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domingo, 13 de septiembre de 2020

Réquiem por Fernando Moreno Robledo


El escultor hispano-francés Fernando Moreno Robledo murió hace algo más de una semana en su país de adopción. Era primo segundo mío, un artista de mucho talento y, ante todo, un hombre sencillo, cariñoso y bueno. Me mantenía al tanto de su proyecto para instalar, a tamaño gigante, sus hormigas en la 
Torre Eiffel, de cómo la alcaldesa Anne Hidalgo había dado había dado su beneplácito, cómo el inicio del confinamiento le encontraba de buen ánimo. Una llamada telefónica de un tío suyo, Joaquín Moreno Arroyo, que le orientó y acogió y ayudó en sus primeros años en París, me contó de cómo una infección pulmonar le llevó a un hospital, de cómo estuvo luchando, de cómo perdió el combate. Algunos veranos volvía en vacaciones a su ciudad natal, quedábamos a cenar en la calle o en casa, charlábamos sobre nuestras experiencias, sobre lo humano y lo humanísimo. Fue alguien que consagró su vida a la creación y a la docencia. Y a la decencia. Ya no podrán repetirse esos encuentros. Rebusco entre mis archivos y encuentro el artículo que le dediqué en Sur hace ya quince años. Sirva de homenaje hacia Fernando Moreno Robledo, el primo Fernando tan querido. Tan añorado.


FERNANDO MORENO ROBLEDO, 

LA AUSENCIA TAN LEJANA 



A veces uno se pregunta qué hubiera sido de Picasso si se hubiera quedado en Málaga en vez de dirigirse a Barcelona y de ahí a París (La Coruña, donde se inició como artista, no ofrece posibilidades sugestivas). E incluso si en vez de instalarse en París lo hubiera hecho en Alemania o en Londres (lugares que también le interesaban). O ya puestos si Hitler se hubiera dedicado sólo al arte, como era su deseo primero. Este tipo de ejercicio, inútil pero apasionante, me surge cuando pienso en Fernando Romero Robledo (Málaga, 1950) se hubiera quedado en su barrio natal de El Ejido (el lejío, dicho en malagueño de siempre) y tras sus estudios de modelado en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Málaga se hubiera quedado aquí. Seguramente hubiera sido una versión modernizada del angelical Pimentel, o un Berrocal sin cosmopolitismo. Quién sabe. El dato clave es que escultores de su generación apenas tenemos, y Romero Robledo siguió, como Picasso, su carrera en Francia. 

Fernando Moreno Robledo:
La grande enjambée (2008)


Su vida artística iba por buen camino en esa Málaga nuestra de sol y desarrollismo, de tardofranquismo, años en que, entre 1969 y 1973, Fernando expone aquí, pero también en Ibiza, Madrid, Sevilla, Jaén y Bilbao. En 1973, año de la muerte del demiurgo que abre este texto, es cuando su vida da el quiebro definitivo. Es entonces cuando hace su primera exposición individual, en el viejo Museo de Bellas Artes (hoy, otra vez los paralelismos, dedicado a Picasso) y cuando abandona su ciudad para instalarse en París. Y allí trabaja como asistente del escultor Émile Gilioli (1911-1977) y realiza estudios en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. 


Fernando Moreno Robledo:
L'homme gris (1970-2007)

Allí su vida, desconocida para sus paisanos, participa en numerosas exposiciones colectivas y expone de forma individual en París y en el departamento de l’Essonne, a la vez que hace numerosas obras para espacios públicos (en Evry, en Essonne, en Boulogne-Billancourt, en Bondoufle...) en una variedad de técnicas y estilos, y hasta de materiales, como sólo se da en los escultores (los pintores, por lo general, siguen siempre una misma línea de la que raras veces se apartan). Esa versatilidad es precisamente lo que caracteriza a Fernando, una síntesis de tradición y modernidad en la que es la última la que predomina. Hay en él abstracciones, pero también ha asimilado el lenguaje del mejor arte europeo de las últimas décadas, desde el venerable Brancusi hasta el pop de Niki de Saint Phalle o la angustiante humanidad de Alberto Giacometti. Moreno Robledo, que es como suele firmar, se ha convertido, queriéndolo o no, en un artista francés, pese a su media vida y sus raíces, sólidas y malagueñas, en la que el patriarca de la familia, su padre Fernando, es una especie de santo laico y una de las personas de mayor calidad humana, lindante con lo heroico y por supuesto metido de lleno en la ejemplaridad, que habitan nuestra ciudad. 

Fernando Moreno Robledo:
Homenaje a Brancusi (2002)

Pero aquí hablamos no sólo de personas, sino también de arte. No diré entonces que Fernando es tímido y modesto y que lleva quince años enseñando escultura en la ciudad francesa de Evry. Hay una ausencia, de alguien tangible, en su obra. Yo sé de quién, pero no lo diré. Prefiero que la mirada no condicionada del espectador perciba o no lo mismo. No hay rostros, hay una sensación que va entre la celebración de la vida, con sus espirales y ondas, y también una melancolía secreta que no sé si tiene unos apellidos o el nombre de una ciudad soleada al sur del sur. Son cosas de la mirada. De la polisemia, dirían los más doctos, que posee el gran arte. Yo, más simple, diría que del cariño que le tengo a esta persona. Decidan ustedes. Y descubran al artista malagueño desconocido (entre los suyos).

sábado, 23 de abril de 2016

Cervantes, por encima de todo

Hoy se cumplen 400 años de la pobre sepultura de Miguel de Cervantes, muerto el 22 de abril de 1616 (he confrontado el dato en Cervantes visto por un historiador de Manuel Fernández Álvarez y así es). Que recuerde, he publicado tres textos sobre don Miguel. Comparto aquí un artículo, y en breve un relato. Se publicó esta vindicación cervantina en Sur el 18 de abril de 2008. Sirva como homenaje torpe a quien tal vez sea el mejor de los españoles, tan débil, tan humano, tan fuerte, tan desdichado, tan digno. A continuación, el artículo de hace ocho años:


Fue el autor de “El famoso Bernardo”, un libro de caballería, de “Las semanas del jardín”, compuesto por diálogos, de las obras teatrales “La gran Turquesca”, “La batalla naval”, “La jerusalén”, “La Amaranta o la del Mayo”, “El bosque amoroso”, “La única”, “La bizarra Arsinda” y “La Confusa”, además de la comedia “El trato de Constantinopla y muerte de Selim”. También escribió la novela breve “La tía fingida”y el sacramental “Auto de la soberana Virgen de Guadalupe”. Todas estas obras desaparecieron en algún momento del siglo XVII. Quizás de haberse conservado, y haberse perdido en cambio el resto de su producción, este autor hubiera sido una figura menor, carne de eruditos e hispanistas, de nuestro siglo de Oro. Pero sucede que estamos hablando de las obras desaparecidas del soldado y convicto Miguel de Cervantes Saavedra.

