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sábado, 23 de abril de 2016

Cervantes, por encima de todo

Hoy se cumplen 400 años de la pobre sepultura de Miguel de Cervantes, muerto el 22 de abril de 1616 (he confrontado el dato en Cervantes visto por un historiador de Manuel Fernández Álvarez y así es). Que recuerde, he publicado tres textos sobre don Miguel. Comparto aquí un artículo, y en breve un relato. Se publicó esta vindicación cervantina en Sur el 18 de abril de 2008. Sirva como homenaje torpe a quien tal vez sea el mejor de los españoles, tan débil, tan humano, tan fuerte, tan desdichado, tan digno. A continuación, el artículo de hace ocho años:


Fue el autor de “El famoso Bernardo”, un libro de caballería, de “Las semanas del jardín”, compuesto por diálogos, de las obras teatrales “La gran Turquesca”, “La batalla naval”, “La jerusalén”, “La Amaranta o la del Mayo”, “El bosque amoroso”, “La única”, “La bizarra Arsinda” y “La Confusa”, además de la comedia “El trato de Constantinopla y muerte de Selim”. También escribió la novela breve “La tía fingida”y el sacramental “Auto de la soberana Virgen de Guadalupe”. Todas estas obras desaparecieron en algún momento del siglo XVII. Quizás de haberse conservado, y haberse perdido en cambio el resto de su producción, este autor hubiera sido una figura menor, carne de eruditos e hispanistas, de nuestro siglo de Oro. Pero sucede que estamos hablando de las obras desaparecidas del soldado y convicto Miguel de Cervantes Saavedra.

Una muestra del estilo de Cervantes, de claridad certera, de elegancia desnuda, se da en el capítulo 46 de la primera parte del Quijote, que narra su encuentro con los cuadrilleros de la Santa Hermandad. En él, mostrando sus cartas de jugador que desea dejar al descubierto el farragoso delirio estilístico de las novelas de caballería que habían llevado al delirio al bueno de Alonso Quijano, recurre a la imitación de ese estilo. Veamos cómo lo formula Cervantes usurpando los modos de esos autores: “– ¡Oh Caballero de la Triste Figura, no te dé afincamiento la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso! La cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros que imitarán las rampantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de la fugitiva faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines, con su rápido y natural curso”. ¿Alguien ha comprendido algo? Pues veamos cómo lo aclara, ahora con su propia voz, el autor alcalaíno: “vio que le prometían el verse ayuntado en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para la gloria perpetua de la Mancha”.

Pero Cervantes, siendo el autor nacional de España, y el creador del más rico y perdurable libro de nuestras letras, distó mucho de ser perfecto, aparte de su faceta personal en la que se une una dignísima rebeldía en su cautiverio tunecino a ciertas desdichas que le hicieron vivir en el límite de la legalidad y hasta infringirla. Si Lope de Vega llegó a decir de los poetas de su tiempo que “ninguno hay tan malo como Cervantes”, el propio autor escribió “Yo que siempre me afano de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”. Con todo, en su poesía hay momentos extraordinarios, como el soneto “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”, entre mucha y abundante hojarasca. Pero se le puede perdonar todo, pues, como afirman Martín de Riquer y José María Valverde en su repaso a la Literatura Universal, su obra “muestra en su diversidad, en sus intentos más o menos afortunados y en sus variaciones de estilo un real empeño de escritor que se sabe en posesión de dotes extraordinarias pero que se pierde por caminos sin salida y por géneros no adecuados a su temperamento hasta que tiene la feliz  idea de concebir el Quijote y el acertado sentido de escribirlo con los más maravillosos, adecuados y eficaces medios de expresión”.


Cervantes se redime con su libro universal, único que le hace inmortal. Aunque él personalmente prefiriera su novela póstuma “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, de la que escribió la dedicatoria sólo tres días antes de su muerte, en la que se lee la escalofriante confesión “Ayer me dieron la estremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Borges aventuró certeramente que don Quijote es el personaje más querible de la literatura española, y Lord Byron, admirado, vaticinaba que las letras de España tendrían pocos héroes a partir de los días del flaco caballero. Ambos acertaron. Pero si leer las desventuras de Alonso Quijano y de su vecino Sancho supone amarlos, y por tanto admirar a Cervantes, mucho más respeto y asombro y emoción causa saber que quien todo ello escribió fue un hombre de vida bastante calamitosa que supo sobreponerse a circunstancias por lo general adversas, agobiado de hastíos y desilusiones, al que se le conocieron pocas alegrías y al que se negó la posibilidad de servir en Indias, lo que tal vez nos hubiera ofrecido un Quijote distinto, empapada la sesera de selvas y saetas, tucanes e ídolos, dejados atrás los momentos en que cuchilladas y balas, latrocinios y vergüenzas, rigieron sus destino, acotaron sus días. Andrés Trapiello retrata los diferentes espíritus que lo animaban (y desanimaban) en su magnífica aunque breve biografía “Las vidas de Miguel de Cervantes”. Que el cine no haya retratado a nuestro escritor, y que las adaptaciones de su obra sean discretas, es algo que no debe hacernos hace suspirar. Al fin y al cabo, es mejor que cada lector se construya su imagen del hijo del barbero-cirujano alcalaíno, que cada cual ponga su voz y su color al escudero y el caballero. Que cada 23 de abril sea el Día Mundial del Libro se debe no sólo a la gloria infinita de Shakespeare, sublime en todo momento (es innecesario insistir que la fecha de la muerte de don Miguel y don Guillermo fue la misma pero diferente fue el día por divergencias de calendarios). Frente a él, y como ángeles que se observaran desde lo lejos, el cansado y maltrecho Miguel de Cervantes soporta el peso grave de los siglos y de las desdichas. Con una compasión suave y dulce que quisiéramos merecer.

martes, 29 de diciembre de 2015

Guinea y España: 40 años de olvido [artículo inédito]

[En octubre de 2008, cuando se cumplían cuatro décadas exactas de los hechos que se relatan en este texto, escribí este artículo para diario Sur que quedó inédito por ajustes de contenidos del suplemento que entonces coordinaba. En él aparece mi familia política. A la que pertenecen las fotos que lo ilustran, tomadas por mi suegro, Ángel Alcobendas, que protagoniza una curiosa escena con el presidente Macías en la primera escena del artículo, que saco hoy a colación tras el estreno de "Palmeras en la nieve" que también los refleja elípticamente y como homenaje a mi familia barceloneso-madrileña que también fue, entonces, guineana: Maribel, Tere, Ángel y Joan]

        El presidente de Guinea Ecuatorial está sentado en un sofá. Frente a él hay un televisor apagado. Detrás de él, sus escoltas miran el aparato, hacen sonar los seguros de las armas, amartillan las pistolas, resoplan. Detrás del televisor, el técnico de Televisión Española, Ángel Alcobendas, llamado en lugar del compañero que habitualmente se ocupaba de estos imprevistos y ausente en ese momento de la ciudad, revisa los entresijos del aparato. Poco antes, para acceder al palacio, le han revisado minuciosamente la caja de herramientas y hasta comprobado el tacón de los zapatos. Cada pocos minutos, mientras siguen sonando los cerrojos del armamento, el presidente pregunta si va bien la reparación. Todo parece estar en orden, excelencia, espere un momento, por favor. Chasquidos metálicos, calor y humedad en la ciudad que aún se llama Santa Isabel. Y una clavija que aparece mal encajada. Alcobendas la aprieta y queda resuelta la avería. El presidente Macías se relaja. Los escoltas bajan, felices, las armas. Pero en la pantalla sólo aparece la carta de ajuste. Para que continúe la emisión, el técnico tendrá que llamar al centro emisor de TVE en la isla de Fernando Poo, en el pico Santa Isabel a 3.100 metros de altura, para que siga la emisión que el presidente había mandado detener. Si Fernando Macías, presidente de la recién nacida República de Guinea Ecuatorial, no puede ver la tele por tener suelta una clavija, ningún guineano tiene derecho a ver lo que su guía y jefe no puede. Así son las cosas. Está muy reciente el 12 de octubre de 1968, fecha en la que se firmó el acta de independencia de la jovencísima nación. Antes de que termine el mes de marzo de 1969, la inmensa mayoría de españoles habrá abandonado el país por las amenazas y la violencia desatadas por Macías. La familia Alcobendas partirá hacia España en el último avión que dejará la isla.

