Fue en los años ochenta, cuando fui joven, que un libro de Pagels, Los evangelios gnósticos, me dejó la curiosidad, que aún dura, por el cristianismo primitivo, el momento en que el hijo de un carpintero pasó a ser El Hijo del Hombre y en nuestro redentor. Tras las lecturas de Antonio Piñero, este libro se convierte en un manual, una guía, para fortalecer la fe y resolver dudas. Porque aquí vive, intensamente, nuestro Señor, el dulcísimo Jesús, pero enfrentado a preguntas difíciles que tienen una respuesta múltiple, sin dogma, e incómodas. Pagels combina aquí historia, erudición y experiencia personal con un tono de asombro genuino ante la figura de Jesús.
Pagels no ofrece una biografía más del Nazareno ni una reconstrucción dogmática de su mensaje. Su interés se centra en cómo las primeras comunidades cristianas interpretaron los milagros y las experiencias de lo divino desde el asombro y casi desde la perplejidad, y cómo esas interpretaciones moldearon una forma de entender el mundo. Con elegancia intelectual, conecta los textos antiguos con inquietudes humanas profundamente actuales (hasta nombra a Alexei Navalny valientemente como alguien que se enfrentó a la muerte por el bien común): el sufrimiento, la esperanza, la fe y la búsqueda de sentido.
Lo más admirable del libro es su equilibrio entre rigor académico y sensibilidad personal. Pagels logra que temas complejos —como la exégesis de los evangelios o las disputas doctrinales de los primeros siglos— resulten accesibles sin perder profundidad. En el fondo, nos invita a mirar las historias de los milagros no como pruebas sobrenaturales, sino como metáforas abiertas sobre la transformación interior y el misterio de la existencia. Y nos hace pensar si la virginidad de María fue real o una metáfora, una forma de eludir preguntas incómodas, o si el cuerpo santo de Jesús fue entregado verdaderamente a José de Arimatea. En todo caso, vibra intensamente el asombro de los discípulos al ver devuelto a la vida a quien murió sobre aquella colina.
Botticelli: Lamento sobre Cristo muerto, ca. 1490
Asombro y milagros es una lectura ideal para quienes se interesan por la historia religiosa, la espiritualidad comparada o, simplemente, por la manera en que las grandes narraciones fundacionales siguen dialogando con nuestra vida cotidiana. Más que un ensayo histórico, es una meditación luminosa sobre la fe, la memoria y el poder del asombro en tiempos de incertidumbre.
Difícilmente
se pueda concebir un compañero mejor para recorrer los Evangelios, un libro que
sirve para que el lector se acerque de forma serena y razonada a la figura
histórica de Jesús de Nazaret. Piñero presenta el libro como fruto de “muchos
años de docencia universitaria” y de diálogo con alumnos, oyentes y lectores
que le han ido planteando preguntas sobre Jesús. La forma de preguntas y
respuestas, lo que recuerda candorosamente al tradicional catecismo, hace que
el texto sea cercano y accesible, incluso para quien no está habituado a la
teología. El autor insiste en que
escribe “desde la neutralidad más absoluta, sin ánimo de herir a nadie”, lo que
paradójicamente puede resultar muy valioso para el lector católico, porque le
coloca ante un examen honrado de los datos históricos sobre Jesús sin polémica
anticristiana ni la cotidiana ironía fácil. Aun cuando el autor se expresa en
clave no confesional, el creyente puede acoger esta neutralidad como una
oportunidad para dejar que la figura del Señor resplandezca sin apoyarse
únicamente en argumentos de autoridad.
El índice del libro muestra un gran
cuidado por abarcar, de modo ordenado, prácticamente todas las cuestiones que
surgen cuando alguien se acerca a Jesús: su existencia histórica, su nacimiento
y familia, su relación con Juan Bautista, la predicación, el mensaje, la
fundación de la Iglesia, los últimos días, la crucifixión, la tumba vacía y la
resurrección. Frente a visiones fragmentarias, la obra ofrece una visión de
conjunto de la trayectoria de Jesús, desde los orígenes hasta los
acontecimientos pascuales, siguiendo las preguntas que muchos cristianos se han
hecho alguna vez.
En el capítulo primero se enfrentan
interrogantes radicales, como “¿Existió Jesús realmente?” (espoiler: ¡sí!) y
“¿En qué argumentos se basan los que niegan la existencia de Jesús?”, para
pasar después a las fuentes antiguas, dentro y fuera de los Evangelios, que
hablan de Él. La lectura de estas páginas puede fortalecer al fiel, porque
muestra que la fe no se asienta en un mito sin raíces, sino en una figura
histórica que se deja rastrear en testimonios judíos, romanos y, por supuesto,
cristianos antiguos.
Uno de los grandes aciertos del
libro es que recoge preguntas muy concretas, algunas de ellas formuladas en
lenguaje casi coloquial, que brotan del corazón del creyente contemporáneo:
sobre el nacimiento virginal, la estrella de Belén, la duración del ministerio
público, las tentaciones, la relación de Jesús con la Ley, la riqueza, la
familia, la justicia civil, o cuestiones tan delicadas como “¿Fundó Jesús una
Iglesia?”. Al enfrentarse con estas cuestiones sin esquivarlas, el lector
católico puede madurar en una fe menos ingenua y más consciente de las
dificultades, sin por ello abandonar el núcleo del Credo que profesamos cada
domingo.