Una muestra del estilo de Cervantes, de claridad certera, de elegancia desnuda, se da en el capítulo 46 de la primera parte del Quijote, que narra su encuentro con los cuadrilleros de la Santa Hermandad. En él, mostrando sus cartas de jugador que desea dejar al descubierto el farragoso delirio estilístico de las novelas de caballería que habían llevado al delirio al bueno de Alonso Quijano, recurre a la imitación de ese estilo. Veamos cómo lo formula Cervantes usurpando los modos de esos autores: “– ¡Oh Caballero de la Triste Figura, no te dé afincamiento la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso! La cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros que imitarán las rampantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de la fugitiva faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines, con su rápido y natural curso”. ¿Alguien ha comprendido algo? Pues veamos cómo lo aclara, ahora con su propia voz, el autor alcalaíno: “vio que le prometían el verse ayuntado en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para la gloria perpetua de la Mancha”.

Pero Cervantes, siendo el autor nacional de España, y el creador del más rico y perdurable libro de nuestras letras, distó mucho de ser perfecto, aparte de su faceta personal en la que se une una dignísima rebeldía en su cautiverio tunecino a ciertas desdichas que le hicieron vivir en el límite de la legalidad y hasta infringirla. Si Lope de Vega llegó a decir de los poetas de su tiempo que “ninguno hay tan malo como Cervantes”, el propio autor escribió “Yo que siempre me afano de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”. Con todo, en su poesía hay momentos extraordinarios, como el soneto “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”, entre mucha y abundante hojarasca. Pero se le puede perdonar todo, pues, como afirman Martín de Riquer y José María Valverde en su repaso a la Literatura Universal, su obra “muestra en su diversidad, en sus intentos más o menos afortunados y en sus variaciones de estilo un real empeño de escritor que se sabe en posesión de dotes extraordinarias pero que se pierde por caminos sin salida y por géneros no adecuados a su temperamento hasta que tiene la feliz  idea de concebir el Quijote y el acertado sentido de escribirlo con los más maravillosos, adecuados y eficaces medios de expresión”.


Cervantes se redime con su libro universal, único que le hace inmortal. Aunque él personalmente prefiriera su novela póstuma “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, de la que escribió la dedicatoria sólo tres días antes de su muerte, en la que se lee la escalofriante confesión “Ayer me dieron la estremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Borges aventuró certeramente que don Quijote es el personaje más querible de la literatura española, y Lord Byron, admirado, vaticinaba que las letras de España tendrían pocos héroes a partir de los días del flaco caballero. Ambos acertaron. Pero si leer las desventuras de Alonso Quijano y de su vecino Sancho supone amarlos, y por tanto admirar a Cervantes, mucho más respeto y asombro y emoción causa saber que quien todo ello escribió fue un hombre de vida bastante calamitosa que supo sobreponerse a circunstancias por lo general adversas, agobiado de hastíos y desilusiones, al que se le conocieron pocas alegrías y al que se negó la posibilidad de servir en Indias, lo que tal vez nos hubiera ofrecido un Quijote distinto, empapada la sesera de selvas y saetas, tucanes e ídolos, dejados atrás los momentos en que cuchilladas y balas, latrocinios y vergüenzas, rigieron sus destino, acotaron sus días. Andrés Trapiello retrata los diferentes espíritus que lo animaban (y desanimaban) en su magnífica aunque breve biografía “Las vidas de Miguel de Cervantes”. Que el cine no haya retratado a nuestro escritor, y que las adaptaciones de su obra sean discretas, es algo que no debe hacernos hace suspirar. Al fin y al cabo, es mejor que cada lector se construya su imagen del hijo del barbero-cirujano alcalaíno, que cada cual ponga su voz y su color al escudero y el caballero. Que cada 23 de abril sea el Día Mundial del Libro se debe no sólo a la gloria infinita de Shakespeare, sublime en todo momento (es innecesario insistir que la fecha de la muerte de don Miguel y don Guillermo fue la misma pero diferente fue el día por divergencias de calendarios). Frente a él, y como ángeles que se observaran desde lo lejos, el cansado y maltrecho Miguel de Cervantes soporta el peso grave de los siglos y de las desdichas. Con una compasión suave y dulce que quisiéramos merecer.

martes, 18 de agosto de 2015

Jorge Lindell, in memoriam

                
Han pasado diez años desde que en Sur publiqué esta semblanza, este perfil, de Jorge Lindell. Este fin de semana nos dejó, con la misma discreción con que vivió. Era un artista grande, un músico con un pincel en la mano, un sabio entre nuestras calles ásperas. Un hombre bueno. A continuación, mi homenaje de entonces reafirmado, para siempre, ay, hoy:


             Jorge Lindell (Málaga, 1930) es un chino. Él intenta que no se le note, y usa así una cortesía sosegada y cálida que le delata. Según como se le mire, puede llegar a aceptarse que su padre, aunque nacido en Málaga, fuera hijo de finlandeses, y se comprende así esa delicada calma, teñida de imperturbabilidad luterana, tan necesaria en este paisaje de atropellos al gusto y a la paciencia y al silencio. Sabedor del dicho clásico  de “Aut tace aut loquor meliora silentio” (“calla a no ser que lo que digas sea mejor que el silencio”), Lindell no es hombre de vociferante humanidad, ni un publicista de sí mismo. Desde este punto de vista, no es, ya se ve, nada mediterráneo. Ni falta que le hace. Como buen chino, Lindell es delicadamente ceremonioso y gravemente cortés, de una sutilidad que hace creer que está siempre escabulléndose del ruido y de la furia. De ahí tal vez su amor por la mejor música, su oculta faceta de melómano, que mostraba en la más antigua de las obras exhibidas en su gran antológica, 1950-1997, que le dedicó la Fundación Picasso: un retrato del Cuarteto Vegh que equilibraba el estricto realismo con una indisimulada voluntad de huida de las convenciones.

Jorge Lindell: Sin título (2006) 
Óleo sobre lienzo, 100 x 81 cm

                Porque Lindell es, desde los lejanos años cincuenta, el maestro de fugas, el que sabe cómo zafarse de las consignas estéticas y proponer un sendero nuevo para esquivar la cansada ortodoxia que insistimos empecinadamente en aceptar. Jorge, con su escepticismo de chino sabio, sabe que la meta es el propio camino. Tal vez por ello no ha incurrido, y tal vez nunca lo haga, en copiarse a sí mismo. Quien conozca su obra sabe que no la conoce, o que ese conocimiento es provisional y limitado a intuiciones. Porque Lindell se escabullirá de los adjetivos que le pongamos y hará que su obra, libre por naturaleza, se trasmute en otra.


