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lunes, 17 de marzo de 2025

Lecturas: Un extranjero llamado Picasso (Annie Cohen-Solal)

Picasso es casi una disciplina artística. Tan inabarcable, tan singular, tan cambiante. Cohen-Solal traza un recorrido cronológico por la vida del artista malagueño desde que llega a Francia y se convierte en un extranjero allí, en un sospechoso, que pasa por diversas etapas. A saber: Picasso había superado este tiempo de precariedad que la Policía y las instituciones francesas habían impuesto al "anarquista vigilado" (1901), al "extranjero", al "ESPAÑOL" (1932), al «individuo muy sospechoso desde un punto de vista nacional» (1940) que entonces vieron en el artista. A partir de la década de 1960, con las nuevas disposiciones del Estado francés hacia él, también había experimentado una configuración rigurosamente opuesta, la de la «aceleración valorizadora». ¿Cómo ver con claridad cuando se asocian experiencias tan dispares en torno a la propia persona? ¿Cómo vivir la precariedad, en determinados momentos clave, aunque escasos, cuando reaparecen el miedo a la expulsión o el sentimiento de fragilidad frente a las instituciones? ¿Cómo navegar en las aguas hostiles de las guerras (víctima colateral de la germanofobia en 1914, revolucionario español y artista "degenerado" bajo Vichy en 1940), o en las marismas de entreguerras, según los vaivenes de la xenofobia ordinaria?

 


Haciendo hincapié en los momentos en que Picasso buscó la nacionalidad francesa como una manera de refugiarse ante la inminente amenaza de la Ocupación nazi, que fue resuelta tras no pocos trámites, con cierta brutalidad (En conclusión, este extranjero no amerita nada para obtener la naturalización; por otra parte debe ser considerado altamente sospechoso desde el punto de vista nacional). Cómo debió luchar contra las dificultades es el tema de este libro singular y apasionado y que aporta nueva luz sobre el orgulloso e irreductible español. Muy interesante y conveniente lectura. Se ame (como es mi caso) o no al artista.

miércoles, 24 de julio de 2024

Lecturas: Sabotaje (Arturo Pérez-Reverte)

 Picasso, que no me lo toquen. Llevo 35 años trabajando con él/para él y saber que esta última entrega de Falcó iba en torno al Guernica me hacía temer lo peor, el retrato de brocha gorda, los juicios de valor infundados, el abuso de los prejuicios. Sin que haya una tarea de documentación rigurosa (cuando se le hace hablar, hace afirmaciones que sólo formularía años más tarde), el mito sobrevive. No es el verdadero Picasso el que aquí aparece, pero al menos tampoco es el gañán al que tantos (y más ahora) acusan de otros defectos distintos a los que tuvo. Algo es algo. 

Esta vez, Pérez-Reverte  camufla la identidad de sus personajes. Así, comparecen Hemingway bajo el nombre de Gatewood, Lee Miller como Eddie Mayo, Peggy Guggenheim como Nelly Mindelheim o André Malraux como Leo Bayard. Sólo Marlene Dietrich y Picasso comparecen con su verdadero nombre. Y la Dietrich protagonizando una escena erótica que sería tolerable en un autor más joven o inexperto. Pero que aquí, desde mi experiencia personal de lector, chirría. Y sobra.

Aquí, Leo Bayard es alguien cuya experiencia y datos concuerdan con los de Malraux, sólo que aquí se enfrenta a un destino distinto al recibir Falcó la doble misión de hundir su carrera y/o truncar su vida presentándolo como un agente fascista y por tanto factible de ser sometido a una purga por parte de los comunistas, y por otra parte evitar que el Guernica sea como es. Con tiros y puñetazos, persecuciones y engaños, se consigue lo primero y en parte lo segundo. Esta vez la historicidad nítida y fiel no es una exigencia para el autor. Pero tampoco importa. El libro se disfruta como lo que es. Un pasatiempo más o menos sofisticado. Con eso basta.



martes, 31 de mayo de 2022

Lecturas: La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso (Pepita Dupont)

 Éste es un libro justiciero, el testimonio de una amistad intensa, plena de franqueza, entre una periodista (Dupont) y la viuda del mayor genio del siglo XX: Jacqueline Roque. Un libro contra la propaganda dañina de una ex-compañera de Picasso tóxica, Françoise Gilot, que se atrevió a compararse como pintora, situándose incluso por encima, con Picasso y que jugó la baza de la difamación con sus difundidísimas memorias (Vida con Picasso, 1965), volvió a sus hijos contra su padre y mantuvo el doble lenguaje del improperio público y el afecto en privado a través de cartas, que Dupont ha leído, en las que se ofrecía a volver y recuperar su trono. Además, debe tenerse en cuenta que el libelo de Gilot se ha difundido enormemente. Y en estos tiempos de adoctrinamiento y modas sociales, son muchas (e incluso muchos) los que llaman maltratador a Picasso sin aportar pruebas ni fuentes. O como mucho, se escudan en Gilot (que, sirva en su descargo, tampoco lo moteja así), Dupont simplemente mantiene una amistad con Jacqueline, traza su biografía, convive con ella, recoge el testimonio de esa otra vida con Picasso durante 20 años. Y nos deja el retrato de un amor tierno, de unos hijos devenidos en enemigos, incluyendo a la hija del primer matrimonio de Jacqueline, que es quien peor sale parada en este alegato. Y la generosidad de Jacqueline, su faceta, no siempre lo suficientemente reconocida, como donante de obras de su marido. Téngase en cuenta que incluso el siguiente compañero de Gilot, así como su siguiente marido, hablan para este libro en defensa de Picasso y contra la leyenda negra de Gilot.

