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jueves, 5 de agosto de 2021

Lecturas: Memorias de un cortesano de 1815 (Benito Pérez Galdós)

 Dejado a un lado el perfecto y cargante Monsalud, a quien ni se menciona, es Pipaón, eliminado el Bragas tan chabacano de su apellido verdadero, quien se regodea en su fortuna que le hace acceder a la misma corte, donde se cree apreciado pero donde se le ve como un tonto útil y no poco inútil. Pagadísimo de sí mismo, en primera persona y oportunista como pocos, Pipaón es un correveidile, un mindundi, que muda de camisa, y de casaca, según sople el viento. Si en el episodio anterior era simpatizante de los liberales, ahora es un absolutista que elogia cada medida del narizotas ensalzándolo hasta extremos nada razonables. Asistamos a su prosa, que empieza hablando de cómo el rey premia la lealtad de los suyos: En cuanto a la mía acrisolada, continuó sin más premio por entonces que el antiguo destinillo en la covachuela, y hasta después del 10 de Mayo y de la caída de la Mamancia y de la entrada en Madrid del encantador Fernando, no di señales de adelanto en mi carrera. ¡Oh, qué días aquellos! ¡Cuánta ansiedad sentíamos los buenos patricios, esclavos de la libertad, suspensos entre la vida y la muerte, sin saber cuándo veríamos el fin de la horrible tiranía de los mamones, caparrotas, cuácaros, lameplatos y ceposquedos, pues estos y otros graciosos nombres daba a los liberales en su Atalaya de la Mancha el reverendo Padre Castro! ¡Y qué trasudores y congojas experimentamos en todo Abril, ora creyendo segura la llegada del Rey con el desquiciamiento de todo el catafalco constitucional, ora sospechando que los infames francmasones nos secuestrarían al suspirado Rey, haciéndolo perdidizo en cualquier desfiladero, para encajarnos la república Iberiana, que tanto daba que hablar en los barrios bajos y en los claustros de mendicantes!


¿No es bastante? Pues veamos esta disparatada apología del Deseado ya en el primer capítulo del libro. No tiene desperdicio: ¿A dónde está FERNANDO? Hechizo de mi corazón, ¿a dónde te encontraré? ¡Mi alma no acierta en la efusión de su placer a expresar de ningún modo los sentimientos de que se halla inundada! ¡Mi memoria... mi voluntad... mi entendimiento, sí!... Todo es vuestro, ¡Dios Eterno! Pero si FERNANDO está en vos y vos en FERNANDO, en vos mismo gozaré de su amorosa presencia; sí, Dios Omnipotente, permitid que me regocije en vos, pues que vos le elegisteis desde vuestros eternos alcázares para nuestro digno REY; vos le perseverasteis con vuestra providencia en el principio; vos le guardasteis bajo la sombra de vuestras divinas alas...; vos le quitasteis de un suelo manchado con tantos crímenes, para que no presenciase el espantoso castigo con que ibais, aunque tan lleno de misericordia, a castigar a tus hijos... sí, amado FERNANDO... sí, apetecido consuelo de todas nuestras aflicciones... sí, hermoso y deseado iris en todas nuestras horribles borrascas... tus fieles y huérfanos hijos te lloraron como miserables pupilos, y no hubo un placer verdadero en sus amantes corazones, considerándote cautivo...

Semejante mamarracho, sometido a lo que cree una aventura galante en palacio, quedará en las últimas páginas, burlado, empapado y sin novia en unas escenas deliciosas y dignas de la mejor comedia. Sic transit...




Lecturas: El equipaje del rey José. Episodios Nacionales, 11 (Benito Pérez Galdós)

 Una buena novela porque aparece una estrella, ridícuyla y creíble, en los Episodios Nacionales: el inefable Pipaón, Juan Bragas de Pipaón. A cambio, se cae en aquello tan facilón de contraponer a progresistas buenos con pre-carlistas malos. Enfrentados a muerte con faldas de por medio (otro punto negativo para Galdós, un error de novelista de medio pelo) , sus nombres delatan esa torpeza galdosiana; Salvador (atento, nada menos que Salvador, el que salva) Monsalud (la salud de la nación, obviamente, la política sana) contra Carlos (claro, si va a terminar siendo carlista tras ser absolutista, Carlos tenía que ser) Navarro (una de las regiones más intransigentes en el conservadurismo y el futuro carlismo), también llamado Garrote (ay, don Benito, qué demagogia. Joder).