Houdini con un pincel con el que hurga veloz en la cerradura de lo cotidiano, Jorge Lindell bebe por igual, por su biografía y aprendizaje, de las fuentes de Vázquez Díaz y de Willi Baumaster. Y así, conocedor por igual de un postcubismo que podía hacerse sumiso por indicaciones de la autoridad, y de la rebelión en que germinaría más tarde el impulso furioso del grupo El Paso, Lindell será miembro fundador, en 1949, de lo que se convertiría en  la Peña Montmartre. Con un personal expresionismo de juventud deudor de Rouault, será a lo largo de los cincuenta, convertido en empleado de banca y sin abandonar su magisterio entre los pintores que se incorporan al cenáculo inconformista que en 1958 se convierte en Grupo Picasso, cuando vaya recorriendo la pista de aterrizaje para, finalmente, volar en la década de los sesenta, con una violenta abstracción, de tonos oscuros y arriesgada investigación matérica. Durante los setenta, es el grabado la técnica que merece la pasión creadora de Lindell, fundador en 1970 del taller “El pesebre”, con el que se da a conocer en Alemania, Francia, Inglaterra e Irlanda. Su activismo cultural se complementa en 1971 con su labor de cineclub desde la Caja de Ahorros de Ronda. 1979 será otra fecha importante para él y el arte malagueño al fundar el Colectivo Palmo, al calor de la situación política y sus ideas de izquierda. Pero no, no se puede hablar de Lindell así, fijando etapas en su vida, en su obra, cuando su obra ebulle sin dejar de hacer burbujitas. A lo más, cabe decir que su paleta no ha hecho sino agrandarse, voraz y generosa. Para explicar su obra habría que recurrir a un sabio chino. Y yo conozco a uno.


martes, 16 de junio de 2015

Málaga del Romanticismo según García de Cortázar

 [Artículo publicado en diario Sur el 5 de diciembre de 2008]

            Se suele fijar en el siglo VII antes de Cristo la fundación de la ciudad que hoy llamamos Málaga. Un nacimiento, pues, que sitúa los orígenes de la ciudad antes incluso de los de la potencia que la dominaría y le daría el estatuto de municipio: Roma. Pero basta con dar un paseo por el centro histórico de la ciudad para comprender que, aparte de los valiosos vestigios romanos o árabes, lo más característico del paisaje urbano es su datación mayoritaria, apabullante incluso, en el siglo XIX. Ni las modestas pero numerosísimas factorías de salazón de pescado, que dieron su nombre de Malaka a la ciudad, ni el Municipio Flavio Malacitano, ni incluso la Malaqa del periodo árabe son perceptibles a simple vista, no convencen de que el momento decisivo, su hora de excelencia, esté en la Edad Antigua ni en el Medioevo. Que esos vestigios ilustres son elocuentes interrupciones de un paisaje romántico es algo notorio. Tal vez por ello Fernando García de Cortázar ha situado en Málaga el momento el Romanticismo dentro de las páginas de su nuevo libro “Breve Historia de la Cultura en España”.

            La ruptura

            Esa ruptura de Málaga con su herencia de siglos, esa especie de refundación del paisaje, es algo que ya se constataba en la propia época romántica, cuando un viajero inglés citado por García de Cortázar escribe: “En Málaga se encuentra poco de las costumbres de Andalucía. El viajero verá más de una alta chimenea de rojos ladrillos, importación no muy poética de la laboriosa Inglaterra. Si es inglés oirá con frecuencia hablar su propia lengua y no sólo en labios ingleses, sino también españoles. Percibirá, en suma, que el progreso ha puesto pie en las orillas de España”. En esta irrupción del progreso en Málaga, en el asentamiento de la Revolución Industrial que entre nosotros representa la figura de Manuel Agustín Heredia, sus industrias y altos hornos, está la razón de que los viajeros que buscaban en la ciudad el exotismo de raíces arábigas, un modo de vivir lleno de azar y emociones, se encontraran defraudados. La ciudad emocional y arábiga se había convertido en industrial y europea. Con acierto, señala García de Cortázar: “Málaga no sólo era historia, no era una lírica renuncia al presente ni un monumento arqueológico donde encontrar lo que se echaba de menos en el propio país. La ciudad había cerrado la puerta de la melancolía tras los negocios de su burguesía. Su reflejo en el espejo de las aguas no era el de una civilización perdida, sino el de la nueva era que se anunciaba con la fábrica y el vapor: la era de la industria y del capital”. Es significativo que este retrato de la ciudad en el Romanticismo sea vigente para la ciudad de este comienzo del siglo XXI.

            Burguesía

            El siglo XIX es el de la consolidación de la burguesía como principal clase social, una burguesía que en Málaga es especialmente activa y especialmente volcada hacia el exterior, una vocación cosmopolita también fundamentada en el origen extranjero de gran parte de estas familias. “Las Heredia y los Larios había ido a Londres y París para cimentar sobre ejemplos firmes el ensayo industrial. Se estrechaban las relaciones comerciales e industriales con Inglaterra y las familias acomodadas vivían un poco a la inglesa, pensaban un poco en inglés, consideraban indispensable tomar té y hablar mejor o peor la lengua de lord Byron, quien había pasado por la costa andaluza igual que un fatal meteoro”. Es la ciudad que preside hasta 1865 la producción y comercio de hierro en España, que vive una gran actividad comercial, un trasiego permanente de personas y mercancías en torno al puerto en medio del oasis de quietud y tradición del resto de Andalucía.


          La aventura liberal



              No sólo la Plaza de la Merced con su obelisco funerario y sentencioso, sino especialmente el Cementerio Inglés, atestigua la pasión por la libertad de esa ciudad impaciente e inquieta, un lugar al que García de Cortázar atribuye su debida importancia simbólica: “Tras la verja del cementerio inglés de Málaga, en una ladera escarpada que la ciudad confina indiferente en medio de automóviles y edificios, muda frente al húmedo rumor del viento, halla hoy el viajero la desolación de la quimera”. Allí, la tumba de Robert Boyd, el único ausente de la Plaza de la Merced, proclama la sagrada causa de la libertad y el martirio y la amistad junto a Torrijos. El Londres que a Boyd y Torrijos es también el lugar en el que los exiliados del absolutismo preparan sus conspiraciones y formulan sus teorías y proyectos, el mismo lugar al que los burgueses de Málaga consideran el referente y meta de sus negocios, el lugar desde el que el Romanticismo irradiaba con sus héroes de acero, con sus amores de ceniza. Las ansias, la insatisfacción, el vértigo del activismo, de la reforma, de la vida nueva que buscaron los románticos, tiene en Málaga su destino, su cenotafio, su símbolo. En el centro de una plaza en la que habrá de nacer un pintor revolucionario, en la lápida de un cementerio en una ladera y frente al mar, en las arenas ensangrentadas de la playa de San Andrés y que teñirá poemas y cuadros. 



