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lunes, 24 de junio de 2024

Lecturas: Invéntate algo. Relatos que no te podrás sacar de la cabeza (Chuck Palahniuk)

 Palahniuk o la escritura pulp. Algo así, el ánimo de tratar temas escabrosos, sensacionalistas, dignos de la cultura pop y de los programas de televisión de juicios amañados, sucesos sangrientos, anomalías físicas o morales. Los libros de Palahniuk son circos de tres pistas, amenamente redactados, con un ritmo sincopado, literatura de consumo con barniz malditista que representa a la perfección aunque con calculada estridencia nuestros tiempos. Son libros que, afirmo, siempre me han gustado con alguna llamativa excepción.



El volumen que nos ocupa, primero que recoge sus relatos, obedece a esa concepción que epata y entretiene al lector. Y entre los que rescataría una pequeña obra maestra, el titulado Zombis que da voz a un grupo de estudiantes que descubren que el desfibrilador de emergencia que con cierta facilidad se encuentra en espacios públicos, aplicado a las sienes, produce un estado de incapacidad mental que te puede liberar de angustias existenciales y te lleva a un nirvana mental gratificado por asistencia social:Pregúntenle lo que quieran a Griffin Wilson. Pregúntenle quién firmó el Tratado de Gante. Griffin hará como ese mago de los dibujos animados de la tele que dice: «Mirad cómo me saco un conejo del culo». Abracadabra, y se saca la respuesta. En Química Orgánica era capaz de hablar de la Teoría de Cuerdas hasta quedarse anóxico, pero lo que realmente quería ser era feliz. No simplemente no estar triste, quería ser feliz de la misma manera en que lo es un perro. No verse constantemente sacudido por mensajes de texto llameantes y cambios del código tributario federal. Tampoco quería morirse. Quería ser, y no ser, pero al mismo tiempo. Así de grande era su genio pionero.

Es más, el paraíso nos aguarda tras la anulación de la mente:

Desde aquel día en la consulta de la enfermera, Griffin Wilson está más feliz que nunca. Siempre se está riendo demasiado fuerte y secándose las babas de la barbilla con la manga. Los profesores de Apoyo Pedagógico le aplauden y lo colman de elogios por el mero hecho de usar el retrete. Un doble rasero clarísimo. Los demás estamos aquí luchando con uñas y dientes para conseguir el trabajo de mierda que podamos, mientras que Griffin Wilson se lo va a pasar bomba durante el resto de su vida comiendo chucherías de un centavo y viendo reposiciones de Los Fraguel. En el pasado había sido infeliz a menos que ganara hasta el último torneo de ajedrez. Pero tal como está ahora, ayer mismo se sacó la polla y se puso a cascársela mientras pasaban lista por la mañana. Antes de que la señora Ramírez pudiera pasar a toda prisa por los apellidos empezados con «S» y «T», con los chavales contestando «Aquí» y «Presente» demasiado despacio, soltando risitas y mirando, antes de que la señora Ramírez pudiera recorrer el pasillo corriendo y detenerlo, Griffin Wilson gritó «Mirad cómo me saco un conejo de los pantalones» y roció de lefa caliente una estantería que solo contenía un centenar de ejemplares de Matar a un ruiseñor. Sin parar de reírse todo el tiempo.

Lobotomizado o no, sigue siendo capaz de apreciar el valor de una buena frase pegadiza. Ya no es un simple empollón, ahora es el alma de la fiesta.

Así de certeras pueden ser algunas de las amargas fábulas de Palahniuk. Bienvenidos al paraíso.

lunes, 31 de octubre de 2022

Lecturas: La expedición (Stephen King)

 Concluye el libro de relatos Skeleton Crew con este cuarto volumen (o tercero, si se tiene en cuenta que le fueron añadidas las Dos historias para no dormir antes aparecidas como un volumen independiente). Esta vez con un resultado dispar: los cuatro nuevos relatos son irregulares. La expedición es de ciencia ficción, con un cierto aire retro pero que bien merecería ser llevado al cine por David Cronenberg (con mucha sangre salpicando la lente de la cámara). Un relato que es simplemente correcto pero que también admitiría una valoración inferior. Superviviente es aún más Cronenberg, con más sangre y dolor y vísceras y fluidos derramados para nada, y que bien hubiera podido firmar, sin quitar ni añadir una coma, Chuck Palahniuk. Horror físico, sin más. Abuela es un relato macabro, de los que admiten moscas y olores raros. Pero mejor que el primero del volumen, y también que el segundo. Tras ellos, La balada del proyectil flexible puede interpretarse como la versión King de los relatos pretendidamente cómicos de Edgar Allan Poe, tan serios, girando esta vez en torno a la escritura y la locura (una vez más, el escritor como personaje, con su condena a la soledad y la locura). Irregular, sin embargo, su voluntaria inverosimilitud juega a su favor. ¡Y eso es todo, amigos!




