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martes, 25 de agosto de 2015

Curso urgente de costura

No soy judío. Todavía no. Pero me siento judío. Por lo tanto, soy judío, más allá de tribunales de conversión y cirugías. Yo, Mario Virgilio Montañez Arroyo. Hijo de una familia católica más o menos (más menos que más) practicante. Español, malagueño de los dos siglos. Ello sirve, aquí, en mi áspera patria, para ser considerado un apestado. Para ser perseguido, acosado, insultado. Como en la Alemania nazi. O como en los tweets del concejal Zapata, tan acordes con aquellos tiempos de camisas pardas (véase) No, no exagero, no me dedico al victimismo. Basta con mirar el caso Matisyahu. 



Cuando a un judío, y sólo a un judío, por serlo, se le exige que comulgue con ciertas ideas, con ciertos dogmas. Que abomine del sionismo. Vean las imágenes de este comentario que quiero, que deseo, que necesito, breve. En la portada del semanario nazi “Der Stürmer”, de 1934. El titular, traducido, pregunta “¿Quién es el enemigo?” El artículo que lo sigue responde que el judío. El titular a pie de página asegura “El judío es nuestra desgracia”. Las demás páginas, con sus estereotipos, van en consonancia con el espíritu de estos días, cuando el antisemitismo nuestro de cada día ha quedado en libertad durante varias jornadas.


Matisyahu (a quien hace unos años escuché en discos en los que lucía modos y mensajes jasídicos) es el enemigo. El que nos representa a todos los que queremos creer en la fe de Abraham. No, yo no he sido Charlie. Je ne sui pas Charlie. Pero soy Matisyahu. Si eres ateo, o eres mormón, o católico, o musulmán, te respetarán. Más o menos. Pero si eres judío te llevarán, simplemente para hacer lo que sabes, a formular una autocrítica. A renegar de tus convicciones políticas. Y después ya se verá. Si eres Capleton y eres jamaicano y en tus letras dices cosas como  “Deberías saber que Capleton quema a los maricones, y que el mismo fuego le pegaré a las lesbianas, a  todos los maricas y sodomitas yo mataré”, o bien "Quema a un marica, desangra a un marica, los maricas están follando y chupando muchos coños”, o si eres también jamaicano y negro y eres Jah Cure y has cumplido prisión por violación tampoco te pasará nada (Véase). Te admitirán en ese festival español. Si eres musulmán no te pedirán que aceptes al Estado de Israel, que abomines de las tropelías del llamado Estado Islámico, no, ¿para qué?  Pero si eres judío y dices, como yo he dicho, que amas a Israel serás entonces perseguido. Ya puedo, ya podemos todos los que no comulguemos con las ideas totalitarias de los antisemitas de hoy, estrictamente izquierdistas,  ir cosiéndonos la estrella amarilla.







lunes, 24 de agosto de 2015

Lecturas: El conflicto árabe-israelí (T. G. Fraser)


No me cansaré de decirlo. Hay que saber de qué se habla para ponerse a hablar. En un país como el nuestro, donde todo es prisa y arrogancia, todos (o casi todos) se lanzan a pontificar sobre esto o lo otro, con actitud de “es lo que pienso, y lo que pienso es lo correcto, así que los demás, todos, están equivocados”. Y esto sirve para la política, el fútbol o lo que sea. Para los que pontifican sobre el conflicto árabe-israelí, este libro puede servir para que tengan una idea general del asunto. Es, por tanto, muy recomendable. Más aún, muy necesario. Y más cuando se prohíbe actuar a un músico judío y estadounidense en un festival español, y después se le permite pero entre gritos de “viva Palestina libre” (da para un largo comentario en este blog este incidente), por no haber formulado un compromiso con la causa palestina.

No resumiré, pues ya lo he hecho aquí, la historia del conflicto. Sólo invitaré a la lectura de este básico manual señalando alguna obviedad que puede sorprender a los vociferantes de hoy:

1ª: La adscripción al nazismo del líder de los palestinos en la época del nacimiento del estado de Israel, el gran muftí de Jerusalén, Haj Amin (“Su viaje a Alemania, tras su bien anunciado encuentro con Hitler, y los esfuerzos por reclutar a musulmanes bosnios para las SS resultaron extraordinariamente nocivos para la causa palestina al vincularla con un régimen genocida”). El nazi Haj Amin era tío de Yasser Arafat.



¿Qué hay de lo mío, de lo nuestro?

2ª El hecho de que la Unión Soviética apoyó de forma inequívoca la creación del estado de Israel, por lo que no fue “una maniobra de los americanos, convencidos por el lobby sionista”. Es más, el presidente Truman estaba más bien en contra.