La visión abarcadora de García de Cortázar

 [Artículo publicado en diario Sur el 5 de diciembre de 2008]

            Acaba de publicarse “Breve Historia de la Cultura en España”, el último libro de Fernando García de Cortázar, editado por Planeta. Esta obra tiene un interés muy especial, ya que frente a otros intentos de trazar un panorama de los logros culturales de los españoles en nuestro largo devenir articulando el relato de forma cronológica, pasando de un foco de interés a otro, el historiador bilbaíno ha optado por escoger veinte ciudades españolas para a ubicar en cada una de ellas un momento preciso, un episodio fundamental, de la cultura española. De este modo, este libro singular se erige en una singular guía de la historia cultural de nuestro país a la vez que demuestra que los logros españoles no irradian desde un escueto puñado de puntos geográficos, sino que se caracterizan por un intenso dinamismo geográfico. No es baladí el hecho de que en la nómina de veinte ciudades de las que el libro trata, cinco sean andaluzas. Con ello, se rompe el tópico que limitaba el alcance de Andalucía al esplendor cordobés de los Omeyas y a la opulencia sevillana tras el descubrimiento de América.

            De este modo, el libro hace un recorrido por la geografía española y las épocas con las siguientes etapas. En la Edad Media, se parte de Santiago de Compostela como meta de peregrinaciones, se recala en el califato de Córdoba, se presta atención a Toledo como sede de la escuela de traductores en la que hubo una auténtica interculturalidad del conocimiento y se localiza en Trujillo, Plasencia y Canarias las bases que hicieron posible el descubrimiento y conquista de América. En la monarquía de los Austrias, los lugares decisivos serán la Granada del Renacimiento, la docta Salamanca de universidad y pensamiento, Ávila de los místicos, Sevilla de los pícaros, del oro y de Velázquez, Zaragoza de Gracián  y de los Argensola, y México como centro de gravitación cultural de la España americana. En el siglo XVIII, la Ilustración anidará en Cádiz, en Madrid y en Gijón. En el problemático siglo XIX, los protagonistas serán Málaga en el Romanticismo, Santander como foco del Realismo y Mallorca en la que coinciden los planteamientos del Modernismo y de los noventayochistas. Finalmente, el siglo XX se reparte entre Bilbao de la industria y el comercio, Barcelona de la eclosión cultural a espaldas, y a pesar, de la dictadura franquista y Valencia del futuro y la arquitectura de Calatrava.

            Basta esta nómina de lugares, esta variedad de instantes, la identificación por parejas de unos y otros, para captar el interés y la novedad de esta nueva obra de García de Cortázar, que en el prólogo del mismo señala su intención de batallar contra el olvido, tras constatar el hecho, indudable, de que “sorprende que en un país tan propenso a la invención de pasados falsos haya tan poco amor, tan poco respeto, por las huellas verdaderas del ayer”.  Y es que, efectivamente, en contra del olvido y también de las manipulaciones maniqueas, de todo signo, de la Historia, “este libro es un paseo por la cultura de España y a la vez un viaje en el tiempo a través de sus ciudades”. Todo ello con el habitual estilo literario de García de Cortázar, más cercano al de un escritor de calidad que al fárrago que habitualmente se atribuye a los analistas del ayer. El resultado son estampas vibrantes y brillantes, apoyadas por testimonios tanto literarios como históricos, incluso predominantemente literarios, que sirven al propósito permanente del autor de desterrar tópicos y enfrentarse de forma libre de prejuicios, pero siempre apasionadamente, a la realidad secular de España. 



            Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942), catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Deusto, constituye un caso excepcional entre los historiadores. En un momento en que el debate entre los historiadores es objeto de atención incluso entre las páginas de las prensa, con la disputa ocasionada alrededor del revisionismo acerca de nuestra historia más reciente, García de Cortázar se sitúa al margen de los enfrentamientos pero sin rehuir nunca una toma de partido por la objetividad y por la denuncia de las manipulaciones, situándose por tanto más allá de las trifulcas más o menos oportunistas para adoptar una visión más amplia, más generosa, de la historia nacional. Director de la Fundación “Dos de Mayo. Nación y Libertad”, a él se deben éxitos de público como “Breve Historia de España” (en colaboración con José Manuel González Viesga), “Los mitos de la Historia de España”, “Los perdedores de la Historia de España” y la que hasta ahora era su obra más reciente, y por la que en el pasado mes de octubre fue galardonado con el Premio Nacional de Historia 2008: “Historia de España desde el Arte”. Su capacidad para comunicar con un público amplio, aparte de su “Breve Historia de España”, libro que se ha traducido a una docena de idiomas y que se considera la mejor síntesis de su género, se puede comprobar con la serie de televisión “Memoria de España”, dirigida por él, que constituye un caso único dentro de la historia de la comunicación en España.


martes, 7 de abril de 2015

Falsificaciones literarias: Escribir con la letra de otro

Al cumplirse los 25 años de la más notoria y espectacular falsificación histórica, cuando en febrero de 1981 fueron hallados los presuntos diarios de Hitler, es buena ocasión para revisar algunos de los fraudes documentales más notorios de los últimos cien años, por no mencionar algunos más antiguos como los que dieron lugar al llamado “tubalismo” que pretendía un origen mítico para España como nación merced a un pretendido rey Túbal, nieto de Noé, que propiciaría fantasías vasco-iberistas para dar un soporte falsamente legítimo al nacionalismo vasco de Sabino Arana, a partir del libro de Andrés de Poza De la antigua lengua, poblaciones y comarcas de las Españas (1587), cuyas fantasías son sabiamente desmontadas, no sin sarcasmo, por Julio Caro Baroja en su obra fundamental “Las falsificaciones de la Historia” (1996). Antes de entrar en las más llamativas, por lo populares, falsificaciones históricas del siglo XX, que no serían sino los diarios falsos de Jack el Destripador y de Adolf Hitler, conviene hacer un recorrido por otras que, si no tan conocidas, sí han producido a veces daños de gran alcance.

            Las mentiras antisemitas

            Los  autores del exterminio de los nazis hacia el pueblo judío justificaban sus actos citando el libro Protocolos de los sabios de Sión, que sigue siendo el credo, junto al autocomplaciente y delirante Mein Kampf, para los neonazis, y para no pocos fanáticos islamistas, que siguen creyendo la mentira, ya desmontada pieza por pieza por los historiadores, de esta presunta obra anónima según la cual un grupo de sabios hebreos trazaban un plan para adueñarse del mundo. Algo así como una obra de Dan Brown pasada por la esvástica antes de que los nazis surgieran. En concreto, este libro, que se sigue imprimiendo para uso de exaltados, apareció por entregas en un diario ruso en 1903 bajo el título Programa para la conquista del Mundo por los judíos. Basado en una obra historiográfica del clérigo francés Barruel sobre el jacobinismo, y en la novela Biarritz del alemán Hermann Goedsche y empapada del antisemitismo que propició las grandes matanzas de judíos en las décadas finales de ese siglo, la autoría de esta falsificación pertenece al agente zarista Serguei Nilus. El resultado, a la larga, se convertiría en 6 millones de muertos, además de tantos judíos perseguidos antes y después de la Segunda Guerra Mundial.