Lecturas: Dos historias para no dormir (Stephen King)

Se trata de un escueto volumen que se distribuyó como edición no venal en 2004, y que más tarde desaparecería del mercado para incluir su contendido dentro del volumen final del despiece de Skeleton Crew. De las dos historias aquí recogidas, una, La balsa, es una maravilla. La otra, Nona, es ambiciosa y rutinaria a la par. En La balsa nos enfrentamos a un horror inesperado y sin forma y sin por qué: lo que parece una mancha oscura que flota en un apacible lago y que por contacto absorbe toda carne que con ella entre en contacto, como la del grupo de muchachas y muchachos que nadan hasta una balsa de troncos que flota invitando al disfrute. Las horas avanzan, las muertes llegan, también el frío y la indecisa noche y la Parca entra en el juego. Inolvidable. 



Como hacer que Nona, cerrando el volumen, sepa a poco pese a su sabor lovecraftiano.

domingo, 30 de octubre de 2022

Lecturas: Historias fantásticas (Stephen King)

 Fast food King. Vale, Burger King. Lo que quiere decir justamente eso, alimento literario del que se pega al riñón y de lectura rápida. Son 11 relatos de toda laya y dos poemas. Entre los relatos tenemos imaginación infantil mezclada con realidad (el estupendo Hay tigres), estudiantes furiosos que recuerdan a la novela maldita Rabia (Apareció Caín), historias de la mafia (Zarabanda nupcial), el inquietante, próximo a la ciencia ficción, El ordenador de los dioses, la historia angustiosa pero algo previsible de El hombre que no quería estrechar manos, la historia de ci-fi un tanto pesada de La playa, el tributo a M. R. James que podría ser La imagen de la muerte, la monstruosa disfuncionalidad sangrienta del muy interesante El camión del tío Otto, las historias macabras porque-sí de las dos relatos del lechero, la historia, no exenta de poesía, de pequeña comunidad aislada de El brazo y los dos poemas, irregulares ambos, Para Owen (su hijo, algo de guía paternas, mucho de afecto y alguna gota inquietante) y Paranoia: un canto  en el que se proyecta la sombra ominosa de Randall Flagg, mega villano de King. 



Es un festín de literatura, con su poquito de colesterol, bueno o malo, pero una excelente muestra de un hombre orquesta capaz de manejar diversos registros con desparpajo y rotundidad. 


Lecturas: La niebla (Stephen King)

O lo que es lo mismo, el primero de los cuatro volúmenes en que se desgajó, para publicarla en España, la recopilación de relatos reunidas por King bajo el título de Skeleton Crew. Reconozco que me acerqué con prevención a este volumen al reconocer en el título una película que había visto (en Madrid, 1980, la primera que veía fuera de mi ciudad) y que recordaba como algo previsible, en pan piratas regresados de la tumba y emergiendo de la niebla para cepillarse a los entrañables vecinos de un pueblito costero. Pero aquella era de John Carpenter, descubro ahora, y tan buena como, ahora me pongo serio, Kung-fu contra los siete vampiros de oro. Pues lo dicho, que disculpen el exordio pero es que no, nanay, niet. El libro de King, y su magistralísimo primer relato, nada tiene que ver con aquello.



