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domingo, 13 de septiembre de 2020

Réquiem por Fernando Moreno Robledo


El escultor hispano-francés Fernando Moreno Robledo murió hace algo más de una semana en su país de adopción. Era primo segundo mío, un artista de mucho talento y, ante todo, un hombre sencillo, cariñoso y bueno. Me mantenía al tanto de su proyecto para instalar, a tamaño gigante, sus hormigas en la 
Torre Eiffel, de cómo la alcaldesa Anne Hidalgo había dado había dado su beneplácito, cómo el inicio del confinamiento le encontraba de buen ánimo. Una llamada telefónica de un tío suyo, Joaquín Moreno Arroyo, que le orientó y acogió y ayudó en sus primeros años en París, me contó de cómo una infección pulmonar le llevó a un hospital, de cómo estuvo luchando, de cómo perdió el combate. Algunos veranos volvía en vacaciones a su ciudad natal, quedábamos a cenar en la calle o en casa, charlábamos sobre nuestras experiencias, sobre lo humano y lo humanísimo. Fue alguien que consagró su vida a la creación y a la docencia. Y a la decencia. Ya no podrán repetirse esos encuentros. Rebusco entre mis archivos y encuentro el artículo que le dediqué en Sur hace ya quince años. Sirva de homenaje hacia Fernando Moreno Robledo, el primo Fernando tan querido. Tan añorado.


FERNANDO MORENO ROBLEDO, 

LA AUSENCIA TAN LEJANA 



A veces uno se pregunta qué hubiera sido de Picasso si se hubiera quedado en Málaga en vez de dirigirse a Barcelona y de ahí a París (La Coruña, donde se inició como artista, no ofrece posibilidades sugestivas). E incluso si en vez de instalarse en París lo hubiera hecho en Alemania o en Londres (lugares que también le interesaban). O ya puestos si Hitler se hubiera dedicado sólo al arte, como era su deseo primero. Este tipo de ejercicio, inútil pero apasionante, me surge cuando pienso en Fernando Romero Robledo (Málaga, 1950) se hubiera quedado en su barrio natal de El Ejido (el lejío, dicho en malagueño de siempre) y tras sus estudios de modelado en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Málaga se hubiera quedado aquí. Seguramente hubiera sido una versión modernizada del angelical Pimentel, o un Berrocal sin cosmopolitismo. Quién sabe. El dato clave es que escultores de su generación apenas tenemos, y Romero Robledo siguió, como Picasso, su carrera en Francia. 

Fernando Moreno Robledo:
La grande enjambée (2008)


Su vida artística iba por buen camino en esa Málaga nuestra de sol y desarrollismo, de tardofranquismo, años en que, entre 1969 y 1973, Fernando expone aquí, pero también en Ibiza, Madrid, Sevilla, Jaén y Bilbao. En 1973, año de la muerte del demiurgo que abre este texto, es cuando su vida da el quiebro definitivo. Es entonces cuando hace su primera exposición individual, en el viejo Museo de Bellas Artes (hoy, otra vez los paralelismos, dedicado a Picasso) y cuando abandona su ciudad para instalarse en París. Y allí trabaja como asistente del escultor Émile Gilioli (1911-1977) y realiza estudios en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. 


Fernando Moreno Robledo:
L'homme gris (1970-2007)

Allí su vida, desconocida para sus paisanos, participa en numerosas exposiciones colectivas y expone de forma individual en París y en el departamento de l’Essonne, a la vez que hace numerosas obras para espacios públicos (en Evry, en Essonne, en Boulogne-Billancourt, en Bondoufle...) en una variedad de técnicas y estilos, y hasta de materiales, como sólo se da en los escultores (los pintores, por lo general, siguen siempre una misma línea de la que raras veces se apartan). Esa versatilidad es precisamente lo que caracteriza a Fernando, una síntesis de tradición y modernidad en la que es la última la que predomina. Hay en él abstracciones, pero también ha asimilado el lenguaje del mejor arte europeo de las últimas décadas, desde el venerable Brancusi hasta el pop de Niki de Saint Phalle o la angustiante humanidad de Alberto Giacometti. Moreno Robledo, que es como suele firmar, se ha convertido, queriéndolo o no, en un artista francés, pese a su media vida y sus raíces, sólidas y malagueñas, en la que el patriarca de la familia, su padre Fernando, es una especie de santo laico y una de las personas de mayor calidad humana, lindante con lo heroico y por supuesto metido de lleno en la ejemplaridad, que habitan nuestra ciudad. 

Fernando Moreno Robledo:
Homenaje a Brancusi (2002)

Pero aquí hablamos no sólo de personas, sino también de arte. No diré entonces que Fernando es tímido y modesto y que lleva quince años enseñando escultura en la ciudad francesa de Evry. Hay una ausencia, de alguien tangible, en su obra. Yo sé de quién, pero no lo diré. Prefiero que la mirada no condicionada del espectador perciba o no lo mismo. No hay rostros, hay una sensación que va entre la celebración de la vida, con sus espirales y ondas, y también una melancolía secreta que no sé si tiene unos apellidos o el nombre de una ciudad soleada al sur del sur. Son cosas de la mirada. De la polisemia, dirían los más doctos, que posee el gran arte. Yo, más simple, diría que del cariño que le tengo a esta persona. Decidan ustedes. Y descubran al artista malagueño desconocido (entre los suyos).

lunes, 16 de diciembre de 2019

EUGENIO CHICANO: EL PINCEL EN LA DIANA



En mayo de 2004 redacté uno de mis  Perfiles de artistas para el diario Sur el de Eugenio Chicano. Fallecido el 19 de noviembre de 2019, fue mi jefe durante nueve años e ilustró mi remotísimo primer libro de poemas. Sirvan estas líneas añejas como un tardío homenaje, acaso como una elegía.

