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viernes, 31 de julio de 2026

Lecturas: Mitra: Un dios de Oriente a Occidente (Israel Campos Méndez)

Quizás estaba confuso e imaginaba a Mitra con su gorrito frigio mientras una lluvia de sangre humeante caía sobre un patricio romano desnudo en un sótano. No: lo de la sangre y el toro es con Cibeles-Atys . Este libro elimina con solvencia esta confusión y otras. Reconozco que llegué a Mitra: Un dios de Oriente a Occidente  con la prevención de quien ha leído desordenadamente libros de historia de las religiones escritos por especialistas incapaces de salir de sus doctos laberintos. No es éste, alabado sea el Sol Invicto, el caso.

A juzgar por la bibliografía, Israel Campos Méndez es tal vez la mayor autoridad española sobre el mitraísmo romano lo que no le impide, ni mucho menos, guiar al lector curioso que simplemente quiere entender quién demonios era ese dios que mataba amaneradamente toros en cuevas artificiales por medio imperio romano.

El libro traza un itinerario desde Persia, arrancando en las remotas tierras de Mitanni, en el segundo milenio antes de Cristo, cuando Mitra aparece mencionado en tratados entre hititas y mitanios como garante de juramentos, y termina, más de mil quinientos años después, con la lenta agonía del culto en el Mediterráneo del siglo V, ya derrotado por un cristianismo que había aprendido a jugar con las mismas armas simbólicas. Entre medias, el autor nos hace atravesar la Persia zoroástrica, la helenización del dios y finalmente su metamorfosis definitiva en el mitraísmo romano, esa religión mistérica y exclusivamente masculina que tanto sedujo a legionarios, funcionarios y libertos de todo el imperio. Que no conozcamos ningún texto estrictamente mitraico sino sus refutaciones cristianas y tengamos que reconstruir el mito a través de las imágenes de los mitreos, del modo que tendríamos que hacerlo con el cristianismo a través de su iconografía si no se hubieran conservado los evangelios, es algo que hace más apasionante esta meritísima pesquisa.



domingo, 10 de mayo de 2026

Lecturas: Últimas noticias de Jesús. Del osario de Caifás a la Sábana Santa (José María Zavala)


Zavala, con su barba descuidada, sus ojeras, su decorado-biblioteca deslavazado, es alguien que en sus vídeos de YouTube, por otra parte recomendables, me produce cierto reparo cuando tras haber disfrutado un título suyo sobre la Guerra Civil lo encuentro entregando a las librerías demasiados títulos como para que se le suponga rigor.  Sea bienvenido, con todo, este librito ligero y ameno.

Como yo, Zavala es un católico convencido y consecuente, pero no escribe desde el rigor académico de Bart Ehrman, ni la docta elegancia, a veces distante de Pagels. Su Jesús es el Jesús del rosario y de la Semana Santa, de la pía estampa, las cuatro esquinitas y la sangre amada. No duda (tampoco yo dudo), por lo que escribe de cuanto se sabe de Jesús desde la ortodoxia. Nada que objetar a este intento de catequesis ilustrada.





Y ahí, precisamente, está tanto su virtud como su límite. La virtud es que resulta accesible, vivaz, generoso en datos que uno no conocía o había más o menos olvidado. El libro cumple con la función de fortalecer la fe del creyente que ya cree, de devolverle el asombro ante lo que la ciencia no ha conseguido desmentir: el Sudario sigue siendo inexplicable, el cuerpo de Jesús no apareció en ninguna tumba identificable. Para el católico que alguna vez sintió cierta perplejidad al  leer a Piñero o a Ehrman, este libro es como un pasamanos al que agarrarse.

El límite, sin embargo, es que Zavala no siempre distingue con claridad entre lo que la Iglesia enseña de fide, lo que es devoción legítima pero no dogma, y lo que es simple fascinación por lo paranormal. Hay capítulos en que la frontera entre la teología y el esoterismo se difumina más de lo que uno quisiera, como cuando cita abundantemente a la monja Emmerick, del siglo XIX, como si hubiera sido testigo presencial de la Pasión de nuestro Señor. El catolicismo no necesita de lo extraordinario para sostenerse más allá de la divinidad, una y trina, de Jesús, y en algunos momentos el libro parece olvidarlo, corriendo el riesgo de convertir a Cristo en protagonista de un gran misterio detectivesco en lugar de en el Señor de la Historia.

Con todo, hay páginas memorables. Las dedicadas a los últimos días de Jesús, reconstruidas con rigor y emoción a la vez, tienen una intensidad que pocas veces he encontrado fuera de los propios evangelios. Y hay en el libro, subyacente a todo, una pregunta que no formula abiertamente pero que late en cada capítulo: ¿y si todo fuera verdad? 




sábado, 28 de febrero de 2026

Lecturas: Asombro y milagros: El misterio histórico de Jesús (Elaine Pagels)

 Fue en los años ochenta, cuando fui joven, que un libro de Pagels, Los evangelios gnósticos, me dejó la curiosidad, que aún dura, por el cristianismo primitivo, el momento en que el hijo de un carpintero pasó a ser El Hijo del Hombre y en nuestro redentor. Tras las lecturas de Antonio Piñero, este libro se convierte en un manual, una guía, para fortalecer la fe y resolver dudas. Porque aquí vive, intensamente, nuestro Señor, el dulcísimo Jesús, pero enfrentado a preguntas difíciles que tienen una respuesta múltiple, sin dogma, e incómodas. Pagels combina aquí historia, erudición y experiencia personal con un tono de asombro genuino ante la figura de Jesús.



