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domingo, 28 de mayo de 2017

Lecturas: Los verdugos y las víctimas (Laurence Rees)

El subtítulo completa que nos encontramos ante Las páginas negras de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Y la ilustración de la portada sobrecoge, con un verdugo que es Heinrich Himmler apoyando su brazo en el hombro de un niño presumiblemente pobre y víctima, muy dickensiano, mientras en gris otro nazi comparece entre ambos y observa sonriendo. Porque este mundo de víctimas y verdugos es el que verdadera y elocuentemente puebla este libro imprescindible. 


Dividido en siete partes (tituladas Genocidios; Resistencia; Combatir y matar al "inferior" y al "subhumano"; Prisioneros; Soldados de la fe; Servidores del régimen; y Suicidios colectivos), el libro, en forma de capítulos breves, un total de 35 en un volumen de 295 páginas, recoge resúmenes de las entrevistas que Rees realizó a supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, que en unos casos fueron víctimas de las atrocidades de los dos bandos, pero que en otras fueron ejecutores. Nos encontramos con judíos, miembros de la resistencia, civiles diversos, soldados, aviadores. Todos cuentan con serenidad su experiencia. Que fue siempre dolorosa. Pero que en el caso de los verdugos no va acompañada de muestras de arrepentimiento. Hay una actitud común. Tanto entre nazis, soldados nazis, aviadores norteamericanos, chequistas soviéticos. No me arrepiento, cumplía órdenes, hice lo correcto, no podía hacer otra cosa. Todo eso.  Y las víctimas cuentan el sufrimiento, el ansia por vivir, la culpa por haber sobrevivido mientras otros sucumbieron. Todo eso. Todo eso que olvidamos y que algunos hijos de puta niegan. Y no me refiero sólo a los negacionistas de aquí y allá, sino de los que prefieren ignorar que barbarie hubo en cada rincón de los países convertidos en teatro de operaciones. Cada lector encontrará un villano especialmente odioso (en el momento de escribirse el libro, todos viejitos respetables), una víctima de la que compadecerse, un héroe desconocido quie de pronto recibe un nombre. Depende de la sensibilidad de cada lector. En definitiva, un libro escalofriante que debería ser leído en cada escuela.

jueves, 30 de marzo de 2017

Melodías hebreas: de Sefarad a la música klezmer (12): Holocausto y Música I





Los judíos, obligados por las leyes nazis primero a aislarse del resto de la sociedad y más tarde a recluirse en guetos, mantuvieron una intensa actividad musical. Cuando su destino fue los campos de concentración o de exterminio, llevaron con ellos su música y su voluntad de, entre la desolación, seguir creando. No es de extrañar que el gran poema testimonial del Holocausto (aunque en todo momento usaré el nombre hebreo, Shoah, que significa catástrofe), Canto del pueblo judío asesinado, de Itsjok Katzenelson, víctima también él del exterminio, lleve justamente por título Canto. Sonaba música en las calles cenicientas de los guetos, sonaba música entre el humo de los campos de la muerte. Veremos, y oiremos, aquí algunos ejemplos, algunos casos. 



De Katzenelson, muerto en Auschwitz, Primo Levi, superviviente de un campo subsidiario precisamente del de Auschwitz, escribió: "Ante el cantar de Itsjok Katzenelson al lector no le queda otra alternativa que detenerse turbado, respetuoso. No hay una obra comparable a ésta en toda la historia de la literatura: es la voz del morituro, entre los cientos de miles que van a morir, atrozmente consciente de su destino singular y del destino de su pueblo." De su conmovedor libro, que es más un grito y una plegaria que un poema, citaremos su inicio angustiado, aterrador, de su Canto (tomo el texto de su edición argentina, Katzenelson, Itsjok: El canto del pueblo judío asesinado, versión en español de Eliahu Toker, Ed. Arte y Papel, Buenos Aires, 1993. Existe una curiosa y reciente edición española que ofrece una triple versión del texto: en el original en yiddish, en español y en ladino):



EL CANTO DEL PUEBLO JUDÍO ASESINADO
(Fragmento)

¡Canta!
¡Canta! Toma el violín vaciado y hueco
Y arroja sobre sus delgadas cuerdas tus dedos,
Pesados como corazones doloridos. Y canta el último canto
Acerca de los últimos judíos en tierra europea.

-¿Cómo cantar? Cómo abrir la boca siquiera
Habiendo quedado completamente solo.
Sin mujer, sin mis dos pequeños. ¡Es un espanto!
El horror me habita… Escucho un llanto a lo lejos…

“¡Canta, Canta! ¡Alza la voz, quebrada y dolorida.
Búscala! Busca el canto allí arriba, si aún está,
Y cántalo… canta el último canto acerca del último judío;
Vivió, murió, quedo insepulto y ya no existe más…”


-¿Cómo cantar? ¿Cómo erguir la cabeza siquiera?
Se llevaron a mi mujer, a mi Ben Zion y a mi pequeño Iome, un niñito
¡Ya no están conmigo y su imagen no me deja!
¡Oh, oscuras sombras de mis más luminosos! ¡Sombras frías, ciegas!


“Canta, canta todavía por última vez aquí en la tierra;
Echa atrás la cabeza, pon los ojos en blanco,
Toma tu violín y canta por última vez:
¡Ya no hay mas judíos! Hasta el último han sido asesinados.

-¿Cómo cantar? ¿Cómo alzar los vidriosos ojos siquiera?
Llevo una lágrima petrificada en la pupila…
Quiere caer, quiere arrancarse el ojo
Pero no puede… ¡Dios, Dios mío!