Quien ha nacido en una casa que es un derroche, en pastiche, de mocárabes, una ensoñación arábiga que en la calle Sánchez Pastor pone un trozo de decorado de Lawrence de Arabia, no puede ser nunca un espíritu geométrico ni ascético. Por ello, cuando uno sabe que en esa casa nació en 1935 Eugenio Chicano y que en ella fue niño, no debe extrañarse que su pintura posea esos rasgos, que su conversación sea como es, que hasta su amistad sea, de tan directa,  abrumadora.

Más allá de la anécdota de este escenario, la obra de Chicano, seguramente la más popular entre sus paisanos, es resultado de una época y de una biografía y, por lo tanto, mutable, variable, sin que vaya imitándose a sí misma. Así, si nos remontamos a las obras del Chicano más joven, encontramos en primer lugar una estética de lo social, una especie de épica de los trabajadores, que venía a recoger el aliento de los muralistas mexicanos y el de Vela Zanetti. Todo esto si se le quieren buscar referencias.  Pero sería agotador pretender reseñar, aunque fuera como apuntes, las referencias e indicaciones de lectura de la obra de Chicano. Baste con señalar en los años 60 lo que él siempre llama “Arte crítica” en la que las figuras humanas son rostros aplastados y resecos, desinflados y víctimas de un pesar que los deshumaniza y que manifiesta la podredumbre de una época. Hasta este momento, Chicano ha formado parte del grupo de jóvenes artistas que ahora conocemos como de los cincuenta y que bajo la reclamación del creador del cubismo constituyeron la Peña Montmartre y el Grupo Picasso. Regía España un general con gesto de bronce.


Después, a inicios de los setenta, coincidiendo con sus primeros contactos, y finalmente residencia, con Italia, es la “Nueva Figuración” la que lo absorbe, metiendo a sus seres informes de los sesenta en una estética maquinista y vertiginosa en la que va incluyendo sinuosas bandas rojas que atraviesan sus óleos y que serán elementos característicos en las décadas siguientes, desde la serie de homenajes en los setenta a la serie que se denomina “Poética de un Fotograma” en los ochenta. Más tarde vendrá la serie de grandes cuadros para la Bienal del Deporte en 1992 o, en esa misma década final del siglo pasado, la “Suite Málaga” en la que, con estilos muy diversos, desde lo matizado y tenue hasta lo violento y pleno de aristas, es el paisaje de Málaga lo que da unidad a esta serie polimorfa. Más recientemente llegará la serie de pinturas dedicadas a la copla española en la que Chicano recapitula sus modos y maneras con el pretexto de  la cultura popular.


Obsérvese lo meritorio de haber llegado hasta este punto, hablando de Chicano, sin haberlo llamado pintor pop, aunque lo sea, porque en él (con su manera de entender la pintura como goce puro para quien la crea y como medio para conseguir imágenes de plena efectividad, directas, que no necesiten teorizaciones y deconstrucciones para llegar al observador)  la pintura se convierte en icono directo que va más allá de lo correcto, de lo académico, de las categorías y de las conveniencias, tal como él mismo ha sido siempre, alguien que gusta del flamenco o de la copla pero conociendo bien la ópera, un artista que no vive con la mente puesta en el Parnaso pero que a la vez rigió, apasionadamente, la Fundación Picasso, que tal vez sea el mejor pintor-cartelista que este lugar ha dado, aparte de sus murales,  alguien que sabe poner, con los ojos cerrados, el pincel en el centro de la diana.

domingo, 9 de junio de 2019

Matías Montañez Fernández in memoriam

El pasado 4 de junio falleció en Rincón de la Victoria, Málaga, mi padre, Matías Montañez. Para quienes lo conocieron y quienes no, estas palabras, escritas por mí y leídas en su funeral el 5 de junio, sirven como un retrato que es a la vez una elegía y un homenaje a Matías Montañez Fernández (1933-2019). 


Padre y amado nuestro que estás aquí delante y que seguirás por siempre, de manera sutil y misteriosa, presente en nuestros corazones y memoria. Matías Montañez Fernández, es a ti a quien nombro.

Tú fuiste el del centro de tres hermanos, de los que ahora sólo queda la pequeña. Entre Miguel, tan formal y exacto, y la princesa Antoñita, fuiste el que se escapaba de los colegios para vivir aventuras exóticas de tres horas entre cañaverales y mosquitos, como fuiste el niño extraviado en febrero del 37 cuando los italianos conquistaron Málaga y te encontraron con un casco bamboleante entre soldados para los que fuiste su mascota y su tierno trofeo. Fuiste ese niño al que propusieron llevarse a Argentina, con tu tía Encarna y la pequeña Isabel.