            El Necronomicón

            No todas las falsificaciones han sido tan nocivas, ni buscado intereses políticos ni económicos. Entre las inocentes, pero inquietantes, está el celebérrimo “Necronomicón”, o “Libro de los nombres muertos”, invención de uno de los padres de la literatura de terror y fantástica moderna, H. P. Lovecraft, que menciona por vez primera esta obra en 1922, atribuyéndola a Abdul al-Hazred, El Ciego, autor persa de hacia el año 700. Esta obra, capaz de hacer comparecer a los demonios y destruir el mundo, ha sido buscada por legión de admiradores de Lovecraft, y hasta se han reproducido páginas de antiguas ediciones (se habla de una versión griega impresa en Italia en el siglo XVI, y de una edición inglesa de 1571 traducida por el mago John Dee). Fichas catalográficas de este libro perdido han sido halladas en la Biblioteca Nacional de Francia y en la British Library de Londres, pero se debe más a bromas de eruditos que a la existencia, nunca comprobada, de la obra. Resultado de lo sugerente del libro es que se han editado diversas versiones del libro, todas espurias, en las últimas décadas. Lovecraft, con su mirada extraña y magnética, sonreiría siniestramente al comprobar el resultado de su invención.

            Max Aub, el maestro

            El escritor español, más tarde nacionalizado mexicano, y cosmopolita, desarraigado y de orígenes frances y alemanes, judío y republicano, es en España el maestro de este género de la falsificación. Pero no es un falsificador. De hecho, a su obra más conocida adscribible al género, “Jusep Torres Campalans” (1958) fue considerada siempre por su autor como una novela, aunque se trate de una hábil biografía, profusamente ilustrada con fotografías y obras de Campalans, de un olvidado autor de la vanguardia plástica española, mezcla de Picasso y de Juan Gris, y que no tardó en ser creída cierta, hasta el punto que el interés por la obra de Campalans (realmente hecha por Aub) no tardó en despertar el interés de coleccionistas, galeristas y museos. Algo similar consiguió Aub en 1971 con su novela “Vida y obra de Luis Álvarez Petreña”, que recoge los avatares y textos de un escritor de tal nombre con tal verosimilitud que sólo la palabra “Novela” sobre la portada de la primera edición alertaba al lector que se encontraba ante otro juego literario del autor nacido en París en 1903. 

Un verdadero Torres Campalans 

            Falsos adioses

             Quizás de las falsificaciones recientes más exitosas sean las atribuidas a Jorge Luis Borges y a Gabriel García Márquez, ambas en forma de poemas en los que ambos autores, conscientes de la cercanía de “la postrera sombra que me llevare el blanco día”, en verso memorable de Quevedo, recapitulan sobre su vida. En el caso de Borges, el poema, titulado “Instantes”, comienza con “Si pudiera vivir nuevamente mi vida. / En la próxima trataría de cometer más errores. / No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. / Sería más tonto de lo que he sido, de hecho / tomaría muy pocas cosas con seriedad.” En todo caso, se trata de una pieza mediocre, sin afinidad ninguna con el espíritu ni el estilo del autor argentino, aunque se publicara en 1989 en la muy prestigiosa revista mexicana “Plural”, y debida a la pluma de la norteamericana Nadine Stair, que lo publicó en prosa en inglés en 1978 (8 años antes de la muerte de Borges), con el título “Si tuviera que vivir nuevamente”, y que es casi una versión exacta, previa y norteamericana, del apócrifo. Así pues, enigma borgiano resuelto.

            Similar es el caso de García Márquez. El poema circuló por las emisoras de radio colombianas en 1996 y por Internet. Titulado “La marioneta de trapo”, comenzaba diciendo “Lo dice una marioneta de trapo: / Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo, y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero, en definitiva pensaría todo lo que digo. / Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan...” En fin, algo muy apropiado para lectores de Jorge Bucay o de Paulo Coelho. No fueron pocos los que lo creyeron obra del Nobel colombiano, enfermo de cáncer, en la opinión de que se trataba de otro adiós a la vida. La autoría no tardó en desvelarse: se trataba de Johnny Welch, un ventrílocuo que incluyó ese poema, en el mismo 1996, en su libro “Lo que me ha enseñado la vida”. La reacción de Gabo al poema se concentra en una frase de una entrevista: “Lo que me mata es que crean que escribo así”.

            Falsos diarios

            Para terminar esta galería de despropósitos y engaños, examinemos someramente dos diarios falsos. El 18 de febrero de 1981, el escritor Gerd Heidemann ofreció a un grupo editorial alemán 62 volúmenes de unos diarios manuscritos de Hitler encontrado entre los restos de un avión derribado en la Segunda Guerra Mundial. Aunque los primeros peritos los dieron por falsos, la editora decidió apostar por su autenticidad y pagarle a Heidemann dos millones de dólares. El magnate de la prensa Rupert Murdoch compró los derechos, a su vez, por 3.750.000 dólares en 1983 y contrató a Hugh Trevor-Roper, serio historiador del nazismo, para que los autentificara. Y el historiador mordió el anzuelo. Dos semanas después de que la revista “Stern” publicara la primera entrega de los diarios con el artículo de Trevor-Roper que les daba credibilidad, los expertos científicos hallaron por la composición química de los productos usados que su elaboración era posterior a 1945. Heidemann no tardó en confesar: el falsificador era Konrad Kujau. En 1985 los dos urdidores fueron condenados a cuatro años de prisión por estafa.



            Mientras que la falsedad del diario de Hitler está demostrada, sigue discutiéndose la del presunto diario de Jack el Destripador, según el cual el asesino y diarista era James Maybrick, un comerciante de algodón asesinado por envenenamiento por su esposa en 1989, un año después de los crímenes de Jack. El “descubrimiento” se hizo en 1992. Creído como cierto, los expertos calígrafos de Scotland Yard no tardaron en dictaminar que la letra había sido alterada con florituras victorianas. También se puso en duda el tipo de tinta. Y también había contradicciones de detalle con los hechos del Destripador. Finalmente, en 1995, el hombre que apareció como el descubridor del diario de Maybrick, un comerciante del metal llamado Michael Barrett, admitió que él y su mujer Anne falsificaron el diario. Su actual propietario sigue batallando, en diversos libros y contra toda esperanza, por la autenticidad de su posesión. Y es que el que no se engaña es porque no quiere.


