Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de febrero de 2026

Lecturas: Cuatro Principes. Enrique VIII, Francisco I, Carlos V, Solimán el Magnífico y las obsesiones que forjaron la Europa moderna (John Julius Norwich)

Da gusto leer libros así, escritos con conocimiento y soltura. En este fascinante  Cuatro Príncipes, Norwich nos invita a un viaje político y casi sensorial por el siglo XVI, un periodo donde la historia de la humanidad pareció concentrarse en las manos de apenas cuatro hombres nacidos en la misma década, coincidiendo en el tiempo cuatro monarcas superlativos: Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia, Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico (y I de España) y Solimán el Magnífico del Imperio Otomano. Norwich, con elegancia y un toque de ironía, sostiene que la Europa moderna no nació de tratados impersonales, sino de las obsesiones, las inseguridades y los egos cruzados de estos soberanos. Como bien apunta el autor al inicio de su relato: "A lo largo de la historia, dudo que haya habido cuatro monarcas de tal magnitud... todos reinando al mismo tiempo". Esta coincidencia temporal convierte al libro en una coreografía de rivalidades donde cada decisión tomada en Londres, París, Valladolid o Constantinopla generaba una onda de choque que obligaba a los otros tres a reaccionar.



Lo que verdaderamente distingue a esta obra de un manual de historia convencional es la capacidad de Norwich para humanizar a estos gigantes, presentándolos no como estatuas de mármol, sino como hombres de carne y hueso atrapados en una competencia perpetua por el prestigio. El autor logra transmitir cómo estos líderes se observaban con una mezcla de admiración y recelo, enviándose embajadas de una opulencia casi ridícula simplemente para demostrar quién poseía el reino más próspero. A través de una narrativa envolvente, descubrimos que sus vidas estaban intrínsecamente ligadas: "Cada uno de ellos estaba profundamente condicionado por los otros tres; cada uno de ellos, en un momento u otro, fue aliado o enemigo de los demás". Es especialmente refrescante la inclusión de Solimán el Magnífico en este cuarteto, ya que Norwich rompe con la visión tradicionalmente eurocéntrica para recordarnos que el sultán otomano fue un actor fundamental en el equilibrio de poder europeo, tan renacentista en su mecenazgo y ambición como sus homólogos cristianos.



Aquí encontraremos a Enrique y Francisco comparando pantorrillas y dilapidando en regalos inverosímiles, a Francisco firmando alianzas con Solimán y permitiendo a la escuadra turca fondear en Marsella, y a Enrique festejando la muerte de su única esposa legítima, Catalina de Aragón, y no asistiendo, contrariado, al bautizo de su primera hija ilegítima, Isabel. 

Para hacerle justicia, al libro y al príncipe que prefiero -único que tuvo el título de emperador-, reproduzco el retrato con el que Norwich cierra el relato de sus andanzas, nuestro Carlos I, V de Alemania: Uno de los muchos biógrafos de Carlos lo describe como un genio militar. No parece que haya muchas pruebas que lo demuestren, pero, por otro lado, sí las hay de que poseía al menos dos cualidades de suprema importancia para un general: una valentía personal inmensa y una infinita preocupación por sus hombres. Carlos no solo mostró su valentía en los combates, sino en la pura fuerza de voluntad que permitió cabalgar día tras día a pesar de sufrir la agonía de la gota -y nadie que no haya sufrido personalmente esta aflicción puede hacerse una idea de los sufrimientos que causa- sin emitir jamás la menor queja, ni siquiera cuando tenía que montar con la pierna descansando en un cabestrillo atado a su silla. Sus soldados lo amaron y admiraron, algo que, de hecho, hicieron casi todos los que llegaron a conocerlo. Lo amaron por su encanto personal, su bondad y -una cualidad especialmente escasa en su época- su sentido del humor. Súmese a ello que sabía apreciar las cosas buenas de la vida: la pintura, por ejemplo (¿se cuenta todavía a los niños la famosa historia de cómo se agachó a recoger el pincel de Tiziano cuando se le cayó al maestro?) o la música, por la que sentía auténtica pasión. Incluso su glotonería despierta simpatía en muchos de nosotros. Murió como un hombre decepcionado, demasiado consciente de lo mucho que había tenido que dejar por hacer; pero comprendió, mucho más de o que la gente creía, cuántas cosas bellas y placenteras nos frece la vida. Y, siempre que tuvo ocasión, las disfrutó.


En definitiva, "Cuatro Príncipes" es una lectura imprescindible para cualquier amante de la historia que busque entender el origen de las tensiones y fronteras que definieron nuestra modernidad. La maestría de Norwich reside en su estilo; escribe con el rigor de un académico pero con el pulso de un novelista, logrando que el lector se sienta un testigo directo de los banquetes en el Campo del Paño de Oro o de las tensas negociaciones tras la batalla de Pavía. Al cerrar el libro, queda la clara convicción de que personalidades tan magnéticas y volátiles fueron las que realmente forjaron el destino de Occidente, recordándonos que, a menudo, el rumbo de la civilización depende del carácter y los caprichos de quienes sostienen la corona. Es una obra que combina a la perfección el análisis político con el chisme histórico de alto nivel, resultando en un retrato vibrante de una era donde el honor, la fe y el poder absoluto lo eran todo.

miércoles, 7 de enero de 2026

Lecturas: Febrero de 1933: El invierno de la literatura (Uwe Wittstock)

Saber que el día del nacimiento de mi amado padre, el 17 de febrero de 1933, sería el marco temporal de uno de los capítulos de este libro, me decidió a la compra y a la lectura. Esta vez no se trataba de un enjundioso estudio de cómo la noche se instalaba sobre Alemania, de cómo la República de Weimar se convertía en Tercer Reich. Esta vez se trata de una crónica, casi día por día, de cómo el nazismo triunfante condicionaba la vida y el destino de un buen puñado de escritores alemanes como Thomas Mann, su hermano Heinrich, sus hijos Erika y Klaus, o Alfred Döblin, Else Lasker-Schüler, Bertolt Brecht, Willi Münzenberg, Joseph Roth o el nazi Hanns Johst. Pero no se habla, o al menos no lo recuerdo, del politólogo Carl Schmitt, el filósofo Martin Heidegger o Ernst Jünger. Desde la inquietud del Baile de la Prensa el sábado 28 de enero, el asombro por la juramentación de Hitler como canciller el lunes 30 de enero con el desfile nocturno de antorchas, o el incendio del Reuichstag el 27 de febrero, el libro avanza, hasta concluir el 15 de marzo, haciendo sentir al lector cómo aquella dictadura se afianzó con mayor rapidez de lo que suponíamos, con un jefe de gobierno elegido por la mayoría de sufragios que en un mes, y con la aquiescencia del jefe del estado, Hindenburg, a través de la firma al día siguiente del incendio del “Decreto del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y del Estado”, aprobado por presión de Hitler, dejaba sin efecto los principales derechos y permitía detener a todo individuo disconforme con el régimen e instituyendo legalmente la dictadura.