Cartel israelí. El texto:
Larga vida a la unión entre la URSS e Israel


3º 1948 fue la gran ocasión perdida. Que no exista en 2015 un estado de Palestina es porque los políticos palestinos no quisieron en 1948 proclamar el suyo. Prefirieron que seis naciones invadieran a la vez el recién nacido Israel.
En la pancarta central, la clave. Puro 1948

4º Arafat rechazó, en la cumbre de Camp David (julio de 2000) una propuesta que casi habría resuelto el conflicto: “Desde la perspectiva israelí, las propuestas de Barak eran audaces y de fran alcance; podría decirse que ningún líder israelí había llegado hasta tan lejos. De hecho, ofreció a los palestinos una zona contigua que comprendía más del 90% de Cisjordania, una capital palestina en Jerusalén, algún tipo de soberanía compartida sobre la Explanada de las Mezquitas y el regreso de los refugiados a un Estado palestino, pero no a Israel. Clinton, consciente de lo mucho que había cedido Barak, se ofreció a abogar por ella e intentó atraer a Arafat comprometiéndose a recaudar decenas de miles de millones para Palestina […] Pero el líder palestino demostró ser inmune al argumento de que sería la mejor oferta que jamás recibiría. Llegados a ese punto, Clinton vio que no tenía sentido seguir adelante. Dado que muy pronto estallaría la tragedia, la cumbre de Camp David se ha considerado como una de las más claras oportunidades desperdiciadas para resolver el conflicto. Que la responsabilidad de su fracaso haya recaído sobre Arafat o sobre Barak y Clinton ha sido motivo de amargas disputas. Sin embargo, el compromiso de Clinton y su equipo difícilmente puede criticarse”.


5º Sigue olvidándose el gesto de grandeza de Ariel Sharon al retirarse de Gaza en 2005: “Por consiguiente, a finales de 2005 Israel evcuaría todas las ciudades y pueblos de la franja de Gaza y replegaría sus fuerzas de las poblaciones de la frontera con Egipto, si bien este último acto se rescindió posteriormente. La ausencia de tropas o civiles israelíes supondría el fin de cualquier responsabilidad israelí hacia sus habitantes, aunque en la redacción del plan se cuidó que no se perdiera el derecho a la defensa preventiva y/o reactiva”. El resultado de esta retirada es bien conocido: el uso de Gaza para desde ahí lanzar casi diariamente cohetes contra Israel. Con el resultado de réplicas armadas por parte de Israel. De este hecho, la opinión pública y los partidos de izquierda sólo ven los contraataques israelíes. Nunca la agresión previa palestina.  



                

lunes, 17 de agosto de 2015

Lecturas: Breve historia del sionismo (Joan B. Culla)


Al final, de todas las ilusiones políticas, más o menos fugaces, más o menos amargas por lo tornadizas, por la capacidad de las mismas para llevarte a la desilusión, la única que me acompaña es el sionismo. Entendido como lo que es: el derecho del pueblo judío a establecerse como nación. Sin que ello suponga expulsar a otro, negar otra patria. Entendido como acto afirmativo, sin más. En este blog algo he escrito de Israel y de mi fe en el judaísmo y en el sionismo. Este libro, breve y conciso, de  Joan B. Culla (autor del modélico estudio “La tierra más disputada: El sionismo, Israel y el conflicto de Palestina”) sirve para que quien, como suele pasar en nuestra áspera España, habla sin saber termine sabiendo. Lo mínimo que se puede saber sobre el sionismo está aquí expuesto, en forma más de recorrido por la gestación del Estado de Israel desde las sucesivas “aliá” o emigraciones a partir del último tercio del siglo XIX hasta el final de la guerra que siguió al establecimiento de Israel en 1948.




Hoy, aquí, ay, decir sionismo es nombrar una abominación. En cualquier foro al hilo de la noticia más nimia, los cripto-nazis de derechas o de izquierdas se lanzan a utilizar el término sionista como si dijeran hijo de puta o algo peor. Es lo que tiene la ignorancia, lo que tiene el antisemitismo español de siempre, la arrogancia del desconocimiento. Aunque es imparcial y frío en su exposición, Culla, en la introducción a este manual, comienza con un tono apasionado que pronto abandona pero que se hace necesario para denunciar lo que también yo denuncio:

“Sionismo”, “sionista”: para muchos lectores de prensa de nuestro tiempo, tales conceptos arrastran una carga profundamente negativa, riman con ocupación ilegal, con represión implacable, con apartheid, con violencia y militarismo. En los ambientes más politizados de eso que antes se llamaba la izquierda extraparlamentaria y hoy designamos como movimientos antiglobalizadores o altermundialistas, las referencias al “Estado sionista”, a la “política sionista” o al “lobby sionista” conllevan la misma carga peyorativa y condenatoria que si estuvieran aludiendo al nazismo hitleriano. De hecho, la equivalencia simbólica entre la estrella de David y la esvástica nazi ha sido consagrada en viñetas seudo-humorísticas de respetables diarios, y también en concurridas manifestaciones pacifistas. Después de todo, ¿acaso una votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en noviembre de 1975, no condenó el sionismo como “una forma de racismo y de discriminación racial”? ¿Qué importa que aquel acuerdo puramente propagandístico fuese revocado por la misma Asamblea en diciembre de 1991…? ¡Ya se encargó la tumultuosa “conferencia antirracista de Durban en 2001 de ratificar la condena!”