Llevo 33 años trabajando para la Casa Natal del artista, conozco bien su vida, su psique, sus peripecias, incluso a algunos de los personajes que aparecen nombrados en el libro. He comisariado un buen puñado de exposiciones de Picasso (la última de ellas, inaugurada en Málaga hace unos días y con 352 piezas) y créanme: no crean a Gilot y lean a Dupont. Y comprenderán con mucha fiabilidad cómo era, a través de los ojos de su esposa, Pablo Ruiz Picasso. Sin tópicos ni zarandajas.




viernes, 15 de junio de 2018

Lecturas: Picasso y las mujeres (Paula Izquierdo)

Llevo 29 años trabajando en la Fundación Picasso, en la casa natal del artista en la que una antepasada mía, Mariana Montañez fue la criada de la familia.Karma, eterno retorno. Algo he leído y aprendido sobre Picasso desde entonces. Mucho más es lo que de Picasso comprendo. Sabiendo que su relación con las mujeres es quizás, en estos tiempos de feminismo rampante, el aspecto más controvertido del personaje. Este libro, ligero pero bien documentado, es, dentro de la inabarcable bibliografía, un prodigio de serenidad. Revisa a todas las que tuvieron una influencia y sin caer en la tentación de juzgar al amador y las amadas, al amado y las amantes. Así, tienen sus propios capítulos la madre y las hermanas de Picasso, la amiga Gertrude Stein y la nómina de amadas: Fernande Olivier, Eva Gouel, Gaby Depeyre, Irène Lagut, Olga Khokhlova, Marie-Thérèse Walter, Dora Maar, Nusch Éluard, Françoise Gilot, Geneviève Laporte y Jacqueline Roque.

Un ejercicio de sana mesura y una excelente introducción a Picasso. Muy recomendable.




lunes, 21 de septiembre de 2015

Lecturas: El barbero de Picasso. Historia de una amistad (Monika Czernin y Melissa Müller)

Podría, objetivamente, parecer tan interesante como un libro que se llamara "El podólogo de Picasso", "El cartero de  Neruda" (hay una novela de Skármeta, hay una película babosa), "La criada de Borges" (hay un libro sobre mucama) o "El cerrajero de Sábato" (lo hay, y es mi amigo tan querido y añorado Mario Ceraso). Pero cuando el barbero de Picasso fue un hombre honestísimo, prudente, fiel y entrañable la cosa cambia. Este librito breve sirve para contar la amistad, intensa y suave a la vez, entre los dos hombres, con algunos parrafitos en cursiva aquí y allá que dan voz al barbero, Eugenio Arias, entrelazados por un relato que va contando la vida de los dos amigos, sus confluencias, y el relato general de la vida del malagueño.

Jacqueline Roque, Pablo Picasso, Eugenio Arias
(foto de Lucien Clergue)

Como libro sobre Picasso es simple, con alguna aseveración temeraria y a veces errada. Buscando entresacar algún fragmento valioso, encontré éste:
Arias no se perdía casi ninguna exposición de Picasso en Francia por muy lejos que le llevara el viaje. Y entendía el arte de Picasso precisamente de la manera que el propio artista imaginaba. "No hay nada que explicar. ¿Qué diablos tiene que ver el arte con el hecho de comprender? El arte debe liberar sentimientos en el corazón del espectador", se indignó una vez el artista ante su amante Geneviève Laporte al pedirle ésta una explicación de su trabajo. Una obra de arte no debiera dejar a nadie indiferente, debiera hacerle reaccionar, fortalecerle y volverle creativo, aunque sólo sea en su fantasía. El propio maestro -un gran privilegio- enseñó a su amigo íntimo Arias cómo se eliminan los obstáculos del camino a fin de poder entender con el corazón.

Como libro sobre Arias es un tesoro. Yo lo conocí, allá por 1991. Asistió a una inauguración de la Casa Natal en la que se daba protagonismo a algunas de las modestas pero emocionantes piezas que Picasso lo regalara. Le recuerdo como un anciano pleno de sentimientos que ante todo quería honrar a su amigo y vanagloriarse poco, y que nombraba con voz solemne a España. Ya ahí se notaba que era un hombre cabal. Este libro lo demuestra con creces. Sirva para dar singularidad, cuerpo y espíritu a quien no deseó sino el anonimato y la honestidad que lleva a tener en paz la conciencia. 


martes, 1 de noviembre de 2011

Transfiguración


Un concierto de cámara en el Auditorio del Museo Picasso Málaga reúne, a través de Brahms y Schoenberg, dos siglos, dos sensibilidades, y un mismo espíritu