El libro de Wittstock es casi una novela de no ficción, cargada de dramatismo y que deja al lector con la incómoda sensación de estar mirando un espejo del porvenir. Febrero de 1933 es cuando “todo sucedió en un instante” y el destino de los escritores alemanes quedó sellado en pocas semanas. Nos encontramos en estas páginas con un calendario del abismo: cada jornada trae nuevas detenciones, huidas precipitadas, traiciones discretas en cafés literarios y silencios atronadores en los periódicos. Cuando se pasó “de la brillante escena literaria de la República de Weimar a un largo y oscuro invierno”. Tras cada capítulo, cada página de calendario, en los que se va siguiendo a dos o tres autores en cada fecha concreta, se incluye casi telegráficamente el balance de cada jornada: tiroteos, palizas, heridos y muertes de uno y otro lado, un clima de violencia y agitación, de provocaciones insensatas, que hiela la sangre.

​Como sostiene Wittstock, “para destruir la democracia, los antidemócratas no necesitaron más tiempo que el que duran unas vacaciones”. Felices vacaciones a todos, es decir.

sábado, 28 de junio de 2025

Lecturas: M. El hijo del siglo (Antonio Scurati)


Desde hace años se me amontonaban algunos libros sobre el dictador italiano: Duce! Duce! de Richard Collier, Pio XII, Hitler y Mussolini de Giorgio Angelozzi Gariboldi, El papa de Hitler de John Cornwell, el Atlas ilustrado del fascismo de Jesús de Andrés Francesca Tacchi o El fascismo de Stanley G. Payne. Eso sin contar los títulos sobre la versión española del fascismo e incluso argentina (el inevitable Perón de los años 40 y 50 y quien sabe si también de después). En ellos pensaba encontrar algún apunte sobre si el fascismo y el nacionalsocialismo no son sino derivaciones  del estatismo socialista. Tal vez la futura lectura de Camino de servidumbre, de Hayek, termine de aclararme esa conexión. En todo caso, este primer volumen de la tetralogía novelística  de Antonio Scurati, M. El hijo del siglo (2018), representa una de las aproximaciones más ambiciosas y rigurosas a la figura de Benito Mussolini y al nacimiento del fascismo en Europa. El autor italiano propone una obra híbrida entre la novela histórica y el ensayo documental, que reconstruye el período comprendido entre el final de la Primera Guerra Mundial y la consolidación del poder fascista en Italia (1919-1924). ficción y a la vez no ficción, un Truman Capote con su aquel de académico. Un autor sobresaliente y acaso una obra maestra.

Desde una perspectiva narrativa que combina fuentes primarias, intercaladas entre los breves episodios, dejando clara la solvencia documental de Scurati, con técnicas propias de la ficción literaria, el autor logra dotar de profundidad psicológica a un personaje que, por décadas, ha oscilado entre la mitificación nacionalista y la demonización superficial. La tesis implícita de la obra es clara: “Mussolini no fue un monstruo. Fue un hombre de su tiempo”. Esta afirmación, que aparece en las primeras páginas del libro, no busca exculpar al dictador, sino evidenciar el carácter sistémico, colectivo e ideológicamente sedimentado del fascismo como fenómeno histórico. En pocas palabras: Mussolini, y con él Italia, fue fascista porque pudo. Por mucho que la nación se incluyera entre las vencedoras de la Primera Guerra Mundial, la torpe gestión de la victoria y la glorificación de los soldados conocidos como Arditi, que son casi casi el equivalente itálico a los de los Freikorps alemanes y protonazis, junto a derrotas como la de Caporetto o las extenuantes batallas de Isonzo (nada menos que doce fueron, cinco de ellas victorias italianas, tres inciertas, tres austriacas así como la victoria final para las potencias centrales), llevaron a esa Italia perpleja y empobrecida, desprovista de gloria, al ensalzamiento de la violencia para esquivar un sesgo soviético.



El uso constante de materiales documentales (discursos parlamentarios, artículos periodísticos, actas del partido, cartas privadas) dota al texto de una legitimidad historiográfica que, sin renunciar a la literatura, le permite funcionar como un libro de historia. En palabras del propio autor, “el fascismo no venció por la violencia de unos pocos, sino por la renuncia de muchos”. Efectivamente, la responsabilidad no recae exclusivamente en la élite política, sino también en la sociedad civil que, por acción u omisión, legitimó el ascenso del totalitarismo.



A nivel estilístico, Scurati escribe con una prosa densa, sobria pero iluminada esporádicamente por deslumbrantes metáforas, que rehúye del dramatismo fácil y apuesta por la frialdad expositiva.  Uno llega a escuchar la voz de Mussolini, arrogante y seductora, y a percibir cómo su figura se agiganta en medio del caos de la posguerra italiana.

En conclusión, M. El hijo del siglo no es solo una novela sobre Mussolini. Es una obra sobre la fragilidad de las democracias liberales, la manipulación del lenguaje político, el poder del relato y la facilidad con que la violencia puede institucionalizarse bajo discursos de orden, patria y grandeza. En tiempos de polarización y auge de nuevos populismos, su lectura se vuelve no solo pertinente, sino necesaria. Urgente.



martes, 6 de mayo de 2025

Lecturas: Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda (César Vidal)

 Vidal me cae mal. Muy mal. Esa meliflua expresión de protestante con intereses económicos no del todo claro, sus peleas con Jiménez Losantos, sus bochornosas intervenciones recogidas en Youtube en las que asume el papel y los cometidos de un telepredicador enloquecido y falsario. Véase:




Aclarado esto, he de reconocer que junto a una desaforada grafomanía, el tipo aparentemente sabe de lo que escribe. O al menos sabe sacar partido de la bibliografía o de los recursos disponibles en la red. En este libro, poco aporta y mucho informa. Que Carrillo fue un criminal de guerra todos lo sabemos, y excepto los de su cuerda, lamentamos que muriera de viejito sin haber pisado no una checa sino una cárcel de la democrática y domesticada España. Que Stalin fue el mayor hijo de puta que conocieron los siglos es también algo que tampoco merece la pena repetir.

Aquí, sin la brillantez ni el rigor expositivo de, digamos, Julius Ruiz (ni tan siquiera de Jiménez Losantos), Vidal ofrece un paralelo entre dos de las mayores matanzas de prisioneros políticos del siglo XX: la matanza de Paracuellos del Jarama, ocurrida en las afueras de Madrid en 1936 y la masacre del bosque de Katyn, perpetrada por la NKVD soviética en 1940. Como si hiciera falta insistir en ello, ambos crímenes fueron silenciados por razones ideológicas mereciendo ambos el mismo tratamiento en términos de memoria y justicia.



Como él mismo dice, “Lo grave no es que se hable de los crímenes del franquismo. Lo intolerable es que se silencien los del Frente Popular”. En la primera parte, describe, tras un prescindible repaso de las ideas de Marx y de Pablo Iglesias (el fundador del PSOE, no el tabernero cavernario homónimo), el desarrollo de las matanzas de Paracuellos. En la segunda, casi con desgana, la de Katyn olvidando, por ejemplo, los intentos de camuflaje comunista de aquel horror, de cómo con documentos falsos se intento vender que la autoría era nazi. Un título básico como el Mackiewicz (tengo la primera edición, de 1960) lo demuestra.