                


El sionismo (hagan una búsqueda somera en la red: verán cuántos lo demonizan desde los extremos de la derecha y la izquierda) es simplemente la voluntad de los judíos de volver a su hogar. Con medios pacíficos cuando fue posible, con violencia cuando se le respondió con violencia. El recurso a la violencia cuando no era consecuencia de una agresión propia tiene como manchas la matanza de Deir Yasin, en abril de 1948, y la voladura del hotel Rey David en 1946. De todo ello Culla da cumplida cuenta, relatando los orígenes y las consecuencias de cada hito en la historia del sionismo y del nacimiento del estado de Israel, sin obviar la torpeza empecinada de los líderes árabes y las maniobras de la monarquía jordana para pescar en aguas revueltas y obrar en la sombra contra la llamada causa palestina. En suma, una buena lectura casi obligada y un aperitivo, si se desea, para abarcar la lectura del otro libro de Culla ya mencionado. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El tiempo no perdona

Tal vez porque el perdón, en estos tiempos en que la civilización vive su lento, majestuoso por veces, atardecer antes de que la noche se nos venga encima, es un beneficio cedido por los corderos a los matarifes, una herramienta roma y blanda, un matasuegras agujereado. Ayer el Congreso de los Diputados aprobó, con torpe unanimidad, pedir al Gobierno español que reconozca a Palestina como estado. En una de esas oportunas sincronías de la historia, no desprovista de enseñanza moral, hizo que sólo unas horas separen esa apuesto por el confeti, digna del más torpe y sonriente presidente que mi desdichada nación haya tenido, con el ataque, a cuchillo, a pistola y con hacha, que en Jerusalén (Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Péguese mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no enaltezco a Jerusalén sobre mi supremo gozo) unos palestinos asesinaran a cuatro rabinos y un policía israelíes. Nada más suceder la atrocidad, la que fuera ministra de Exteriores del anterior gobierno socialista, intentaba resolver la paradoja con una frase para la Historia: "No podemos impedir que un grupo de desalmados impida los anhelos de paz de todo un pueblo". Vale. Aceptamos pulpo como animal de compañía, y el palestino como un pueblo amante de la paz. Lo que diga Jiménez, que debe conocer mucho más que yo, que nosotros, sobre todo eso, que todos nosotros, no sólo lo que dice sino que el palestino es un pueblo amante la paz. Sí señora. Lo que usted diga.

Herramientas para construir la paz, dicen

Llego a casa. Pongo las noticias. Lo de siempre. Y entre la crónica las imágenes tantas veces vistas, los carteles impresos con prisa glorificando a los asesinos, el ulular de las señoras gordas, las palmas desacompasadas, el reparto de dulces. Esos son mártires, ésos son héroes. Ése es el pueblo amante de la paz. Resulta que los desalmados son muchos más. Que el desalmado (pero nunca desarmado) es ese pueblo que festeja el crimen, que antes, y ahora, ampara el lanzamiento de sus cohetes lanzados ciegamente contra Israel. Asco. Por el fanatismo de los que celebran, por la mentira persistente y torpe de Jiménez y de su partido que cuando fue gobierno tanto pagó a terroristas islamistas a cambio de rehenes para que siguieran comprando armas (o fabricando cohetes) para demostrar su anhelo de paz. Cuando unos días antes los correligionarios de la pandilla de los dulces había degollado a Peter Kassig compartiendo en la filmación distribuida con el asesinato su suerte con una veintena de soldados sirios. En el mismo noticiario vi un fragmento de esa filmación. Mostraba a la fila de matarifes pasando ante cámara, sujetando por el cuello a cada víctima, para recoger con gesto decidido y sin variar el rictus el cuchillo con el que demostrar su anhelo de paz como pueblo cortando después la cabeza a los desalmados.




No soy islamófobo. Hace un mes tuve una relajada y larga conversación con una amiga musulmana y española sobre su fe y la mía, llena de respeto por parte ambos, con sintonía en aspectos fundamentales. Tengo amigos en Turquía a los que respeto y que me respetan, y Ankara es un lugar en el que me siento especialmente a gusto, y Estambul una ciudad a la que quisiera regresar. Pero me desagrada esa cerrazón, esa insistencia en el error y en el terror, esa brutalidad que consiste en admitir toda aberración cuando está dirigida contra los otros. "Anhelos de paz de todo un pueblo", lo llama Jiménez. En este mismo blog he condenado los abusos de Israel cuando los ha cometido (pinchar aquí) y también he explicado, quizás con demasiado afán didáctico, por qué ese pueblo no tiene nación (aquí la perorata)



Si alguien no desea darse otra ración de mi prosa deslavazada pinchando el segundo enlace, que sepa que el momento de los dos estados fue en 1948 y que ese pueblo amante de la paz perdió esa oportunidad, dejó pasar el momento ansiado, porque no quiso. Porque prefirió la senda de los cuchillos y de los dulces, de los cánticos y de los placeres de matar judíos. Porque esa es la manera de demostrar que se ansía la paz. Y nosotros olvidando ya no sólo Jerusalén, sino Atocha. Mientras nuestros representantes votan apoyar a Palestina, en este anochecer no sólo metafórico, los amantes de la paz recogen sus cuchillos. 