Picasso, centro y norte y sur de la brújula malagueña, viene de un siglo y una casa de molduras decoradas, de caballeros acicalados y mujeres despeinadas en las cornisas mirando un obelisco heroico de piedra y bronce, palomas y purpurina. Siglo XIX del que los que tenemos cierta edad seguimos viniendo tras los años de disciplina y decoro, formen filas, del anterior régimen, que tan de polainas y bigotes fue. Pero Picasso, con su mechón torcido, los ojos de espanto y de guasa, es también siglo XX, utopía y festejo, esperanza y sueño, libertad y riesgo. Por eso fue línea nítida, purísima, como un dibujante maniático y portentoso del XIX; por eso fue terremoto y fuego, vaticinio y sorpresa, al estilo del turbulento siglo XX de la neurosis, el llanto y las bombas.
Schoenberg jugando al ping-pong, 1930

La noche transfigurada. Parte 1


La noche transfigurada. Parte 2


Es por ello que es especialmente apropiado que sea el Auditorio del Museo Picasso el escenario del V Ciclo de Música de Cámara de la Orquesta Filarmónica de Málaga cuando el programa refleja a la perfección esa polaridad. Hablamos del concierto del próximo 8 de noviembre, y esta vez la agrupación que protagoniza la velada es el Sexteto Atlántida: José García Belmonte (violín), Alejandro Tuñón (violín), José María Ferrer (viola), Gonzalo Castelló (viola), César Jiménez (violonchelo) y Leonardo Luckert (violonchelo). En el programa, dos siglos, dos estéticas: el Sexteto nº 1 en si bemol mayor, op. 18, de Johannes Brahms y el sexteto  “La noche transfigurada”, op. 4, de Arnold Schoenberg

“La noche transfigurada”, uno de los títulos paradigmáticos, y más felices, de su infausto siglo, es la confesión de un alma singular, la de Schoenberg, que en 1898 se hizo temporalmente protestante (de un modo parecido, en 1897 Mahler también abjuró del judaísmo para ser católico), y en 1899 compone, en la que es su cuarta creación, esta obra maestra indiscutible. Escrita primero, como aquí se interpretará, como sexteto de cuerda, en  1917 recibirá un arreglo para orquesta de cuerda y una revisión orquestal en 1943, que como tres versiones de una única obra, lo que verdaderamente es, bastó para asegurar la inmortalidad a Schoenberg. Intimista, intensa, atormentada e hipnótica, “La noche transfigurada”, que participa de las cualidades y riesgos del poema sinfónico, se basa a su vez en un poema que recoge el diálogo de un amante con su amada que lleva en su vientre el hijo de otro. Como elogio, y como reproche, se ha usado la descripción de este sexteto como “Wagner en música de cámara”. Sea como sea, es una pieza que trasciende y supera esta descripción. Recibida con animosidad, la adversidad inicial de los oyentes será una constante a lo largo de toda la producción de Schoenberg. Pero, avanzado y superado el siglo, su escucha es de las que te hacen levantar la cabeza por momentos, un cosquilleo fugaz atenazándote el espinazo, la certidumbre de que el arte es siempre la verdad cuando es verdadero. Algo que ya habrá vivido y sentido el oyente con el tenso sexteto, transido también de emoción, de Brahms, con una sonoridad que recoge el de “La muerte y la doncella” de Schubert, su insistencia obsesiva en el drama, que se nota especialmente en el segundo movimiento, “Andante ma moderato”.

Brahms. Sexteto nº 1. Andante moderato

Por encima de las notas, algo se nos dice. Algo que no sólo afecta a Picasso sino a todos los creadores que supieron prolongarse más allá de su tiempo, de su carne. La emoción es inmortal. Y es la emoción la que nos hace transcendente, la que nos transfigura. Al otro lado de los muros, a pocas paredes, lo saben nadadoras en verde angustiosas y gráciles, lo saben mujeres serenas y clásicas de piel dulce. Lo sabemos nosotros, superados por el espíritu y, tal vez, por el dolor.

Artículo publicado en diario Sur el 5 de noviembre de 2011


domingo, 16 de octubre de 2011

Las afinidades electivas

En la inminencia del aniversario del nacimiento de Picasso, el Teatro Cervantes reúne a Toldrá, Brahms y la Sinfonía del Nuevo Mundo en una velada de sutiles matices
Hay momentos que llegan como ladrón en la noche, por usar una comparación evangélica, en los que se produce una conjunción de elementos, sin recurrir a la atolondrada comparación de los hechos planetarios. Momentos en los que coincide, dentro de unos días, el 130 aniversario del nacimiento de Picasso, del niño del Chupa y Tira que fue tan de aquí pero que tuvo talento y osadía para ser universal, cósmico, infinito, y en esas fechas la Orquesta Filarmónica de Málaga le dedica su concierto reglamentario, y resulta que las piezas de la velada se ajustan no sólo entre sí, como debe ser, sino que sirven para describir lo que Picasso representó. Y así nos encontramos con que el concierto de los días 21 y 22 de octubre del año 130 d. P. (después de Picasso) tendrá como director a un grande, Antoni Rios Marbá, y como solistas a Igmar Vineta Sareika al violín y Christian-Pierre La Marca al violonchelo, y en el programa confluyen el scherzo de “La filla del marxant”, de Eduard Toldrá, el Doble Concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, opus 102, de Johannes Brahms y la Sinfonía nº 9 en mi menor, opus 95, “Del Nuevo Mundo” de Antonin Dvořák. El título unificador, “Vieja Europa ante un Mundo Nuevo”.
Los Dvorak, en New York