    Aquí, titulando con razón el volumen, y abarcando hasta la página 213 de las 311 de que consta el volumen, esta novela corta, o novela a secas, es un prodigio de gente normal (más o menos normal) atrapada en un supermercado mientras fuera, entre la niebla, se mueven criaturas que matan. Homo hominis lupus, eso mismo. Agobiante, magníficamente resuelta y planteada, sería también una excelente introducción a la Obra Completa de King en cuya reseña me encuentro comprometido. Las otras historias que la acompañan, no desmerecen en exceso: El mono, donde un simio de juguete que hace sonar siniestramente sus platillos no se deja eliminar y se va tomando la revancha de forma sangrienta, o la fantasía casi onírica de El atajo de la señora Todd que entronca con la saga de La Torre oscura en la que King ya se había embarcado.

sábado, 23 de abril de 2016

De cómo Alonso Quijano cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte

Coincidiendo con los cuatro siglos de la primera edición de la primera parte del Quijote, Juan Francisco Ferrer me pidió colaborar en el volumen colectivo "El Quijote, instrucciones de uso" en el que se daba a un puñado de narradores la oportunidad de fabular en torno al mundo del personaje cervantino. Reescribí con la ineludible torpeza el capítulo final del Quijote basándome en la premisa arbitraria de que la realidad era fantástica, siendo por tanto reales los gigantes y los caballeros y los prodigios que Alonso Quijano el Bueno leía en los libros de caballería, y que su locura consistía en ver gigantes donde realmente había molinos. El resultado es éste.

         Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres; y como la de Alonso Quijano no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo penaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del Arzobispo, del Maestre y del Nigromante, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero. Estos, creyendo ser la causa de su padecimiento la tristeza que para él había supuesto saber a Aldonza Lorenzo condenada a ser, por mala merced del mago Frestón, lo que en la realidad y a pesar de los desvaríos de Alonso Quijano siempre había sido, es decir, una altiva princesa, hacíanle propuestas de salir de nuevo a la ventura para mostrarle cómo de grata podía ser la vida pastoril y al claror del aire en la que églogas y madrigales servirían al abatido caballero a recuperar el juicio que desde hacía confusos meses le faltaba, empeñado como estaba en contradecir a todos con sus ocurrencias necias de desmentir su origen y valía afirmando ser un simple hidalgo algo más pobre que rico en vez de, como era notorio a ojos vista de sus muy numerosas hazañas que honraban a la Mancha entera, esforzado caballero y espejo de paladines, como se había encargado de difundir la voz de todos aquellos que habían sido testigos y hasta fedatarios de sus descomunales hazañas, de entre las cuales algunos autores señalan como la más arriesgada aquella en la que puso su vida al tablero tomando armas a favor del noble Pentápolis del Arremangado Brazo en contra de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana, si bien es verdad que esta proeza realizó creyendo ser rebaños de ovejas las huestes que su diestra deshizo y casi le deshicieron.



         Alonso Quijano, pues, renunciando a su verdadero nombre, prez de la manchega república y más aún del glorioso orbe del Campo de Montiel, al tiempo que rechazaba con disparatadas sinrazones su muy alta cuna y censuraba su heráldico lecho ornado de heroico blasón que motejaba de incómoda yacija del todo ajena a las sábanas de Holanda que su acabado cuerpo cubrían, tomándolas por desmadejadas arpilleras, daba en repetir ser su condición la de un hidalgo de harto menguado patrimonio y a cuyo cuidado estaban encomendadas una honesta y recatada, amén de humilde, sobrina y una sobria ama, siendo la verdad que su estancia e enfermedad se ubicaba en no otro lugar que el celebérrimo alcázar del caballero Don Quijote de la Mancha, ya que tal era su gracia, alrededor de cuyas enhiestas y airosas torres rondaban gerifaltes y otras aves de afilado perfil y de altanería, en cuyas almenas flameaban al aire guerreras insignias a la vez que un tropel de pajes y mozos de corte, vestidos de finísimo raso carmesí tejido en los remotos talleres de Golconda, daban tiernos ayes de pesar por la maladía e su señor y dirigían al indulgente cielo emocionadas plegarias por la salvación del caballero, al que ni la amena compaña y los doctos consejos del Maestre Sansón Carrasco, ni siquiera las piadosas observaciones del Arzobispo, ni mucho menos los arcanos conjuros y bálsamos destilados por el Nigromante Gadifer de Arimatea, servían para elevarle el ánimo que hora a hora parecía languidecer, postrado como estaba desde el momento en que el médico de la corte sugirió atender la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro aún mayor del afrontado en sus hazañas que por el universo mundo corrían.