Fitna (Geert Wilders, 2008)
Por mucho que nos duela, hay mucha verdad
disuelta entre el veneno y la rabia.




miércoles, 30 de julio de 2014

Sin piedad, sin esperanza

El título es el de un libro de David Solar. El año de la primera edición es 2002, la dedicatoria del volumen es "A todas las víctimas de todas las injusticias". El subtítulo del mismo, "Palestinos e israelíes, la tragedia que no cesa". Doce años han pasado, y el título y subtítulo vuelven a ser certeros.  Soy sionista, y me considero, también, judío. Sionista que significa defender el derecho a la existencia del estado de Israel, pero ello no quiere decir que los palestinos no tengan derecho a tener su propio estado. Duele ver, en boca de gente de izquierda y de extrema derecha, el sionismo como encarnación de todos los males, duele ver cómo una vez más, a día de hoy, se vuelve a juzgar lo que pasa demonizando sólo a uno de los bandos en cuestión. Yo, aquí y hoy, condeno y rechazo la actitud de Israel. Yo, aquí y hoy, condeno y rechazo la actitud de Hamas. No caigo en la ceguera de los sumisos, en la disciplina de "son los míos, y los míos nunca se equivocan". Otras veces he escrito aquí sobre los terroristas de Hamas. Siguen siendo lo mismo: terroristas, cobardes capaces de poner un niño como frágil escudo de un arma. Lo mismo de siempre, al fin y al cabo. El fanatismo, la Yihad, toda esa mierda. Pero lo que ha cambiado es la actitud de Israel, capaz de optar por la fuerza bruta, por la desproporción, por renunciar a todo filtro ético. Hamas es culpable. Israel es culpable. Y cuando digo Hamas no me refiero a los civiles que quisieran tener un suelo propio con su bandera y su pan (es algo a lo que se renunció en 1948: mientras Israel proclamaba su estado obedeciendo el mandato de Naciones Unidas, el bando árabe renunció a crear el suyo propio para atacar a Israel; ahora se intenta volver a 1948. Que se hayan perdido todos estos años, toda esta sangre, responde al error irracional de los dirigentes musulmanes de entonces, y de los que siguieron apostando por la vía sangrienta). Y cuando digo Israel no me refiero a los civiles que quieren seguir teniendo su suelo, su bandera y su pan sin que les caigan cohetes enviados desde Gaza. Me refiero a un grupo que está considerado como terrorista por la Unión Europea, que es Hamas. Me refiero al gobierno de Netanyahu que ordena al Tzahal (las fuerzas de defensa de Israel) bombardear sin contemplaciones. Unos hijos de puta musulmanes secuestraron y asesinaron a tres adolescentes judíos, unos hijos de puta judíos asesinaron con inaudita crueldad a un adolescente musulman. Y ahora otros malnacidos islámicos lanzan cohetes asesinos sobre suelo Israelí, y políticos malnacidos mandan al Tzahal arrasar con Gaza. A este paso, nadie es inocente. Defiendo, defenderé siempre, como sionista, el derecho a existir de Israel. Y del nonato estado de Palestina. Defiendo, defenderé siempre, como humano, el derecho a vivir de todos, musulmanes y judíos. Por ello, no puedo apoyar, hoy, ahora, la actitud del gobierno israelí y su ejército. Y condenaré, como siempre, las tropelías y los crímenes de Hamas. 







viernes, 23 de noviembre de 2012

Las buenas intenciones

            Un amigo muy querido ha colgado en Facebook un comentario en el que caía en la fácil oratoria de llamar genocidio a lo que Israel está aplicando a los palestinos. Estuve tentado de contestarle en ese mismo medio, entrando en una dinámica de discusión y confrontación. Se puede ser una excelente persona y caer en esos errores de apreciación, se puede ser inmensamente injusto creyendo defender la justicia. Ya lo formuló con meridiana sencillez alguien que, cito y recuerdo de oídas, pudo ser Voltaire: “Puede que ninguno de los dos tengamos la razón”.  El hecho es que la sentencia tajante de mi amigo me duele e indigna a partes iguales. Y tampoco pretendo tener la razón. No es cuestión de entrar en batalla, de enturbiar con mis razones las suyas. Opto, entonces, por escribir aquí mi punto de vista. Por si alguien (él incluso) lo lee, y es este comentario un mensaje en una botella arrojado al mar, esperando que alguien lo lea, no importa cuándo, y tampoco si es leído, y entienda los argumentos de este sionista (nunca he ocultado que lo soy). Como conclusión, y como punto de partida, digamos que la mucha propaganda, la mucha desinformación por tanto, está en la raíz de todo este asunto.






