera llamado a la puerta una noche. La de Winnifred Wagner fue "abrazarlo". La de Speer, dura pero creíble, fue "llamar a la policía". 

Uno de los mejores libros para comprender la psique nazi y su supervivencia.  Disperso, errático. Pero excelente. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Lecturas: Los últimos nazis (El movimiento de resistencia alemán (1944-1947) (Perry Biddiscombe)

Werewolf se les llama empecinadamente a lo largo del libro. Werwolf, que es casi lo mismo y que también en alemán significa hombre lobo, es la palabra correcta. Y que es como se llamaron a sí mismos los miembros de la quimérica y patética resistencia nazi. El libro, que se deja leer de aquella manera, es de los que insisten en explicarte los árboles sin dejarte ver el bosque. Tal vez porque su autor, con una labor de archivo admirable, ya había publicado otro libro, que imaginamos más satisfactorio que éste, sobre el mismo tema, aquí se detiene en contar las hazañas paramilitares, más que bélicas, de éste y aquél grupo. Se lee con decreciente interés las diversas modalidades de enfrentarse a la derrota de aquellos nazis terminales, y sólo en los últimos capítulos se nombra que fueron unos mil los muertos causados por estos gudaris tedescos (coincide la cifra y el fanatismo con los primos de la serpiente y el hacha, comparación ésta, la mía, majadera pero oportuna ahora que soplan aires pestilentes de fronda sobre la piel de toro). Así que lo que se está leyendo sólo alcanza su dimensión al final del libro. Con todo, es curioso leer cómo los nazis usaron como tapadera la organización de los boy scouts, o descubrir que las novelitas de vaqueros e indios de Karl May servían como inspiración a los lobeznos nazis o el pintoresco devenir del torpe mesías Siegfried Kabus. Pero poco más.  

Lo que mande el señorito. O sea, Heil. 

Kabus fardando de lo suyo

viernes, 28 de febrero de 2014

Lecturas: El oscuro carisma de Hitler (Laurence Rees)

Una decepción tras un comienzo prometedor. La sobrecubierta habla de miles de testimonios recogidos en el libro: la lectura y la consulta de las notas demuestran que, en todo caso, serán pocos centenares. Con ello, se ha multiplicado, al menos por diez, el mérito del libro. Que es, por sí mismo, una sobrevaloración clara. En el mismo texto que busca persuadir al lector de la bondad del libro (mi edición es la de Círculo de Lectores) se menciona que "Hitler usaba gafas, pero nunca se dejaba retratar con ellas, e incluso llegaron a fabricarle una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para redactarle los textos que tenía que leer". De los dos datos curiosos, creo recordar que sólo el primero se incluye en el libro. Los pormenores de la construcción del mito del monstruo son, por tanto, menos abundantes, menos menudos y precisos, de lo que debiera esperarse. Con la misma afición que, por ejemplo, Antony Beevor para intercalar testimonios en el relato de los grandes hechos, Rees aquí yerra. En el peor de los casos, logra que los relatos de los que presenciaron esos hechos (aquí, por lo general, militantes nazis y algún miembro de la resistencia interior) sean más interesantes que lo que Rees aporta. 

Y lo que hace Rees es una especie de biografía apresurada de Hitler en la que la construcción del carisma es subrayada, apoyada por una nota aquí y otra allá. Pero no consigue que el lector avezado se sorprenda o cambie la opinión que tenía previamente. Poco, o nada, nuevo se aporta aquí. Tal vez al lector nuevo, que poco sepa de aquellos años terribles, le sorprenda esta aportación, menor, de Laurence Rees. En todo caso, merecen destacarse las páginas sobre la experiencia de Hitler en la Primera Guerra Mundial, o sus enfrentamientos con el general Ludwig Beck o la conspiración en torno a Werner von Fritsch. Que a Rudolf Hess se le mencione, de pasada, en sólo tres páginas, es síntoma de la endeblez de esta aportación, insuficiente, a la bibliografía reciente sobre el nazismo. 
  