Canta, canta… levanta hacia las alturas tu mirada ciega
Como si existiese un Dios allí, en los cielos…
Como si aún pudiésemos esperar de allí alguna dicha.
¡Siéntate sobre las ruinas de tu pueblo asesinado y canta!


¿Cómo cantar si el mundo es para mí un desierto?
¿Cómo hacer música con las manos crispadas?
¿Dónde están mis muertos? Los busco, Dios, entre los desperdicios,
En los montículos de ceniza: ¡Oh, díganme donde están vuestros cuerpos!

¡Griten de entre el polvo, desde bajos las piedras,
Desde las arenas, desde las llamaradas, desde las columnas de humo;
En vuestra savia y sangre, la médula de vuestro hueso!
¡Alcen la voz, griten con fuerza!

¡Griten desde las entrañas de las fieras del bosque, desde los peces del río
Que los devoraron! Griten desde los hornos crematorios, hombres, mujeres y niños!
¡Yo quiero un escándalo, yo quiero un clamor dolorido, quiero escuchar vuestra voz!
¡Grita, pueblo judío asesinado! ¡Deja que estalle tu grito!

Y no grites al cielo; te escucha tanto como la tierra, este basural;
Y no clames al sol; es como hablarle a un muro… ¡Ah, si yo pudiese
Apagar el sol como se apaga una lámpara, en esta desolada cueva de asesinos!
¡Tú brillabas más! ¡Tú eras más luminoso que el sol, pueblo mío!

¡Oh, pueblo mío, muéstrate, revélate ante mí, levanta tus manos
Desde las profundas fosas, apretadas, espesas, de kilómetros de largo,
Cubierto de cal e incinerado capa sobre capa!
¡Ponte de pie! ¡Levántate desde el último, desde el más profundo estrato!

¡Vengan todos. De Treblinka, de Sobibor, de Auschwitz;
Vengan de Belzec, de Ponar, de todos lados; vengan
De entre musgos podridos, desde los pantanos, desde las profundas ciénagas;
Vengan con ojos desorbitados, con gritos congelados y sin voz.

Vengan, formen en círculo, cremados. Resecos, triturados;
Hagan una ronda a mi alrededor, una ronda enorme;
Vengan, huesos judíos, desde el polvo, desde los panes de jabón,
Abuelos, abuelas, madres con niños en los brazos.

Déjense ver, muéstrense ante mí, vengan, vengan;
Quiero verlos a todos, quiero mirarlos, quiero
Echar una mirada muda sobre mi pueblo asesinado,
Y voy a cantar… Sí… ¡tomo el violín y canto!

                                                                               3/5-X-1943


Quizás la figura más representativa de la música judía durante la Shoah/ Holocausto sea Shmerke Kaczerginski (1908-1954). Nos encontramos ante una figura queves a la vez figura fundamental y épica. Fallecido en un accidente de aviación tras la guerra, se crió en un orfanato, se hizo militante comunista en Vilna antes de cumplir los veinte años y escribe canciones que primero se divulgan anónimamente. Al invadir los nazis Lituania, huirá para ser recapturado y recluido en el gueto de Vilna. Allí compondrá canciones que testimonian la vida y las esperanzas de sus habitantes. Al menos dos de ellas son obras maestras y comparecen aquí. 



La primera se titula Friling (Tiempo de primavera) y tal vez sea una de las más tristes y delicadas canciones que se hayan escrito. La versión cantada por Adrienne Cooper en su disco Ghetto Tango. Wartime Yiddish Theater  es de las que hacen fluir las lágrimas. Sirva esta actuación en directo (a partir del minuto 4:20 del vídeo):


La letra, que me emociona tanto como la música, ya de por sí emotiva, es:

FRILING [TIEMPO DE PRIMAVERA]

Camino por el gueto solo y abandonado,
no hay nadie para cuidar de mí ahora.
¿Cómo se puede vivir
cuando tu amor se ha marchado?
Por favor, que alguien me muestre cómo.

Sé que es primavera,
y hay cantos de pájaros, y sol,
toda la naturaleza parece feliz y libre,
pero estoy encerrado en el gueto

Estoy como un mendigo,
ante cada puerta me detengo
pidiendo un poco de sol para mí.

Tiempo de primavera,
qué hermosa es la primavera.

¿De qué sirve el sol,
cuando mi amada ya no está?
La primavera,
que brille sobre mi dolor,
pero aún así mañana
estaré tan triste como hoy.

La casa en la que vivimos
ahora está cerrada a cal y canto,
las ventanas están rotas y al descubierto.
El sol es tan feroz
que las flores se han secado.
Ellas se marchitan en el aire invernal.

Cada mañana, cada tarde
tengo que pasar por delante de nuestro hogar,
apartando siempre la mirada.

Era el lugar en el que me amabas,
el lugar en el que me besaste,
el lugar en el que me abrazabas con fuerza.

Cuánto he pensado
en qué clase de poderes celestiales
podrían enviar la primavera temprana este año.

Vaya, gracias por venir,
veo que trajiste flores,
¿queréis que le dé la bienvenida?

Dicen que el gueto es de oro y brillantes,
pero la luz del sol y las lágrimas me enceguecen.

Ya ves, mi amada,
¿para siempre te has ido?
No puedes salir de mi mente.