12 de octubre de 1968:
Independence Day

         Los siglos españoles


        El 12 de octubre de 1968, hace 40 años, el Ministro de Información y Turismo de España, Manuel Fraga, firmaba en el Salón del Trono del Palacio Presidencial de Santa Isabel, en la isla Fernando Poo, la entrega de poderes al presidente Fernando Macías Nguema por la cual España, tras un proceso iniciado en la ONU, aprobaba la independencia de las antiguas provincias de Fernando Poo y Río Muni agrupadas como República de Guinea Ecuatorial. En 1973, cuando el culto a la personalidad de Macías, convertido en dictador, llegue a su apogeo, la isla de Fernando Poo pasará a llamarse Macías Nguema Biyogo. Y la ciudad de Santa Isabel, Malabo. Cuando termine sangrientamente en 1979 el régimen de Macías a manos de su sobrino golpista Teodoro Obiang Nguema, la ciudad se quedará con su nombre africano, mientras la isla recibirá como nombre Bioko.

        Descubierta la isla en el siglo XV por navegantes portugueses, no será hasta 1777 que no pase, con una porción de suelo continental, a manos de España, que las permutó con los portugueses a cambio de la disputada ciudad de Colonia del Sacramento (Uruguay). Esta inesperada incorporación de territorios en África Central a la corona española hará que las nuevas posesiones formaran parte del Virreinato del Río de la Plata hasta su disolución. La primera mitad del siglo XIX contemplaría intentos ingleses por adueñarse de la soberanía de Guinea, mientras que es en la segunda mitad de la centuria cuando España emprende su labor colonizadora. El problema que no arreglarían la conversión en provincias de los territorios en 1959 ni la aprobación de un régimen de autonomía aprobado en referéndum por los guineanos en 1963 como paso previo a la independencia obtenida en 1968, es la enorme diferencia entre la isla y el continente.

Memorias de África: 
Mi mujer y mi cuñado juegan
en la piscina del Casino Español,
Santa Isabel


Hermanos y enemigos


Los antropólogos y el testimonio de los extranjeros afincados en Guinea coinciden en afirmar la radical diferencia entre las dos tribus mayoritarias del país: los bubis de Fernando Poo/Bioko y los Fang de Río Muni (Mbini en la actualidad). Los bubis son monoteístas, conformistas, mansos y sedentarios. Los fangs son politeístas, intransigentes, batalladores y trashumantes. Tampoco sus idiomas tienen ningún parecido. Macías era fang. Obiang también lo es. Ya durante el periodo de la autonomía, cuando en Madrid se reunieron en dos fases de la Conferencia Constitucional destinada a fijar los términos de la indepencia, con intervención de los representantes de los partidos guineanos y de la administración española, en el periodo 1967-1968, uno de los comisionados de Santa Isabel, y por lo tanto bubi, Edmundo Bosio, que más tarde en una intervención en la ONU llegó casi a convencer de la necesidad de crear dos naciones diferenciadas, llegará a decir “No nos dejéis en manos de nuestros hermanos de color los pamúes [otro nombre por el que son conocidos los fang], que no respetarán nuestros derechos y nos tratarán como esclavos. Si lo hacéis os declaro responsables ante la Historia, ante vuestra conciencia y ante Dios, del genocidio que se cometa con Fernando Poo”. Cuando la presencia española desaparezca, Macías se encargará de cumplir el temor manifestado por Bosio, que también será asesinado.


12 de octubre, 1968

Fraga  en su discurso del 12 de octubre afirmó en lo que puede resumir su discurso: “Afortunadamente no estáis solos. En ese camino vuestro, en esa senda o en esa vía jubilosa y ancha, podréis contar siempre con compañía adicta y experta.” Justo antes de los discursos, desde la tribuna contempló el primer izado de la bandera verde, blanca y roja, con un triángulo azul, de la nueva nación mientras la Guardia Territorial interpreta el himno nacional, el ingenuo “Caminemos pisando la senda de nuestra inmensa felicidad”. El acto lo preside, en el centro, Macías. A la izquierda está Fraga. Y a la derecha, pero un tanto en segundo plano, Edmundo Bosio que es el vicepresidente de la nación en un esfuerzo de Macías por ofrecer una imagen de unidad nacional. El reloj de la catedral neogótica en esa Plaza de España (rápidamente cambiará su nombre por el de Plaza de la Independencia) da una larga campanada. Son las diez y cuarto. A continuación, en el palacio, se firmará el acta de independencia y habrá discursos. A las 12 llegará el momento en que el dominio español desaparece y Guinea pasa a ser dueña de sí misma. Después, “Te Deum” de acción de gracias en la catedral. Un día feliz e histórico. Perno no perfecto. En Santa Isabel, justo al llegar el mediodía una decena de activistas ya preparados, asaltan y derriban con cuerdas la estatua, obra de Benlliure, del que fuera gobernador de los territorios en los años 20, Ángel Barrera. En Bata, capital de Río Muni, la guardia civil e infantes de marina deben contener a la multitud que la noche antes había quemado dos iglesias y amenazado a los españoles. El horizonte no es halagüeño.


El comienzo del miedo
        
España ha incluido entre los protocolos firmados con Guinea un acuerdo semisecreto por el que durante dos años habrá presencia militar (Guardia Civil, Armada y Ejército del Aire) para defender los intereses españoles y proteger de amenazas externas a la indefensa república. También quedan los estudios, equipo técnico y emisora de TVE como embrión de la futura televisión guineana Pero Macías desconfía. De hecho, su triunfo en las elecciones a dos vueltas celebradas en septiembre, el favorito de España era el presidente del régimen autónomo, Bonifacio Ondó, que morirá oscur y trágicamente en 1969. La economía guineana no levanta el vuelo. Alrededor de Macías hay algunos españoles, bien conocidos todavía hoy, aconsejándoles. Uno de ellos es el abogado Antonio García-Trevijano. Otro es Francisco Paesa.

  Las tensiones crecen. En diciembre comienza a expulsar españoles por causas discutibles. Exige que el gobierno español aporte capital para mantener el nuevo Estado. Y TVE tampoco se pliega totalmente a las exigencias de Macías. En febrero de 1969 exigirá que dejen de emitirse programas de tono anticomunista (la URSS acaba de reconocer a Guinea y Macías adula a los soviéticos sin dejar de alabar a Hitler), así como que se censuren los comentarios o imágenes racistas en las películas y series norteamericanas. El 12 de febrero, hará que se registre el centro emisor en busca de una presunta emisora que guiaría a los aviones que ayudaban a los rebeldes de la guerra de Biafra en la vecina Nigeria.

