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jueves, 5 de octubre de 2017

Tan ufana y tan soberbia


Ya lo dice el himno oficial de Cataluña, Els segadors, cuando afirma que Cataluña triunfante volverá a ser rica y plena conminando a retroceder a esa gente tan ufana y tan soberbia. Lleno de amenazas más o menos veladas, de golpes de hoces que pueden segar cadenas, y que seguirán afilando para defender la tierra, siempre me ha llamado la atención justamente eso, los ufanos y soberbios. Según la Real Academia Española, ufano es, en su primera acepción, alguien arrogante, presuntuoso, engreído. Y soberbio, quien  tiene soberbia o se deja llevar de ella, entendiendo soberbia, en su primera acepción, como altivez y apetito de ser preferido a otros. Y, en su acepción segunda, satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Y en la tercera, exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa, especialmente de un edificio. Y en la cuarta, cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.

    

Vivimos tiempos de fronda, en que un trozo de España quiere unilateralmente y situándose fuera de la ley, separarse del resto de la nación. Quizás con cansina insistencia he menudeado en este blog en razones por las que no comparto la causa secesionista. No insistiré, por tanto, en razones históricas ni políticas. Iré a algo menos abstruso. Y que me hará merecedor de que me llamen ufano o soberbio los que esto lean y sean ignaros (que no son del todo ignorantes, sino que no tiene noticia de las cosas). Pero de lo que hablo ahora es del factor humano. O no.


De cómo los que eran notoriamente independentistas (sea desde el nacionalismo o desde la izquierda que ve en el hecho mismo de la existencia de España una herencia de Franco, cosas de las pocas lecturas y el flaco discernimiento), o meramente tibios se han ido decantando por  la cosa de las esteladas, la indignación por el uso de la fuerza y el consumo a granel de las imágenes que llegan y son tragadas de forma acrítica, inflamados por la ética y la ética de las heridas fingidas, los dedos partidos pero absolutamente ilesos y otras zarandajas por el estilo. Entiendo que la monotonía de madrugón-trabajo-familia-gato/perro-tele es poco motivadora, y que los gritos de in-de-pen-den-cia o fora-fora-fora o el hispanísimo fils-de-puta, son más estipulantes que decir “buenos días, ¿me pone un poleo menta?” o un “buenos días, amor”, y que agitar la bandera con la estrella es más emocionante que aporrear este teclado, y que tragarse la propaganda de TV3 (la llevo viendo cada día un rato desde el 5 de septiembre y es ridícula y triste en su entusiasmo. Nota: mi conocimiento del hermoso idioma catalán es más que aceptable), a los que antes han sido criados en la inmersión lingüística en catalán y el falseamiento de la Historia (queridos ignaros: no existió nunca una corona catalano-aragonesa; en 1714 no desapareció la independencia de la nación catalana porque no fue nunca independiente porque nunca existió la nación catalana; pero prometí no meterme en jardines históricos), decía, a los inoculados por el venenillo del hola nou país, el volem votar, de pronto la vida parece que les ofrece un sentido, un objetivo final, una justificación, una coartada.

 

Y, claro, quien venga a aguarles la fiesta, quien diga España, quien diga Constitución, quien diga Ley, pasa a ser un fascista, un redomado hijo de puta, un esquirol.Quien señale la presencia en la Diada del terrorista Otegi, miembro de una banda que dejó muertos en Hipercor de Barcelona, en la Casa Cuartel de Vic, mimado por los separatistas, entrevistado entre sonrisas y manoseos en TV3. Quien recuerde el latrocinio del 3 %. Quien se niegue a vituperar este país antiguo y manifiestamente mejorable, merece el escrache. El puteo. El linchamiento que empieza siendo verbal y después acaba como se sabe. Quien quiera reforma, quien quiera evolución, en vez de ruptura o revolución, es un enemigo del pueblo. Un imperialista burgués. Un botifler. Todo eso. Quien quiera, puede empezar. Mis espaldas son anchas. I amb un somriure os borraré de mis contactos si formáis parte de ellos. Porque no discutiré con los que están preparando el hacha, la hoz, para con un bon cop de falç cercenar la patria común en indivisible de todos los españoles (Preámbulo de la Constitución Española de 1978). Tengo algunas más lecturas y algo más de edad (es decir de experiencia, es decir de aprendizaje, es decir, de saber) que muchos de estos jóvenes del pásalo y del Visca la Terra... Lliure. No entraré en disputas con los de la estrella ni con los de Podemos. Para qué. No os voy a convencer ni vosotros me convenceréis. Pero no voy a ser parte de la Cataluña ni la España del silencio. Hay un golpe de estado contra la soberanía depositada en todos los españoles, contra la unidad indisoluble de la nación. Y no voy a callarme. Ni antes, ni ahora. Ni después.