 

Tras la que, en rigor, fue “la primera gran matanza sistemática de prisioneros políticos en la Europa occidental del siglo XX” de la que fueron culpables, en nuestra áspera España, tanto altos mandos del Frente Popular como asesores soviéticos, señalando la voluntad de “silenciar Paracuellos para no empañar el mito fundacional de la izquierda democrática” y desbarrar aquí y allá, en lo que acierta Vidal es en que “No se trata de abrir heridas, sino de cerrarlas con verdad y justicia para todos”. Amén (que diría no sé si él, pero sí yo como católico y anticomunista confeso). 

martes, 14 de marzo de 2023

Lecturas: Momentos estelares de la humanidad (Stefan Zweig)

 Al comienzo de leer este libro, uno tuvo un gratísimo regusto al evocar los Victorianos eminentes de Lytton Strachey. El libro del inglés es de 1918. El del austriaco, de 1927. He ahí una posible genealogía, una manera de narrar la Historia desde un distanciamiento elegante unido a una intensa capacidad evocativa. Así lo hace Zweig en la mayoría de estas, como reza el subtítulo, Catorce miniaturas históricas. De ellas son joyas las dedicadas al asesinato de Cicerón, la conquista de Bizancio, el descubrimiento del Océano Pacífico, la composición de El Mesías de Händel y la de La Marsellesa, y especialmente el capítulo dedicado a la batalla de Waterloo. Ahí el libro, al continuar,. pierde fuelle, e interesa poco (o mejor dicho: interesan mucho pero convencen o emocionan muy poco) los dedicados a Goethe, la carrera del oro en california, y parece una soberana idiotez el que está escrito en forma de poema malo evocando el indulto in extremis de Dostoievski, remonta un tanto el vuelo al contar el esfuerzo por conseguir la primera transmisión telegráfica entre Europa y América, vuelve a hundirse con la recreación de un drama sobre Tolstoi que recoge su propia muerte (con mucho, a mi juicio, lo peor del volumen), resucita emocionantemente con la expedición polar de Scott, se desvanece un poco (sólo un poco) con el viaje de Lenin hacia la estación de Finlandia, en Rusia, y termina desangeladamente, haciendo boca a boca a un capítulo muerto, con el fracaso de los planes de Wilson en la conferencia de Versalles. 



Con todo, las miniaturas que brillan como joyas son mayoritarias. Y tal vez yo no sea el lector adecuado para las que critico. En todo caso, la zozobra, el temblor, de quienes sienten que por sus errores desaparece el Imperio Francés de Napoleón (para mí, la figura más shakesperiana de la Historia Universal), y la desengañada dignidad de Scott figuran entre las mejores páginas, las que no han de olvidarse, de este libro de tan grande y merecida fama.

domingo, 6 de febrero de 2022

Lecturas: Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide (Richard J. Evans)

 Aunque en la sobrecubierta aparezca Goebbels con un efecto espejo, se viene a la mente, cosas de estos tiempos, Trump con el labio plegado y el gesto de asco diciendo Fake News. Y no extraña pues Evans aquí trata de eso, de las falsas noticias, los falsos hechos, repetidos tantas veces acerca del nazismo y que analiza breve y documentadamente, limitando esos asuntos a cinco: ¿Los protocolos sirvió como "justificación del genocidio"?, ¿Recibió el ejército alemán una "puñalada por la espalda" en 1918? ¿Quién incendió el Reichstag? ¿Por qué Rudolf Hess voló a Gran Bretaña? ¿Escapó Hitler del búnker? Las respuestas no satisfarán a los amigos de lo peregrino e insólito.



Aquí van: Los protocolos de los sabios de Sión ya estaban desacreditados en el momento de mayor efervescencia del nazismo. Hitler lo nombra de pasada en Mein Kampf, Goebbels reconocía abiertamente su falsedad. Sólo los periódicos nazis más chiflados, sobre todo Der Stürmer y en menos grado el Volkischer Beobachter sacaban de paseo el viejo libelo ruso. No necesitaron usarlo como coartada para justificar el genocidio. Bastó la vieja tradición antisemita alemana desde Lutero hasta el propio Holocausto. La famosa puñalada por la espalda no fue tal: bastó con la desastrosa gestión de la ofensiva alemana del verano de 1918 y su resultado de deserciones masivas, junto a la constancia del Alto Mando alemán de que la victoria era imposible, para que, pese al abandono de Rusia tornada bolchevique no bastara para compensar la incorporación a la guerra de Estados Unidos. Nadie apuñaló a Alemania: ella solita se suicidó militarmente. El Reichstag lo incendió el orate de Marinus van der Lubbe, el acusado desde el primer momento y capturado inmediatamente. No hubo conspiración alguna. Hess estaba convencido de que podría pactar la paz con el Reino Unido y atraer su alianza para combatir a los soviéticos. Obró por su cuenta y (mucho) riesgo: ni Hitler estaba al corriente ni fue una hábil trampa de la Inteligencia británica, como sostiene Martin Allen en su libro cuyo contenido nutre un artículo en este blog (ver aquí). Hitler no escapó del búnker, por mucho que Stalin jugara al misterio para mantener vivo el miedo al lobo.

En definitiva, un libro conciso, que va al grano y que despeja tantas mentiras. Más que recomendable.  

sábado, 26 de junio de 2021

Lecturas: Los años setenta de la gente común (Sebastián Carassai)

 La ilustración que sigue es la que ilustra la cubierta de este libro argentino y que es sintomática del tiempo del que trata, con el subtítulo certero de La naturalización de la violencia:



Esta vez se trata de hablar de la Argentina de los setenta, la del regreso de Perón, la guerra civil entre las organizaciones terroristas peronistas de izquierdas Montoneros, ERP, FAL), y la organización terrorista peronista Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Sin ir más allá que la observación de aquellos años que comenzarón con convulsiones y terminaron con la calma chicha tras la bárbara represión militar desde los ojos de la clase media argentina a través de testimonios recogidos en Buenos Aires, Correa (provincia de Santa Fe) y San Miguel de Tucumán. Y que muestran cómo la clase media pasó de ver con distancia los hechos, a mantenerse casi invariablemente antiperonista, mostrar cierta indignación por la violencia desatada tanto sobre las fuerzas de seguridad como sobre la guerrilla de izquierdas para finalmente mostrarse conforme con el golpe de estado de febrero de 1976 y mirar para otro lado ante las desapariciones (total, esos muertos nuevos eran los que habían llevado al país al caos, aquello del "algo habrán hecho").