Esas posibilidades de otras vidas, recogido por un soldado italiano y llevado a la Italia de Mussolini, o adoptado en la Argentina de Perón por tu tío exiliado, te llevaron a ser un soñador, alguien que siempre se preguntó por otras vidas cuando fuiste un niño flaco en los tiempos del hambre, pasando de cuartel en cuartel con tu padre guardia civil y tu madre menudísima y requetesabia.

Aquel niño flaco se convirtió en un mozo canijo que habilidoso con las manos quiso ser artista modelando cabezas de romanos y cristianísimas vírgenes o pintando escasos pero minuciosos cuadros. Tal vez fuera esa habilidad o la labia que compensaba su flacura lo que le permitió ir acumulando romances hasta alcanzar las trece enamoradas. La duodécima se llamó Josefa Arroyo y fue mi madre y la de Antonio José y Sandra. La décimo tercera es Mercedes Manzano y es hoy y aquí su viuda.

En la vida y en el amor fue como en el arte, un denodado trabajador capaz de dedicar décadas a construir un reloj con hierros y piedras con un resultado, reconócelo papá, espectacularmente feo.

Siempre luchaste contra las ingratitudes y por tu familia, arrojando a la adversidad una sonrisa y guardando para la quietud del hogar que sólo allí brillara el astro oscuro de la melancolía. Todos tus amigos evocarán ahora tu simpatía arrolladora, tu alegría deslumbrante, tu humor atropellado e insensato. Pero junto a esa sonrisa seductora e indesmayable anidaba la punzada de la nostalgia, del amor truncado por un cáncer de Pepi, de las vidas que no fueron sino ensoñaciones.

Los tres hijos, los seis nietos, la resignada indulgencia de Mercedes, intentaron mitigar las secretas tristezas de este hombre bueno al que hoy despedimos. Mucho, padre nuestro, es lo que te queremos. Y mucho más lo que te vamos a seguir queriendo. Adiós maestro, adiós amigo, adiós padre. Buenas noches, dulce príncipe.



miércoles, 17 de abril de 2019

Manuel Alcántara, in memoriam



En un rato, Manolo, iré a verte. Esta vez no podrás llevarte las manos a la cabeza, amagando la risa, al verme de pronto con tantos kilos que desmerecían la imagen que de mí tenías como profesor hindú o como joyero de novela de Simenon. Estarás ahí, flaco y sin que te molesten las piernas que te hacían quejarte de que ahora toda esa distancia era larga. Es ahora que ya no necesitaré repetirme tu número de teléfono para descubrir que es de los escasísimos que he memorizado para siempre y que no quiero olvidarlo porque es una forma de engañarme para creer que sigues existiendo, compartiendo aunque sea sólo el clima (hoy cielo gris, amenazando lluvia en este miércoles santo pero que quedará en nada, ya no lo verás), para consolarme de tanto ignorante y tanto depredador social, para seguir acogiéndome a tu magisterio de tantas tardes y tantas noches (para Alcántara, las mañanas eran un bulo). Manolo fue junto a mi tío Pepe Fernández Silva y Ernesto Sabato (vecinos ambos de Santos Lugares) quien más influyó en mí. Para hacer que tenga yo el carácter que tengo, para que sea mi visión de la vida la que fui pellizcando de los tres. Tal vez, ahora que nombro a Manolo y a Ernesto, sea adecuado copiar una columna de 2 de mayo de 2011 en la que generosamente me nombra y glosa un encuentro que entre ellos facilité y que es también su propia necrológica a ese otro amigo, ese otro maestro:


ERNESTO SABATO


El héroe civil se ha decidido a entrar en la tumba cuando le faltaban unos días para cumplir los cien años de residencia terrestre, después de haber atravesado un largo túnel. En los últimos tiempos, que él sabía distinguir de los anteriores, aunque sospechara que el tiempo es plano y tiene una extraña simultaneidad siempre presente, no salía de su casa no de su conciencia. Era Sabato, al que le incorporamos un esdrújulo y le llamamos Sábato, un hombre a la vez secreto y cordial, atribulado y animoso. Debo a Mario Virgilio Montañéz, además de otras cosas y otras prosas, haber conocido a esa singular criatura. Mario, que desde chico tuvo vocación hispanoamericana, también llamada iberoamericana o sudamericana, iba a verle a Santos Lugares. Ningún nombre más apropiado para una peregrinación literaria. Cuando don Ernesto pasó por Málaga le llamó, quizá para demostrar que la amistad puede brincar sobre los calendarios. Más o menos unos setenta años de diferencia les unía.

He recordado alguna vez nuestra reunión en un hotel malagueño desde cuya ventana asiste el Mediterráneo como invitado. Pidió un té y nos habló de Matilde, su mujer, que no andaba bien de salud ya entonces. Nos sentamos en unos sofás muy bajos.

-«Ahora parece que los diseñan para cocodrilos», dijo.

Tenía el gran escritor algo de vendedor de cupones de la esperanza y algo de búho con permiso para salir de día.

Jamás he visto un rostro humano donde se hubiera inscrito de modo semejante el dolor colectivo. Si es cierto que cualquier persona, a partir de los cincuenta años, es responsable de su cara, hay que reconocer que esa forma facial de asumir los acontecimientos era su carné de identidad. Sobre todo desde que presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Era como si todas las investigaciones y todos los pésames de aquella época terrible le hubieran pasado factura.