Y en este empeño de L’Estaca y Els segadors, buscan liberarse (i ens podrem alliberar, termina La Estaca, es decir, y nos podremos liberar) de lo que llaman, ellos, los separatistas, los de la CUP, los de Podemos, “el régimen del 78”. Como si dijeran “el régimen de Franco”. Y se quedan tan panchos, tan enardecidos, tan queriendo repetir lo de 1934 o lo de 1936 o lo de 1714, tan gallitos, maldiciendo al que diga España, Constitución, Ley. Justicia. Así nos va, con los delirios de quienes sienten satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Con cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas. Tan ufanos y soberbios. Porque els defensors de la terra realmente echan tierra sobre Cataluña, sepultándola en la ignorancia, en la xenofobia. Más de uno que lea esto dirá de mí que no soy catalán, que soy un andaluz, y que según el patriarca Jordi Pujol i Soley, por mucho que intenten ocultarlo, somos lo que somos: El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad. 


                Pero, señores ufanos y soberbios, estáis consiguiendo no sólo poner en peligro la convivencia, forjada entre los siglos, entre los españoles (aunque sea los españoles entendidos como los tacaños catalanes, los vagos andaluces, los bestias vascos, los chulos madrileños y así), sino la convivencia entre las personas, en el día a día. Soy catalán consorte. Y tengo comunistas en mi familia. De los que se creen aquello del derecho a decidir y la plurinacionalidad y todas esas vainas. Tengo familia en Cataluña, algunos pocos sintiéndose españoles y otros afincados en los prejuicios y las consignas, de los que con igual tranquilidad te dicen que España les roba y que todos los curas son pedófilos. De todo tengo en mi entorno. Entre amigos y entre la familia. Y con estos arrebatos de consumo inmediato, de consigna y azuzamiento, lo que se consigue es solamente eso: la discordia, el enajenamiento. Y más adelante, la violencia. Hace quince o veinte años, Cataluña era el ejemplo, el objeto de envidia. Aquello era Europa, más que España. Y hoy, ahora, antes de que el próximo lunes se consume la fantochada y la tragedia, es el solar de los que se callan por mera supervivencia, la patria de los iracundos, de los falsarios. Yo, por mi parte, seguiré amando esa región, queriendo a mi familia y amigos de allí (y tolerando que algunos hayan caído en las mentiras preciosas del independentismo, con la esperanza de que la madurez y un poquito de instrucción les hagan ver más allá de los lemas) y deseando que el régimen del 78 sobreviva y se mejore. Y que los envenenadores de las masas, los que se preparan a demoler esta áspera y querida nación, España, sean castigados. Con Leyes. Con Constitución.  

sábado, 16 de septiembre de 2017

Si tú me dices sí (comparaciones odiosas)

...pero es lo que hay, plebiscitos y referendos, en dictaduras y en nombre de la democracia. En la España de Franco en 1947 y 1966, en el Chile de Pinochet, en la Turquía de Erdogan, en la Cataluña inconstitucional y totalitaria de 2017. Ah, y en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.












































domingo, 10 de septiembre de 2017

Indepre

En el día no sé cuántos (puede que el segundo o el tercero, según se cuente) de la revuelta catalana (uso ese término por no recurrir al más apropiado, golpe de estado, por no herir la delicadísima, casi evanescente, sensibilidad de ciertos lectores, algunos incluso en mi propia familia, que militan en el comunismo o en el infantilista separatismo, cuando no en ambos a la vez), me quito los guantes de seda, la mordaza de la comodidad, y opino sobre lo que está pasando en un trozo de españa. Escribo también para que algunos de mis amigos en México, Perú, Argentina y Chile, lectores de este blog, tengan algunas claves para entender esta locura. 