Pagels no ofrece una biografía más del Nazareno ni una reconstrucción dogmática de su mensaje. Su interés se centra en cómo las primeras comunidades cristianas interpretaron los milagros y las experiencias de lo divino desde el asombro y casi desde la perplejidad, y cómo esas interpretaciones moldearon una forma de entender el mundo. Con elegancia intelectual, conecta los textos antiguos con inquietudes humanas profundamente actuales (hasta nombra a Alexei Navalny valientemente como alguien que se enfrentó a la muerte por el bien común): el sufrimiento, la esperanza, la fe y la búsqueda de sentido.

Lo más admirable del libro es su equilibrio entre rigor académico y sensibilidad personal. Pagels logra que temas complejos —como la exégesis de los evangelios o las disputas doctrinales de los primeros siglos— resulten accesibles sin perder profundidad. En el fondo, nos invita a mirar las historias de los milagros no como pruebas sobrenaturales, sino como metáforas abiertas sobre la transformación interior y el misterio de la existencia. Y nos hace pensar si la virginidad de María fue real o una metáfora, una forma de eludir preguntas incómodas, o si el cuerpo santo de Jesús fue entregado verdaderamente a José de Arimatea. En todo caso, vibra intensamente el asombro de los discípulos al ver devuelto a la vida a quien murió sobre aquella colina.

Botticelli: Lamento sobre Cristo muerto, ca. 1490

Asombro y milagros es una lectura ideal para quienes se interesan por la historia religiosa, la espiritualidad comparada o, simplemente, por la manera en que las grandes narraciones fundacionales siguen dialogando con nuestra vida cotidiana. Más que un ensayo histórico, es una meditación luminosa sobre la fe, la memoria y el poder del asombro en tiempos de incertidumbre.

domingo, 16 de julio de 2023

Lecturas: Catolicismo. Viaje al corazón de la fe (Robert Barron)

 El autor es creador de una serie documental de diez episodios también titulada Catolicismo. Algo que desconocía hasta terminar la lectura. Yo mismo soy católico practicante (una fe es que la de mis mayores y que abandoné por, digamos, veinticinco años para acercarme al judaísmo hasta mi regreso, sereno, razonado, a la iglesia católica apostólica romana). Este libro lo leí para reforzar mi fe, y ha servido para ello por más que la mayor parte de lo que Barron afirma y transmite yo ya lo supiera. Por tanto, es una buena lectura. Pero para los que somos creyentes, y dentro de estos para los que somos practicantes. Para quien no tenga fe y a lo sumo curiosidad por la fe de Roma, de poco servirá. 

Al menos eso creo yo que creo. En Dios todopoderoso creador del Cielo y de la Tierra, y en Jesucristo su único Hijo. En todo caso, es un libro esclarecedor, que más que ocuparse en la historia de esta religión, desde el origen en el judaísmo hasta su asunción como religión oficial por Roma tras una feroz persecución, el posterior Cisma de Occidente y el ulterior desastre de la Reforma luterana y la resurrección merced al Concilio de Trento, etapas que no se mencionan, es una indagación en los entresijos de la fe, un razonable y razonado recorrido por aquello en lo que los católicos nos sustentamos.



Así, Barron parte del mensaje de Jesús en los Evangelios para examinarlo a través de la subsiguiente Teología y glosar la importancia de María y del apostolado de Pablo y Pedro y exponer por qué esta Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. A continuación, detalla las minuciosas particularidades de la misa y hace un recorrido apasionado por los hechos y las ideas de Katharine Drexel, Teresa de Lisieux, Edith Stein, Teresa de Calcuta, Thomas Merton , San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. Un recorrido por las Postrimerías (Infierno, Purgatorio y Cielo) cierra brillantemente este volumen. Que consigue lo que yo buscaba en él. Reforzar mi fe. Lo que no es poco.


miércoles, 9 de febrero de 2022

Lecturas: Sacramento (Antonio Soler)

 Soler ha llegado a ser un estilo. Como lo es, también, Javier Marías. En Soler, una página cualquiera delata al autor: una escritura intensa, cálida (lo de "en ebullición" no es del todo preciso pero ahí le anda), febril, obsesiva, densa. Y repito lo de intensa, que es la nota que predomina sobre todas las demás. Esta novela parte de una historia poco conocida en la ciudad que ambos compartimos, y cuyo escenario principal está, estaba, a escasos diez metros de mi lugar de trabajo: haciendo esquina con la casa natal de Picasso hay un edificio que ocupa el solar de la iglesia de la Merced, incendiada en 1931 y reutilizada, ya en los años 40-50, por el párroco de la iglesia de Santiago. El nombre de este cura con fama de santidad antes de que la verdad saliera a la luz, era Hipólito Lucena. Ésta es su novela. Y también el primer libro que trata con claridad su trayectoria, desde la inocencia y el sacrificio del sacerdocio hasta su perversión, su caída en el pecado y la heterodoxia y su desaparición.



