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sábado, 30 de julio de 2022

Lecturas: El talismán (Stephen King y Peter Straub)

 La indefinición es lo que salva esta novela, haciendo que este baqueteado lector no sepa si es una novela valiosa o un experimento fallido. Esa duda radica en la participación de un segundo autor al que siempre queda acusarlo de los defectos, o simplemente de lo que no agrada a este comentarista. Que no es otra cosa que el elemento fantástico. Me aclaro y confieso. Allá en los años noventa, cuando empezaba a aficionarme al género de la Ciencia Ficción y a reunir una biblioteca de voraz aficionado, y en una ciudad de provincias que como tantas se arrogan el desmérito de las cien tabernas, en el único lugar en el que se encontraba una sección etiquetada como Ciencia Ficción era la librería de El Corte Inglés. Allí, para encontrar algún Philip K. Dick tenía que sacarla de entre volúmenes de otro género, la Fantasía en su modalidad Heróica, o de Espada y Brujería. Aquellos volúmenes usurpadores publicados por Timún Mas, y muy especialmente aquellos que formaban sagas protagonizadas por el Rey Arturo y sus nobles y errantes currantes (acababa de licenciarme en Filología Hispánica, con matrículas de honor en las asignaturas de literatura francesa y conociendo por tanto más que bien la Materia de  Bretaña y con motivos para desdeñar esos subproductos), me parecía que le quitaban el espacio a Dick, Heinlein, Asimov, Bradbury o Simmons. Como aquí, en la novela que nos ocupa, puede que Straub le quite páginas a King, que le haga desviarse de su territorio.



Porque aquí tenemos un libro que por una parte es plenamente del de Maine, con su recio realismo y su conocimiento del dolor, y por otro una novelita digna de Timún Mas, de caballeros, villanos, luchas por el trono (más adelante, en otra entrada, me tocará comentar ese desbarre que es Los ojos del dragón) y una reina hermosa y agonizante. Uno prefiere creer eso, que los capítulos situados en nuestro mundo son obra de King. Los de terror. Mientras que los fantásticos se deben a Straub. Que, pese a mi trauma de juventud, debo reconocer que escribe más que bien. Y la lucha del jovencito Jack Sawyer por traerse de una realidad paralela medievalizante el talismán que cure a su madre, que en el otro mundo es una reina que languidece, se convierte en un revoltillo de episodios de fantasía, con sus hechiceros y sus espadas, debe y puede interpretarse como la huida (mediante una pócima primero y más adelante simplemente por fuerza de voluntad) hacia otra realidad en la que parezca posible salvar de la inminente muerte a alguien querido. El mito de Orfeo y Eurídice, caigoi ahora, no es ajeno a esta historia. 

Los Estados Unidos de gente que puede ser muy mala y con alguna buena, tan excelentemente retratado por King, las andanzas de Sawyer por la realidad, es lo mejor del libro. Lo del mundo fantástico y su confluencia final con el real queda para el gusto de cada cual. No para el mío. Pero, lo reconozco, es una buena novela. Y una rareza morrocotuda en King (algún volumen más vendrá escrito en colaboración con Straub). Eso sí, quien no quiera perder el tiempo leyéndose la opera omnia de King, puede saltársela. O eso creo. 


sábado, 13 de mayo de 2017

Lecturas: 1Q84 (Haruki Murakami)

Un libro con el que te apasionas mientras lo lees (aquella cosa tantas veces dicha del placer) pero que después te deja un recuerdo un tanto vago. Tal vez sea cosa de mi memoria, que ya es la que era. En todo caso, es un libro brillante, en el que se van alternando los capítulos que recogen las andanzas de los dos protagonistas, el profesor de matemáticas y corrector literario Tengo y la instructora de gimnasio y asesina por encargo Aomame. Dos personajes que comienzan la historia cada uno por su lado y que irán previsiblemente confluyendo en sus tramas pero sin coincidir físicamente. En el tercer libro (y segundo volumen) de la novela aparece un tercer personaje, Ushikawa, un calamitoso pero concienzudo detective, que también entra en el reparto, ahora a tres, de los capítulos. 


Si bien al comienzo se van introduciendo elementos que dan sensación de irrealidad que va percibiendo Aomame (que por tanto no vive en 1984 sino en 1Q84), esa sensación de irrealidad se borrará pronto, desmintiendo toda afinidad con la pesadilla totalitaria de 1984 de George Orwell. En Murakami la irrealidad se limita a un cambio en el armamento de la policía japonesa y a los planes soviético-estadounidenses de construir una base lunar conjunta, a los que más adelante se unirá la presencia, en el firmamento, de dos lunas. Esa sensación de irrealidad se verá sustituida por una secta político-religiosa y la gravitación enorme de un raro libro titulado La crisálida de aire y cuya confluencia, la de la secta y el grupo, convertirá la novela en un hábil thriller con dos lunas. Pero sin nada más que podamos adscribir al género fantástico. Porque realmente ésta es una novela de amor.




