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lunes, 11 de agosto de 2025

Lecturas: M. Los últimos días de Europa (Antonio Scurati)

En su tercera entrega de la saga M., Antonio Scurati parece perder toda paciencia con Mussolini. Si hasta entonces era brutal y astuta, en modo alguno admirable, ahora es sólo brutal. Y torpe. Un Duce que cae en la trampa, en la seducción, de Hitler, que cada vez más solo y consciente de la debilidad de Italia, proclama que ha llegado “la hora de las decisiones irrevocables” 

Sin contemplaciones, en la nota con que abre el libro, Scurati señala que Este libro cuenta cómo nace una guerra, y y que en los acontecimientos que aquí se narran, los feroces, dementes perros de la guerra, fuimos nosotros, los italianos. Esa idea de la co-responsabilidad, la co-culpabilidad, del pueblo italiano es patente en todo el libro. Se nos han hurtado, entre el anterior volumen y este, seis años. Si este comienza en 1938, el anterior terminaba en octubre de 1932. Es como si, cansado de ser tan meticuloso en la crónica, quisiera darle pronto carpetazo a su villano, dirigirlo cuanto antes hacia las balas de la primavera de 1945 y a las torpes acrobacias del piazzale Loreto. También el lector, este lector, se cansa de las vociferaciones del líder, del entusiasmo acomodaticio de su pueblo. Esta vez, Mussolini promulga innecesarias leyes raciales y se muestra rendido, sumiso, ante la energía del nazismo.

Asistiremos a las dudas de Bianchi-Bandinelli, el conocido historiador del arte, sobre si debe aprovechar la coyuntura de ser cicerone de  ambos dictadores para atentar contra los dos, o la perplejidad de Renzo Ravenna, podestá judío de Ferrara, voluntarioso fascista, patriota y bienintencionado, que asiste espantado a su persecución en nombre de una latinidad excluyente, de un verdadero nazismo italiano. Los demás personajes, poco interesan, poco importan. Y el que menos, Mussolini.



jueves, 31 de julio de 2025

Lecturas: M. El hombre de la providencia (Antonio Scurati)

Mientras preparaba un viaje de trabajo a China, del que ya me ocuparé en este blog, estuve leyendo velozmente los tres primeros volúmenes de la tetralogía, verdaderamente extraordinaria, de Scurati sobre Mussolini. Que no es, no, una novela histórica: es un espejo oscuro y brutal de nuestro pasado reciente. Y, al mismo tiempo, una advertencia disfrazada de literatura. Sin juzgar, Scurati muestra una época. Para que cada lector llegue a sus conclusiones. Tiene una habilidad excepcional para desentrañar las raíces del poder totalitario sin necesidad de grandes discursos. Su narración entrelaza hechos documentados con la ficción, lo que produce una sensación inquietante: como si lo que ocurrió entonces pudiera repetirse, de nuevo, bajo nuevas máscaras.



Aunque no busque pontificar, hay afirmaciones que buscan confirmarse en la praxis literaria de Scurati. Como El fascismo no fue una ideología, fue una práctica del poderEsta afirmación, breve y devastadora, me ha hecho pensar en cómo muchas veces confundimos las etiquetas con las realidades. Cuántas veces, en nuestra vida cotidiana, aceptamos discursos sin analizar las prácticas que los acompañan. ¿Qué queda de una idea cuando sus actos la contradicen? Otro ejemplo: La verdad ya no importaba, solo la fuerza de quien la proclamaba.

Al leerlo, no pude evitar mirar las redes sociales, la política actual, tan siglo XX, tan chata y tan bruta,  los debates públicos donde la verdad parece cada vez más relativa, maleable, y lo que prima es el tono, la agresividad, el volumen. ¿No estamos, acaso, repitiendo algunos de los errores del siglo XX, aunque disfrazados de modernidad? Quien tenga oídos para oír, que oiga. 

Pero si hay un acontecimiento medular en este libro es la pasión y muerte de Giacomo Matteotti, de quien recuerdo un dato baladí desde mi adolescencia lectora como es el del nombre de su perro, Trapani, que no aparece en Scurati. Saber ese dato sitúa a Matteotti en la autenticidad de una vida cotidiana, la de un hombre que tuvo un perro y amó y fue asesinado de la peor manera. 

