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sábado, 30 de noviembre de 2024

Lecturas: Hillbilly. Una elegía rural. Memorias de una familia y una cultura en crisis (J. D. Vance)

 Allá en lo que parece un siglo pero son sólo unos pocos años, y al filo de la remotísima primera presidencia de Trump, los medios españoles recogieron la aparición de este libro como el toque de trompeta que habría de convocar alrededor de las urnas a la América profunda de paletos que comían ardillas y dormían con una gorra puesta. Era un retrato, decían, de la pobreza blanca que aún no se resignaba, al menos del todo, a la decadencia de la nación. Algo así es lo que leí entonces en reseñas más o menos temerosas del previsible cambio de rumbo. Cuando me encontré con la noticia de que J. D. Vance, el autor de aquella radiografía despiadada, era el candidato a la vicepresidencia por el Partido Republicano, decidí darle mi tiempo a este libro sin saber si sería vencedor y desconociendo su ruda campaña, rica en exageraciones y hasta falsedades. 

Lo que he encontrado es un relato frío y de desigual mérito, con alguna pincelada vigorosa y mucha elipsis pero con el mérito de que el autor, con su madre heroinómana y un horizonte vital poco halagüeño no intenta dar pena. Señalando con desapasionamiento abusos como que, trabajando Vance en un comercio de alimentación, los clientes que pagaban con vales de comida muchas veces, mientras hacían cola en las cajas, hablaban por el móvil. Yo no lograba entender por qué nuestras vidas eran una lucha constante mientras que quienes vivían de la generosidad del gobierno tenían cacharros con los que yo sólo podía soñar. O pocas líneas más abajo,  Cada dos semanas, recibía un cheque con un pequeño sueldo y me fijaba en la línea donde se deducían de mi salario los impuestos federales y estatales. Casi con la misma frecuencia, nuestro vecino drogadicto se compraba las mejores chuletas, que yo era demasiado pobre para comprar, pero que el Tío Sam me obligaba a comprar para otro. Esta era mi mentalidad cuando tenía diecisiete años.

Leyendo este relato, y a la vista de la insustancial retórica del abuelo Biden y Harris, lo que sucedió en 2016 se comprende mejor, y lo que ha sucedido hace unas semanas.




domingo, 23 de julio de 2023

Lecturas: El loco. La vida desconocida de Javier Milei y su irrupción en la política argentina (Juan Luis González)

Recientemente estuve en Argentina (mi segunda patria que en momentos de desánimo se convierte en la primera). Allí era asunto de conversación el miedo a un triunfo electoral de La Libertad Avanza, el movimiento libertario, anarco-capitalista, encabezado por Javier Milei. De un populismo bronco y antisistema, rico en exabruptos y tintas cargadas, Milei es comparado con facilidad con Hitler, en cuanto valiéndose de la democracia para llegar al poder es capaz de eliminarla o mutilarla. Y es común escuchar "como gane, me voy del país". Despierta más miedo que esperanza, y sus ideas, que van desde la eliminación del Banco Central, la libre portación de armas o la permisividad ante el tráfico de órganos, son como mínimo inquietantes. En las elecciones de fin de año las encuestas le dan la tercera posición, o tal vez la segunda, arrebatándole al peronismo gobernante la posibilidad de participar en una segunda vuelta. Las irregularidades de su partido, en el que todo indica que, y este libro lo argumenta, las candidaturas se venden al mejor postor, pueden llevarle a convertirse en un candidato anecdótico, pintoresco. Pero también puede remontar y convertirse en la gran tragedia, más que esperanza, argentina. 

González desmonta al personaje desde dentro, a partir del testimonio de quienes fueron sus valedores y finalmente enemigos. Como Yamil Santoro, cabeza del grupúsculo Republicanos Unidos:

—Hubo una tormenta perfecta entre lo bizarro, lo kitsch, el odio, y el desequilibrio. ¿Cuántos políticos tenés que pongan un sentimiento de verdad arriba de la mesa cuando hablan? Javier es psiquiátrico, está humanamente roto y por eso es tan potente. Si uno quiere impostar la mitad de las cosas que hace Javier llega un momento en que no sos creíble. Cuando Javier se pone loco se pone loco en serio, porque es Javier sublimando el odio a su padre en el Estado y en la política. Está roto y ese odio es de verdad, entonces empatiza con la gente que está enojada.

Hijo de un padre maltratador, con una relación demasiado cercana a su hermana, Karina, Milei ha caído en extravagancias como en considerar a su perro Conan, un bichón inglés, un hijo al que clonó para garantizar su supervivencia tras la muerte en 2017 con el resultado de otros cinco perros (uno de ellos murió siendo un cachorro) a los que llama sus nietos, y la extravagancia de hablar con el perro difunto a través de una médium. Hasta Dios, al que llama el Uno, habla a veces con Milei. Sea como sea, este retrato inmisericorde deja ver tras el personaje siniestro y rudo una persona vulnerable:

Me topé, sin buscarlo, con la historia de un chico torturado por sus padres, corrido a un lado por sus compañeros de escuela y rechazado sistemáticamente por sus eventuales parejas. Con el economista que se recibió a pesar de las zancadas que le hacía el papá. Con el hombre que llegó a la adultez con casi ningún amigo y con la desconfianza hacia las personas grabada en su ADN. Con el que nunca quiso ser padre y que terminó adoptando a un perro como su hijo, con el que pasó solo una decena de navidades y años nuevos. Con el que no pudo superar la muerte de aquel animal que tanto quiso y que, sumido en una profunda depresión, terminó cayendo en telépatas, médiums y clones. Con el que está convencido de que Dios lo eligió como un moderno profeta.