Aporto dos notables versiones más. La primera, ligeramente sobreactuada, es de Berthe Kahan (y por supuesto, no hay que usar redundantemente las imágenes de los campos de exterminio ni de hipotéticos supervivientes):


La otra, más contenida, lírica y emotiva es de Karolina Petrova & das blaue Einhorn:



Otra canción de Kaczerginski, un auténtico canto de batalla y de orgullo, es "Yid du partizaner", cuya letra, traducida del yiddish, es así:

TÚ, JUDÍO PARTISANO

Desde las paredes de la prisión del ghetto hasta la libertad de los bosques,
en lugar de cadenas alrededor de mis manos llevo un rifle nuevo;
en nuestras rondas, éste, mi amigo, abraza mi cuello y hombro

A partir de hoy estaremos unidos como uno solo.
De momento somos pocos, mas destacamos como si fuéramos millones.
Nos hacemos sentir en montañas y valles, convoyes, columnas, puentes.

Los fascistas tiemblan en sus botas, no pueden adivinar de dónde llegaremos;
cargamos contra ellos desde fuera y de ninguna parte, judíos partisanos.
Llevamos la palabra venganza escrita en nuestra sangre.
Lucharemos hasta el fin para que llegue nuestro día sagrado

No queremos ser el último de los mohicanos
sino traer la luz a la noche, tú, judío partisano.


Y cantada suena de este modo, si se va al minuto 6:32 de este concierto en una sinagoga de Atlanta y que tiene parte del espíritu que le aporta Adrienne Cooper en el disco imprescindible Ghetto Tango:





A falta de nada mejor, otra versión válida pero un tanto rutinaria:




sábado, 5 de marzo de 2016

Lecturas: Vida y muerte en el Tercer Reich (Peter Fritzsche)


El título es lo suficientemente ambiguo y general como para alejar el interés de alguien avezado en justamente eso, los milagros y crímenes del nazismo. Encontrármelo como regalo con la revista Historia y Vida (más recomendable por estos libros que por la revista en sí) me hizo darle su oportunidad. Con el resultado de que es un volumen muy recomendable. Sus cuatro extensos capítulos se dedican a la vida cotidiana nazi (con una detallada exposición sobre el uso del saludo nazi), la aplicación y asimilación de los principios raciales en la vida diaria, la guerra y el Holocausto y, finalmente, el grado de conocimiento que había del Holocausto en la Alemania de entonces. Sobre lo más interesante, se señala que la evacuación hacia los campos imposibilitaba saber a ciencia cierta y de forma general lo que había pasado a los judíos. Aunque se conocían, y excusaban, matanzas como la de Babi Yar, en Ucrania, en la que murieron más de 100.000 personas. No obstante, hubo civiles alemanes que sí supieron qué sucedía:

"Sólo contadas personas intentaron imaginar o precisar el destino de sus vecinos como Ruth Andreas-Friedrich hizo en Berlín. Su honesto deseo de humanizar el destino de sus amigos se tradujo en una honesta incapacidad para entender el alcance del crimen que los nazis habían cometido. "Este horror es tan inconcebible que la imaginación se rebela a aceptarlo como una realidad", escribió en febrero de 1944:

Alguna especie de contacto se ha roto aquí; alguna conclusión sencillamente resulta imposible de alcanzar. No es a Heinrich Muehsam al que están enviando a la cámara de gas. No pueden ser Anna Lehmann, Margot Rosenthal o Peter Tarnowsky los que cavan una tumba en algún descampado remoto bajo el látigo de la SS. Y ciertamente no la pequeña Evelyne, que con cuatro años de vida estaba orgullosísima de haberse comido una pera. No, Evelyne Jakob murió de una manera diferente de esos tormentos; muriño de manera más humana, más comprensible, más imaginable.  


Aterrador y conmovedor. Como este otro dato, menor pero también terrible:

"Desde 1942, se prohibión que los judíos tuvieran mascotas y, dado que los animales en cuestión eran "judíos", tenía que sacrificárselos incluso cuando sus propietarios tenían amigos no judíos dispuestos a cuidar de ellos. El 19 de mayo de 1942 los Klemperer llevaron su gato Muschel a la consulta del veterinario en la Grunaer Strasse de Dresde, donde Eva hizo que le mataran con un narcótico: "el animal no ha sufrido. Pero ella sufre".


Llegado a este punto de esta reseña que es sólo un apunte veloz, recuerdo cuánto hijo de puta descerebrado hay todavía en twitter, en foros, en facebook, o comentando noticias, negando o celebrando el Holocausto o proponiendo repetirlo, jaleando a los verdugos, haciendo de la estupidez un orgullo. Y cierro la lectura y la indignación y el estupor y el perpetuo luto por las víctimas con otra elocuente cita:

"Los testimonios de los testigos presenciales describen muchas veces las mismas cosas, como señala Sandra Ziegler:

Llegada al campo, número, alambre de espino, llamada a lista, selección, transporte, despiojado, duchas, sopa, pan, enfermedad, cielo, infierno, corazón, ojos, naves, árboles, nubes, uniformes de la SS, cascos, botas, pistolas, perros, coches, marchas, órdenes gritadas, tazas, cucharas, cámaras de gas y crematorios, lirios, arena, ferrocarriles, "tren en la vía equivocada", destino final, niños, risa, dolores producidos por el hambre, barbas afeitadas, barracones, deporte, bulevar del campo, listas, policía judía, sopa, pan, maletas, brigadas de trabajo, transportes, aplazamiento, Berlín, Den Haag, Ámsterdam, Estados Unidos, Inglaterra, los Aliados, destino, suplicio, solución final, Dios.
  

jueves, 23 de julio de 2015

Lecturas: Las siete cajas (Dory Sontheimer)