Un español de Cataluña, un alemán, un checo. Alguien que buscó ser cosmopolita sin renunciar a la cultura catalana en la que se desenvolvió, un alemán que quiso mantener los valores del clasicismo en un tiempo adverso, un checo que quiso proclamar, sin obviar cuáles eran sus raíces, un horizonte nuevo e inabarcable, un mañana que nos abarque y nos justifique. Algo que se ajusta, que describe y define, a Picasso. Pero si debemos ajustarnos a un elemento de la velada, deberemos obviar la pieza de la suite sinfónica concebida para acompañar un drama de Adriá Gual basado, a su vez, en una canción popular catalana (“La filla del marxant / diuen que es la més bella; / no es la més bella, no; / que altres n'hi ha sense ella”: “La hija del marchante / dicen que es la más bella, / no es la más bella, no, / que otras no hay como ella”). También, con gran dolor, el doble concierto de Brahms, una de sus piezas menos populares por su rareza y en la que no está ausente el elemento zíngaro y de notable lirismo que destaca junto al elevadísimo virtuosismo que su tercer tiempo permite. Lo que nos queda, lo que recordaremos, es la obra maestra de Dvořák.


Karajan. 4º movimiento

       El checo, que había compuesto un Te Deum para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América, y que a la sazón era director del Conservatorio de Nueva York, tuvo un año más tarde, en 1893, el olfato que en ocasión tan señalada le faltó. Supo abrirse a los sonidos de esa América que a falta de grandes catedrales levantaba puentes y fábricas de titánica y angustiosa ambición y belleza. Las amplias praderas bajo el sol, la tensión de la hierba mecida por el viento entre postes de telégrafo, el amanecer o el crepúsculo sobre Monument Valley, la caldera bullente de las ciudades en las que se cruzaban eslavos, negros o irlandeses, todo eso, como profecía y dardo lanzado más a la emoción que al juicio, está ahí.  Quien estaba destinado a regentar una cervecería en Bohemia y vio en sí cumplido, en ambas orillas, su sueño americano y europeo, lo quiso describir de forma más modesta “Yo sólo he escrito los temas, amoldándolos a las particularidades de la música de los negros o de los pieles rojas y sirviéndome de estos temas como sujeto los he desarrollado por medio de los recursos del ritmo, de la armonía, del contrapunto y de los colores de la orquesta moderna”.
Artículo publicado en diario Sur el 15 de octubre de 2011

viernes, 9 de septiembre de 2011

Picasso y la sombra de una mujer que sonríe

Hace un siglo, al calor del robo de la Gioconda del museo del Louvre, Picasso y el poeta Apollinaire se vieron ante la justicia envueltos en este caso y en el del hurto de unas estatuillas ibéricas


     Esta es una historia que tiene un siglo, una historia de delitos, de sospechas y de mentiras, de audacia y de cobardía, en la que se mezclan franceses, italianos, argentinos y un malagueño. Una historia de poetas, pintores, aventureros, estafadores, ladrones, periodistas y policías, en la que se mezclan toscas estatuillas ibéricas y el retrato de una mujer que sonríe.

         La donna è mobile


En la raíz de todo, un pintor, un rey, un emperador y una mentira. Que se resumen en que Leonardo da Vinci pinta el retrato de una dama que quizás sea Lisa Gherardini (en la actualidad, se estudia el ADN de sus restos exhumados en una iglesia de Florencia), que será adquirido por el rey Francisco I de Francia en fechas cercanas a  la muerte del pintor en el país vecino. Que la obra maestra de Leonardo termine expuesta en el parisino Museo del Louvre será lo que conduzca a un albañil italiano, Vincenzo Peruggia, a creer que fue el expolio practicado por Napoleón el que arrebató la pintura a su patria. Al menos, será la explicación que dé a la policía cuando sea detenido en 1913. Tras el robo, movía los hilos un turbio estafador argentino, Eduardo Valfierno, que lo convenció para perpetrar el robo el 21 de agosto de 1911. La finalidad del argentino era vender seis hábiles copias del cuadro, realizadas por el falsificador francés Yves Chaudron y a trescientos mil dólares cada una, haciéndolas pasar por el original. Mientras la policía francesa se esforzaba por deshacer el embrollo, el poeta Guillaume Apollinaire y el joven Picasso se vieron envueltos en esta historia de delito y de redención.
Ficha policial de Peruggia