         Y así se sucedieron cinco días y cinco noches con sus plegarias, preces y lamentos, con los llantos tristísimos de la sobrina y del escudero fiel, los cuales veían extinguirse lentamente a la flor y ejemplo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo, quien parecía no tener otro deseo que el de tener a la cabecera de su lecho a su señora Aldonza Lorenzo, aunque fuese bajo la advocación de Dulcinea del Toboso, a causa del maléfico encantamiento del que era objeto la dama, pidiendo el caballero, a fin de paliar la ausencia de Dulcinea, la presencia de la blanca figura que habría de cerrar sus ojos y conducirle al pálido reino del que jamás se vuelve. Las horas se hicieron lentas y Febo aminoró su carrera por sobre los cielos para permitir llegar a la cámara doliente a los caballeros que deseaban socorrer, como era su pío deber, al paladín al que, indefenso, las fiebres devoraban, y así llegaron a la estancia del desfalleciente enamorado Durandarte para otorgarle su corazón como ofrenda, Rolando el leal que viene a ofrecerle su guante izquierdo, el que los ángeles de Nuestro Señor le dejaron en la pugna del paso de Roncesvalles, y llegó también Perceval trayendo en su diestra el Grial Santo que había servido para sanar de su mal al Rey Pescador, y concurrió Tristán el Loco con la copa de su elixir llena esta vez de unas gotas de agua del Leteo arrebatadas en fiera pugna a una tropilla de demonios de amargo color, y llegó Fierabrás con su bálsamo famoso, y llegó Bartual de Lusitania con el costado herido del que manaba ámbar y que, mezclado con la sangre de un dragón, resucitaba a los que dormían el sueño de la muerte. Fueron horas de silencio profundo, tan triste era la faz de don Quijote de la Mancha y tanto el arrobamiento y turbación de los caballeros que llegaban, espantados y mucho del aspecto del héroe, al que pertenecía la única voz que oírse podía en la sala, invocando el nombre de Dulcinea y el de la muerte, clamando a grandes gritos, poco creíbles en un hombre de su estado y condición, a grandes y temblorosos gritos ¡Aldonza!, ¡Aldonza!, ¡Aldonza Lorenzo!, gritos a los que sólo respondía el batir de alas de los gerifaltes alrededor de las torres y de la legión de ángeles que buscaban el alcázar de don Quijote para recoger su alma en el momento de expirar.



         Lentamente la altiva ciudadela fuese despoblando de visitantes que fueron partiendo, en silencio, con el espíritu sombrío y el más fiero pesar en el corazón, para buscar a Dulcinea del Toboso, prisionera del hechicero Frestón, y traerla a la presencia de don Quijote, que no admitía réplica ni disputa en cuanto a reclamar a su lado a la dama a la que, en su desvarío, en medio de tan grande máquina de disparates, daba el nombre de Aldonza Lorenzo, a la que, según señalaba a los pares que a su lecho se acercaban, podrían encontrar en el Toboso, empeñada en amasar pan o cebar cerdos, y puede que hasta en dar solaz a gañanes.

             Como fuese que los encantamientos, se tratase ya del de la reina Ginebra, del de la dueña Quintañona o éste de Dulcinea del Toboso, tienen por norma el de ser complicados y difíciles de remediar, no hubo manera de que los nobles y errantes caballeros dieran con la dama de la que era cautivo servidor y asendereado caballero don Quijote de la Mancha, con lo que se fue acercando más raudo de lo que aconsejaría la clemencia divina el aciago día en que el caballero habría de montar a lomos de un corcel bruno hacia el reino en el que moraban los más venturosos y desdichados caballeros y en cuyas celestes extensiones San Jorge bendecía a los que con virtuosa muerte y aún más virtuosa vida merecen llegar a tal lugar.



             Viendo que don Quijote daba muestras de un paulatino olvido del que era ejemplo el no acordarse de la batalla que contra treinta o más gigantes había tenido creyendo ser aquellos molinos en vez de enfurecidos jayanes, el Maestre Sansón Carrasco mandó concurrir junto al enfermo a un escribano para que dictase su testamento. Entró el escribano con los demás; y después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma Don Quijote, con todas aquellas circunstancias que se requieren y vienen al caso, llegando a las mandas, dijo:

             — Item, es mi voluntad que de ciertas promesas que hice a mi leal escudero Sancho Panza de otorgarle el  gobierno de una ínsula o cualquier otro territorio que por mí fuese conquistado, ordeno se le dé el reino de la ínsula llamada Barataria para que haga de ella el buen gobierno que sin duda hará. Mas si resultase que no ha habido ni habrá caballeros andantes en el mundo, como es mi creencia a pesar de los avisos y recriminaciones que de contino se me hacen de ser yo un caballero en vez del hidalgo llamado Alonso Quijano, en ese caso, digo, en el de que la realidad se adecue a mi creencia profunda de que nunca abatí gigantes, dragones, grifos ni aun leones, como vanamente todos me quieren hacer creer, en ese caso, ordeno se le den a mi fiel Sancho Panza aquellos dineros que sean encontrados en mi poder en el momento de expulsar mi suspiro postremo.

             —¡Oh señor, señor! Por quien Dios es, que vuesa merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas vaciedades, que le tienen menguado y descabalado el sentido, respondió Sancho rompiendo en lágrimas, que es vuesa merced el más fino y enamorado caballero andante que ha andado las siete partidas del Mundo.

             Y diciendo Sancho esto oyose a lo lejos el plañir pesaroso de las trescientas damas que en la corte de la dulce Francia velaban por él, siendo la que más temía la pérdida de tan noble caballero doña Alda. Y oyéronse también los clarines y atambores de los caballeros que hacia él volvían trayendo a doña Dulcinea del Toboso aunque todavía bajo los efectos del hechizo, y escuchose asimismo el rugir de cien dragones que sentían abrirse de tristeza sus corazones, y lloraban treinta mil pajes vestidos de oro y pedrería que en todos los soberbios palacios desde Argamasilla a la Persia rezaban por su alma, y mil princesas enfermaban de tristeza y ardía el corazón del valiente Durandarte y de la herida de Gadifer de Arimatea manaba la amargura de la hiel porque sabían que sólo podrían, ya, verlo difunto y sin que Dulcinea, que contemplaba su rostro reflejado en las lágrimas que llenaban el santo grial, pudiese consolar al caballero que moría.

             — Señores, dijo don Quijote, no se hagan tantos plantos, pues es sólo un cristiano más el que aquí expira. Apacigüen sus ánimos, que aquí se entrega a Dios Nuestro Señor Alonso Quijano o don Quijote de la Mancha, sea cual sea el nombre que vuestras mercedes tengan a bien otorgarme aunque crean que yo vencí reinos, enamoré princesas, humillé tiranos y rendí fortalezas.

             Y con tales sentencias y consejos fue otorgando su testamento, dejando bajo la protección del Maestre y el Arzobispo a su sobrina y ama, ahora desmayadas y cuidadas por el Nigromante en la sala del Trono en la que ya un catafalco se elevaba, guarnecido de marfiles y damascos y poetas y sombríos juglares preparaban endechas, elegías y epitafios.

             — Item, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trajere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título “De cómo Alonso Quijano cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte”, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que, sin yo pensarlo, le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe; porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos”.

 

             Cerró con esto el testamento y los ojos, pues tomándole un desmayo, quedó todo inerte y tendido en el lecho. Alborotáronse todos ya que el alma del caballero parecía a punto de desprenderse de su envoltura mortal mientras el quejido de los luctuosos clarines se acercaba ya a los baluartes que rodeaban el palacio y ciudadela de don Quijote, y los gerifaltes perdían en el cielo el color de sus ojos y sus figuras se detenían inmovilizadas en el azar de su vuelo, y aullaban los pesarosos lebreles que antaño acariciaba el caballero, y rugían por última vez los dragones que morían de dolor, y temblaban las fieles damas de la corte de Francia, y Amadís de Gaula, silencioso en cortejo, lloraba dulcemente y volvía a llamarse Beltenebros, y el valeroso Bartual de Lusitania hallábase de súbito convertido en un orífice hebreo de nombre Mordecai Malarrama, y Dulcinea la bella siente caer lágrimas sobre su corazón transido y se siente morir y pide que no plazca a Dios, a sus santos ni a sus ángeles que siga viva después de don Quijote, y el cielo se vuelve oscuro y la luna se torna negra y baja sobre el sol, en el jardín del palacio los lirios y las rosas se deshacen en ceniza y la melancolía golpea los pechos de los caballos, los ojos de los caballeros, la herida de Gadifer de Arimatea  de la que un día brotó miel y ahora brotan lágrimas, la voz de Perceval que pide clemencia para el caballero, que pide sea llevado a otros labios el Grial que tiembla de tristeza.