Carassai no deja palo sin tocar, desde la buena imagen de Eva (en comparación con el maquiavélico Perón), sublimada por la muerte joven y la entrega a cierta beneficencia (dudosa, en cuanto sólo favorecía a los suyos), el mundo universitario, la plasmación del conflicto (no es la palabra adecuada, guerra es más certera) a través del humor de Tato Bores, de la telenovela Rolando Rivas, taxista, la infiltración de la violencia cotidiana en la publicidad, con la aparición de armas y alusiones al hecho de matar con una trivialidad macabra, las interpretaciones sociológicas de aquellos hechos, y todo lo que se quiera. Viene a ser este libro algo así como la versión docta del Fuimos todos de Juan Bautista Yofre que revela cómo se vivió el videlato como un alivio antes de que con la llegada de la democracia y el informe Sabato quedaran al aire los crímenes del régimen militar. Muy recomendable lectura. Y un aviso.

lunes, 24 de agosto de 2020

Lecturas: La formación de América del Norte (Isaac Asimov)

Tuve mi primer acercamiento a Asimov en la Universidad, cuando nos recomendaban un algunos títulos de su Historia Universal (el de la Alta Edad Media, seguidos de los volúmenes sobre la formación de Francia y de Inglaterra, a los que fui sumando algunos más como lectura por placer en años posteriores) y que fueron de grata lectura. Simple divulgación histórica, sin entrar en muchas anécdotas ni explicaciones psicológicas, relatando los hechos sin pasión pero con claridad.Es lo que sucede en este volumen de historia de Estados Unidos que se detiene en 1763, cuando tras la Guerra de los Siete Años con Francia la corona inglesa añade nuevos territorios a sus colonias americanas. Hasta ahí, todo se explica con el estilo Asimov, nada fantasioso pese a su valía en la Ciencia Ficción. Se asiste a la creciente torpeza inglesa con sus territorios de ultramar, se permite alguna pulla hacia España, adornada con los prejuicios, tan anglosajones, de la Leyenda Negra, y te deja con ganas de lanzarte al siguiente volumen en el que se cuenta el nacimiento de una nación. 


Pero lo que aquí sorprende es que Asimov se retrotrae al surgimiento de la especie humana para  hablar de esa (tiro aquí de un prejuicio igualmente cuestionable) nación sin historia. Para explicar que habiendo surgido los primeros homínidos en África, se fueron expandiendo por territorios que no exigieran la navegación, y así se les verá en los milenios sucesivos por Europa y Asia. Pero no en América. Ese dato de que durante milenios no hubo ningún humano en América mientras evolucionaban en otros tres continentes es desasosegante. Habrá que esperar a las glaciaciones para que, cazando y a pie, entren en América por el paso, helado y transitable, del estrecho de Behring. Lo que no tiene rigor histórico es que dé pábulo a la posibilidad de que los fenicios hubieran podido llegar a América, así como que crea posible, y lo acepte sin más, que los vikingos se asentaran en la América continental. Tras dedicar un buen espacio a estas teorías, es tímido y escueto en su negación: 

Esto parece improbable, pero es una creencia romántica, pues haría de Leif el primer europeo que navegó a lo largo de las costas de lo que es ahora Estados Unidos y quizá hizo pie en su suelo. Por ello, ha habido una asidua búsqueda de cualquier indicio de reliquias nórdicas en Nueva Inglaterra, por ejemplo. Pese a algunas pretensiones de éxito, no se han hallado reliquias que sean aceptables para los historiadores.

Pero es casi casi lo mismo que decir "a mí no me gusta hablar, pero es que..." Esto nos lleva a pensar que si el libro de Gavin Menzies sobre un hipotético descubrimiento chino de América en 1421 hubiera pillado a Asimov a tiempo, le hubiera dado también eco. En un intento (que se nota demasiado en este tomito) de darle más historia a América y de dejar a Colón y la gesta española como una aportación menor. Pero, en todo caso, se puede perdonar esa óptica que se puede comprender como un esfuerzo de generosidad de Asimov con su país de acogida. Y como un loable esfuerzo por intentar abarcar lo más posible para el lector medio. 

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Lecturas: Los Estados Unidos desde 1816 hasta el final de la Guerra Civil (Isaac Asimov)

Recuerdo el inicio de la protofascista película El nacimiento de una nación (1915) de David W. Griffith, que realmente trata de la destrucción de una nación, de su escisión y de la constitución de dos naciones enfrentadas: la Unión y la Confederación. En uno de los primeros intertítulos se señala, de sopetón, el culpable de la tragedia: The bringing of the African to America planted the first seed of desunion. Asimov, en este tercer tomo dedicado a Estados Unidos dentro de su Historia Universal muestra que realmente la discusión sobre la abominable esclavitud, la semilla la desunión fue la propia debilidad de la Unión, que no supo gestionar la autonomía de cada Estado en su relación con el estado central federal. Leyendo a Asimov, lo que extraña es que no se liaran a matarse cincuenta años antes. Desde la perspectiva española actual, resulta una lectura instructiva, casi un aviso. Si los clarines aquí sonaran (que de todo somos capaces, ya que otra vez estamos divididos entre comunistas y fascistas, o al menos entre dos bandos que tratan así al otro), yo estaré con la Unión. 


Yendo al libro, resulta escalofriante la torpeza y la estupidez de los politiquillos que llevaron a la guerra. Emerge, como un faro, Lincoln, convertido en un titán, y décadas antes el insensato Andrew Jackson. En tercer lugar y cuarto lugar, quedan Robert E. Lee, a quien ofrecieron el mando del ejército de la Unión, pero que eligió servir al bando al que se uniera su Estado natal, Virginia, que fue a la Confederación, y Ulysses S. Grant. Llamativa es la ineptitud del primer jefe militar de la Unión, George Brinton McClellan, un idiota especialista en postureo y poco más. 


Entre los datos curiosos está la participación de Lewis Wallace, futuro autor de Ben Hur, que con su defensa férrea frenó una incursión confederada sobre Washington que podría haber dado la victoria definitiva a los confederados. Impresiona el dato de que Lincoln daba por perdida su reelección y con ello la guerra (fue investido por segunda vez el 4 de marzo de 1865, Lee firmó la rendición el 9 de abril, cinco días después fue asesinado Lincoln, y el 2 de junio se rindió la última ciudad de la Confederación, Galveston), teniendo planes para firmar la paz, y con ella la división final del país en dos, antes de que fuera investido su rival. 



Como pasaje a no olvidar, el inmortal discurso de Lincoln sobre el campo de batalla de Gettysburg, convertido en memorial de los caídos un año después. Aquel 19 de noviembre de 1863, Lincoln escribió y leyó una de las mejores páginas de la  historia de la Humanidad: 

Hace 87 años, nuestros padres crearon en este continente una nueva nación concebida en libertad e imbuida de la creencia de que todos los hombres son creados iguales.

Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil, en la que se pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y con tales ideales puede durar largo tiempo. Nos encontramos en un gran campo de batalla de esta guerra. Hemos venido a dedicar este campo como lugar final de reposo para aquellos que aquí dieron sus vidas para que esta nación viva. Es totalmente correcto y apropiado que hagamos esto.

Pero, en un sentido más amplio, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar, este terreno. Los valientes hombres, vivos y muertos, que lucharon aquí lo han consagrado, muy por encima de nuestro escaso poder de añadir o quitar. El mundo tomará poco en cuenta, y no recordará, lo que decimos aquí, pero nunca olvidará lo que ellos hicieron aquí. Somos, más bien, nosotros, los vivos, quienes debemos consagrarnos aquí a la tarea inconclusa que los que aquí lucharon hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien los vivos los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que de estos muertos a los que honramos tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron la última medida colmada de celo. Que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.Hace ochenta y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada en el principio de que todas las personas son creadas iguales.

Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a consagrar una porción de ese campo como lugar de último descanso para aquellos que dieron aquí sus vidas para que esta nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa. Pero, en un sentido más amplio, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este terreno. Los valientes hombres, vivos y muertos, que lucharon aquí ya lo han consagrado, muy por encima de lo que nuestras pobres facultades podrían añadir o restar. El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. En cambio, nos corresponde a nosotros, los vivos, comprometernos a dedicarnos a la tarea inconclusa que quienes han combatido aquí han hecho avanzar tan noblemente hasta ahora. Nos corresponde comprometernos aquí a la gran tarea que nos queda por delante: que por estos venerados muertos aumente nuestra devoción a la causa a la que ellos dieron toda su devoción; tomemos la firme resolución de que estos muertos no hayan muerto en vano; de que esta nación, conducida por Dios, conozca un renacer de la libertad, y de que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la tierra.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Lecturas: El nacimiento de los Estados Unidos (1763-1816) (Isaac Asimov)

Correcto como todos los de su Historia Universal Asimov. Aquí asistimos a lo inevitable, a cómo la insensibilidad de Inglaterra llevó a la rebelión a sus colonias, cansadas de no tener voz. A lo largo del relato, que llega a cansar por   la acumulación de escaramuzas y batallas no decisivas por doquier, asistimos al ascenso de George Washington  a la vez que la del militar rebelde Benedict Arnold, que cansado de humillaciones por los suyos, dispuestos a todo con tal de no reconocer su brillantez y su valía, llegará a convertirse en desertor y, por tanto, en el gran traidor de la nación hasta nuestros días. La figura trágica de Alexander Hamilton, muerto en un duelo a pistola con el vicepresidente Aaron Burr, significa, como Arnold, la de otra América convertida en conjetura. Finalmente, la guerra contra Inglaterra de 1812, en la que el antiguo vencido está a punto de alcanzar la victoria llegando incluso a ocupar Washington D. C. e incendiar la Casa Blanca, deja a Estados Unidos libre pero dispuesto a pasar por nuevos problemas que le llevarán a la Guerra Civil medio siglo más tarde. Es muy útil esta apretada síntesis de Historia de Estados Unidos para comprender que la visión que teníamos de ese gran país no es exacta. Demasiadas tensiones entre los Estados estuvieron a punto de hacer imposible que se mantuvieran Unidos. La guerra de Secesión fue, al fin y al cabo, inevitable.


viernes, 28 de septiembre de 2018

El amargo sabor de la victoria. En las ruinas del Tercer Reich (Lara Feigel)



Antes de que la guerra terminara en Europa, una serie de reporteros y escritores acompañaban, de actores y directores de cine, acompañaban a los aliados en su doloroso avance sobre Alemania. Stephen Spender W. H. Auden, Klaus Mann, Erika Mann, Marlene Dietrich, Lee Miller, Billy Wilder, Martha Gellhorn entre ellos. Un paisaje de ruinas y de espinas, de civiles resignados, de campos liberados, de nazis a la carrera. Buscaban juzgar un país que amaban, como en el caso de Spender y Auden, de un país que los había rechazado como en el de Dietrich, los hermanos Mann y Wilder. Todos se preguntaron qué hacer con Alemania, con la mentalidad de los alemanes, a partir de la derrota de la bestia. Unos respondieron con ironía, otros con rabia, todos con dolor. La Alemania democrática y libre por la que los aliados y los soviéticos combatieron se convirtió en dos países, en una amenaza constante, una paz armada y quebradiza con hambre y deudas y dudas sin resolver. Lara Feigel lo relata con maestría y claridad. 


La intención de la autora es clara: “Este libro es en parte un intento de conciliar o al menos desenredar estas dos historias. Los cuatro primeros años después del conflicto son el puente entre dos mundos que conocemos bien: la devastación y el horror de la Segunda Guerra Mundial y la poderosa y pacífica Europa occidental de hoy, dominada por una Alemania próspera y liberal. Entre ellos hay otro mundo que hubiera podido ser, un mundo que los protagonistas de estas páginas esperaban crear; pero no lo consiguieron, primero a causa de la intransigencia alemana y después como consecuencia del abrumador pragmatismo de la política de la Guerra Fría. Ésta es la historia de un grupo de artistas que lucharon por dar vida a un nuevo orden y luego, al desvanecerse la esperanza de lograrlo, lloraron por todo lo que se había perdido”.

Hasta 1949, el libro relata la lucha por la esperanza de quienes, viviendo episodios como el proceso de Nüremberg o el bloqueo de Berlín y la supervivencia de media ciudad merced al épico Puente Aéreo, buscaron reconciliarse con la esperanza en un paisaje apocalíptico. No todos lo consiguieron, pero sí lo intentaron desesperadamente. Amargamente.


viernes, 21 de septiembre de 2018

Lecturas: Los túneles. La huida bajo el Muro de Berlín (Greg Mitchell)

A veces lo he dicho, en conversaciones con amigos: yo de joven era comunista hasta que se me cayó encima un muro, el de Berlín. Así dicho no es menos verdad. La estupidez de aquella ideología, que aún profesan gente a la que melancólicamente trato, o que sirve de coartada para haber roto el trato conmigo, dio lugar a episodios como los que este muy recomendable libro-reportaje recoge. Disparos de un lado a otro, sangre, dolor. Es casi infantil decirlo, pero basta con hacer el ejercicio del espanto de que nuestra ciudad sea dividida de repente, sin posibilidad de cruzar al otro lado. Y así durante décadas, en nombre de la victoria del proletariado. El muro defensivo antifascista. Y una mierda, camaradas.

Aquí se recogen dos intentos de superar el muro excavando, uno abortado por la delación de un infiltrado y exitoso el otro. Por medio, dos cadenas de televisión, NBC y CBS, compiten por filmar las excavaciones y la administración de Kennedy, sabiendo que Berlín podía convertirse en el pretexto para una nueva guerra, intenta quitar visibilidad a la lucha de los berlineses contra la opresión soviética. Todo ello excelentemente documentado y narrado.


Mimmo Sesta, uno de los promotores italianos del muro bajo la Bernauer Strasse se sinceraba así al periodista Piers Alberton durante un descanso en la excavación. Esas palabras sencillas (téngase en cuenta que Sesta era un extranjero en Berlín) tienen plena vigencia y sirven para cimentar el anticomunismo: "Ya vi y oí lo que ocurrió después de que los comunistas cerraran la frontera -decía mientras Anderton tomaba notas-. Vi a las mujeres de Berlín Este llorando porque sus maridos estaban en Occidente y vivirían ya para siempre sin ellos. Los gobernantes de la Alemania del Este son unos cerdos, no porque sean comunistas, sino porque obligan a la gente a vivir unas vidas espantosas. La gente tiene que vivir feliz, no según una teoría estúpida que afecta a un futuro que está a cien años de distancia. Yo tengo que ayudar a mi amigo Peter y a su familia. La amistad no consiste en sentarse y hablar y tomar café, uno debe actuar para ayudar a los amigos, y ayudar a cualquiera a quien hayan robado la libertad. No debemos dar tregua ni paz al gobierno de Alemania del Este. Deben saber que hay personas sencillas que quieren hacer algo contra lo inhumano".