Me encontré con la historia de un hombre profundamente solo



Pero no nos engañemos. Con su verbo desinhibido, con la seducción sobre la juventud, su ingenio rápido, sus ideas sorprendentes e inconformistas, Milei es lo peor que podría pasarle a la desdichada y martirizada Argentina. Como se afirma en este retrato rápido del loco Milei, Cualquier nazi que haya en Argentina está en La Libertad Avanza. No llegará a más, será un incordio, una curiosidad histórica, un mal recuerdo. Pero quién sabe. Quién.


sábado, 30 de abril de 2022

Lecturas: La nueva Rusia. Nada es verdad y todo es posible en la era de Putin (Peter Pomerantsev)

 El 24 de febrero de 2022 comenzó la Tercera Guerra Mundial. Suena a frase de inicio de Terminator 2, lo sé. Pero así es. Toda esta locura irá a mayores. Los soviéticos (no es ninguna errata, ay) van a seguir a lo suyo, y llegará el día en que los nazis se expandan por toda Checoslovaquia (no, sigo sin caer, ay ay, en la brocha gorda ni la chapuza) y lo próximo a invadir sea Polonia, y ahí ni Sociedad de Naciones ni pollas. Bienvenidos al Apocalipsis en capítulos, en cómodas entregas. As seen on TV.



Por ello la lectura de este libro conviene. Porque por mucho que sea de 2017, y ahora reeditado en marzo, hace unos días, cuando los bombardeos y las masacres, sirve para conocer al enemigo. Porque igual que cuando entonces, Rusia es culpable. Y que Dios (ahora que puedo) nos pille confesados. Confesadas. Confesades. ConfesadXs. Qué tiempos, amiguitos, de furor y estupidez. A tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing.

Así, esta crónica de la vida rusa desde el mundo audiovisual en el que Pomerantsev, hijo de rusos exiliados en la fase terminal de la época soviética, narra con mirada critica esa sociedad idiotizada, nos encontramos con pasajes que son auténticas radiografías que nos muestran el cáncer en el interior de la sociedad. Vale citar en extenso:

Cierto, Rusia tiene elecciones, pero la "oposición", con sus líderes casi de chiste, está diseñada y fundada de tal manera que en realidad fortalece al Kremlin: cuando los comunistas de rostros congestionados y los nacionalistas que escupen al hablar discuten en los programas de debate político, el espectador se queda con la sensación de que, comparado con esa pandilla, el presidente es el único candidato cuerdo. Y también es cierto que Rusia cuenta con organizaciones no gubernamentales que representan a todo el mundo, desde los ciclistas a los apicultores, pero a menudo son creadas por el Kremlin, que las utiliza para impulsar una "sociedad civil" que le es siempre leal. Y aunque oficialmente Rusia tiene un mercado libre con megacorporaciones que emiten sus OPV de récord en las bolsas globales, la mayoría de los propietarios son amigos del presidente. O son oligarcas que se comprometen oficialmente a que todo lo que es suyo es también del presidente cuando lo necesite: "Rodo lo que tengo pertenece al estado", asegura Oleg Deripaska, uno de los hombres más ricos del país. Rusia no es un país en transición, sino una especie de dictadura posmoderna que utiliza el lenguaje y las instituciones del capitalismo democrático para fines autoritarios.



Sólo este pasaje justifica la lectura de este libro, previo al estallido de la locura criminal de Putin y de la resistencia al invasor del pueblo ucraniano (Slava Ukrainy!), y posterior a la anexión ilegal de Crimea. Se nombra, ya entonces, la acusación de fascismo a las autoridades ucranianas como un lema con el que entontecer y persuadir a un público idiotizado por la propaganda y el entretenimiento de una televisión majara en un país donde se elimina y lamina a los que no rinden pleitesía pecuniaria o política al orate con el botón rojo. De esos abusos del poder, entre modelos suicidas y moteros oficialistas y xenófobos, oligarcas de la ostentación y vidas arruinadas, da cumplida cuenta este libro que, ante los horrores del hoy, se ha quedado antiguado, convertido en un aviso de cómo es el enemigo. De esa nueva Rusia que, ya he dicho, es culpable.  


martes, 28 de diciembre de 2021

Lecturas: El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996 (Gregorio Morán)

 

