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domingo, 17 de agosto de 2025

Lecturas: Tiempos recios (Mario Vargas Llosa)

Aunque a Vargas Llosa tanto se le ha alabado la, por otra parte magnífica, La fiesta del Chivo en torno a la dictadura dominicana de Rafael Leónidas Trujillo, la gran novela del peruano sobre la vida bajo el oprobio es Conversación en la Catedral. Entre Trujillo y Manuel Odría, hay otro dictador pintoresco en Carlos Castillo Armas en Guatemala que puso fin a los intentos democratizadores de Juan José Arévalo y Hugo Árbenz. Tanto los antecedentes de aquella breve dictadura como los hechos que llevaron al asesinato de Castillo Armas, con una intervención muy especial tanto de la United Fruit como de Trujillo son el asunto de esta breve y afilada novela.



Denunciador de los excesos políticos a fuer de verdadero liberal, Vargas Llosa denuncia tanto los excesos anticomunistas de Estados Unidos para mover los hilos que llevaron al exilio a Árbenz como la mano negra de Trujillo, y de Estados Unidos, para derribar al fantoche de Castillo Armas. 

Para quien guste de poner rostro a los personajes principales, más allá de los presidentes nombrados, se llevará la sorpresa de que el principal femenino, Martita Borrero Parra, "Miss Guatemala", con quien fabula una entrevista con el propio Vargas Llosa décadas después de los hechos, realmente no existió. En ese encuentro, tenso y brumoso, Borrero amenaza a Vargas Llosa con la intervención de sus abogados para proteger su intimidad. Quien está, estuvo, detrás del personaje fue realmente Zoila Gloria Bolaños Pons, que fuera amante de Castillo Armas y objeto de la obsesión del siniestro Johnny Abbes, el hombre para los manejos sucios de Trujillo. Se entiende que Bolaños haya querido evitar verse retratada en esta ficción, y se entiende el subterfugio narrativo de Vargas Llosa en esta buena novela que nunca buscó pretendió ser una obra maestra.



miércoles, 14 de septiembre de 2016

Lecturas: Cinco esquinas (Mario Vargas Llosa)

En la solapa del libro compruebo que pocos libros me faltan por leer del inmenso autor peruano. En concreto, de sus 18 novelas he leído 14. Disfrutándolas todas. Pero también que sus últimas ficciones son sólo correctas (es decir, no un verdadero placer en la lectura, sino un mero y apacible agrado, lo que viene a ser la diferencia entre la alegría y la amabilidad, algo así). Únicamente "El sueño del celta" me pareció estar a la altura media de la calidad habitual en Vargas Llosa. Su anterior novela, "El héroe discreto", estaba a medio camino entre la sonrisilla floja y la sonrisa amplia y firme. "Cinco esquinas" se lee con rapidez, pero se desinfla rápido y fluye hacia el olvido. Da la impresión de que el conflicto que presenta la novela, el de un ingeniero sometido a chantaje por una publicación sensacionalista, se resuelve demasiado abruptamente. Como si Vargas hubiera sufrido una pájara y se viera obligado a acortar el número de páginas y simplificar la trama. Lo que mucho prometía hasta los dos tercios del libro, se viene abajo en el último tercio. Una pena. Porque la novela era brillante a pesar de cierta cobardía, puede que un ardid legal, que lleva al autor a nombrar a las claras al atroz gobernante Alberto Fujimori, pero que elude nombrar a Vladimiro Montesinos que se erige en personaje secundario y que en todo momento, y a veces chirriando, es llamado el Doctor...

Panorámica del punto que da nombre al barrio limeño, Cinco esquinas, 
en el cual se inspira Vargas Llosa para su nueva novela. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Lecturas: Los cuadernos de don Rigoberto (Mario Vargas Llosa)