El caso es que ambos mozos, el bueno y el malo, se las tienen juradas a causa de los caminos divergentes y de los encantos de Genara Baraona. Peoraún, Salvador comienza afrancesado y patriota (más bien fernandino) Garrote. Es al rey José a quien acompaña en su huida Monsalud hasta que en Vitoria pierde el gabacho el equipaje y el honor. Hijo bastardo y no reconocido de Garrote padre, a quien terminará facilitando una pistola para que se suicide antes de caer en manos de los feroces franceses que ante sus ojos acaban de destrozar a un cura. Esa escena de la muerte del Garrote el viejo es verdaderamente terrible, escrita con emoción, maestría y mucha tensión. Ello llevará a que el odio de los antaño amigos ase haga cartaginés. El combate nocturno, a muerte, entre los dos rivales, resuelto con un cliffhanger que deja a media res el duelo, es también, pese a ser tan declamatorio, un acierto dramático.

Por medio queda un paisano de Monsalud, Juan Bragas, fatuo y adorable, al que nos presentan como covachuelista en el Madrid liberado. Sus aventuras, en los próximos episodios, nos interesarán más que las del bueno liberal y el malo absolutista. 


lunes, 2 de agosto de 2021

Lecturas: La batalla de los Arapiles. Episodios Nacionales, 10 (Benito Pérez Galdós)

 Bien está lo que bien acaba. En este caso la primera serie de los Episodios Nacionales. Aunque no la Guerra de la Independencia, por más que esta batalla (y más aún la de Vitoria, ya que los franceses se repondrán de este batacazo que se pretendía definitivo), fuera hipotéticamente la última victoria sobre los franceses. El conflicto terminará de cerrarse en la primera novela de la serie siguiente, El equipaje del rey José. En todo caso, aquí se acaba la historia de Gabriel Araceli y sus baqueteados amores con Inés. Que ya eran algo cargantes. Además, el hecho de armas está contado con rutinaria prosa. 

El añadido de una aventurera inglesa, miss Fly (hay que reconocer que a Galdós no se le daba bien dar nombres y sus apellidos a sus personajes), que es amiga de Byron y que como él jugaba a liberar pueblos de tiranía, le da pintoresquismo presuntamente cosmopolita y nos permite acercarnos al duque de Wellington (que mal que nos pese, fue decisivo para derrotar a los franceses, tanto como la guerrilla o la resistencia de las ciudades sitiadas como Zaragoza, Gerona y Cádiz. Es el episodio más largo de la serie, y tal vez uno de los más aburridos. Los lances son escasos, Gabriel e Inés terminan de pelar la pava y comprometerse, con aires de despedirse para siempre aunque hará alguna que otra aparición, ya como personaje secundario, en la segunda serie. Tal vez sea la necesidad de cerrar tramas la que alarga las páginas. 





lunes, 31 de agosto de 2020

Lecturas: Juan Martín el Empecinado. Episodios Nacionales, 9 (Benito Pérez Galdós)

 Tres tipos ofrece el caudillaje en España, que son: el guerrillero, el contrabandista, el ladrón de caminos. El aspecto es el mismo: sólo el sentido moral les diferencia. Cualquiera de esos tipos puede ser uno de los otros dos sin que lo externo varíe, con tal que un grano de sentido moral (permítaseme la frase) caiga de más o de menos en la ampolleta de la conciencia. Las partidas que tan fácilmente se forman en España pueden ser el sumo bien o mal execrable. ¿Debemos celebrar esta especial aptitud de los españoles para consagrarse armados y oponer eficaz resistencia a los ejércitos regulares? ¿Los beneficios de un día son tales que puedan hacernos olvidar las calamidades de otro día? Esto no lo diré yo, y menos en este libro donde me propongo enaltecer las hazañas de un guerrillero insigne que siempre se condujo movido por nobles impulsos, y fue desinteresado, generoso, leal, y no tuvo parentela moral con facciosos, ni matuteros, ni rufianes, aunque sin quererlo, y con fin muy laudable, cual era el limpiar a España de franceses, enseñó a aquellos el oficio.