             La tierra tembló, las piedras se rajaron, Don Quijote, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu... quiero decir que se murió.

             Los hombres miraron hacia la ventana, la luz entraba por ella y directamente daba sobre el rostro del muerto. Al otro lado, los cerdos hozaban entre las sobras de la comida.


[Publicado en Juan Francisco Ferré, ed.: El Quijote. Instrucciones de uso. Ediciones de Aquí, Benalmádena, 2005, volumen 2, pp. 195-203]




miércoles, 19 de junio de 2013

El Mesías secreto


Los hechos pueden enumerarse como una tríada de elementos, esencialmente resumidos en una esperanza, una revelación y un fracaso. No obstante, y a la luz de los acontecimientos, el orden de estos principios puede ser alterado, combinándose de forma azarosa y hasta infinita. Así, Jonas Lewis Baer antepone la esperanza a la revelación, mientras Philip K. Dick sitúa en primer lugar la decepción.

De todos modos, el ordenamiento es ficticio, abandonado al criterio y al capricho de los exégetas y dictado por la interpretación de los acontecimientos. En líneas generales, éstos pueden resumirse en la manifestación de un excesivo Mesías, Sabbatai Zewi, en una sinagoga europea hacia 1666, en su reconocimiento por severos cabalistas y sabios de la judería, su aclamación por una resignada muchedumbre hebrea y la decisión compartida de regresar a Jerusalén, en tumultuoso peregrinaje, a fin de proclamar, e iniciar, un reinado de inverosímil dicha.


Nacido en Esmirna el día de 1626 en el que se celebraba lastimeramente el aniversario de la destrucción del Templo -todos los templos parecen remitirse a aquél del que un único muro basta para asegurar su persistencia- a la vez que se auguraba para ese azar del calendario el natalicio del definitivo libertador, Sabbatai Zewi fue uno de esos fatigadores de pergaminos, insuficientemente auxiliados de candelabros, en que tan abundante es la estirpe de Abraham. Excluido a los quince años de su edad, por mero agotamiento de los saberes, de una escuela talmúdica, dedicó sus vigilias a los laberintos arborescentes de la Cábala. Fue durante uno de esos turbios amaneceres cuando una voz, convenientemente nítida, intangible e imperativa, le desveló que el Mesías coincidía con su persona, cumpliendo así los requisitos de la mansa tradición. Entonces, la quietud se convirtió en zozobra.

El primer episodio de este vértigo de despropósitos e ilusiones consistió en pronunciar, siguiendo la ley dictada para el esperado Mesías y en la apesadumbrada sinagoga, el nombre secreto e invisible de Dios. A partir de ahí, todo fue dramáticamente fulgurante.

Las profecías fueron cumpliéndose con rigor geométrico, dictando el acontecer de cada jornada. Así, el austero sabio Nathán de Gaza se erigió en encarnación del profeta Elías, anunciador del aguardado redentor que fue captando reconocimientos, monedas y entusiasmos para el excesivo Sabbatai, llamando al fervor de los repentinos creyentes a llevar en navíos su exaltación hacia los lugares primigenios y sagrados.

En lo que fue un día Constantinopla, la multitud, siguiendo a Zewi, desembarcó. Allí, una corona de alfanjes e imprecaciones le ciñó y condujo a una fortaleza debidamente arábiga y lóbrega. Rabinos reclamados para la ocasión se entrevistaron con el elegido, custodiado por muecines y soldados. El dictamen del repentino sanedrín fue diverso, mas prevalecieron los que abandonaron la celda fulminados por la sutil majestad del prisionero. Abreviando los preliminares y consultas, el sultán anticipó un final público. En pie sobre las murallas, contemplando un océano inmóvil de cánticos y devociones, Sabbatai Zewi fue conminado a reafirmar su identidad como definitivo Mesías o entregar su sangre a una cimitarra ya desenvainada e impaciente. Los cánticos se detuvieron. Tras un silencio de Zewi, dedicado tal vez a la oración interna o al recuerdo de una habitación en Esmirna, entonó su decisión, proclamando una repentina fe en Alá y su profeta.