Me tropecé con don Rigoberto como un personaje tangencial en las páginas de "El héroe discreto”, la más reciente novela de Vargas Llosa. Era allí un libertino amable, un tipo correctísimo que sublimaba el erotismo en conversaciones y confidencias de alcoba con su esposa. Brillante, ingenioso, culto, con un humor fino. Recordé que tenía, desde hace años, esta novela, sin leer, sobre el mismo personaje en mi biblioteca. Al comenzar a leerla, descubrí que era, a su vez, continuación de “Elogio de la madrastra” (que creía tener pero que no encuentro). No obstante, opté por la lectura de esta entrega intermedia. Que insiste en lo mismo, en mostrar a don Rigoberto como un personaje incorrecto y muy querible. A través de diversos relatos sobre sus andanzas, unidos por las vicisitudes de la reconciliación con doña Lucrecia mientras el hijastro de ésta, e hijo de Rigoberto, Fonchito, hace de celestinesco doble  del pintor Egon Schiele. Al final del libro, todo este caleidoscopio de aventuras galantes cobra coherencia, aclarándose si los episodios carnales relatados son realidades evocadas o calenturas que Rigoberto escribe en su soledad por mitigar, acrecentándolo, el deseo. Aquí y allá, como parte de los cuadernos, malévolas y sabrosas cartas que Rigoberto escribe en sus cuadernos y nunca envía y que defienden la heterodoxia en una afirmación gozosa del individuo. Es un libro menor de Vargas Llosa, pero tan disfrutable como sus grandes obras. Aunque sólo sea por la curiosidad de ver cómo resuelve el (sub)género de la literatura erótica el autor peruano, merece la pena. Y deja el deseo de leer la primera novela del trío de marras y de que sigan apareciendo sus personajes, al menos don Rigoberto, en sucesivas ficciones.


lunes, 30 de junio de 2014

Lecturas: Nieve (Orhan Pamuk)

Nada me movía a leer a Pamuk. A lo más, me había llamado la atención un título suyo, “Museo de la inocencia”. Pero nada más. Hasta que el azar hizo que en Ankara cenara con unos amigos, siendo uno de ellos el consejero cultural de la embajada del Perú en la capital turca. No tardó en aparecer en la conversación Vargas Llosa, de quien el consejero, hondo conocedor de la obra de su compatriota, lo comparó con Pamuk, expuso las causas por los que ambos eran tan amados como denostados en sus patrias, y recomendó una novela de Pamuk. “Nieve”.



Un libro extraordinario de un autor que hay que leer como se lee a Vargas Llosa. Y que gusta como el peruano gusta, a fuerza de calidad y de no complacencia. De talento, de maestría. De rehuir la facilidad y la finta amable, como ambos huyen del consejo y de la doctrina. Pamuk cuenta aquí unos pocos días en la vida de un periodista y poeta llamado Ka, que acude bajo la nieve (en turco kar) a la ciudad de Kars a cubrir unas elecciones municipales cercanas y a escribir sobre un puñado de chicas musulmanas que, ante la posibilidad de tener que despojarse de sus preceptivos pañuelos optaron por el suicidio. Es fácil, casi inevitable, ponernos el chip kafkiano e identificar a Ka con el K. de "El castillo" o el Josef K. de "El proceso". Pero sucede que cuanto ocurre en Kars, nada menos que una grotesca rebelión militar, un pesadillesco golpe de estado reducido a la sucinta geografía de esa ciudad, tiene por marco una ciudad verdadera, descrita con precisión naturalista. Y que más allá del vértigo de los hechos nos quedamos atentos a las minucias, ridículas unas, enternecedoras otras, de personajes que se ven sometidos a la disciplina de las ideas y del sino, como el terrorista islamista Azul, o del afecto y los deseos confusos como el propio Ka o la amada reencontrada en Kars. 

Pamuk juega con la escritura con elegancia y maestría, mata a personajes acá y allá, nos lleva por donde quiere y nos lleva a interesarnos por una Turquía extraña, tensa y convulsa, más allá del afable encanto del Estambul que muchos conocemos y de donde el propio Pamuk procede. En todo caso, este libro (como los de Vargas) nos hace ver que a veces las decisiones de la Academia Sueca son acertadas. 

martes, 10 de diciembre de 2013

Lecturas: Vargas Llosa, tal cual (Edgar Morote)