¿Qué pasa en Cataluña? Simplemente, que un grupo de políticos, aduciendo agravios con el resto de España, y añadiendo derechos históricos, quieren separarse del resto del país. ¿Existen derechos históricos? Absoluta y rotundamente, no. Ninguno. Cataluña nunca fue un país. A lo más, fue un puñado de condados y finalmente un principado dentro del reino de Aragón. En 1714, dentro de una guerra civil que afectó a casi toda España (la guerra de Sucesión), la región catalana apoyó al pretendiente, de la casa de Austria, que perdió en aquel conflicto. El vencedor, con el que arranca la dinastía de los Borbón en España, Felipe V, suprimió beneficios fiscales y judiciales que venían desde la Edad Media. Ese momento exacto es el que los independentistas señalan como el del comienzo  de la opresión española, como aquel en que Cataluña dejó de ser independiente. Una falsedad absoluta. Antes de esa guerra reinaba en toda España (y su imperio) Carlos II, y antes Felipe IV, y antes Felipe III, y antes Felipe II, y antes Carlos I, y antes Fernando V de Aragón convertido en rey de España merced a su matrimonio con Isabel I de Castilla. Es decir, los Reyes Católicos con los que arranca la andadura de España como nación unificada. Una historia en la que antes de ese matrimonio nunca existió un reino de Cataluña. Así de simple. Dentro de la historia de España hubo un momento, en 1641, en que Cataluña se desgajó del resto del país durante once años, en el siglo XVII, para unirse a Francia. El aplastante centralismo francés ayudó para que volvieran a unirse al reino de España. En 1931, un político catalán, Francesc Macià, proclamó la independencia de la región a la vez que se proclamaba la II República en todo el país. Aquella declaración retórica quedó en nada, pero sirvió para que en 1932 se aprobara la institución de la Generalidad (en catalán, Generalitat) de Cataluña, un gobierno autónomo regido por un Estatuto de Autonomía acorde con la Constitución Española (en ese momento la republicana de 1931). En 1934 se produjo la ruptura más grave. Que tiene su origen un año antes, en 1933, cuando unas elecciones generales dieron la presidencia del gobierno de la República a una coalición de partidos de la derecha. Cuando en octubre de 1934 se incorporaron al gobierno dos ministros de la CEDA (el partido mayoritario dentro de esa coalición pero a la vez el más derechista de ellos), se produjo una insurrección de la izquierda en diversos puntos del país. Principalmente en Asturias y en Barcelona. En Asturias se aplastó esa insurrección a sangre y fuego. Con abusos por ambos bandos. 

En Barcelona, el 7 de noviembre de 1934, el presidente de la Generalidad, Lluis Companys, proclamó la independencia de la República de Catalunya dentro del marco de la República Federal Española. El gobierno republicano proclamó el estado de guerra. Hubo combates en las calles con un centenart de muertes. Al cabo de once horas, Companys se rindió y fue encarcelado junto a todo su gobierno. En febrero de 1936, al ganar un frente de izquierdas las elecciones generales, Companys y los demás deternidos por la insurrección de 1934, fue liberado. En julio de 1934, al estallar la guerra civil, Companys se puso en manos de milicias irregulares anarquistas y comunistas. En 1940, entregado a Franco por los nazis en la Francia ocupada, fue fusilado. He contado con cierto detalle las andanzas de Companys porque es un modelo indudable para el presidente Carles Puigdemont, arropado por el partido Esquerra [Esquerra es Izquierda en Catalán] Republicana de Catalunya y los antisistema de la Candidatura de Unidad Popular (CUP). 