El
propio Piñero reconoce con humildad que “no todas las preguntas tienen
respuestas seguras” y que la historia antigua está llena de enigmas, también en
la vida de Jesús. Esta confesión de límites, lejos de ser un obstáculo, puede
reforzar la actitud creyente: el cristiano descubre que su fe no suplanta a la
historia, ni la historia agota el misterio, sino que ambas se necesitan,
respetando el campo propio de cada una.
El
autor señala que gran parte de sus respuestas se acompaña de expresiones como
“en mi opinión”, “es posible”, “probablemente” o “el sentir medio de la
investigación”, y lo hace precisamente para no presentar como certeza lo que
solo puede formularse como hipótesis razonables. Este cuidado en la formulación
ayuda al lector creyente a distinguir entre el dato firmemente establecido y la
interpretación, y le anima a no confundir la investigación histórica —limitada
por definición— con la verdad plena que la fe confiesa en Cristo resucitado.
Además,
el libro dedica capítulos específicos a cuestiones muy sensibles para la
conciencia eclesial, como la constitución del grupo de los Doce, la posible
intencionalidad de Jesús respecto a la fundación de una Iglesia, o la evolución
posterior de ese grupo hasta llegar a una comunidad estructurada que llega
hasta hoy. Para quien vive sus pertenencias a la Iglesia católica, estas
páginas pueden leerse como un examen de conciencia histórica: se percibe con
más claridad qué pertenece al terreno de Jesús y qué ha sido fruto del caminar
de la comunidad guiado por el Espíritu Santo a lo largo de los siglos.
En
conjunto, “Ciudadano Jesús: Preguntas y respuestas” ofrece una síntesis amplia
y bien articulada de lo que la investigación histórica contemporánea considera
más verosímil sobre Jesús de Nazaret. Precisamente por estar escrito desde un
respeto real al lector, sea creyente o no, el libro se convierte en una
herramienta valiosa para el católico que desea “dar razón de su esperanza” con
argumentos sólidos y un conocimiento mejor de las fuentes.
Soy cristiano. Católico, apostólico y romano. Practicante. Con un interés por el cristianismo primitivo, por el momento en que la acción de nuestro redentor nos llevó del judaísmo a lo que hoy conocemos como cristianismo. Del mismo modo en que yo he evolucionado espiritualmente tras décadas compartiendo los valores hebreos hasta llegar a esta plenitud serena. Como cantaría Hank Willisams, I saw the light:
Sencillamente.
Disculpen esta confesión confesional. Y dada la fecha, vayamos al turrón.
Aquí, Piñero y Alonso parten de la imagen tradicional de un cristianismo que brota ya formada de la predicación de Jesús y desemboca sin sobresaltos en la Iglesia tal como la conocemos. Frente a ese relato simplificado, proponen una reconstrucción panorámica que recorre desde las primeras comunidades hasta la institucionalización de una ortodoxia dominante. Una iglesia que, sostienen con razón, se debe más a San Pablo que a San Pedro.
Uno de los grandes aciertos del libro es dejar claro que, tras la muerte de Jesús, no apareció de inmediato “el cristianismo”, sino una constelación de comunidades con teologías, prácticas y agendas muy distintas entre sí. Helenistas, judeocristianos, gnósticos, los marcionistas y otros grupos conforman un paisaje plural en el que resulta más adecuado hablar de “cristianismos”, en plural, que de una única corriente homogénea. Los autores muestran cómo ese pluriverso de creencias se va decantando lentamente a través de conflictos doctrinales, decisiones institucionales y equilibrios de poder, hasta que una de esas corrientes acaba imponiéndose y canonizando su propia versión como la única legítima. La de Pablo. El cristianismo, tal como hoy se entiende, es el resultado de esa larga historia de debates, más que la simple prolongación de la predicación de Jesús.
Piñero y Alonso ponen al servicio del lector décadas de investigación sobre el Nuevo Testamento y el judaísmo del Segundo Templo sin caer en tecnicismos innecesarios. El aparato crítico está destilado en explicaciones claras que permiten seguir cuestiones como la relación entre judaísmo y comunidades paulinas, o el papel de figuras clave como Pablo de Tarso, Pedro, Esteban o Santiago “el hermano del Señor”. Este equilibrio entre profundidad y accesibilidad convierte el libro en una puerta de entrada privilegiada para quien se acerca por primera vez al tema, pero también en una lectura estimulante para lectores como yo.
“Cómo nació el cristianismo” destaca así como una obra imprescindible de divulgación histórica: una síntesis cuidada, crítica y respetuosa que invita a pensar, a leer las fuentes ya situar la figura de Jesús y de sus primeros seguidores en su contexto judío e imperial, sin anacronismos ni simplificaciones. Es un libro muy recomendable para cualquier persona interesada en historia de las religiones, en cultura clásica o, sencillamente, en entender mejor el sustrato histórico de buena parte de nuestro imaginario contemporáneo.
Quien
esto escribe es, por convicción, y tras unos años –acaso demasiados- de
desviación hacia el Judaísmo, soy, decía, proclamo, católico apostólico romano.