Son palabras de Gabriel Araceli, narrador y protagonista de la primera serie, languideciente ya, de los Episodios Nacionales. Que, a través de Vicente Sardina, el lugarteniente del Empecinado, pasa a integrarse en la guerrilla y conocer al mítico Empecinado, que a su vez será víctima de la represión absolutista una vez terminada la guerra. Aquí se aprecia como si Galdós quisiera incluir el fenómeno guerrillero de la forma más sencilla, dedicándole un Episodio, estanco, en vez de haciendo aparecer estos luchadores con pinceladas a través de los demás tomos de estas Hazañas Bélicas decimonónicas. No en vano, arranca la novela con ese propósito: Hablaremos ahora de las guerrillas, que son la verdadera guerra nacional; del levantamiento del pueblo en los campos; de aquellos ejércitos espontáneos, nacidos en la tierra como la hierba nativa, cuya misteriosa simiente no arrojaron las manos del hombre; voy a hablar de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada que reproducía los tiempos primitivos.

                                       Francisco de Goya: Juan Martín, el Empecinado (1809)
                               Museo Nacional de Bellas Artes Occidentales, Tokio



Más allá de los lances de amor con Inés, y sus peripecias con la condesa Amaranta, que se siguen con el habitual aburrimiento, lo que importa es el retrato de aquellos hombres, con retratos sobresalientes de Sardina, del Empecinado, del Manco, de Santurrias, del páter Trijueque (que preanuncia la aparición de los curas trabucaires). Toda la épica de los hechos, toda la crueldad de la lucha, están magníficamente representados. Galdós cumple con lo prometido. Aunque la serie concluye con el siguiente Episodio, La batalla de los Arapiles, la guerra de la Independencia finalizará en el primer Episodio de la Segunda Serie, El equipaje del rey José.

 

martes, 26 de marzo de 2019

Lecturas: Cádiz. Episodios Nacionales, 8 (Benito Pérez Galdós)

Tal vez, una de las peores novelas del ciclo de 46 que aquí iré comentando. Aunque la décima, La batalla de los Arapiles compite por alcanzar ese dudoso mérito. Aquí, Galdós sitúa a Gabriel en el Cádiz de las Cortes que comienzan en un teatro en San Fernando y siguen en un oratorio en la capital, que los gaditanos y gaditanas (a las que Galdós describe entonando la cansina letrilla de las bombas y los tirabuzones) se toman a chacota la mayor parte. La novela comienza bien, pero rehuye de contrastar la agitación de las calles y de los discursos con el contrapunto de los franceses rodeando la ciudad. Distribuidas las tropas españolas en cuatro anillos defensivos, que eran los de las propias murallas de Cádiz, el castillo de la Cortadura, el río Arillo con la batería de Torregorda y el de la isla de León, y con los franceses presionando desde el Puerto de Santa María, el Trocadero, Puerto Real y Chiclana, limita Galdós a una bomba que mata a un personaje secundario todo el componente militar de aquel asedio. Fueron 472 granadas las que cayeron sobre la ciudad, muchas de las cuales no estallaron. Pero la ansiedad de la resistencia no está en estas páginas. En cambio nos ofrece un remedo, y amigo, de Lord Byron, llamado Lord Grey que es un romántico poco creíble, más de opereta que de ópera. Y no nos ahorra Galdós lo peor de este vprimer ciclo: las cuitas amorosas, plenas de almíbares y farfolla, de Gabriel, Inés y la madre que la parió.



miércoles, 27 de febrero de 2019

Lecturas: Gerona. Episodios Nacionales, 7 (Benito Pérez Galdós)

Para quienes nos cansamos pronto de las tramas secundarias, y más cuando éstas se hinchan tanto como los amores imposibles, pero con previsible final feliz, de Gabriel de Araceli e Inés, este episodio significa una grata pausa, por cuanto se le cede la voz, esto es, la escritura, a otro personaje, Andrés Marijuán, que tuvo una aparición discreta en Bailén, para que sea él quien narre en primera persona el calamitoso sitio de Gerona en 1809. 