El día siguiente, Macías da un paso casi definitivo. Enfadado al ver banderas españolas en el cuartel de la Guardia Civil, en el consulado y la embajada de España y en la residencia del cónsul, exige que sólo una bandera permanezca. España puede decidir cuál de ellas. Pero no se pliega a las amenazas. El día 22, la Guardia Nacional guineana arría la bandera de la residencia del cónsul y se la devuelve a éste, que el día siguiente es expulsado del país. El miedo comienza.

Violencia y éxodo

Hasta el momento de la independencia, la causa guineana sólo dejó dos mártires: Acacio Mañé en 1959 y Enrique Nvó en 1963. Y con todo, estas dos muertes, aún rodeadas de misterio, tampoco pueden atribuirse a los españoles con total seguridad. Pero, desesperado y envalentonado, Macías acusa de asesina a España con discursos inflamados y radicales. Inmediatamente, la rama juvenil del que en breve será el partido único de Guinea desata la violencia. Los bubis y muy especialmente los que han trabajado o trabajan al servicio de los españoles son vejados y apaleados en las calles. Muchos mueren. Los españoles se encierran es sus casas, agrupándose las familias en las más robustas y pertrechadas de armas. La sangre ya no es una amenaza. El día 26 es expulsado el embajador de España. Pero éste dispone que las fuerzas españolas ocupen esa noche los centros neurálgicos y se pidan refuerzos a Canarias. Pero esta operación s abortada desde Madrid. España no luchará. En la madrugada, se repliegan las tropas sin combatir y se dan la vuelta los paracaidistas que acababan de partir desde Las Palmas.

Embravecido, Macías decreta el estado de excepción, da por rotas las relaciones con España, ordena la expulsión de la Guardia Civil, fija el toque de queda. La embajada española, ante el acoso en las calles, ordena la evacuación el día 27.  Y ese día registrará la primera víctima española: en Río Muni, una barcaza con 33 refugiados es tiroteada. De un disparo en la cabeza muere Juan José Bima Martí, un capataz forestal de 25 años que huía con su esposa. Sólo llevaban casados mes y medio. Mientras, por la radio Macías daba su consigna: “matad al blanco, violad a las mujeres, tenéis derecho al botín, pena de muerte para quien ayude al blanco. Estamos en lucha contra el imperialismo español”. Los barcos que abandonan Río Muni reciben la instrucción del embajador de no detenerse en Fernando Poo. No había lugar seguro.

El golpe y la última bandera

Se presagia lo peor. Y lo peor ya ha comenzado. Y se confirma el 5 de marzo, mientras los españoles huyen en barcos y aviones. Ese día, el ministro de Asuntos Exteriores de Guinea, Anastasio Ndongo, intenta un golpe de estado contra Macías. En una confusa escena, cuando parece que el golpe ha triunfado, el propio Macías lucha cuerpo a cuerpo con Ndongo que termina arrojado por la ventana del palacio presidencial de la ciudad de Bata. Una vez en el suelo, Ndongo, herido, es linchado. Morirá pocos días después. La venganza contra sus oponentes políticos, implicados o no en el golpe, no tendrá límites. Y los españoles son acusados de estar detrás del mismo. El ministro de Exteriores, Castiella, lo niega. Pero el presidente Carrero Blanco parece ocultar la verdad.


La Guardia Civil se atrinchera en los cuarteles, que son fortificados y defendidos por ametralladoras, y a los que son invitadas a concentrarse las familias españolas, repartiendo armas a los civiles. Tal es el peligro, que la colonia norteamericana al completo abandona el país. Frente al puerto de Santa Isabel, el acorazado Pizarro apunta con sus cañones el palacio de Macías. Hay incluso un plan para reocupar militarmente la isla para facilitar la evacuación española. En estos momentos, sólo quedan allí 300 españoles, que reciben amenazas, gritos, exhibición de armas, por parte de los fangs. Semanas antes, eran más de 7.000. Un grupo de las Compañías de Operaciones Especiales (COES) llega para construir un muelle provisional cerca del cuartel de la Guardia Civil de Santa Isabel, por donde se hace la evacuación de los últimos civiles. El último gesto de orgullo tendrá lugar el 29 de marzo, cuando la Guardia Civil arría la bandera en la isla y antes de embarcar la pasea por las calles de Santa Isabel desfilando con vehículos, bagajes y armas apuntadas hacia la multitud adversa que vociferaba. El 19 de abril llegarán a Las Palmas los Aragón y Castilla con los últimos españoles junto con la última bandera española que ondeó en Guinea. Comenzaban 40 años de olvido mutuo que todavía duran.


martes, 16 de junio de 2015

Málaga del Romanticismo según García de Cortázar

 [Artículo publicado en diario Sur el 5 de diciembre de 2008]

            Se suele fijar en el siglo VII antes de Cristo la fundación de la ciudad que hoy llamamos Málaga. Un nacimiento, pues, que sitúa los orígenes de la ciudad antes incluso de los de la potencia que la dominaría y le daría el estatuto de municipio: Roma. Pero basta con dar un paseo por el centro histórico de la ciudad para comprender que, aparte de los valiosos vestigios romanos o árabes, lo más característico del paisaje urbano es su datación mayoritaria, apabullante incluso, en el siglo XIX. Ni las modestas pero numerosísimas factorías de salazón de pescado, que dieron su nombre de Malaka a la ciudad, ni el Municipio Flavio Malacitano, ni incluso la Malaqa del periodo árabe son perceptibles a simple vista, no convencen de que el momento decisivo, su hora de excelencia, esté en la Edad Antigua ni en el Medioevo. Que esos vestigios ilustres son elocuentes interrupciones de un paisaje romántico es algo notorio. Tal vez por ello Fernando García de Cortázar ha situado en Málaga el momento el Romanticismo dentro de las páginas de su nuevo libro “Breve Historia de la Cultura en España”.

            La ruptura

            Esa ruptura de Málaga con su herencia de siglos, esa especie de refundación del paisaje, es algo que ya se constataba en la propia época romántica, cuando un viajero inglés citado por García de Cortázar escribe: “En Málaga se encuentra poco de las costumbres de Andalucía. El viajero verá más de una alta chimenea de rojos ladrillos, importación no muy poética de la laboriosa Inglaterra. Si es inglés oirá con frecuencia hablar su propia lengua y no sólo en labios ingleses, sino también españoles. Percibirá, en suma, que el progreso ha puesto pie en las orillas de España”. En esta irrupción del progreso en Málaga, en el asentamiento de la Revolución Industrial que entre nosotros representa la figura de Manuel Agustín Heredia, sus industrias y altos hornos, está la razón de que los viajeros que buscaban en la ciudad el exotismo de raíces arábigas, un modo de vivir lleno de azar y emociones, se encontraran defraudados. La ciudad emocional y arábiga se había convertido en industrial y europea. Con acierto, señala García de Cortázar: “Málaga no sólo era historia, no era una lírica renuncia al presente ni un monumento arqueológico donde encontrar lo que se echaba de menos en el propio país. La ciudad había cerrado la puerta de la melancolía tras los negocios de su burguesía. Su reflejo en el espejo de las aguas no era el de una civilización perdida, sino el de la nueva era que se anunciaba con la fábrica y el vapor: la era de la industria y del capital”. Es significativo que este retrato de la ciudad en el Romanticismo sea vigente para la ciudad de este comienzo del siglo XXI.

