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martes, 7 de abril de 2015

Falsificaciones literarias: Escribir con la letra de otro

Al cumplirse los 25 años de la más notoria y espectacular falsificación histórica, cuando en febrero de 1981 fueron hallados los presuntos diarios de Hitler, es buena ocasión para revisar algunos de los fraudes documentales más notorios de los últimos cien años, por no mencionar algunos más antiguos como los que dieron lugar al llamado “tubalismo” que pretendía un origen mítico para España como nación merced a un pretendido rey Túbal, nieto de Noé, que propiciaría fantasías vasco-iberistas para dar un soporte falsamente legítimo al nacionalismo vasco de Sabino Arana, a partir del libro de Andrés de Poza De la antigua lengua, poblaciones y comarcas de las Españas (1587), cuyas fantasías son sabiamente desmontadas, no sin sarcasmo, por Julio Caro Baroja en su obra fundamental “Las falsificaciones de la Historia” (1996). Antes de entrar en las más llamativas, por lo populares, falsificaciones históricas del siglo XX, que no serían sino los diarios falsos de Jack el Destripador y de Adolf Hitler, conviene hacer un recorrido por otras que, si no tan conocidas, sí han producido a veces daños de gran alcance.

            Las mentiras antisemitas

            Los  autores del exterminio de los nazis hacia el pueblo judío justificaban sus actos citando el libro Protocolos de los sabios de Sión, que sigue siendo el credo, junto al autocomplaciente y delirante Mein Kampf, para los neonazis, y para no pocos fanáticos islamistas, que siguen creyendo la mentira, ya desmontada pieza por pieza por los historiadores, de esta presunta obra anónima según la cual un grupo de sabios hebreos trazaban un plan para adueñarse del mundo. Algo así como una obra de Dan Brown pasada por la esvástica antes de que los nazis surgieran. En concreto, este libro, que se sigue imprimiendo para uso de exaltados, apareció por entregas en un diario ruso en 1903 bajo el título Programa para la conquista del Mundo por los judíos. Basado en una obra historiográfica del clérigo francés Barruel sobre el jacobinismo, y en la novela Biarritz del alemán Hermann Goedsche y empapada del antisemitismo que propició las grandes matanzas de judíos en las décadas finales de ese siglo, la autoría de esta falsificación pertenece al agente zarista Serguei Nilus. El resultado, a la larga, se convertiría en 6 millones de muertos, además de tantos judíos perseguidos antes y después de la Segunda Guerra Mundial.


            El Necronomicón

            No todas las falsificaciones han sido tan nocivas, ni buscado intereses políticos ni económicos. Entre las inocentes, pero inquietantes, está el celebérrimo “Necronomicón”, o “Libro de los nombres muertos”, invención de uno de los padres de la literatura de terror y fantástica moderna, H. P. Lovecraft, que menciona por vez primera esta obra en 1922, atribuyéndola a Abdul al-Hazred, El Ciego, autor persa de hacia el año 700. Esta obra, capaz de hacer comparecer a los demonios y destruir el mundo, ha sido buscada por legión de admiradores de Lovecraft, y hasta se han reproducido páginas de antiguas ediciones (se habla de una versión griega impresa en Italia en el siglo XVI, y de una edición inglesa de 1571 traducida por el mago John Dee). Fichas catalográficas de este libro perdido han sido halladas en la Biblioteca Nacional de Francia y en la British Library de Londres, pero se debe más a bromas de eruditos que a la existencia, nunca comprobada, de la obra. Resultado de lo sugerente del libro es que se han editado diversas versiones del libro, todas espurias, en las últimas décadas. Lovecraft, con su mirada extraña y magnética, sonreiría siniestramente al comprobar el resultado de su invención.

            Max Aub, el maestro

            El escritor español, más tarde nacionalizado mexicano, y cosmopolita, desarraigado y de orígenes frances y alemanes, judío y republicano, es en España el maestro de este género de la falsificación. Pero no es un falsificador. De hecho, a su obra más conocida adscribible al género, “Jusep Torres Campalans” (1958) fue considerada siempre por su autor como una novela, aunque se trate de una hábil biografía, profusamente ilustrada con fotografías y obras de Campalans, de un olvidado autor de la vanguardia plástica española, mezcla de Picasso y de Juan Gris, y que no tardó en ser creída cierta, hasta el punto que el interés por la obra de Campalans (realmente hecha por Aub) no tardó en despertar el interés de coleccionistas, galeristas y museos. Algo similar consiguió Aub en 1971 con su novela “Vida y obra de Luis Álvarez Petreña”, que recoge los avatares y textos de un escritor de tal nombre con tal verosimilitud que sólo la palabra “Novela” sobre la portada de la primera edición alertaba al lector que se encontraba ante otro juego literario del autor nacido en París en 1903. 