Artículo publicado en Diario Sur el 17 de febrero de 2006

jueves, 4 de septiembre de 2014

Ficciones alternativas


Además del clásico de Philip K. Dick, quien en el delirante final de su vida, marcado por consumo de drogas y alucinaciones religiosas, llegó a creer que vivía realmente en un universo ucrónico en el que el Imperio Romano pervivía en el momento de su muerte en 1982, la ucronía como género literario dará en el siglo XX títulos tan interesantes como “Lo que el tiempo se llevó” (XXX) de Ward Moore en el que un viajero en el tiempo altera involuntariamente la Guerra de Secesión norteamericana llevando a la Confederación a la victoria (estos Estados Unidos son objeto de un una reciente película, “C.S.A. (Confederate States of America)” en la que se llega a mostrar, como en un falso documental, venta de esclavos a través de teletienda), “Patria” (1992) de Robert Harris, ambientada en la Alemania de los años 60 que sigue siendo nazi, al igual que sucede en la antología “Hitler victorioso: once relatos de la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial” (1988),  “Pavana” (1968) de Keith Roberts donde se muestran los efectos de una conquista española de Inglaterra gracias a la exitosa Armada Invencible, con el resultado de que la Revolución Industrial se da mucho más tardíamente y el peso de la Iglesia católica, Inquisición incluida, es abrumador. Acaba de aparecer en español “Britania Conquistada”, del especialista en el género Harry Turtledove, una ucronía muy sugerente y documentada en que la Invencible triunfa, España ha asentado su dominio en tierras inglesas, la reina Isabel I está prisionera en la Torre de Londres, los ánimos de los nacionalistas ingleses empiezan a inquietarse y el servicio de espionaje español encomienda una obra que alabe las virtudes de Felipe II que encarga a William Shakespeare al que se le sitúa, para comprobar su fidelidad a la monarquía hispánica, al capitán Lope de Vega. Por otro lado, las ucronías españolas tienen excelentes ejemplos en dos novelas de 1976,  “En el día de hoy” de Jesús Torbado y “El desfile de la victoria” de Fernando Díaz-Plaja, ambas bajo la premisa del triunfo republicano en nuestra Guerra Civil. La más reciente y valiosa, literariamente, de las ucronías viene de la mano de Philip Roth con su novela “La conjura contra América” en la que Roosevelt pierde las elecciones de 1940 y es elegido presidente Charles Lindbergh, que mantiene una política neutralista en la guerra, filonazi y atrozmente antisemita. 

                               CSA (Confederate States of America)

Ucronías: otro mundo es posible

[Hace algunas semanas publiqué en este blog un comentario sobre "Britania conquistada", una novela ucrónica de Harry Turtledove. Recupero aquí un artículo breve y otro extenso, publicados en diario Sur hacia septiembre de 2005, para conocer mejor ese género usualmente fascinante.]


Si éste no es el mejor de los mundos posibles, ¿entonces cuál lo es?
 Voltaire, “Cándido”, 1759

Un hombre escribe una novela en la que imagina que Japón y Alemania han perdido la Segunda Guerra Mundial. Mientras se escribe la novela, agentes de ambas potencias buscan al autor porque la encuentran subversiva, ya que fueron ambas naciones las verdaderas triunfadoras del conflicto y Estados Unidos está separado en dos zonas de ocupación, regidas por los vencedores. A grandes líneas, éste es el argumento de “El hombre en el castillo”, novela de Philip K. Dick publicada en 1962. Una ucronía que tiene como tema la negación de la misma. Pero antes de avanzar más allá, definamos qué significa tal palabra.

Según un artículo de Gilberto Quintero Ramírez, la definición sería la siguiente: “Dícese de la literatura que especula sobre mundos alternativos en los cuales los hechos históricos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos”. El término fue acuñado por Charles Renouvier en su libro de 1876 “Ucronía (La utopía en la Historia). Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea del modo que no ha pasado pero que podría pasar”, con la distinción de que si utopía es lo que no existe en ningún lugar, ucronía es lo que no existe en ningún tiempo. Así, la ucronía pertenece de lleno a la literatura especulativa, pero no sólo a la literatura sino a la historiografía, al ser en ella misma donde tiene su primera manifestación y en la que ha tenido sus últimas manifestaciones de reconocimiento oficial. Así, la primera ucronía conocida la recoge Tito Livio en el noveno libro de su clásica “Historia de Roma desde su fundación” al contemplar la posibilidad de que Alejandro Magno hubiera llevado sus anhelos de conquista hasta atacar Roma en el siglo IV a. C. No es raro que una ucronía pueda, por tanto, desembocar, y hasta confundirse a veces, en una utopía, ya que cada cambio histórico puede dar lugar a cambios socialesy políticos más que destacables y no siempre negativos.


Siglo XIX

Tras la conmoción que supusieron las guerras napoleónicas, en pleno romanticismo y poco después de que Mary Shelley hubiera dado lugar al nacimiento oficial del género que hoy llamamos ciencia ficción (en el que suelen encuadrarse las ucronías como un subgénero) con su novela “Frankenstein o el Moderno Prometeo” (1816), el autor francés  Louis Napoléon Geoffroy-Château publicó en 1836 el libro “Napoleón y la conquista del mundo, 1812-1823: Historia de la Monarquía Universal” en la que imaginaba el triunfo absoluto de Bonaparte tras haber decidido abandonar la campaña de Rusia antes de que el invierno de 1812 marcara su primer gran revés y el inicio de su caída. El atractivo de esta propuesta para el nacionalismo francés dio lugar a diversas obras en las que a partir de estos postulados se creaban nuevas e imaginarias biografías de Napoleón. En el ámbito anglosajón el género nacería en 1846 con el relato de Nathaniel Hawthorne “P.S. Correspondence”, aunque habría de esperar a 1895 para que Castello Holford  publicara la primera novela en inglés, “Aristopía. Una novela-historia del Nuevo Mundo”, en la que el masivo descubrimiento de oro por parte de los primeros colonos de Norteamérica da lugar a una sociedad utópica.


Siglo XX

Las ucronías no tardaron en convertirse en una moda de rápido, aunque restringido, éxito, cuyo siguiente hito sería, continuando con las teorías napoleónicas, el ensayo, de 1907, escrito por el historiador británico George Macaulay Trevelyan sobre si Bonaparte hubiera ganado la batalla de Waterloo, lo que coinduce al Reino Unido al “trillado camino de la tiranía y el oscurantismo”. Pero el verdadero éxito “académico” de las ucronías llegará en 1932 con la obra editada por John  Collings Squire “Si hubiera sucedido de otra manera. Lapsus de Historia Imaginaria” en la que escritores y periodistas de prestigio aventuraban sus propias historias alternativas. Así, Philip Guedalla imaginaba una España en la que los árabes hubieran vencido a la Reconquista y que en el siglo XVIII se convierte en un imperio musulmán, o Chesterton imagina la boda de Don Juan de Austria con María Estuardo, H. A. L. Fischer imagina a Napoleón escapando a América y uniéndose a Bolívar, Harold Nicolson sitúa a Lord Byron como rey de Grecia, Milton Waldman conjetura lo que hubiera pasado si Lincoln hubiera sobrevivido a su magnicidio, André Maurois inventa una Francia sin revolución gracias a la imaginada valentía de Luis XVI y el propio Winston Churchill da una vuelta de tuerca al ponerse en la piel de un historiador norteamericano y sudista, en unos Estados Unidos en que los confederados habrían ganado la guerra, que elucubra cómo sería el país si hubieran sido las tropas del Norte las vencedoras. Como se ve, el germen de la idea de la novela de Philip K. Dick está en esta fantasía de Churchill. Más imaginativa literariamente es la hipótesis escrita por el propio Squire acerca de qué hubiera pasado si en 1930 se hubiera descubierto que Sir Francis Bacon fue el verdadero autor de las obras de Shakespeare. Y además, Shakespeare sería el autor de las obras de Bacon.



