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viernes, 30 de agosto de 2019

Lecturas: La mujer del pelo rojo (Orhan Pamuk)



Una razón más para amar a Pamuk. Y un excelente título para iniciarse en el gran y maravilloso autor turco.

Esta vez nos cuenta, en primera persona, la historia de un estudiante, Cem Bey, que trabajando para un pocero durante sus vacaciones en una ciudad cercana a Estambul hacia 1985 se enamora de una mujer mayor que él, la mujer del pelo rojo, actriz ambulante y casada y por nombre Gülcihan Hamm. En esa pasión obsesiva y apasionada, con una única noche de pasión, un momento de cobardía de Cem le llevará a  la huida con la duda de si es responsable de una muerte y el final abrupto del romance. Pasarán los años, y veremos a Cem enriquecerse y a veces preguntarse por aquella posible muerte y ese amor imposible. Hasta que las circunstancias le llevan, ya en su madurez y convertido en un empresario de éxito, a tener que afrontar ambas angustias.

Para entonces, Cem, casado y sin hijos, está obsesionado con el mito de Edipo y la historia trágica de un clásico de la literatura iraní, la de Rostam y Sohrab. El destino, la fatalidad y el deseo se conjugan a lo largo de toda la novela como en el mejor Pamuk de siempre. Hasta que en las últimas 30 páginas en un hábil giro nos desvela la verdadera autoría de todo lo que llevamos leído creyendo que oíamos a Cem Bey y cambia radicalmente todo el libro y su intención. Con la habilidad pasmosa de siempre. Una pequeña (y deslumbrante)joya.



martes, 9 de enero de 2018

Lecturas: Me llamo Rojo (Orhan Pamuk)



Sigo empecinado en leerme todo Pamuk y comentar mi experiencia de lector (en este blog, bajo el título de Lecturas sólo se encontrará eso, mi experiencia como lector, más que sesudas críticas para las que, lo reconozco, no estoy dotado ni de capacidad ni de paciencia). Esta vez he cometido el error de interrumpir la lectura durante meses para acometer los dos capítulos finales cuando lo importante ha sido ya olvidado. Diré que sí recuerdo el placer de la lectura, como quien observa una inagotable y sorprendente miniatura otomana (de eso trata el libro) durante horas y horas, sin cansancio y con intacta sorpresa. Esta vez, comenzando por la voz de un muerto, un miniaturista en el Estambul  otomano del siglo XVII, seguimos la narración a través de diversos narradores que se expresan en primera persona y que van dando lugar, como una portentosa carrera de relevos literaria, a otras voces. Si la primera, la del Maestro Donoso, es la de un difunto, otras pueden ser la de una moneda, un árbol o la de un perro pintado. Todos van haciendo la narración hasta averiguar quién mató al primer narrador y a otro de los personajes.



Éstos son miembros de un grupo de miniaturistas al servicio del sultán, que se debaten entre la amenaza que supone seguir con su oficio (se comprende desde el comienzo que la profesión es la causa probable del asesinato primero y más aún del segundo) y el sentido de la práctica artística, cuando las maneras occidentales de representación parecen más adecuadas que las tradicionales del mundo islámico. Cuatro artistas (llamados Negro, Aceituna, Mariposa y Cigüeña) trabajan en secreto en un libro que debe incluir el retrato del sultán y que las convicciones religiosas llevan a que se mantenga el sigilo. Es en el Estambul fascinante y cruel de la plenitud otomana que ya conocimos en otra buena novela de Pamuk, El castillo blanco, ya comentada.




            La sucesión de voces, algo que ya vimos en La casa del silencio, alcanza aquí un virtuosismo extraordinario, creando un efecto polifónico fascinante. Una novela para dejarse arrullar. Y para no dejarla sin terminar tan torpemente como yo hice. En definitiva, un magnífico Pamuk más que recomendable.


martes, 8 de agosto de 2017

Lecturas: Una sensación extraña (Orhan Pamuk)