            Burguesía

            El siglo XIX es el de la consolidación de la burguesía como principal clase social, una burguesía que en Málaga es especialmente activa y especialmente volcada hacia el exterior, una vocación cosmopolita también fundamentada en el origen extranjero de gran parte de estas familias. “Las Heredia y los Larios había ido a Londres y París para cimentar sobre ejemplos firmes el ensayo industrial. Se estrechaban las relaciones comerciales e industriales con Inglaterra y las familias acomodadas vivían un poco a la inglesa, pensaban un poco en inglés, consideraban indispensable tomar té y hablar mejor o peor la lengua de lord Byron, quien había pasado por la costa andaluza igual que un fatal meteoro”. Es la ciudad que preside hasta 1865 la producción y comercio de hierro en España, que vive una gran actividad comercial, un trasiego permanente de personas y mercancías en torno al puerto en medio del oasis de quietud y tradición del resto de Andalucía.


          La aventura liberal



              No sólo la Plaza de la Merced con su obelisco funerario y sentencioso, sino especialmente el Cementerio Inglés, atestigua la pasión por la libertad de esa ciudad impaciente e inquieta, un lugar al que García de Cortázar atribuye su debida importancia simbólica: “Tras la verja del cementerio inglés de Málaga, en una ladera escarpada que la ciudad confina indiferente en medio de automóviles y edificios, muda frente al húmedo rumor del viento, halla hoy el viajero la desolación de la quimera”. Allí, la tumba de Robert Boyd, el único ausente de la Plaza de la Merced, proclama la sagrada causa de la libertad y el martirio y la amistad junto a Torrijos. El Londres que a Boyd y Torrijos es también el lugar en el que los exiliados del absolutismo preparan sus conspiraciones y formulan sus teorías y proyectos, el mismo lugar al que los burgueses de Málaga consideran el referente y meta de sus negocios, el lugar desde el que el Romanticismo irradiaba con sus héroes de acero, con sus amores de ceniza. Las ansias, la insatisfacción, el vértigo del activismo, de la reforma, de la vida nueva que buscaron los románticos, tiene en Málaga su destino, su cenotafio, su símbolo. En el centro de una plaza en la que habrá de nacer un pintor revolucionario, en la lápida de un cementerio en una ladera y frente al mar, en las arenas ensangrentadas de la playa de San Andrés y que teñirá poemas y cuadros. 



La visión abarcadora de García de Cortázar

 [Artículo publicado en diario Sur el 5 de diciembre de 2008]

            Acaba de publicarse “Breve Historia de la Cultura en España”, el último libro de Fernando García de Cortázar, editado por Planeta. Esta obra tiene un interés muy especial, ya que frente a otros intentos de trazar un panorama de los logros culturales de los españoles en nuestro largo devenir articulando el relato de forma cronológica, pasando de un foco de interés a otro, el historiador bilbaíno ha optado por escoger veinte ciudades españolas para a ubicar en cada una de ellas un momento preciso, un episodio fundamental, de la cultura española. De este modo, este libro singular se erige en una singular guía de la historia cultural de nuestro país a la vez que demuestra que los logros españoles no irradian desde un escueto puñado de puntos geográficos, sino que se caracterizan por un intenso dinamismo geográfico. No es baladí el hecho de que en la nómina de veinte ciudades de las que el libro trata, cinco sean andaluzas. Con ello, se rompe el tópico que limitaba el alcance de Andalucía al esplendor cordobés de los Omeyas y a la opulencia sevillana tras el descubrimiento de América.

            De este modo, el libro hace un recorrido por la geografía española y las épocas con las siguientes etapas. En la Edad Media, se parte de Santiago de Compostela como meta de peregrinaciones, se recala en el califato de Córdoba, se presta atención a Toledo como sede de la escuela de traductores en la que hubo una auténtica interculturalidad del conocimiento y se localiza en Trujillo, Plasencia y Canarias las bases que hicieron posible el descubrimiento y conquista de América. En la monarquía de los Austrias, los lugares decisivos serán la Granada del Renacimiento, la docta Salamanca de universidad y pensamiento, Ávila de los místicos, Sevilla de los pícaros, del oro y de Velázquez, Zaragoza de Gracián  y de los Argensola, y México como centro de gravitación cultural de la España americana. En el siglo XVIII, la Ilustración anidará en Cádiz, en Madrid y en Gijón. En el problemático siglo XIX, los protagonistas serán Málaga en el Romanticismo, Santander como foco del Realismo y Mallorca en la que coinciden los planteamientos del Modernismo y de los noventayochistas. Finalmente, el siglo XX se reparte entre Bilbao de la industria y el comercio, Barcelona de la eclosión cultural a espaldas, y a pesar, de la dictadura franquista y Valencia del futuro y la arquitectura de Calatrava.

            Basta esta nómina de lugares, esta variedad de instantes, la identificación por parejas de unos y otros, para captar el interés y la novedad de esta nueva obra de García de Cortázar, que en el prólogo del mismo señala su intención de batallar contra el olvido, tras constatar el hecho, indudable, de que “sorprende que en un país tan propenso a la invención de pasados falsos haya tan poco amor, tan poco respeto, por las huellas verdaderas del ayer”.  Y es que, efectivamente, en contra del olvido y también de las manipulaciones maniqueas, de todo signo, de la Historia, “este libro es un paseo por la cultura de España y a la vez un viaje en el tiempo a través de sus ciudades”. Todo ello con el habitual estilo literario de García de Cortázar, más cercano al de un escritor de calidad que al fárrago que habitualmente se atribuye a los analistas del ayer. El resultado son estampas vibrantes y brillantes, apoyadas por testimonios tanto literarios como históricos, incluso predominantemente literarios, que sirven al propósito permanente del autor de desterrar tópicos y enfrentarse de forma libre de prejuicios, pero siempre apasionadamente, a la realidad secular de España. 



            Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942), catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Deusto, constituye un caso excepcional entre los historiadores. En un momento en que el debate entre los historiadores es objeto de atención incluso entre las páginas de las prensa, con la disputa ocasionada alrededor del revisionismo acerca de nuestra historia más reciente, García de Cortázar se sitúa al margen de los enfrentamientos pero sin rehuir nunca una toma de partido por la objetividad y por la denuncia de las manipulaciones, situándose por tanto más allá de las trifulcas más o menos oportunistas para adoptar una visión más amplia, más generosa, de la historia nacional. Director de la Fundación “Dos de Mayo. Nación y Libertad”, a él se deben éxitos de público como “Breve Historia de España” (en colaboración con José Manuel González Viesga), “Los mitos de la Historia de España”, “Los perdedores de la Historia de España” y la que hasta ahora era su obra más reciente, y por la que en el pasado mes de octubre fue galardonado con el Premio Nacional de Historia 2008: “Historia de España desde el Arte”. Su capacidad para comunicar con un público amplio, aparte de su “Breve Historia de España”, libro que se ha traducido a una docena de idiomas y que se considera la mejor síntesis de su género, se puede comprobar con la serie de televisión “Memoria de España”, dirigida por él, que constituye un caso único dentro de la historia de la comunicación en España.