De ahí que entre todas las páginas turbadoras del libro, hay una herida que nunca cicatriza del todo, el asesinato de Giacomo Matteotti. En su retrato de Benito Mussolini —ya consolidado como “el hombre de la providencia” en el imaginario fascista—, el autor revela un líder que no duda en sacrificar lo que sea necesario para mantener su dominio, incluso la vida de un opositor incómodo.

Sobre Matteotti, Scurati escribe: Matteotti muere dos veces: una, asesinado por el cuchillo; otra, cuando su memoria es sepultada por el silencio cómplice del país. Esta cita no te deja indiferente porque no solo habla de la violencia física, sino del crimen moral y colectivo que ocurre cuando una sociedad opta por mirar hacia otro lado. Mussolini no necesitó firmar la orden de ejecución: le bastó con crear el clima, soltar la jauría, y luego esperar en silencio. Y lo más escalofriante es que funcionó.



El asesinato de Matteotti fue un momento decisivo. Y también un momento de prueba para el régimen. Durante semanas, la prensa, la oposición y buena parte de la opinión pública exigieron justicia. Parecía que Mussolini caería. Pero no cayó. Porque entendió, como Scurati apunta con precisión quirúrgica, que El miedo y la indiferencia son los verdaderos pilares de todo poder autoritario.

La relación entre Mussolini y Matteotti no es simplemente la de un dictador y su víctima. Es el retrato de un sistema que permite que la violencia se vuelva útil, que la ética se subordine al cálculo político, y que el crimen se oculte bajo capas de retórica. Entonces, allí. Ahora, aquí. Quien tenga oídos...



sábado, 28 de junio de 2025

Lecturas: M. El hijo del siglo (Antonio Scurati)


Desde hace años se me amontonaban algunos libros sobre el dictador italiano: Duce! Duce! de Richard Collier, Pio XII, Hitler y Mussolini de Giorgio Angelozzi Gariboldi, El papa de Hitler de John Cornwell, el Atlas ilustrado del fascismo de Jesús de Andrés Francesca Tacchi o El fascismo de Stanley G. Payne. Eso sin contar los títulos sobre la versión española del fascismo e incluso argentina (el inevitable Perón de los años 40 y 50 y quien sabe si también de después). En ellos pensaba encontrar algún apunte sobre si el fascismo y el nacionalsocialismo no son sino derivaciones  del estatismo socialista. Tal vez la futura lectura de Camino de servidumbre, de Hayek, termine de aclararme esa conexión. En todo caso, este primer volumen de la tetralogía novelística  de Antonio Scurati, M. El hijo del siglo (2018), representa una de las aproximaciones más ambiciosas y rigurosas a la figura de Benito Mussolini y al nacimiento del fascismo en Europa. El autor italiano propone una obra híbrida entre la novela histórica y el ensayo documental, que reconstruye el período comprendido entre el final de la Primera Guerra Mundial y la consolidación del poder fascista en Italia (1919-1924). ficción y a la vez no ficción, un Truman Capote con su aquel de académico. Un autor sobresaliente y acaso una obra maestra.

Desde una perspectiva narrativa que combina fuentes primarias, intercaladas entre los breves episodios, dejando clara la solvencia documental de Scurati, con técnicas propias de la ficción literaria, el autor logra dotar de profundidad psicológica a un personaje que, por décadas, ha oscilado entre la mitificación nacionalista y la demonización superficial. La tesis implícita de la obra es clara: “Mussolini no fue un monstruo. Fue un hombre de su tiempo”. Esta afirmación, que aparece en las primeras páginas del libro, no busca exculpar al dictador, sino evidenciar el carácter sistémico, colectivo e ideológicamente sedimentado del fascismo como fenómeno histórico. En pocas palabras: Mussolini, y con él Italia, fue fascista porque pudo. Por mucho que la nación se incluyera entre las vencedoras de la Primera Guerra Mundial, la torpe gestión de la victoria y la glorificación de los soldados conocidos como Arditi, que son casi casi el equivalente itálico a los de los Freikorps alemanes y protonazis, junto a derrotas como la de Caporetto o las extenuantes batallas de Isonzo (nada menos que doce fueron, cinco de ellas victorias italianas, tres inciertas, tres austriacas así como la victoria final para las potencias centrales), llevaron a esa Italia perpleja y empobrecida, desprovista de gloria, al ensalzamiento de la violencia para esquivar un sesgo soviético.