Sigo mis lecturas de todo Pamuk, atrancándome en el último capítulo de Me llamo Rojo (próximamente en este blog) y saltándome en el orden cronológico dos títulos (Estambul y El novelista ingenuo y sentimental). Y me encuentro con su última ficción capaz de tocar el espíritu y el corazón del lector. Pero tal vez de un tipo de lector sobre todo. Del mío. Me aclaro, del que proviene de una clase que no es la media-media como me sucede en este momento de mi vida sino que ha conocido no la miseria y el hambre pero sí la vida que hay que lucharla cada día (y aquí homenajeo a mi desmejorado padre, homenajeo a mi madre difunta y a tantos familiares y vecinos que supieron lo que era la vida en una barriada obrera de los años 60 y 70. Pero no vengo aquí a ponerle un marco suburbano a mi irrelevante ombligo, no vengo a dar pena, a dármela de pobre (de más pobre). No, vengo a invocar la capacidad para la empatía de los personajes, de algunos personajes, de Pamuk. De lo que le hace ser un autor extraordinario. Porque aquí es un vendedor turco de boza (un bebedizo de trigo fermentado muy apreciado en la Turquía más tradicional) , de nombre Mevlut, que lleva una vida más o menos calamitosa, más o menos dichosa, absolutamente creíble, desde su infancia en una aldea turca de finales de los años 50 hasta su madurez en el Estambul de ayer mismo. Una historia cotidiana, sencilla, con sus tragedias más o menos grandes (dos muertes hay en esta historia, ambas imprevistas), dos alegrías que a la larga permanecen y perviven. Todo ello sobre el trasfondo de un Estambul amado por Mevlut y que no es el del barrio de Nisantasi, tan recorrido por Pamuk, sino el de los suburbios pobres que en el barrio céntrico de Beyoglu ve el espejo de la vida más grata pero que, ay, es ajena y fugitiva.

Nos encontramos con una novela que sin ser extraordinaria te hace desear que sus personajes (ninguno un villano y todos con sus sueños irrealizables) tengan más voda que mostrar y que sentir. Una novela que tiene un largo subtítulo que explica de qué va el libro: Una historia obre la vida, las aventuras, los sueños y los amigos de Mevlut Karatas, el vendedor de boza, y una fotografía de la vida de Estambul entre 1969 y 2012, descrita desde la perspectiva de numerosas personas. Nada menos. Y por ello Pamuk recurre a darle voz, a veces por un par de páginas, a veces por un breve párrafo, a multitud de personajes que toman la voz en primera persona para completar lo que el narrador nos cuenta en tercera pero desde el punto de vista del querible Mevlut. Para dar solidez al conjunto, el autor completa el volumen con una cronología de los hechos (que es mejor no consultar antes de tiempo para evitar que ese conocimiento te hurte sorpresas) y hasta un índice analítico sobre los personajes. Como si de una biografía académica se tratara. Añade el libro además el atractivo, sorprendente, de ilustraciones hechas por el imprevisible Pamuk.



Muy recomendable. Delicioso. Una lectura aconsejable para iniciarse en la obra del gran autor turco. Que hasta te hace querer probar la boza (en el primer vídeo, una visión breve muy neutra, en el segundo una chavala con gracia dudosa prueba y comenta en español lo que Mevlut convierte en el eje de su vida).




lunes, 30 de mayo de 2016

Lecturas: La vida nueva (Orhan Pamuk)

Hay un misterio en este libro, y es el propio libro ese misterio. El libro que el narrador, un rutinario estudiante de ingeniería lee y que le cambia la vida. Un misterio que no es sólo cuál es ese libro (uno lee el de Pamuk diciéndose que sería terrible que fuera el Corán, o el Mein Kampf, o incluso El capital, una posibilidad que el propio Pamuk ha citado, ya que en sus páginas aparecen raros fanáticos devorados por el libro, pero lo mismo puede ser el que el lector tiene entre manos, firmado por Pamuk), sino también por qué ese libro lleva a quienes lo leen a abandonar sus hogares. Como Osman, el narrador, afirma: “si la vida es un viaje, yo llevo seis meses viajando y algo he aprendido, permítame que se lo cuente. Por haber leído un libro perdí todo mi mundo y ahora ando por los caminos para encontrar otro nuevo”. Esa posibilidad de plenitud abarca también la posibilidad del acceso a la propia identidad, lo que es una de las obsesiones del novelista turco.


Es una novela densa, que se deja leer con tranquilidad y agrado hasta que a partir de, más o menos, la página 100, empieza a ponerse cuesta arriba y la lectura exige la mayor concentración. Que yo no le dediqué. Lo que puede verse como la historia de una búsqueda de sí mismo y del amor (la amada, Canan, tiene como nombre lo que en turco es amor), se convierte al comienzo en una pesadilla, en una road movie en versión autobús, para después tornarse alegoría con rigores y exigencias metafísicos. Por primera vez, doy con un Pamuk que se revuelve contra mí y me exige paciencia y tiempo. Incluso indulgencia. Hay muchos comentarios en la red, entusiastas y hastiados, de este libro especialísimo. Espero que los años me concedan la madurez necesaria para asimilarlo. Sé que entonces lo amaré, pero no ahora. No.