En estos días de vacaciones y ocio he podido apreciar, simplemente leyendo los comentarios de los lectores en diversos medios, hasta qué punto España es un país antisemita. Con el matiz, chic y correcto, de remitirse machaconamente, al sionismo para tapar el rancio y vomitivo sabor del antisemitismo genocida de siempre. Es decir, en vez de escribir "judíos de mierda, criminales y ladrones" se escribe ahora "·sionistas de mierda, criminales y ladrones", y hasta se intenta hacer creer que escribiendo la enormidad de "ojalá os muráis todos los sionistas" se tapa que se está buscando repetir, corregido y aumentado, el Holocausto. En esas estamos. Ahora, aquí. En el siglo XXI y en Sefarad. Y hasta gente formada, o aparentemente con criterio, se dedica a difundir noticias mendaces, tirando la piedrecita al agua para que los patanes nazis de hoy, vociferando, formen las vistosas  ondas que se ensanchan y ensanchan. Un horror. Viene todo esto a cuento para justificar por qué en loas siguientes días se reseñarán aquí libros sobre el conflicto árabe-israelí y el sionismo (yo, que me considero judío, también me considero sionista; por tanto, doblemente repudiable para el común de los opinantes). Y para poner en valor este notabilísimo libro de Dory Sontheimer.


Se trata de un testimonio familiar, de una crónica documentada de los avatares de una familia judía alemana (y quizás más alemana que judía) ordenados y comentados por la autora, barcelonesa y católica, que cuenta cómo sus padres, ya en la adolescencia, le comentaron de pasada que los Sontheimer eran judíos y que ninguno sobrevivió a la Shoah. Al fallecer la madre de la autora, descubre en siete cajas cuidadosamente guardadas, los documentos, fotografías y cartas que, una vez ordenados, cuentan el caso de una familia exterminada casi al completo. Sontheimer no es historiadora, no es escritora. Pero su libro es una formidable pieza de historia, que sin dramatismos (es sobresaliente su templanza, como la fue la de sus familiares asesinados), narra cómo fueron perdiendo los derechos hasta ser despojados del mayor de ellos, el de la vida. Las cartas cruzadas entre sus padres en Barcelona, donde se casaron en la nochevieja de 1936 para bautizarse y casarse nuevamente por la Iglesia a comienzos de la posguerra, con sus primos, padres y tíos en Alemania, Praga, Nueva York y diversos campos de concentración en Alemania y Francia, tienen la capacidad de ser conmovedoras, por mucho que se intente no alarmar al receptor de las misivas. Una gota más, pero de agua viva, en el océano amargo de los testimonios sobre el Holocausto. Por mucho que haya excelsos hijos de puta que sigan negando. Aquí y ahora. 


domingo, 21 de julio de 2013

Lecturas: Historia de un Estado clandestino (Jan Karski)

Cada guerra, cada conflicto, tiene su soldado desconocido, su héroe olvidado, su víctima de silencio y de ceniza. Su derrotado ejemplar. Tal es el caso de Jan Kozielewski. Cuyo nombre no aparece en los libros de historia, y cuando lo hace, en una minúscula nota al pie de página, lo hace con otro nombre, uno que la clandestinidad obligó a adoptar y por el que el recordado, aunque, ay, muy poco: Jan Karski. Autor de este abrumador volumen, su efigie, de muy mayor, la recoge una estatua de bronce en el parque de la universidad de Georgetown, en la que fue profesor entre 1952 y 1992. Sentado en un banco de madera, apoyado en un bastón y con un tablero de ajedrez invitando a compartir asiento e imposibles confidencias, una placa en el suelo resume en inglés sus virtudes y vicisitudes: “Jan Karski (Jan Kozielewski), 1914-2000, mensajero del pueblo polaco ante su gobierno en el exilio, mensajero del pueblo judío ante el mundo, el hombre que alertó sobre la aniquilación del pueblo judío cuando aún había tiempo para detenerla. Nombrado por el Estado de Israel Justo entre las Naciones, héroe del pueblo polaco, profesor en la Universidad de Georgetown (1952-1992), un hombre noble que caminó entre nosotros y nos hizo mejores con su presencia, un hombre justo”. Réplicas de esta estatua fueron emplazadas, posteriormente, ante el consulado de Polonia de Nueva York, en el campus de la Universidad de Tel Aviv, en la ciudad polaca de Kielce y, convirtiendo el banco en sillón y eliminando el tablero, en Varsovia.
Georgetown

Nueva York

Tel Aviv
Kielce

Varsovia

Lodz

Publicado en 1944 (adviértase, durante la Segunda Guerra Mundial y antes de la liberación de los campos), “Historia de un Estado clandestino” es el relato, en primera persona, que Karski hace de su actividad en la Resistencia polaca hasta el momento en que, enviado a dar cuenta al gobierno polaco en el exilio de las actividades de la Resistencia, cumple esta misión en Londres y es enviado a informar al presidente Roosevelt en Washington. Junto al funcionamiento del admirable estado polaco clandestino al que se refiere el título, es la situación del pueblo judío el gran secreto del que Karski era portador. No porque llevase consigo documentación microfilmada al respecto, sino porque él mismo fue testigo. De una honestidad intachable, el católico Karski insistió en conocer de primera mano lo que sucedía, para evitar estar mediatizado: “Me ofrecieron llevarme al gueto de Varsovia para que, literalmente, pudiera ver el espectáculo de gente moribunda, exhalando su último suspiro ante mis ojos. Me conducirían a uno de los tantos campos de exterminio en los que se torturaba a los judíos y se los mataba a miles. Como testigo ocular, yo sería mucho más convincente que como mero portavoz. Asimismo, me advirtieron que, si aceptaba su ofrecimiento, arriesgaría mi vida para llevarlo a efecto. También me previnieron de que el recuerdo de las espantosas escenas que presenciaría me perseguiría durante toda la vida. Les dije que aceptaba”.


