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lunes, 11 de abril de 2011

Entre la primavera y el dolor

Hay en nosotros una lucha entre la primavera y el dolor. Entre el sol de cada día, cálido y con azahar, y la sangre violenta y dolorosa de Cristo a punto de salir a nuestras calles. La vacuidad alegre de las tardes largas puede chocar cualquier día de éstos, y es justo y necesario que así sea, en verdad os digo, con el gorigori luctuoso de tanta pena, miserere mei domine. Porque es justamente ahora cuando las cenizas amargas salen de los bolsillos, pese al calorcito rico, pese a las flores que distraen, y así ha sonado hace apenas nada el Réquiem de Mozart en Antequera, en Málaga, en Ronda, y volverá a sonar un Réquiem, tan hermoso y tan verdadero,  en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes los días 14 y 15 de abril, cuando el Réquiem es el de Fauré, que será acompañado por “Veni, veni, Emmanuel”, para coro a capella, de Zoltan Kodály y la pieza de igual título, pero compuesta por James MacMillan y para percusión y orquesta. La orquesta es la Filarmónica de Málaga dirigida por su titular Edmon Colomer y con los solistas Leopoldo Saz a la percusión, la soprano Raquel Andueza y el siempre fiable barítono Iñaki Fresán. El título inevitable de esta velada es “Semana Santa”.
La pieza de Kodály es la reelaboración de un antífona medieval que reelabora y actualiza los modos del canto gregoriano, lo de MacMillan, que se presenta como estreno en España, puede ser tan enojosa como fascinante, con su media hora de disonancias, aires de jazz que pronto se borran y mucha, pero mucha percusión dialogando con la orquesta. En todo caso, no viene mal probar de vez en cuando la música contemporánea. Pero Fauré es otro mundo: gravedad y contención, la ceniza ya nombrada, la severidad y la dulzura, el temblor de la melancolía que sabe ser piedad e indulgencia, compasión y calma. Ese réquiem, que nadie le encargó y en el que estuvo trabajando entre 1877 y 1900, terminó siendo el que sonara en su propio funeral en 1924. Gabriel Fauré, que tuvo la dificultad de nacer en el momento en que se podía ser romántico, wagneriano o impresionista fue todo ello, pero siempre con una delicadeza y un sentido del equilibrio francamente franceses. La sordera beethoveniana que le sobrevendría en sus últimos años hace que su música terminal sea hermética, opaca, rara. Pero este Réquiem no es congoja y llanto, no es amenaza de tormentos, adiós a placeres, atisbos de salvación. Es luz, es paraíso, es consuelo. Y como tal suena. Ya el propio Fauré tuvo que defenderse y definirse respecto a esta obra: "Se ha dicho que mi réquiem no expresa el miedo a la muerte, y hay quien lo ha llamado una canción de cuna para los muertos. Pero es que yo siento así la muerte: como una entrega feliz, una aspiración a un felicidad del más allá, antes que un tránsito doloroso… Mi Réquiem ha sido compuesto para nada… por placer, si me atrevo a decirlo ”.
Cecilia Bartoli: "Pie Jesu" (del Réquiem de Fauré).
Palabras mayores
Las partes de este réquiem, con textos en latín, son: Introito, Ofertorio, “Sanctus”, “Pie Jesu”, “Agnus Dei”, “Libera Me” e “In Paradisum”. De ellos debe destacarse la lucha entre tensión y dulzor en el Introito que termina casi en susurro, pero muy especialmente el célebre “Pie Jesu”, en el que la soprano puede llevar al oyente a extremos de emoción porque el título latino significa “Piedad Jesús”, y es lo que sentimos en una escucha atenta, un ruego, una aspiración, expresada por el alma. El “Agnus Dei” llega a tener sonoridades de las cantatas de Bach, y el “In Paradisum” escapa a toda analogía. Difícil es que haya un honor mayor que comparar a un compositor con Johann Sebastian Bach. La capacidad de empatía del alemán, esa piedad transida, esa misericordia sonora, es la que nos ofrece, renovada, cargada de paz y de esperanza, Fauré. Entre la primavera y el dolor, lo que en Fauré vence es la luz que aúna a ambas. Bendito sea.
Artículo publicado en Diario Sur, 9 de abril de 2011
El artículo, en Sur