Un verdadero Torres Campalans 

            Falsos adioses

             Quizás de las falsificaciones recientes más exitosas sean las atribuidas a Jorge Luis Borges y a Gabriel García Márquez, ambas en forma de poemas en los que ambos autores, conscientes de la cercanía de “la postrera sombra que me llevare el blanco día”, en verso memorable de Quevedo, recapitulan sobre su vida. En el caso de Borges, el poema, titulado “Instantes”, comienza con “Si pudiera vivir nuevamente mi vida. / En la próxima trataría de cometer más errores. / No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. / Sería más tonto de lo que he sido, de hecho / tomaría muy pocas cosas con seriedad.” En todo caso, se trata de una pieza mediocre, sin afinidad ninguna con el espíritu ni el estilo del autor argentino, aunque se publicara en 1989 en la muy prestigiosa revista mexicana “Plural”, y debida a la pluma de la norteamericana Nadine Stair, que lo publicó en prosa en inglés en 1978 (8 años antes de la muerte de Borges), con el título “Si tuviera que vivir nuevamente”, y que es casi una versión exacta, previa y norteamericana, del apócrifo. Así pues, enigma borgiano resuelto.

            Similar es el caso de García Márquez. El poema circuló por las emisoras de radio colombianas en 1996 y por Internet. Titulado “La marioneta de trapo”, comenzaba diciendo “Lo dice una marioneta de trapo: / Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo, y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero, en definitiva pensaría todo lo que digo. / Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan...” En fin, algo muy apropiado para lectores de Jorge Bucay o de Paulo Coelho. No fueron pocos los que lo creyeron obra del Nobel colombiano, enfermo de cáncer, en la opinión de que se trataba de otro adiós a la vida. La autoría no tardó en desvelarse: se trataba de Johnny Welch, un ventrílocuo que incluyó ese poema, en el mismo 1996, en su libro “Lo que me ha enseñado la vida”. La reacción de Gabo al poema se concentra en una frase de una entrevista: “Lo que me mata es que crean que escribo así”.

            Falsos diarios

            Para terminar esta galería de despropósitos y engaños, examinemos someramente dos diarios falsos. El 18 de febrero de 1981, el escritor Gerd Heidemann ofreció a un grupo editorial alemán 62 volúmenes de unos diarios manuscritos de Hitler encontrado entre los restos de un avión derribado en la Segunda Guerra Mundial. Aunque los primeros peritos los dieron por falsos, la editora decidió apostar por su autenticidad y pagarle a Heidemann dos millones de dólares. El magnate de la prensa Rupert Murdoch compró los derechos, a su vez, por 3.750.000 dólares en 1983 y contrató a Hugh Trevor-Roper, serio historiador del nazismo, para que los autentificara. Y el historiador mordió el anzuelo. Dos semanas después de que la revista “Stern” publicara la primera entrega de los diarios con el artículo de Trevor-Roper que les daba credibilidad, los expertos científicos hallaron por la composición química de los productos usados que su elaboración era posterior a 1945. Heidemann no tardó en confesar: el falsificador era Konrad Kujau. En 1985 los dos urdidores fueron condenados a cuatro años de prisión por estafa.



            Mientras que la falsedad del diario de Hitler está demostrada, sigue discutiéndose la del presunto diario de Jack el Destripador, según el cual el asesino y diarista era James Maybrick, un comerciante de algodón asesinado por envenenamiento por su esposa en 1989, un año después de los crímenes de Jack. El “descubrimiento” se hizo en 1992. Creído como cierto, los expertos calígrafos de Scotland Yard no tardaron en dictaminar que la letra había sido alterada con florituras victorianas. También se puso en duda el tipo de tinta. Y también había contradicciones de detalle con los hechos del Destripador. Finalmente, en 1995, el hombre que apareció como el descubridor del diario de Maybrick, un comerciante del metal llamado Michael Barrett, admitió que él y su mujer Anne falsificaron el diario. Su actual propietario sigue batallando, en diversos libros y contra toda esperanza, por la autenticidad de su posesión. Y es que el que no se engaña es porque no quiere.


Artículo publicado en Diario Sur el 17 de febrero de 2006

domingo, 30 de marzo de 2014

La gloria de Rafael Cansinos Assens

Hay ocasiones en que el olvido es algo que festejar, cuando llega su fin y una iniciativa o un aniversario nos permiten sacar de las tinieblas a un creador con el que la posteridad no ha sido generosa pero cuyos méritos son altos y propicios para la celebración. Es lo que sucede con el sevillano Rafael Cansinos Assens, del que se cumplen 45 años de su muerte, verificada en Madrid el 7 de julio de 1964, y que va siendo motivo de frecuentes informaciones en los últimos meses merced al avance de la fundación que custodia la obra y la memoria del autor, por hacerse un hueco en el mundo cultural español.
A muchos el nombre de Rafael Cansinos Assens les sonará vagamente como el de quien Borges reiteradamente reconocía su maestro, pero siendo cierta esta deuda del argentino con Cansinos, es igualmente indudable que, aparte de la relación entre Borges y nuestro autor, Rafael Cansinos Assens es un magnífico ejemplo de la literatura de su tiempo, de erudito empecinadamente resistiendo a las vicisitudes de nuestra áspera patria, de insobornable testigo de un tiempo al que llamamos la Edad de Plata.
De Cansinos, más allá de las anécdotas, de la ligazón con Borges, del parentesco con Rita Hayworth (hija del también sevillano Eduardo Cansinos), quedan un puñado de libros que van siendo recuperados por su hijo, el editor Rafael Manuel Cansinos, que se ha dedicado a la tarea primero desde su propia editorial, Valdemar, y después desde el sello ARCA (Archivo Rafael Cansinos Assens). Con todo, no nos encontramos ante la tarea de un hijo que vela por el reclamo de su padre, sino del rescate de un autor merecedor de una posteridad más plena que la que le ha correspondido.
Los datos de la extensa vida de Cansinos se pueden resumir en un puñado conciso de fechas y de lugares: nace en Sevilla en 1882, queda huérfano pronto, recibe una educación católica, en 1898 se instala en Madrid, se dedica al periodismo y a la literatura, publica un puñado de libros y realiza numerosas traducciones de diversos y abrumadores poemas. Su elección del judaísmo como religión íntima le fortaleció interiormente pero le puso en el lado de los sospechosos durante el franquismo. Murió hace 45 años.