Tendría yo catorce años cuando llegué a Mario Vargas Llosa. Por entonces yo era Mario Montañez, sin Virgilio, sin vocación literaria todavía, sin la V tras el Mario que me permitiera después bromear con que MV era también Mario Vargas. Por entonces el primer libro de Vargas que cayó en mis manos fue "Pantaleón y las visitadoras", que me llenó de desazón y dejó en mi memoria de adolescente el nombre de un restaurante desarbolado y loco: "La lámpara de Aladino Panduro". Muy poco después, llegué a la brevísima y desoladora obra maestra que es "Los cachorros" para caer rendido, a renglón seguido, ante "La ciudad y los perros", con un final crepuscular y melancólico que, en mi desordenada memoria de lector compulsivo, sólo comparte en su perfección las páginas finales de "Adiós a las armas" de Ernest Hemingway. Desde ahí, casi todas las novelas de Vargas Llosa han sido leídas por mí. Y ninguna me ha defraudado. Sirva esta introducción autobiográfica para explicar el rechazo que me produce el libro de Herbert Morote.



Que he leído simplemente porque lo encontré, entre morralla comercial, en un centro comercial de Lima al día siguiente de conocer a Lucía, secretaria de Mario Vargas Llosa, que con noble hospitalidad me permitió compartir con ella y con Héctor Rospigliosi, otro peruano amigo y ejemplar, un café en un ámbito que considero sagrado con vistas al malecón Paul Harris, en Barranco. Pocas horas después, conocí a Luis Llosa, director de cine y primo del Premio Nobel de Literatura 2010 y a su esposa, Roxana. Digo, pues, que admiro a Vargas Llosa desde hace mucho, y que guardo un gran afecto por todos los nombrados y que forman parte del entorno cercano del escritor. Y que el libro de Morote, por mucho que su autor proclame que todo lo que afirma se basa, con profusión de citas y referencias bibliográficas, en la pura y monolítica razón, es basura. Basura es porque se trata de un intento de destruir al escritor y a la vez al político, basándose en el libro de memorias "El pez en el agua" en el que Vargas rememora su infancia y juventud por un lado y su frustrada lucha contra Fujimori por alcanzar la presidencia del Perú. No sirven los razonamientos presuntos de Morote porque hay algo que calla, porque dispara con calibre grueso, poco sutil, con flechas envenenadas, asiéndose a frases insignificantes de Vargas, sobredimensionándolas con pujos de inquisidor, arrimándoles candela, pez, brea, lo que sirva para convertir en pecados capitales simples ligerezas. Debe haber un motivo oculto, un rencor, una afrenta, para explicar el ardor de Morote. Que nos hurte su razón verdadera, la causa de este libelo, su casus belli, invalida todo el libro. 

No merece más espacio Morote, su libro áspero y torpe, risible en su insistencia, en su mordisco. Busco en la red palabras sobre este libro. Encuentro un artículo de Gustavo Faverón. Copio el inicio del mismo, y sólo ese inicio basta: 

 "Escribir en contra de Vargas Llosa es, a estas alturas, un deporte nacional,   un ejercicio frecuentísimo y, por supuesto, todo un género de literatura. Su cultor más reciente es Herbert Morote; el título de su agravio, Vargas Llosa, tal cual.


Herbert Morote ha leído mucho a Vargas Llosa, pero lo ha leído mal. Escribe acerca de él como escribiría un feligrés sobre un gurú que le falló, y acerca de sus obras como lo haría un viejo católico embravecido sobre los libros apócrifos de la Biblia. No comprende —o prefiere olvidar— que difícilmente puede alguien aproximarse a una pieza literaria con los ojos inyectados, dispuesto a avasallar a patadas y cabezazos cualquier cosa que en ella se diga y aun así comprenderla, evaluarla, meditarla, censurarla y esclarecerla”.

sábado, 28 de mayo de 2011

La sangre del Chivo

        Hace medio siglo caía asesinado el dictador dominicano Trujillo, en unos hechos que Vargas Llosa narró en una extraordinaria novela. Ésta es la historia del tirano y del crimen.