Quien no esté al corriente, éste es el resumen de los hechos: un cura joven de un pueblo del interior de la provincia de Málaga logra sobrevivir a la guerra civil y nombrado párroco de Santiago, reúne a un grupo de muchachas a las catequiza. Hasta ahí normal. Pero en los restos de la iglesia de la Merced también las seduce y las posee en ceremonias en las que las demás entonan cánticos. Lo de unirse a Dios a través de su representante. Tan burdo como eso. Pronto habrá rumores, de embarazos, de abortos. La Iglesia investiga e interviene. Suspensión a divinis, proceso eclesiástico en Roma, confinamiento/prisión en un monasterio en Austria y regreso, en la vejez, al terruño en busca del olvido.

Ya en un artículo (ver aquí) de 2010 nombré de pasada el asunto. No mucho después recibí una llamada telefónica de un sobrino-nieto de Lucena, inquiriendo mis fuentes (la Enciclopedia del Erotismo de Camilo José Cela) y preguntándome si caminaba tranquilo por la calle tras haber alzado esa insignificante puntita del inmenso y pesado velo. Es Soler, jugando entre la ficción y la no ficción, dando voz a Lucena y a sus víctimas, quien deja a la luz cegadora y amarga los hechos. En un ejercicio literario perfecto.  Una novela valiente de un escritor que siempre lo ha sido.

 



jueves, 29 de diciembre de 2016

Melodías hebreas: de Sefarad a la música klezmer (8): Música para el Sabbat

Aunque el Sabbat, que se inicia en la tarde-noche del viernes y concluye el sábado cuando se divisa al menos una tercera estrella en el cielo, es recibido en la sinagoga con un oficio vespertino, es en los hogares donde tiene mayor significado con la ceremonia de Kabbalat Sabbat, que se celebra en familia y comienza con el encendido de dos velas. En el curso de esa ceremonia, al regresar a casa tras acoger el sabbat en la sinagoga, se entona una canción que es la más amada por el pueblo judío, Shalom Aleichem (La paz sea con vosotros). Son muy variadas las versiones de este tema, sobre la misma melodía compuesta en 1910 por el rabino norteamericano Israel Goldfarb, con letra compuesta por cabalistas de Safed a finales del siglo XVI o comienzos del XVII. 



El motivo de la canción es acoger en casa a los ángeles que acompañan a cada creyente en el camino. Se cree que esos ángeles son dos: uno bueno y otro malo. Si la casa ha sido bien preparada para el Sabbat (es requisito que todo esté limpio y en orden, y los fieles dispuestos a respetar la fiesta), el ángel bueno dirá "Sea así el próximo Sabbat". A lo que el ángel malo, resignado, responderá con un Amén. Si la casa no está preparada y el Sabbat es calamitoso, será el ángel malo el que pronunciará las palabras, y será el ángel bueno el que reconocerá su fracaso. La letra es la siguiente, traducida del hebreo:


Que la paz sea con vosotros,
ángeles ministeriales,
ángeles del Altísimo,
el Supremo Rey de reyes, 
es Santo, bendito es.

Que su venida sea en paz,
ángeles de paz, ángeles del Altísimo,
el Supremo Rey de reyes,
es Santo, bendito es.

Bendecidme con paz,
ángeles de paz, ángeles del Altísimo,
el Supremo Rey de reyes

es Santo, bendito es.

Una versión especialmente emotiva y elegante, plena de matices sefardíes y de sabor español, es la de la cantante judía brasileña Fortuna Safdié. 




Dedicado el Sabbat al descanso y al cultivo del alma (se dice que durante esa pausa se tiene un alma adicional), se canta en templos y hogares. La canción Leja Dodi, sobre un texto del rabino del siglo XVI Shlomo Halevi Alkabetz, celebra la llegada del Sabbat al que convierte en una reina que llega para visitarnos, en una amada siempre fiel. La versión que comparto es estrictamente sefardí. 






Hay versiones en estilo cantorial para coro:





No hay casi estilo musical que no haya hecho suya la melodía y la letra de Leja dodi. Quizás una de las más acordes con el gusto de los jóvenes sea la del grupo universitario norteamericano Maccabeats, que combina la letra original con la melodía del Aleluya de Leonard Cohen. La identificación del Sabbat con una novia hace que esta canción tan versátil suene también en las bodas hebreas. En todo caso, la letra que se canta en tantas sinagogas y hogares es la que sigue:

Ven amado mío al encuentro de la novia;
a recibir la presencia del Sabbat.
Guardad y recordad al unísono en una sola frase:
el Dios único nos hizo escuchar,
el Eterno es Uno y Su nombre es Uno,
para honra, gloria y alabanza.
Al encuentro del Sabbat vayamos
pues es la fuente de la bendición,
desde el comienzo, desde el principio consagrado
como finalidad de la obra de la creación.
Santuario del Rey, ciudad real,
¡levántate!, ¡sal de en medio de las ruinas!;
demasiado has morado en el valle de las lágrimas
y Él de ti se apiadará.
¡Sacúdete del polvo! ¡Levántate!
Vístete hermosas galas, pueblo mío,
que por medio del hijo de Ishai

de Bet Léjkem se acerca tu redención.
¡Despiértate! ¡Despiértate!,
que ha llegado tu luz, ¡Levántate! ¡Resplandece!
¡Despierta! ¡Despierta! entona una canción,
que la Gloria del Eterno te será revelada.
No te avergüences ni te humilles,
¿por qué tiemblas, por qué te conmueves?
En ti buscarán refugio los pobres de mi pueblo
y la ciudad se construirá sobre sus ruinas.
Y serán para despojo los que te despojaron
y todos tus destructores de ti se alejarán.
Contigo se alegrará tu Dios,
como se alegra el novio con su amada.
A diestra y siniestra te extenderás
y a Dios reverenciarás,
de la mano de un hombre descendiente de Peretz
y nos alegraremos y nos regocijaremos.
Ven en paz, corona de su esposo,
con alegría, con canto y alborozo
entre los fieles del pueblo escogido.
¡Ven novia! ¡Ven novia!
La reina Sabbat. 

Aunque si se quiere rastrear la música en el Sabbat hasta su ejemplo más sencillo, debe observarse que en los hogares, cada elemento usado en la ceremonia de recepción del Sabbat es bendecido, y cada una de estas bendiciones es cantada. Por ejemplo, el vino se bendice con la fórmula Bendito eres tú, Señor nuestro, rey del mundo, creador del fruto de la vid, y que en hebreo es  Baruj Atta Adonai /  Elohenu Melej Haolam, / perí boré hagofem. Veamos una breve explicación, y canto, de esas bendiciones:



Pero aquí tenemos, para terminar, otro canto para el Sabbat, que suele unirse al “Leja Dodi” del que ya nos hemos ocupado, que habla de la llegada del Mesías. Oigamos la voz de Lorin Skamberg, y con él a The Klezmatics, el grupo americano más aclamado de la música Klezmer.



La letra, original en yiddish, es en español así: 

Cintas, perlas, banderas de oro.
El Mesías, hijo de David, está sobre nosotros;
él sostiene un cubilete en su mano derecha 
y da su bendición a la tierra entera.
Amén, amén, 
ésta es la verdad:
el Mesías vendrá este año:
si él viene montando, 
los buenos años venideros serán buenos;
si él viene a caballo, 
los nuevos tiempos están cerca;  
si él viene caminando, 
colocarán a cada judío 
en la Tierra de Israel.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Melodías hebreas: de Sefarad a la música klezmer (7): Música litúrgica

La liturgia judía es fundamentalmente musical. E íntegramente en hebreo, con la salvedad excepcional de algunos textos en arameo. El rabino da una entonación musical a los textos que lee, a veces con una velocidad muy alta, y basando el recitado en el melisma aplicado a algunas palabras. Pero es el jazán. o cantor, en quien recae la  función de cantar la liturgia, aportando emoción a la devoción, conduciendo las plegarias. En el ámbito azkenazi, la función del jazán se profesionalizó en la segunda mitad del siglo XIX, merced a la actividad en Viena del cantor Salomon Suizer (1804-1890) hasta el punto de que en algunas comunidades el jazán se llega a considerar como un segundo rabino. 

En el siglo XX, cantores como Gershon Sirota (1874-1943), muerto en el levantamiento del ghetto de Varsovia, alcanzaron amplia fama, hasta el punto de ser considerado el Caruso judío. Más tarde, el primer film sonoro, "El cantor de jazz" (Alan Crosland, 1927), en el que sólo los números musicales y algunas breves frases tenían sonido, popularizó la música litúrgica judía merced al momento, pleno de patetismo, en el que Al Jolson (judío el propio actor y cantante) sustituye a su padre moribundo en la sinagoga en el día de Yom Kipur (el más sagrado del calendario hebreo) para entonar la que quizás sea la más hermosa melodía religiosa judía: Kol nidre (Todos los votos).



El texto traducido es el siguiente:


Nos arrepentimos por el incumplimiento de todos los votos que formulamos, de las obligaciones rituales que contrajimos, de los anatemas en los cuales incurrimos y de los juramentos que prestamos. Desde el último Día de la Expiación, hasta este día de hoy, y desde este Día de la Expiación hasta el próximo Día de la Expiación que nos llegue para el bien y la paz. 

De todos ellos nos arrepentimos. Sean todos ellos absueltos, nulos y sin valor, sin efecto, y sin carácter de obligación.

Nuestros votos que no sean considerados como tal, tampoco nuestras obligaciones ni los juramentos.

Y le será perdonado a toda la congregación de los Hijos de Israel, así como al extranjero que reside entre ellos, ya que todo el pueblo pecó por omisión. 