jueves, 24 de marzo de 2011

Et lux perpetua


Es necesaria la penitencia. Al menos, olvidar la soberbia nuestra de cada día, la cómica ufanía del consabido “nunca cometemos errores”, dejar el oe oe oe fantasmón de quien desdeña los juicios sobre sí mismo y señala con ligereza idiota a los ajenos. Y no, no se está tratando aquí de política, pero también. Hablamos de lo grave y severo, de lo trascendente, señores, de lo que sólo son palabras mayores y dolor y ansia y tal vez paz. Del pellizco que se nos debería agarrar al alma cada día o cada semana y que dejamos fuera, como un perro bajo la lluvia, como olvido arrugado en una esquina. Excusen, en todo caso, el lirismo. Pero es que se intenta aquí presentar a un viejo conocido, el Réquiem de Mozart, que en estos momentos de muertos acá y allá, en la Libia del tirano fatuo, en el Japón de las aguas negras y el humo terrible, nos debe hacer pensar en esto, tan débil, que somos.

Y ojalá que para propiciar el cuestionamiento de la carne torpe y egoísta sirva la triple audición de la pieza cumbre de Mozart que tendrá como escenarios la Iglesia de San Francisco, en Antequera, el 26 de marzo, el Auditorio de la Diputación, en Málaga, el 2 de abril y la Real Colegiata de Santa María la Mayor, en Ronda, el 3 de abril. En todos los casos, quien ofrece esta oportunidad para ser distintos (decir que mejores es incurrir en optimismo) es la Orquesta Sinfónica Provincial de Málaga, dirigida esta vez por Carlos Cuesta, junto a la Coral La Salle de Antequera, dirigida por Antonio Sillero, y la Coral María Inmaculada, también de Antequera, dirigida por Ángel J. García. De terminar de sobrecogernos se ocuparán la soprano Bernardina del Pino, el tenor Luis Pacetti, la mezzosoprano Oxana Arabadzhieva y el barítono Juan Manuel Corado.

Vanitas vanitatum...
Atribuido a Antonio de Pereda: El sueño del caballero (1655)
Madrid, Academia de Bellas Artes de San Fernando

        Obviemos la fantasmagoría novelera y disculpable de la película “Amadeus” de Milos Forman, que nos hizo creer en una versión y circunstancias del nacimiento del Réquiem. Quedémonos con lo que hace que Mozart quede a la altura de Bach. Porque Johann Sebastian Bach puede ser la geometría, la aritmética, pero es también la Misericordia, la Piedad, el Perdón. Y Mozart, que era el terciopelo, el cristal, la llamarada, lo angélico, con este Réquiem se pone el ropaje, la peluca, la emoción, del maestro sagrado y demuestra que se puede hacer música tan dolorosamente bella y verdadera, que en esa boca repleta de fatuidad y risitas que nos hizo aborrecer Milos Forman lo que había verdaderamente es ceniza y pena y verdad y eternidad. Todo ello a través de 14 números distribuidos en ocho secciones, que integran una obra que debería estar en cada casa, un disquito que en la versión que se consiga (mientras esto se escribió sonaba la muy recomendable versión de la Filarmónica de Berlín con Karajan y Tomowa-Sintow, Baltsa, Krenn y van Dam), buena o mala, con la seguridad de que el genio de Mozart es capaz de vencer a las limitaciones de la orquesta más modesta. Como un botiquín para el espíritu, un disco, bueno o malo, con el Réquiem puede salvarnos el espíritu en tiempo de zozobra. Pueden creerme.

        Ejemplarmente completada por un discípulo de Mozart, Franz Xavier Süssmayr, los ocho compases iniciales del “Lacrimosa” (quizás la parte más sobrecogedora del Réquiem) son las últimas notas que Mozart escribió antes de morir a los 36 años y en la miseria. En todo caso, es un grandioso canto fúnebre, sombrío, sin tentaciones ornamentales u operísticas. El Réquiem, año tras año, sigue poniendo la piel de gallina y mordiendo, hasta las lágrimas, el corazón de todos, que recibimos mientras suena un trozo de luz que dura y permanece para siempre, que nos redime y nos consuela hasta que volvamos fatalmente a caer.

(Inédito, escrito originalmente para diario Sur)