Un psicópata encantador


El responsable de esta implicación, el villano de estos hechos, se llamaba Honoré-Joseph Géry Pieret, un “persuasivo psicópata bisexual”, buscón y narcisista según el biógrafo de Picasso John Richardson, que además lo describe como “boxeador, fullero, camello, jockey, chulo, chantajista y criminal convicto”. Fernande Olivier, la compañera de Picasso en esos años, era más benévola, pues lo encontraba “una especie de loco, agudo, inteligente, bohemio”.  En ese año de 1911, Pieret, tras pasar cuatro años en el Oeste norteamericano, había reaparecido en París para pasmo de todos. Fornido, presuntuoso, rubio, alto, ataviado con un sombrero de vaquero, pronto, según Richardson, “se jactó ante Apollinaire, con quien se puso en contacto nada más llegar, de que era “asquerosamente” rico, de que tenía grandes monedas de oro, una mina de billetes y un cargamento de cobre”. Tras fracasar en negocios quiméricos e incluso amenazar con el suicidio, el desquiciado Pieret consiguió ser empleado como secretario personal del poeta, una tarea que simultaneará con una a la que ya se había dedicado justo antes de emigrar a Estados Unidos: la de ladrón de piezas de arte en el Museo del Louvre, estatuillas ibéricas que el propio ladrón creerá fenicias y que instalará en lugares muy visibles de la casa de Apollinaire. Tan aterrado como fascinado por el personaje (se aducirá un posible suministro de drogas, la atracción sexual y el repertorio inagotable de historias que inventa), Apollinaire, que recibe de su secretario la propuesta de robar juntos en el Louvre, teme volver a casa por miedo a encontrarse con quien le ofrece vivir al borde de los múltiples abismos, y tras unas vacaciones junto al Canal de la Mancha, opta por expulsarlo en una fecha que es, precisamente, la del robo de la Gioconda.

En una carta al “Paris-Journal”, el 29 de agosto de 1911, Pieret, a la vez que entrega en la redacción una cabeza ibérica robada y recogida de la casa de Apollinaire, cuenta cómo había robado, en 1907, algunas esculturas del museo que estaba siendo duramente criticado por la facilidad del robo de la Gioconda. En ese relato fanfarrón, narra la venta de una de las piezas a Picasso, que recibiría una segunda escultura tal vez como regalo: “Vendí la escultura a un amigo parisino. Me dio poco dinero; creo que fueron cincuenta francos, y los perdí esa misma noche en una sala de billar”. Para ese momento, el propio periódico que acogía las jactancias de Pieret ofrecía 50.000 francos por la devolución del cuadro, sin hacer más preguntas. Reflejo de ese anonimato que ofrece el periódico es que las cartas de Pieret se publican firmadas como “El ladrón” al que el diario describe como alguien “de entre veinte y veinticinco años, de excelentes modales, con un cierto encanto americano, cuyo semblante, mirada y comportamiento revelan un buen corazón y cierta falta de escrúpulos”.


Imagen que Pieret quería dar de sí mismo

Un paseo nocturno


Al verse reflejados en la prensa como los receptores de piezas robadas por Pieret, Apollinaire y Picasso comenzaron a tener miedo. Fernande, la compañera de Picasso, narra en sus memorias la reacción de los dos amigos: “Parece que estoy viendo a los dos, aterrorizados, como niños arrepentidos, pensando en huir al extranjero. Gracias a mí, no se dejaron llevar por el pánico y decidieron quedarse en París y deshacerse lo antes posible de las comprometedoras esculturas. ¿Pero cómo? Al final decidieron meterlas en una maleta y tirarlas al Sena por la noche. Cenaron atropelladamente y, tras una larga espera, hacia la medianoche se fueron a pie y con la maleta; volvieron agotados a las dos de la mañana; traían la maleta con las estatuillas dentro. Habían dado vueltas y vueltas sin encontrar el momento adecuado, sin atreverse a deshacerse de ellas. Pensaban que les seguían, barajando en su imaginación miles de posibilidades... Aunque yo compartía sus temores, aquella noche estuve fijándome en ellos. Estoy segura de que, quizás involuntariamente, actuaban un poco: hasta el punto de que, mientras esperaban el momento de cometer el delito, aunque ninguno de los dos sabía cómo, pensaron en ponerse a jugar a las cartas –sin duda como habían leído que hacían los bandidos-. Al final Apollinaire pasó la noche en casa de Picasso y al día siguiente se fue al Paris-Journal, donde devolvió las malditas estatuillas con la promesa de que guardarían el secreto”.

Esos oscuros objetos de deseo:
las dos estatuillas que Picasso tuvo y temió


El 6 de septiembre, el periódico cuenta que les había devuelto las estatuillas “un misterioso visitante, artista aficionado, de buena posición económica, cuyo placer mayor es coleccionar obras de arte”. La descripción concuerda con Apollinaire más que con Picasso. Al día siguiente, el poeta es denunciado a la policía mientras Pieret huye hacia Marsella con 160 francos en el bolsillo que su antiguo jefe le ha dado para que desaparezca. Durante su huida, envía una nueva y confusa carta al periódico en la que se confiesa autor del robo de la Gioconda.  El día 7, dos inspectores de la policía francesa registran el domicilio de Apollinaire, donde atestiguan la relación de éste con Pieret. Detenido en la prisión de la Santé, según Richardson, “pasó de proclamar histéricamente su inocencia a proclamar histéricamente su culpabilidad –la suya y la de Picasso-. Apollinaire fue debidamente inculpado y encerrado en una celda. La policía esperó un día y después anunció que estaban “sobre la pista de una banda de ladrones internacionales que han venido a Francia para saquear nuestros museos”. Al ser interrogado, Apollinaire, en busca de la exculpación, afirmará que había intentado persuadir en vano a Picasso para que devolviera las piezas al museo, pero que el malagueño se había negado porque, según la declaración policial de Apollinaire, “había deteriorado las estatuas al intentar descubrir ciertos secretos del arte clásico y a la vez bárbaro al que pertenecían”.