        Vargas Llosa le dio entidad en la ficción después de que entre nosotros Manuel Vázquez Montalbán en su casi perfecta novela “Galíndez” diera cuerpo y sangre al régimen despótico de quien en la propaganda oficial era llamado no sólo Generalísimo sino Benefactor de la Patria y, más aún, Fundador de la Patria Nueva. Alguien a quien el pueblo, en voz baja y zumbona, llamaba, por su amor a las condecoraciones y oropeles, Chapita.  El nombre del hombre tras las chapas y los honores, del tirano alabado y asesinado, era Rafael Leónidas Trujillo Molina. Una emboscada hace ahora 50 años, el 30 de mayo de 1961, puso fin pero no paz a sus andanzas. Entre el ruido y la furia, volvemos la memoria al líder dominicano,  espejo del Generalísimo de España y antecesor de otros comandantes populistas aún ornados de ditirambos.


Redundancias dominicanas

        El cachorro de los jefes

Nacido el 24 de octubre de 1891 en la localidad dominicana de San Cristóbal, hacia la que se dirigiría la noche en que lo mataron setenta años más tarde, con ancestros dominicanos, canarios y haitianos (algo de lo que renegaría por las históricas desavenencias con la otra nación que comparte con República Dominicana la isla, agravada por la matanza de miles de haitianos que el propio Trujillo ordenará en 1937), la aparición de Trujillo en las cuestiones públicas dominicanas se remontan a los años en que el país estaba ocupado por los estadounidenses y él se incorpore, tras haber sido empleado de Telégrafos, a la Policía Nacional Dominicana, dominada por los ocupantes. A partir de ahí, y al abrigo de la ocupación, su carrera será meteórica: soldado en 1918, capitán en 1922, teniente coronel en 1924, jefe de Estado Mayor en 1934. Conspirador contra el presidente Horacio Vásquez, que había aupado a Trujillo, y tras terminar en 1924 la ocupación norteamericana, en 1930 llegó al poder a través de elecciones fraudulentas y sostenido por las acciones del grupo de sicarios y matones conocido como “La 42”. El 16 de agosto de 1930, coincidiendo con el auge de los fascismos europeos, comenzaba la era Trujillo.

RLT: La palmera con bayoneta

        El perejil o la vida

        El carácter presuntamente democrático del régimen recién nacido quedaría quebrantado por los asesinatos de opositores y puesto a las claras por los plenos poderes otorgados por el parlamento a raíz de un huracán que asoló Santo Domingo en septiembre de aquel año. Ilegalizadas todas las organizaciones políticas, e instaurado el Partido Dominicano como único permitido y con el lema "Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad" (que tiene las mismas iniciales que el nombre completo del dictador), la acción de cuatro cuerpos de policía política se encargará de imponer la paz de los cementerios. En 1936 el culto a la personalidad llevará a que Santo Domingo, la capital del país, pase a llamarse, hasta 1961, Ciudad Trujillo, a la vez que la más alta montaña, el Pico Duarte, recibía el nombre de Pico Trujillo.  La voluntad de poder del Benefactor de la Patria (título otorgado por ley en 1932) le llevará incluso a dirigir personalmente, en octubre de 1937, el fusilamiento de haitianos que habían entrado ilegalmente en la mitad hispana de la isla. La orden inicial fue la de matar, fuera a tiros o a garrotazos, al menos a tres haitianos en cada aldea dominicana. Para evaluar si era haitiano el sospechoso, se le hacía pronunciar, y de ello dependía la vida, la palabra perejil. Evitada mediante la mediación de los países americanos una guerra entre los dos países tras la Matanza del Perejil de unos diez mil haitianos (hay quien sostiene que llegaron a 25.000 las víctimas), Trujillo pagó medio millón de dólares en concepto de reparación. Vargas Llosa pone en boca de Trujillo la justificación de aquella atrocidad: “Por este país, yo me he manchado de sangre -afirmó, deletreando-. Para que los negros no nos colonizaran otra vez. Eran decenas de miles, por todas partes. Hoy no existiría la República Dominicana. Como en 1840, toda la isla sería Haití. El puñadito de blancos sobrevivientes, serviría a los negros. Ésa fue la decisión más difícil en treinta años de gobierno, Simon”.


A veces veo Generalísimos...