Noviembre de 1934: 
manifestación (falangista)
contra la intentona de Companys

Tras la guerra civil, la Generalidad es suprimida para ser reinstaurada con la llegada de la democracia y la Constitución Española de 1978. Durante el franquismo, el uso del catalán fue prohibido radicalmente para ser recuperado paulatinamente. El 3 de junio de 1944 el diario La Vanguardia [titulado entonces La Vanguardia Española por motivos políticos] anuncia la representación de tres obras en catalán en el Palacio de la Música: La nena donada al blau, El ram de primavera y La FilosetaYa en 1953 se empiezan a otorgar los premios Mercé Rodoreda de cuentos y narraciones en catalán (lo ganó entonces Jordi Sarsanedas por Mites), y en 1956 el Premi Lletra d'Or (lo ganó Salvador Espriu por Final del laberint). El 27 de octubre de 1964, TVE, Televisión Española,  fundada 8 años antes, emite su primer programa, Teatre en Catalá. Son datos incómodos para quienes, profundizando en el agravio, insisten en la total persecución franquista del idioma catalán (aquí, más datos).

Así las cosas (disculpadme si me he sido demasiado extenso o en exceso conciso en el apartado histórico), nos encontramos con que mañana es 11 de Septiermbre, Diada Nacional de Catalunya, la fecha en que, en 1714, Barcelona se rindió a los borbónicos. Es decir, el inicio de esa presunta opresión, ocupación, española. Se esperan disturbios, con un gobierno de la Generalitat que ha visto cómo las dos leyes que aprobó hace unos días han sido anuladas por ilegales. La primera de ellas es la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Los motivos de su prohibición es que según la Constitución Española de 1978 (aprobada en Cataluña por un porcentaje de electores superior al de la media nacional), la potestad de convocar referendos corresponde al gobierno de la nación, no al de una región, además que según la constitución, la soberanía reside en el pueblo español, por lo que sólo una parte no puede decidir por el resto y sin el resto. Además, la nación española es indivisible. Título preliminar de la Constitución: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Por si faltara algo, el derecho a la autodeterminación, según Naciones Unidas y al que se acoge el gobierno catalán, pertenece a las regiones que han sido colonias o cuya población se encuentre sometida y perseguida por un estado. La otra ley, también anulada, proclama que Cataluña es una república independiente. Con una división de poderes insuficiente y que la sitúa en el ámbito de los regímenes totalitarios. Y expropiando todo lo que pertenece al Estado. Puro expolio.

En resumidas cuentas: nos encontramos ante un golpe de estado organizado por el gobierno catalán y sus cómplices contra la mitad de Cataluña y apoyándose en el apoyo de la otra mitad, adoctrinada durante décadas. Ante este desafío, sólo cabe la aplicación firme de la ley. 

Soy español. Pero reconozco las asperezas de mi patria. Somos individualistas, arrogantes, a veces crueles (especialmente con los animales), poco cultivados (la mayoría), impulsivos, poco reflexivos. El gobierno de España no ha estado brillante. Entre los agravios que señalan los indepes, está que Cataluña recibe en inversiones menos de lo que aporta a las cuentas de la nación. Lo mismo le pasa a Madrid (y Madrid no opta por la independencia). O lo mismo que le pasa a Málaga, mi ciudad, en el ámbito regional. Hay algo que se llama solidaridad. Que el que tenga más ayude al que menos tiene. Eso sucede en todos los países, en todas las regiones. 



El 4 de agosto de 2017, un mes antes de que en parlamento catalán se dieran los primeros pasos delictivos, un lector de El Periódico de Catalunya (www.elperiodico.com), Enrique Llaudet publicó una carta, titulada Los otros catalanes que es un vibrante llamamiento a la unidad y a no dejarse arrastrar por los terribles cantos de las sirenas indepes. En este momento delicado, muchos se emocionan jugando a la revolución. Hay mucho postureo para jugar a libertadores de una tierra que es libre desde hace décadas. Desde hace siglos. Remito al lector a pinchar el enlace del texto completo de Llaudet, emocionante y atinado pero que, ay, de nada servirá: Vamos a demostrar a quienes lideran el 'procés' que en el mundo somos catalanes y españoles. Vamos a demostrarles que no nos hemos creído la vil mentira de que "Espanya ens roba" cuando los únicos que nos han estado robando son ellos: nuestros recursos, nuestro dinero, nuestro orgullo y nuestra dignidad, intentando vanamente hacernos sentir inferiores y de segunda. Vamos a decirle a ellos y al mundo que ya basta de muestras de odio, intransigencias y amenazas de sanciones para quien no colabora o piensa como ellos. Vamos a frenar esta aventura que solo nos ha traído y traerá más pobreza económica e intelectual y más crisis a pesar de que nos prometen el paraíso. (Aquí, el texto que a todo nos debería unir)