De ahí que me interese sobremanera Jesús de Nazaret, su contexto histórico que
llevó de una herejía judía a una religión universal. Este libro que firman
Antonio Piñero y Eugenio Gómez Segura (que se centra en los cultos mistéricos
griegos) que incluye textos no poco meritorios de José Ramón Pérez-Accino
(sobre cómo la figura de Horus y la muerte de Osiris prefiguran en el antiguo
Egipto a Jesucristo e Isis puede ser una prefiguración de la virgen María),
Javier Alonso Pérez (con una más que notable introducción al contexto judío de
la Pasión) y Domingo Sola Antequera (sobre el tratamiento de la Pasión de
Cristo en el cine), debe la mitad de su extensión a Piñero, tal vez el más
destacado investigador español de la figura de Jesucristo. Que desmenuza lo que
sabemos e ignoramos de aquellas jornadas tomando como base al evangelio más
antiguo, el de Marcos, al que supone un texto previo, al que llama premarcano,
que servirá de fuente para el mismo y para los de Mateo y Lucas (y menos para
el demasiado tardío de Juan). Aquí, Piñero intenta, recurriendo a las diversas
fuentes, a la bibliografía y al método filológico, deslindar lo considerado
histórico de lo que es pospascual. Así, aplica el criterio de desemejanza o
disimiltud, el de dificultad, y el de atestiguación fehaciente, para llegar a
conclusiones esclarecedoras, como que Jesús no intentó fundar ninguna
religión nueva, sino profundizar y refinar la religión judía o que los
sucesos de Jerusalén no transcurrieron en una semana sino en un periodo de
alrededor de seis meses, siendo la entrada en Jerusalén en septiembre durante la
fiesta de Sucot para concluir durante la de Pésaj, siendo la última cena no una
de Pascua judía sino de mera despedida de los discípulos. Todo ello se
desmenuza y se narra con claridad, señalando datos asombrosos como que la
detención de Jesús se envió, según los evangelios, toda una cohorte romana,
compuesta por 600 soldados, lo que sirve para manifestar las inexactitudes y
exageraciones que anidan en lo que los cristianos seguimos a pies juntillas.
Es
una lectura necesaria, casi imprescindible, este libro. Como lo es, cada día,
la del Nuevo Testamento.
El autor es creador de una serie documental de diez episodios también titulada Catolicismo. Algo que desconocía hasta terminar la lectura. Yo mismo soy católico practicante (una fe es que la de mis mayores y que abandoné por, digamos, veinticinco años para acercarme al judaísmo hasta mi regreso, sereno, razonado, a la iglesia católica apostólica romana). Este libro lo leí para reforzar mi fe, y ha servido para ello por más que la mayor parte de lo que Barron afirma y transmite yo ya lo supiera. Por tanto, es una buena lectura. Pero para los que somos creyentes, y dentro de estos para los que somos practicantes. Para quien no tenga fe y a lo sumo curiosidad por la fe de Roma, de poco servirá.
Al menos eso creo yo que creo. En Dios todopoderoso creador del Cielo y de la Tierra, y en Jesucristo su único Hijo. En todo caso, es un libro esclarecedor, que más que ocuparse en la historia de esta religión, desde el origen en el judaísmo hasta su asunción como religión oficial por Roma tras una feroz persecución, el posterior Cisma de Occidente y el ulterior desastre de la Reforma luterana y la resurrección merced al Concilio de Trento, etapas que no se mencionan, es una indagación en los entresijos de la fe, un razonable y razonado recorrido por aquello en lo que los católicos nos sustentamos.
Así, Barron parte del mensaje de Jesús en los Evangelios para examinarlo a través de la subsiguiente Teología y glosar la importancia de María y del apostolado de Pablo y Pedro y exponer por qué esta Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. A continuación, detalla las minuciosas particularidades de la misa y hace un recorrido apasionado por los hechos y las ideas de Katharine Drexel, Teresa de Lisieux, Edith Stein, Teresa de Calcuta, Thomas Merton , San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. Un recorrido por las Postrimerías (Infierno, Purgatorio y Cielo) cierra brillantemente este volumen. Que consigue lo que yo buscaba en él. Reforzar mi fe. Lo que no es poco.
Cuenta Emmanuel Carrère que durante un periodo de su vida fue cristiano.
Cristiano en serio, de los de lectura diaria de los evangelios, de comunión
diaria y de esperanza diaria. Aquella experiencia pasajera, de un par de años,
está en la base de este libro híbrido escrito con buena prosa y con un tono que
se nos antoja sincero. De Carrère disfruté en su momento “Yo estoy vivo y
vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982”, que no es la mejor
biografía ni el mejor estudio sobre Dick, ya que esos méritos corresponden a
Lawrence Sutin y Pablo Capanna, pero sí es un muy buen estudio y biografía del
profeta y novelista. Este libro, que
algunos extrañan que no se encuentre entre los principales de 2015, constituye
otro ejemplo de autobiografía a través de otros. Esta vez, son los apóstoles
Pablo y Lucas los que nos guian a través de la vida de Carrère en esos años de
certidumbre.
El libro se lee con agrado, yendo desde lo testimonial del propio Carrère,
con historias como la de la ex niñera de los hijos del mismo Philip K. Dick,
que alucinado comparece aquí y allá, con menos intensidad y referencias de lo
que nos hubiera gustado a los que amamos a ese desdichado y entrañable
visionario, hasta, con mayor atención y profundidad, a los hechos de los apóstoles
que escribieron los evangelios. Por tanto, el lector avezado en el cristianismo
primitivo y su contexto (yo mismo tengo más de una docena de volúmenes, posiblemente
dos, sobre el tema) hallará satisfacción a sus inquietudes. O más bien las
multiplicará pues Carrère no aporta seguridades sino que aventura hipótesis al
plantear sus personajes históricos como de ficción al, con absoluta honestidad,
aportar posibilidades de comportamiento, motivaciones, cuando no se conocen.