Dos imágenes de la defensa de Gerona con banderas españolas 

Perdida la ventaja estratégica de Bailén, los ejércitos españoles se encuentran sumidos en el caos; casi toda España está ocupada con focos de resistencia aislado y el dominio nacional de parte de Andalucía. Incorporado Araceli al ejército en Cádiz, allí coincide con su viejo conocido que le relata el asedio de Gerona. En el que es el hambre el mayor enemigo. Una disputa por comerse una gata entre el hasta entonces beatífico señor Nomdedeu y el propio Marijuán posee una violencia desesperada que realza y hace visible los extremos de la desesperación entre los gerundenses. Si Zaragoza es el episodio del fuego y el combate, Gerona es hambre. Y el ejemplo de Mariano Álvarez de Castro, caudillo de la resistencia y autr de una brevísima proclama: Será pasado por las armas el que profiera la voz de capitular o de rendirse. Durante 7 meses 18.000 soldados franceses asediaron una ciudad que contaba con 5.600 soldados, a los que se unieron civiles e incluso mujeres dispuestas en el llamado Batallón de Santa Bárbara. Rendida por el hambre, 10.000 vidas fue el precio del sacrificio. Siendo muy notable esta novela, palidece comparada con su antecesora. 

Lecturas: Zaragoza. Episodios Nacionales, 6 (Benito Pérez Galdós)

En el recuerdo era bueno pero en la relectura es mejor. Del mismo modo que era flojo Napoleón en Chamartín, que es excelente, y era excelente en la memoria Gerona, que será el próximo título en reseñar, cuando desmerece un tanto ahora. Zaragoza tiene todo lo que se espera de un Episodio Nacional, una adecuada y vívida descripción de los hechos históricos. Narrados con estilo y con ganas, y con buenos personajes. Todo ello lo hay aquí. No en vano, en los billetes de 1000 pesetas dedicados a Galdós se incluía una brevísima cita de este libro, en la caligrafía de Galdós, que sólo recordaremos los que hemos mirado mucho por el dinero: y entre los muertos, siempre habrá una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde. Tal cual. La cita merece su mención más extensa:   La reducirán a polvo: de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abrirse vomitando llamas; y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde


Este aire épico, apocalíptico, nutre todo el libro, de forma que se percibe Zaragoza como otra Stalingrado. Una ciudad sin fortificaciones dignas que soportó dos asedios, dos sitios, y que sólo se rindió cuando los franceses sólo podían entrar sin más, agotados los defensores y muertos tantos de ellos. Fueron 1000 soldados españoles, reforzados con 7.800 civiles constituidos en milicias frente a 13.000 soldados franceses. Se calculan en 10.000 las bajas francesas. De los 58.873 vecinos censados antes del primer sitio, se pasó a 12.000 tras la caída de la ciudad. En los días finales, entre 400 y 500 personas morían por hambre y enfermedad cada jornada. En un excelente estudio, Las heridas de guerra y las infecciones durante los Sitios de Zaragoza, 1808-1809, Luis Alfonso Arcarazo García da unos datos finales: En el Segundo Sitio de Zaragoza se calcula que murieron dentro de la ciudad 53.873 personas, a partes iguales entre civiles y militares, de los cuales 47.782 fallecieron a causa del tifus exantemático, mientras que en combate sólo se contabilizaron 6.055 bajas. Cuando los franceses ocuparon la ciudad encontraron a unos 13.000 enfermos ingresados en los hospitales, muchos de los cuales fallecerían en días posteriores.