¿Algo que destacar? La obsesión pamukiana, su cliché, de nombrar personajes que se enamoran de sus primas. También que dentro de la mecánica habitual de Pamuk de incluir referencias a personajes de otras novelas suyas, en ésta se nos encontramos una a El libro negro: “Lo ha entendido incluso nuestro ilustre columnista Celâl Salik y por eso se ha suicidado. Ahora sus columnas las escribe otro en su lugar”.



Para quien busque un resumen de la trama en las propias páginas del libro, servirá este pasaje: “Había muchas personas así en el mundo, pero ¿era yo uno de ellos? Se me había olvidado cómo era. Había malgastado el mismísimo centro de mi alma, lo había perdido en los caminos porque solo me guiaba el deseo de ser amado por Canan, de encontrar el país del libro y de hallar a mi adversario y luego matarlo”. ¿Más, y mejor, algún pasaje prodigioso? Sirva este: "Me habría gustado decirles que ese instante feliz e incomparable es una gracia que Dios nos concede raras veces en la vida a siervos como nosotros, explicarles que cuando apareces por única vez en la vida, ángel mío, es en esa hora prodigiosa bajo el paraguas milagroso de una nube de cemento  y preguntarles por qué ahora éramos tan dichosos. ¿Quién nos ha concedido esa plenitud, esa totalidad, esa perfección, madre e hijo que os abrazáis libremente con todas vuestras fuerzas por primera vez en la vida como si fuerais amantes sin inhibiciones, mujer coqueta que descubre que la sangre es más roja que el ´lápiz de labios y la muerte más compasiva que la vida, niña afortunada que contemplas las estrellas con la muñeca en brazos plantada junto al cadáver de tu padre?"

Demasiado intenso todo, tal vez haga falta tener un ángel sosteniendo el libro para comprenderlo. Y tal vez entonces morir. Avisados quedan.

Para quienes quieran saber más (y mejor): El traductor de la novela la glosa y defiende




viernes, 6 de mayo de 2016

Lecturas: El libro negro (Orhan Pamuk)

Un Pamuk denso, especialísimo. Si ya hemos visto cómo nuestro autor recurre a autorreferencias de libro en libro, nos encontramos aquí con un título en el que aparecen menciones de Cevdet Bey, personaje principal de gran parte de su primera novela, y al cautivo narrador y narrado de “El castillo blanco”. Pero, a la vez, esta novela con aspiración a obra maestra se convierte en precedente de la indiscutible obra maestra que será “El Museo de la Inocencia”. Porque aquí encontramos por primera  vez a dos primos, Rüa y Galip, que se enamoran (y en esta ocasión llegan a casarse) y que bruscamente se separan. Y el enamorado comienza una búsqueda de la amada que se convierte en búsqueda del amor perdido y de la propia identidad. Dos temas que, con sus imprescindibles variaciones, reaparecerán en la siguiente ficción (ahora en proceso de lectura) de Pamuk: “La vida nueva”.



Denso, con esa capacidad de estilo y de seducción del lector que me hizo cerrar el libro en diversas ocasiones para reponerme de la conmoción que supone encontrar pasajes que nadie puede superar, respirando hondo y mezclando admiración, envidia y emoción, “El libro negro” se convierte en una falsa novela policiaca en sus capítulos impares, que siguen al narrador en la búsqueda de su esposa. Que como aficionada a la literatura detectivesca puede  que esté jugando con su marido a un desesperante juego del escondite. Al menos eso es lo que el lector, este lector, desea. Pero la explicación de este misterio no será clara y, además, será terrible. En los capítulos pares, Pamuk inserta muy elaborados artículos literarios que atribuimos a Celâl Salim, hermanastro de la desaparecida y también abruptamente ausente. En todo caso, todas las páginas, todos los capítulos, giran en torno al amor, a la muerte, a la escritura, a la propia Estambul, la mentira. Las obsesiones permanentes de Pamuk, en suma.