¿Y aún hay gente que añora esa época?


domingo, 26 de agosto de 2018

Lecturas: Pedro Menéndez de Avilés. Señor del Mar Océano, Adelantado de Florida (Antonio Fernández Toraño)

Hay un lugar que se llama St Augustine y que es la ciudad más antigua de Estados Unidos. Fundada en 1565 por Pedro Menéndez de Avilés, es una ciudad pequeña, en el norte de Florida, en la que tuve la dicha de trabajar durante dos beves estancias. Allí, la que es la calle más antigua del país, se llama Avilés en recuerdo de su fundador. Y las banderas de España (la actual y la histórica con la cruz de San Andrés que el estado de Florida adoptó como suya añadiéndole en la confluencia de las aspas su escudo, ondean con orgullo y sin culpa. Y hasta sin complejos (la ciudad cuenta incluso con un impersonator oficial del fundador, el actor Chad Light, que participa en cuanto sarao se le propone (véase).  Téngase en cuenta que St Augustine fue española desde 1565 hasta 1821, con un breve periodo, entre 1763 y 1784, de soberanía inglesa, y que la más española de las ciudades de Estados Unidos motivos tiene para honrar su legado histórico, sus señas de identidad.



Este libro es la detallada, y a veces árida, biografía del fundador, cuya vida fue una continua lucha contra los hugonotes franceses (su misión era acabar con el asentamiento protestante de Fort Caroline, a no mucha distancia de St Augustine), algo que consiguió pasándolos a cuchillo, contra las tribus floridianas (calusas, timucuanos, guales, semínolas, creeks) y contra la burocracia y las intrigas del Consejo de Indias y de la Casa de Contratación de Sevilla. Sólo el apoyo personal de Felipe II le hizo porfiar en la empresa. En 1874 la muerte le hallará en Santander cuando preparaba, por orden de su rey, la mayor flota conocida para combatir a los rebeldes holandeses y sus aliados ingleses.

Para conocer aquella gesta sangrienta y lamentable, de hambre y penuria, de combates y de intrigas, hay dos alternativas: leerse esta documentadísima biografía o viajar a St Augustine, donde se mantienen lugares como la Misión Nombre de Dios en la que se ofició la primera misa en los actuales Estados Unidos, la conmovedora iglesita de Our Lady of La Leche, la pretendida Fuente de la Eterna Juventud descubierta décadas antes por Ponce de León, el obelisco que conmemora, con su inscripción en español, la Constitución de 1812 o el mediano, pero impresionante Castillo de San Marcos, rodeado de pelícanos y manatíes. Visitar ese enclave gratísimo obliga a interesarse por su Historia y la vida de sus forjadores. Maneras, al fin y al cabo, de entretener la nostalgia.

Avilés Street

 Mañana de domingo en el castillo de San Marcos

Chad/Menéndez de Avilés con unos amigos en St Augustine

lunes, 30 de julio de 2018

Lecturas: Los cañones del atardecer. La guerra en Europa, 1944-1945 (Rick Atkinson)


La imagen, entorpecida por letras y reproducida en el interior, está en la sobrecubierta del libro. Hombres que cruzan el Rhin bajo el fuego enemigo en marzo de 1945 durante la operación Varsity Plunder. Hombros que se alzan, cabezas que se hunden y la tentación de rezar una última oración. Es el universo interior de los muchos que luchan y mueren, sea con el uniforme de los aliados o el de los nazis, en esta minuciosa crónica del último año de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Este volumen, último de la meritoria Trilogía de la Liberación, goza de las exactas virtudes que sus compañeros. Abrumador en datos, excelente en la narración, tal vez se eche de menos un mayor detenimiento, que llevaría a dedicar un volumen a cada episodio, ya que entre la invasión en Normandía y la rendición nazi fueron muchos los episodios que requieren un mayor detalle. Pero es una visión de conjunto de aquel casi año vertiginoso, y narrado exclusivamente desde el punto de vista de los aliados anglo-estadounidenses, por lo que el avance soviético sobre la Alemania nazi sólo es nombrando, tangencialmente, acá y allá. Por medio, Normandía, las operaciones Goodwood, Cobra, Dragón, Market Garden, la conquista de Aquisgrán, los combates del bosque de Hürtgen, el asalto sobre la línea Sigfrido, la batalla de las Ardenas, el asedio de Bastogne, la operación Varsity Plunder y la ocupación de la bolsa del Ruhr.



Si algún reparo puedo poner a este excelente libro, a la trilogía modélica de la que forma parte, es la ligereza con que se trata el bombardeo de Dresde. Y si algo debo agradecerle es el retrato de Eisenhower, que emerge como un genial organizador y un ser humano muy apreciable. Comparado sobre todo con el vanidoso y presuntuoso Montgomery. Un beve apunte sobre la grandeza de Eisenhower: en junio de 1945 se le dedicó un homenaje en el ayuntamiento de Londress. Cuenta Atkins, ya en el epílogo del libro: "Eisenhower subió al estrado para recibir un aplauso de bienvenida de los grandes de Inglaterra, Churchill el primero de ellos. Durante veinte minutos, pálido y un poco nervioso, habló sin apuntes de su causa común, de su sacrificio compartido y de su victoria conjunta. "Nunca me había percatado de que Ike fuera un hombre tan grande hasta que le oí hoy", escribió Brooke en su diario. Una frase del discurso de Eisenhower se grabaría sobre su tumba en Kansas un cuarto de siglo más tarde: "La humanidad debe siempre formar parte de cualquier hombre que obtenga la fama por medio de la sangre de sus seguidores y los sacrificios de sus amigos".


En términos subjetivos, la guerra traería también sus enseñanzas a los supervivientes: "Un miembro de la tripulación del Ejército del Aire que completó cincuenta misiones de bombardeo observó: "Nunca me sentí tan vivo. Nunca la tierra y todo lo que la rodeaba me pareció tan real y brillante". Un ingeniero  de combate reflexionaba: "Lo que tuvimos juntos fue algo horrible y endiabladamente bueno, algo que no creo que volvamos a tener mientras vivamos".

Estaban templados, tocados por el fuego. "Indudablemente, no somos menos hombres que nuestros antepasados", escribió Gavin a su hija. Alan Moorehead, que había asistido a la desgracia escarlata de principio a fin, creía que "en muy diversos lugares puede un hombre encontrar grandeza en su interior":

"El artillero antiaéreo en un ataque y el muchacho en una barcaza de desembarco sintieron realmente en algún momento que lo que estaban haciendo era algo intrínseca y definitivamente bueno, lo mejor que podían hacer. Y en aquellos momentos había una satisfacción insuperable, un sentido de estar cumpliendo su vida enteramente... Aquel breve ennoblecimiento siguió repitiéndose una y otra vez hasta el final, y renovaba y aligeraba por entero la sórdida y heroica historia".




viernes, 27 de julio de 2018

Lecturas: La noche quedó atrás (Jan Valtin)


La noche del título es la del totalitarismo. Una noche contada desde dentro. Sin que nada se nos narre desde el otro lado, desde el amanecer o la aurora. Es la larga noche del nazismo pero también la del comunismo. Sin alardes de estilo, el activista Richard Krebs, que eligió como uno de sus alias de clandestinidad Jan Valtin, nos narra su trabajo, incesante y agotador para el Komintern. Reuniones políticas, revueltas, cárceles, doctrina. Todo ello ocupa, narrado con mucho detalle, el grueso del volumen. Aportando datos menudos, como si Valtin/Krebs quisiera asegurarse de que el lector cree, convertido en policía, cuanto relata. Precisa la ruta seguida por cada barco tomado, el nombre de la nave, la filiación de los comunistas a bordo de los navíos. Es como si pidiera a cada momento que lo creamos.