January Suchodolsky: El asalto de Zaragoza (1845)
Museo Nacional de Varsovia

Las calamidades de los resistentes, su lucha hasta las últimas consecuencias, la voluntad firme de plantar cara y cuerpo a los invasores, es el tema de esta novela modélica en lo patriótico y muy válida en lo literario.  Como pretexto, Galdós nos hará seguir una vez más a Gabriel de Araceli, prisionero de los franceses tras la segunda entrada de los imperiales, que consigue escapar escapar y se dirige a Zaragoza para incorporarse al ejército que se está organizando para defender la ciudad en el segundo asedio. Pronto, Gabriel cede protagonismo al joven soldado y héroe  Agustín Montoria, amigo de Gabriel, que pese a estar destinado al sacerdocio anda en amores con la joven Mariquilla, hija del avaro Candiola, remiso tanto a las relaciones de su hija como a la resistencia y a su sostenimiento económico. La fama de traidor que se ganará Candiola traerá funestas consecuencias.

Pero los amores de Mariquilla y Gabriel al menos sirven para acallar los de Gabriel e Inés. Lo que no es poco. En definitiva, una excelente lectura y relectura. 

lunes, 14 de enero de 2019

Lecturas: Napoleón en Chamartín. Episodios Nacionales, 5 (Benito Pérez Galdós)


Sin duda, uno de los mejores Episodios. Al menos, hasta ahora. La derrota de Bailén, con la huida del rey José, lleva a Napoleón a involucrarse personalmente en España. Mientras avanza hacia Madrid, de victoria en victoria, los madrileños se preparan para resistir. Con un estado de ánimo que recuerdan al otoño de 1936, con la ciudad dispuesta a resistir contra toda esperanza. En la Guerra Civil consiguió mantenerse hasta el derrumbe final. En 1808 cayó tras ser derrotado el ejército español en la poco conocida batalla de Somosierra. Con todo, es escalofriante el paralelismo entre el sentir de los madrileños de los dos momentos históricos. Como lo es el personaje de Santiago Fernández, llamado no con poca chacota El Gran Capitán, un vejete que en Episodios previos parecía un Quijote redivivo, alguien que blasona de hazañas guerreras pero que, ahora, cuando llegue el momento de  la verdad, se inmolará ante el invasor, plantando cara a los invasores en su propio jardín, bajo la obstinada consigna de se rendirá Madrid, que se rendirán los Pozos; que se rendirá el jardín de Bringas; pero que el Gran Capitán no se rinde. Enloquecido de gloria y patria, morirá como un valiente. Ejemplo de esa España que, en palabras de Galdós, en este mismo libro, sabe morir con la misma insensatez con que vive. Una cita que merecería ser leída, y tenida en cuenta, de cuando en cuando por todos los españoles:

Los paisanos armados eran ciertamente muchos: pero había muy pocos fusiles, y de éstos la mitad eran inútiles por falta de cartuchos; y, ¿con qué se hacían los cartuchos si no había pólvora? A eso habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén. Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; ayer poderosos y temibles, hoy impotentes y desbandados. Contrastes y antítesis y viceversas, propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, el buen vino y el buen humor.

¡Oh España, cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia adonde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria, con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.



domingo, 6 de enero de 2019

Lecturas: Bailén. Episodios Nacionales, 4 (Benito Pérez Galdós)

Bailén ha quedado como nombre de calle en casi todas las ciudades españolas, y casi como la única victoria contra los franceses en la Guerra de la Independencia. Esta novela, especialmente leve, no sirve para que cambiemos esa percepción de "Bailén, general Castaños, victoria española". Además, la trama sentimental es especialmente molesta e innecesaria, haciendo que el lector se hastíe bien pronto de las cuitas de Gabriel en procura de su unión con Inés. Si algo destaca es la formación del ejército español a base de milicias y voluntarios que se juntan para la ocasión y que propicia hechos tan llamativos como el indulto, por parte de la Junta de Sevilla, de bandoleros que no estuvieran inculpados por delitos de sangre, para que formaran parte de las tropas que vencieron. Con esta victoria se consiguió que el rey José abandonara inmediatamente Madrid y que por vez primera la Grande Armée se mostrara falible. Napoleón podía ser batido. La necesidad de revancha por parte de los españoles fue un factor tan importante como la brillantez de Castaños y la torpeza de Dupont, el vencido, del que el propio Bonaparte afirmará tras la batalla que "desde que el mundo existe, no ha habido nada tan estúpido, tan inepto y tan cobarde". En todo caso, este choque trascendental merecía una novela mejor, más centrada en las armas que en las tribulaciones del protagonista y relator.