        El amigo (y enemigo) americano

        La Segunda Guerra Mundial le aseguró a Trujillo la aquiescencia de Washington, que vio con buenos ojos su reelección en 1942 al revalidar las de 1934 y haber estado desempeñando el poder desde la sombra desde 1938 a través de presidentes títeres. Uno de ellos, su hermano Héctor Bienvenido Trujillo, se convertirá en presidente definitivo en 1952, con reelección en 1957. La voracidad del Trujillo principal, que condescendió a otorgar también el título de Generalísimo al Trujillo de adorno (que, al fin y al cabo, era el único de los hermanos en cursar estudios militares), irá distanciando a los norteamericanos de una dictadura tan intolerable como la cubana aunque fuera de signo opuesto. Ya no bastan festejos faraónicos y cosméticos como la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre que organiza en 1955-56. Así, en junio de 1959 se producen desembarcos de opositores en frustrados intentos de acabar con el Trujillato y que acabarán ahogados en sangre. Tras uno de ellos estaba la mano de Washington. Tras otro, la de Fidel Castro.

¿Amigos para siempre?

Vengativo y con un poder casi absoluto, Trujillo llegó a organizar atentados contra políticos de otros países, como es el caso del venezolano Rómulo Betancourt, que fue objeto de dos atentados ordenados por Trujillo: en 1955 en La Habana, y en 1960, usando explosivos detonados en su coche, en la avenida Los Próceres de Caracas. En 1956 es secuestrado en Nueva York, y asesinado, Jesús Galíndez, autor en 1953 del demoledor ensayo político “La Era de Trujillo”. La impunidad con la que se creía investido Trujillo facilitó que el proverbio bíblico acerca del hierro pudiera hacerse efectivo sobre su persona. Por más que en pintadas de sus partidarios el lema que resumía el credo trujillista proclamase sucinta y redundantemente “Dios y Trujillo”. El presidente Kennedy, empecinado entonces con acabar con otro dictador isleño del Caribe, daría su bendición para que en la República Dominicana se vertiera la sangre del Chivo.

Quien a hierro mata
       
        El largo historial de brutalidad del régimen, en el que el verdugo supremo era Johnny Abbes, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM),  llegó a su cénit con el asesinato de las  hermanas Mirabal, junto a su chófer Rufino de la Cruz, el 25 de noviembre de 1960. Vargas Llosa sitúa ese crimen en su contexto en su novela de referencia: “Cuántas cosas habían pasado en la República Dominicana, en el mundo y en su vida personal. Muchas. Las redadas masivas de enero de 1960, en que cayeron tantos muchachos y muchachas del Movimiento 14 de Junio, entre ellas las hermanas Mirabal y sus esposos. La ruptura de Trujillo con su antigua cómplice, la Iglesia católica, a partir de la Carta Pastoral de los obispos denunciando a la dictadura, de enero de 1960. El atentado contra el Presidente Betancourt de Venezuela, en junio de 1960, que movilizó contra Trujillo a tantos países, incluido su gran aliado de siempre, los Estados Unidos, que, el 6 de agosto de 1960, en la Conferencia de Costa Rica, votaron a favor de las sanciones. Y, el 25 de noviembre de 1960 -Imbert sintió aquel aguijón en el pecho, inevitable cada vez que recordaba el lúgubre día-, el asesinato de las tres hermanas, Minerva, Patria y María Teresa Mirabal, y del chofer que las conducía, en La Cumbre, en lo alto de la cordillera septentrional, cuando regresaban de visitar a los maridos de Minerva y María Teresa, encarcelados en la Fortaleza de Puerto Plata. Toda la República Dominicana se enteró de aquella matanza de la manera veloz”.