Por medio hay una historia de amor, la suya con Firelei, una muchacha a la que meterá en política ante las reticencias de sus compañeros, que finalmente  le llevará a la desafección. Convertido en un elocuente documento sobre el accionar comunista mundial, va dando indicios de cómo entre los comunistas se dan conductas poco ejemplares, de cómo el dogmatismo y el objetivo supremo va primando sobre cualquier otra consideración. Pero será cuando el libro llegue a sus últimos centenares de páginas para que cobre todo su sentido. La hagiografía comunista deja de serlo cuando el narrador es arrestado por los nazis. Torturado reiteradamente (son escalofriantes esas páginas), recibe la orden de un comunista infiltrado en la Gestapo de convertirse en agente doble. Esa nueva actividad es la que le llevará al desastre, al decidir sus superiores sacrificarlo como agente nazi, por mucho que supieran que realmente no lo era, para defender a otros camaradas. Aunque ello pusiera en peligro la vida de Firelei. Finalmente, Valtin/Krebs debió huir a Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial le llevará a combatir en Filipinas, siendo condecorado por su valor. El Comité de Actividades Antiamericanas le investigará y absolverá. En 1941 publicó estas memorias frías y concisas que sirven para convencer por igual a antifascistas y anticomunistas. Un documento histórico excepcional en el que se oye restallar el látigo por doquier.

viernes, 25 de mayo de 2018

Lecturas: Mi vida con Goebbels (Brunhilde Pomsel y Thore D. Hansen)



El subítulo miente, también el título. Y la coautora. Y el que no miente, el coautor, aburre y sobra y es prescindible. Vayamos por parte mientras lo explico con desgana y con ánimo de terminar pronto este comentario. El título reza Mi vida con Goebbels. Tal cual. La autora (la iremos llamando así en vez de coautora a falta de despachar de un bostezo al coautor), que escribe o habla desde los 106 años de su edad, pasó justamente tres trabajando para Goebbels. No una vida. Primera gran mentira. A Goebbels lo conoció al pasar a trabajar para el Ministerio de Propaganda del Reich Alemán en 1942. Y Goebbels se masacró, junto a su esposa e hijos, en 1945. Si Pomsel lo hubiera conocido en 1933 cuando llegaron al poder los nazis, sin ser entonces una vida sino doce años, pues le hubiéramos permitido ese abuso editorial.

Si vamos al subtítulo, tenemos que el libro se reclama así: La historia de la secretaria de Goebbels: lecciones para el presente. Otra mentira: Pomsel no fue LA secretaria de Goebbels, sino una trabajadora más entre las muchas que estaban prestando servicio en el ministerio cerca del despacho de Goebbels. Al que trató tangencial y episódicamente, con el que compartió, entre otros invitados, una cena en la que apenas le dirigió la palabra. Eso es todo. Lo nque cuenta interesa, en todo caso, como el relato de una juventud alemana con alguna vecina judía y algún jefe judío que desaparecieron de escena mientras ella miraba a otro lado. Y nada más. Con estilo sencillo la mitad del libro es la transcripción reordenada y corregida de sus palabras para un documental), Pomsel refiere su infancia, su vida laboral y su detención por el ejército rojo y su internamiento en un campo de prisioneros por una temporada del que nada dice.  Sirve, sí, para ver cómo desde la extrema ancianidad se quita hierro a los recuerdos, se seleccionan y se queda con los que más le exculpen. Algo normal, ya que no fue una nazi beligerante ni tuvo poder alguno. Así, Pomsel escribe  Antes de 1933, nadie les prestaba ninguna atención a los judíos, todo eso se lo sacaron de la manga los nazis. El nacionalsocialismo nos inculcó que eran otra clase de personas. Y luego eso desembocó en el programa de exterminio. Nosotros no teníamos nada en contra de los judíos. Al contrario. En este plan. Y cuando los judíos desaparecen se cree la mentira oficial de que se marchaban a ocupar los huecos que dejaban los alemanes retornados a Alemania desde lugares como los Sudetes checos: Y nos lo tragamos, sí, nos creímos hasta la última palabra […] Hoy nadie nos toma en serio, todo el mundo cree que estábamos al cabo de la calle de todo lo que pasaba. Pero se equivocan. No teníamos ni idea. Todo se silenciaba y nadie sabía nada.

Y acabemos con la lectura boba con el coautor abusón. Thore D. Hansen se ocupa de recomponer el testimonio de Pomsel (que ni pasó la vida con Goebbels ni fue, en justicia, su secretaria. Insisto: fue una secretaria de tantas en el Ministerio). Lo que hace, abusivamente, es ocupar el 37% del libro con un epílogo plasta titulado La historia de la secretaria de Goebbels. Una lección para el presente. El típico alegato plasta sobre los peligros del populismo (muchísimo de Trump por aquí, algo de Erdogan por acá) para que no hagamos lo de Pomsel y no se repita aquello. A lo más, Hansen aduce algún dato interesante, como que el 40% de los alemanes sabía del Holocausto antes del fin de la guerra. Pero este dato está embutido dentro de un discurso aburrido, sosaina, soporífero, previsible. Para un libro insustancial.

Lecturas: Argentina. Un siglo de violencia política. 1890-1990. De Roca a Menem. La historia del país (Marcelo Larraquy)


La historia de las naciones suelen ser terribles. La de Argentina (siempre lo he afirmado: mi segunda patria) como nación independiente, lo es. Si vamos al siglo XIX (y enumero de memoria), encontramos la rivalidad entre Lavalle y Dorrego, la tiranía de Juan Manuel de Rosas y su banda armada La Mazorca, las guerras civiles por un quíteme usted esa federación o confederación, la Campaña del Desierto de Julio Argentino Roca (presidente más adelante) que exterminó a los aborígenes argentinos con saña (algunos sobrevivieron, pero el recuerdo de aquella guerra bárbara sirve como argumento en discusiones en torno a nuestra negra leyenda). Y al llegar 1890, una revolución en toda regla. Que es la que inicia este relato, turbulento como pocos, de Marcelo Larraquy (de quien disfruté hace unos años su extraordinario Galimberti: de Perón a Susana, de Montoneros a la CIA, escrito junto a Roberto Caballero).

El libro tiene el propósito de analizar la violencia como motivación política en un siglo de historia argentina. Entender por qué se mataba. En nombre de qué o de quiénes. Con qué fundamento. Sobre qué bases. Con qué finalidad. De qué manera. Efectivamente, Larraquy lo consigue. Desde el levantamiento radical (léase de la Unión Cívica Radical, el partido que dio algunos de los mejor intencionados presidentes de la nación, siendo el más recordado en España Raúl Alfonsín, y en Argentina Arturo Illía) en el Parque de Artillería de Buenos Aires comandado por Leandro N. Alem hasta el estúpido intento de ocupar el cuartel de La Tablada, un siglo de sangre y drama es el que Larraquy con soltura recorre. Leer este libro es conocer la historia contemporánea de Argentina. Así, con el levantamiento de Alem de 1890 (acá aprovecho para citar unos versos de la Milonga del 900 de Homero Manzi con música de Sebastián Piana para posicionarme en términos argentinos: Soy del partido de todos /  Y con todos me la entiendo / Pero váyanlo sabiendo: / Soy hombre de Leandro Alem) se inicia un periodo de revueltas radicales (laicismo, reforma laboral, leyes obreras) que se irán entreverando con el terrorismo anarquista (/es una época en que Buenos Aires contaba con una población de medio millóhn de habitantes, de los que trescientos mil eran extranjeros) y la persecución de las ideas heterodoxas a partir del golpe de estado de 1930 contra el radical Bernardo Yrigoyen, primero de la larga serie que jalonará el siglo XX cambalache problemático y febril.