Es en Estados Unidos donde la coincidencia de una pujante población judía, unida a una industria discográfica especialmente atenta a los diversos públicos, donde el arte cantorial ha alcanzado mayores hitos, como los cantores David Roitman (1884-1943), Israel Schorr (1886-1935), Pierre Pinchik (1893?-1971), Pinchas Jassinowsy (1886-1954), David Kusevitsky (1911-1985) o Moshe Ganchoff (1904-1997). En la actualidad (esta entrada se ha estado escribiendo escuchando sus discos y los de Adolphe Attia), es Benzion Miller quien posee una técnica más depurada y una capacidad vocal más destacable. A continuación, Miller en su sinagoga de Brooklyn acompañado de coro.



Hay otras versiones hermosas de Kol Nidre (aquí, en concierto en la Sinagoga Portuguesa de Amsterdam. El cantor es Alberto Mizrahi, de Chicago. Le acompañan Naftali Herstik y Benzion Miller.



La popularidad de la melodía, con todo, y por méritos propios, en el ámbito de la mús¡ca culta, aunque Beethoven incluyó, para después difuminarla, la melodía en el arranque de su cuarteto de cuerdas op. 311 (también Arnold Schoenberg hará su propia versión (se puede disfrutar en este enlace),  está cimentada en la adaptación que Max Bruch realizó en 1880 y que ha tenido a su vez hermosísimas adaptaciones, como la que podemos escuchar con Jacqueline Du Pré como solista al cello:






lunes, 15 de febrero de 2016

Lecturas: El Reino [Emmanuel Carrère]

Cuenta Emmanuel Carrère que durante un periodo de su vida fue cristiano. Cristiano en serio, de los de lectura diaria de los evangelios, de comunión diaria y de esperanza diaria. Aquella experiencia pasajera, de un par de años, está en la base de este libro híbrido escrito con buena prosa y con un tono que se nos antoja sincero. De Carrère disfruté en su momento “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982”, que no es la mejor biografía ni el mejor estudio sobre Dick, ya que esos méritos corresponden a Lawrence Sutin y Pablo Capanna, pero sí es un muy buen estudio y biografía del profeta y novelista.  Este libro, que algunos extrañan que no se encuentre entre los principales de 2015, constituye otro ejemplo de autobiografía a través de otros. Esta vez, son los apóstoles Pablo y Lucas los que nos guian a través de la vida de Carrère en esos años de certidumbre.




El libro se lee con agrado, yendo desde lo testimonial del propio Carrère, con historias como la de la ex niñera de los hijos del mismo Philip K. Dick, que alucinado comparece aquí y allá, con menos intensidad y referencias de lo que nos hubiera gustado a los que amamos a ese desdichado y entrañable visionario, hasta, con mayor atención y profundidad, a los hechos de los apóstoles que escribieron los evangelios. Por tanto, el lector avezado en el cristianismo primitivo y su contexto (yo mismo tengo más de una docena de volúmenes, posiblemente dos, sobre el tema) hallará satisfacción a sus inquietudes. O más bien las multiplicará pues Carrère no aporta seguridades sino que aventura hipótesis al plantear sus personajes históricos como de ficción al, con absoluta honestidad, aportar posibilidades de comportamiento, motivaciones, cuando no se conocen. Con todo, es verosímil cuanto dice el novelista francés. Véase al respecto, lo que afirma:

Lo que digo a este respecto no es para denigrar al autor de esta biografía [se refiere a un autor que da fechas exactas sobre episodios dudosos de San  Pablo], sino para recordarme que soy libre de inventar siempre que diga que estoy inventando, señalando tan escrupulosamente como Renan los grados de lo seguro, lo probable, lo posible y, justo antes de lo directamente excluido, lo imposible, territorio donde se desarrolla una gran parte de este libro."


Es, por tanto, un buen documento, incluso un punto de partida, para iniciar una pesquisa sobre la fe cristiana y sus orígenes. Como también lo es, con muy diferente discurso, “El deseo de las colinas eternas”, de Thomas Cahill, con el que guarda alguna afinidad. Pues si en Cahill se concluye con una emocionante y atractiva descripción de la comunidad de San Egidio en Roma, que se esfuerza en vivir como los primeros cristianos, en Carrère ocupa ese lugar, también como cierre del relato, un episodio de lavatorio de pies en la comunidad del Arca de Jean Vanier. El episodio es conmovedor. La conclusión a la que nuestro autor llega, al final de todo y como cierre último del libro  es elocuente:

"He escrito de buena fe este libro que acabo aquí, pero aquello a lo que intenta acercarse es tanto más grande que yo, que esta buena fe, lo sé, es irrisoria. Lo he escrito entorpecido por lo que soy: un hombre inteligente, rico, de posición: otros tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado. Y lo que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No lo sé."