Bajo el influjo de Clío

La historiografía reciente se ha ocupado también de este juego, o ejercicio, de la ucronía, en dos libros recientes,  “Historia virtual. ¿Qué hubiera pasado si...?” (1998), editado por Niall Ferguson en el que historiadores de diversos países imaginan con el mayor rigor alternativas entre las que las más sugerentes son la inexistencia de la Independencia de Estados Unidos, de la Guerra Civil Española y del derrumbe del comunismo, así como la invasión nazi de Inglaterra, e “Historia virtual de España (1870) ¿Qué hubiera pasado si...” (2004) en el que se va desde el no asesinato de Prim hasta el no apoyo de Aznar a la invasión de Irak, pasando por el hipotético rechazo de Alfonso XIII al golpe de Primo de Rivera, la participación española en la Segunda Guerra Mundial y la supervivencia de Carrero Blanco.

jueves, 18 de julio de 2013

Algoritmos por sevillanas



LA FORTALEZA DIGITAL. Autor: Dan Brown. Editorial: Umbriel. Páginas: 448.


HAY algo que escama en esta novela. Que el autor tenga que iniciarla disculpándose por no dar una imagen eufórica de Sevilla y de España, como si por ello se fueran a asaltar los consulados de Estados Unidos, como si tuviéramos un patrioterío talibán, y que siendo la primera de Dan Brown haya sido la última en publicarse. 

Vayamos por partes. España no es un paraíso. Es más, el paraíso no existe. Y si hay putas, camellos, punkis y calor en Sevilla, o los lavabos del aeropuerto de nuestra ciudad vecina no están limpios, pues no pasa nada. Se creó mucha escandalera previa con la visión que Brown daba de España y no hay para tanto. Así, no hace falta que el pobre hombre tenga que confesar, o inventarse, en su disculpa, que está aprendiendo a bailar sevillanas. Es más, a veces son divertidos los errores que comete, como situar el Ayuntamiento de Sevilla en la Plaza de España o contar cómo las sevillanas suelen lucir mantillas en misa. 

Eso sí: los guardias civiles fuman Ducados y los punkis beben cerveza Águila. Por tanto, algo de documentación minuciosa ha habido. Del mismo modo que errores idiotas, como señalar en la página 351 que el sicario malo es sordo para describirlo oyendo un golpe ocho páginas más adelante. 


Una novela tan mala

Pero tampoco hace falta ponerse duros con el muchacho multimillonario. Pobre desgracia ha tenido ya con escribir una primera novela tan mala. Uno, por exigencias de la actualidad, se ha leído el resto de las obras de Brown. Y si, con la advertencia previa de que hablamos de productos de consumo, no de auténtica y legítima literatura, 'El Código da Vinci' era mecánica pero entretenida, 'Ángeles y Demonios' tenía un final tan ridículo que podría titularse 'Mira quién vuela' y 'La conspiración' era correcta, 'La Fortaleza Digital' es simplemente mala. No de solemnidad, pero mala a las claras. 

Veamos: la cosa va de criptógrafos (eso que tanto le gusta a Brown), pero tan torpes que se tiran las últimas páginas de los nervios, al borde del patatús, buscando una clave que el lector más abstruso ha deducido mucho antes que tan excelsas y audaces eminencias. Y no es cosa de ponerse a gritarle un número a un libro. Aunque sea de Dan Brown. 

Y el resto es lo de siempre: capítulos cortos que duran lo mismito que un vagón de metro entre estación y estación, un guapo y una guapa luchando contra las circunstancias, confiando en quien será un villano y desconfiando de quien es finalmente inocente. 

Y al llegar al final, miel sobre hojuelas, el suelo de la sala de lectura lleno de palomitas y el cheque gordo en el bolsillo de Daniel el Travieso. Eso sí, sigo sin saber lo que es un algoritmo tras leer la novela. 

Que parece que lo que busca el autor es que los de Letras cojamos el tocho de la Real Academia y lo comprobemos. Pero, Dan, cariño, no me mueve mi Dios para hacerlo (ni para quererte). Al menos, queda el consuelo de que pasará un tiempo sin que nos aflija con otra de sus ficciones sin adicciones (ni cafeína).

Publicado en Diario Sur el 24 de marzo de 2006


viernes, 24 de agosto de 2012

Salvarse de la quema: La cultura en la Feria 2012


Arde la calle, de ruido, de sol cayendo a plano, de furia. De hoy estamos aquí, y de mañana quién sabe qué pasará (y es inevitable el retorno, oportuno y astuto, de los versos de Lorenzo de Medici, que nos alerta o alienta sobre la alegría y el desasosiego: “qué hermosa es la juventud / que huye a cada momento: / quien quiera, que esté contento: / del mañana no hay certeza). Y lo único que ofrece una seguridad, una permanencia, es lo que se constituye en referencia inmune al tiempo: la cultura, el saber, el arte. La cultura que, recortada y temblando, pero firme y viva (“y no se consumía”, como la decía de la zarza ardiente de Moisés) vuelve a asomar en esta Feria, como asoman los topos bajo el papel rasgado del cartel de Ana Soro, que acierta en su propósito pero amaga un tanto en su intensidad.

Aunque sólo sea por el fresquito que la conservación de las obras impone, merece recorrer las exposiciones que en esta Feria coinciden. En la Fundación Picasso nos encontramos lo que se espera. Por una parte, con música de Bach para piano sonando, tenemos “Picasso: Variaciones”, un vistazo breve e intenso a cómo el malagueño combinaba formas y obsesiones. En la sala de Plaza de la Merced nº 13, “Picasso: La seducción clásica”, o cómo el clasicismo, ejemplarizado las más de las veces en desnudos, era para Picasso algo que le seducía pero también de lo que debía, o podía, apartarse. En el Archivo Municipal nos enfrentamos a la “Colección de Dibujos DKV”. Que DKV sea una compañía de seguros y que comprara dibujos para humanizar los pasillos terribles de un hospital y que de ahí se convirtiera en una colección importante debe servirnos de consuelo. Los autores son jóvenes artistas de los 90 y de ahora, con sus propuestas independientes y amigas del riesgo sin prima. Algo muy alejado del casticismo tan propio de nuestra fiesta inminente. En el Museo del Patrimonio Municipal de Málaga, MUPAM, otras dos exposiciones. Ambas debidas a mujeres. En las salas de la Coracha, y en tres alturas, bajo el título obvio “Caballero/Pedroche/Vargas-Machuca” Pepa Caballero (fallecida hace escasas semanas, lo que convierte en escalofriantes sus obras realizadas en plena enfermedad), Titi Pedroche y María José Vargas-Machuca unen, y dispersan, sus obras:  una pieza de la exposición, “Retablo”, está formada por el ensamblaje de numerosos óleos pequeños de las tres pintoras. En el cuerpo propio del Museo, en su tercera planta, hay una pequeña y modélica exposición, “La estética de la Edad Moderna en Femenino” en la que se incluyen dos extraordinarias pintoras Sofonisba Anguisciola y Artemisia Gentileschi, que sirven como imán para el visitante que queda fascinado por el conjunto de la exposición, en la que hay mucho más y hay emoción y alta belleza. Como la hay en el Museo Carmen Thyssen Málaga. Allí, la exposición temporal, “Paraísos y Paisajes en la Colección Carmen Thyssen. De Brueghel a Gauguin” nos invita a meternos en jardines (alejándonos de la selva oscura del garbeo del Dante). Con cuadros pintados entre el siglo XVII y un pedazo del XX (más allá del subtítulo de la muestra), con especial incidencia en la pintura norteamericana del XIX y el Impresionismo, nos encontramos con un festín visual  que se hace sensorial e incluso moral: para aviso de descreídos, el Paraíso existe. O existió.