Con todo, es verosímil cuanto dice el novelista francés. Véase al respecto, lo
que afirma:
Lo que digo a este respecto no es para denigrar al autor de esta
biografía[se refiere a un autor que da fechas exactas sobre
episodios dudosos de San Pablo],sino
para recordarme que soy libre de inventar siempre que diga que estoy
inventando, señalando tan escrupulosamente como Renan los grados de lo seguro,
lo probable, lo posible y, justo antes de lo directamente excluido, lo
imposible, territorio donde se desarrolla una gran parte de este libro."
Es, por tanto, un buen documento, incluso un punto de partida, para iniciar
una pesquisa sobre la fe cristiana y sus orígenes. Como también lo es, con muy
diferente discurso, “El deseo de las colinas eternas”, de Thomas Cahill, con el
que guarda alguna afinidad. Pues si en Cahill se concluye con una emocionante y
atractiva descripción de la comunidad de San Egidio en Roma, que se esfuerza en
vivir como los primeros cristianos, en Carrère ocupa ese lugar, también como
cierre del relato, un episodio de lavatorio de pies en la comunidad del Arca de
Jean Vanier. El episodio es conmovedor. La conclusión a la que nuestro autor llega,
al final de todo y como cierre último del libro es elocuente:
"He escrito de buena fe este
libro que acabo aquí, pero aquello a lo que intenta acercarse es tanto más
grande que yo, que esta buena fe, lo sé, es irrisoria. Lo he escrito
entorpecido por lo que soy: un hombre inteligente, rico, de posición: otros
tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado. Y lo
que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven
que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No lo sé."
BONUS:
A la muerte de Blaise Pascal en 1662, cosida dentro de sus ropas, se
encontró una nota que constituía el testimonio, radiante y gozoso, de su propia
conversión. Carrère no lo nombra, no es exultante en la descripción de su
momento de iluminación. Pero el interés del documento bien vale su
transcripción aquí en calidad de guía de viaje hacia la puerta del Reino:
“El año de graciade 1654. Lunes 23 de noviembre,
día de San Clemente papa y mártir y de otros en el martirologio. Víspera de San
Crisógono mártir, y de otros.
Desde
aproximadamente las diez y media de la noche, hasta aproximadamente las doce y
media.
Fuego.
“Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3, 6) y no de filósofos y
sabios. Certeza. Certeza.
Sentimiento.
Alegría. Paz.
Dios
de Jesucristo.
Deum
meum et Deum vestrum (Jn 20,7) “Tu Dios será mi
Dios” (Rt 1, 16)
Olvido
del mundo y de todo, excepto de Dios.
No
se encuentra sino en los caminos indicados por el Evangelio.
Grandeza
del alma humana.
“Padre
justo, el mundo no Te ha conocido, pero Yo te he conocido” (Jn 17, 25)
Alegría,
alegría, llantos de alegría.
Yo
me he alejado.
Derelinquerunt
me fontem aquae vivae (Jr 2, 13)
“Dios
mío, ¿seré yo abandonado?” (Mt 27, 46)
Que
yo no esté nunca separado de Él por toda la eternidad.
“Esta
es la vida eterna, que te conozcan a Ti solo Dios verdadero, y a aquel a quién
has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)
Jesucristo.
Jesucristo.
Yo
me he separado, he huido de Él, lo he renegado, crucificado. Que no esté nunca
separado de Él.
No
se conserva sino por los caminos enseñados por el Evangelio. Renuncia total y
dulce.
Completa
sumisión a Jesucristo y a mi director.
La
alegría eterna por un día de prueba en la tierra.
Non
obliviscar sermones tuos (salmo 118, 16) Amén.”
El subtítulo reza (sí, es chistoso el verbo) "Los credos proscritos del Nuevo Testamento". De su autor ya leí, y disfruté, "Jesús, el profeta apocalíptico judío", lleno de sagaces sugerencias. El sello de calidad se mantiene en este volumen al que pocos reparos pueden ponerse. La lectura, lenta y cuidadosa, pero nunca difícil, permite asomarse a los primeros siglos del Cristianismo para comprobar la abundancia de visiones contrapuestas que de la nueva fe, y de la figura misma de Cristo, confluyeron y lucharon. Las dos primeras partes del libro, "Falsificaciones y descubrimientos" y "Herejías y ortodoxias" se centran en la exposición de las diversas creencias. La tercera, más árida, "Vencedores y perdedores" relata cómo se impuso la ortodoxia que sigue rigiendo hoy día.
Ehrman, en su salsa
Ebionitas, marcionistas y gnósticos ocupan la mayor parte de la atención del autor, con capítulos que casi se convierten en una novela de misterio, como el que estudia el Evangelio Secreto de Marcos y su posible falsificación por Morton Smith. Sólo ese capítulo, en el que Ehrman no es tajante (en mi opinión, se trata de una falsificación ese evangelio que muestra un Cristo homoerótico), justifica la lectura del libro. En el que podemos hallar sentencias inquietantes, con magnífico estilo, como la que, camino de su martirio en Roma, formulara Ignacio de Antioquía: ""Porque si sólo en apariencia fueron hechas todas estas cosas por Nuestro Señor, luego también yo estoy cargado de cadenas en apariencia. ¿Por qué, entonces, me he entregado yo, muy entregado, a la muerte, al fuego, a la espada, a las fieras?".
El grupo gnóstico de los fibionitas, a los que se acusó, quién sabe si con razón, de prácticas sexuales aberrantes y hasta de canibalismo, es quizás la más extrema demostración de hasta dónde podía llegarse, entre otros grupos en confrontación que aquí se muestran, en nombre del hombre que fue también Dios y que hoy, en efigie, pasea por las calles en este Martes que es Santo.