sábado, 14 de mayo de 2011

El misterio del vuelo de Hess

Hace 70 años, el vice-Führer de la Alemania nazi, Rudolf Hess, se dejaba caer en paracaídas sobre Escocia, en plena Segunda Guerra Mundial, en un acto cuyas motivaciones siguen siendo objeto de discusión y que constituye uno de los episodios más misteriosos del conflicto. El 1 de octubre de 1946, un tribunal que funcionó con todas las garantías jurídicas, reunido en Nuremberg, condenó a cadena perpetua a Rudolf Hess, segundo del régimen nazi, por crímenes de guerra. Un recorrido somero por internet encontrará múltiples referencias hacia Hess tildándolo de héroe e incluso de mártir, con distorsiones de los hechos de claro sabor neonazi. Por ello, este artículo, que tiene como base los libros de Martin Allen, Joachim Fest e Ian Kershaw, manifiesta desde el comienzo su repudio hacia todas las teorías y manipulaciones tendentes a exonerar de culpa a Hess y a defender su ideología.

Si se tratara de una película, ésta podría comenzar cuando Heinz Haushofer, hijo y hermano de dos importantes asesores de Hitler en materias de Geopolítica, llega a Berlín en mayo de 1945, cuando ya se ha rendido el Tercer Reich y las ruinas aún humean. Entre los cascotes de un centro de exposiciones escarba buscando los restos de su hermano Albrecht, ejecutado en los últimos días del régimen tras haber sido detenido como sospechoso de participar en la operación Valquiria que culminaría con el atentado fallido contra Hitler. Efectivamente, mezclado con otros cadáveres, está el de Albrecht. Ligados a él, existen documentos difíciles, cartas en clave. En marzo de 1946, el espantado Heinz encontrará en un claro de un bosque los cuerpos de sus padres, víctimas de un suicidio pactado tras haber sido interrogado el padre, el profesor Karl Haushofer, por oficiales de Inteligencia británicos. Ambas escenas tienen el suficiente componente dramático, una con un fondo de humo negro y otra con canto despreocupado de pájaros entre los árboles, para subrayar que padre e hijo, más allá de su complicidad con el régimen criminal, tenían en común haber sido piezas destacadas en el juego de ajedrez que condujo a que la segunda figura más importante del Tercer Reich huyera en 1941 para ponerse en manos de sus enemigos y en un cautiverio que sólo terminaría, tras una muerte discutida, en 1987. Pero antes de ser el prisionero de Spandau, Rudolf Hess fue el desertor, el loco, el mediador frustrado, la víctima de un engaño. Porque todas estas hipótesis se usaron para explicar aquellos hechos extraños de hace 70 años, aquel mayo de 1941 que ahora evocamos.

El brujo y el aprendiz de brujo:
Karl Haushofer y Rudolf Hess



El memorándum perdido

Quizás la clave para desembrollar este misterio esté en un documento incautado al archivo de Albrecht Haushofer que desapareció de los archivos del Departamento de Estado en Washington a los tres días de llegar, en diciembre de 1945. Del mismo sólo se conoce la descripción en un inventario, según el cual era “Un memorándum personal, fechado el 5 de mayo de 1941 en Obersalzberg, de Haushofer a Hitler, referente a las conexiones de Haushofer con Inglaterra y a la posibilidad de usarlas como contactos para establecer conversaciones de paz”. A partir de ahí, de que este documento contradecía la ignorancia que Hitler tenía de los planes de su subalterno, del hecho de que hubo tentativas de paz entre nazis y británicos, es posible aportar algo de luz a aquellos hechos inauditos.

Martin Allen, autor de un denso pero apasionante libro de investigación que tituló “El engaño Hitler/Hess” y que oportunamente se publicó en España como “El enigma Hess”, aporta una interpretación, basada en documentos que une gracias a razonables conjeturas, sostiene que ante la imposibilidad de vencer a Alemania tal como estaba la situación en la primavera de 1941, los británicos idearon un ardid para convencer a los nazis de la posibilidad de firmar con ellos la paz y fortalecer su decisión de atacar a la Unión Soviética. Fest y Kershaw, en cambio, no contemplan la posibilidad de este engaño. Atrapados entre dos frentes, el oriental y el occidental, sería posible el debilitamiento de la bestia nazi y la victoria aliada. Para poner en marcha ese engaño, que debía mantenerse a espaldas de los soviéticos, era necesario moverse con cautela: Inglaterra era una nación asediada, bombardeada con saña, amenazada de invasión, que no podía permitirse que su pueblo supiera que planteaba posibilidades de paz a los enemigos contra los que combatía a muerte, y que a la vez se planteaba arrojar la devastación absoluta de la maquinaria de guerra alemana sobre la Unión Soviética que tenía vigente un acuerdo de no agresión. Esta maniobra maquiavélica de los británicos sólo pudo ser posible de la relación de amistad y confianza entre Hitler, Hess y los dos Haushofer (el padre fue el creador de la teoría nazi del “espacio vital” que justificaría la invasión de sus vecinos; el hijo era el mayor especialista nazi en cuestiones inglesas). Allen llega a afirmar que de esta amistad a cuatro bandas parte el fracaso del Tercer Reich.