Es conjeturable el desaliento de los seguidores, su hastiado y menesteroso regreso a los barcos, sus secretas imprecaciones. Una década después, cuando Sabbatai Zewi entró en un paraíso excesivamente mundano para ser celeste, en el que todos los árboles estaban orientados hacia una misma ciudad, su deceso fue llorado como el de un verdadero Mesías. A pesar de la coaccionada conversión, fueron numerosos quienes duplicaron aquel entusiasta éxodo para aguardar en Jerusalén que el Mesías Zewi revocara su engaño y premiara con el nuevo reinado de Yahvé la paciente confianza de sus seguidores.

A pesar de la muerte y del olvido, nuevas y sucesivas generaciones de desengañados creyentes fueron aguardando su imposible y quimérico regreso. En el escrupuloso escrutinio de los rabinos, en cambio, Zewi fue convertido en un estrafalario impostor.

La redención quedó aplazada hasta el fin de los tiempos. Incluso, la fecha de la muerte de Zewi coincidió, simétricamente, con el Yon Kippur de 1676, el día hebreo de la expiación. Ahora, cuando escribo este recuento una tarde de julio de 1952, al otro lado de un velado ventanal de Buenos Aires, acaso quede alguien que siga esperando el retorno y el desvelamiento de Sabbatai Zewi, mientras adustos profesores recomponen los detalles innecesarios de aquellos sucesos. Sin embargo, en este punto se nos presenta una duda, una razonable interrogación. Zewi pudo ser un falso Mesías, un impostor que suplantó una inminencia eternamente aplazada. Pero igualmente pudo ser el verdadero, íntimo y secreto Mesías.


Tal vez esos sueños de una justicia frustrada y universal por parte de los sabbetaístas no fue estéril, tal vez sus desvelos no fueron vanos. Nosotros percibimos aquellos acontecimientos a través de bibliotecas y resignados archivos, pero otros hombres, otras existencias igualmente provisionales e inabarcables, los percibieron -e hipotéticamente lo perciben entre los muros de una Jerusalén intangible que duplica y dicta la Jerusalén real-, como lo que para ellos era un futuro y para nosotros es un cotidiano presente en el que Borges, estas palabras, el ventanal, son parte de una esperanza tan precisa como necesaria. Una esperanza que coincide con este día, en la que en los insuficientes atlas figura el nombre de Israel sobre una mancha púrpura y el nombre indescifrable de Dios puede volver a ser definitivamente declinado.

[Publicado en el libro MONTAÑEZ, Mario Virgilio: Humo en un jardín. Relatos, 1986-2006. Prólogo de Juan Francisco Ferré. Málaga, Area de Cultura, 2006]

jueves, 24 de marzo de 2011

La cautividad de Babilonia

 A Noemí Cohen


 Y será la última impostura peor que la primera
Mateo 27, 64


      Yo, Moisés Nizberg, hijo de Nathan, hijo de Mordecai, hijo de Israel, doy fe de que el Mesías ha estado y estará con nosotros, y por ello he seguido, cantando salmos, fatigando senderos, hasta estos confines olvidados de la piedad de los hombres al ungido Sabbatai Zewi, el elegido.

          Sé que él ha osado, en la sinagoga de Esmirna, gritar durante el culto divino el nombre de quien todo lo dispensa y cuya cifra es sólo alcanzable para Aquél que ha de venir en el final de los días. Sé que le han visto en la soledad saciar sus lágrimas en las llamas de la oración, en el fuego del ayuno, en el ardor de los azotes y el hielo del mar al amanecer. Yo, Moisés Nizberg, le he oído, a las puertas injuriadas de Jerusalén, llorar dulcemente bajo las estrellas la pérdida de Sión, y puedo decir, yo que hasta esta pérfida urbe de Adrianópolis he sido testigo de su gloria,  que en su voz un ángel cantaba.


Quienes compartimos su destino hemos efectuado el tránsito de ermitaños a peregrinos, y en el camino que él nos ha marcado, de Esmirna a Salónica, de Salónica a Morea, de Atenas a Constantinopla, y de allí al lugar en el que los patriarcas reposan, sabemos que el Mesías está con nosotros y que llegará, según es rigor y reza la profecía, como ladrón en la noche.