Es jueves santo. No, Jueves Santo. Un hombre, que fue todos los hombres, muere. Pero la imagen sofisticada, elegante, la comparación retórica y espiritual que quisiera haber encontrado para comenzar este texto queda truncada. Hubiera querido identificar esa muerte con la de otro hombre que creyó en Cristo y que, simetrías lúgubres, ha muerto hoy, este jueves, Jueves Santos, hace unas horas. Es Francisco Hernández Díaz. Francisco Hernández, pintor. Paco Hernández. Nuestro Paco.
Este hombretón de voz grave y cascada ha fallecido en su localidad adoptiva de Vélez-Málaga tras uno de sus tantos ingresos hospitalarios en el que ha sido una afección pulmonar la que nos ha dejado vacíos a quienes lo quisimos, sin nada mejor que hacer que escribir para espantar la tristeza espantosa. Lo conocí hace más de veinte años, por razones laborales. Yo era coordinador de una beca para artistas y él era miembro del jurado deliberador. Ahí supo mi nombre y supo que era poco más que alguien que leía y comentaba, en voz alta, palabras de otros. Más tarde, publiqué en Sur algún que otro artículo sobre ese pintor magistral. Poco después llegó un gran dibujo, a tinta, y las cartas. Me admiraba, pero menos de lo que yo lo admiré. Nos cruzábamos cartas en las que él nombraba con apasionamiento a Teresa de Jesús y a Cervantes, y yo le contestaba con otras que citaban a Van Gogh o a Picasso. Paco, que tantas veces se reinventó tras ereflexión honda y valiente, y aunque últimamente había hecho una apuesta por una modernidad extraña y especialmente arriesgada, no era un artista para este tiempo, para este lugar. Me lo imagino más bien viviendo en el Toledo del siglo XVI, saliendo de misa para ir a su estudio, donde una incandescencia de Palestrina se podría leer en sus labios mientras pinta, esforzado, el pie doloroso de un crucificado. Porque Paco, y cuesta tantísimo nombrarlo cuando está peerplejamente recién muerto, pudo ser El Greco, o algún místico de ese tiempo que no es el de ahora pero que, querido Paco, Maestro, es el nuestro, ¿verdad que sí?
Duele su muerte. Su ausencia. Quisiera haber entonado una elegía digna de él y superior a mis capacidades. Pero ésto es lo que sale. En esta tarde gris de Jueves Santo. De un Jueves de Ceniza. Miro en mi archivo, busco otras palabras para él, alguna que leyó. Encuentro un recorte de Sur, del 20 de abril de 2007. Una crítica a una antológica suya. Lo copio. Insuficiente homenaje. Pero aquí está.
FRANCISCO HERNÁNDEZ, PINTOR ABSOLUTO
Hay exposiciones que se contemplan con cierto ansancio, en las que las obras, y más cuando pertenecen a un mismo artista, se observan con una sensación incómoda de que cada pieza es una variación de la anterior, dedicándose el autor a reiterar unas ciertas marcas de estilo con variaciones leves. Son esas exposiciones de las que el espectador sale con la imagen de un único cuadro que viene a ser el compendio de todos. Afortunadamente, el caso de esta muestra, 'Francisco Hernández 1945-2007' es otro.
Porque aquí se da la oportunidad para disfrutar de un altísimo artista que ojalá encuentre aquí la oportunidad para convertirse en un clásico de la pintura malagueña que el público sitúe a la altura de, por poner un ejemplo de pintor bien apreciado por el pueblo, Félix Revello de Toro, cuya antológica en este mismo lugar se convirtió en un clamoroso éxito de público.
Pero no significa esto que la obra de Revello y la de Hernández se parezcan. De hecho, no tienen ninguna afinidad. Simplemente, sirvan estas afirmaciones como aviso a los malagueños para que acudan tumultuosamente a las salas del Museo del Patrimonio Municipal porque la obra de Hernández posee una fuerza, una calidad y un interés como para situarse entre los favoritos intemporales de los visitantes. Oportunidades como ésta, pueden creerlo, no se dan a menudo.
Aunque conocido de sobra por los aficionados, y no solamente los de Málaga, Hernández es un artista absoluto, de los que crean creyendo en lo que hacen y solamente en lo que hacen, ajenos al tiempo o los caprichos del gusto. Es, por lo tanto, un creador titánico, un Maestro con mayúscula en este tiempo de osadías insípidas. No se puede glosar en una crítica la trayectoria de un autor que lleva nada menos que 62 años asombrando. Su pluralidad de temas y hasta de estilos sobrepasan con mucho lo que pueda explicarse en lo que no llega a ser más que un reflejo escrito de una experiencia visual. Baste con indicar que la contundencia angustiosa de la representación de Adán y Eva expuesta en la planta baja de las salas encontrará al final del recorrido la joya de un vía crucis dibujado con la sabiduría y la exactitud de un artista maduro y pleno pero con el dato de que el autor tenía entonces, 1945, trece años. Perplejidad produce Hernández, perplejidad su capacidad de multiplicarse en temas y estilos que van desde la congoja de vivir tal como la expresaba Francis Bacon hasta el Barroco de la Semana Santa de nuestra tierra o la Mitología que se asoma a 'La caída de Ícaro' con un prodigio de escorzos dignos del Renacimiento.