Rudi y el Lobo

Nacido y criado en Alejandría, Rudolf Hess viviría en Egipto hasta los 14 años, pasando sus vacaciones en Alemania. Regresado al terruño, cursó estudios comerciales en Alemania y Suiza hasta que en 1914 se alista voluntario en la Primera Guerra Mundial. En una carta escrita a finales del conflicto afirmaba: “He sido testigo de los horrores de la muerte en todas sus formas [...] bombardeado durante días por la artillería pesada [...] He pasado hambre y sufrido, como todos los soldados en el frente. ¿Y todo eso ha sido en vano, el sufrimiento de la buena gente, todo para nada?” Las experiencias extremas que vivió en el frente podrán ser aducidas más tarde como explicaciones de su posible locura. Este desengaño por la derrota le llevará a volcarse con la revanchista doctrina que predicaba un oscuro cabo austriaco. No menos determinante será la formación como piloto que la guerra le proporcionó. La temprana militancia nazi permitió a Hess poner en contacto a Hitler con Karl Haushofer, un profesor que enseñaba Geopolítica por el que en 1920 Hess, fascinado por sus teorías, dejó en 1920 el trabajo en una importadora textil para seguir sus clases en la Universidad. Según un informe del FBI de 1944, fue ese encuentro el que ocasionaría la creación, en 1921, del partido nazi. La temprana influencia de Haushofer sobre Hitler se manifiesta en el hecho de que cuando fracasa su intento de golpe, el famoso “putsch de la cervecería”, es en casa del profesor donde Hitler busca refugio durante unas horas. Compañero de aquel catastrófico fracaso fue Hess, que acompaña a Hitler durante su encierro, convertido en su secretario al que dicta el nefasto “Mein Kampf”. En un interrogatorio, Karl Haushofer asegurará que durante aquellas jornadas de redacción, Hess se convirtió en autor de importantes pasajes del libro. Convertido en el más leal colaborador de Hitler, los dos amigos se llaman en la intimidad Rudi y Wolf. Es más, cuando nace el único hijo de Hess, en 1938, éste recibe como nombre Wolf Rüdiger. Sus padrinos, Adolf Hitler y Albrecht Haushofer.



La imagen de Hess es inmejorable entre los nazis, ya que según Allen era “un hombre respetado, amable, que todos los años participaba en competiciones aeronáuticas y carecía de vicios, a diferencia de otros dirigentes nazis como el alcohólico doctor Robert Ley o el atrozmente antisemita Julius Streicher”. Para el responsable de los nazis residentes en el extranjero, Ernst Bohle, Hess “era un idealista sincero, en mi opinión el mayor idealista que hayamos tenido en Alemania, un hombre de naturaleza muy tierna, sin uniformes o ese tipo de cosas, y que muy rara vez aparecía en público”.

