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domingo, 17 de agosto de 2025

Lecturas: Tiempos recios (Mario Vargas Llosa)

Aunque a Vargas Llosa tanto se le ha alabado la, por otra parte magnífica, La fiesta del Chivo en torno a la dictadura dominicana de Rafael Leónidas Trujillo, la gran novela del peruano sobre la vida bajo el oprobio es Conversación en la Catedral. Entre Trujillo y Manuel Odría, hay otro dictador pintoresco en Carlos Castillo Armas en Guatemala que puso fin a los intentos democratizadores de Juan José Arévalo y Hugo Árbenz. Tanto los antecedentes de aquella breve dictadura como los hechos que llevaron al asesinato de Castillo Armas, con una intervención muy especial tanto de la United Fruit como de Trujillo son el asunto de esta breve y afilada novela.



Denunciador de los excesos políticos a fuer de verdadero liberal, Vargas Llosa denuncia tanto los excesos anticomunistas de Estados Unidos para mover los hilos que llevaron al exilio a Árbenz como la mano negra de Trujillo, y de Estados Unidos, para derribar al fantoche de Castillo Armas. 

Para quien guste de poner rostro a los personajes principales, más allá de los presidentes nombrados, se llevará la sorpresa de que el principal femenino, Martita Borrero Parra, "Miss Guatemala", con quien fabula una entrevista con el propio Vargas Llosa décadas después de los hechos, realmente no existió. En ese encuentro, tenso y brumoso, Borrero amenaza a Vargas Llosa con la intervención de sus abogados para proteger su intimidad. Quien está, estuvo, detrás del personaje fue realmente Zoila Gloria Bolaños Pons, que fuera amante de Castillo Armas y objeto de la obsesión del siniestro Johnny Abbes, el hombre para los manejos sucios de Trujillo. Se entiende que Bolaños haya querido evitar verse retratada en esta ficción, y se entiende el subterfugio narrativo de Vargas Llosa en esta buena novela que nunca buscó pretendió ser una obra maestra.



miércoles, 29 de abril de 2020

Lecturas: La vida exagerada de Martín Romaña (Alfredo Bryce Echenique)

Una puñetera obra maestra. Tal cual. De las de releerla y redescubrirla y apreciarla distinto y mejor dentro de unos años. De Bryce leí en mi adolescencia Un mundo para Julius que casi me entusiasmó. Poco después fui a una charla de Bryce en el Ateneo de Málaga y era un tipo con ojos chiquitos y la risa tapada por un bigote de mariachi. Que contaba cosas como que en Mallorca se alquiló una casa para recluirse a escribir una novela, que puso la máquina de escribir ante una ventana y todas las tardes se decicaba con ahinco a la escritura. Hasta que una vecina llamó a su puerta, lo tomó por un mecanógrafo y le endosó a su hija para que aprendiera, previo pago, el proceloso arte del asdfg asdfg. Tal cual. Y hace no muchos años disfruté de una novelita ligera, comprada en una librería de Lima, Las obras infames de Pancho Marambio. 


Esta vez la lectura la debo a una librería de ocasión en Málaga, que pore 3 míseros euros puso en mis manos la primera edición de esta delicia. Bibliotheca del Fénice, Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1981. 635 páginas y un colofón que detalla los lugares en que fue escrito el libro: Málaga, París, Théule-sur-mer, Sant Antoni de Calonge, Saint-Raphaël y Montepellier. Otra grata sorpresa, saber que mi ciudad tiene ese huequito. Titánica, la novela está escrita como si se tratara de la transcripción de un largo monólogo de Martín Romaña, hastiado y recordando desde un sillón Voltaire sus andanzas por París y España, con un gracejo y fluidez asombrosas, prodigiosas, que básicamente es el relato de los amores calamitosos de Martín con Inés, luz de donde el sol la toma, mientras están participando en la célula parisina de un partido revolucionario peruano que ha encomendado a Martín, niño bien limeño al fin y al cabo, escribir una novela real-socialista sobre sindicatos pesqueros. La nostalgia de Martín por la hondonada del colchón maltrecho que compartió con Inés, las promesas de un romance con Octavia de Cádiz, la fauna militante, la terrible patrona, los perros cagones, un viacrucis rectal, el magisterio vital y literario de Hemingway, las referencias a Alfredo Bryce Echenique que también pulula alrededor de su personaje, todo ello y muchísimo más dan para sorprender a los nuevos lectores y confirmar a los hipotéticos relectores como yo mismo, a buen seguro, lo seré. Estoy seguro que es de esos libros que seducen de manera distinta a quienes a él se acercan. Avisados quedan.