Todo ello urge y propicia la visita a esta muestra, montada con un acierto pleno y comisariada por Enrique Castaños Alés y que, avisado queda el visitante, quedará convertida en una experiencia que se tardará mucho, mucho, en olvidar. Si es que esto es posible.
Es inevitable. También es necesario. Cada año, cuando está a punto de iniciarse la Semana Santa, y la historia de los últimos días de Jesús de Nazaret se escenifica en las calles, luz y cuerpos y música, emoción y compasión, pellizco y azahar, la banda sonora para esas jornadas ocupa las salas de concierto. En las últimas semanas, la música sacra (qué redundancia: toda música verdadera es sagrada) ha sonado con el Réquiem de Fauré en el Cervantes, con el de Mozart en el Auditorio de Diputación, y la meritísima Escolanía Santa María de la Victoria (donde tanta esperanza hay) resonó en la Parroquia de Santiago. Apagados esos ecos, sonarán con los tronos las bandas de música con un repertorio en el que quizás sean las marchas procesionales “Mater Mea” y “Caridad del Guadalquivir” las que mejor aportan el necesario elemento de piedad y conmoción. Pero dejemos las bandas cofrades (ya suenan a lo lejos, casi a la vuelta de esta página) para hacer un recorrido esencial por la banda sonora de esta Pasión, por la música para un Cristo muerto.
William-Adolphe Bouguereau: Pietà (1876)
Bach
Entre todas las obras compuestas para rememorar la Pasión de Cristo, hay una que se muestra insuperada a pesar de los siglos, las mutaciones del gusto y los decaimientos de la fe. Es fácil deducir de qué música hablamos, de la pasión-oratorio que Johann Sebastián Bach tituló “La Pasión según San Mateo” (también compuso una “Pasión según San Juan” de destacables méritos pero de menor alcance y limitada a sólo 40 números frente a los 68 de la de Mateo, además de una memorable cantata, la cuarta, titulada “Jesús yace en brazos de la muerte). Las dimensiones de esta obra perfecta son importantes: Bach compuso este oratorio para ser interpretado en la liturgia del Viernes Santo, que solía durar entre cuatro y cinco horas: entre las dos partes del oratorio se intercalaba la homilía de rigor, con lo que lo habitual es que las grabaciones de la obra ocupen habitualmente tres compactos. A lo largo de dos partes que contienen un total de 68 números musicales, asistimos al relato de los últimos días de Cristo, usando el texto de San Mateo en la versión evangélica alemana de las Escrituras.Con todo, nadie debe abrumarse con los 68 números que forman la obra; bastantes son muy breves (y algo enojosos): los recitativos en los que la voz del evangelista, Mateo en esta ocasión, lee el texto bíblico con acompañamiento de teclado, y que en el caso de ser la voz de Cristo la que sea citada es la cuerda la que fluye bajo las palabras. Los números en los que se dramatiza lo leído, sea con los solistas o las corales, es lo que aporta grandeza a esta composición. Desde los grandes números corales, plenos de dramatismo e intensidad hasta los números solistas hasta las arias de maravillosa expresividad (en las que la voz se enfrenta a un instrumento solista), todo se confabula para tocar el corazón de los hombres. Se tenga fe o no se tenga. Por poner un ejemplo de sublimidad, basta con oír el aria para contralto “Erbarme dich, mein Gott” (“ten piedad de mí, Dios mío”), en la que el texto es breve y conciso: “ten piedad de mí, Dios mío, / advierte mi llanto; / mira mi corazón y mis ojos, / lloran amargamente ante ti. / ¡Ten piedad de mí!”. Con un acompañamiento orquestal mínimo pero con un violín solista que entrelaza su melodía doliente con la voz de la cantante, a lo largo de casi siete minutos se está con el corazón en un puño, alborotada el alma, sintiendo ganas de llorar o de arrancarse las culpas con las uñas. Aunque no se sepa de qué va eso que escuchamos. Da igual. Bach opera esos milagros, nos ofrece piedad y compasión, nos arroja contra los oídos algo que podrá tener toda la matemática y la fría aritmética que siempre salen a colación, pero que es fuego dulce, lágrimas de aire, caricias de palabras, y nos consuela y absuelve. No es algo religioso. Pero también lo es. No hay escapatoria. La belleza no hace prisioneros.
También intenta hechizarnos el que fuera en tantos sentidos precedente de Bach y que, como él, fue el principal compositor alemán de su siglo. Hablamos de Heinrich Schütz (1585-1672), que como él naciera en Turingia y exactamente un siglo antes. Y como él, nos entregó un oratorio titulado “La Pasión según San Mateo” (1666) y otra según San Juan (además de una según San Lucas). En la Pasión según San Mateo de Schütz, hay una solemnidad gregoriana, una orquesta reducida, una parsimonia litúrgica, una austeridad casi calvinista, que no borra la emoción que sí predominaba en su oratorio, primero cronológicamente de toda la música alemana, “Historia de la Resurrección de Jesucristo” (1623) que absorbe modelos italianos con una elegantísima, y sutil, orquestación.