martes, 7 de abril de 2015

Falsificaciones literarias: Escribir con la letra de otro

Al cumplirse los 25 años de la más notoria y espectacular falsificación histórica, cuando en febrero de 1981 fueron hallados los presuntos diarios de Hitler, es buena ocasión para revisar algunos de los fraudes documentales más notorios de los últimos cien años, por no mencionar algunos más antiguos como los que dieron lugar al llamado “tubalismo” que pretendía un origen mítico para España como nación merced a un pretendido rey Túbal, nieto de Noé, que propiciaría fantasías vasco-iberistas para dar un soporte falsamente legítimo al nacionalismo vasco de Sabino Arana, a partir del libro de Andrés de Poza De la antigua lengua, poblaciones y comarcas de las Españas (1587), cuyas fantasías son sabiamente desmontadas, no sin sarcasmo, por Julio Caro Baroja en su obra fundamental “Las falsificaciones de la Historia” (1996). Antes de entrar en las más llamativas, por lo populares, falsificaciones históricas del siglo XX, que no serían sino los diarios falsos de Jack el Destripador y de Adolf Hitler, conviene hacer un recorrido por otras que, si no tan conocidas, sí han producido a veces daños de gran alcance.

            Las mentiras antisemitas

            Los  autores del exterminio de los nazis hacia el pueblo judío justificaban sus actos citando el libro Protocolos de los sabios de Sión, que sigue siendo el credo, junto al autocomplaciente y delirante Mein Kampf, para los neonazis, y para no pocos fanáticos islamistas, que siguen creyendo la mentira, ya desmontada pieza por pieza por los historiadores, de esta presunta obra anónima según la cual un grupo de sabios hebreos trazaban un plan para adueñarse del mundo. Algo así como una obra de Dan Brown pasada por la esvástica antes de que los nazis surgieran. En concreto, este libro, que se sigue imprimiendo para uso de exaltados, apareció por entregas en un diario ruso en 1903 bajo el título Programa para la conquista del Mundo por los judíos. Basado en una obra historiográfica del clérigo francés Barruel sobre el jacobinismo, y en la novela Biarritz del alemán Hermann Goedsche y empapada del antisemitismo que propició las grandes matanzas de judíos en las décadas finales de ese siglo, la autoría de esta falsificación pertenece al agente zarista Serguei Nilus. El resultado, a la larga, se convertiría en 6 millones de muertos, además de tantos judíos perseguidos antes y después de la Segunda Guerra Mundial.


            El Necronomicón

            No todas las falsificaciones han sido tan nocivas, ni buscado intereses políticos ni económicos. Entre las inocentes, pero inquietantes, está el celebérrimo “Necronomicón”, o “Libro de los nombres muertos”, invención de uno de los padres de la literatura de terror y fantástica moderna, H. P. Lovecraft, que menciona por vez primera esta obra en 1922, atribuyéndola a Abdul al-Hazred, El Ciego, autor persa de hacia el año 700. Esta obra, capaz de hacer comparecer a los demonios y destruir el mundo, ha sido buscada por legión de admiradores de Lovecraft, y hasta se han reproducido páginas de antiguas ediciones (se habla de una versión griega impresa en Italia en el siglo XVI, y de una edición inglesa de 1571 traducida por el mago John Dee). Fichas catalográficas de este libro perdido han sido halladas en la Biblioteca Nacional de Francia y en la British Library de Londres, pero se debe más a bromas de eruditos que a la existencia, nunca comprobada, de la obra. Resultado de lo sugerente del libro es que se han editado diversas versiones del libro, todas espurias, en las últimas décadas. Lovecraft, con su mirada extraña y magnética, sonreiría siniestramente al comprobar el resultado de su invención.

            Max Aub, el maestro

            El escritor español, más tarde nacionalizado mexicano, y cosmopolita, desarraigado y de orígenes frances y alemanes, judío y republicano, es en España el maestro de este género de la falsificación. Pero no es un falsificador. De hecho, a su obra más conocida adscribible al género, “Jusep Torres Campalans” (1958) fue considerada siempre por su autor como una novela, aunque se trate de una hábil biografía, profusamente ilustrada con fotografías y obras de Campalans, de un olvidado autor de la vanguardia plástica española, mezcla de Picasso y de Juan Gris, y que no tardó en ser creída cierta, hasta el punto que el interés por la obra de Campalans (realmente hecha por Aub) no tardó en despertar el interés de coleccionistas, galeristas y museos. Algo similar consiguió Aub en 1971 con su novela “Vida y obra de Luis Álvarez Petreña”, que recoge los avatares y textos de un escritor de tal nombre con tal verosimilitud que sólo la palabra “Novela” sobre la portada de la primera edición alertaba al lector que se encontraba ante otro juego literario del autor nacido en París en 1903. 

Un verdadero Torres Campalans 

            Falsos adioses

             Quizás de las falsificaciones recientes más exitosas sean las atribuidas a Jorge Luis Borges y a Gabriel García Márquez, ambas en forma de poemas en los que ambos autores, conscientes de la cercanía de “la postrera sombra que me llevare el blanco día”, en verso memorable de Quevedo, recapitulan sobre su vida. En el caso de Borges, el poema, titulado “Instantes”, comienza con “Si pudiera vivir nuevamente mi vida. / En la próxima trataría de cometer más errores. / No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. / Sería más tonto de lo que he sido, de hecho / tomaría muy pocas cosas con seriedad.” En todo caso, se trata de una pieza mediocre, sin afinidad ninguna con el espíritu ni el estilo del autor argentino, aunque se publicara en 1989 en la muy prestigiosa revista mexicana “Plural”, y debida a la pluma de la norteamericana Nadine Stair, que lo publicó en prosa en inglés en 1978 (8 años antes de la muerte de Borges), con el título “Si tuviera que vivir nuevamente”, y que es casi una versión exacta, previa y norteamericana, del apócrifo. Así pues, enigma borgiano resuelto.

            Similar es el caso de García Márquez. El poema circuló por las emisoras de radio colombianas en 1996 y por Internet. Titulado “La marioneta de trapo”, comenzaba diciendo “Lo dice una marioneta de trapo: / Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo, y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero, en definitiva pensaría todo lo que digo. / Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan...” En fin, algo muy apropiado para lectores de Jorge Bucay o de Paulo Coelho. No fueron pocos los que lo creyeron obra del Nobel colombiano, enfermo de cáncer, en la opinión de que se trataba de otro adiós a la vida. La autoría no tardó en desvelarse: se trataba de Johnny Welch, un ventrílocuo que incluyó ese poema, en el mismo 1996, en su libro “Lo que me ha enseñado la vida”. La reacción de Gabo al poema se concentra en una frase de una entrevista: “Lo que me mata es que crean que escribo así”.