El uso constante de materiales documentales (discursos parlamentarios, artículos periodísticos, actas del partido, cartas privadas) dota al texto de una legitimidad historiográfica que, sin renunciar a la literatura, le permite funcionar como un libro de historia. En palabras del propio autor, “el fascismo no venció por la violencia de unos pocos, sino por la renuncia de muchos”. Efectivamente, la responsabilidad no recae exclusivamente en la élite política, sino también en la sociedad civil que, por acción u omisión, legitimó el ascenso del totalitarismo.



A nivel estilístico, Scurati escribe con una prosa densa, sobria pero iluminada esporádicamente por deslumbrantes metáforas, que rehúye del dramatismo fácil y apuesta por la frialdad expositiva.  Uno llega a escuchar la voz de Mussolini, arrogante y seductora, y a percibir cómo su figura se agiganta en medio del caos de la posguerra italiana.

En conclusión, M. El hijo del siglo no es solo una novela sobre Mussolini. Es una obra sobre la fragilidad de las democracias liberales, la manipulación del lenguaje político, el poder del relato y la facilidad con que la violencia puede institucionalizarse bajo discursos de orden, patria y grandeza. En tiempos de polarización y auge de nuevos populismos, su lectura se vuelve no solo pertinente, sino necesaria. Urgente.



jueves, 22 de octubre de 2020

Lecturas: El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado (Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas)

¡Fascista, fascista, fascista! Corren tiempos en que cualquiera puede ser tildado de fascista. Basta con defender la primacía de las leyes o del pacto constitucional de 1978 para que la turba de comunistas (de mierda) te asalten con ese término infamante. Yo mismo, que me declaro monárquico (como lo fue el propio González-Ruano) y que participé de las quimeras imperiales (de Isabel y Fernando el espíritu impera, cantábamos ya con el general muerto marchando bajo el emblema de una cruz potenzada que era como una esvástica tímida), seguramente seré tildado de eso. No importa (que era, ay, el título del "Boletín de los días de persecución" de Falange en aquel Madrid de 1936 que por ser una República tenía que ser un dechado de cultura, paz, concordia y progreso. Pero más me vale, pedazo de fascista, dejar las ironías).



Este libro, de lectura apasionante, pretende ser, y lo es, una indagación en el lado oscuro de uno de mis autores favoritos de aquella España de bigotillos, café con leche y humo de castañas. González-Ruano, de quien la Fundación Mapfre eliminó el premio de periodismo que lo homenajeaba), es autor de unas maravillosas y ácidas memorias (Mi medio siglo se confiesa a medias) y de, entre otros muchos libros, de uno que en versos de imaginería a ratos surrealista refleja su experiencia parisina como preso de la Gestapo: Balada de Cherche-Midi).  

En la red encuentro un fragmento de esa balada de añoranza y desvelo. Copio: 

Es difícil imaginar las calles desde aquí
verlas con los oídos como ríos poblados,
difícil de pensar que mientras sueño dentro
fuera no duerme nadie todavía.
¿Desde dónde me pones hasta mi horrible noche
el telegrama urgente de tu aliento lejano?
¿Dónde estás ahora mismo ,qué voz dura de hombre
te habla mal de tu hombre y me hiere en tu oído?
¿Cómo llevas las uñas desde que no te veo?
¿Malvas ,azules,rojas?¿Descuidadas y tristes
te han crecido en la sombra cerrada de mi ausencia?
¿Rezas en los altares a los santos franceses?
¿Hablas entre los bares con negros policías
para decirles que yo puedo ser útil o ser bueno?
Cuando llega la noche, ¿dejas la puerta abierta
de la casa en que falto o te encierras con llave?
¿Abandonas tu cuerpo desnudo y solitario
entre retratos míos? ¿Oyes misa y te encuentras
a la salida del aire mío ,el aire
que viene de mi boca sucia a golpes?
Dime hasta donde llega tu cuerpo estando sola
en la cama del tiempo:
¿te tropiezas más con la Luna cuando andas
o le das la alegría de tu melena al Sol?
¿Habrás crecido ya tres meses justos
de tu anterior tamaño verdadero?
Tu voz es como un hijo nuevo y claro
que me llega al oído cuando duermo.

Pues bien, este libro escrito a dos manos, con capítulos debidos a Sala Rose y otros a García-Planas, no llega a demostrar los crímenes de González-Ruano. Aparte de la indiferencia hacia el dolor de las víctimas del nazismo, y de un palmario desprecio hacia el prójimo, la investigación intenta situar al avaricioso autor lucrándose con la muerte de refugiados judíos asesinados al llegar a Andorra. Se non è vero, ya se sabe: difamación.   