El careo y las lágrimas


Picasso tiene razones para temer lo peor. El día 8, a las siete de la mañana, la policía le fue a buscar. Según Fernande Olivier, “un agente vestido de paisano, mostrando una tarjeta de la Prefectura, se presentó y ordenó a Picasso que le acompañara para comparecer ante el juez de instrucción, a las nueve. Picasso, temblando, se vistió apresuradamente; fue necesario ayudarle; el miedo le había hecho perder la cabeza y no era para menos. [...] Una vez llegados a la Prisión Central, Picasso fue introducido en el gabinete del juez de instrucción, donde se encontró con un Apollinaire pálido, deshecho, sin afeitar, con el cuello roto, la camisa abierta, sin corbata, enflaquecido y con la cabeza gacha. Detenido desde hacía dos días, asediado de continuo como un criminal, había confesado lo que querían que confesara. [...] Muy impresionado, Picasso, temblando como estaba, se sintió perdido; el corazón se le disparó. [...] No pudo declarar tampoco más que lo que el juez quería que declarara. Además, Apollinaire había confesado tantas cosas falsas y verdaderas al mismo tiempo que con ellas sólo había conseguido comprometer definitivamente a su amigo. [...] Por lo visto, lloraban los dos ante un juez bastante paternal que apenas si conservó su severidad ante su infantil dolor”.

El sospechoso Apollinaire


Pierre Cabanne ofrece una visión que no es positiva: “El careo entre Apollinaire y Picasso en presencia del juez fue un verdadero desastre: el pintor, aterrado por las preguntas del magistrado, se desconcertó e hizo recaer las sospechas sobre el poeta, que tampoco estuvo muy brillante. Tanto el uno como el otro eran extranjeros y tenían un miedo cerval de que los pudieran expulsar de Francia. Los amigos de Guillaume hicieron circular una petición solicitando su puesta en libertad, al tiempo que Géry Pieret, en fuga y libre, escribía al juez para testificar la inocencia del poeta. Ante el espectáculo de Apollinaire aniquilado, deshecho en lágrimas como un niño, y Picasso, preso de pánico, el juez comprendió que ambos habían sido víctimas de un timador”.

El cuervo y el adiós


Puesto a disposición del juez de instrucción en calidad de testigo, Picasso será puesto en libertad. Apollinaire deberá esperar al día 13 para obtener la libertad provisional. Según Olivier, “El asunto se terminó por un sobreseimiento, al decidir el juez que había prescripción, aunque, al parecer, la prescripción no es posible en delitos de esta clase, los cuales son juzgados como crímenes de Estado”. Mientras tanto, Pieret siguió en libertad, dedicándose al robo y la estafa en Egipto. El día que moriría Apollinaire en París, el 11 de noviembre de 1918, un amigo del poeta recibió una carta ominosa de Pieret. En ella decía: “Hace unos días estaba sentado junto a una ventana abierta cuando de repente entró un cuervo en la habitación. Sentí que me traía un mensaje de Guillaume Apollinaire. Estoy preocupado por él y te ruego que me digas si aún vive”.

La experiencia de los jueces y el presidio dejó marcados a los dos amigos, que en los meses siguientes a su liberación padecieron melancolías, inapetencias y manías persecutorias. En juego había estado, para Apollinaire y Picasso, no sólo la prisión, sino la expulsión de Francia. A fin de cuentas, uno era un emigrante polaco y con sangre judía, y español con amistades anarquistas el otro. Para borrar el deshonor, Apollinaire optará por alistarse voluntario en la Primera Guerra Mundial y, a la postre, morir a causa de las heridas, y de la neumonía, el día que se firmaría el armisticio. Picasso, cuando la guerra mundial fuera otra, y en su patria le aguardaba un tirano al que había ridiculizado, y otro era el amigo judío detenido, y muerto en la cautividad, optaría por el silencio, por el miedo. Tal vez por la esperanza. Por el recuerdo de estos días de rejas y amenazas de hace ahora cien años.

Artículo publicado en diario Sur el 3 de septiembre de 2011

miércoles, 25 de mayo de 2011

25 de Mayo

Hoy es 25 de mayo. Un miércoles cualquiera de España, de ruido político a propósito de las elecciones (batacazo de los socialistas, pactos en municipios, esas zarandajas), de fútbol con el Barcelona jugándose en Wembley la Copa de Campeones (catalán consorte, soy más que apolítico, agnóstico en fútbol). Pero a catorce mil kilómetros es un día de sol, de paz, de orgullo, de patria. Porque en Argentina, que es también mi patria porque tengo allí desde 1907 familia especial y visceralmente querida, donde tengo amigos que también anidan, alborotándolo con dulce alegría mi corazón, el 25 de Mayo es la fecha sagrada, la del comienzo de su lucha por la Independencia de esta todavía áspera España. 25 de Mayo, cuando todos los argentinos, y los que por razones culturales o familiares o de simple afinidad, nos consideramos parcialmente argentinos, nos sentimos patriotas y nos prendemos de la solapa una escarapela con los colores blanco y celeste de la bandera.