BONUS:
A la muerte de Blaise Pascal en 1662, cosida dentro de sus ropas, se encontró una nota que constituía el testimonio, radiante y gozoso, de su propia conversión. Carrère no lo nombra, no es exultante en la descripción de su momento de iluminación. Pero el interés del documento bien vale su transcripción aquí en calidad de guía de viaje hacia la puerta del Reino:

“El año de gracia  de 1654. Lunes 23 de noviembre, día de San Clemente papa y mártir y de otros en el martirologio. Víspera de San Crisógono mártir, y de otros.
Desde aproximadamente las diez y media de la noche, hasta aproximadamente las doce y media.
Fuego. “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3, 6) y no de filósofos y sabios. Certeza. Certeza.
Sentimiento. Alegría. Paz.
Dios de Jesucristo.
Deum meum et Deum vestrum (Jn 20,7) “Tu Dios será mi Dios” (Rt 1, 16)
Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios.
No se encuentra sino en los caminos indicados por el Evangelio.
Grandeza del alma humana.
“Padre justo, el mundo no Te ha conocido, pero Yo te he conocido” (Jn 17, 25)
Alegría, alegría, llantos de alegría.
Yo me he alejado.
Derelinquerunt me fontem aquae vivae (Jr 2, 13)
“Dios mío, ¿seré yo abandonado?” (Mt 27, 46)
Que yo no esté nunca separado de Él por toda la eternidad.
“Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti solo Dios verdadero, y a aquel a quién has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)
Jesucristo. Jesucristo.
Yo me he separado, he huido de Él, lo he renegado, crucificado. Que no esté nunca separado de Él.
No se conserva sino por los caminos enseñados por el Evangelio. Renuncia total y dulce.
Completa sumisión a Jesucristo y a mi director.
La alegría eterna por un día de prueba en la tierra.

Non obliviscar sermones tuos (salmo 118, 16) Amén.”

martes, 15 de abril de 2014

Lecturas: Cristianismos perdidos (Bart D. Ehrman)

El subtítulo reza (sí, es chistoso el verbo) "Los credos proscritos del Nuevo Testamento". De su autor ya leí, y disfruté, "Jesús, el profeta apocalíptico judío", lleno de sagaces sugerencias. El sello de calidad se mantiene en este volumen al que pocos reparos pueden ponerse. La lectura, lenta y cuidadosa, pero nunca difícil, permite asomarse a los primeros siglos del Cristianismo para comprobar la abundancia de visiones contrapuestas que de la nueva fe, y de la figura misma de Cristo, confluyeron y lucharon. Las dos primeras partes del libro, "Falsificaciones y descubrimientos" y "Herejías y ortodoxias" se centran en la exposición de las diversas creencias. La tercera, más árida, "Vencedores y perdedores" relata cómo se impuso la ortodoxia que sigue rigiendo hoy día.
Ehrman, en su salsa

Ebionitas, marcionistas y gnósticos ocupan la mayor parte de la atención del autor, con capítulos que casi se convierten en una novela de misterio, como el que estudia el Evangelio Secreto de Marcos y su posible falsificación por Morton Smith. Sólo ese capítulo, en el que Ehrman no es tajante (en mi opinión, se trata de una falsificación ese evangelio que muestra un Cristo homoerótico), justifica la lectura del libro. En el que podemos hallar sentencias inquietantes, con magnífico estilo, como la que, camino de su martirio en Roma, formulara Ignacio de Antioquía: ""Porque si sólo en apariencia fueron hechas todas estas cosas por Nuestro Señor, luego también yo estoy cargado de cadenas en apariencia. ¿Por qué, entonces, me he entregado yo, muy entregado, a la muerte, al fuego, a la espada, a las fieras?". 

El grupo gnóstico de los fibionitas, a los que se acusó, quién sabe si con razón, de prácticas sexuales aberrantes y hasta de canibalismo, es quizás la más extrema demostración de hasta dónde podía llegarse, entre otros grupos en confrontación que aquí se muestran, en nombre del hombre que fue también Dios y que hoy, en efigie, pasea por las calles en este Martes que es Santo. 

viernes, 13 de abril de 2012

Harry Potter, entre la Gloria y el Purgatorio

93.700.000, 48.200.000 y 24.500.000. Estas cifras son las que da el buscador de Internet más reputado y completo, Google, como cifras de resultado tras pedirle que busque referencias a Harry Potter, Shakespeare y Cervantes. Quitando los matices de que ese Harry Potter localizado puede ser también cualquier persona así llamada, y que el Cervantes y el Shakespeare localizados pueden no llamarse Miguel o William, lo obvio es la aplastante superioridad, en la red, del personaje de J. K. Rowling frente a los dos mayores autores de los idiomas inglés y español. Nos encontramos, pues, frente a un fenómeno que ha superado, en mucho, la fama  popular de los grandes clásicos. Algo que nos hace cuestionarnos qué diferencias hay entre los gustos académicos y los del gran público. Si puede medirse la serie de novelas de Harry Potter con los títulos clásicos de la literatura universal. A la vista de las ventas de las seis novelas publicadas y a la espera de la última de ellas, más de 325 millones de ejemplares traducidos a 65 idiomas, un vértigo sobreviene, una sospecha de que nos estamos manejando en terrenos más de la mercadotecnia que de la literatura. Tal vez la respuesta más adecuada esté a medio camino entre la de los detractores más tajantes y la de los entusiastas incondicionales. Que desde 1997, año de la aparición de “Harry Potter y la Piedra Filosofal”, y en sólo diez años, se haya creado una generación de lectores impacientes es algo que se debe agradecer a J. K. Rowling y su personaje. Que esos niños y adolescentes después no sean capaces de realimentar su capacidad de lectura, hacerla evolucionar hacia otros autores, hacia otro gusto, será algo por lo que habrá  que pedir cuentas a los educadores y a los padres (que también deben ser los principales educadores). Que un buen puñado de jóvenes lectores (de hecho, miles en presencia y millones en espíritu) se agolpen a las puertas de las librerías en la noche del 20 al 21 de julio para acceder al volumen que contará el destino final de Potter y aguarden la última campanada para lanzarse sobre esas páginas es algo que sólo puede ser saludado de manera positiva.
Aquí, unos pardillos