Se admira, por su capacidad fabuladora, al quizás apócrifo Celâl Salim, que en sus escritos se refiere con insistencia a la biografía y los escritos del místico musulmán Mevlâna al que en Occidente conocemos como Rumi, quien ante la pérdida de un amigo/amado (el libro de Pamuk es un constante juego de espejos), escribió:

¿Por qué debo buscarlo? 
Soy el mismo, soy como él.
Su esencia habla a través de mí.
¡Me he estado buscando!

La búsqueda de Galip, que busca a la vez a Celâl (a quien llega a suplantar) y a Rüya, es una búsqueda de sí mismo. Como ser turco es también una manera de vivir preguntándose por la identidad. Unas magistrales páginas finales le darán sentido y coherencia a la novela. Que a su vez se resume en unos versos de Rumi que no son citados por Pamuk:

Escucha la flauta de caña, y la historia que cuenta,
cómo canta acerca de la separación:
desde que me cortaron del cañaveral,
mi lamento ha hecho llorar a hombres y mujeres.
Deseo hallar un corazón desgarrado por la separación,
para hablarle del dolor del anhelo.
Todo el que se ha alejado de su origen,
añora el instante de la unión.


lunes, 29 de febrero de 2016

Lecturas: El castillo blanco (Orhan Pamuk)

En la novela previa, Pamuk había matado a un personaje cuyo hermano se dedica a entretener el tedio revolviendo viejos archivos otomanos. El personaje que era investigador nos ofrece ahora el resultado de esa búsqueda abúlica: el manuscrito que son unas memorias de un prisionero cristiano en la Turquía del siglo XVII. O puede que de su captor. El tono, en primera persona, y sin nombres de los dos personajes principales, recuerda por su dicción a la de Bomarzo de Mujica Laínez. Pero aquí no se consigue una novela tan redonda. Cuestión de gustos. Al fin una novela de Pamuk que no me entusiasma. La idea de que en ese Estambul esplendente y misterioso el cautivo y el que será su tutor sean casi idénticos y que se inicie ahí un juego de vidas posibles, de destinos y sinos comparados, sólo funciona en los primeros compases del relato para caer en un rutinario juego que decae pronto y lleva al hastío. Para enseguida,en el tránsito de una página a otra, resolverse con un cambio de identidades y un cierre insatisfactorio. En fin. Próxima parada pamukiana, El libro negro.


miércoles, 27 de enero de 2016

Lecturas: Cevdet Bey e hijos (Orhan Pamuk)

Es la primera novela de Pamuk, de 1982. Lo que se viene a llamar un vasto fresco narrativo que sigue el devenir de Turquía, y las zozobras y las dudas de ser turco, a través de tres generaciones de una misma familia. Una novela que tiene mucho de decimonónica por su forma narrativa, pero que deja ver las virtudes del Pamuk que amo. A través de tres momentos de la historia turca, y mientras sólo la matriarca familiar se mantiene como presencia casi inmortal (algo que después veremos en "La casa del silencio", con esa matrona avejentada pero sagaz y exigente que gravita sobre la vida de sus nietos), se comienza en 1905, cuando todavía existe el agónico Imperio Otomano, salta a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta, con la agonía y muerte de Ataturk, y finaliza en 1970, en vísperas de un golpe militar (como también sucede en "La casa del silencio". Por medio, el spleen de algunos, la ambición de otros, el juego con el destino de otro memorable personaje que se plantea continuamente suicidarse a los treinta años y que conoceremos incluso en su ancianidad apacible y, siempre, la fascinación por Estambul. Quien ya ame a Pamuk, amará este libro. Quien no lo conozca, necesitará ser animado para avanzar en el conocimiento y exploración de su universo narrativo.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Lecturas: La casa del silencio (Orhan Pamuk)

Tras el entusiasmo de "El Museo de la Inocencia" llega la moderación, no exenta de admiración, de la lectura de esta novela, anterior, de Pamuk. De 1983. Aunque una clave, un indicio más bien, se encuentra en su siguiente novela, "El castillo blanco", de 1985. En ella encontramos una dedicatoria, a Nilgün Darvinoglu, a la que el autor llama hermana. En el prólogo de esa segunda novela, en primera persona se expresa Faruk, uno de los protagonistas y narradores de "La casa del silencio". En la novela que comentamos ahora, Nilgün es no narradora sino la persona sobre la que confluyen las narraciones de la novela. En términos rebuscado, la dramatis persona, la persona del drama, pues el hecho dramático que se narra se encarna, insospechadamente, en ella. 