lunes, 31 de diciembre de 2018

Lecturas: El 19 de marzo y el 2 de mayo. Episodios Nacionales, 3 (Benito Pérez Galdós)

Sin duda, en el recuerdo y en la relectura, uno de los mejores episodios galdosianos. En el que se concentran dos importantes sucesos de 1808: el motín de Aranjuez contra Godoy y el levantamiento popular contra Napoleón. En los que asistimos a la furia del pueblo español, primero como populacho movido por la rancia aristocracia en su intento, ahora exitoso, de eliminar a Godoy, y después como pueblo que simplemente quiere recuperar su dignidad tan puesta a prueba durante siglos. Mucha furia, mucha sangre, mucho desorden. En Aranjuez, hay momentos en que se aprecia que ese levantamiento orquestado está a punto de quedar fuera de control, hasta el punto de estar al borde de convertirse en revolución. Con todo, queda una incómoda sensación, y es aquella de que el pueblo español, con sus devociones y sus odios instantáneos, siempre será barro en las manos de un alfarero malvado. Aquellos que el 19 de marzo asaltan el palacio de Godoy vivando a Fernando VII (la abdicación de Carlos IV será instantánea) son los mismos que cinco días después atestan las calles para aclamar al nuevo rey, en escenas que Galdós describe empapadas de un entusiasmo popular legítimo, y será el mismo pueblo que se echará a las calles a matar franceses y será víctima de los fusilamientos. Tras la expulsión definitiva de los invasores y la aprobación de la Constitución de 1812, esos mismos españoles, en su mayoría, gritarán ¡Vivan las caenas! o secundarán la causa carlista en sucesivas guerras carlistas. Se pone en marcha, ese 19 de marzo, un proceso histórico que aún no ha cesado. 

domingo, 30 de diciembre de 2018

Lecturas: La corte de Carlos IV. Episodios Nacionales, 2 (Benito Pérez Galdós)

Al fin entra Galdós en harina, tras el prólogo de Trafalgar. Aquí lo que sobra es la trama sentimental de Gabriel en pos de una chiquilla, Inés, a la que sigue por Aranjuez primero y que le llevará a ser testigo lejano de la conjura del Escorial, a través de la que el príncipe Fernando intentará deshacerse a la vez de Godoy y de Carlos IV, y que al mismo tiempo le llevará a él mismo contra las cuerdas. Aquí tenemos el país ridículo que se disputan el gran arribista de Godoy, el felón del príncipe de Asturias, pleno de soberbia, y el ingenuo cornudo que fue Carlos IV. Pudiendo ser un formidable personaje la casquivana y antojadiza reina María Luisa de Parma, Galdós piadosamente la deja fuera de foco. Mientras, es el ocio de los cortesanos, a los que sirve Gabriel, el que sirve para dar cuerpo a la novela, con dos aristócratas, encubiertas bajo los nombres de Lesbia y Amaranta (es fácil adivinar en Amaranta un trasunto de la duquesa de Alba), partidarias una de Fernando y de Godoy la otra, volcadas en la actividad teatral del momento, con Moratín como estrella en ascenso y Comellas como figura caduca e Isidoro Máiquez como gran intérprete. Incluso, su amigo y retratista Goya hace una discreta intervención en estas páginas. Bien resuelta y ambientada la novela, sirve para contextualizar el siguiente episodio, en el que se consumarán la caída de Godoy y el estallido de la revuelta contra los franceses, que ya habían comenzado a entrar en España. 

A punto de desaparecer de la escena Carlos IV, llega el momento de Fernando VII, de cuyo nivel intelectual da idea una carta a sus padres de 1800 y que en esta edición se cita en los artículos complementarios: "Señora: Mama mía, Llegué bueno, con ganas de cenar. Heres mi pichona como dises y te quiero mucho y he llorado porque no beniste conmigo, que estoy güerfanito de Padre y Madre". Con estos mimbres, el drama nacional está servido.