En fin, que esta tormenta que pone en peligro la supervivencia misma de España (detrás, con la caña de pescar a orillas de este río turbulento hay ciertos grupos de extrema-izquierda esperando sacar provecho), exige no caer en las mentiras aireadas por los separatistas. Hay que mantener la esperanza en que todo se resuelva y los indepentistas, los indepes, se conviertan en indepres ante el naufragio y la derrota de sus golpe de estado. Mi esposa es catalana. Catalanes son algunos de mis amigos y casi toda mi familia política. Me afecta todo esto (en este blog, hay otras diez entradas dedicadas a cuestiones catalanas) porque además afecta a mi país. Que no es Andalucía (sería una necedad sentirme andaluz y no español). Es España. Patria común e individible de todos los españoles.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Antes del diluvio

27 de septiembre, 2015. Domingo de paz en Málaga, de calor y humedad. De elecciones autonómicas en Cataluña. En casa, desde temprano, TV3 (entiendo catalán, mi esposa lo domina). Los programas rutinarios se convierten en verborrea rutinaria que recoge exclusivamente la opinión de los secesionistas. De los que quieren destruir mi patria y también la suya. De pronto, hay sensación de déjà vu, de la cantilena monótona de mis días de infancia, de cuando el asesinato de Carrero Blanco o la agonía de Franco, de las consignas unánimes y sencillas. Hay desazón en casa, vértigo. Veo a un chico que agita una bandera española (la bandera de todos, la constitucional) mientras vota Artur Mas y lo sacan entre zarandeos. Recuerdo el referéndum ilegal del 9 de noviembre de 2014, con gente votando arropada en la bandera secesionista, y todo eran sonrisas y compadreo. Hace unos días, la misma bandera de España  (la bandera de todos, la constitucional) era retirada por una mano extranjera (nadie me podrá acusar de anti-argentino ya que la mitad de mi familia, junto a la mitad de mi cultura y de mi corazón pertenecen a ese país) del balcón del Ayuntamiento de Barcelona. Todo, decía, desasosegante y estúpido. Todo obviamente gilipollas.


Mi querida Cataluña (no diré mi amada Cataluña por mucho que sea barcelonesa y catalana mi, ella sí, amada esposa) fue en su momento, más allá del reparto de agravios del imaginario popular según el cual son tacaños los catalanes, vagos los andaluces, chulos los madrileños, brutos los vascos, tozudos los aragoneses, decía, fue el lugar de la tolerancia, de un modo de ser europeos que queríamos para los demás, de ser modernos y cosmopolitas y abiertos al mundo. Y hoy, esa Cataluña que algunos ruidosamente quieren nación se convierte en aldea, en lugarejo en el que sólo hay lugar para quien renuncie al idioma y a la bandera (la bandera de todos, la constitucional) de Cervantes y de Gil de Biedma o Juan Marsé, donde sólo hay lugar para los que doblen la cerviz ante la causa sagrada de la libertad de un pueblo que ya es libre, donde sólo hay lugar para los adoctrinados, para los que que se tragan todo lo que les dice la televisión norcoreana que siempre fue TV3. Cansado y asqueado estoy de la verborrea de parvulario de los secesionistas. Como, por poner un ejemplo simple, la que maneja, llena de ruido, furia e insultos, el atroz divulgador Sebastià d'Arbò (aquí, el facebook del especimen) del que ya me ocupé con amable crueldad en este blog (véase aquí). La Cataluña que me gustó, en la que vive mi familia política dividida entre cultores de la intoxicación y la mansedumbre y los que en silencio y con paciencia no olvidan cuál es el nombre de nuestra patria común e indivisible, en la que viven amigos queridos con los que apenas hablo por miedo a que estemos en posturas opuestas e irreconciliables, está desapareciendo. Ojalá esta noche, con los resultados, y en los días sucesivos, se termine la pesadilla y al despertar comprobemos que el dinosaurio ya no está ahí (sino en Andorra camino de Suiza camino de Canadá).