Sea como sea, es difícil mantener la admiración hacia González-Ruano, de quien tengo una quincena de títulos en mi biblioteca. Y que seguiré leyendo con placer siempre que haga abstracción de las enormidades de las que se le hace plausible sospechoso. Una condena por "inteligencia con el enemigo" por los tribunales de desnazificación franceses sirve para apoyar la condena moral de Ruano. Porque quien no crea en la culpabilidad de Ruano, que aquí no es demostrada, es, ya se sabe, un fascista. Como yo.


lunes, 30 de marzo de 2020

Lecturas: A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (Manuel Chaves Nogales)

España tiene algunos equivalentes al inmarcesible discurso de Gettysburg de Lincoln. El de Paz, piedad y perdón de Manuel Azaña (Barcelona, 18 de julio de 1938. disponible aquí) tal vez sea el más conocido. Sepultado ha quedado el del general Yagüe (Burgos, 19 de abril de 193.Disponible aquí), que con alguna exaltación antisemita elogia a los enemigos de entonces. El prólogo de Chaves Nogales a esta colección de relatos, escrito mucho antes que esos ejercicios de imparcialidad, menos o más verosímiles, tiene una grandeza que no ha hecho sino crecer. El libro, publicado en el exilio y redactado en los últimos meses de residencia de Chaves en la España republicana a la que había servido, es un ejercicio de honestidad sostenida en cada página. Se trata, por tanto, de una lectura que enfurecerá a los fascistas o neofascistas de ahora porque destapa la barbarie de los suyos. Una lectura que enfurecerá a los comunistas o antifascistas de ahora, porque denuncia la barbarie de los suyos. Yo, que soy por antifascista y anticomunista, porque sé ver los errores y el ánimo de opresión y exclusión que mueve a ambas ideologías totalitarias, ambas igualmente criminales, me declaro habitante de esa tercera España quimérica e inexistente que encarnó con ejemplar transparencia, Chaves Nogales. 


En el prólogo, Chaves se reconoce pequeñoburgués liberal, se retrata como alguien capaz de denunciar las carencias de ambas ideologías: Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Alguien que no tiene miedo a expresarse con palmaria claridad: Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguar daba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. 



En fin, alguien a quien elevar al santoral laico de quienes no quisieron cambiar ideas por ideología. Alguien que no quiso renunciar a la libertad para abrazar a la igualdad. Que no renunció a sus deseos de igualdad en nombre de una libertad que, lo sabemos, fue otra hipótesis que nunca se demostró, que no fructificó en la generación de nuestros padres y abuelos. Quien quiera amar a Chaves, lo puede hacer simplemente leyendo ese prólogo que destapa el terror rojo y el terror azul. Y que está disponible, íntegro, aquí.


¿Y los relatos? Pues son magistrales, situados a ambos lados de las trincheras. Crueles todos. En ¡Massacre, massacre! tenemos el Madrid bombardeado con sus periodistas extranjeros intentando narrar la tragedia, en La gesta de los caballistas tenemos a la aristocracia rural andaluza y fascista con su prosopeya mística y cerril. En Y a lo lejos, una lucecita asistimos a la persecución de los quintacolumnistas con métodos brutales. En La Columna de Hierro, acompañamos a un batallón irregular revolucionario con su justicia ciega y la crueldad desatada en la sangre y las palabras y el presunto pensamiento. Todo así, todo sin adornos pero con un pulso narrativo admirable. Si nos quitamos los lectores las anteojeras de las que no supieron liberarse los españoles de entonces, y tantísimos de ahora, encumbraremos este libro como una de las obras más singulares, y mejores, de nuestro sangriento siglo XX. Y una vacuna para este siglo XX en el que los herederos de unos y otros, hunos y hotros en términos unamunianos, quisieran repetir, con la suerte que menester fuera, aquel conflicto. Que San Manuel Chaves Nogales, en ese caso, nos pille confesados. Y con la maleta preparada. 

domingo, 21 de junio de 2015

Lecturas: Historia de la literatura fascista española (Julio Rodríguez Puértolas)