Por mi parte, en enero de 2008, cuando cumplió 80 años Manolo, urdí un homenaje en las páginas del diario Sur. Entre las diversas voces que se sumaban, estaba también la mía, que lo conocí en mayo de 1984 cuando yo tenía 17 años. Ahí va mi contribución de entonces:

EL REY (y yo) 

Se hace raro el caso de Manuel Alcántara, al que los malagueños señalan cuando pasa por la calle y no son escasos los que le interrumpen para felicitarle por su labor, y hasta le piden que firme, para enmarcarla, la última página del diario “Sur”. Es insólito, y gratificante, que alguien con la palabra escrita haya ganado tanta popularidad en esta ciudad que él tanto ama y que le corresponde como pocos de sus hijos lo han conseguido. Esta fama, y general reconocimiento, de Alcántara tienen sus causas en la calidad de su escritura, que alcanza tal nivel que es difícil decir si se le prefiere como articulista o como poeta. En todo caso, tengo el honor de poder decir que como realmente más me gusta es como persona. Con un modo de hacer las cosas que es más británico que andaluz, por huir de lo abrumador y manejarse en el registro de la discreción elegante, Manuel Alcántara trata a sus amigos con detalles constantes de generosidad y de tolerancia, de comprensión y afecto. Ha pasado un cuarto de siglo desde que fui un muchacho que al hablar por vez primera con él me temblaban las piernas y me sentía indigno de poder tutearlo. Hoy, las piernas están firmes, pero me sigo sintiendo indigno de tutearlo, de considerarme a su nivel, de llamarlo Manolo. Es poco lo que aquí digo, y tantísimo lo que le debo que sólo puedo, en esta fecha, repetir torpe lo que hace poco, en otro homenaje, le decía Garci: ¡Larga vida al rey! 


La penúltima vez que nos vimos, Manolo, estabas flaco y quejoso de las distancias, y estábamos saliendo de un homenaje que celebraba por anticipado tus 90 años (esos temidos años que terminan en cero) y deseando compartir un dry Martini con los amigos, entre los que me incluiste. De aquella última cena (te has muerto, Manolo, pocas horas después de recogerse la cofradía del Rescate en la calle que fuera en la que nacísteis tanto tú como mi madre) quedó una foto que nos tomó Teodoro León Gross. Tantos años de amistad, más o menos asidua, más o menos interrumpida, con mi aversión al postureo, hace que sean muy pocas, casi inexistentes, las imágenes que compartimos. Pero no importa, Manolo. Sé que mi Olivetti turquesa que te legué hace veinte años estuvo en las mejores manos y que ahora nadie será digno de volver a usarla. En todo caso, y aunque tan amigo de los tangos bien seguro que me citarías aquel verso de Manzi de "ya nunca me verás como me vieras", te aviso de que dentro de un rato nos veremos en el Ayuntamiento, mi querido Manolo.



lunes, 12 de junio de 2017

Kathleen Cassello. Elegía por una soprano

Un amigo especialmente querido  va  a dar esta tarde una charla sobre tenores. Yo, al hilo de la charla con él (somos compañeros de trabajo, y hablo de Ignacio Jáuregui), se me ocurre mirar qué se sabe últimamente de Kathleen Cassello. La red informa que murió el 12 de abril de 2017 en Múnich por causas no reveladas.  A los 58 años. Un puñado, escaso, de referencias aquí y allá. Kathleen Cassello. Muerta. La soprano a la que estaba dedicada un poema en prosa dentro de un librito que me publicaron en 1996, “Cinco quimeras”. Kathleen Cassello a quien va dedicada la novela que comencé a escribir hace veinticinco años y que tal vez algún día terminaré (junto a ella, esa obra inacabada, titulada Reinaba en el silencio, va dedicada a mi esposa, Mª Isabel Alcobendas). Kathleen Cassello, a quien debo por obra de música y sueño y belleza y verdad mucho de lo que soy y que ahora confesaré como homenaje, y quisiera que elegía, a Cassello.


                Es muy simple, verdaderamente. El 7 de febrero de 1992 asistí a una función de ópera en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes, en Málaga. Yo tenía 25 años entonces, y me había casado (para mi desdicha) veinte días antes. Oficiaba, por entonces, como crítico musical de Diario 16 de Málaga. La ópera era Lucia di Lammermoor, de Donizetti, y como solía hacer, había leído el libreto en los días previos, había escuchado varias veces el viejo disco. Estaba preparado para juzgar la función. En el rol de Lucia, una joven soprano norteamericana, Kathleen Cassello. Cantaba magníficamente Cassello. Al llegar a la escena quinta del primer acto, la tensa escena en que debe firmar el contrato nupcial con Enrico, cuando Lucia se debate y canta Me misera [Pobre de mí], estampa su firma y afirma Io vado al sacrificio [Voy al sacrificio], al llegar a ese momento, tras un doloroso insistir de violines, mis ojos estaban llenos de lágrimas. Me sentí superado por la emoción, no podía resistir más. Es algo que nunca antes me había pasado. Al día siguiente, escribí una crónica entusiasta y gestioné una entrevista con Cassello antes de la segunda función (la recuerdo ataviada de época, haciendo ejercicios con la voz camino de la oficina en que grabé (guardo esa cinta) aquella entrevista hecha en italiano (el canto es una expresión del alma fue el titular y el resumen de lo poco que dijo) y en la que al final me dedicó la foto del programa de mano (que también conservo y nunca llegué a enmarcar).