Este libro de Gregorio Morán, que escribe con sagacidad y mala uva, con prosa afilada y no poca perspicacia, es un retrato del mundo cultural español (más bien del literario, con algún filósofo, un cura musicólogo, no pocos funcionarios y mucho advenedizo –notoria es la inquina que muestra hacia Umbral y Cela, a los que nombra siempre de pasada para meramente despreciarlos-, entreverados con funcionarios del régimen de entonces y el de la Transición) usando como pretexto la figura del cura Jesús Aguirre, devenido después en Duque de Alba. Es un retrato cruel de la intelectualidad española (los mandarines) sobre la que va superponiendo, como río que se esconde y vuelve a surgir, la figura de Aguirre. Todo contado desde el sustrato de la posguerra en el Santander de posguerra en que se incuba, con sus complejos y su ambición, Aguirre, pero sobre todo desde 1962, el año del contubernio de Múnich, la boda del príncipe Juan Carlos, el estado de excepción, el fusilamiento de Julián Grimau, la publicación de Tiempo de silencio de Luis Martín Santos. No muy lejos quedarían los fastos, en 1964, de los XXV Años de Paz con su exaltación de la benevolencia del régimen franquista. Los que eran mandarines durante los años 60, seguirán siéndolo con la democracia recién reinstaurada. Algo muy español.




Jesús Aguirre, cuando se casa con la duquesa de Alba, es un sacerdote, abandonado del gremio, por desgana y aburrimiento, homosexual convicto y confeso que no le hace ascos a nada, inteligente y sagaz, culto, sin un duro. El personaje de Aguirre es sólo un pretexto para narrar las décadas de los 60 y 70, con un Martín Santos de trato difícil, un García Hortelano convertido en un chistoso y poco más, un Manuel Sacristán convertido en portento de la inteligencia, un Aranguren que hace lo posible y se deja llevar, un Max Aub doliente y conmovedor en sus dos regresos a un país devenido extraño e ingrato,  Laín Entralgo inconsistente, mi amado Manuel Alcántara premiado.  Y un Juan Luis Cebrián oportunista y tornadizo. Con todo, más allá de que liándosela con papel de fumar Víctor García de la Concha intentara  prohibir su publicación, lo que hizo que se leyera más de lo inesperado, es un ajuste de cuentas con la clase de los letraheridos tan pagada de sí mismo. Como defecto, se echa de menos que pase tan por encima, sin apenas tocarlas, por las décadas de 1980 y 1990 (el relato se cierra en 1996 con la llegada al poder de Aznar, por mucho que el cura/duque muriera en 2001). Ira, subjetividad, extrema capacidad crítica en un libro implacable y necesario.

jueves, 5 de octubre de 2017

Tan ufana y tan soberbia


Ya lo dice el himno oficial de Cataluña, Els segadors, cuando afirma que Cataluña triunfante volverá a ser rica y plena conminando a retroceder a esa gente tan ufana y tan soberbia. Lleno de amenazas más o menos veladas, de golpes de hoces que pueden segar cadenas, y que seguirán afilando para defender la tierra, siempre me ha llamado la atención justamente eso, los ufanos y soberbios. Según la Real Academia Española, ufano es, en su primera acepción, alguien arrogante, presuntuoso, engreído. Y soberbio, quien  tiene soberbia o se deja llevar de ella, entendiendo soberbia, en su primera acepción, como altivez y apetito de ser preferido a otros. Y, en su acepción segunda, satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Y en la tercera, exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa, especialmente de un edificio. Y en la cuarta, cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.

    

Vivimos tiempos de fronda, en que un trozo de España quiere unilateralmente y situándose fuera de la ley, separarse del resto de la nación. Quizás con cansina insistencia he menudeado en este blog en razones por las que no comparto la causa secesionista. No insistiré, por tanto, en razones históricas ni políticas. Iré a algo menos abstruso. Y que me hará merecedor de que me llamen ufano o soberbio los que esto lean y sean ignaros (que no son del todo ignorantes, sino que no tiene noticia de las cosas). Pero de lo que hablo ahora es del factor humano. O no.


De cómo los que eran notoriamente independentistas (sea desde el nacionalismo o desde la izquierda que ve en el hecho mismo de la existencia de España una herencia de Franco, cosas de las pocas lecturas y el flaco discernimiento), o meramente tibios se han ido decantando por  la cosa de las esteladas, la indignación por el uso de la fuerza y el consumo a granel de las imágenes que llegan y son tragadas de forma acrítica, inflamados por la ética y la ética de las heridas fingidas, los dedos partidos pero absolutamente ilesos y otras zarandajas por el estilo. Entiendo que la monotonía de madrugón-trabajo-familia-gato/perro-tele es poco motivadora, y que los gritos de in-de-pen-den-cia o fora-fora-fora o el hispanísimo fils-de-puta, son más estipulantes que decir “buenos días, ¿me pone un poleo menta?” o un “buenos días, amor”, y que agitar la bandera con la estrella es más emocionante que aporrear este teclado, y que tragarse la propaganda de TV3 (la llevo viendo cada día un rato desde el 5 de septiembre y es ridícula y triste en su entusiasmo. Nota: mi conocimiento del hermoso idioma catalán es más que aceptable), a los que antes han sido criados en la inmersión lingüística en catalán y el falseamiento de la Historia (queridos ignaros: no existió nunca una corona catalano-aragonesa; en 1714 no desapareció la independencia de la nación catalana porque no fue nunca independiente porque nunca existió la nación catalana; pero prometí no meterme en jardines históricos), decía, a los inoculados por el venenillo del hola nou país, el volem votar, de pronto la vida parece que les ofrece un sentido, un objetivo final, una justificación, una coartada.