           En primer lugar, no puede ser llamado Genocidio lo que no lo es. Léase su definición. Aplíquese a lo que sucede. Fin de la cuestión. No hace falta aducir el caso de la Shoah/Holocausto. Ya lo hizo el necio de José Saramago con resultado asqueroso. Quien se atreva a repetir aquello del comunista portugués no debería leer el libro de Raul Hilberg La destrucción de los judíos europeos (Aquí, el libro), que basta por sí solo para desmontar las falacias revisionistas amadas por los neonazis y por el tirano de Irán, ni ver el escalofriante relato de Claude Lanzmann, sino simplemente ver, aunque no sea completo, el breve y clásico documental Noche y niebla de Alain Resnais. Pero no es de la Shoah, tan dolorosa, de la que quiero hablar. Vamos a lo de ahora, a lo de estos días, esta tregua entre las explosiones.

Shoah (Claude Lanzmann, 1986), subtitulada



Noche y niebla (Alain Resnais, 1955)

            Quien dude, puede bucear un poco en la red. No es preciso hacerlo en los libros, si no se quiere. En el caso de que se busque uno, puedo recomendar La tierra más disputada: El sionismo, Israel y el conflicto de Palestina, de Joan B. Culla.  Vayamos a los hechos sencillos. Existió un reino llamado Israel y un reino llamado Judea. Borrados definitivamente por los romanos. Nunca existió un reino o república o emirato o lo-que-sea llamado Palestina. Palestina es un término geográfico, no político. Por lo tanto, lo que se llevó a la práctica en 1948, la partición de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, fue una restitución basada en derechos históricos. Los derechos históricos son también aducidos por los pro-palestinos. Nadie les niega, ni siquiera un sionista como yo, el derecho a vivir en ese espacio. Lo que defendemos los sionistas es el derecho a que exista el estado de Israel. No propugnamos el exterminio de los palestinos, arrojarlos al mar. Hamas, y sus grupos afines, sí piden justamente eso con los judíos, con los israelíes. ¿Os suena, además, eso de la Yihad? ¿Os acordáis del 11 de septiembre de 2001, del 11 de marzo de 2004? Pues eso. Ah, la mentalidad de los islamistas que hicieron esas matanzas sí es una mentalidad genocida.

Un paseo por Gaza

            Sigamos. El 14 de mayo de 1948 Israel cumplió lo aprobado por Naciones Unidas. ¿Qué sucedió en el lado árabe? Atacar al recién nacido estado judío. Cinco ejércitos contra las milicias israelíes. Venció Israel. ¿Qué pasó con los árabes?, ¿crearon su estado, ese estado que ahora reclaman? No. Un gran número se exilió a los países derrotados en aquella guerra de Independencia de Israel. Y los terrenos previstos para el estado palestino fueron anexionados por Israel y por Jordania. Oh, sorpresa. Quien le quitó a los palestinos su suelo, su estado, no fueron los repugnantes judíos sionistas. Fueron sus amigos árabes y musulmanes. De ahí vino el conflicto. Y vinieron acciones terrorista, y más guerras de varios países árabes a la vez contra el pequeño estado de Israel. Ganadas todas por Israel. De manera muy notoria la de 1967, con el resultado de que esa vez Israel se anexionó Gaza, Cisjordania, los altos del Golán y la península de Sinaí. Construyendo colonias en muchos de esos territorios, cierto es.

Golda Meir: Cuando los palestinos quieran a sus hijos
mas de lo que odian a Israel se solucionará el problema



            El Sinaí fue devuelto a Egipto a cambio de paz merced a los acuerdos de Camp David. Fue el comienzo de la política de “Paz por Territorios”. Damos otro salto, y vamos al 2005. Entonces se verifica el Plan de Desconexión por parte de Ariel Sharon, viejo soldado y héroe de la guerra de 1967, que como Primer Ministro hizo que Gaza fuera devuelta, aunque no en su totalidad, a la Autoridad Palestina, evacuando los asentamientos de colonos israelíes. Como experiencia piloto (si todo salía bien, el siguiente paso sería devolver Cisjordania). Paz por territorios, ya se sabe. Desde el lado palestino, se siguió atacando a Israel. Con cohetes primero artesanales, y ahora fabricados por Irán. ¿Qué haríais si vuestro país es atacado con cohetes de forma diaria? Yo, defenderme. Contraatacando. Es lo que ha hecho Israel. Simplemente. ¿Niños muertos, madres llorando, barbarie? Sí, son reales esos muertos. ¿Se deben condenar, lamentar, esas muertes? Por supuesto. Pero Israel no es la culpable única. Está comprobada la táctica de situar arsenales, y plataformas de lanzamiento de cohetes, entre instalaciones civiles como hospitales, escuelas o edificios de viviendas. Así, cuando Israel los ataque se garantizarán un buen puñado de niños, de mujeres, de civiles muertos para pasear los cuerpos ante las buenas conciencias para que escriban aquello de que Israel está haciendo un genocidio.