'La novela de un literato'
Entre la extensa obra de Cansinos, y entre la poca accesible en el mercado, destaca de forma especialísima, y magistral, 'La novela de un literato'. Publicada por Alianza Editorial en tres volúmenes de más de 500 páginas cada uno dentro de la colección 'El libro de bolsillo', estas memorias literarias de Cansinos constituyen una maravillosa rareza entre nuestras letras. A través de breves capítulos ordenados cronológicamente, Cansinos nos habla de los autores que ha conocido y tratado desde su llegada a Madrid desde la Sevilla natal en 1898 hasta el día siguiente del comienzo de la Guerra Civil.
Con un sentido del pudor muy elevado, y una modestia pocas veces vista, Cansinos nos lleva a las redacciones de los periódicos, los cenáculos literarios, las editoriales, las tertulias, nos retrata a poetas de la más alta categoría (son emocionantes sus páginas sobre Juan Ramón Jiménez, desoladoras las que recogen a un Rubén Darío idiotizado por el alcohol) y a otros autores que son fruto de son hoy objeto de mera erudición o de olvido sin remedio, entra en el detalle de los anécdotas más menudas, otorga vida singular, cargado de veracidad pero nunca de maledicencia, a tantos y tantos momentos, tantos y tantos nombres.
Un libro excepcional firmado por un testigo de privilegio de un momento de excelencia de la literatura española. Se trata de una obra de la madurez final de Cansinos, que firma su proemio en 1961, cuando de vida sólo le quedaban tres años, y en el que se confiesa cansado desde las primeras palabras: «Hay un momento en la vida del escritor en que, cansado o desengañado, se siente reacio para la creación y vuelve la vista a sus recuerdos, que le brindan el argumento de una novela vivida en colaboración con sus contemporáneos».
El libro de poemas en prosa 'El candelabro de los siete brazos' (1914), reeditado por Alianza con un prólogo, de 1981, de Borges, el volumen de cuentos líricos 'El llanto irisado' (1924), la novela en clave, acerca de las vanguardias, 'El movimiento V. P.' (1921) y el volumen de ensayos 'Los judíos en la literatura española' (1937) pueden ser encontrados con facilidad relativa. Todos son gratos, los dos primeros son excelentes.
Cansinos visto por otros
César González Ruano, cuya obra está siendo objeto de una ejemplar tarea de recuperación por parte de la Fundación Mapfre, no congenió del todo con el gran auspiciador del ultraísmo, aunque fue una de las siete personas que asistieron a su entierro y el único que en la prensa se ocupó de la noticia del deceso y de la reseña del fallecido.
En su libro 'Siluetas de escritores contemporáneos' (1949) lo despacha en términos equívocos: «Era ya entonces el mismo Cansinos de ahora, alto, desvencijado, algo caballuno e infinitamente triste, con una actitud entre el lirismo desbordante, judaico, y la zumba andaluza que permitía con dificultad saber cuándo hablaba en serio y cuando se tomaba el pelo a sí mismo».
Poco después, en su extraordinario libro de memorias 'Mi medio siglo se confiesa a medias' (1951), en el que habla tanto, o casi más, de sí mismo como de sus contemporáneos, traza un retrato poco piadoso de Cansinos: «Con Rafael Cansinos tuve la amistad que él concedía a un joven, que no era nunca mucha. Tenía una extraña altivez recreada en una especie de estética del fracaso y presumía de algo así como de mártir oficial de la literatura española. Sobre él pesaban los rumores maldicientes de viejos vicios y confusionismos de la intimidad que él se echaba sobre los hombros, encantado, como capas pesadas que hacían aún más angustiosa su existencia resudada de voluntarios martirios».
En sus memorias, González Ruano copia de su título de 1949 el retrato que hace del escritor sevillano y que pese a todo resulta admirativo: «Cansinos era grande, huesudo, con la mandíbula mal encajada, los ojos un poco saltones, grandes cejas sin peinar, los cabellos rizosos y ya entonces entrecanos, dura sombra de barba y dientes grandes y muy visibles. Había en su persona una intención desgalichada y un áurea fúnebre de cigarrón de los caminos. Hablaba pomposo y lento, con palabra elegida y párrafo largo, como su prosa; dejo muy andaluz, perezoso y, a la vez, inflamado. Era millonario en metáforas y de una imaginación sin límites».
La semblanza que en sus dos libros hace González Ruano de Cansinos es la que sirve de armazón para que en 1996 Juan Manuel de Prada convierta a Cansinos (y también a Ruano) en personaje de su novela 'Las máscaras del héroe', que recoge también materiales de 'La novela de un literato' y que tiene como protagonista al escritor malagueño, portentoso y malvado que fue Pedro Luis de Gálvez.
Prada nos describe a su Cansinos: «Su envergadura destacaba sobre los demás invitados; tenía los ojos somnolientos, atufados por el humo de un rasero, y la sonrisa triste, como de enterrador». Y más adelante: «Cansinos, como los pecadores del Antiguo Testamento, se sentía vigilado por el ojo triangular de Yahvé, que le censuraba la infracción de algún precepto, de manera que farfullaba una excusa y corría a refugiarse en su casa de la Morería, junto al Viaducto; allí, en señal de penitencia y reafirmación de su celibato».
Cansinos, con su hermana