 

Y, claro, quien venga a aguarles la fiesta, quien diga España, quien diga Constitución, quien diga Ley, pasa a ser un fascista, un redomado hijo de puta, un esquirol.Quien señale la presencia en la Diada del terrorista Otegi, miembro de una banda que dejó muertos en Hipercor de Barcelona, en la Casa Cuartel de Vic, mimado por los separatistas, entrevistado entre sonrisas y manoseos en TV3. Quien recuerde el latrocinio del 3 %. Quien se niegue a vituperar este país antiguo y manifiestamente mejorable, merece el escrache. El puteo. El linchamiento que empieza siendo verbal y después acaba como se sabe. Quien quiera reforma, quien quiera evolución, en vez de ruptura o revolución, es un enemigo del pueblo. Un imperialista burgués. Un botifler. Todo eso. Quien quiera, puede empezar. Mis espaldas son anchas. I amb un somriure os borraré de mis contactos si formáis parte de ellos. Porque no discutiré con los que están preparando el hacha, la hoz, para con un bon cop de falç cercenar la patria común en indivisible de todos los españoles (Preámbulo de la Constitución Española de 1978). Tengo algunas más lecturas y algo más de edad (es decir de experiencia, es decir de aprendizaje, es decir, de saber) que muchos de estos jóvenes del pásalo y del Visca la Terra... Lliure. No entraré en disputas con los de la estrella ni con los de Podemos. Para qué. No os voy a convencer ni vosotros me convenceréis. Pero no voy a ser parte de la Cataluña ni la España del silencio. Hay un golpe de estado contra la soberanía depositada en todos los españoles, contra la unidad indisoluble de la nación. Y no voy a callarme. Ni antes, ni ahora. Ni después.











Y en este empeño de L’Estaca y Els segadors, buscan liberarse (i ens podrem alliberar, termina La Estaca, es decir, y nos podremos liberar) de lo que llaman, ellos, los separatistas, los de la CUP, los de Podemos, “el régimen del 78”. Como si dijeran “el régimen de Franco”. Y se quedan tan panchos, tan enardecidos, tan queriendo repetir lo de 1934 o lo de 1936 o lo de 1714, tan gallitos, maldiciendo al que diga España, Constitución, Ley. Justicia. Así nos va, con los delirios de quienes sienten satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Con cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas. Tan ufanos y soberbios. Porque els defensors de la terra realmente echan tierra sobre Cataluña, sepultándola en la ignorancia, en la xenofobia. Más de uno que lea esto dirá de mí que no soy catalán, que soy un andaluz, y que según el patriarca Jordi Pujol i Soley, por mucho que intenten ocultarlo, somos lo que somos: El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad. 


                Pero, señores ufanos y soberbios, estáis consiguiendo no sólo poner en peligro la convivencia, forjada entre los siglos, entre los españoles (aunque sea los españoles entendidos como los tacaños catalanes, los vagos andaluces, los bestias vascos, los chulos madrileños y así), sino la convivencia entre las personas, en el día a día. Soy catalán consorte. Y tengo comunistas en mi familia. De los que se creen aquello del derecho a decidir y la plurinacionalidad y todas esas vainas. Tengo familia en Cataluña, algunos pocos sintiéndose españoles y otros afincados en los prejuicios y las consignas, de los que con igual tranquilidad te dicen que España les roba y que todos los curas son pedófilos. De todo tengo en mi entorno. Entre amigos y entre la familia. Y con estos arrebatos de consumo inmediato, de consigna y azuzamiento, lo que se consigue es solamente eso: la discordia, el enajenamiento. Y más adelante, la violencia. Hace quince o veinte años, Cataluña era el ejemplo, el objeto de envidia. Aquello era Europa, más que España. Y hoy, ahora, antes de que el próximo lunes se consume la fantochada y la tragedia, es el solar de los que se callan por mera supervivencia, la patria de los iracundos, de los falsarios. Yo, por mi parte, seguiré amando esa región, queriendo a mi familia y amigos de allí (y tolerando que algunos hayan caído en las mentiras preciosas del independentismo, con la esperanza de que la madurez y un poquito de instrucción les hagan ver más allá de los lemas) y deseando que el régimen del 78 sobreviva y se mejore. Y que los envenenadores de las masas, los que se preparan a demoler esta áspera y querida nación, España, sean castigados. Con Leyes. Con Constitución.  

sábado, 16 de septiembre de 2017

Si tú me dices sí (comparaciones odiosas)