Si todo el libro es un relato exacto, tenso y despojado de la lucha del nobilísimo pueblo polaco contra el invasor nazi (Karski fue movilizado, huyó de los alemanes para ser apresado por los soviéticos, se sometió voluntariamente a un canje para ser prisionero de los alemanes, de los que más tarde se evadió para integrarse en la Resistencia, cayendo prisioneero nuevamente y ser salvajemente torturado...), son dos capítulos, “El gueto” y “Morir en agonía...”, los que captan la experiencia medular de Karski. El libro completo cabe en el resumen en los párrafos con los que Karski, frente a la Casa Blanca, cierra estas memorias imprescindibles y que, para los que no conozcan este libro sobresaliente, pueden inducir a su lectura:

Me senté en un banco y observé a los transeúntes. Vestían bien y parecían saludables y satisfechos. Daba la sensación de que la guerra apenas los había afectado. Los acontecimientos me pasaron por la cabeza en veloces y extraños  fragmentos.
El exquisito salón del embajador portugués en Varsovia, y luego, abruptamente, sin transición alguna, el calor, el polvo y el humo de la batalla, así como la amargura de la derrota. La interminable y caótica marcha hacia el este, y la fútil búsqueda de inexistentes destacamentos. A continuación, los silbantes vientos y las inhóspitas estepas soviéticas. La alambrada del campo de prisioneros. El tren. El campo de concentración alemán en Radom y un primer atisbo de una brutalidad que nadie había imaginado jamás, la suciedad, el hambre, la degradación. Luego, la Resistencia, el secreto y el misterio, el ligero y constante temblor nervioso. Las montañas eslovacas y el viaje en esquí, como una irrupción en el mundo superior.
La hermosa ciudad de París, en tiempos de guerra... Angers, rebosante de espías alemanes... Luego el regreso por los Cárpatos, hacia la tierra de las tumbas, las lágrimas y el dolor. La Gestapo y mi primer golpe en sueños... Posteriormente, las palizas, los dientes y las costillas, la sangre que manaba a raudales, cubriéndome los ojos, los oídos, inundando el mundo.
Luego las palabras: “Teníamos dos órdenes con respecto a ti. La primera era hacer cuanto estuviese en nuestro poder por ayudarte a escapar. La segunda era matarte si fallábamos”.


Después, el duro trabajo en la Resistencia, monótono, secreto, peligroso. El gueto y el campo de exterminio, el recuerdo y  las náuseas que provocaba, los susurros de los judíos, como el estruendo de una colisión de montañas. Y Unter den Linden, Berta, Rudolf, gente que alguna vez amé y que ahora detesto. Los Pririneos de noche y los Pirineos de día. El mundo diplomático y las conferencias. Mi condecoración. Y luego lo vi a él, como puedo verlo ahora, mientras escribo, el anciano caballero, cansado, que, con los paternales ojos fijos en los mío, me decía: “No le doy ninguna orden ni le hago recomendación alguna. Usted no está representando al gobierno polaco y su política. Los servicios que le suministramos son puramente técnicos. Su misión consiste sólo en reproducir objetivamente lo que ha visto, lo que ha experimentado, lo que se le ha encomendado que diga sobre quienes están en Polonia y en los demás países europeos ocupados.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Las buenas intenciones

            Un amigo muy querido ha colgado en Facebook un comentario en el que caía en la fácil oratoria de llamar genocidio a lo que Israel está aplicando a los palestinos. Estuve tentado de contestarle en ese mismo medio, entrando en una dinámica de discusión y confrontación. Se puede ser una excelente persona y caer en esos errores de apreciación, se puede ser inmensamente injusto creyendo defender la justicia. Ya lo formuló con meridiana sencillez alguien que, cito y recuerdo de oídas, pudo ser Voltaire: “Puede que ninguno de los dos tengamos la razón”.  El hecho es que la sentencia tajante de mi amigo me duele e indigna a partes iguales. Y tampoco pretendo tener la razón. No es cuestión de entrar en batalla, de enturbiar con mis razones las suyas. Opto, entonces, por escribir aquí mi punto de vista. Por si alguien (él incluso) lo lee, y es este comentario un mensaje en una botella arrojado al mar, esperando que alguien lo lea, no importa cuándo, y tampoco si es leído, y entienda los argumentos de este sionista (nunca he ocultado que lo soy). Como conclusión, y como punto de partida, digamos que la mucha propaganda, la mucha desinformación por tanto, está en la raíz de todo este asunto.






           En primer lugar, no puede ser llamado Genocidio lo que no lo es. Léase su definición. Aplíquese a lo que sucede. Fin de la cuestión. No hace falta aducir el caso de la Shoah/Holocausto. Ya lo hizo el necio de José Saramago con resultado asqueroso. Quien se atreva a repetir aquello del comunista portugués no debería leer el libro de Raul Hilberg La destrucción de los judíos europeos (Aquí, el libro), que basta por sí solo para desmontar las falacias revisionistas amadas por los neonazis y por el tirano de Irán, ni ver el escalofriante relato de Claude Lanzmann, sino simplemente ver, aunque no sea completo, el breve y clásico documental Noche y niebla de Alain Resnais. Pero no es de la Shoah, tan dolorosa, de la que quiero hablar. Vamos a lo de ahora, a lo de estos días, esta tregua entre las explosiones.