Este sosiego lo rompe, aunque no del todo, el CAC Málaga. Allí, dentro de la semi-permanente, y cambiante,  selección de obras de la colección de Carmen Riera, reunidas bajo el títuylo de “Pasión”, sigue manteniendo su interés todo lo debido a Warhol  y la rara pintura hecha al alimón por Andy Warhol, Francesco Clemente y Jean-Michel Basquiat. La presentación de la colección permanente bajo la advocación de “Apocalipsis” no es tan fatalista como se temiera, mientas que “Fluido”, de Per Barclay, es de esas cosas para rascarse la nuca y no saber sui creer o descreer en el arte contemporáneo. Siete mil litros de algo pegajoso sobre lo que se refleja el techo tiene la culpa. Finalmente, más interés tiene “Horizontalia”, una exposición antológica centrada en la producción de las últimas décadas del desaforado artista pop sevillano. Mucho ruido, mucha furia, mucha ironía. Mucho interés.
El chapapote considerado
como una de las Bellas Artes, o sea


Quien quiera olvidar el líquido pegajoso del CAC tiene la opción del Museo Revello de Toro, con una pequeña exposición con carteles de feria, de carnaval y de diversos festejos malagueños. Y quien quiera pagar por sus pecados (y también en taquilla), tiene la oportunidad de sumarse, en el Palacio Episcopal, al espectacular montaje “La Sábana Santa. La ciencia da la respuesta”, que, más allá de la fe o del fraude, tiene el mérito, avalado por el público, de tener una presentación muy elaborada capaz de responder muchas preguntas y de despertar otras. Un acontecimiento no sólo mediático que proporciona un buen rato de meditación. Finalmente, la Alcazaba acoge la exposición “Arqueología experimental. Tipología de la cerámica nazarí”, resultado de la labor de los profesores y  alumnos de la Escuela de Arte San Telmo que reconstruyen las formas perfectas de la cerámica nazarí a través de una experiencia didáctica y de investigación.

Artículo publicado en diario Sur el 10 de agosto de 2012

miércoles, 22 de agosto de 2012

Carlos Durán (in memoriam)

Hace unos años publiqué en Sur un perfil de Carlos Durán. Accedió a ser retratado por mi pluma, y para el fotógrafo optó, único caso en aquella larga serie de artículos, por posar con una máscara. Aquellos artículos ocuupaban una página completa. A cada lado, ocupando toda la altura del papel, el rostro de perfil, y de frente aunque limitado a la mitad, del artista. Tapado desafiante o pudorosamente por una máscara de hechuras vénetas. Hoy Carlos Durán ha muerto. Descanse en paz. A continuación, aquel lejano artículo, que debe verse ahora como un homenaje sin máscara.              


               Acaso no hay otro momento en que Málaga se parezca tanto a sí misma como en los cuadros de Carlos Durán (Málaga, 1949) en los que tanto parece California (una California de autos aerodinámicos, llenos de aletas satelitales, pero sin coches) o a cualquier otro lugar soleado y paradisíaco. Porque no ser como nosotros mismos es lo que nos distingue, y la manera que tenemos de amar esta ciudad es ignorarla cada día. Algo muy raro pero no descabellado, si caen en la cuenta. Lo que quiere decir que para hablar de Carlos Durán tenemos que tomar otra referencia y otro momento, y dar un salto al Madrid del año en que allí murió el tirano tambaleante y gallego, cuando el tarifeño Guillermo Pérez Villalta pintó un gran cuadro en el que aparecían los que entonces eran los jóvenes artistas de lo que poco después llegó a llamarse nueva figuración madrileña y en el que aparecían, y siguen apareciendo, dos pintores malagueños: Bola Barrionuevo y Carlos Durán.


                Carlos Durán se ha sabido mantener fiel a la heterodoxia de entonces, pero con diferencias que, sin llevarle a la herejía y al anatema, le muestran como un pintor que, si bien ha realizado elegantísimas pinturas como Perspectiva diurna (1979), que sirve por sí sola para hacerle doctor summa cum laude en esta disciplina, también muestra una tendencia a escapar de la nitidez perfecta de las formas perfectas de la belleza perfecta. Es un paradisíaco Carlos, pero con cierta rebeldía por la bonanza de ese, este, Edén, y así en sus naturalezas muertas hay formas que quieren huir de sí mismas, pescados que más que muertos parecen desesperados y voraces, agresivos casi, a punto de evaporarse o de transformarse en cualquier otra cosa.

                Y es que es la naturaleza, más que las bien construidas alegorías de, digamos, el propio Pérez Villalta o de Sigfrido Martín Begué, lo que constituye el centro de la obra de Durán, sea con este dinamismo contradictorio y angustiante de sus naturalezas muertas, sea en los paisajes, habitualmente del Monte de Sancha y El Limonar, donde ejercita Carlos con más placer la pintura. Las alegorías las guarda para representar el propio oficio de pintor, más que para reflexionar sobre él. Como Shakespeare en su tragedia del príncipe de Dinamarca, en la que hay teatro dentro del teatro, en Carlos Durán hay pintura dentro de la pintura, que es como decir un laberinto dentro de un espejo. En todo caso, celebración de un arte venerable, de unos caminos que Carlos Durán se niega a abandonar. Lo que significó la llamada Nueva Figuración Madrileña no ha muerto. Es un modelo que no se agota, y que tiene en su interior la habilidad suficiente para auto-regenerarse. Por ello la pintura de Carlos Durán se transforma con el tiempo, y es en su obra realizada en Venecia donde más se aparta de lo conocido en él, pero más que centrarse en la representación de los vidrios de Murano, en esas pinturas lo que hay es por un lado la estética de los pergaminos egipcios, con sus figuras inconexas y ensimismadas sobre fondo de oro, y en vez de referencias a Venecia, tan fáciles, las hay al abrupto arte etrusco.

                Así es Carlos Durán: egipcio o etrusco en Venecia, y paradisíaco en la ciudad del sol, por usar un título utópico de Tommaso Campanella más que el nombre de un lugar, lo cual es apostar por la fascinación roja de la piel del fruto ante la amenaza fascinante y la dulce espera de los ojos de la serpiente. Mientras no llega la expulsión y la juventud es eterna, Carlos Durán pinta. Y con su pintura, mientras tanto, nos salva.