Se puede tener razón, en la vida y en los libros, pero se puede perderla por aquello de los modos, de las intenciones. Es lo que le pasa a Rodríguez Puértolas con este libro titánico. La primera edición, de 1985, consistía en esta Historia más una antología de textos. La que reseño es la de 2007, desprovista, ay, de la antología. La forma de exponer, más que militante en los diversos prólogos, de Rodríguez Puértolas echa, mucho, para atrás. La insistencia despreciativa en llamar Primo a Primo de Rivera (apellido compuesto, como lo era su segundo, Sáenz de Heredia), el afán destructivo, diríase que de venganza, la facilidad para llamar fascista con extrema ligereza, todo ello hace que el enorme esfuerzo de documentación que hay tras este libro se diluya y quede como un panfleto hinchado y orgulloso. Cuando renuncia a escribir con martillo (y con hoz), llega a hacer análisis de autores bastante notables, como el de la obra narrativa de Torrente Ballester pasada la guerra. Intenta ser convincente cuando intenta hacer lo mismo con   Camilo José Cela, pero le puede el dogmatismo, y se ceba, con innecesaria energía, con Jiménez Losantos, con Sánchez Dragó, con Martínez Cachero (a quien dedica siete páginas, algo desproporcionado). Y por intentar ajustar cuentas, lo intenta, con notable cobardía, con Francisco Umbral. Raro es el momento en que reconoce talento, calidad o simplemente estilo en cualquier autor de los que reseña. Ni siquiera en González-Ruano o en Foxá.

1935: José Antonio Primo de Rivera, tercero por la izquierda. A su izquierda Eugenio Montes y Rafael Sánchez Mazas.

Sirve, eso sí, este libro para poner de manifiesto hasta qué punto era antisemita el fascismo español, con alarmantes ejemplos que yo desconocía hasta ahora. Sirve también para sacar a colación libros tan curiosos como la muy ditirámbica "Ofrenda Lírica a José Luis de Arrese en el año IV de su mandato". Eso sí, quien quiera conocer mejor la literatura falangista puede recurrir al muy aconsejable "La corte literaria de José Antonio" de Mónica y Pablo Carbajosa. Por mucho que se aborrezca del fascismo, la lectura de este estudio agrio, combativo y exasperante lleva a la tentacion, por la propia lógica del autor, de imaginar algo que con igual voluntad de incordiar, se llamaría "Historia de la literatura comunista [o, incluso, roja] española"en la que se incluyeran todos los que hayan escrito algo que no pueda ser tildado de fascista o de meramente conservador. 

Propina musical: Ya hemos pasao (por Celia Gámez)


( Era en aquel Madrid de hace dos años 
donde mandaban Prieto y don Lenin 
Eran en aquel Madrid de la cochambre, de Largo Caballero y de Negrin. 
Era en aquel Madrid de milicianos, de hoces y de martillos y soviet. 
Era en aquel Madrid de puño en alto, donde gritaban ¡No pasarán!).


¡No pasarán! 
decian los marxistas. 
¡No pasarán! 
gritaban por las calles. 
¡No pasarán!, 
se oia a todas por plazas y plazuelas con voces miserables. 
Ya hemos pasao!!
y estamos en las cavas 
Ya hemos pasao !!
con alma y corazón 
Ya hemos pasao!!
y estamos esperando pa ver caer la porra de la gobernación. 
Este Madrid es hoy de Yugo y flechas, es sonriente, alegre y juvenil. 
Este Madrid es hoy brazos en alto, y sigos de facheza, cual nuevo Abríl. 
Este Madrid es hoy de la Falange, siempre garboso y lleno de cuplés. 
A este Madrid que cree en la paloma,(...) 
Ya hemos pasao !!, 
decimos los facciosos, 
ya hemos pasao !! 
gritamos los rebeldes 
ya hemos pasao!!, 
y estamos en el prado mirando frente a frente a la señá Cibeles. 
No pasarán, 
la burla cruel y el reto 
No pasarán, 
pasquines en las paredes 
No pasarán, 
gritaban por el micro, chillaban en la prensa y en todos los papeles. 
¡ No pasarán !

jajajaja!!

¡¡ YA HEMOS PASAO !!



sábado, 31 de enero de 2015

Hoy, 28 (o 27 de octubre) de 1922



La muchachada acabando con la casta, ¿os suena?



Déja vu, al fin y al cabo. 



Aprovecho para ponerlo hoy, antes de que llegue 2015 y ya no quede democracia, libertad, para poder expresarme.