         Este 25 de Mayo es especial. Todos los 25 de Mayo son especiales para mí. Esta vez por lo que hace un año fue este 25 de Mayo, aquel en el que se cumplían dos siglos desde ese momento de entusiasmo de 1810 en Buenos Aires. Y porque aquel día, el del bicentenario de la República Argentina, yo, ay, estaba allí. Recuerdo ahora ese día, ese momento en mi biografía. Con la cabeza llena de voces, de nombres, de amigos, de familiares, con los Fernández Moreno de Santos Lugares y de Devoto y de  San Isidro, con los Ceraso y Cicarelli de Santos Lugares, con los Andjell y Jarak y Kogan de Buenos Aires, con el paisaje de las calles inmóviles bajo la hojarasca de Santos Lugares, recuerdo un día que fue martes y que queda fijado en una pared de casa por una placa de metal colgada en mi biblioteca bajo un retrato de Eva Perón que lleva prendido en la esquina superior izquierda mi escarapela argentina de ese día (y que llevé también en la solapa en octubre de ese año y en Barcelona en la boda de mi amigo Luciano Ceraso).

Nostalgias argentinas en un rincón de la biblioteca

         No quiero, pues me conozco, eternizarme ni enredarme en los serpenteos de la memoria, en los caprichos de la divagación. La placa dice así: “Al Sr / MARIO VIRGILIO MONTAÑEZ / el Centro Cultural Andalucía de Buenos Aires / en agradecimiento a su / valiosa colaboración en la charla / “PICASSO MALAGUEÑO UNIVERSAL” / Santos Lugares 25 de Mayo / de 2010”. La imagen de Eva, testimonio de mi fascinación por el personaje y de mi repulsión de su marido, la compré en Buenos Aires en 1988. En un papel malo y como de los años 50, ha estado colgada desde entonces en mis domicilios. Pero volvamos a ese día. Estaba yo en casa de los Ceraso, en Santos Lugares, en el Gran Buenos Aires, por motivos de trabajo. Una exposición de obra gráfica de Picasso concebida y comisariada por mí (y no por quien la avidez por la notoriedad le concedió esos laureles ajenos) se mostraba en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, a una estación de cercanías de la de Santos Lugares. Los andaluces del CeCABA (el citado Centro Cultural Andalucía de Buenos Aires) habían solicitado que les diera una charla sobre el artista. La fecha fue la del Bicentenario Argentino. El lugar, el local de la Fraternidad (un sindicato ferroviario) en Santos Lugares.

En plena charla


Los supervivientes del extensísimo acto,
a los pies de Picasso al terminar

     Una nota de prensa cazada en Internet glosa y resume mejor que yo el transcurso del acto:
 “En el marco del Bicentenario del primer Gobierno patrio argentino, el Centro Cultural Andalucía de Buenos Aires ofreció una charla sobre el célebre artista plástico Pablo Picasso, que estuvo a cargo de Mario Virgilio Montañez, jefe del Departamento de Promoción Cultural de la Fundación Pablo Ruiz Picasso-Museo Casa Natal (Ayuntamiento de Málaga).
IberInfo (Buenos Aires)
El acto, que se llevó a cabo en la sede del CeCABA, situada en la calle Severino Langieri de la localidad bonaerense de Santos Lugares, contó con la asistencia de numeroso público y representantes de medios de comunicación orientados a la comunidad española.
Tras la presentación, que estuvo a cargo de Sergio Poves Campos, se escucharon el Himno Nacional Argentino, la Marcha Real y el Himno de Andalucía, entonándose las estrofas del primero y del último, por parte de todos los allí presentes, en pie.
A continuación, Montañez desarrolló una amplia exposición sobre el artista malagueño, explayándose en su biografía, trayectoria artística y los hechos destacados de su vida, ilustrando sus palabras con la proyección de imágenes, mostrando su evolución artística.
Fue así hilvanando los hechos, desde el nacimiento de Pablo Ruiz Picasso en Málaga, el 25 de octubre de 1881, hasta su deceso en Mougins (Francia), el 8 de abril de 1973; con referencias sobre su familia, la casa natal, sus relaciones artísticas y sentimentales y, sobre todo, su trayectoria artística.
Puso también un matiz especial al referirse al hallazgo de los restos de los padres del General D. José de San Martín en el año 1947, en la malagueña iglesia de Santiago, la misma en la que fuera bautizado el artista, que está situada frente a la plaza de la Merced, cruzando ésta en diagonal desde la sede la Fundación Pablo Picasso, en la que fuera su casa natal.
Tras la exposición, directivos del CeCABA hicieron entrega de presentes recordatorios a Mario Virgilio Montañez y, posteriormente, fue ofrecido un vino de honor.”
De esas casi cuatro horas que duró la velada, por mi locuacidad y esa capacidad de perderme en detalles prescindibles que creía amenos, recuerdo la sensación extraña de los cantos ceremoniales del comienzo, con el gesto de agradable sorpresa por parte de los argentinos al constatar que me sabía la letra de su himno nacional (“Oíd, mortales, / el grito sagrado: / libertad, libertad, libertad...”) y mi perplejidad al escuchar el himno de Andalucía en boca de esos remotos andaluces. Entre ambos cantos, el silencio respetuoso, todos en pie, a los sones de la Marcha Real. También me asombró, y no es modestia falsa, que mi disertación despertara el entusiasmo entre mis muy pacientes escuchantes (y oyentes).