Siete palabras
“Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz” (1786), de Joseph Haydn (1732-1809), se rige por el mismo esquema que “Las tres horas de agonía de Nuestro Señor Jesucristo” de Giuseppe Giordani (1751-1798), conocido como Giordaniello, un delicioso autor napolitano (como también lo fuera, no por nacimiento sino por su trabajo, Giovanni Battista Pergolesi) que es poco conocido pero que merece una fama más amplia y perdurable. De este músico menor cabe reivindicar también sus “Tres cancioncitas para los Viernes de Marzo” cuyos textos remiten al Viernes Santo. En ambos casos, el oratorio de Haydn se articula a través de las siete palabras (aunque realmente son breves frases) que Cristo pronunció en la cruz y que recogen los Evangelios. Conviene, por ser lo último que Cristo dijo según estas fuentes, recogerlas aquí para dar letra, voz, a esta música sobresaliente: 1ª, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”; 2ª, “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”; 3ª, “He ahítu hijo;he ahí tu madre”; 4ª, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”; 5ª, “Tengo sed”; 6ª, “Consumado es”, 7ª, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. La concisión de estas sentencias permite en Giordani un tratamiento más pleno de luz que de pesadumbre, mientras que en Haydn se acerca más al modelo majestuoso, pleno de emotividad, de las pasiones de Bach. Y, una vez más, tenemos a Schütz de predecesor, pues también él nos dejó sus propias “Siete palabras” cargadas de influencias italianas.
El encargo a Haydn llegaría de parte del gaditano Oratorio de la Santa Cueva en 1785, entregándose en 1786 la partitura que será reformada en 1787. Con una soberbia calidad, y un impresionante terremoto en su conclusión, cuando Cristo muere, conviene transcribir lo que la primera edición de la partitura, en 1801, contaba sobre este oratorio y su destino, citando palabras de Haydn:“Hace unos quince años, un canónigo de Cádiz me solicitó que compusiera música instrumental sobre las siete últimas palabras de Cristo en la cruz. En esa época se acostumbraba hacer un oratorio cada año, durante la cuaresma [...]: las paredes, ventanas y columnas del templo estaban cubiertas con telas negras y una lámpara colgada en el centro proporcionaba luz en esta santa oscuridad. Al mediodía, se cerraban las puertas y la música comenzaba. Después de un apropiado preludio, el obispo subía al púlpito, pronunciaba una de las siete palabras y procedía a comentarla. Luego bajaba del púlpito y se arrodillaba ante el altar. Durante esta pausa se volvía a tocar música. De manera similar, el obispo subía y bajaba del púlpito para cada una de las restantes palabras, y la orquesta tocaba en cada pausa."
La madre dolorosa
Quizás la más emotiva de las piezas compuestas acerca de aquellos días de Jerusalén, que todos imaginamos llenos de atardeceres y noches, pero nunca de mañanas, sea el “Stabat Mater”, un subgénero sacro de larga tradición del que las plasmaciones más intensas son las de Giovanni Battista Pergolesi y la de Gioacchino Rossini. Tal es la intensidad doliente de la pieza de Pergolesi, tan transida de emoción, que Diderot, en “El sobrino de Rameau”, hace decir a uno de sus personajes que “La policía debería prohibir que se cante el Stabat de Pergolesi”. No es para menos.
Pergolesi: Stabat Mater
Cantan Katia Ricciarelli y Lucia Valentini
Escrita para contralto y soprano con una pequeña orquesta, fue escrita mientras Pergolesi estaba retirado en un convento luchando contra la tuberculosis. La rotundidad orquestal, y vocal, del primero de sus doce números, cuyo texto brevísimo reza, en latín, que “Estaba la madre dolorosa / junto a la cruz, llorosa, / en la que el hijo colgaba”, es dejada en un susurro inexpresivo comparada con los lamentos hirientes que figuran en el segundo: “Cuya alma gimiente / acongojada y doliente / atravesó la espada”. Pueden buscar la “Lamentación por Cristo muerto” de Annibale Carracci de la Nacional Gallery de Londres, o el “Cristo muerto sostenido por un ángel”, de Antonello da Messina, en el Prado. Ambas pinturas comparten el espíritu, la intensidad, la congoja suprema, con la música de Pergolesi.
Antonello da Messina
“Cristo muerto sostenido por un ángel”
Más llevadera, por cuanto tiene de operística, es la versión del “Stabat Mater” de Rossini. Comparte con el oratorio ya reseñado de Haydn tener su origen en el encargo de un clérigo español. Tomando como libreto el poema latino atribuido al franciscano medieval Jacopone de Todi, al igual que las demás versiones del “Stabat Mater” (citemos algunas: Palestrina, Lassus, Charpentier, Scarlatti, Boccherini, Haydn),el encargo llegó durante una visita a nuestro país en 1831 cuando Rossini, casado entonces con una española y retirado de componer óperas, recibió la petición del sacerdote Manuel Fernández Varela, que tenía el campanudo título de Comisario General de Cruzada, de componer un Stabat Mater destinado a su capilla privada. Presa de un cierto estado depresivo, Rossini se repartió con otro compositor, Giovanni Tadolini, hacer la música, en partes iguales, para las doce secciones en que se había dividido el poema originario. Fue esta versión despareja la que se entregó al comitente y la que se estrenó privadamente en Madrid el Viernes Santo de 1833. Tras la muerte de Fernández Varela, sus herederos vendieron la partitura que cayó en manos de un editor que hubo de enfrentarse al de Rossini, y al compositor mismo, que no querían que se divulgara esa versión bicéfala. Rossini, para borrar todo resto de Todolini, reescribió la obra, repartida ahora en diez secciones, y ganó la batalla legal.
