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martes, 13 de junio de 2017

Lecturas: Patria (Fernando Aramburu)

Excúseme la comparación inicial. Patria, de Fernando Aramburu, es de esos libros de los que todo el mundo habla, como pasó con el código Da Vinci y con las malhadadas Cincuenta sombras de Grey, que uno no pudo sustraerse a ese ruido general y sumergirse en la lectura. De todos ellos. De manera que reconociendo la basura de Dan Brown (que lo mismo sale a relucir en este comentario unas líneas más abajo), me quedó la adicción escapista, lo que otros llaman placer culpable, de leerme todos los libros del americano, entre oh, ah, anda ya, y jajajá. Del pijo de los latigazos me quedó un inmenso hastío y una culpa sin placer (tremenda mierda, al fin y al cabo). De Aramburu me ha quedado una impresión rara.




Esposa e hijos del general de la brigada de la Guardia Civil
 Juan Atarés Peña, asesinado por ETA en Pamplona el 23 de diciembre de 1985,
rezan ante su cadáver. Foto: José Luis Larrión.

Que Belén Esteban haya, dicen, ponderado el libro me deja diciéndome “vale, es una garantía que el libro se deje leer; es más, es imprescindible”.  Así pues, me lo compré y me lo leí en tres, cuatro días. Con creciente placer y con 125 capítulos tan breves y llevaderos como los de, sí, Dan Brown. Al comienzo (no haré ningún spoiler para lectores nuevos), con el Txato muerto desde el primer capítulo, la figura de su viuda Bittori va haciéndose cada vez más grande, más importante, de forma que la novela entera trata de ella, siendo los demás, por mucha importancia que tengan Nerea o Arantxa, satélites que giran alrededor de la pena y la entereza, la perseverancia y la memoria, de Bittori. Aquí tenemos, casi en paralelo, la historia de dos familias, ambas sin apellidos, que una vez fueron amigas y después se separaron por quítame allá esas patrias. Una, volcada hacia el mundo abertzale, con sus lemas y sus pistolas y sus curas, y la otra volcada hacia la convivencia que te lleva a mirar para otro lado, hablar del tiempo o simplemente callar. Es decir: la familia del Txato asesinado, u mujer Bittori y sus hijos Nerea y Xabier y la familia de la fanatizada Miren y su marido calzonazos Joxian y sus hijos Gorka, Arantxa y el terrorista Joxe Mari. Los personajes se mezclan a través de un estilo sencillo y directo, con personajes trazados con desigual maestría (a todos se los come Bittori) y con un final correcto, un desenlace que desmerece la tensión con que se sigue el libro y que nos hubiera dejado con ganas de algo más potente y tajante.

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Con todo, Aramburu conserva su empatía con las víctimas en un libro en el que se menciona a Gregorio Ordóñez y a Miguel Ángel Blanco y hasta a Yoyes, pero no a Ortega Lara ni a Carrero Blanco. Tampoco hace falta. Un libro donde no se condena (no es necesario) a los asesinos y sus cómplices (como el  cura don Serapio): basta con dejarlos expresarse, con razonamientos y efusiones nacionalistas que vuelven a oírse hoy con acento catalán, para sentir asco. Un libro, en suma, que no es valiente porque es simplemente objetivo. Que está cargado de buena literatura pero que no es la gran novela sobre la sociedad vasca bajo el terrorismo que aún está por escribirse. Al menos, en mi opinión (aunque tal vez no en la de Belén Esteban).



viernes, 21 de octubre de 2011

Las terceras oportunidades

Suponemos que muero. Por mano de otro. Yo, bajo tierra. El asesino, sobre ella. Yo seré condenado a la inmovilidad, inmune al tiempo y a  la sucesión de los días. Al otro se le dará, tal vez, es un decir, una condena. Y verá desde la celda el lento sucederse de las jornadas. Y un día, antes, tal vez mucho antes de que llegue a la cifra de tiempo fijada en la condena, se le liberará para seguir la vida que a la víctima le fue negada. Es lo que se llama dar una segunda oportunidad, lo que la Constitución Española, tan perfectible, llama reinserción (Artículo 25: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”). No hay segunda oportunidad para la víctima. Por ello, para igualar en lo posible los derechos inexistentes de la víctima y los del agresor, soy partidario de la cadena perpetua revisable. Hablando en plata, “el que la hace, la paga”. Aunque habrá quien prefiera nombrar el Talión.