                Hasta ahí, todo normal, todo lógico. El muchacho malagueño que en la ópera se emociona. Pero la siguiente noche tuve un sueño que me transformó (y transformado sigo). Tuve un sueño sin imágenes en que sólo había música, y acaso una voz que era la de Cassello. Recién despertado, y conmovido, conmocionado, no sabía qué música era aquella pero tenía una certeza inconmovible: había accedido, a la vez, a la belleza absoluta que por sí misma era, a la vez, la verdad absoluta. Esa belleza y esa verdad pasaban a ser, eran, una manifestación de algo infinita, inmortal y superior a nosotros, mortales y débiles. Era, sí, la forma que había tenido la divinidad de manifestarse a este débil mortal que escribe esto veinticinco años después y dos meses tras la muerte de Cassello. Es el dios en que sigo creyendo y siempre creeré. Yahveh, el dios de los judíos. YHWH, haShem, el nombre (el dios de que hablo carece de forma). Pero no quiero hablar de mi firme judaísmo, de mi fe. Quiero hablar de cómo recibí esa lanzada de luz en el corazón durante un sueño, ese vislumbre de eternidad. Lo que sentí, gracias a esa voz, lo quise expresar en el  poema en prosa que ahora, tantas años después, reproduzco.


Regnava nel silenzio

A Kathleen Cassello, soprano


                Enjutos caballeros entonan sus preces. El eco perfila en los terciopelos el sendero de un éxtasis celeste, surca las plateas de dorados emblemas convocando la levedad de un sueño. Una voz puede ser la clave para penetrar en un reino secreto, y por ello el escriba recorría febriles pergaminos inquiriendo los signos apresados entre  líneas impares las señales sacras de una armonía invisible.
                Bajo las almenas, una doncella enloquece, y en su lamento un pájaro de oro enreda su silueta en un laberinto de raíces sombrías. El dios de que hablo carece de forma, y sus frutos pertenecen al aire. Lágrimas son sus indicios, y melancolía su cifra.



                Ahora, Kathleen Cassello es silencio. En su memoria, me queda las lágrimas, queda la melancolía.






martes, 18 de agosto de 2015

Jorge Lindell, in memoriam

                
Han pasado diez años desde que en Sur publiqué esta semblanza, este perfil, de Jorge Lindell. Este fin de semana nos dejó, con la misma discreción con que vivió. Era un artista grande, un músico con un pincel en la mano, un sabio entre nuestras calles ásperas. Un hombre bueno. A continuación, mi homenaje de entonces reafirmado, para siempre, ay, hoy:


             Jorge Lindell (Málaga, 1930) es un chino. Él intenta que no se le note, y usa así una cortesía sosegada y cálida que le delata. Según como se le mire, puede llegar a aceptarse que su padre, aunque nacido en Málaga, fuera hijo de finlandeses, y se comprende así esa delicada calma, teñida de imperturbabilidad luterana, tan necesaria en este paisaje de atropellos al gusto y a la paciencia y al silencio. Sabedor del dicho clásico  de “Aut tace aut loquor meliora silentio” (“calla a no ser que lo que digas sea mejor que el silencio”), Lindell no es hombre de vociferante humanidad, ni un publicista de sí mismo. Desde este punto de vista, no es, ya se ve, nada mediterráneo. Ni falta que le hace. Como buen chino, Lindell es delicadamente ceremonioso y gravemente cortés, de una sutilidad que hace creer que está siempre escabulléndose del ruido y de la furia. De ahí tal vez su amor por la mejor música, su oculta faceta de melómano, que mostraba en la más antigua de las obras exhibidas en su gran antológica, 1950-1997, que le dedicó la Fundación Picasso: un retrato del Cuarteto Vegh que equilibraba el estricto realismo con una indisimulada voluntad de huida de las convenciones.

Jorge Lindell: Sin título (2006) 
Óleo sobre lienzo, 100 x 81 cm

                Porque Lindell es, desde los lejanos años cincuenta, el maestro de fugas, el que sabe cómo zafarse de las consignas estéticas y proponer un sendero nuevo para esquivar la cansada ortodoxia que insistimos empecinadamente en aceptar. Jorge, con su escepticismo de chino sabio, sabe que la meta es el propio camino. Tal vez por ello no ha incurrido, y tal vez nunca lo haga, en copiarse a sí mismo. Quien conozca su obra sabe que no la conoce, o que ese conocimiento es provisional y limitado a intuiciones. Porque Lindell se escabullirá de los adjetivos que le pongamos y hará que su obra, libre por naturaleza, se trasmute en otra.