Aquel golpe de 1930 llevó al poder al general José Félix Uriburu. Que se adelantó en 46 años a la dinámica asesina de Videla y los suyos: La represión del gobierno de Uriburu no seguía un manual de procedimientos determinado. Las víctimas atravesaban distintas etapas: el secuestro, la desaparición, las torturas, el simulacro de fusilamiento, un estado nebuloso que podía conducirlos a la muerte o a la libertad. Responsable principal de aquel régimen terrorista fue Leopoldo Lugones, perfeccionador de la picana eléctrica, e hijo del poeta del mismo nombre (y uno de mis favoritos, añado) que también fue ideólogo del mismo con sus llamamientos al golpe porque era llegada la hora de la espada. Consecuencia de aquella ruptura será el régimen de Perón, llegado al poder por las urnas pero golpista él mismo en 1930 y en 1943 y que marcará toda la historia de Argentina prácticamente hasta la actualidad. De Perón afirma Larraquy que aunque Perón jamás rompió las reglas de juego político-institucional, las tensó de tal forma que la sociedad quedó dividida en torno a su liderazgo. Y, añado yo, sigue dividida desde entonces.



Abunda Larraquy: Perón concibió a la fuerza policial como un cuerpo político. En sus dos primeras presidencias, esa institución vigiló, encarceló y torturó a dirigentes políticos, gremiales y estudiantiles de la oposición; también fue un obstáculo para las conspiraciones internas de los militares contra el gobierno. El propio Perón tampoco escatimará amenazas de violencia. Aaí, el 2 de agosto de 1947 formulará ésta: Yo les aconsejo siempre a nuestros capitalistas que sepan dar el treinta por ciento s tiempo, porque si no van  a perder todo, hasta las orejas... Si no lo entienden, yo  les he dicho también que el día que las masas se lancen a colgar, yo no voy a estar de parte de los que deben ser  colgados; preferiré estar del lado de los que cuelgan. Puestos a ser precursores de terrores futuros, bajo el mandato de Perón abundaría la figura del desaparecido y se presentarían, aunque fuera en forma de acusación, los primeros “vuelos de la muerte”. Veamos: Los panfletos impresos por la militancia de la Acción Católica fueron uno de los resortes que tuvo la Iglesia para defender sus espacios y conspirar contra la estabilidad institucional. Eran repartidos en las instituciones católicas y estudiantiles, y entre las Fuerzas Armadas. La ofensiva pastoral denunciaba no solo las torturas del peronismo, sino también más de cuatro mil casos de desapariciones. Los panfletos presentaban casos improbables de esqueletos que habían sido descubiertos bajo tierra en los basurales de la ciudad, en el actual empalme de la avenida General Paz con la Ruta Panamericana, y también mencionaban cadáveres transportados por aviones y arrojados al Río de la Plata. También se referían a quemas clandestinas de opositores a Perón en la Chacarita, organizadas por la Policía Federal, con conocimiento de su jefe, el general Miguel Gamboa. Aunque las desapariciones no podían ser constatadas con nombres y apellidos, la información circulaba en la sociedad y comenzaba a roer el tejido político oficialista. Sea cierta o no la acusación, es bajo el peronismo cuando se da la primera desaparición política bien documentada, la del médico comunista Juan Ingalinella en junio de 1955: Se cree que el cuerpo de Ingalinella fue tirado al río Paraná o cremado. Fue el primer caso de desaparición forzada por razones políticas.



                Para acabar con Perón murieron algunos centenares de civiles (el bombardeo de la Casa Rosada y Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 fue relatado por mí en mi novelita Memorial de Santa Elena, publicada por Arguval en 2004). Después morirán otros cientos a causa de la represión de los regímenes militares que le siguieron. Pero también Perón alentó el asesinato de los opositores, que desde el peronismo son llamados gorilas. Leamos palabras del propio Perón una vez depuesto: El enemigo debe verse atacado por un enemigo invisible que lo golpea en todas partes, sin que él pueda encontrarlo en ninguna. Un "gorila" quedará tan muerto mediante un tiro en la cabeza, como aplastado "por casualidad" por un camión que se dio a la fuga. Los bienes y las viviendas de los asesinos deben ser objeto de toda clase de destrucciones mediante el incendio, la bomba, o el ataque directo. Esta lucha debe ser implacable, recordando que en cada "gorila" que matemos está la salvación de muchos inocentes ciudadanos que si no, serán muertos por ellos. Los gorilas deben llegar a la conclusión de que el pueblo los ha condenado a muerte por sus crímenes y que morirán tarde o temprano en manos del Pueblo. Los medios para eliminarlos importan poco, hemos dicho que a las víboras se las mata de cualquier manera.

                Una vez depuesto Perón e iniciada una despareja Resistencia Peronista que en los años 60 desembocaría, al calor del guevarismo y financiada desde la  Cuba castrista, en una guerrilla y terrorismo que llevará al país al filo de la revolución y la guerra civil para desembocar en el golpe de Videla de marzo de 1976, el ejército argentino, que irá derribando a presidentes civiles como Arturo Frondizi en 1962 o Arturo Illía en 1966, se dividirá en dos facciones enfrentadas, siendo la vencedora en ese pulsa la facción llamada azul y encabezada por el general golpista Juan carlos Onganía (1966-1970): Para los azules, "más allá de sus abusos de poder y su demagogia", el peronismo era una fuerza nacional y cristiana que había "salvado" a la clase obrera del comunismo. Si se lo proscribía, en cambio, se los forzaba a la insurrección o a las acciones gremiales conjuntas con la izquierda, como había sucedido en las huelgas petroleras y en el frigorífico Lisandro de la Torre.



                Los intentos de reconducir el peronismo a un papel moderador serán baldíos y trágicos. Alentador de la violencia con tal de volver al poder, desde su exilio madrileño Perón irá mimando a esa juventud maravillosa que moría y mataba al grito de Perón, Evita, la Patria Socialista. Al regresar al poder, romperá con todos ellos y apostará por los que claman por Perón, Evita, la Patria Peronista y consentirá la aparición de la triple A (Alianza Anticomunista Argentina) de José López Rega. Fue criminal la guerrilla de Montoneros, FAP, FAL y ERP. Fue criminal la Triple A. Fue criminal el régimen de Videla (Larraquy detalla toda esa violencia y su organización, que será especialmente minuciosa durante el videlato).Y fue estúpido, cerrando el ciclo, el intento en febrero de 1989 de asaltar el cuartel de La Tablada en Buenos Aires: 11 soldados y policías y 32 guerrilleros muertos en plena agonía de la presidencia de Alfonsín mientras Menem afilaba sus patillas. Son cosas de mi dulce y áspera Argentina. Hoy es además 25 de mayo, fiesta patria de aquella gran nación. Entre tanta sangre y amargura, entono su himno y repito Al gran pueblo argentino, salud.