martes, 25 de agosto de 2015

Curso urgente de costura

No soy judío. Todavía no. Pero me siento judío. Por lo tanto, soy judío, más allá de tribunales de conversión y cirugías. Yo, Mario Virgilio Montañez Arroyo. Hijo de una familia católica más o menos (más menos que más) practicante. Español, malagueño de los dos siglos. Ello sirve, aquí, en mi áspera patria, para ser considerado un apestado. Para ser perseguido, acosado, insultado. Como en la Alemania nazi. O como en los tweets del concejal Zapata, tan acordes con aquellos tiempos de camisas pardas (véase) No, no exagero, no me dedico al victimismo. Basta con mirar el caso Matisyahu. 



Cuando a un judío, y sólo a un judío, por serlo, se le exige que comulgue con ciertas ideas, con ciertos dogmas. Que abomine del sionismo. Vean las imágenes de este comentario que quiero, que deseo, que necesito, breve. En la portada del semanario nazi “Der Stürmer”, de 1934. El titular, traducido, pregunta “¿Quién es el enemigo?” El artículo que lo sigue responde que el judío. El titular a pie de página asegura “El judío es nuestra desgracia”. Las demás páginas, con sus estereotipos, van en consonancia con el espíritu de estos días, cuando el antisemitismo nuestro de cada día ha quedado en libertad durante varias jornadas.


Matisyahu (a quien hace unos años escuché en discos en los que lucía modos y mensajes jasídicos) es el enemigo. El que nos representa a todos los que queremos creer en la fe de Abraham. No, yo no he sido Charlie. Je ne sui pas Charlie. Pero soy Matisyahu. Si eres ateo, o eres mormón, o católico, o musulmán, te respetarán. Más o menos. Pero si eres judío te llevarán, simplemente para hacer lo que sabes, a formular una autocrítica. A renegar de tus convicciones políticas. Y después ya se verá. Si eres Capleton y eres jamaicano y en tus letras dices cosas como  “Deberías saber que Capleton quema a los maricones, y que el mismo fuego le pegaré a las lesbianas, a  todos los maricas y sodomitas yo mataré”, o bien "Quema a un marica, desangra a un marica, los maricas están follando y chupando muchos coños”, o si eres también jamaicano y negro y eres Jah Cure y has cumplido prisión por violación tampoco te pasará nada (Véase). Te admitirán en ese festival español. Si eres musulmán no te pedirán que aceptes al Estado de Israel, que abomines de las tropelías del llamado Estado Islámico, no, ¿para qué?  Pero si eres judío y dices, como yo he dicho, que amas a Israel serás entonces perseguido. Ya puedo, ya podemos todos los que no comulguemos con las ideas totalitarias de los antisemitas de hoy, estrictamente izquierdistas,  ir cosiéndonos la estrella amarilla.







sábado, 15 de agosto de 2015

Ich bin ein Koreaner

            Hoy es sábado y es verano, momento para que un extremo de Extremo Oriente las familias sonrían especialmente en la mañana en calma (es lo que significa Joseon, el nombre de la dinastía que reinó en Corea desde el siglo XIII hasta comienzos del XX) y sientan un orgullo especial porque en esta fecha la República de Corea cumple 70 años. Un periodo, el republicano, que se inició a la vez que la vieja Corea se dividía en dos para acoger una democracia al modo occidental y una dictadura al modo soviético. Un periodo que fue antecedido por una etapa de dominio colonial japonés entre 1910 y 1945, que a su vez fue precedido por el reinado de la dinastía Joseon entre 1392 y 1910, que a su vez nos lleva hasta el año 2333 antes de Cristo, cuando el mítico rey Dangun fundó el reino de Gojoseon que se mantuvo hasta el 109 antes de Cristo. No es un resumen de historia de Corea lo que quisiera escribir, sino una carta de amor a un país. Pero es difícil, o está fuera de mi alcance, o al menos más allá de la capacidad del lector para aguantar mi verborrea, dar la exacta imagen que tengo de ese país, de su gente. Tuve la oportunidad, que después no se concretó, de hacerme habitante de Corea del Sur, algo que nunca rechacé y que no rechazo. Mi flechazo con Corea es de los que acaban en boda. Es un país que merece la fidelidad y la devoción. El amor, que lo llaman.   