Houdini con un pincel con el que hurga veloz en la cerradura de lo cotidiano, Jorge Lindell bebe por igual, por su biografía y aprendizaje, de las fuentes de Vázquez Díaz y de Willi Baumaster. Y así, conocedor por igual de un postcubismo que podía hacerse sumiso por indicaciones de la autoridad, y de la rebelión en que germinaría más tarde el impulso furioso del grupo El Paso, Lindell será miembro fundador, en 1949, de lo que se convertiría en  la Peña Montmartre. Con un personal expresionismo de juventud deudor de Rouault, será a lo largo de los cincuenta, convertido en empleado de banca y sin abandonar su magisterio entre los pintores que se incorporan al cenáculo inconformista que en 1958 se convierte en Grupo Picasso, cuando vaya recorriendo la pista de aterrizaje para, finalmente, volar en la década de los sesenta, con una violenta abstracción, de tonos oscuros y arriesgada investigación matérica. Durante los setenta, es el grabado la técnica que merece la pasión creadora de Lindell, fundador en 1970 del taller “El pesebre”, con el que se da a conocer en Alemania, Francia, Inglaterra e Irlanda. Su activismo cultural se complementa en 1971 con su labor de cineclub desde la Caja de Ahorros de Ronda. 1979 será otra fecha importante para él y el arte malagueño al fundar el Colectivo Palmo, al calor de la situación política y sus ideas de izquierda. Pero no, no se puede hablar de Lindell así, fijando etapas en su vida, en su obra, cuando su obra ebulle sin dejar de hacer burbujitas. A lo más, cabe decir que su paleta no ha hecho sino agrandarse, voraz y generosa. Para explicar su obra habría que recurrir a un sabio chino. Y yo conozco a uno.


martes, 1 de julio de 2014

Dámaso Ruano, in memoriam

Un vistazo al periódico digital trae la punzada y la oración. Ha muerto Dámaso Ruano. Lo comento, en un aeropuerto, con Maribel, que también lo conoció. Pobrecito, dictaminamos ambos. Con piedad y con dolor por ese hombre menudo, sonriente, más callado de lo que debiera. Lo recuerdo en su piso-estudio en El Palo, acompañado de Pilar, que siempre fue guardiana, compañera, musa, experta, ángel, buscando algo que regalarnos, con nosotros abrumados y finalmente aceptando un magnífico y grandioso grabado.  Sabía por noticias lejanas que Dámaso había entrado tranquilamente en la niebla. Ahora, cuando es inmune al dolor y a la pérdida, cuando es inmortal, cuando más duele imaginarlo en esa lejanía en la que nunca le faltó la sonrisa. Busco entre mis escritos alguno que sirva para homenajearlo y encuentro uno de mis "Perfiles de artistas" que publiqué en Sur hacia 2005. Son las flores que  tengo más a mano para Dámaso. Y para Pilar Cervera:


Dámaso Ruano (Tetuán, 1938) tiene, con la edad y el gesto, algo de profeta, algo más bien de apóstol que, habiendo presenciado todo tipo de prodigios y certezas, ha decidido guardarse para sí toda la verdad y toda la pasión, sabiendo que es más importante la vivencia que el testimonio y que, como el conde Arnaldos del viejo romance, prefiere guardar su cantar sólo para quien con él va. Pero esta fábula, prescindible, del artista huidizo o callado tiene su punto débil, su refutación, en la simple palabra artista, en el tantas veces nombrado y tantas veces múltiples y tornadizo arte. Porque Ruano, lo saben los paladares más exquisitos, se explica con absoluta potencia en su obra que, como aquella vestidura nombrada en alguno de los evangelios, tiene el aspecto del relámpago.

            Dámaso puede recordar, con su obra abstracta, pura, compleja, al arte de quien mayor afinidad puede tener con él en el siglo XX y que, sin parecerse en nada, a no ser en compartir estos adjetivos, es fácil nombrar al hablar de Ruano: Mark Rothko. O lo que es lo mismo, a la pintura más espiritual del siglo pasado. Porque espiritual puede llamarse ese ascenso de Dámaso Ruano por la belleza, partiendo de un grupo, el que solemos llamar por comodidad de los años cincuenta, con el que tiene en común, a lo más, la cronología y un vago aire de familia en las primeras obras, impregnadas de post-cubismo y de clara voluntad de divergencia respecto a los dogmas estéticos del nacional-naturalismo. En ese páramo cultural, Dámaso prefirió optar por el ejercicio heroico de los eremitas de la Tebaida, de los estilitas (no de los estilistas, ojo) y subido a una columna como el Simón de Buñuel o a un mero peñasco, abismarse en la contemplación morosa y detallada de cada línea, real o vislumbrada en el delirio o la vigilia, del desierto, del horizonte, de los rosicleres o albores (permítanme la cursilería expresiva), hasta depurar en la pupila las lecciones de esa geometría invisible y cegadora para devolvernos esa lección de color y de líneas.

            Porque Dámaso Ruano no es un místico aunque pueda parecerlo, sino más bien un neoclásico, en el sentido casi pitagórico del término: es alguien que busca en la proporción, en la exactitud, en el rigor, en la austeridad, el equilibrio, las claves de esa cosa absurda e imprescindible que llamamos belleza. Porque Dámaso rechaza el adorno, la floritura, las musiquillas de violín, las poses heroicas o trágicas, los gestos manieristas, las retóricas decorativas, los gritos y las romanzas de los tenores huecos. Nada de eso. Como Leonardo da Vinci, Dámaso sabe que la pintura es algo mental, por lo que no necesita referentes que no procedan de la propia mente, de la propia intuición y pasión, del artista. Así, con una voluntad asimilable a la de Lucio Muñoz y Gerardo Rueda, es el color, su distribución en planos contrapuestos o complementarios, tensos o armónicos, lo que define su pintura más característica. Renunciando al mundo, a sus pompas y vanidades, es en el color, simplemente en el color y su distribución, con sus matices y sus zozobras, con sus rasgaduras separando zonas, con sus maderas plenas de texturas, donde reside el poder y la gloria de Dámaso Ruano, que con esa matemática afilada de los volúmenes y la composición, logra esa poesía muda, que logra significar para nosotros justamente eso que ansiamos y no conseguimos, algo que acaso solamente sea accesible para los que hayan compartido la comunión de los justos y la remisión de nuestros muchos pecados: una belleza que no necesita nombre ni palabras para expresarse. Y muchos menos éstas.