            Falsos diarios

            Para terminar esta galería de despropósitos y engaños, examinemos someramente dos diarios falsos. El 18 de febrero de 1981, el escritor Gerd Heidemann ofreció a un grupo editorial alemán 62 volúmenes de unos diarios manuscritos de Hitler encontrado entre los restos de un avión derribado en la Segunda Guerra Mundial. Aunque los primeros peritos los dieron por falsos, la editora decidió apostar por su autenticidad y pagarle a Heidemann dos millones de dólares. El magnate de la prensa Rupert Murdoch compró los derechos, a su vez, por 3.750.000 dólares en 1983 y contrató a Hugh Trevor-Roper, serio historiador del nazismo, para que los autentificara. Y el historiador mordió el anzuelo. Dos semanas después de que la revista “Stern” publicara la primera entrega de los diarios con el artículo de Trevor-Roper que les daba credibilidad, los expertos científicos hallaron por la composición química de los productos usados que su elaboración era posterior a 1945. Heidemann no tardó en confesar: el falsificador era Konrad Kujau. En 1985 los dos urdidores fueron condenados a cuatro años de prisión por estafa.



            Mientras que la falsedad del diario de Hitler está demostrada, sigue discutiéndose la del presunto diario de Jack el Destripador, según el cual el asesino y diarista era James Maybrick, un comerciante de algodón asesinado por envenenamiento por su esposa en 1989, un año después de los crímenes de Jack. El “descubrimiento” se hizo en 1992. Creído como cierto, los expertos calígrafos de Scotland Yard no tardaron en dictaminar que la letra había sido alterada con florituras victorianas. También se puso en duda el tipo de tinta. Y también había contradicciones de detalle con los hechos del Destripador. Finalmente, en 1995, el hombre que apareció como el descubridor del diario de Maybrick, un comerciante del metal llamado Michael Barrett, admitió que él y su mujer Anne falsificaron el diario. Su actual propietario sigue batallando, en diversos libros y contra toda esperanza, por la autenticidad de su posesión. Y es que el que no se engaña es porque no quiere.


Artículo publicado en Diario Sur el 17 de febrero de 2006

jueves, 4 de septiembre de 2014

Ficciones alternativas


Además del clásico de Philip K. Dick, quien en el delirante final de su vida, marcado por consumo de drogas y alucinaciones religiosas, llegó a creer que vivía realmente en un universo ucrónico en el que el Imperio Romano pervivía en el momento de su muerte en 1982, la ucronía como género literario dará en el siglo XX títulos tan interesantes como “Lo que el tiempo se llevó” (XXX) de Ward Moore en el que un viajero en el tiempo altera involuntariamente la Guerra de Secesión norteamericana llevando a la Confederación a la victoria (estos Estados Unidos son objeto de un una reciente película, “C.S.A. (Confederate States of America)” en la que se llega a mostrar, como en un falso documental, venta de esclavos a través de teletienda), “Patria” (1992) de Robert Harris, ambientada en la Alemania de los años 60 que sigue siendo nazi, al igual que sucede en la antología “Hitler victorioso: once relatos de la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial” (1988),  “Pavana” (1968) de Keith Roberts donde se muestran los efectos de una conquista española de Inglaterra gracias a la exitosa Armada Invencible, con el resultado de que la Revolución Industrial se da mucho más tardíamente y el peso de la Iglesia católica, Inquisición incluida, es abrumador. Acaba de aparecer en español “Britania Conquistada”, del especialista en el género Harry Turtledove, una ucronía muy sugerente y documentada en que la Invencible triunfa, España ha asentado su dominio en tierras inglesas, la reina Isabel I está prisionera en la Torre de Londres, los ánimos de los nacionalistas ingleses empiezan a inquietarse y el servicio de espionaje español encomienda una obra que alabe las virtudes de Felipe II que encarga a William Shakespeare al que se le sitúa, para comprobar su fidelidad a la monarquía hispánica, al capitán Lope de Vega. Por otro lado, las ucronías españolas tienen excelentes ejemplos en dos novelas de 1976,  “En el día de hoy” de Jesús Torbado y “El desfile de la victoria” de Fernando Díaz-Plaja, ambas bajo la premisa del triunfo republicano en nuestra Guerra Civil. La más reciente y valiosa, literariamente, de las ucronías viene de la mano de Philip Roth con su novela “La conjura contra América” en la que Roosevelt pierde las elecciones de 1940 y es elegido presidente Charles Lindbergh, que mantiene una política neutralista en la guerra, filonazi y atrozmente antisemita. 

                               CSA (Confederate States of America)

Ucronías: otro mundo es posible

[Hace algunas semanas publiqué en este blog un comentario sobre "Britania conquistada", una novela ucrónica de Harry Turtledove. Recupero aquí un artículo breve y otro extenso, publicados en diario Sur hacia septiembre de 2005, para conocer mejor ese género usualmente fascinante.]


Si éste no es el mejor de los mundos posibles, ¿entonces cuál lo es?
 Voltaire, “Cándido”, 1759

Un hombre escribe una novela en la que imagina que Japón y Alemania han perdido la Segunda Guerra Mundial. Mientras se escribe la novela, agentes de ambas potencias buscan al autor porque la encuentran subversiva, ya que fueron ambas naciones las verdaderas triunfadoras del conflicto y Estados Unidos está separado en dos zonas de ocupación, regidas por los vencedores. A grandes líneas, éste es el argumento de “El hombre en el castillo”, novela de Philip K. Dick publicada en 1962. Una ucronía que tiene como tema la negación de la misma. Pero antes de avanzar más allá, definamos qué significa tal palabra.

Según un artículo de Gilberto Quintero Ramírez, la definición sería la siguiente: “Dícese de la literatura que especula sobre mundos alternativos en los cuales los hechos históricos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos”. El término fue acuñado por Charles Renouvier en su libro de 1876 “Ucronía (La utopía en la Historia). Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea del modo que no ha pasado pero que podría pasar”, con la distinción de que si utopía es lo que no existe en ningún lugar, ucronía es lo que no existe en ningún tiempo. Así, la ucronía pertenece de lleno a la literatura especulativa, pero no sólo a la literatura sino a la historiografía, al ser en ella misma donde tiene su primera manifestación y en la que ha tenido sus últimas manifestaciones de reconocimiento oficial. Así, la primera ucronía conocida la recoge Tito Livio en el noveno libro de su clásica “Historia de Roma desde su fundación” al contemplar la posibilidad de que Alejandro Magno hubiera llevado sus anhelos de conquista hasta atacar Roma en el siglo IV a. C. No es raro que una ucronía pueda, por tanto, desembocar, y hasta confundirse a veces, en una utopía, ya que cada cambio histórico puede dar lugar a cambios socialesy políticos más que destacables y no siempre negativos.


Siglo XIX

Tras la conmoción que supusieron las guerras napoleónicas, en pleno romanticismo y poco después de que Mary Shelley hubiera dado lugar al nacimiento oficial del género que hoy llamamos ciencia ficción (en el que suelen encuadrarse las ucronías como un subgénero) con su novela “Frankenstein o el Moderno Prometeo” (1816), el autor francés  Louis Napoléon Geoffroy-Château publicó en 1836 el libro “Napoleón y la conquista del mundo, 1812-1823: Historia de la Monarquía Universal” en la que imaginaba el triunfo absoluto de Bonaparte tras haber decidido abandonar la campaña de Rusia antes de que el invierno de 1812 marcara su primer gran revés y el inicio de su caída. El atractivo de esta propuesta para el nacionalismo francés dio lugar a diversas obras en las que a partir de estos postulados se creaban nuevas e imaginarias biografías de Napoleón. En el ámbito anglosajón el género nacería en 1846 con el relato de Nathaniel Hawthorne “P.S. Correspondence”, aunque habría de esperar a 1895 para que Castello Holford  publicara la primera novela en inglés, “Aristopía. Una novela-historia del Nuevo Mundo”, en la que el masivo descubrimiento de oro por parte de los primeros colonos de Norteamérica da lugar a una sociedad utópica.