            Toda esta exposición es simplista y apresurada. Pero necesaria. Es una explicación del conflicto palestino-israelí apta para que la comprenda hasta un niño. Otro dato que no debe obviarse es que Ahmed Jabri, jefe militar de Hamas, asesinado por Israel al comienzo de esta escalada, fue responsable de numerosos crímenes. Entre ellos el abominable secuestro del soldado Gilad Shalit. Antes de la muerte de Jabri, y después, el lanzamiento continuado de cohetes es el que ha producido la respuesta de Israel. Es lo que tiene el jugar con fuego. Que te lo devuelven.



jueves, 27 de septiembre de 2012

Shalit, entre las estrellas, en el país de los españoles

No es la primera vez que en este blog lo nombro. Gilad Shalit. Víctima de la barbarie, chivo expiatorio que sirvió para castigar en él a toda una nación, todo un pueblo, toda una fe. Que es mi fe, que es también mi pueblo, que es la nación en la que creo además de en España. Puestos a definir identidades, a reconocer interioridades, a tomar partido, insistiré en que soy sionista. (“incivilizados sionistas”, decía ayer en Naciones Unidas el tirano de Teherán...) Lo que viene al caso es que Shalit vendrá a Barcelona (es decir, a España: bueno es remarcar lo obvio cuando la obviedad escuece) para ver un partido de fútbol en calidad de admirador del equipo español (cuánto placer en usar este adjetivo) que tiene por nombre Club de Fútbol Barcelona y de cronista deportivo de un diario israelí. Desde que recobró la libertad, desde que recuperó la vida, Shalit ha recorrido diversos países para contar diversos hechos deportivos. Bien por él.


        Aquí verá millonarios de blanco y millonarios de azulgrana disputándose el balón buscando evitar la vergüenza de ser derrotados. Verá perplejo el tremolar de las banderas esteladas, con el temblor del recuerdo de viejas estrellas amarillas, con el gozo de otra estrella, de seis puntas, sobre la bandera israelí. Le dirán “son independentistas”, y le referirán una mentira (“...que luchan por su libertad como nación como Israel lo hizo”) o los hechos descarnados y sonrojantes. Da igual lo que le digan, la verdad. En todo caso, su impresión de España, desgarrándose, o en vías o peligro de desgarrarse, no será grata. Pero no es el tema de este comentario el espectáculo político de la jauría jugando a ser parte de la Historia Universal (de la Infamia).

El objeto de esta perorata es que hay quien protesta porque ese joven excautivo irá a un partido de fútbol. Activistas pro-palestinos de aquí y de ahora. El objeto es que la emisora de Hamas hará boicot al Barcelona por permitir que el excautivo pise su estadio y disfrute y se asombre y lo cuente. ¿No fueron suficientes los 1941 días que estuvo encerrado, privado de dignidad y de esperanza? Homo hominis lupus. El hombre es un lobo para el hombre. Todavía. Aunque algunos prefieren ver a ese hombre, por ser soldado, por ser israelí, por ser judío, por ser libre, desprovisto del menor derecho. Desprovisto, en definitiva, de vida. ¿Acaso no fueron suficientes esos 1941 días de oscuridad, repito? Que cada cual recapacite, que cada cual se ponga en la piel de ahora, cansada y quebradiza, de Gilad Shalit, señalado por esos dedos sucios y temblorosos de odio y que dé el nombre que merezcan, acá y allá, esos hijos de puta.

martes, 18 de octubre de 2011

Preferiría no hablar de Gilad Shalit

Porque desde hoy está libre, flaco y confuso, pálido y aclamado. Porque duele ver que su libertad ha costado la de 447 prisioneros hoy, que llegarán a ser 1027 en los próximos días, y duele ver a este joven Cristo rescatado de los infiernos volviendo a asombrarse del aire y del sol cuando también lo hacen quienes fueron privados de libertad no por cumplir un deber ineludible (Shalit era, o es, soldado de Israel) sino por combatir, normalmente a través del terrorismo, un estado creado al amparo de Naciones Unidas en 1948 para pretender conseguir el estado palestino que ellos rechazaron crear entonces. En un platillo de la balanza se ha puesto a un soldado, tan inocente y tan culpable como cualquier soldado. En el otro platillo, 1027 palestinos, de los que 280 fueron sentenciados a cadena perpetua por participar en asesinatos que costaron la vida a centenares de israelíes. El viejo deporte de matar judíos, tan antiguo. 