Cansinos y Borges
No fueron pocos los textos que Borges dedicó a Cansinos. Ya en el primer artículo que publicó en Buenos Aires, en 1921 y dedicado al ultraísmo, nombraba a su maestro como impulsor del movimiento, y en ese mismo año afirma en otro lugar la responsabilidad plena de Cansinos en la nueva estética, para en 1924 dedicarle un poema que incluirá en su libro 'Luna de enfrente' y que es un tanto farragoso, a excepción de ciertos versos: «Es duro realizar que no tendremos ni en común las estrellas. / Cuando la tarde sea quietud en mi patio, de tus cuartillas surgirá la mañana / Será la sombra de mi verano tu invierno y tu luz será gloria de mi sombra».
Más memorable será el que le dedique en el libro 'El otro, el mismo', publicado en el año de la muerte de Cansinos, 1964: «La imagen de aquel pueblo lapidado / Y execrado, inmortal en su agonía, / En las negras vigilias lo atraía / Con una suerte de terror sagrado. / Bebió como quien bebe un hondo vino / Los Salmos y el Cantar de la Escritura / Y sintió que era suya esa dulzura / Y sintió que era suyo aquel destino. / Lo llamaba Israel. Íntimamente / La oyó Cansinos como oyó el profeta / En la secreta cumbre la secreta / Voz del Señor desde la zarza ardiente. / Acompáñeme siempre su memoria; / Las otras cosas las dirá la gloria».
Este poema delata la emoción del argentino, que en 1963 en un viaje a Madrid se reencontró con su viejo amigo. Edwin Williamson, en su abrumadora monografía del porteño, resume ese encuentro presenciado por la madre de Borges: «Pasaron una mañana juntos en la casa de Cansinos, con reminiscencias de los días del Ultra y la vanguardia madrileña. A lo largo de la conversación Borges sostenía la mano de su viejo maestro, y cuando llegó el momento de irse, sollozaba en silencio mientras le susurraba una despedida al oído a Cansinos».
Homenaje
La admiración de Borges por Cansinos no hizo sino crecer con los años. Así, en 1927 Borges, haciendo alusión a un libro de Cansinos re-editado en nuestros días por Valdemar, afirmaba sentencioso: «Dulce y decorosa aventura la de visitar los libros de Rafael Cansinos Assens, la de hacerse merecedor de su intimidad. Su obra es ignorada con injusticia: comprobación en que miramos, no tanto a la adversidad de su autor, cuanto a lo maravilloso y absurdo de que a nosotros ciudadanos de Buenos Aires, ciudadanos de la mayor ciudad de lengua española y cabeza espiritual de este continente nos sea desconocida la más apasionada y férvida prosa de que hoy sabe nuestra habla. Que la de Cansinos lo es con integridad, ningún lector de 'El divino fracaso' lo pondrá en duda».
Más tarde, con motivo del homenaje que en Buenos Aires dedicó al sevillano, con motivo de su muerte cuatro días antes, en la Sociedad Hebraica Argentina, Borges recordaba ese mismo libro en un pasaje que honra, y hace querer, al escritor que aquí conmemoramos: «He hablado hace un momento de 'El divino fracaso'. Creo que Cansinos de algún modo buscó el fracaso. Nadie menos interesado que él en las maniobras de la literatura. Nadie menos interesado que él en la fama. Buscaba y encontraba la belleza en todas partes en todos los libros. Por eso su generosidad, que lo perjudicó muchas veces para el elogio. Leía un libro mediocre y lo recreaba. Veía las intenciones que existían detrás de ese libro, o que podían haber existido, y generosamente se las atribuía».
Y concluyó Borges esa intervención, con palabras que hacemos nuestras: «Yo dije, en páginas, en una nota que acaba de recordar nuestro amigo, que a Cansinos le faltó una sola cosa: la gloria. Pero ahora, con su muerte, esa gloria, esa gloria que el idioma español y cuantos manejamos ese vasto idioma le debemos, empieza. Y esta noche que nos congrega es uno de los principios de esa gloria que tendrá merecidamente, justamente, fatalmente, nuestro amigo, visible o invisible, el gran poeta judeo-andaluz Rafael Cansinos Assens».
Artículo publicado en diario Sur, 3 de julio de 2009


lunes, 12 de noviembre de 2012

Notas reiterativas sobre el mito del eterno retorno

Artículo publicado en "Paradigma: revista universitaria de cultura ", nº 4, 2007

Una intuición, un apunte, lleva a otro en este jardín de senderos bifurcados. Así, en un principio fue Borges en dos momentos de uno de sus libros de plenitud, justo antes de que todo fuera evocación e insistencia. De esta manera, en el relato "El evangelio según Marcos", perteneciente a “El informe de Brodie”, afirma “También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota”. Más adelante, en el mismo volumen y en la narración que le da título, sostiene: “Sabemos que el pasado, el presente y el porvenir ya están, minucia por minucia, en la profética memoria de Dios, en Su eternidad; lo extraño es que los hombres puedan mirar, indefinidamente, hacia atrás pero no hacia adelante.”