                Y que ellos llaman Jeong. Una virtud que es una de las bases de la psique colectiva coreana y que yo he disfrutado (y que practico, bajo otros nombres –el concepto hebreo de tzedaká no está lejos). En la web he encontrado una descripción del Jeong y que paso a traducir:

                 “La noción de jeong es muy compleja, pero es básicamente la idea de cuidar a los demás y anteponer a los demás antes que a uno mismo. Los coreanos no expresan fácilmente sus sentimientos y emociones hacia los demás hacia el exterior, sin embargo, es probable que sienta jeong casi al instante a su llegada a Corea. Se dará cuenta de esto en diferentes formas, tales como los nuevos amigos que se ofrecerán a acompañarle personalmente al médico cuando esté enfermo, o recibir un nuevo par de guantes porque la señora de su casa de huéspedes se dio cuenta de que no parece tener ninguno, o a alguien más a pagar la factura cada vez que vaya a cenar. 

                   Un viajero tenía sed, por lo que se acercó a un pozo en la entrada de un pueblo. En ese momento, una joven estaba lavando su ropa cerca del pozo. El viajero sediento cortésmente le pidió un tazón de agua para beber. La joven tímidamente le entregó un cuenco de agua sin mirarle directamente. El viajero encontró una hoja de sauce llorón flotando en el interior del recipiente de agua, pero, para no avergonzarla, bebió el agua lentamente, tratando de evitar la hoja. Lo que no supo es que la mujer puso la hoja de allí a propósito, para evitar que bebiera con demasiada precipitación consiguiendo que le sentara mal el líquido. La preocupación y la atención mostrada por la dama es un buen ejemplo del enfoque indirecto del pueblo coreano a ofrecer favores entre sí. Es un sentimiento muy delicado pero complejo, que está bien resumido en la palabra coreana jeong."


                Hay quien define (El Jeong desde un punto de vista psicoterapéutico)  el jeong como "El sentimiento, el amor, el sentimiento, la pasión, la naturaleza humana, la simpatía, el corazón. Aunque es complicado introducir un definición clara de jeong, parece incluir todo lo anterior, así como los sentimientos más básicos, como el apego, la  vinculación, la empatía o incluso la servidumbre”.


                He comenzado kennedyano con el título, pero la capacidad para resistir las bravatas del Norte por parte de los coreanos del sur hace que se pueda adaptar el discurso de Kennedy haciendo que siga siendo vigente: “Hace dos mil años el alarde más orgulloso era “civis romanus sum”. Hoy, en el mundo de la libertad, el alarde más orgulloso es “Ich bin ein Koreaner”. ¡Agradezco a mi intérprete la traducción de mi alemán! Hay mucha gente en el mundo que realmente no comprende, o dice que no comprende, cuál es la gran diferencia entre el mundo libre y el mundo Comunista. Dejad que vengan a Seúl. Hay algunos que dicen que el Comunismo es el movimiento del futuro. Dejad que vengan a Seúl. Y hay algunos pocos que dicen que es verdad que el Comunismo es un sistema maligno pero que permite nuestro progreso económico. Lasst sie nach Seoul kommen. Dejad que vengan a Seúl”. Porque estar en Seúl (o en Incheon, Suwon o Daegu, las otras ciudades que conozco) es captar cómo es absurdo apostar por el modelo comunista del Norte, cómo, con sus desigualdades (esas pensiones tan bajas de los jubilados), es la Corea del Sur una sociedad dinámica, viva, que cree en el futuro. Y si a esa vitalidad se añade el Jeong, poco más se puede pedir al pequeño país. La excelencia de su educación, su reflejo no sólo en los saberes sino en los modales, aquello que llamábamos urbanidad, la capacidad de los coreanos para ser excelentes en el trabajo y ejemplares también en la diversión (noches de soju y noraebang tras jornadas maratonianas de trabajo), aparte de su cultura varias veces milenaria, los beneficios de una concepción confuciana de las relaciones, todo ello hace que considere a Corea del Sur una segunda patria, y a que sean sus ciudadanos mis compatriotas y esta celebración de hoy también mía. Porque, ante el muro que separa las dos Coreas, también debo decir que yo también soy coreano.