       Que la serie padezca de repetición de las recetas narrativas, de que el marketing sirva para cubrir los defectos y magnificar el producto, que su trama lleve a los lectores a un mundo de fantasía ajeno al mundo real, mucho más terrible que  el que Rowling presenta, es lo de menos. Si se intenta resumir de la forma más breve la trama genérica de las seis novelas ya aparecidas, se llegará a la conclusión de que forman lo que se conoce como novela de formación, e incluso una novela iniciática. ¿De qué va, entonces, la serie de Harry Potter? Muy sencillo: El hechicero Lord Voldemort asesina a los padres de Harry, que es adoptado por sus tíos que lo crían sin afecto alguno; al cumplir 11 años, Harry descubre que tiene poderes mágicos, y entra en una escuela de magia y hechicería, donde comienza a tener amigos y sentirse feliz mientras aprende diversas técnicas mágicas. También aprende, mientras intenta librarse de las asechanzas del malvado Voltemort, que la vida eterna depende de la posesión de una piedra mágica. 

No es difícil descubrir tras estos apuntes elementales que tras esa trama base se ocultan el mito de Edipo, la narrativa de Dickens con sus huérfanos desvalidos pero valientes y la literatura artúrica con la búsqueda del Santo Grial. La decisión de Rowling de hacer de la magia el elemento fundamental de la vida de Potter llevó a la Iglesia Católica a señalar la nocividad de esta lectura. El propio Joseph Ratzinger, antes de llegar a calzar las sandalias del pescador, dio su beneplácito, en 2003, a las opiniones de la socióloga alemana Gabriele Kuby que en un polémico ensayo acusa a las novelas del niño mago de corromper el alma de los jóvenes lectores, dañando la relación con la divinidad a la vez que es ensalzado el mundo maléfico mientras que es desdeñado el de aquí abajo. Con todo, es la autoridad de Benedicto XVI la que esgrimió recientemente un pirata informático para adelantar el final de la última novela de la saga, desvelando la muerte de uno de los personajes principales. La propagación de ideas neopaganas, alertada por Ratzinger, fue la razón aducida por el aguafiestas literario. 
       Harold Bloom, uno de los más conocidos críticos literarios, formulador del tan debatido “Canon occidental”, juzgó también a Rowling y a su criatura a través del artículo “¿Pueden equivocarse 35 millones de compradores de libros? Sí” en el que trataba sobre la primera novela de la serie. Su opinión, como delata el título, no fue positiva. Sólo razones de mercado, de respuesta a una necesidad, a una demanda de consumo, pueden explicar el fenómeno. Tachando de espantosa la escritura de Rowling, Bloom llega a la conclusión de que los lectores de esta autora simplemente están preparándose para leer en el futuro a Stephen King. Y eso sí que sería nefasto, según Bloom.
Anteriormente, otros libros destinados al público joven intentaron ganarse el favor del mercado. Desde la serie de “Las crónicas de Narnia” de C. S. Lewis (escritas desde una notabilísima óptica cristiana), las andanzas del anarquista Guillermo Brown o las estimulantes pero ñoñas aventuras de los Cinco y de sus clónicos pobres, los Hollister, ninguna ha conseguido el fervor masivo, millonario, universal, de los títulos acerca de Potter. A lo más, los que forman el ciclo de “El señor de los anillos”, de J. R. R. Tolkien, que son aceptados por los detractores católicos de Rowling por cuanto la victoria de Frodo se debe a que asume virtudes cristianas, mientras que el niño Harry sobrevive gracias al uso de saberes esotéricos, lo que vale para que su hipotético credo sea tachado de gnóstico.
Sea como sea, más allá de obediencias o gustos, de justificaciones del escapismo, de anatemas y comercio, nadie podrá evitar que dentro de diez, quince, veinte años, alguien que fue lector de la serie de Harry Potter cierre, tras haberlo disfrutado, un libro de Stephen King, de Charles Dickens, de Harold Bloom o de Joseph Ratzinger.