lunes, 20 de mayo de 2013

Réquiem, con gato, por Ana Mari


Mientras en la noche de un viernes raro lloviznaba, un revuelo de voces, de pasos, alborotaba el rellano. Una ojeada a la calle, donde en otras ocasiones aguardaba una ambulancia al vecino de arriba, nos descubre la imagen insospechada de un coche fúnebre con la puerta trasera abierta. Un nombre viene a la mente, Ana Mari, y apenas hay tiempo para que la mente procese el dato cuando aparecen en la acera, saliendo de nuestro portal, dos operarios llevando el ataúd. Maribel y yo lo miramos, sabemos que es la última vez, aunque no la veamos, que veremos en su entorno a nuestra vecina. Atenazada la garganta, que no encuentra palabras que no sean simples, como “pobre, pobre, pobre Ana Mari”, Maribel se viste con rapidez, y yo opto, torpe, por acompañarla al rellano iluminado vistiendo colores que gritan.

Allí, ante el ascensor, y en el recibidor extrañamente iluminado, están los hijos, los nietos. Serenos y apesadumbrados, y hay abrazos, y hay palabras torpes pero necesarias, y hay lágrimas en Maribel y casi en mí. Se respira como cuando la tierra se ha aquietado tras un temblor. Algo así. O como cuando se baja de un barco inestable. De pronto, la presencia callada de Ana Mari en su casa, oculta en un recodo que sólo delataba una luz toda la noche encendida, aclarando nuestro pasillo como un faro fiel y constante desde hace tanto, se hace leyenda, y hay que hacer memoria para conjurar sus manos delgadas y sarmentosas, su voz que también era delgada, sus ojos vivísimos y contundentes. La niña de la estación la llamaban cuando era moza y su padre ferroviario la hacía recorrer el país en acomodos fugaces. La niña de la estación, que tenía coletas y era hermosa en la Barcelona de 1936 y allí trabajó, en guerra y en una institución oficial, mientras un joven tal vez malagueño, apenas mayor que ella, colgaba el fusil preguntando por ella, y volvía a ser soldado para ir a rescatarla aunque para ello tuviera que tomar una ciudad y ganar una guerra amarga.



Eran las historias que Ana Mari contaba a sus jóvenes vecinos que éramos nosotros, y sus manos nerviosas levantaban un retrato para enseñarnos a quien fue su esposo, galán de perfecta fotogenia, y eran las cosas de Ana Mari así, como los roscos de reyes que abrumadoramente nos hacía entregar, y pasaron los años, y de ella sabíamos por las mujeres que las cuidaban, por sus nietos, por sus hijos, que respondían brevemente al “¿cómo está Ana Mari?” mientras sabíamos, por las últimas conversaciones que con ella Maribel tuvo, que la lucidez la iba dejando y que su gran preocupación, apremiante y palpitante, era el destino final del gato negro y sinuoso, Panchito, que desde hacía una década la acompañaba.

Al día siguiente, en el cementerio, compraremos un pequeño centro de flores con una cinta que dirá “Mario y Mabel”. Situada a los pies del féretro, nuestros nombres unidos y fúnebres nos darán una importancia no buscada, una sensación de extrañeza monstruosa y cruel. Amarga también. Cuando por la tarde asistamos al funeral, entre las preces y las invocaciones a la misericordia, un gato solo, y que gime en las habitaciones vacías, ronda por nuestro pecho, ronronea buscando el alma para con ella restregarse y deja una tristeza adicional. Maribel, Mabel, prometió a la angustiada Ana Mari, impedir que a Panchito, una vez ella muriera, nada malo le pasara. Yo me siento inútil, tal vez porque lo soy. ¿Alguien puede, alguien hay, que pueda adoptar ese gato grande y negro y tan solo? Desde las sombras, Ana Mari, la niña de la estación, nuevamente joven y con coletas, nos observa solemnemente triste.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Carlos Durán (in memoriam)

Hace unos años publiqué en Sur un perfil de Carlos Durán. Accedió a ser retratado por mi pluma, y para el fotógrafo optó, único caso en aquella larga serie de artículos, por posar con una máscara. Aquellos artículos ocuupaban una página completa. A cada lado, ocupando toda la altura del papel, el rostro de perfil, y de frente aunque limitado a la mitad, del artista. Tapado desafiante o pudorosamente por una máscara de hechuras vénetas. Hoy Carlos Durán ha muerto. Descanse en paz. A continuación, aquel lejano artículo, que debe verse ahora como un homenaje sin máscara.              