...pero es lo que hay, plebiscitos y referendos, en dictaduras y en nombre de la democracia. En la España de Franco en 1947 y 1966, en el Chile de Pinochet, en la Turquía de Erdogan, en la Cataluña inconstitucional y totalitaria de 2017. Ah, y en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.












































domingo, 10 de septiembre de 2017

Indepre

En el día no sé cuántos (puede que el segundo o el tercero, según se cuente) de la revuelta catalana (uso ese término por no recurrir al más apropiado, golpe de estado, por no herir la delicadísima, casi evanescente, sensibilidad de ciertos lectores, algunos incluso en mi propia familia, que militan en el comunismo o en el infantilista separatismo, cuando no en ambos a la vez), me quito los guantes de seda, la mordaza de la comodidad, y opino sobre lo que está pasando en un trozo de españa. Escribo también para que algunos de mis amigos en México, Perú, Argentina y Chile, lectores de este blog, tengan algunas claves para entender esta locura. 

¿Qué pasa en Cataluña? Simplemente, que un grupo de políticos, aduciendo agravios con el resto de España, y añadiendo derechos históricos, quieren separarse del resto del país. ¿Existen derechos históricos? Absoluta y rotundamente, no. Ninguno. Cataluña nunca fue un país. A lo más, fue un puñado de condados y finalmente un principado dentro del reino de Aragón. En 1714, dentro de una guerra civil que afectó a casi toda España (la guerra de Sucesión), la región catalana apoyó al pretendiente, de la casa de Austria, que perdió en aquel conflicto. El vencedor, con el que arranca la dinastía de los Borbón en España, Felipe V, suprimió beneficios fiscales y judiciales que venían desde la Edad Media. Ese momento exacto es el que los independentistas señalan como el del comienzo  de la opresión española, como aquel en que Cataluña dejó de ser independiente. Una falsedad absoluta. Antes de esa guerra reinaba en toda España (y su imperio) Carlos II, y antes Felipe IV, y antes Felipe III, y antes Felipe II, y antes Carlos I, y antes Fernando V de Aragón convertido en rey de España merced a su matrimonio con Isabel I de Castilla. Es decir, los Reyes Católicos con los que arranca la andadura de España como nación unificada. Una historia en la que antes de ese matrimonio nunca existió un reino de Cataluña. Así de simple. Dentro de la historia de España hubo un momento, en 1641, en que Cataluña se desgajó del resto del país durante once años, en el siglo XVII, para unirse a Francia. El aplastante centralismo francés ayudó para que volvieran a unirse al reino de España. En 1931, un político catalán, Francesc Macià, proclamó la independencia de la región a la vez que se proclamaba la II República en todo el país. Aquella declaración retórica quedó en nada, pero sirvió para que en 1932 se aprobara la institución de la Generalidad (en catalán, Generalitat) de Cataluña, un gobierno autónomo regido por un Estatuto de Autonomía acorde con la Constitución Española (en ese momento la republicana de 1931). En 1934 se produjo la ruptura más grave. Que tiene su origen un año antes, en 1933, cuando unas elecciones generales dieron la presidencia del gobierno de la República a una coalición de partidos de la derecha. Cuando en octubre de 1934 se incorporaron al gobierno dos ministros de la CEDA (el partido mayoritario dentro de esa coalición pero a la vez el más derechista de ellos), se produjo una insurrección de la izquierda en diversos puntos del país. Principalmente en Asturias y en Barcelona. En Asturias se aplastó esa insurrección a sangre y fuego. Con abusos por ambos bandos. 

En Barcelona, el 7 de noviembre de 1934, el presidente de la Generalidad, Lluis Companys, proclamó la independencia de la República de Catalunya dentro del marco de la República Federal Española. El gobierno republicano proclamó el estado de guerra. Hubo combates en las calles con un centenart de muertes. Al cabo de once horas, Companys se rindió y fue encarcelado junto a todo su gobierno. En febrero de 1936, al ganar un frente de izquierdas las elecciones generales, Companys y los demás deternidos por la insurrección de 1934, fue liberado. En julio de 1934, al estallar la guerra civil, Companys se puso en manos de milicias irregulares anarquistas y comunistas. En 1940, entregado a Franco por los nazis en la Francia ocupada, fue fusilado. He contado con cierto detalle las andanzas de Companys porque es un modelo indudable para el presidente Carles Puigdemont, arropado por el partido Esquerra [Esquerra es Izquierda en Catalán] Republicana de Catalunya y los antisistema de la Candidatura de Unidad Popular (CUP). 

Noviembre de 1934: 
manifestación (falangista)
contra la intentona de Companys

Tras la guerra civil, la Generalidad es suprimida para ser reinstaurada con la llegada de la democracia y la Constitución Española de 1978. Durante el franquismo, el uso del catalán fue prohibido radicalmente para ser recuperado paulatinamente. El 3 de junio de 1944 el diario La Vanguardia [titulado entonces La Vanguardia Española por motivos políticos] anuncia la representación de tres obras en catalán en el Palacio de la Música: La nena donada al blau, El ram de primavera y La FilosetaYa en 1953 se empiezan a otorgar los premios Mercé Rodoreda de cuentos y narraciones en catalán (lo ganó entonces Jordi Sarsanedas por Mites), y en 1956 el Premi Lletra d'Or (lo ganó Salvador Espriu por Final del laberint). El 27 de octubre de 1964, TVE, Televisión Española,  fundada 8 años antes, emite su primer programa, Teatre en Catalá. Son datos incómodos para quienes, profundizando en el agravio, insisten en la total persecución franquista del idioma catalán (aquí, más datos).