Sangre de mártires: las hermanas Mirabal

Este Imbert que hace personaje Vargas Llosa es Antonio Imbert Barrera, que junto a otros conspiradores, Modesto Díaz, Salvador Estrella Sadhalá, Antonio de la Maza, Amado García Guerrero, Manuel Cáceres Michel, Juan Tomás Díaz, Roberto Pastoriza, Luis Amiama Tió, Pedro Livio Cedeño y Huáscar Tejeda, tendieron la emboscada definitiva al Chivo. Hace 50 años. Viajaba Trujillo en uno de sus coches, un Chevrolet Bel Air azul claro, modelo 1957, con cortinillas en las ventanas y matrícula 0-1823. Los conjurados aguardaban en un coche, con armas proporcionadas por la CIA, que pasara camino de una de sus habituales escapadas de descanso a la Casa de Caoba (por el material predominante en su interior) en su ciudad natal. Vargas Llosa narra así el momento exacto en que se abrió fuego, diez menos cuarto de la noche: “Tony Imbert aceleró y en pocos segundos estuvieron a la altura del Chevrolet Bel Air. También estaba corrida la cortina lateral, de modo que Salvador no vio a Trujillo, pero sí, clarito, en la ventanilla de adelante, la cara fornida y tosca del famoso Zacarías de la Cruz, en el instante en que sus tímpanos parecieron reventar con el estruendo de las descargas simultáneas de Antonio y del teniente. Los automóviles estaban tan juntos que, al estallar los cristales de la ventanilla posterior del otro carro, fragmentos de vidrio salpicaron hasta ellos y Salvador sintió en la cara diminutos picotazos. Como en una alucinación alcanzó a ver que Zacarías hacía un extraño movimiento de cabeza, y, un segundo después, él también disparaba por sobre el hombro de Amadito.”

Trujillo ordenó a su chófer “Párate a pelear”. Así pasó. Sesenta impactos de bala recibió su coche, y siete su cuerpo. Zacarías, herido de nueve balazos, sobrevivió tras haber usado un fusil M-1y una ametralladora Luger. No el jefe, que recurrió a un pequeño revólver. Tras el tiroteo, la constatación de la muerte de Trujillo según Vargas Llosa: “Segundos después, Salvador se detenía, alargaba la cabeza sobre los hombros de Tony Imbert y de Antonio, que, uno con un encendedor y otro con palitos de fósforos, examinaban el cuerpo bañado en sangre, vestido de verde oliva, la cara destrozada, que yacía en el pavimento sobre un charco de sangre. La Bestia, muerta”. Un segundo vehículo recogió a los conjurados y al cuerpo de Trujillo, que fue a parar al maletero. A las cinco de la madrugada sería encontrado el coche con su carga acribillada. El hijo mayor, Rafael Leónidas Trujillo Martínez, Ramfis, regresó apresuradamente de París para hacerse cargo del poder y de las exequias.

La tumba inquieta

El 2 de junio, tras el masivo velatorio popular en el Palacio Nacional de Santo Domingo, se celebraron los funerales en la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación de San Cristóbal, en cuya cripta bajo el altar sería sepultado. Hasta que derrumbado el régimen y exiliados los Trujillo, en noviembre de 1961 saldría del país el cuerpo embalsamado en el yate Angelita en compañía de sus deudos y, según la prensa, de 95 millones de dólares en lingotes de oro. Interceptado el barco, regresado a la isla, y no encontrado el oro, se permitió la expedición del cuerpo, por vía aérea, hacia París, donde encontró reposo a pocos metros de la tumba de Beethoven, en el cementerio de Pére Lachaise. En 1970, por iniciativa de su viuda, gaditana, el cuerpo será sepultado en el Cementerio de la Almudena, en Madrid y, tras la muerte de Ramfis, y unidos en la muerte padre e hijo, en un panteón en El Pardo hoy abandonado y solitario.

La máscara del muerto


El mismo día en que enterraban a Trujillo, un comando del SIM irrumpió en la casa de uno de los conjurados, Amado García Guerrero, que resultaría muerto en la acción. Dos días más tarde caerían bajo las balas Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza. El 10 de junio fue detenido y torturado el general José René Román Fernández. El 18 de noviembre fueron capturados, y fusilados en una hacienda en San Cristóbal, el resto de prófugos: Roberto  Pastoriza, Pedro Livio Cedeño, Salvador Estrella Sadhalá, Modesto Díaz, Huáscar Tejeda y Manuel Cáceres Michel. Sólo Antonio Imbert Barrera y Luis Amiama Tió consiguieron sobrevivir a la persecución.

Quedaba vengado el Benefactor de la Patria, Fundador de la Patria Nueva, Primer Médico de la República, Primer Anticomunista de América, Primer Maestro de la República, Primer Periodista de la República, Genio de la Paz, Protector de todos los Obreros, Héroe del Trabajo, Restaurador de la Independencia Financiera del país, Salvador de la Patria, Generalísimo Invicto de los Ejércitos Dominicanos. Chapita. La Bestia. El Chivo.



Publicado en diario Sur el 28 de mayo de 2011