Estas sugerencias de que el tiempo es estable, inmóvil, en la memoria de Dios y que a los hombres sólo nos está permitido acceder a escasos instantes que, en suma, se corresponden escrupulosamente a dos modelos, el de la Ilíada y el de la Biblia, lleva a considerar lo mantenido por Northrop Frye en su ensayo “La escritura profana”, según el cual toda ficción occidental no hace sino repetir esquemas míticos ya recogidos en la Biblia, que es a su vez la exposición de un vasto sistema mitológico, entendiéndose como mitología “un vasto cuerpo narrativo conectado entre sí, que abarca toda la revelación religiosa e histórica que atañe a su sociedad o se refiere a ella”.  Aún más, para Frye “la Biblia constituye el ejemplo supremo de cómo pueden los mitos, bajo ciertas presiones sociales, agruparse para formar una mitología. Una segunda mirada a esta mitología nos demuestra que de hecho llegó a ser, durante la Edad Media y posteriormente, un vasto universo mitológico, extendiéndose en el tiempo desde la creación hasta el apocalipsis, y en el espacio metafórico desde el cielo hasta el infierno. Un universo mitológico es una visión de la realidad en términos de intereses, angustias y esperanzas humanas: no es una forma primitiva de la ciencia”.

Frye

Eliot Trimegisto

      Anudando las ideas de Frye con las intuiciones de Borges, podemos llegar a una concepción de la existencia que es básicamente la de antes de que ciencia y mito se escindieran, un tiempo en el que la vida se reduce a seguir un esquema puramente biológico (“como si vivir fuera tan sólo respirar”, tal como dice Lord Tennyson en su propia re-elaboración del mito homérico, el poema “Ulises”), un ciclo infinitamente repetido de nacimiento-desarrollo-muerte, en el que todo consiste en repetir los modelos anteriores. De este modo, el tiempo sigue la concepción circular de la rueda que gira tal como Eliot asocia a Phlebas el Fenicio (oh tú que das vuelta a la rueda y miras a barlovento, / considera a Phlebas, que fue en otro tiempo tan gallardo / y alto como tú) y que, según mantiene Thomas Cahill en “El legado de los judíos” sería rota por los israelitas al instaurar una concepción lineal del tiempo. 

Esta concepción del tiempo como condena es la que constituye, al fin y al cabo, el cimiento del mito del eterno retorno, tal como señala Mircea Eliade en su ensayo “El mito del eterno retorno”: “En el detalle de su comportamiento consciente, el “primitivo”, el hombre arcaico, no conoce ningún acto que no haya sido planteado y vivido anteriormente por otro, otro que no era un hombre. Lo que él hace, ya se hizo. Su vida es la repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros”. Esta repetición de los gestos de otro, de un “otro” que no puede ser sino una figura mítica, de lo que se deducen de los mitos valores orales y de enseñanza que a su vez daría origen a las primeras manifestaciones literarias, es plenamente pre-industrial, perteneciente a épocas en que el hombre se regía por el orden de la naturaleza, que es cíclico, orden dentro del que el hombre, impotente, se incluía antes de pretender ser su domeñador ya en época industrial ni, mucho menos, su intérprete como sucederá cuando del mito se pase al logos. 
Será en ese momento del devenir histórico cuando, repitiendo el gesto de rebeldía enunciado por el mito de Prometeo, cuando se intente comprender los mecanismos del tiempo como primer paso para su dominio y usando como herramienta el mito entendido en tanto medio de expresión de ideas y conceptos de carácter metafísico, en opinión de Eliade: “Si nos tomamos la molestia de penetrar en el significado auténtico de un mito o de un símbolo arcaico, nos veremos en la obligación de comprobar que esta significación revela la toma de consciencia de una cierta situación en el cosmos y que, en consecuencia, implica una posición metafísica”. Poseído de esta auto-conciencia a la manera en que Ernesto Sábato retrata al ser humano en su paso desde la felicidad zoológica a la insatisfacción metafísica, el hombre se encuentra de frente a la perplejidad que le produce la imperturbable fidelidad de los ciclos naturales proyectados a la vez sobre la propia psique y las primeras concepciones religiosas, lo que en definitiva le lleva al que puede ser el más insistente y persistente de los mitos del hombre arcaico: el mito del eterno retorno.
 Este mito no se circunscribe a las creencias de la Antigüedad, sino que se transmuta y resurge en la generalidad de las ideologías políticas al derivarse de la penosa consciencia de un tiempo inmóvil y a la vez reiterativo la necesidad de una esperanza de redención, una ruptura de la rueda que nos permita alejarnos de la identificación con el fenicio de Eliot, la liberación de la sumisión ciega, estéril, a las normas de la naturaleza. Ese anhelo de romper con lo inevitable, de subvertir las normas de la reiteración, se concreta en las esperanzas mesiánicas, tal como analiza con meridiana transparencia Norman Cohn en “El cosmos, el caos y el mundo venidero”. Escindida así la mentalidad entre dos planos de realidad, el de un presente perfectible en que se está atrapado y un futuro de redención y perfecto, la vida en esta realidad se presta a ser interpretada como un reflejo, una emanación, de algún dios del que copiamos los gestos, eco de un mundo ulterior, ultraterreno, al que sólo nos es dado el acceso a través del simulacro de la vida. Surgen, pues, al tiempo que las concepciones maniqueas y gnósticas, la creencia, no ajena a lo que aducirá Platón, de la duplicidad, en forma de simulacro, de lo real: la Jerusalén Terrestre existe gracias a la pre-existencia de una Jerusalén Celeste.
Así, sometiéndonos a esta mecánica especular y circular, es como toda vivencia más allá de lo biológico y ordinario es reflejo de un mito, los que Frye identificaba con los de la Biblia y Borges con el rey de Ítaca y el hijo de un carpintero hebreo. Como parte del juego de dobles, de simetrías, de retornos, los héroes habrán de vivir encarnaciones sucesivas, y así el rey Arturo de Bretaña pasará a ser “el rey que fue y que será”, Hitler se identificará a sí mismo como encarnación de Federico el Grande, José Antonio Primo de Rivera será reverenciado como el Ausente con una reverencia casi adventicia y esperado como un mesías secreto, Saddam Hussein se auto-invocará como avatar de Saladino, e incluso el general Perón habrá de verse engrandecido, en la década de los sesenta e inicios de los setenta, por ingenuas profecías de retorno y redención.
Borges en su laberinto