Así las cosas (disculpadme si me he sido demasiado extenso o en exceso conciso en el apartado histórico), nos encontramos con que mañana es 11 de Septiermbre, Diada Nacional de Catalunya, la fecha en que, en 1714, Barcelona se rindió a los borbónicos. Es decir, el inicio de esa presunta opresión, ocupación, española. Se esperan disturbios, con un gobierno de la Generalitat que ha visto cómo las dos leyes que aprobó hace unos días han sido anuladas por ilegales. La primera de ellas es la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Los motivos de su prohibición es que según la Constitución Española de 1978 (aprobada en Cataluña por un porcentaje de electores superior al de la media nacional), la potestad de convocar referendos corresponde al gobierno de la nación, no al de una región, además que según la constitución, la soberanía reside en el pueblo español, por lo que sólo una parte no puede decidir por el resto y sin el resto. Además, la nación española es indivisible. Título preliminar de la Constitución: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Por si faltara algo, el derecho a la autodeterminación, según Naciones Unidas y al que se acoge el gobierno catalán, pertenece a las regiones que han sido colonias o cuya población se encuentre sometida y perseguida por un estado. La otra ley, también anulada, proclama que Cataluña es una república independiente. Con una división de poderes insuficiente y que la sitúa en el ámbito de los regímenes totalitarios. Y expropiando todo lo que pertenece al Estado. Puro expolio.

En resumidas cuentas: nos encontramos ante un golpe de estado organizado por el gobierno catalán y sus cómplices contra la mitad de Cataluña y apoyándose en el apoyo de la otra mitad, adoctrinada durante décadas. Ante este desafío, sólo cabe la aplicación firme de la ley. 

Soy español. Pero reconozco las asperezas de mi patria. Somos individualistas, arrogantes, a veces crueles (especialmente con los animales), poco cultivados (la mayoría), impulsivos, poco reflexivos. El gobierno de España no ha estado brillante. Entre los agravios que señalan los indepes, está que Cataluña recibe en inversiones menos de lo que aporta a las cuentas de la nación. Lo mismo le pasa a Madrid (y Madrid no opta por la independencia). O lo mismo que le pasa a Málaga, mi ciudad, en el ámbito regional. Hay algo que se llama solidaridad. Que el que tenga más ayude al que menos tiene. Eso sucede en todos los países, en todas las regiones. 



El 4 de agosto de 2017, un mes antes de que en parlamento catalán se dieran los primeros pasos delictivos, un lector de El Periódico de Catalunya (www.elperiodico.com), Enrique Llaudet publicó una carta, titulada Los otros catalanes que es un vibrante llamamiento a la unidad y a no dejarse arrastrar por los terribles cantos de las sirenas indepes. En este momento delicado, muchos se emocionan jugando a la revolución. Hay mucho postureo para jugar a libertadores de una tierra que es libre desde hace décadas. Desde hace siglos. Remito al lector a pinchar el enlace del texto completo de Llaudet, emocionante y atinado pero que, ay, de nada servirá: Vamos a demostrar a quienes lideran el 'procés' que en el mundo somos catalanes y españoles. Vamos a demostrarles que no nos hemos creído la vil mentira de que "Espanya ens roba" cuando los únicos que nos han estado robando son ellos: nuestros recursos, nuestro dinero, nuestro orgullo y nuestra dignidad, intentando vanamente hacernos sentir inferiores y de segunda. Vamos a decirle a ellos y al mundo que ya basta de muestras de odio, intransigencias y amenazas de sanciones para quien no colabora o piensa como ellos. Vamos a frenar esta aventura que solo nos ha traído y traerá más pobreza económica e intelectual y más crisis a pesar de que nos prometen el paraíso. (Aquí, el texto que a todo nos debería unir)

En fin, que esta tormenta que pone en peligro la supervivencia misma de España (detrás, con la caña de pescar a orillas de este río turbulento hay ciertos grupos de extrema-izquierda esperando sacar provecho), exige no caer en las mentiras aireadas por los separatistas. Hay que mantener la esperanza en que todo se resuelva y los indepentistas, los indepes, se conviertan en indepres ante el naufragio y la derrota de sus golpe de estado. Mi esposa es catalana. Catalanes son algunos de mis amigos y casi toda mi familia política. Me afecta todo esto (en este blog, hay otras diez entradas dedicadas a cuestiones catalanas) porque además afecta a mi país. Que no es Andalucía (sería una necedad sentirme andaluz y no español). Es España. Patria común e individible de todos los españoles.