Yo, Moisés Nizberg, hijo de Nathan, hijo de Mordecai, hijo de Israel, le he visto resplandeciendo en mis sueños, sobre muros de alabastro y entre banderas ondeantes, y le he visto, mientras todos duermen, coronado de oro proclamando su condición ante la multitud que, surcando mares, hollando valles, superando montañas, ha seguido la estela de su gloria como a su pastor hasta este imperio abandonado a la perfidia de los infieles otomanos.


Quien haya inquirido los signos sagrados de la Torah y los senderos vertiginosos de la Kábala, sabe que el anatema de Joseph Iskapa, el elogio de Abraham Cuenqui, el amor predestinado de la inmarcesible Sara, la lealtad del sabio Raffael Chelebi, la certeza del profeta Nathan Ashkenazi, no son sino el rostro mismo de una misma y vasta doctrina cuya verdad sólo en la conjetura de los sueños, de lo que los nombres callan, puede ser desvelada.


Yo, Moisés Nizberg, he gritado ante las puertas de Esmirna en la entrada triunfal de Sabbatai Zewi en su patria, he ayunado con sabios y niños, mujeres y rabinos y él; he infligido severas penitencias a mi cuerpo cansado, he cantado con él y con la muchedumbre salmos por las calles de Esmirna porque yo le he visto en mis sueños alzar su voz como un trueno hacia nuestro pueblo devastado sobre una muralla majestuosa, flanqueado de gallardetes tremolantes, coronándose, vibrante el ademán, tonante la voz, fulgurante la mirada, con un aderezo de pedrería mientras mil voces lo aclaman.

Por ello, siguiendo el llamamiento de Samuel Primo, de Jacob Sasportas, he seguido, dejando todo, a Sabbatai Zewi desde la convicción de los sueños y la certeza de que el verdadero , el grande, el único Mesías ha habitado y habitará con nosotros para redimir la cautividad de Babilonia y traer, para la eternidad, la remisión de los pecados. He también llorado en la sinagoga antes de partir hacia Tierra Santa, he llorado sobre las cabezas de mis hijos, los labios marchitados de mi esposa, porque todo lo abandonaba para seguir a quien cada noche se transfiguraba en el hijo de Dios para llevarnos victoriosos al trono de Sión.

Yo, Moisés Nizberg, hijo de Nathan, hijo de Mordecai, hijo de Israel, he oído a Sabbatai Zewi anunciar su marcha a Constantinopla y el destronamiento del sultán, soberano de los Santos Lugares; y le he visto repartir las coronas del orbe entre sus más fieles seguidores y bendecir palomas antes de la partida, y le he visto, con la misma majestad, en Constantinopla, atravesar las puertas de la prisión y volver a traspasarlas entre los improperios de los infieles, camino de la fortaleza de Abydos cuando doscientos navíos llevaban a los pies de la fortaleza a diez mil fervorosos hijos de Judá y rechazar, con ira, el dictamen de Nehemia Kohen al llamarlo, tras secreto examen, seductor de turbas y falso Mesías.

Yo le he visto triunfante en sueños y prisionero en Adrianópolis, y he seguido el halo de su virtud desde la costa de Gallípoli y afrontar con serenidad, ante los arqueros y las picas enhiestas, la amenaza del réprobo Mehmet V sobre los baluartes de la ciudad, y con una mirada secreta dominar la llanura en la que los fieles de Sión esperábamos su palabra de fuego que podía llevarle la afrentosa muerte al reafirmar su naturaleza de Mesías. Y yo, Moisés Nizberg, hijo de Nathan, hijo de Mordecai, hijo de Israel, yo que sé que el Mesías ha morado y morará con nosotros, yo que por su fe todo lo abandoné como impuros ropajes, yo, Moisés Nizberg, que he visto en mis sueños coronarse de paños carmesíes a Sabbatai Zewi sobre una muralla de fúlgidos estandartes, yo, Moisés Nizberg, le he visto como un relámpago alzar su voz sobre la llanura y, desde la muralla, arrebatarle el turbante a un lancero y posándolo sobre su sagrada cabeza, gritar sobre el silencio ¡Alá es Grande!

[Publicado originalmente en Puente de plata, nº 1, Málaga, 1992,
recogido en el libro MONTAÑEZ, Mario Virgilio: Humo en un jardín. Relatos, 1986-2006. Prólogo de Juan Francisco Ferré. Málaga, Area de Cultura, 2006]