      No es otra que la nostalgia del paraíso la fuerza que alimenta este torrente confuso de esperanzas, la que nutre la cadena de repeticiones y arquetipos que Mircea Eliade presenta como los pilares del mito del eterno retorno que a la larga se transforma, en vista de la evolución de la Historia, en la constatación de una serie infinita de fracasos al pretenderse la reinstauración atemporal e inmóvil del Edén, misión que habrá de otorgarse a los dioses, a los dirigentes convertidos en dioses de sí mismos, cuando no en torpes demiurgos, en mesías que tampoco podrán evitar las repeticiones, dándose lugar a la creencia en la segunda venida de diversas figuras y divinidades en credos muy diversos, entre losa que cabe mencionar el Cristianismo con la parusía de Cristo,  el Hinduismo con Vishnú, el Islam con Jesús, el Mahdi o Mirza Ghulam Ahmad, el Bahaísmo con Bahá'u'lláh o la iglesia de Swedenborg con la figura del propio visionario sueco. Incluso en la más reputada tradición mesiánica, la judía, el mesías es contemplado en una venida duplicada: por una parte el Mesías hijo de José, que ha recibido al menos seis atribuciones, condenado al fracaso y cuya misión es preparar la venida del definitivo redentor, que sería el Mesías hijo de David.

Mircea Eliade Superstar

      Como se observa, en ninguna de las esferas se está a salvo del regreso. En el laberinto de espejos de los milenios, sólo cabe repetir las muecas de otros, adoptar sus palabras, imitar los gestos esbozados antes por dioses "porque ejemplo os he dado para que como yo he hecho a vosotros, vosotros también hagáis" (Juan, 23, 15), y es que "el que en mí cree, él también hará las obras que yo hago" (Juan, 14, 12). Y quien si acaso estas palabras que ahora terminas de leer, es otro quien las y otro es quien ahora coloca tras la palabra final el punto y final.



sábado, 18 de junio de 2011

Querido y remoto Ernesto


Al cumplirse el centenario del escritor argentino Ernesto Sabato, recientemente fallecido, ofrecemos un retrato desde la amistad y la nostalgia con Málaga al fondo
 Miro las fotos sobre la mesa, las cartas y postales, los recortes de prensa, los libros dedicados, las cintas de casete. En voz, en palabras, en imágenes, vuelve a mí alguien que fue muy querido, un amigo que durante veinticinco años me ayudó con sus consejos, con sus charlas aquí y allá, a ser quien ahora celebra, con una punzada en el pecho, los cien años desde que ese amigo naciera, un centenario que tiene demasiado cerca la fecha amarga, 30 de abril de 2011, en que murió Ernesto Sabato. No se hablará aquí de los méritos y de la obra de quien fue el último clásico argentino, erigido en conciencia moral de ese querido y maltratado país. Trato aquí, para devolverlo por unos momentos a la vida, del hombre, del amigo, del vecino, del maestro (al leer esta palabra, agitaría burlón la cabeza, desdeñando la responsabilidad).
En el Palacio Miramar.
Foto: Gloria Rueda Chaves
Cartas
Obviaré una historia familiar sobre malagueños de Colmenar, con idas y vueltas con Argentina, que resulta en el exilio de mi tío-abuelo José Fernández Silva en 1939. El lugar de ese destino austral se llama Santos Lugares, en el gran Buenos Aires, un lugar sencillo, chato y entrañable. Allí, y poco después se instalaría, a un par de calles, Ernesto Sabato. En 1985, en un intercambio de cartas con mi tío-abuelo, éste me comentaría la vecindad de Sabato. En mi respuesta, le alabé la obra de quien era, ya, uno de mis autores favoritos. Pronto, en uno de sus escasos viajes a España tras recuperarse la democracia, mi tío me entregó un libro de Sabato, “La cultura en la encrucijada nacional”, dedicado por el autor junto a la petición de que le escribiera directamente tras haberle leído mi tío esas palabras de elogio.
La respuesta de Sabato (es italiano el apellido, sus libros no ponen tilde al apellido, aunque en el membrete impreso de los sobres que utilizaba para enviar sus letras sí aparece con el incorrecto signo) no tardó en llegar. La copio tal cual no por vanidad sino por iluminar una anécdota posterior: “Santos Lugares, agosto de 1986. Gracias, querido Mario, por tu hermosa, profunda e intensa carta, que de paso, revela la existencia de un escritor que dará grandes cosas. No tengo la menor duda. Te ruego que me mandes esos cuentos de los que me hablas. Si has de publicar, y estoy convencido, tenés que elegir un nombre más corto, menos de registro civil. Mario Montañez sería uno significativo. Espero que un día podamos darnos un abrazo! E. Sabato”. Escrita con una máquina de escribir de caracteres muy pequeños, con algún tachón mecanográfico y con la firma manuscrita, y sobre un papel también muy pequeño, sería la primera de una serie de cartas que yo respondía, en deferencia a sus problemas de visión, con cartas escritas a máquina primero y a ordenador después, fotocopiadas y ampliadas en tamaño A-3 para que ese formato, parecido al de la hoja de un periódico, le proporcionara una lectura grata. En algún sitio de su casa estarán esas cartas monstruosas enviadas desde Málaga por un muchacho que fue querido y no siempre remoto.
En la Fundación Picasso.
Foto: Glotria Rueda Chaves