Shoah (Claude Lanzmann, 1986), subtitulada



Noche y niebla (Alain Resnais, 1955)

            Quien dude, puede bucear un poco en la red. No es preciso hacerlo en los libros, si no se quiere. En el caso de que se busque uno, puedo recomendar La tierra más disputada: El sionismo, Israel y el conflicto de Palestina, de Joan B. Culla.  Vayamos a los hechos sencillos. Existió un reino llamado Israel y un reino llamado Judea. Borrados definitivamente por los romanos. Nunca existió un reino o república o emirato o lo-que-sea llamado Palestina. Palestina es un término geográfico, no político. Por lo tanto, lo que se llevó a la práctica en 1948, la partición de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, fue una restitución basada en derechos históricos. Los derechos históricos son también aducidos por los pro-palestinos. Nadie les niega, ni siquiera un sionista como yo, el derecho a vivir en ese espacio. Lo que defendemos los sionistas es el derecho a que exista el estado de Israel. No propugnamos el exterminio de los palestinos, arrojarlos al mar. Hamas, y sus grupos afines, sí piden justamente eso con los judíos, con los israelíes. ¿Os suena, además, eso de la Yihad? ¿Os acordáis del 11 de septiembre de 2001, del 11 de marzo de 2004? Pues eso. Ah, la mentalidad de los islamistas que hicieron esas matanzas sí es una mentalidad genocida.

Un paseo por Gaza

            Sigamos. El 14 de mayo de 1948 Israel cumplió lo aprobado por Naciones Unidas. ¿Qué sucedió en el lado árabe? Atacar al recién nacido estado judío. Cinco ejércitos contra las milicias israelíes. Venció Israel. ¿Qué pasó con los árabes?, ¿crearon su estado, ese estado que ahora reclaman? No. Un gran número se exilió a los países derrotados en aquella guerra de Independencia de Israel. Y los terrenos previstos para el estado palestino fueron anexionados por Israel y por Jordania. Oh, sorpresa. Quien le quitó a los palestinos su suelo, su estado, no fueron los repugnantes judíos sionistas. Fueron sus amigos árabes y musulmanes. De ahí vino el conflicto. Y vinieron acciones terrorista, y más guerras de varios países árabes a la vez contra el pequeño estado de Israel. Ganadas todas por Israel. De manera muy notoria la de 1967, con el resultado de que esa vez Israel se anexionó Gaza, Cisjordania, los altos del Golán y la península de Sinaí. Construyendo colonias en muchos de esos territorios, cierto es.

Golda Meir: Cuando los palestinos quieran a sus hijos
mas de lo que odian a Israel se solucionará el problema



            El Sinaí fue devuelto a Egipto a cambio de paz merced a los acuerdos de Camp David. Fue el comienzo de la política de “Paz por Territorios”. Damos otro salto, y vamos al 2005. Entonces se verifica el Plan de Desconexión por parte de Ariel Sharon, viejo soldado y héroe de la guerra de 1967, que como Primer Ministro hizo que Gaza fuera devuelta, aunque no en su totalidad, a la Autoridad Palestina, evacuando los asentamientos de colonos israelíes. Como experiencia piloto (si todo salía bien, el siguiente paso sería devolver Cisjordania). Paz por territorios, ya se sabe. Desde el lado palestino, se siguió atacando a Israel. Con cohetes primero artesanales, y ahora fabricados por Irán. ¿Qué haríais si vuestro país es atacado con cohetes de forma diaria? Yo, defenderme. Contraatacando. Es lo que ha hecho Israel. Simplemente. ¿Niños muertos, madres llorando, barbarie? Sí, son reales esos muertos. ¿Se deben condenar, lamentar, esas muertes? Por supuesto. Pero Israel no es la culpable única. Está comprobada la táctica de situar arsenales, y plataformas de lanzamiento de cohetes, entre instalaciones civiles como hospitales, escuelas o edificios de viviendas. Así, cuando Israel los ataque se garantizarán un buen puñado de niños, de mujeres, de civiles muertos para pasear los cuerpos ante las buenas conciencias para que escriban aquello de que Israel está haciendo un genocidio.


            Toda esta exposición es simplista y apresurada. Pero necesaria. Es una explicación del conflicto palestino-israelí apta para que la comprenda hasta un niño. Otro dato que no debe obviarse es que Ahmed Jabri, jefe militar de Hamas, asesinado por Israel al comienzo de esta escalada, fue responsable de numerosos crímenes. Entre ellos el abominable secuestro del soldado Gilad Shalit. Antes de la muerte de Jabri, y después, el lanzamiento continuado de cohetes es el que ha producido la respuesta de Israel. Es lo que tiene el jugar con fuego. Que te lo devuelven.



domingo, 27 de mayo de 2012

Meditad que esto ha sucedido

El Día de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto nos pone frente al deber ético de pensar en nuestros demonios
El 28 de enero será, es, un día de inmensa tristeza. Debe serlo, como un deber sagrado, para los que no podemos, no debemos, olvidar. En él se conmemora la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. Se trata, por acuerdo de la Asamblea General de la ONU, del Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto. El término Holocausto, de significado religioso, de ofrenda a una divinidad, no es el más adecuado, ya que asocia al término una cierta racionalidad, un propósito. Más acertado es el término hebreo, Shoah, que significa, concisa y simplemente, tanto masacre como desastre. La tendencia escapista, de consumo rápido y rápido olvido, de nuestra sociedad, su gusto por el hedonismo que rechaza todo lo que sea doloroso o simplemente feo, obliga a soslayar el dictamen tan debatido del filósofo Theodor Adorno que en su “Minima moralia” proclamó, tajante, que  “Escribir un poema después de Auschwitz es barbarie. Después de Auschwitz toda cultura es inmundicia”.
Lasciate ogni speranza...
Sobre las vías, tantos objetos humildes, inútiles