Cinco narradores, a los que cuesta diferenciar hasta que los párrafos avanzan, se van turnando en esta segunda novela de Pamuk (la primera, la voluminosa Cevdet Bey e hijos, está en proceso de lectura ahora, en noviembre-diciembre de 2015), relatando lo sucedido en julio de 1980 en una Turquía devastada por la violencia política en la que se aniquilan comunistas y nacionalistas de derecha. Se sigue, alternándose, la narración que hacen cinco personajes: el enano Recep, la anciana Buyukhanim, sus nietos Faruk, Metin y su primo Hasan. La ciudad en la que viven, en la que está la decrépita casa del silencio que comparten el enano, la abuela y sus nietos es Cennethisar, una ciudad balneario cerca de Estambul. Es fácil asimilar la casa del silencio a la propia Turquía. Quien quiera hacer esa identificación no yerrará en demasía. El propio Pamuk ha declarado que los jóvenes personajes expresan diversos aspectos de su propia vivencia de juventud. Es también un análisis del deseo, de la necesidad de autoafirmación, de los mecanismos de la violencia. Todo a la vez.


Narrada con maestría, la alternancia de voces, con sus monólogos interiores, lleva a la deriva al lector hasta que éste va identificando a quién pertenece la voz y cuál es el papel de cada personaje en este juego de voces, de hilos que se entrecruzan para mostrarnos un paisaje que es cruel y sangriento. Un Pamuk maduro ya en su segunda novela. Y que me sigue confirmando, libro a libro, que ningún otro autor vivo me despierta mayor admiración. Y del que al menos otros seis títulos tendrán, Dios mediante, su reflejo en este blog. 


jueves, 8 de octubre de 2015

Lecturas: El Museo de la Inocencia (Orhan Pamuk)

Ya he contado en este blog cómo conocí a Pamuk. A su obra. En su país, a través de una buena conversación con quien bien conocía la obra y puede que al autor. Tras "Nieve", que no fue deslumbrante pero casi, tras perder en algún rincón de mi confusa biblioteca "Estambul", ha llegado el turno de "El Museo de la Inocencia". Que no ha sido un deslumbramiento, sino un cielo que se rasga camino del Bósforo, la mano de Dios que asoma entre nubes, que se clava en uno de mis ojos y me dice, tronante, "gilipollas, ¿cómo has estado tanto tiempo sin leer a Pamuk?". Porque no había llegado a rebasar la página 100 cuando tuve que suspirar y reconocer en voz alta que era el autor más brillante que había leído en mi vida. Más que Roth, que Vonnegut, que Auster. Que Borges. Que mi "abuelo" Sábato. Que los dioses bendigan Turquía por dar a Pamuk, que Odín no fulmine esta vez a la Academia sueca por haber dado el Nobel a quien se lo merece más que tantos.





Nos encontramos ante una obra maestra, un libro que te puede acompañar toda la vida, un relato amoroso lleno de dulzura y de lágrimas, de cuchicuchis y amargura, de pena, mucha pena, y de alegría. La vida, que la llaman los taxidermistas. Es la historia de Kemal Basmacı (en turco, hay íes con o sin punto, el apellido definitivo lo sabremos al final, mientras tanto será Kemal Bey), un joven empresario y heredero en el Estambul de 1975, que estando a punto de prometerse con su novia emprende un vertiginoso romance, pleno de carnalidad, con una prima suya de 18 años. Pronto, la prima, Füsüm Hanim, desaparece. Pronto, Kemal descubre la ausencia, la nostalgia, el extrañamiento. Aunque se reencuentren, él seguirá recopilando todo objeto, por humilde que sea, que la haga sentirse a su lado, que le haga consolarse de la distancia aunque esa distancia sea la mínima, en un sofá mirando ávidamente la tele en noches de familia. El final de la novela será trágico, de una tristeza inapelable pero lleno de ternura, de serenidad en la derrota y en el amor constante más allá de la muerte. 