En el verano (español) de 1988, tras haber ganado un año antes una mención en un certamen de ensayos sobre Sabato organizado en la provincia de Buenos Aires, y conseguido lo que en 1988 eran mil dólares y que la hiperinflación habría convertido, de no haber sido oportunamente cambiado a la divisa norteamericana, al equivalente actual de 13 céntimos de euro, pude al fin conocer el país de mis tíos y de su vecino Ernesto. Primeras tardes tomando café en su biblioteca, con pequeños cuadros de Oscar Domínguez apoyados en las baldas, charlas en las que él callaba y yo hablaba cuando deseaba que fuera al revés. Después de dos meses en Santos Lugares, seguirá el cruce de correspondencia.
En el nombre del nombre
En una carta de enero de 1991 insistirá en mi nombre, en la conveniencia literaria de usar uno más breve. Esta vez, Sabato desdeña el nombre de Mario y opta por el que conmigo usaría en adelante: “Gracias, querido y siempre recordado Virgilio (insisto en este nombre) por tus cariñosas preocupaciones!”. Ya para entonces había publicado mi primer librito, un cuaderno de versos editado por Ángel Caffarena con ilustración de Eugenio Chicano y nota a la edición de Manuel Alcántara (a él debo, con la misma intensidad y cariño que Sabato haber continuado escribiendo. La doble amistad y confianza de Sabato y Alcántara son un honor que excede a mis méritos; en 1990 y en Málaga se encontrarán Sabato y Alcántara conmigo de humilde espectador). En abril de 1992 realiza en el Centro Cultural de la Villa, en Madrid, la que es la segunda exposición de sus pinturas tras haberlas mostrado, en 1989, en el Centre Georges Pompidou de París. Al día siguiente de la inauguración, hay una charla suya en el auditorio anexo a la sala de exposiciones. Acudo tras haberle confirmado telefónicamente mi asistencia. Con la sala abarrotada de público, Sabato está brillante y volcado con su mensaje. De pronto, se interrumpe en mitad de una frase, mira hacia el público en silencio. Escruta la masa. Pasa un segundo, pasan dos, pasan tres. Dice: “¿Virgilio? ¿Estás ahí, Virgilio Montañez?” Glubs. Los presentes miran a Sabato y buscan por la sala una mano que se alce.  Cuento un segundo, cuento dos, cuento tres. Me levanto. Alzo la voz “Sí, aquí estoy, Ernesto”. Sonríe, me señala. Dice “Está bien. Él se llama Mario Virgilio Montañez, es un gran escritor que se empeña en usar ese nombre espantoso, tan de registro civil, en vez de firmar como Virgilio Montañez, que es tan hermoso. Y como es un cabezota, sé que no me hará ningún caso”. Me siento, entre risas, con las mejillas rojas y lleno de orgullo y pudor.