Contra el olvido
El mismo Adorno, en una alocución radiofónica de 1966 reconocería la necesidad de que Auschwitz no fuera, jamás, olvidado: “la educación política debería proponerse como objetivo central impedir que Auschwitz se repita”. Es un deber de todos conjurar ese infierno, que fue EL infierno, del que Auschwitz es sólo el nombre más conocido de las múltiples sedes que el horror tuvo, para que sus puertas, de llamas insaciables, nunca más se abran. Tan inimaginable fue el espanto, el mal absoluto, que el premio Nobel Eli Wiesel, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, lo resume con concisión: “Nadie podía imaginar Auschwitz antes de Auschwitz”. En sintonía con él, otro Nobel superviviente, Imre Kertész, remacha: “El campo de concentración sólo es imaginable como literatura, no como realidad”. Otro Nobel, que vivió la guerra desde el lado alemán y siendo un adolescente, Gunter Grass, concluye el póker de citas: Auschwitz “aunque se rodee de explicaciones, nunca se podrá entender”.


Haïm Vidal Sephipha, superviviente sefardí de Auschwitz, formula de forma sencilla esa necesidad de recordar y de contar lo vivido, lo sobrevivido: “Hay que salvar la memoria de todo lo que sucedió en este periodo del nazismo para enseñar que los horrores existieron y existen todavía en este mundo. Del mismo modo que los nazis quisieron exterminar, nosotros debemos exterminar los horrores, el fanatismo y los genocidios de este mundo”. Simon Wiesenthal, el conocido cazanazis que estuvo internado en una docena de campos de concentración, viene a señalar esa necesidad como forma de llevar la contraria a los verdugos. En “Los asesinos están entre nosotros”, Wiesenthal recuerda cómo los soldados de las SS advertían, ufanos, a los prisioneros: “De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia de los campos, seremos nosotros quien la escriba”.  

Hundidos y salvados
Seis millones de personas murieron en la Shoah, tanto en su primera fase, encargada a los “Einsatzgruppen” (escuadrones militares que en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial exterminaron a un millón de personas en Polonia y la Unión Soviética), como en la fase posterior, conocida como “Solución Final”, en la que los campos de exterminio se erigieron como factorías de muerte. Usando la terminología de Primo Levi (tal vez el más admirado escritor superviviente y que en sus tres libros esenciales sobre la Shoah, “Si esto es un hombre”, “La tregua” y “Los hundidos y los salvados” no se permite una palabra de odio hacia los alemanes), los que sucumbieron, seis millones, son los hundidos; los tres millones de  judíos que quedaban con vida en Europa al terminar la guerra son los salvados. El filósofo Giorgio Agamben, en su ensayo “lo que queda de Auschwitz” advertía (y es algo que también Levi admitía) que el testimonio verdadero de Auschwitz es imposible pues sólo puede venir de los hundidos, los que no volvieron, los que no pudieron relatar la experiencia de su muerte en las cámaras de gas o en los hornos. A lo más, quedan los testimonios póstumos, como los de Ana Frank, que no pudo contar su vida en los campos, o el de Zalman Leventhal, miembro de un sonderkommando [cuadrilla de trabajadores judíos encargado de transportar y manipular los cuerpos de las víctimas en los campos de exterminio], en un testimonio enterrado en el subsuelo de Auschwitz y encontrado 17 años después de la liberación del campo: “Ningún ser humano puede imaginarse los acontecimientos tan exactamente como se produjeron, y de hecho es inimaginable que nuestras experiencias puedan ser restituidas tan exactamente como ocurrieron… nosotros, un pequeño grupo de gente oscura que no dará demasiado que hacer a los historiadores”. El destino de los miembros de los sonderkommando lo expresa Albin Ossowski, superviviente de Auschwitz: “El contacto más trágico que teníamos en el campo era con el Sonderkommando. Lo que describían, lo que tenían que hacer, era horrible. Un hombre dijo que en el grupo que había tenido que quemar estaban los cuerpos de su esposa y sus hijos. Estuvo llorando toda la noche y no podías ayudarle ni hacer nada. Los Sonderkommando vivían sentenciados a muerte, porque al cabo de tres o cuatro meses los alemanes temían que se volvieran locos y los mataban”. Este testimonio, junto a muchos otros, integra el excepcional volumen coordinado por Lyn Smith “Las voces olvidadas del Holocausto” que reúne vivencias recopiladas por el Imperial War Museum, un libro comparable a la otra gran recopilación, de Michal Grynberg, titulada “Voces del gueto de Varsovia”.