martes, 10 de diciembre de 2013

Lecturas: Vargas Llosa, tal cual (Edgar Morote)


Tendría yo catorce años cuando llegué a Mario Vargas Llosa. Por entonces yo era Mario Montañez, sin Virgilio, sin vocación literaria todavía, sin la V tras el Mario que me permitiera después bromear con que MV era también Mario Vargas. Por entonces el primer libro de Vargas que cayó en mis manos fue "Pantaleón y las visitadoras", que me llenó de desazón y dejó en mi memoria de adolescente el nombre de un restaurante desarbolado y loco: "La lámpara de Aladino Panduro". Muy poco después, llegué a la brevísima y desoladora obra maestra que es "Los cachorros" para caer rendido, a renglón seguido, ante "La ciudad y los perros", con un final crepuscular y melancólico que, en mi desordenada memoria de lector compulsivo, sólo comparte en su perfección las páginas finales de "Adiós a las armas" de Ernest Hemingway. Desde ahí, casi todas las novelas de Vargas Llosa han sido leídas por mí. Y ninguna me ha defraudado. Sirva esta introducción autobiográfica para explicar el rechazo que me produce el libro de Herbert Morote.



Que he leído simplemente porque lo encontré, entre morralla comercial, en un centro comercial de Lima al día siguiente de conocer a Lucía, secretaria de Mario Vargas Llosa, que con noble hospitalidad me permitió compartir con ella y con Héctor Rospigliosi, otro peruano amigo y ejemplar, un café en un ámbito que considero sagrado con vistas al malecón Paul Harris, en Barranco. Pocas horas después, conocí a Luis Llosa, director de cine y primo del Premio Nobel de Literatura 2010 y a su esposa, Roxana. Digo, pues, que admiro a Vargas Llosa desde hace mucho, y que guardo un gran afecto por todos los nombrados y que forman parte del entorno cercano del escritor. Y que el libro de Morote, por mucho que su autor proclame que todo lo que afirma se basa, con profusión de citas y referencias bibliográficas, en la pura y monolítica razón, es basura. Basura es porque se trata de un intento de destruir al escritor y a la vez al político, basándose en el libro de memorias "El pez en el agua" en el que Vargas rememora su infancia y juventud por un lado y su frustrada lucha contra Fujimori por alcanzar la presidencia del Perú. No sirven los razonamientos presuntos de Morote porque hay algo que calla, porque dispara con calibre grueso, poco sutil, con flechas envenenadas, asiéndose a frases insignificantes de Vargas, sobredimensionándolas con pujos de inquisidor, arrimándoles candela, pez, brea, lo que sirva para convertir en pecados capitales simples ligerezas. Debe haber un motivo oculto, un rencor, una afrenta, para explicar el ardor de Morote. Que nos hurte su razón verdadera, la causa de este libelo, su casus belli, invalida todo el libro. 

No merece más espacio Morote, su libro áspero y torpe, risible en su insistencia, en su mordisco. Busco en la red palabras sobre este libro. Encuentro un artículo de Gustavo Faverón. Copio el inicio del mismo, y sólo ese inicio basta: 

 "Escribir en contra de Vargas Llosa es, a estas alturas, un deporte nacional,   un ejercicio frecuentísimo y, por supuesto, todo un género de literatura. Su cultor más reciente es Herbert Morote; el título de su agravio, Vargas Llosa, tal cual.


Herbert Morote ha leído mucho a Vargas Llosa, pero lo ha leído mal. Escribe acerca de él como escribiría un feligrés sobre un gurú que le falló, y acerca de sus obras como lo haría un viejo católico embravecido sobre los libros apócrifos de la Biblia. No comprende —o prefiere olvidar— que difícilmente puede alguien aproximarse a una pieza literaria con los ojos inyectados, dispuesto a avasallar a patadas y cabezazos cualquier cosa que en ella se diga y aun así comprenderla, evaluarla, meditarla, censurarla y esclarecerla”.