El peligro de la paz

En la primavera de 1939, Albrecht Haushofer hace para Hess un informe sobre el futuro de la guerra que establece en la actitud de Inglaterra el destino del inminente conflicto. Este hecho llevará a Hess a buscar la paz con los ingleses. Inglaterra, mientras tanto, verá como un factor clave la neutralidad de España, de forma que se vpagarán sobornos a altos funcionarios franquistas y el embajador británico en Madrid, Samuel Hoare jugará un papel vital en el juego de promesas y aplazamientos secretos que se traducirá, hasta el momento del vuelo de Hess, en dieciséis tentativas secretas de llegar a un acuerdo entre las dos potencias en conflicto. Un buen amigo de Haushofer, el duque de Hamilton, muy cercano al rey Jorge VI, será fijado como el interlocutor adecuado para el intento definitivo. Los servicios secretos ingleses harán creer a Hess y Haushofer que hay en Inglaterra una facción favorable a la paz, en la que militan Hamilton y Hoare, capaz de arrebatar el poder a Churchill y firmar la paz con Inglaterra. A cambio de dejar las manos libres a Hitler para atacar a la Unión Soviética y expandirse por el Este, los nazis se retirarían de sus conquistas en Occidente, reconociendo incluso un cierto derecho a la existencia de una Polonia tutelada por Alemania. La jugada a cuatro bandas afecta a Hess, Haushofer, Hamilton y Hoare. Los pocos documentos confidenciales ingleses que dan nombre a esta operación de engaño le dan el nombre de Operación Señores HHHH.

Bohle, en Nuremberg

Bohle, nacido y criado en Inglaterra, traduce al inglés diversos documentos confidenciales destinados al círculo de Hamilton y Hoare. Hess acuerda con Haushofer que sea éste el emisario que viaje con la propuesta definitiva. Para estos momentos, Hess, según reconoce Winston Churchill, tenía la plena confianza de Hitler, siendo uno de los pocos hombres “capaces de comprender los pensamientos más íntimos de Hitler, su odio hacia la Rusia soviética, su deseo de acabar con el bolchevismo, su admiración por Gran Bretaña y su sincero deseo de establecer una relación amistosa con el Imperio Británico [...] nadie conocía a Hitler mejor”.

Vuelo nocturno

El 10 de mayo de 1941, Londres recibe el más atroz bombardeo de toda la guerra; a partir de ese día, la intensidad de los ataques bajará ostensiblemente. El día siguiente, Hess monta en un Messerschmitt-110, modificado para que lo pueda pilotar sólo una persona. Al acercarse a territorio inglés, diversos cazas salen a interceptarlo al ser detectado por radar. Dos de ellos, según desvelará una investigación en 1999, recibieron la orden de abortar la misión tras tenerlo a tiro. Hess, que ha engañado tanto a Haushofer como a sus interlocutores ingleses sustituyendo a Bohle, cree que en la residencia de Hamilton en Escocia le espera también el duque de Kent, hermano del rey. 



Allen, en un esfuerzo de imaginación, deduce una presencia de incógnito de este Windsor ducho en negociaciones discretas. Lo cierto es que cerca de la residencia de Hamilton (en la que hay preparados depósitos de combustible adicionales del mismo modelo de avión usado por el alemán), salta Hess en paracaídas, estrellándose cerca el avión. La secuencia siguiente es previsible: detención, peticiones de entrevistarse con Hamilton, uso de una identidad falsa durante 18 horas, alerta en Alemania al saberse que ha escapado el vice-Führer, mensaje oficial que lo tilda de loco junto a deseos de que haya caído al mar, interrogatorios en suelo inglés, alguno de ellos dirigido por Hamilton, rechazo de cuanto pueda ofrecer al saberse que es ya una anécdota en la Historia, un verso suelto y amargo, un nazi amable pero inútil. Lo que no es previsible es la reacción de Churchill al saber que ha sido detenido en Escocia. A punto de ver en su residencia un pase de “Los hermanos Marx en el Oeste” (la de “más madera; es la guerra”), reaccionó con un “¿me está diciendo usted que el vice-Führer de Alemania está en nuestras manos? ¡Bien, sea o no sea Hess, yo ahora voy a ver a los hermanos Marx”. Y así fue. En Alemania, Hitler terminará haciendo como si nunca hubiera existido Rudi. La salvación de Inglaterra llegará el 22 de junio, cuando Hitler lanza su ataque sobre la Unión Soviética, que terminará devolviendo el golpe y conquistando Berlín en la primavera de 1945. Cuando ya sea demasiado tarde y un subalterno le ofrezca negociaciones con Roosevelt, Hitler le dirá que si éstas fracasan tendrá que desecharle como hizo con Hess. Y cuando vibren bajo el fuego soviético las paredes del búnker, echará de menos a aquel sucesor que se volvió loco...

Artículo publicado en diario Sur el 14 de mayo de 2011