O intenta serlo, porque los dos protagonistas principales se perseguirán con finalidad exclusivamente amorosa, a través de los tres libros, los dos volúmenes, de la novela. Tras un momento fugaz en la infanciaen que se tomaron de la mano,  se buscarán a través de Tokio y de los años. Por medio habrá muertes espantosas (tres, todas violentas pero una de ellas indolora), una historia de amor paterno-filial, sin que la palabra amor sea nítida, y algunas subtramas que apuntalan la historia pero que habrán de difuminarse. Porque en verdad no importa que La crisálida de aire no nos interese, de poco nos importará la naturaleza ni el alcance de la actividad de la secta. Ni por qué hay dos lunas. Nos importará la imagen de Tengo en la fría noche subido en un columpio mirando la luna y suspirando por Aomame. Nos importará la determinación de Aomame de, a toda costa, reencontrarse con Tengo. Que el final de la novela sea tontorrón tampoco importará. Lo que queda, mientras las lunas se apagan en nuestra memoria, es la grata experiencia lectora. Nada más. Pero tampoco nada menos.


El Irworobongdo coreano (con sol y luna a la vez)
que nada tiene que ver con Murakami
pero que me gusta 

jueves, 30 de octubre de 2014

Lecturas: Aegypto (John Crowley)

En los tiempos en que uno agarraba soberanos rebotes porque las secciones dedicadas a la ciencia ficción en las librerías estaban ocupadas por chorradas de enanillos, hechiceros y embrujos (no es que me haya aficionado al subgénero de espada y brujería, es que ya me da igual), en esos tiempos, decía, de comienzos de los noventa en que me aficionaba al género de San Philip K. Dick, este libro, Aegypto, de John Crowley, tenía su prestigio y la promesa de multiplicarse en varios volúmenes venideros. Conseguí los que le sucederían, Amor y sueño, y Daemonomania. Y justo ahora me entero de que un cuarto libro, Endless Things, se quedará sin traducir ni editar en español. Lo que significa que de esta lectura se deriva un cálculo, hecho antes de emprenderla. Cuyo resultado es leer los tres volúmenes de que dispongo, dejando librado al capricho y a la experiencia la lectura, en riguroso inglés, del último. Ya se verá. De todos modos, pese a la seductora sugerencia del autor que hace John Clute en su imprescindible Ciencia Ficción. Enciclopedia Ilustrada (uno de esos volúmenes que siempre me acompañarán como un guía fiel y sereno), la lectura no me hace ansiar lanzarme sobre el segundo título de la tetralogía. Tal vez porque aquí lo que hay es costumbrismo trufado de toques fantásticos y eruditos. No, en cualquier caso, ciencia ficción. Como ejercicio literario es un libro magnífico, que se parece más a los de, digamos, el Philip Roth de Pastoral americana (o, mejor aún, por su carga introspectiva, cualquiera de Saul Below) que a una novela de género. El resultado es similar a oír una larga obertura, muy prometedora, algo así como el preludio de Tristán e Isolda de Wagner. Tras el que los músicos guardan los instrumentos y se despiden y termina el libro.



Por ello, ni recomiendo ni rechazo este libro. Hay estilo, hay vida. Pero no hay, aún, una historia que te atraiga, que te haga aceptar ese arranque que no arranca, la sofisticada estructura que se guía, ay, por las casillas zodiacales, los atisbos sobre el mago isabelino Jonn Dee o el filósofo inflamable Giordano Bruno vistos a través de las ficciones de Fellowes Kraft, un autor creado para ello y que tendrá su momento estelar, se supone, en el resto de la serie. No, no me convence del todo Crowley. Copio aquí un fragmento que dice de qué va, de qué deberá ir, la cosa: "Hay dos países diferentes. Uno, el que yo soñé e imaginé, que también tiene una historia, como la tiene Egipto, una historia igualmente larga pero diferente, y monumentos diferentes, o los mismos monumentos pero con significados totalmente distintos; y una literatura y una ubicación también diferente. Puedes rastrear la historia de Egipto, más y más atrás, y en un determinado momento (o en varios momentos distintos) la verás bifurcarse. Y puedes continuar con una u otra: la del libro de historia clásico, Egipto, o la otra, la soñada. La Hermética. No Egipto, sino Aegipto. Porque hay más de una historia del mundo."