Porque es una novela de amor, de la pasión analizada y sentida y vivida. Una historia de obsesión y afectos. Una delicia compleja y maravillosamente contada. Son 83 capítulos magistrales. En el 60, el narrador formula: ¿Acaso no es el objetivo de la novela y el museo narrar con toda sinceridad nuestros recuerdos para convertir nuestra felicidad en la de otros? Esa pregunta que es afirmación equipara museo y novela. Porque esta novela es un museo, y hay en Estambul un museo que es esta novela. Ya desde el primer capítulo, el narrador en primera persona va señalando que tal objeto recién nombrado se expone en el museo. Pero no se trata de una metáfora: los objetos que Kemal recopila e incluso hurta se pueden visitar en un raro y reciente museo en Estambul. Vale la pena echarle un ojo a ese museo que Pamuk fue planificando a la vez que escribía la novela (aquí, la web) (y aquí, un recorrido virtual) En el último capítulo, Kemal cuenta que encarga a Orhan Pamuk escribir un libro que sirva como guía y explicación del museo, que dé sentido, incluyéndolos en un relato, a la multitud de objetos de ese museo. Pamuk acepta y anuncia que lo hará en primera persona, como si fuera el propio Kemal quien relata, ya metidos en la primera década del siglo XXI, su historia de amor. Que no es una gran historia (de hecho, pocos sucesos hay en la novela, que podría resumirse en pocas líneas) pero sí es una historia que emociona y se asume y se comparte y que se disfruta y también duele. No soy propenso al ditirambo, pero las 645 páginas de mi edición saben a poco. Quiero más, más Pamuk (en tres días salgo a un viaje lejos; "La casa del silencio" de Pamuk será mi lectura).



Además, en las últimas páginas se reproduce una esquemática entrada del Museo. Llevando el libro a la sede física del Museo de la Inocencia en Estambul (el Masumiyet Müzesi) te sellan la entrada de tu ejemplar y te dan acceso gratuito. Simplemente esa sensación fetichista de tener tu Museo de la Inocencia sellado puede llevarte a viajar a Estambul. Que todo, Dios mediante, se hará (o se intentará). No quiero entrar en análisis literarios de los que ya soy incapaz. Me basta con sentir todo lo que he sentido leyendo este libro bellísimo. E intentar compartirlo. Si no lees esta novela es muchísimo lo que pierdes. Como el amor más auténtico, el amor más perdido. Y encontrado y reencontrado y contado. Bendito, bendito, bendito Pamuk.






lunes, 30 de junio de 2014

Lecturas: Nieve (Orhan Pamuk)

Nada me movía a leer a Pamuk. A lo más, me había llamado la atención un título suyo, “Museo de la inocencia”. Pero nada más. Hasta que el azar hizo que en Ankara cenara con unos amigos, siendo uno de ellos el consejero cultural de la embajada del Perú en la capital turca. No tardó en aparecer en la conversación Vargas Llosa, de quien el consejero, hondo conocedor de la obra de su compatriota, lo comparó con Pamuk, expuso las causas por los que ambos eran tan amados como denostados en sus patrias, y recomendó una novela de Pamuk. “Nieve”.



Un libro extraordinario de un autor que hay que leer como se lee a Vargas Llosa. Y que gusta como el peruano gusta, a fuerza de calidad y de no complacencia. De talento, de maestría. De rehuir la facilidad y la finta amable, como ambos huyen del consejo y de la doctrina. Pamuk cuenta aquí unos pocos días en la vida de un periodista y poeta llamado Ka, que acude bajo la nieve (en turco kar) a la ciudad de Kars a cubrir unas elecciones municipales cercanas y a escribir sobre un puñado de chicas musulmanas que, ante la posibilidad de tener que despojarse de sus preceptivos pañuelos optaron por el suicidio. Es fácil, casi inevitable, ponernos el chip kafkiano e identificar a Ka con el K. de "El castillo" o el Josef K. de "El proceso". Pero sucede que cuanto ocurre en Kars, nada menos que una grotesca rebelión militar, un pesadillesco golpe de estado reducido a la sucinta geografía de esa ciudad, tiene por marco una ciudad verdadera, descrita con precisión naturalista. Y que más allá del vértigo de los hechos nos quedamos atentos a las minucias, ridículas unas, enternecedoras otras, de personajes que se ven sometidos a la disciplina de las ideas y del sino, como el terrorista islamista Azul, o del afecto y los deseos confusos como el propio Ka o la amada reencontrada en Kars. 

Pamuk juega con la escritura con elegancia y maestría, mata a personajes acá y allá, nos lleva por donde quiere y nos lleva a interesarnos por una Turquía extraña, tensa y convulsa, más allá del afable encanto del Estambul que muchos conocemos y de donde el propio Pamuk procede. En todo caso, este libro (como los de Vargas) nos hace ver que a veces las decisiones de la Academia Sueca son acertadas.