martes, 31 de mayo de 2016

Lecturas: ¿Qué pasa en Cataluña? (Manuel Chaves Nogales)

Reportajes publicados en las páginas del diario Ahora, del que fue director, en 1936, en los días y semanas siguientes al triunfo del Frente Popular con la consiguiente amnistía que dejó en libertad al sedicioso Lluís Companys y a sus compinches. Con esta descripción no oculto cuánto me desagrada ese personaje exaltado y su causa. Como me desagradan los que a estas alturas, y recurriendo a parecidas mentiras, pretenden repetir esa historia amarga y lamentable. No lo oculto, y en este blog lo ha manifestado con mayor extensión. En este escueto volumen, completado por una entrevista a Macià publicada en diciembre de 1932, destaca cómo las pasiones de entonces son las mismas de ahora. Véase lo que Chaves Nogales, certero pero no visionario (como tantos españoles, no supo ver que lo que estaba al llegar era una bestial guerra civil y un resurgimiento, en Cataluña, del anarquismo que él veía en retroceso sólo cinco meses antes de la catástrofe), pone en boca de un catalán innominado: 

El desfile -decía alguien- ha sido impresionante y revela la gran fuerza espiritual del pueblo catalán. A nuestro pueblo le entusiasman esas grandes paradas de la ciudadanía. No sabe pasar muchos meses sin provocar alguna. Pero acaso entre una y otra, aunque solo mediasen tres o cuatro meses, tendría alguien que preocuparse de rellenar el tiempo con una tarea que tal vez no sea del todo superflua: la de gobernar, la de administrar, la de hacer por el pueblo algo más que ofrecerle ocasión y pretexto para esos deslumbrantes espectáculos.


Es fácil evocar las banderitas, el corro de la patata, la silbatina y la fiesta que hemos visto en tantas diadas recientes, acompañadas de reclamaciones de libertad formulada por quienes saben que la tienen de sobra. Tanto carnaval estelado. Para que al final, como aquí pasará, nada suceda:

Voy preguntando a los hombres representativos de Cataluña qué es lo que piensan del momento presente, qué es lo que quieren, adónde van. Mi encuesta es, hasta ahora, bastante satisfactoria.En Cataluña no pasará nada. Es decir, no pasará nada de lo que el español no catalán recela. El triunfo electoral de las izquierdas no dará a Cataluña una orientación revolucionaria, aunque muchos hombres de izquierda, desde luego todos los de la derecha, puedan creerlo todavía. [...] En Cataluña hay, por encima de todo, un hondo sentido conservador que se impondrá fatalmente fatalmente. Yo no sé si los hombres de la Esquerra, profesionales casi de la revolución, se resignarán a aceptarlo. Si no lo hacen, peor para ellos.

Al loro, o sea. 



domingo, 27 de septiembre de 2015

Antes del diluvio

27 de septiembre, 2015. Domingo de paz en Málaga, de calor y humedad. De elecciones autonómicas en Cataluña. En casa, desde temprano, TV3 (entiendo catalán, mi esposa lo domina). Los programas rutinarios se convierten en verborrea rutinaria que recoge exclusivamente la opinión de los secesionistas. De los que quieren destruir mi patria y también la suya. De pronto, hay sensación de déjà vu, de la cantilena monótona de mis días de infancia, de cuando el asesinato de Carrero Blanco o la agonía de Franco, de las consignas unánimes y sencillas. Hay desazón en casa, vértigo. Veo a un chico que agita una bandera española (la bandera de todos, la constitucional) mientras vota Artur Mas y lo sacan entre zarandeos. Recuerdo el referéndum ilegal del 9 de noviembre de 2014, con gente votando arropada en la bandera secesionista, y todo eran sonrisas y compadreo. Hace unos días, la misma bandera de España  (la bandera de todos, la constitucional) era retirada por una mano extranjera (nadie me podrá acusar de anti-argentino ya que la mitad de mi familia, junto a la mitad de mi cultura y de mi corazón pertenecen a ese país) del balcón del Ayuntamiento de Barcelona. Todo, decía, desasosegante y estúpido. Todo obviamente gilipollas.


Mi querida Cataluña (no diré mi amada Cataluña por mucho que sea barcelonesa y catalana mi, ella sí, amada esposa) fue en su momento, más allá del reparto de agravios del imaginario popular según el cual son tacaños los catalanes, vagos los andaluces, chulos los madrileños, brutos los vascos, tozudos los aragoneses, decía, fue el lugar de la tolerancia, de un modo de ser europeos que queríamos para los demás, de ser modernos y cosmopolitas y abiertos al mundo. Y hoy, esa Cataluña que algunos ruidosamente quieren nación se convierte en aldea, en lugarejo en el que sólo hay lugar para quien renuncie al idioma y a la bandera (la bandera de todos, la constitucional) de Cervantes y de Gil de Biedma o Juan Marsé, donde sólo hay lugar para los que doblen la cerviz ante la causa sagrada de la libertad de un pueblo que ya es libre, donde sólo hay lugar para los adoctrinados, para los que que se tragan todo lo que les dice la televisión norcoreana que siempre fue TV3. Cansado y asqueado estoy de la verborrea de parvulario de los secesionistas. Como, por poner un ejemplo simple, la que maneja, llena de ruido, furia e insultos, el atroz divulgador Sebastià d'Arbò (aquí, el facebook del especimen) del que ya me ocupé con amable crueldad en este blog (véase aquí). La Cataluña que me gustó, en la que vive mi familia política dividida entre cultores de la intoxicación y la mansedumbre y los que en silencio y con paciencia no olvidan cuál es el nombre de nuestra patria común e indivisible, en la que viven amigos queridos con los que apenas hablo por miedo a que estemos en posturas opuestas e irreconciliables, está desapareciendo. Ojalá esta noche, con los resultados, y en los días sucesivos, se termine la pesadilla y al despertar comprobemos que el dinosaurio ya no está ahí (sino en Andorra camino de Suiza camino de Canadá).