José Aparicio: 
Godoy presentando la Paz a Carlos IV (1796)

martes, 4 de diciembre de 2018

Lecturas: Trafalgar. Episodios Nacionales, 1 (Benito Pérez Galdós)


Hace años me leí con desparejo entusiasmo los 46 tomos de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós en aquella edición barata que se regalaba con Historia 16. Antes, en la remota mocedad, leí el primero de ellos, Trafalgar, dentro de la Biblioteca RTVE de Editorial Salvat, sin que dejara un recuerdo especial. Ahora que retomo la relectura gracias a la mucho mejor edición que sacó el diario El Mundo en veintitrés volúmenes ilustrados y con introducciones y recuadros informativos, tampoco deja Trafalgar otra sensación, otra función, que la de un prólogo al gran drama, y la gran tragicomedia, del siglo XIX español. Aunque ese cometido lo desempeña mejor el siguiente título, La corte de Carlos IV. Pero aquí se trata de presentar el primer zarpazo de Napoleón a los intereses españoles, esta vez como aliado.

Bandera del "San Ildefonso".
Museo Marítimo de Greenwich

Curiosamente, el hecho de la batalla, del combate, es despachado aquí por Galdós con economía de medios y en pocas páginas, siendo más importante la descripción del daño, la angustia y vicisitudes de prisioneros y náufragos. El protagonista de esta primera serie dedicada a la Guerra de la Independencia, Gabriel de Araceli, que será pieza conductora, es descrito en su primera mocedad como un pícaro de Cádiz que a veces siente, en el fragor del peligro, con el miedo, el orgullo de la patria. Y es que tal vez sobre la mezcla de esas dos emociones es sobre  lo que trata este largo ciclo literario de Galdós.

sábado, 30 de marzo de 2013

Lecturas: El audaz. Historia de un radical de antaño (Benito Pérez Galdós)

       La segunda novela de Galdós. Histórica (cuenta las desventuras de Martín Muriel, un pelanas que se ve metido en una conspiración contra Manuel Godoy en el Madrid de 1804). Rara. Interesante. Ganas dan de desatarse uno a la manera del padre Ladrón de Guevara (que fustiga un puñado importante de títulos galdosianos, pero no menciona el que nos ocupa). Pero Galdós sabe siempre compensar los embrollos y jardines en los que a veces mete al lector. Aquí, más que la historia de amores imposibles que sirve como base para la descripción de una época que se saca a colación para advertir de los peligros del momento español, lo que se salva del libro son elementos sueltos, como la parodia del mundo pastoril en que aristócratas de entonces pretenden vivir con relamido artificio, o la figura inverosímil de Susana Cerezuelo, mujer bravía, moderna, abocada a un final terrible, o, sobre todo, el desenlace de la historia situado en Toledo, con una revuelta nocturna contada con pinceladas fantasmagóricas. 
   
       Publicada en 1871, en tiempos del rey Amadeo, es un llamamiento claro a la mesura. El radicalismo de Muriel, condenado al fracaso, es el ejemplo negativo que el lector debe aborrecer. Convertido en un quijote revolucionario, su locura política debe llevarle (y le lleva) al fracaso y la melancolía. Y esa locura termina por ser no una metáfora, sino una realidad. Es también un aviso, un borrador, de los Episodios Nacionales que pronto llegarán. De hecho, el primero de ellos, Trafalgar, se publicará dos años más tarde, siendo el suceso de referencia, la batalla naval, posterior en un año al de la fallida conjura que nos narra en El audaz. Este Galdós moralizante y político se salva por la maestría de ciertos pasajes, de la atractiva extrañeza de ciertas estampas. En tiempos en los que la convulsión vuelve a las calles, no es mala idea quedarse con el mensaje moderado de Galdós, aunque esta ficción tenga a veces demasiado a la vista ese tono de sermoneador de café que se podría haber evitado.