               Acaso no hay otro momento en que Málaga se parezca tanto a sí misma como en los cuadros de Carlos Durán (Málaga, 1949) en los que tanto parece California (una California de autos aerodinámicos, llenos de aletas satelitales, pero sin coches) o a cualquier otro lugar soleado y paradisíaco. Porque no ser como nosotros mismos es lo que nos distingue, y la manera que tenemos de amar esta ciudad es ignorarla cada día. Algo muy raro pero no descabellado, si caen en la cuenta. Lo que quiere decir que para hablar de Carlos Durán tenemos que tomar otra referencia y otro momento, y dar un salto al Madrid del año en que allí murió el tirano tambaleante y gallego, cuando el tarifeño Guillermo Pérez Villalta pintó un gran cuadro en el que aparecían los que entonces eran los jóvenes artistas de lo que poco después llegó a llamarse nueva figuración madrileña y en el que aparecían, y siguen apareciendo, dos pintores malagueños: Bola Barrionuevo y Carlos Durán.


                Carlos Durán se ha sabido mantener fiel a la heterodoxia de entonces, pero con diferencias que, sin llevarle a la herejía y al anatema, le muestran como un pintor que, si bien ha realizado elegantísimas pinturas como Perspectiva diurna (1979), que sirve por sí sola para hacerle doctor summa cum laude en esta disciplina, también muestra una tendencia a escapar de la nitidez perfecta de las formas perfectas de la belleza perfecta. Es un paradisíaco Carlos, pero con cierta rebeldía por la bonanza de ese, este, Edén, y así en sus naturalezas muertas hay formas que quieren huir de sí mismas, pescados que más que muertos parecen desesperados y voraces, agresivos casi, a punto de evaporarse o de transformarse en cualquier otra cosa.

                Y es que es la naturaleza, más que las bien construidas alegorías de, digamos, el propio Pérez Villalta o de Sigfrido Martín Begué, lo que constituye el centro de la obra de Durán, sea con este dinamismo contradictorio y angustiante de sus naturalezas muertas, sea en los paisajes, habitualmente del Monte de Sancha y El Limonar, donde ejercita Carlos con más placer la pintura. Las alegorías las guarda para representar el propio oficio de pintor, más que para reflexionar sobre él. Como Shakespeare en su tragedia del príncipe de Dinamarca, en la que hay teatro dentro del teatro, en Carlos Durán hay pintura dentro de la pintura, que es como decir un laberinto dentro de un espejo. En todo caso, celebración de un arte venerable, de unos caminos que Carlos Durán se niega a abandonar. Lo que significó la llamada Nueva Figuración Madrileña no ha muerto. Es un modelo que no se agota, y que tiene en su interior la habilidad suficiente para auto-regenerarse. Por ello la pintura de Carlos Durán se transforma con el tiempo, y es en su obra realizada en Venecia donde más se aparta de lo conocido en él, pero más que centrarse en la representación de los vidrios de Murano, en esas pinturas lo que hay es por un lado la estética de los pergaminos egipcios, con sus figuras inconexas y ensimismadas sobre fondo de oro, y en vez de referencias a Venecia, tan fáciles, las hay al abrupto arte etrusco.

                Así es Carlos Durán: egipcio o etrusco en Venecia, y paradisíaco en la ciudad del sol, por usar un título utópico de Tommaso Campanella más que el nombre de un lugar, lo cual es apostar por la fascinación roja de la piel del fruto ante la amenaza fascinante y la dulce espera de los ojos de la serpiente. Mientras no llega la expulsión y la juventud es eterna, Carlos Durán pinta. Y con su pintura, mientras tanto, nos salva.

miércoles, 27 de junio de 2012

Sin vanidad

[Necrológica de Fermín Durante publicada en diario Sur el 14 de enero de 2007]
 
      A Fermín Durante la sonrisa le llegaba en dos fases. En la primera, los labios se arqueaban, y en la segunda, había un destello fugaz que sólo los muy avispados sabían captar. Este artista alto de estatura y de saberes se destacaba sobre los demás, su porte de persona recta se imponía en las galerías, entre el barullo entre festivo y comedido de las inauguraciones, y había siempre un instante para oír su voz en un rincón, en un aparte para preguntar con extremada atención por los asuntos comunes, y a continuación la melancolía salía a flote. Recuerdo a Fermín Durante el día que tomó posesión de su puesto en la Academia de Bellas Artes de San Telmo, su confidencia de la perplejidad que le causaba que toda esa alegría no le alegrara. Que se sentía honrado por su esposa, Micheline, y por sus hijos, que sabía que era un momento importante para todos, pero que a la postre la vanidad, la infinita vanidad del todo según un verso de Leopardi, es algo a lo que era inmune. Ahora Fermín ya no puede escuchar a sus amigos, emitir destellos en sus ojos, y queda el último recuerdo suyo en la inauguración reciente de la muestra de los fondos artísticos de este diario cuando confesaba la inminencia de radiaciones para combatir el cáncer que había vuelto a atacarlo. 

     Fermín Durante era un gran artista, pero su manera de vivir, ajeno a conspiraciones, a súplicas, al autobombo, a la vanidad en definitiva, quizás no le permitió ser tan conocido como debiera. Sus pinturas, de minuciosa elaboración, elaboradas por la mano de un orfebre del pincel, quedan aquí. Pero más allá de esos lienzos y tablas queda su mejor obra: el recuerdo dulce y delicado de un hombre pleno de bondad que nos ha dejado marcados, de manera indeleble, a los que, en uso de una vanidad que sólo aquí puede justificarse, fuimos sus amigos y lo quisimos tanto. Y más que lo vamos a querer.