viernes, 4 de septiembre de 2015

Lecturas: España y Cataluña. Historia de una pasión (Henry Kamen)

A sesenta centímetros de mí tengo un cartelito bajado de Internet, que unas manos amadas y catalanas (hoy las de mi esposa) pegaron hace unos años. En él, una cita firmada por Abraham Lincoln: Whatever you are, be a good one. Justo ahora me doy cuenta es justamente lo que intento con mi condición de español: ya que lo soy, intento ser un buen español. Porque, alguna vez lo he escrito, no soy especialmente patriota, no comulgo con los dioses de mi terreno, no acepto todo ese bagaje de la españolidad con alegría y bravura de soldado de los Tercios o de pícaro de la piel de toro. Hay mucho que me molesta de los ritos y de los mitos de mi país. Nunca aplaudiré el martirio de ningún animal para divertirme y batir palmas, nunca adoptaré la arrogancia como norma primera del carácter, nunca cultivaré la ignorancia. Todo eso. Todo lo que me hace, por muy español que sea, considerarme y sentirme, según el momento, coreano, argentino o inglés y hasta turco. Pero puesto a ser español, por ese azar que nos lleva a tomar carne y mente y espíritu en un lugar, una forma, un tiempo, intento ser un buen español. Depurado de vicios. Depurado, por español mismo, de pasiones.





Es justamente lo que propone, Henry Kamen. Al menos, el poso que te deja tras la lectura, en la que ahonda en la pasión del catalanismo y la pasión del españolismo, ahora mismo en trayectoria de colisión por decisión de una de las partes. Ya en 1647, buscando participar en el comercio con América encauzado por Sevilla, los mercaderes de Barcelona afirmaban en su escrito: "No hay ninguna duda de que Cataluña es España. España es todo lo que hay entre los Pirineos y los océanos. De ello se sigue que Cataluña es España, y y que los catalanes son españoles". Casi 400 años después, se nos quiere convencer de que nunca fue así, y para ello arguyen una historia construida de falsedades. Kamen las desmonta, sobre todo la ocurrida desde 1714, cuando los falsarios de hoy sitúan el fin de una nación que nunca existió. Lo hace Kamen, británico pero habitante de Barcelona, con herramientas de historiador. Podría, ya que lo hace, ser considerado un defensor de la unidad de España, también un buen español. 



Pero nos ofrece una visión de España como un estado no fallido pero sí carente de una identidad nacional sólida. Tal vez no le falta razón. Mientras los catalanes (los políticos catalanes, algunos escritores catalanes) han acertado con forjar una épica nacional basada en el agravio constante (y en la mentira), en España no hemos sabido ofrecer un relato común, ni unos símbolos, que nos unan más allá de las provincias y las regiones, más allá de los antiguos reinos fundacionales: "El argumento que presento aquí es que, al contrario que España, Cataluña tuvo éxito -claramente- a la hora de autodefinirse. A diferencia de España, consiguió hacer de la retórica una especie de realidad. Aunque Prat de la Riba y muchos de sus seguidores no eran más que retórica y palabrería en sus argumentaciones, tuvieron la ventaja de contar con una sólida base histórica y cultural". 




Ya en 1640 Baltasar Garcián señalaba lo complicado que es unir a los españoles: "En la Monarquía de España donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir". Desde entonces, y más a partir de la recuperación y puesta en valor de los mitos catalanes desde la Renaixença, la actuación combinada de políticos y publicistas puestos a su servicio, la pasión de Cataluña ha ido ganando la partida a la de España. Pero no nos engañemos. Como afirma Kamen en un artículo que inserta en este libro necesario y razonante, "El separatismo no es ninguna respuesta a nada. Muchos creen que en un mundo moderno como el nuestro no tiene cabida reducirse al estrecho marco de una nación provinciana, y que el futuro está en integrarse dentro de sociedades, economías, culturas y tecnologías más grandes y mejores, en lugar de amadrigarse en un mundo más y más pequeño de horizontes limitados, controlado por burócratas corruptos y élites burguesas que creen en ideologías que pueden parecer reales arriba en la montaña, pero aquí abajo, en el llano, no son nada más que el material del que están hechos los sueños".