Artículo publicado en diario Sur el 13 de julio de 2007, con ocasión de la publicación de la que fue última entrega de lla serie de Harry Potter de J. K. Rowling

martes, 31 de enero de 2012

Cruces de Perry Oliver (y de Stanley Spencer)

Hasta el 18 de marzo, en la sala de exposiciones Mare Nostrum, del Ayuntamiento de Rincón de la Victoria, Perry Oliver (Pennsylvania, 1948) muestra su exposición “Cruces”.  Oliver (a muy pocos, diría que nadie, he oído llamarlo Perry, y mucho menos Perry Macon), decía, es amigo. En casa tengo una escultura suya, de sobria contundencia, reflejo de la vieja amistad, e igualmente veterano cariño que nos tenemos. Esta exposición muestra un Oliver que no es nuevo, porque se mantiene fiel a su poética de volúmenes austeros, con un lenguaje abstracto, parco, elegante y enigmático. Pero, a la vez, presenta elementos para sentir algo más que la atracción por formas nunca antes observadas, la seducción de la geometría, la promesa de una perfección platónica. Esta vez lo que sirve para medir la destreza, el talento tan sabido, de Oliver es nada menos que la cruz. La cruz de los cristianos. Y en esa exposición mínima pero en la que nada falta, se siente una epifanía, un vislumbre de cielo y de compasión, un eco dulce de la música de Johann Sebastian Bach, el obsesionante “Erbarme dich, mein Gott” de la “Pasión según San Mateo”. Apiádate de mi, mi Dios. O lo que es lo mismo, el viejo “Kyrie Eleison, Domine”. Antes de seguir más allá, conste, lector que aquí llegas, conste, dearest Oliver, que si bien nací cristiano y católico, la fe que profeso es la del Padre. La vieja fe de Abraham y de Isaac. Por lo tanto, lo que aquí se diga o sugiera sobre la cruz será dicho desde el espíritu, no desde el dogma. Y mucho menos de la iconoclastia de los anticlericales de este país áspero.
Antes de hacer demasiado largo, doblemente enojoso, este comentario, enunciaré la conclusión, manifestada entre runrún de fondo en la sala la noche de la inauguración y dicha con los tartamudeos propios: la exposición tiene una lectura distinta en cada sala. Por una parte, en la planta baja, hay una pureza que se busca y que se manifiesta en una visión del paraíso tras la resurrección, plena de paz y de esperanza. En la planta superior, está la Humanidad en torno a la cruz, con su ruido y su torpeza y su ansia de pureza que es la que se ve en la sala de abajo. Ahí arriba, donde los hombres, está el espíritu, conmovedor, de Stanley Spencer. Vayamos por parte. Spencer, (1891-1959), que murió, me dice la British Encyclopaedia, siendo Sir, tomó como tema de su obra, desarrollada entre las dos guerras mundiales, entre dos Apocalipsis por tanto, la fe cristiana. Por lo tanto, la cruz. Veamos algunos ejemplos de Stanley Spencer. Se recomienda pinchar sobre las imágenes, para conseguir visualizaciones mejores.


¿Bien? Vayamos ahora con Oliver, con su planta superior en la que esa multitud que sufre o resucita en Spencer, removiendo o acarreando cruces, identificando a los personajes que así se convierten en Cristo pues como él mueren, en suburbios de ladrillos, y como él resucitan en calles mansas o en campiñas de los Midlands, se convierte en personajes reducidos a volúmenes básicos pero que a la vez poseen esa necesidad, casi obligatoria, de redención. Veamos algunos.

Pueden parecer fantasías suprematistas, figurines para teatro soviético, época de Meyerhold, de Maiakovsky cuando aún soñaba. Pero hay algo más, algo más profundo. Situemos una de esas figuras junto a una pintura conmovedora de Carracci, su “Lamentación por Cristo muerto”.


Las figuras de Oliver bien podrían ser figurantes en el teatro de dolor de Carracci, sólo les faltan los ausentes brazos para retorcerlos de dolor ante el drama. En esa planta, dispone algunas de estas figuras, en un montaje escenográfico, ante una cruz plena. Es lo que Oliver ha dispuesto como un cortejo cofrade, como una fila de penitentes que se inclina ante la cruz. Aquí están.

Al llegar aquí, una vez que hemos intuido ese acercamiento al dolor a través de la geometría, captado cómo la escala de esos penitentes dispone sus cabezas cúbicas hacia el redentor ausente y representado por la forma de la cruz que los mortales mismos guardan y manifiestan en su forma, descendamos la escalera. Abajo, ausencia y espejo, está la cruz sin personas, está la esperanza, la tumba que se abre vencida e inútil. La luz, la música de Bach otra vez.  
¿Es la necesidad de trascendencia, ahora que hace frío oscuro y pobre, lo que convierte una exposición, perfiles de hierro pintado, en un sacramento? Seguramente Oliver sonreirá al ver todo esto, al leer este castellano tortuoso y no torturado, agitará la cabeza quijotesca, y tal vez en inglés dirá "este Mario, es terrible" y señalará la pantalla a Jenny. Sé que dentro de poco expondrá en Vélez-Málaga, me abrazará emocionado y me llamará amigo. Y después, podré ir en paz.