Sabato en la Fundación Picasso.
Foto: Gloria Rueda Chaves

Hojeo los libros sobre la mesa, la veintena de ediciones diversas autografiadas. En un ejemplar de “Heterodoxia”, un simple “A Virgilio, gracias por esta visita” y la firma, en “Sobre héroes y tumbas”, “Para Virgilio, con un gran y fuerte abrazo” y la mención de julio de 1991; en un “Abaddón”, “Para Virgilio este libro que me dio tanto trabajo, tanto éxtasis y tanta desesperación. Julio de 1991”; en “El escritor y sus fantasmas”, “Recuerdo de este cariñoso encuentro. Gracias, Virgilio. Agosto de 1996”. Momentos, en Madrid y en Santos Lugares, en los que compartimos conversaciones y confidencias. Y que en Málaga tuvieron su plenitud.
Un verano malagueño
Agosto de 1990. Sabato participa en el Curso Superior de Filología Hispánica. Me llama el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, Curro Flores. Me dice que informado por Sabato de que soy el único amigo que tiene en Málaga, me encarga acompañarlo cada día mientras aquí esté. Asisto a la primera y multitudinaria charla que da en la sede de la Caja de Ahorros de Málaga en la avenida de Andalucía, y a la mañana siguiente voy a recogerlo en la cafetería de la azotea del Hotel Málaga Palacio. Allí está con Francisco Ayala y con Hans Meinke, jefe máximo de Círculo de Lectores. Me presenta a ellos con exageraciones sonrojantes. Quedamos en acompañarlos al día siguiente a la Casa Natal de Picasso, en la que aún trabajo. Al día siguiente, sólo Ayala y su esposa me acompañarán. Por la tarde, Sabato me pedirá que le cuente mi vida entera. “Para comprender bien a las personas que de veras quiero, necesito saber su vida. Tenemos tiempo, Virgilio. Contame”. Procedo a volcar mi autobiografía íntima a lo largo de más de una hora en la que apenas me interrumpe, escuchándome con una sonrisa tímida y gesto de psicoanalista piadoso. No hay distancias entre nosotros. Me siento en paz. Al día siguiente, iremos a la Fundación Picasso, que visitará con respetuosa lentitud. En una charla con Manuel Alvar, en el Curso que se celebra en el salón Príncipe de Asturias del Miramar, habla del exilio y de la patria propicia que es el idioma. Otro día visitamos Marbella, acompañados por María José de Miguel, esposa de Curro Flores, y un chófer del Ayuntamiento. Tomamos café en la Plaza de los Naranjos, paseamos, charlamos. En la sobremesa del almuerzo, en un restaurantito modesto frente al mar, suspira, invoca a Matilde, su esposa, la elogia. Le acompaño en el encomio. Mira al mar, suspira. Pregunta: “¿Queda lejos Torremolinos?” Le informo. Se explica: “Allá vive una vieja amiga, Ulrike von Kühlmann, a la que hace décadas que no veo”. Me cuenta la historia de Ulrike, una alemana hija de un funcionaria nazi represaliado por el régimen, que en el Buenos Aires de los años 40 encandiló a Sabato y éste se la presentó a quien de ella, “como un colegial”, se enamoró: Borges. Recientemente, al conocer que su hijo Jorge Federico Sabato era Ministro de Cultura del gobierno de Alfonsín, y para que se instalaran en una sala especial de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, le había hecho llegar a su casa de Santos Lugares varias cajas llenas de libros y manuscritos de Borges que en una infructuosa labor de cortejo había regalado a Ulrike. “Figurate, el Borges más íntimo, al que tantos se empeñan en presentar como mi enemigo, está, en sus cartas y en esos poemas de enamorado en el sótano de mi casa”. Me hablaba de la esplendorosa y sofisticada belleza de Ulrike, de cómo el fantasma de aquella pasión nunca satisfecha parecía estar tras “Ulrica”, el relato que en “El libro de arena” es la clave para comprender la tumba, los símbolos, que Borges había elegido para su tumba en Ginebra... Le animé a llamarla, a verla, a revivir aquella amistad prodigiosa y remota. “No, Virgilio. No la veré. Ella me habrá visto en los diarios, en los libros, en la televisión. Sabe que soy este viejo espantoso. Yo prefiero seguir viéndola como aquella mujer bellísima tan inteligente. No quiero tener en mi mente una imagen como la mía. A lo más, la llamaré desde el hotel”.
En Marbella.
Foto: María José de Miguel Molina

En vista de que su último día en Málaga estaba vacante, sobre la marcha quiso organizar, un sábado por la mañana, un encuentro con los escritores malagueños que entonces, hace tanto, éramos jóvenes. Aquella conversación se celebró en la sala de juntas del Archivo Municipal. En las páginas del “Diario de la Costa del Sol” se especificó que “En la reunión, prolongada durante más de cuatro horas, Sábato respondió a las numerosas preguntas formuladas por los jóvenes, convirtiéndose el encuentro informal en una verdadera clase magistral sobre los porqués del arte literario”. En “Diario 16 de Málaga” y en la edición nacional se publicaría la única entrevista concedida por Sabato durante esa estancia malagueña. El titular, “Creen que voy a morirme, pero yo tengo otros planes”. Los autores, M. V. Montañez y Héctor Márquez. El último encuentro, pleno de melancolía, será en Badajoz en 2002. Nublada la memoria por un incipiente Alzheimer, yo seré un extraño. Y él, una añoranza imborrable.

En el Archivo Municipal de Málaga.
Foto: María José de Miguel Molina

Mucho, mucho más, queda en este tintero enlutado y emocionado y triste. Miro una humilde tarjeta que firma “La Comisión de Vecinos”. El texto es interesante. Tras una cita de Sábato (con tilde en la tarjeta) se dice que “Invitamos a Ud al agasajo que ofreceremos a nuestro ilustre vecino Don Ernesto Sábato, gloria viviente de las Letras Argentinas, con motivo de sus 80 años, junto a su esposa Matilde, en el Club Defensores de Santos Lugares, el día 26 de Julio de 1991, a las 19’30 horas”. Allí estuve, con mi compañero Salvador Bonet, tras participar con sendos dibujos en una carpeta que le fue entregada en ese acto de homenaje y en el que estuvo vibrante y cariñoso, apocalíptico y bromista. Sus palabras (de fondo las escucho en una cinta de casete) son las de un amigo, las de un vecino, las de un maestro que ahora, con la muerte aún viva, cumple 100 años y que en la niebla del recuerdo me sonríe tras las gafas oscuras al ver que firmo, sólo hoy, con el nombre que él para mí quiso.
Virgilio Montañez
Artículo publicado en diario Sur el 18 de junio de 2011