Pura cotidianidad en casa de los Ceraso.
A la izquierda del sifón, Mario V.
A la derecha de la Coca-Cola, Julia Luzuriaga

Me miro aquí, en Málaga. Miro el calendario, la modesta y tan valiosa placa. Es 25 de Mayo. Ellos, tan queridos allí. Y yo aquí. Et in Arcadia ego. Quisiera estar en Santos Lugares. Ahora. Sin Picasso. Con Maribel. Con los Fernández, con los Ceraso. Sonrío. Con nostalgia. ¿Algo más que declarar, Mario? Por supuesto: ¡Viva la patria!
La nota de prensa, con imágenes, del CeCABA

domingo, 22 de mayo de 2011

La manzana de Picasso

Vivimos tiempos raros. Rodeados, asediados, de máquinas que nos hacen zozobrar cuando fallan, como en el reciente incendio que en Málaga nos dejó tocados con el cese de líneas ADSL, o de teléfonos móviles, en los que anidan terribles politonos, pasamos la vida en un presente eterno e infinito. Somos, ay, demasiado hijos de nuestro tiempo, cuando muchos han cambiado al Dios omnipotente y omnisciente por algo que se llama Google, y desdeñamos lo antiguo por considerarlo ajeno, elevados como estamos, como nos creemos, sobre una montaña de soberbia que nos hace inmunes a las tentaciones de lo que no late en el mismo calendario de nuestros días fugaces. Y es que, elevados sobre el pedestal del progreso, hemos mordido la manzana peligrosa y se ha cumplido lo que decía el Génesis: “Mas sabe Dios, que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal”.
                        ¿Verdad que este sermón moralista y reaccionario, pese a su arbitrariedad y ánimo busca-bocas, se nota que está escrito pensando en estas alturas de los tiempos, recién comenzada la segunda década del siglo XXI? Pues prueben a cambiar los ordenadores y los teléfonos móviles por aparatos de radio y gramófonos, por la maravilla pasmosa del cine, por los discursos que prometían el paraíso (otro paraíso)  en nombre de Lenin, cambiemos esta óptica por la de los años veinte, con aeroplanos cruzando el Atlántico, con medicinas nuevas y miles de periódicos saliendo enloquecidos de relucientes linotipias, y puestos en los años veinte y treinta, comprobemos cómo esta vorágine de ahora es la vorágine de aquellas décadas de entusiasmo y riesgo, de futuro nuestro de cada día. Por ello es oportuno el concierto que en el Teatro Echegaray ofrecerá el pianista israelí Ishay Shaer el 27 de mayo bajo el título “La música en tiempo de Picasso”.


Ishay Shaer

                        Ningún artista ha representado mejor ese siglo de ciencia y de locura, cuando era científico el cubismo y era angustioso el surrealismo, de renacimiento y confianza cuando se apagaron los hornos nazis y en las pantallas había Technicolor y en los lienzos jugaban, danzando, las cabras junto a los faunos y era el día una congelada bacanal serena y celeste. Ese tiempo, el de Picasso, es el que se evocará desde el teclado con músicas de Maurice Ravel, de Bela Bartók, de Scott Joplin, de Isaac Albéniz y de Sergei Prokofiev. Son músicas que, anestesiados por los anuncios, el chundachunda, la radio fórmula o las tentaciones del pirateo, desdeñamos para, a lo sumo, mirar nostálgicos mucho más atrás, hacia el tiempo de Mozart y de Beethoven, de nuestro santo padre Bach o acercándonos más al siglo de Picasso, de Mahler y sus terremotos del alma. Es lo que hay, que quizás hemos optado, por aquello del confort cobarde, por no arriesgar, por pisar terreno seguro, por habitar en una orilla de carne mojada y dulce que firma Sorolla y no aquella en la que dos amantes se muerden y que soñó Picasso. Las estridencias de Prokofiev y de Bartok, el dinamismo del jazz de los ragtimes de Joplin, la revisión irónica del pasado que encarna Ravel o la asunción estilizada del folclore que encontramos en Albéniz son, al fin y al cabo, algo que también se puede apreciar en Picasso, el signo de unos tiempos que nos ofrece revivir Ishay Shaer uniendo a nuestra abotargada sensibilidad de hoy lo que sintieron y oyeron otros hombres en estos mismos sonidos, en un tiempo, el de Picasso en el que, como en el nuestro, el futuro es cosa de cada día. Tocará el piano Ishay Shaer, y nosotros, paisanos de Picasso, volveremos a oír esas músicas con los ojos abiertos, la manzana amarga en la boca, creyéndonos dioses que saben del bien y del mal.

Publicado en diario Sur el 21 de mayo de 2011