Avisados quedamos. Pero no seducidos. Por ahora. O por nunca.

martes, 31 de diciembre de 2013

Lecturas: Declara (Tim Powers)

Hay quien ama a Tim Powers, pero no es mi caso. Por ello no diré que es "Declara" su mejor novela en muchos años, como por ahí se ha escrito. Sí diré que es un honesto, y a veces titánico, esfuerzo de de hacer lo de siempre en nuestro autor: hacer literatura fantástica de época, buscándose un marco temporal preciso (esta vez, la Guerra Fría) y trufándolo de elementos sobrenaturales. En "Las puertas de Anubis" y "Esencia oscura" consiguió, con dificultades, que su propuesta me pareciera interesante. Esta vez, simplemente aburre, confunde. Defrauda. Mezclar a Kim Philby, el espía más importante y peligroso que dio Inglaterra en el siglo XX, con ángeles que moran en el monte Ararat, a la sombra del arca de Noé, debiera haber dado para una ficción más amena y más simple. Más legible. Pero aquí Powers quiere ser tan primoroso en el estilo y en el matiz como lo es John le Carré, tan exacto en los pormenores sigilosos del género, y consigue serlo, pero a costa de descuidar el concepto genérico, digamos que estratégico, de la novela. En lo táctico, en cada capítulo, en cada episodio de acción, es válido Powers, pero en el conjunto de 568 páginas, yerra, naufraga. Aburre. Una pena. Será un libro que no merecerá una hipotética segunda oportunidad y que por lo tanto daré de baja en mi ecléctica biblioteca. De Powers me quedará, temblando ante su sino y a la espera de que el tiempo me imponga olvido, un último título superviviente, "Cena en el palacio de la discordia". 

lunes, 21 de octubre de 2013

Lecturas: Malos sueños (Felices pesadillas 2)


Las pesadillas pueden ser recurrentes. Aquello de la inquebrantable fidelidad del infortunio. Que es lo que pasa con esta segunda antología de relatos de terror de Valdemar. Que aquel gozo quebradizo de la primera selección aquí se pierde, por querer tensar en demasía la cuerda y prolongar la deleitosa oscuridad de la noche. Pasa un mes y algo desde que se cerró el libro y un recorrido por el índice deja nombres ilustres pero ningún recuerdo, ni bueno ni malo. A lo más, el nombre de Poe con "La máscara de la muerte roja" se salva, pero como pieza de la literatura universal más allá del género del repelús (algo que comparte con "El almohadón de plumas" de Horacio Quiroga, que también comparece en este pesado volumen). Y junto a esa gema eterna, alguna cosita suelta como "La resucitada" de Emilia Pardo Bazán, "Un fantasma enamorado" de Vernon Lee, el bizarro relato "El bisara de Poore" de Kipling, poco más. 964 páginas podrían haber dado no para mucho más, sino para mucho peor. Una lástima.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Lecturas: Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar (1987-2003) (Varios autores)


La literatura fantástica es, al fin y al cabo, un amor de juventud, y tal vez de más atrás todavía. Las brujas malvadas, los corazones arrancados en un bosque, la amenaza de la medianoche, no son sino los más directos indicios, los anuncios primeros, de ese género que busca reverdecer los miedos de la cuna, de la cama estrecha y esencial. Este volumen de Valdemar, una de las editoriales españolas con el catálogo de autores y títulos más interesantes, como lo es ahora El Acantilado y antaño lo fuera la primera Siruela, quiere ser un catálogo de los primeros veinticinco años de existencia de la casa editora. Son 40 relatos, caprichosos que se reúnen aquí formando una selección que, reconocen, es más representativa que exhaustiva. 982 páginas que convocan notables gozos y alguna decepción. Se mantiene en su pedestal glorioso y lóbrego Poe con Los hechos en el caso del señor Valdemar, infaltable dado el nombre de la editorial, divierta el chafarrinón español de Balzac con El elixir de larga vida. con una sensibilidad pre-gore que llevará a la culminación, traumática y tromática Bram Stoker con la broma siniestra, bestia hasta decir basta, de Los dualistas o la funesta muerte de los gemelos, que basta parta hacer aconsejable la lectura del abrumador tocho que lo contiene. Del mismo modo, es grato volver a El grabado de M. R. James (del que es una obviedad llamarlo el mejor autor nunca habido de historias de fantasmas). Gratísimo es también el relato La pata de mono de William Wymark Jacobs, delicioso Sredni Vashtar de Saki y malsano, aunque con humedades de Cunqueiro, de Mater tenebrarum de Pilar Pedraza. El resto, hasta llegar a los 40 títulos, se leen con indiferencia o con hastío. En el caso de este lector caprichoso.