Annibale Carracci:
“Lamentación por Cristo muerto”
El estreno público de este Stabat Mater exclusivamente rossiniano, en 1842, primero en París y después en Bolonia, alcanzó un éxito tan grande que con motivo del estreno italiano, bajo la batuta de Caetano Donizetti, llegó a acuñarse una medalla conmemorativa. Baste con decir que el número primero de la obra presagia las resonancias dramáticas de la venidera plenitud de Verdi, y que el segundo, “Cuius animam gementem” es de una ligereza operística que contradice el dramatismo del contexto pero logra una de las mejores páginas masculinas de canto masculino de nuestro compositor. Igual e inevitablemente operístico es el “Encantamiento del Viernes Santo” del “Parsifal” (1882) de Richard Wagner que, según confesó a su esposa, era lo más hermoso que había escrito hasta entonces. No erraba mucho.
Del siglo XX destacaremos la “Pasión según San Lucas” (1963-1966) de Krzystof Penderecki que desde la experimentación asume la tradición con un resultado impresionante y el oratorio para orquesta, coro y barítono “Los improperios” (1964) de Federico Mompou, tal vez la mejor pieza sacra del adverso siglo español y que muestra a Cristo increpando a Jerusalén por ser el lugar que ha de llevarle al sacrificio. Se crea, o no, en el Padre, en el Hijo o en el Espíritu Santo, lo que debemos rescatar aquí, en este tiempo, en esta fecha, en este lugar, en estas escenas de la calle (ya suenan a lo lejos, y menos lejos ahora), en estas músicas seleccionadas no desde la Pasión sino desde la pasión, es el Espíritu, que sin necesidad de credos es de por sí, siempre y también ahora, Santo.
Hay en nosotros una lucha entre la primavera y el dolor. Entre el sol de cada día, cálido y con azahar, y la sangre violenta y dolorosa de Cristo a punto de salir a nuestras calles. La vacuidad alegre de las tardes largas puede chocar cualquier día de éstos, y es justo y necesario que así sea, en verdad os digo, con el gorigori luctuoso de tanta pena, miserere mei domine. Porque es justamente ahora cuando las cenizas amargas salen de los bolsillos, pese al calorcito rico, pese a las flores que distraen, y así ha sonado hace apenas nada el Réquiem de Mozart en Antequera, en Málaga, en Ronda, y volverá a sonar un Réquiem, tan hermoso y tan verdadero,en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes los días 14 y 15 de abril, cuando el Réquiem es el de Fauré, que será acompañado por “Veni, veni, Emmanuel”, para coro a capella, de Zoltan Kodály y la pieza de igual título, pero compuesta por James MacMillan y para percusión y orquesta. La orquesta es la Filarmónica de Málaga dirigida por su titular Edmon Colomer y con los solistas Leopoldo Saz a la percusión, la soprano Raquel Andueza y el siempre fiable barítono Iñaki Fresán. El título inevitable de esta velada es “Semana Santa”.
La pieza de Kodály es la reelaboración de un antífona medieval que reelabora y actualiza los modos del canto gregoriano, lo de MacMillan, que se presenta como estreno en España, puede ser tan enojosa como fascinante, con su media hora de disonancias, aires de jazz que pronto se borran y mucha, pero mucha percusión dialogando con la orquesta. En todo caso, no viene mal probar de vez en cuando la música contemporánea. Pero Fauré es otro mundo: gravedad y contención, la ceniza ya nombrada, la severidad y la dulzura, el temblor de la melancolía que sabe ser piedad e indulgencia, compasión y calma. Ese réquiem, que nadie le encargó y en el que estuvo trabajando entre 1877 y 1900, terminó siendo el que sonara en su propio funeral en 1924. Gabriel Fauré, que tuvo la dificultad de nacer en el momento en que se podía ser romántico, wagneriano o impresionista fue todo ello, pero siempre con una delicadeza y un sentido del equilibrio francamente franceses. La sordera beethoveniana que le sobrevendría en sus últimos años hace que su música terminal sea hermética, opaca, rara. Pero este Réquiem no es congoja y llanto, no es amenaza de tormentos, adiós a placeres, atisbos de salvación. Es luz, es paraíso, es consuelo. Y como tal suena. Ya el propio Fauré tuvo que defenderse y definirse respecto a esta obra: "Se ha dicho que mi réquiem no expresa el miedo a la muerte, y hay quien lo ha llamado una canción de cuna para los muertos. Pero es que yo siento así la muerte: como una entrega feliz, una aspiración a un felicidad del más allá, antes que un tránsito doloroso… Mi Réquiem ha sido compuesto para nada… por placer, si me atrevo a decirlo ”.
Cecilia Bartoli: "Pie Jesu" (del Réquiem de Fauré).
Palabras mayores
Las partes de este réquiem, con textos en latín, son: Introito, Ofertorio, “Sanctus”, “Pie Jesu”, “Agnus Dei”, “Libera Me” e “In Paradisum”. De ellos debe destacarse la lucha entre tensión y dulzor en el Introito que termina casi en susurro, pero muy especialmente el célebre “Pie Jesu”, en el que la soprano puede llevar al oyente a extremos de emoción porque el título latino significa “Piedad Jesús”, y es lo que sentimos en una escucha atenta, un ruego, una aspiración, expresada por el alma. El “Agnus Dei” llega a tener sonoridades de las cantatas de Bach, y el “In Paradisum” escapa a toda analogía. Difícil es que haya un honor mayor que comparar a un compositor con Johann Sebastian Bach. La capacidad de empatía del alemán, esa piedad transida, esa misericordia sonora, es la que nos ofrece, renovada, cargada de paz y de esperanza, Fauré. Entre la primavera y el dolor, lo que en Fauré vence es la luz que aúna a ambas. Bendito sea.
Artículo publicado en Diario Sur, 9 de abril de 2011