Las cifras de mortalidad son abrumadoras. Primo Levi, en un texto complementario a “Si esto es un hombre”, hace una comparación con el Gulag soviétrico: “Al parecer, en la Unión Soviética, en el período más duro, la mortandad era de un 30% de la totalidad de los ingresados, un porcentaje sin duda intolerablemente alto; pero en los Lager alemanes la mortandad era del 90-98%”. En el propio cuerpo del libro, pone un ejemplo sencillo: “Entre las cuarenta y cinco personas de mi vagón tan sólo cuatro han vuelto a ver su hogar; y fue con mucho el vagón más afortunado”. En Bolechow, perteneciente a Polonia en el momento de la Shoah y ubicada actualmente en Polonia, donde vivían en armonía con polacos y ucranianos 6.000 judíos, fueron exterminados el 99’2%. El relato de lo allí sucedido se puede encontrar en el emocionante y abrumador libro “Los hundidos. En busca de seis entre los seis millones”, de Daniel Mendelsohn. En su magnífico relato de investigación, Mendelsohn relata su pesquisa para averiguar cómo murieron, y cómo vivieron, seis familiares suyos asesinados a manos de los nazis. Dentro del libro, recoge el testimonio de una superviviente de Bolechow que es preciso citar para demostrar hasta qué extremo de crueldad inhumana se llegó: “Los alemanes y los ucranianos se ensañaron sobre todo con los niños. Tomaban a los niños por las piernas y les golpeaban la cabeza contra el bordillo de las aceras mientras reían e intentaban matarlos de un solo golpe. Otros lanzaban a los niños desde el primer piso, así que el niño en cuestión caía sobre el pavimento de ladrillo hasta quedar hecho trizas. Los hombres de la Gestapo se jactaban de haber matado a seiscientos niños, y el ucraniano Matowiecki estimó con orgullo que había matado a noventa y seis judíos él solo, en su mayoría niños” Heinrich Himmler ya lo había proclamado en septiembre de 1941 con palabras brutales y directas: “Hasta el niño en la cuna debe ser pisoteado como un sapo venenoso… Vivimos en una época de hierro, en la que es necesario barrer con escobas de hierro”, y más tarde, en un discurso ante un grupo de generales, en mayo de 1944, buscará una forma elíptica para justificar la  inclusión de los niños en la matanza: “Desde mi punto de vista, como alemanes, por muy profundamente que lo sintamos en nuestros corazones, no tenemos derecho a permitir que crezca una generación de vengadores llenos de odio de la que tengan que ocuparse nuestros hijos y nietos porque nosotros, demasiado débil y cobardemente, se la dejamos”. Pero el paso de la destrucción de los judíos de Europa a través de los Eisantzgruppen al método de los campos de exterminio se dio tras asistir Himmler a una de aquellas acciones de asesinatos en masa. Los testigos cuentan que aquella vez eran menos de doscientas las víctimas y que el cabecilla nazi, llegado un momento, prefería mirar al suelo. También los verdugos empezaban a dar muestras de agotamiento nervioso…
Yizkor
Aparte de los libros de Primo Levi, de Liana Milu, de Jean Améry, de Robert Antelme, Eli Wiesel, Ruth Krüger, Paul Steinberg, Jorge Semprún, Irène Nemirovsky o Imre Kertész, de los diarios de Mihail Sebastian, Wladyslaw Szpilman o Viktor Klemperer, de las memorias de Margarete Buber-Neuman “Prisionera de Stalin y Hitler”, del (por qué no y a la vez cómo no) cómic “Maus” de Art Spiegelman,  de los breves apuntes de los niños Rutka Laskier y Petr Ginz, de los poemas de Paul Celan, Miklos Radnóti, Jirí Orten o  Itsjok Katznelson (muerto en Auschwitz, allí dejó enterrado en tres botellas selladas su sobrecogedor “Canto del pueblo judío asesinado”) quedan, como última frontera contra el olvido, los libros de Yizkor. El término, hebreo, significa literalmente “que Él recuerde” y en un sentido más general “Recordación de las almas”; es una plegaria por el descanso y la elevación de las almas de los difuntos. En palabras de Alejandro Baer, “una de las elaboraciones más significativas y menos conocidas de la memoria judía ante la catástrofe del Holocausto son los libros memoriales o, en yidish, “Yisker Bicher”, escritos por los supervivientes de las ciudades y aldeas judías del Este europeo destruidas por los nazis. Esta literatura memorial comprende más de quinientos volúmenes. Los libros, editados en varios formatos y que pueden tener desde pocas páginas a una extensión de cuatro volúmenes, surgen de la necesidad de dejar un testimonio escrito sobre las comunidades y rendir homenaje a las víctimas. Los libros suplen la ausencia del lugar de memoria –el cementerio- y quedan como legado y monumento para las generaciones futuras”. Esos volúmenes se encargan de aportar vida eterna a las vidas exterminadas por voluntad de los nacionalsocialistas.    

Réquiem
Primo Levi inicia su primer gran libro acerca de la Shoah con un poema intenso y breve que sirve como advertencia y conminación, que sirve ahora para poner fin a estas palabras que quieren ser también un lamento, un réquiem, por tantos inocentes, por tanta ceniza dispersa y sin nombre: “Vosotros que vivís seguros / en vuestras casas caldeadas / vosotros que os encontráis, al volver por la tarde, / la comida caliente y los rostros amigos: / considerad si es un hombre / quien trabaja en el fango / quien no conoce la paz / quien lucha por la mitad de un panecillo / quien muere por un sí o por un no. / Considerad si es una mujer / quien no tiene cabellos ni nombre / ni fuerzas para recordar / vacía la mirada y frío el regazo / como una rana en invierno. / Meditad que esto ha sucedido: / os encomiendo estas palabras. Grabadlas en vuestros corazones / al estar en casa, al ir por la calle, / al acostaros, al levantaros; repetídselas a vuestros hijos. / O que vuestra casa se derrumbe, / la enfermedad os imposibilite, / vuestros descendientes os vuelvan el rostro”.
                                            Artículo publicado en diario Sur el 22 de enero de 2010