Hay quien ama a Tim Powers, pero no es mi caso. Por ello no diré que es "Declara" su mejor novela en muchos años, como por ahí se ha escrito. Sí diré que es un honesto, y a veces titánico, esfuerzo de de hacer lo de siempre en nuestro autor: hacer literatura fantástica de época, buscándose un marco temporal preciso (esta vez, la Guerra Fría) y trufándolo de elementos sobrenaturales. En "Las puertas de Anubis" y "Esencia oscura" consiguió, con dificultades, que su propuesta me pareciera interesante. Esta vez, simplemente aburre, confunde. Defrauda. Mezclar a Kim Philby, el espía más importante y peligroso que dio Inglaterra en el siglo XX, con ángeles que moran en el monte Ararat, a la sombra del arca de Noé, debiera haber dado para una ficción más amena y más simple. Más legible. Pero aquí Powers quiere ser tan primoroso en el estilo y en el matiz como lo es John le Carré, tan exacto en los pormenores sigilosos del género, y consigue serlo, pero a costa de descuidar el concepto genérico, digamos que estratégico, de la novela. En lo táctico, en cada capítulo, en cada episodio de acción, es válido Powers, pero en el conjunto de 568 páginas, yerra, naufraga. Aburre. Una pena. Será un libro que no merecerá una hipotética segunda oportunidad y que por lo tanto daré de baja en mi ecléctica biblioteca. De Powers me quedará, temblando ante su sino y a la espera de que el tiempo me imponga olvido, un último título superviviente, "Cena en el palacio de la discordia".
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martes, 31 de diciembre de 2013
lunes, 5 de agosto de 2013
Lecturas: El topo (John Le Carré)
De John Le Carré no había leído nada hasta ahora. Tenía el recuerdo, lejano, de la serie de televisión “Calderero, sastre, soldado, espía”, que se reducía al recuerdo de los nombres de Karla y Control como el de los antagonistas principales, el rostro pausado y venerable de Alec Guinness y la escena en que alguien hacía que se accionara un magnetófono al presionar el interruptor de la luz. Aquel título extraño de la serie es el original de la novela que aquí conocemos, en un afán notorio de simplificación, como “El topo”. Desconozco el resto de la obra de Le Carré, desconozco la opinión y la experiencia de otros lectores. La mía es la de una escritura de excelente calidad, llena de recovecos, de matices certeros y amargos, de psicologías profundas. Nada que ver con un género, el de las novelas de espías, que asociamos a James Bond, ceja alzada, pistola de oro y, a veces, carne gloriosa. Nada de eso hay aquí, sino la quietud cansada de oficinas no bien iluminadas, conversaciones de funcionarios ajenos a la épica. De hecho, no importa saber si el topo infiltrado en el servicio secreto británico se corresponde con la identidad escondida detrás de los seudónimos de calderero, sastre, soldado, pobre o mendigo. Lo que te transmite vida y verdad es esa soledad secreta, esa desolación, que acompaña a cada personaje. George Smiley, protagonista, es ejemplar en esa veracidad. Arrastrando la nostalgia y el dolor por la separación de la que fuera su mujer, es conmovedora, en su parquedad, que cuando ve, por última vez, en la novela a su infiel ex esposa, Anne, la perciba “tan alta, hermosa, impresionante como siempre, y en esencia, la mujer de otro hombre”.
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