Siglo XX

Las ucronías no tardaron en convertirse en una moda de rápido, aunque restringido, éxito, cuyo siguiente hito sería, continuando con las teorías napoleónicas, el ensayo, de 1907, escrito por el historiador británico George Macaulay Trevelyan sobre si Bonaparte hubiera ganado la batalla de Waterloo, lo que coinduce al Reino Unido al “trillado camino de la tiranía y el oscurantismo”. Pero el verdadero éxito “académico” de las ucronías llegará en 1932 con la obra editada por John  Collings Squire “Si hubiera sucedido de otra manera. Lapsus de Historia Imaginaria” en la que escritores y periodistas de prestigio aventuraban sus propias historias alternativas. Así, Philip Guedalla imaginaba una España en la que los árabes hubieran vencido a la Reconquista y que en el siglo XVIII se convierte en un imperio musulmán, o Chesterton imagina la boda de Don Juan de Austria con María Estuardo, H. A. L. Fischer imagina a Napoleón escapando a América y uniéndose a Bolívar, Harold Nicolson sitúa a Lord Byron como rey de Grecia, Milton Waldman conjetura lo que hubiera pasado si Lincoln hubiera sobrevivido a su magnicidio, André Maurois inventa una Francia sin revolución gracias a la imaginada valentía de Luis XVI y el propio Winston Churchill da una vuelta de tuerca al ponerse en la piel de un historiador norteamericano y sudista, en unos Estados Unidos en que los confederados habrían ganado la guerra, que elucubra cómo sería el país si hubieran sido las tropas del Norte las vencedoras. Como se ve, el germen de la idea de la novela de Philip K. Dick está en esta fantasía de Churchill. Más imaginativa literariamente es la hipótesis escrita por el propio Squire acerca de qué hubiera pasado si en 1930 se hubiera descubierto que Sir Francis Bacon fue el verdadero autor de las obras de Shakespeare. Y además, Shakespeare sería el autor de las obras de Bacon.



Bajo el influjo de Clío

La historiografía reciente se ha ocupado también de este juego, o ejercicio, de la ucronía, en dos libros recientes,  “Historia virtual. ¿Qué hubiera pasado si...?” (1998), editado por Niall Ferguson en el que historiadores de diversos países imaginan con el mayor rigor alternativas entre las que las más sugerentes son la inexistencia de la Independencia de Estados Unidos, de la Guerra Civil Española y del derrumbe del comunismo, así como la invasión nazi de Inglaterra, e “Historia virtual de España (1870) ¿Qué hubiera pasado si...” (2004) en el que se va desde el no asesinato de Prim hasta el no apoyo de Aznar a la invasión de Irak, pasando por el hipotético rechazo de Alfonso XIII al golpe de Primo de Rivera, la participación española en la Segunda Guerra Mundial y la supervivencia de Carrero Blanco.

domingo, 30 de marzo de 2014

La gloria de Rafael Cansinos Assens

Hay ocasiones en que el olvido es algo que festejar, cuando llega su fin y una iniciativa o un aniversario nos permiten sacar de las tinieblas a un creador con el que la posteridad no ha sido generosa pero cuyos méritos son altos y propicios para la celebración. Es lo que sucede con el sevillano Rafael Cansinos Assens, del que se cumplen 45 años de su muerte, verificada en Madrid el 7 de julio de 1964, y que va siendo motivo de frecuentes informaciones en los últimos meses merced al avance de la fundación que custodia la obra y la memoria del autor, por hacerse un hueco en el mundo cultural español.
A muchos el nombre de Rafael Cansinos Assens les sonará vagamente como el de quien Borges reiteradamente reconocía su maestro, pero siendo cierta esta deuda del argentino con Cansinos, es igualmente indudable que, aparte de la relación entre Borges y nuestro autor, Rafael Cansinos Assens es un magnífico ejemplo de la literatura de su tiempo, de erudito empecinadamente resistiendo a las vicisitudes de nuestra áspera patria, de insobornable testigo de un tiempo al que llamamos la Edad de Plata.
De Cansinos, más allá de las anécdotas, de la ligazón con Borges, del parentesco con Rita Hayworth (hija del también sevillano Eduardo Cansinos), quedan un puñado de libros que van siendo recuperados por su hijo, el editor Rafael Manuel Cansinos, que se ha dedicado a la tarea primero desde su propia editorial, Valdemar, y después desde el sello ARCA (Archivo Rafael Cansinos Assens). Con todo, no nos encontramos ante la tarea de un hijo que vela por el reclamo de su padre, sino del rescate de un autor merecedor de una posteridad más plena que la que le ha correspondido.
Los datos de la extensa vida de Cansinos se pueden resumir en un puñado conciso de fechas y de lugares: nace en Sevilla en 1882, queda huérfano pronto, recibe una educación católica, en 1898 se instala en Madrid, se dedica al periodismo y a la literatura, publica un puñado de libros y realiza numerosas traducciones de diversos y abrumadores poemas. Su elección del judaísmo como religión íntima le fortaleció interiormente pero le puso en el lado de los sospechosos durante el franquismo. Murió hace 45 años.