Ahora resulta que la banda criminal ETA dice que renuncia a la lucha armada. Y la gente se alegra. También yo me alegro de que dejen de fabricar silencio y desolación y ausencias. Y a la vez reclaman la memoria de sus muertos. De sus atroces muertos. De sus deshonrosos muertos. De sus asesinos y extorsionadores y secuestradores que propugnaban la independencia y el  socialismo para las Vascongadas (no llamaré País a lo que es, en sus mentes, Aldea). También piden dialogar con Francia y España. Para conseguir lo que por las armas no pudieron: la Independencia, el Socialismo. Independentzia eta Sozialismoa. ¿Y qué más? El honor, la redención, para sus presos. Sus presos atroces, sus deshonrosos  presos. Que ya es doloroso que tengan segunda oportunidad y ahora buscan una tercera. Pienso en las más de 800 víctimas (de mi infancia recuerdo el nombre de dos, el niño Alberto Muñagorri y el industrial Ángel Berazadi; ni siquiera los googlearé; hay crímenes que se quedan ahí, pegados a la memoria de la inocencia).
Apadrina un asesino (ahora puedes)

Pienso en Iñaki de Juana Chaos, al que mi país dejó en libertad tras cumplir sólo 18 años de prisión por 25 asesinatos. Debería haber cumplido 3.000 según la condena, sin segunda oportunidad. Debería estar contento por el anuncio de ETA. Pero no lo estoy. ¿Me comprendéis vosotros, Ángel Berazadi? ¿Me comprendes, Alberto Muñagorri?

martes, 18 de octubre de 2011

Preferiría no hablar de Gilad Shalit

Porque desde hoy está libre, flaco y confuso, pálido y aclamado. Porque duele ver que su libertad ha costado la de 447 prisioneros hoy, que llegarán a ser 1027 en los próximos días, y duele ver a este joven Cristo rescatado de los infiernos volviendo a asombrarse del aire y del sol cuando también lo hacen quienes fueron privados de libertad no por cumplir un deber ineludible (Shalit era, o es, soldado de Israel) sino por combatir, normalmente a través del terrorismo, un estado creado al amparo de Naciones Unidas en 1948 para pretender conseguir el estado palestino que ellos rechazaron crear entonces. En un platillo de la balanza se ha puesto a un soldado, tan inocente y tan culpable como cualquier soldado. En el otro platillo, 1027 palestinos, de los que 280 fueron sentenciados a cadena perpetua por participar en asesinatos que costaron la vida a centenares de israelíes. El viejo deporte de matar judíos, tan antiguo. 

Veo las imágenes del muchacho pálido que deja atrás 1941 días de secuestro (no diré cautiverio: secuestradores, por tanto criminales, fueron los que decidieron ese destino). Veo las imágenes de los palestinos, su algazara en las calles, sus gestos obscenos de victoria, sus besos y abrazos a esos nazis de la sharia. Que adoran a un Ismail Haniyye al que en televisión entrevistó Iñaki Gabilondo presentando al primer ministro de Hamas en Gaza como líder de un grupo religioso, sin mencionar en ningún momento los asesinatos y las extorsiones de ese grupo. Y duele ese silencio, ese ocultamiento, ese júbilo de hoy. El victimismo por todas partes, el dolor tan repartido. Su discurso de las balas sionistas, de la mugre y las moscas. Su hipocresía ilimitada, su alegría porque se cumple una coacción. No son inocentes los que festejan a un lado. Duele la alegría por la resurrección de Shalit al otro lado. Soy sionista, sí. Quizás ahora más que antes. Asco por esa alegría, pudor amargo por la que debería sentir y no siento.


Leo en la prensa las palabras de Yosi Tzur, padre de un adolescente israelí que fue asesinado junto a otras 16 personas, refiriéndose a otro canje, otro chantaje, al que Israel condescendió hace 26 años: "Los liberados en el canje del 85 mataron a 180 personas. El acuerdo salva a Gilad pero matará a muchos otros". Estamos advertidos. Vuelvo a la portada del periódico: habla de que en San Sebastián se han reunido unos llamados "mediadores internacionales" para, en lenguaje de los terroristas, pedir que España, y Francia, se reunan con los asesinos para hablar cara a cara para resolver el conflicto. Otra vez los platillos igualados. Las víctimas con la misma dignidad que sus asesinos. Hoy, toda España, la España inocente que no quiere sino vivir su vida pequeña, cumplir su deber mínimo, es otro soldado Shalit.