Veo las imágenes del muchacho pálido que deja atrás 1941 días de secuestro (no diré cautiverio: secuestradores, por tanto criminales, fueron los que decidieron ese destino). Veo las imágenes de los palestinos, su algazara en las calles, sus gestos obscenos de victoria, sus besos y abrazos a esos nazis de la sharia. Que adoran a un Ismail Haniyye al que en televisión entrevistó Iñaki Gabilondo presentando al primer ministro de Hamas en Gaza como líder de un grupo religioso, sin mencionar en ningún momento los asesinatos y las extorsiones de ese grupo. Y duele ese silencio, ese ocultamiento, ese júbilo de hoy. El victimismo por todas partes, el dolor tan repartido. Su discurso de las balas sionistas, de la mugre y las moscas. Su hipocresía ilimitada, su alegría porque se cumple una coacción. No son inocentes los que festejan a un lado. Duele la alegría por la resurrección de Shalit al otro lado. Soy sionista, sí. Quizás ahora más que antes. Asco por esa alegría, pudor amargo por la que debería sentir y no siento.


Leo en la prensa las palabras de Yosi Tzur, padre de un adolescente israelí que fue asesinado junto a otras 16 personas, refiriéndose a otro canje, otro chantaje, al que Israel condescendió hace 26 años: "Los liberados en el canje del 85 mataron a 180 personas. El acuerdo salva a Gilad pero matará a muchos otros". Estamos advertidos. Vuelvo a la portada del periódico: habla de que en San Sebastián se han reunido unos llamados "mediadores internacionales" para, en lenguaje de los terroristas, pedir que España, y Francia, se reunan con los asesinos para hablar cara a cara para resolver el conflicto. Otra vez los platillos igualados. Las víctimas con la misma dignidad que sus asesinos. Hoy, toda España, la España inocente que no quiere sino vivir su vida pequeña, cumplir su deber mínimo, es otro soldado Shalit.

jueves, 17 de marzo de 2011

Ein Volk, ein Reig...

Expongo los hechos con tranquilidad. Es decir, como si no fuera yo. Sin saber cómo quedará y si los nombres quedarán dichos. Estuve en un acto cultural (blanco y en botella, o rojo y de whisky si se mira el blog de quien hablo). El protagonista (yo era un telonero bien intencionado) sacó sus ideas políticas. Que son muy diferentes a las mías. E hizo un llamamiento a la ira, a la venganza. A la violencia si era preciso. Porque nada puede perdonarse. Al menos, nada de lo que hicieron los opuestos a los suyos. Lo que significa que no hay asesinos y culpables sin más, sino que hay asesinos buenos y asesinos malos, culpables buenos y culpables malos. De forma elocuente, dijo que “hay buenos y malos, y yo sé quiénes son los buenos y quiénes los malos”. Obviamente, el bueno es él, y los buenos son los suyos.

¿Los buenos?

Pero lo peor viene después. Fuimos a la terraza de un restaurante (él fuma, los demás del grupo, no) para tomar algo después del acto. Un amigo, escritor y honesto, que estaba sentado a mi lado, me preguntó si yo accedería a comer algo o lo evitaría por motivos religiosos. Aclaro aquí que estoy en vías de convertirme, por fe y solamente fe, al Judaísmo. Renuncié a comer nada. Los demás, extrañados de mi ayuno, me preguntaron los motivos. Fui claro: “soy judío y soy conservador. Sé que vuestras ideas son muy distintas a las mías, pero no las criticaré ni intentaré convenceros de las mías. Como veis, soy tolerante”. El escritor se permitió, entre sonrisas y alguna chanza, atacar mi fe, discutir, con insultos y groseros prejuicios, al Estado de Israel. Es más, como si yo fuera Shimon Peres (o más bien Benjamín Netanyahu, o mejor aún el propio Ariel Sharon), me preguntó por qué Israel no ha reconocido nunca, por qué se niega a reconocer, al Estado de Palestina. Contesté que en el momento fijado para la fundación de los dos estados, 15 de mayo de 1948, sólo uno cumplió lo previsto y el otro optó por no hacerlo y, en su lugar, apoyar la invasión por parte de cinco ejércitos, de Israel. En definitiva, “los palestinos nunca fundaron su estado; sólo lo hicieron en 1988 en Argel”. El escritor entró en una espiral conmigo: “falso, lo crearon en 1948”. Yo, “no: fue en los años 80, y sé lo que digo”. En esas estábamos, en una batalla por mantener cada uno sus certezas (cualquiera puede comprobar los datos históricos discutidos y dar la razón a quien la tiene), cuando apareció un hombre.