'La novela de un literato'
Entre la extensa obra de Cansinos, y entre la poca accesible en el mercado, destaca de forma especialísima, y magistral, 'La novela de un literato'. Publicada por Alianza Editorial en tres volúmenes de más de 500 páginas cada uno dentro de la colección 'El libro de bolsillo', estas memorias literarias de Cansinos constituyen una maravillosa rareza entre nuestras letras. A través de breves capítulos ordenados cronológicamente, Cansinos nos habla de los autores que ha conocido y tratado desde su llegada a Madrid desde la Sevilla natal en 1898 hasta el día siguiente del comienzo de la Guerra Civil.
Con un sentido del pudor muy elevado, y una modestia pocas veces vista, Cansinos nos lleva a las redacciones de los periódicos, los cenáculos literarios, las editoriales, las tertulias, nos retrata a poetas de la más alta categoría (son emocionantes sus páginas sobre Juan Ramón Jiménez, desoladoras las que recogen a un Rubén Darío idiotizado por el alcohol) y a otros autores que son fruto de son hoy objeto de mera erudición o de olvido sin remedio, entra en el detalle de los anécdotas más menudas, otorga vida singular, cargado de veracidad pero nunca de maledicencia, a tantos y tantos momentos, tantos y tantos nombres.
Un libro excepcional firmado por un testigo de privilegio de un momento de excelencia de la literatura española. Se trata de una obra de la madurez final de Cansinos, que firma su proemio en 1961, cuando de vida sólo le quedaban tres años, y en el que se confiesa cansado desde las primeras palabras: «Hay un momento en la vida del escritor en que, cansado o desengañado, se siente reacio para la creación y vuelve la vista a sus recuerdos, que le brindan el argumento de una novela vivida en colaboración con sus contemporáneos».
El libro de poemas en prosa 'El candelabro de los siete brazos' (1914), reeditado por Alianza con un prólogo, de 1981, de Borges, el volumen de cuentos líricos 'El llanto irisado' (1924), la novela en clave, acerca de las vanguardias, 'El movimiento V. P.' (1921) y el volumen de ensayos 'Los judíos en la literatura española' (1937) pueden ser encontrados con facilidad relativa. Todos son gratos, los dos primeros son excelentes.
Cansinos visto por otros
César González Ruano, cuya obra está siendo objeto de una ejemplar tarea de recuperación por parte de la Fundación Mapfre, no congenió del todo con el gran auspiciador del ultraísmo, aunque fue una de las siete personas que asistieron a su entierro y el único que en la prensa se ocupó de la noticia del deceso y de la reseña del fallecido.
En su libro 'Siluetas de escritores contemporáneos' (1949) lo despacha en términos equívocos: «Era ya entonces el mismo Cansinos de ahora, alto, desvencijado, algo caballuno e infinitamente triste, con una actitud entre el lirismo desbordante, judaico, y la zumba andaluza que permitía con dificultad saber cuándo hablaba en serio y cuando se tomaba el pelo a sí mismo».
Poco después, en su extraordinario libro de memorias 'Mi medio siglo se confiesa a medias' (1951), en el que habla tanto, o casi más, de sí mismo como de sus contemporáneos, traza un retrato poco piadoso de Cansinos: «Con Rafael Cansinos tuve la amistad que él concedía a un joven, que no era nunca mucha. Tenía una extraña altivez recreada en una especie de estética del fracaso y presumía de algo así como de mártir oficial de la literatura española. Sobre él pesaban los rumores maldicientes de viejos vicios y confusionismos de la intimidad que él se echaba sobre los hombros, encantado, como capas pesadas que hacían aún más angustiosa su existencia resudada de voluntarios martirios».
En sus memorias, González Ruano copia de su título de 1949 el retrato que hace del escritor sevillano y que pese a todo resulta admirativo: «Cansinos era grande, huesudo, con la mandíbula mal encajada, los ojos un poco saltones, grandes cejas sin peinar, los cabellos rizosos y ya entonces entrecanos, dura sombra de barba y dientes grandes y muy visibles. Había en su persona una intención desgalichada y un áurea fúnebre de cigarrón de los caminos. Hablaba pomposo y lento, con palabra elegida y párrafo largo, como su prosa; dejo muy andaluz, perezoso y, a la vez, inflamado. Era millonario en metáforas y de una imaginación sin límites».
La semblanza que en sus dos libros hace González Ruano de Cansinos es la que sirve de armazón para que en 1996 Juan Manuel de Prada convierta a Cansinos (y también a Ruano) en personaje de su novela 'Las máscaras del héroe', que recoge también materiales de 'La novela de un literato' y que tiene como protagonista al escritor malagueño, portentoso y malvado que fue Pedro Luis de Gálvez.
Prada nos describe a su Cansinos: «Su envergadura destacaba sobre los demás invitados; tenía los ojos somnolientos, atufados por el humo de un rasero, y la sonrisa triste, como de enterrador». Y más adelante: «Cansinos, como los pecadores del Antiguo Testamento, se sentía vigilado por el ojo triangular de Yahvé, que le censuraba la infracción de algún precepto, de manera que farfullaba una excusa y corría a refugiarse en su casa de la Morería, junto al Viaducto; allí, en señal de penitencia y reafirmación de su celibato».
Cansinos, con su hermana

Cansinos y Borges
No fueron pocos los textos que Borges dedicó a Cansinos. Ya en el primer artículo que publicó en Buenos Aires, en 1921 y dedicado al ultraísmo, nombraba a su maestro como impulsor del movimiento, y en ese mismo año afirma en otro lugar la responsabilidad plena de Cansinos en la nueva estética, para en 1924 dedicarle un poema que incluirá en su libro 'Luna de enfrente' y que es un tanto farragoso, a excepción de ciertos versos: «Es duro realizar que no tendremos ni en común las estrellas. / Cuando la tarde sea quietud en mi patio, de tus cuartillas surgirá la mañana / Será la sombra de mi verano tu invierno y tu luz será gloria de mi sombra».
Más memorable será el que le dedique en el libro 'El otro, el mismo', publicado en el año de la muerte de Cansinos, 1964: «La imagen de aquel pueblo lapidado / Y execrado, inmortal en su agonía, / En las negras vigilias lo atraía / Con una suerte de terror sagrado. / Bebió como quien bebe un hondo vino / Los Salmos y el Cantar de la Escritura / Y sintió que era suya esa dulzura / Y sintió que era suyo aquel destino. / Lo llamaba Israel. Íntimamente / La oyó Cansinos como oyó el profeta / En la secreta cumbre la secreta / Voz del Señor desde la zarza ardiente. / Acompáñeme siempre su memoria; / Las otras cosas las dirá la gloria».
Este poema delata la emoción del argentino, que en 1963 en un viaje a Madrid se reencontró con su viejo amigo. Edwin Williamson, en su abrumadora monografía del porteño, resume ese encuentro presenciado por la madre de Borges: «Pasaron una mañana juntos en la casa de Cansinos, con reminiscencias de los días del Ultra y la vanguardia madrileña. A lo largo de la conversación Borges sostenía la mano de su viejo maestro, y cuando llegó el momento de irse, sollozaba en silencio mientras le susurraba una despedida al oído a Cansinos».
Homenaje
La admiración de Borges por Cansinos no hizo sino crecer con los años. Así, en 1927 Borges, haciendo alusión a un libro de Cansinos re-editado en nuestros días por Valdemar, afirmaba sentencioso: «Dulce y decorosa aventura la de visitar los libros de Rafael Cansinos Assens, la de hacerse merecedor de su intimidad. Su obra es ignorada con injusticia: comprobación en que miramos, no tanto a la adversidad de su autor, cuanto a lo maravilloso y absurdo de que a nosotros ciudadanos de Buenos Aires, ciudadanos de la mayor ciudad de lengua española y cabeza espiritual de este continente nos sea desconocida la más apasionada y férvida prosa de que hoy sabe nuestra habla. Que la de Cansinos lo es con integridad, ningún lector de 'El divino fracaso' lo pondrá en duda».
Más tarde, con motivo del homenaje que en Buenos Aires dedicó al sevillano, con motivo de su muerte cuatro días antes, en la Sociedad Hebraica Argentina, Borges recordaba ese mismo libro en un pasaje que honra, y hace querer, al escritor que aquí conmemoramos: «He hablado hace un momento de 'El divino fracaso'. Creo que Cansinos de algún modo buscó el fracaso. Nadie menos interesado que él en las maniobras de la literatura. Nadie menos interesado que él en la fama. Buscaba y encontraba la belleza en todas partes en todos los libros. Por eso su generosidad, que lo perjudicó muchas veces para el elogio. Leía un libro mediocre y lo recreaba. Veía las intenciones que existían detrás de ese libro, o que podían haber existido, y generosamente se las atribuía».
Y concluyó Borges esa intervención, con palabras que hacemos nuestras: «Yo dije, en páginas, en una nota que acaba de recordar nuestro amigo, que a Cansinos le faltó una sola cosa: la gloria. Pero ahora, con su muerte, esa gloria, esa gloria que el idioma español y cuantos manejamos ese vasto idioma le debemos, empieza. Y esta noche que nos congrega es uno de los principios de esa gloria que tendrá merecidamente, justamente, fatalmente, nuestro amigo, visible o invisible, el gran poeta judeo-andaluz Rafael Cansinos Assens».
Artículo publicado en diario Sur, 3 de julio de 2009