        Sesenta años, menudo, ojos claros, buenas maneras, acento español pero no andaluz. Pedía un trozo de pan. Le entregamos el bollito de pan que yo no había tocado. Dijo “no saben la vergüenza que me da todo esto”. Lo vimos sentarse un par de mesas más allá, comer con lenta avidez ese pan pequeño. El escritor (que había dicho en el acto previo tener escrita una novela, de espías e inédita, ambientada en Palestina, y que demostró clara ignorancia sobre Palestina e Israel, que también atribuyó antes a Shakespeare una cita de Rabelais y que en la cena/ayuno erró con una de Tertuliano a San Agustín), cuando soltó su arenga más cargada de política que de literatura, había dicho que la izquierda (y por tanto él) defiende la justicia y la igualdad y que la derecha sólo piensa en ella misma. Mientras el hombre pobre comía en su rincón, los demás charlábamos indiferentes. Comiendo (ellos) viandas mejores mientras el pobre roía su pan. Entonces, mientras seguían con su conversación, me levanté y hablé con el hombre. Abrí mi monedero y le di un billete de 10 euros, que era cuanto llevaba. Se resistió levemente, aceptó el billete que puse en su mano. “Para que coma algo, caballero. Aunque sea ya mañana. Que Dios le bendiga”. Se llevó una mano al pecho, sacó un pequeño atado de documentos y papelitos, me dijo “gracias, pero le voy a enseñar mi familia”. Le dije “no hace falta, créame; no hace falta”. Me mostró una estampa, recortada, de la Virgen del Carmen, una foto pequeña del beato Escrivá de Balaguer. Volví a mi sitio. No supieron lo que había pasado. No presumí de caridad. Tal vez el escritor, que se llama (lo habrá deducido el lector) Rafael Reig, el defensor de la justicia y la igualdad, del odio y la violencia, me habría acusado de “moral judeocristiana”. Para mí, es misericordia. Compasión. Tzedaká, por utilizar el término preciso y hebreo.

Hace un par de horas, escribí a un amigo, suscriptor de este blog, un correo en contestación a otro en el que preguntaba cómo fue el acto. Copio tal cual un fragmento de mi contestación:

“Rafael Reig resultó ser un rojo rojísimo. Peligroso. Mi presentación la he colgado en mi blog (http://pan-para-hoy.blogspot.com/2011/03/acerca-de-rafael-reig.html). En su intervención dijo estupideces pavorosas, de las que presagiarían incluso mi fusilamiento a manos de los suyos. Qué miedo. En la mini-cena posterior puse las cartas sobre la mesa, con cortesía y transparencia: soy judío y "conservador". Entre sonrisas se dedicó a atizarme puñaladas. Que no devolví. Que otros practiquen el odio. El mal. Yo estoy en otro reino, en otro mundo. Ya escribiré en el blog, con calma, mi relato de la velada. En el mismo, he repescado, oportunamente, uno de mis artículos clave para comprender "de qué voy": http://pan-para-hoy.blogspot.com/2011/03/gulag-memoria-de-los-campos.html. “

Puestos aquí, en el propio blog, estos enlaces pueden ser irrelevantes. Quien quiera saber más sobre el personaje, puede completar su juicio moral a través de este otro:  http://www.elgransurmano.com/rabietas-rafael-reig

Desde otro reino, otro mundo, no dedicaré más palabras a este personaje. De todos modos, su novela es espléndida, muy recomendable. He dicho.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Preferiría hablar de Gilad Shalit

Ayer se aprobó en el Congreso de los Diputados (votos a favor, PSOE, CiU, PNV) que Álava, Vizcaya y Guipúzcoa pasaran, urbi et orbe, a llamarse Araba, Bizkaia y Gipuzkoa (me rechinan los dedos al escribir esas aberraciones, ya que mi idioma es el español, en el que ya existían nombres para estos lugares). No debería escribir nada más sobre el particular. Cualquier lector con un discernimiento medio se daría rápida cuenta de la estupidez de cambiar nombres cuando ya en el idioma del que tratamos, el español, existen las tres palabras de siempre (no sé por qué, o acaso sí, se me viene a las mientes el vizcaíno de Cervantes), y son proscritas y cambiadas por otras de otro idioma, que es minoritario incluso en su territorio. Como si ahora debiéramos nombrar London o Antwerp rechazando Londres o Amberes. No me vale, no, que los que ese cambio aprobaron representan al pueblo español.

Pero las ganas de abrir la ventana y enarbolar una bandera de dos colores, de proclamar llegada la hora de la ira y de las llamas, se me antoja prescindible. Se trata, una vez más, de subterfugios para entretener la cólera con necedades prescindibles. Mi paz es demasiado valiosa para que los votos de botarates la estropeen. Desde las gradas del circo, opto por apartar la mirada de la pista sucia y pequeña, cerrar los ojos y pensar en lo que pocos, aquí, piensan. En la añoranza de una familia israelí por un muchacho secuestrado por un comando de islamistas. Gilad Shalit permanece en el limbo terrible desde el 25 de junio de 2006, el día después de que yo, en Málaga, cumpliera 40 años. El tiempo pasa, cambian las palabras, las coyunturas, maduramos, envejecemos, caen tiranos y otros ejercen el poder con meticulosa fidelidad hacia el error. Prefiero pensar en el soldado flaco y prisionero, y poner entre el ruido y la oscuridad bárbara un poquito de esperanza, una luz pequeña y temblorosa. Gilad Shalit, que seguirá estando vivo mientras alguien, acá o allá, lo nombre.