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sábado, 29 de enero de 2022

Lecturas: Sabato. El escritor metafísico (Pablo Morosi y Sandra di Luca)


 Se hace raro leer una biografía de alguien que uno ha conocido de cerca y comprobar que el personaje, la persona, era justamente como sale en esas páginas y descubrir algunos detalles que no conocía. Morosi y di Luca han hecho una excelente investigación, sin rehuir las contradicciones tan propias de Sabato y los años oscuros en que ya había perdido, el pobre, la cabeza y fue manejado por algunos desaprensivos. Yo fui una de las fuentes para escribir esta biografía, y puedo dar fe de lo minucioso y crítico que Morosi fue. Tanto que una de las historias que podía haber incluido y de la que la única fuente era yo, la dejó fuera al no poder contrastarla, por atractiva que la historia fuera (el lector curioso encontrará esa historia de amor insatisfecho con Ulrike von Kü
hlman en otras entradas de este blog), lo que por mi parte me parece óptimo. Desde la imparcialidad, Mori y di Luca entran en las múltiples facetas de uno de los más populares y controvertidos escritores argentinos. En su capítulo, de título bien elegido, "Ojos que no ven" entran en ese momento en que la ceguera interfiere en su vida y en que juega a ver y no ver, a nadar y guardar la ropa, pero también al chapuzón vestido, de los años de la dictadura militar de Videla. Y se descubre cómo se dejó manejar y mimar por el malhadado matrimonio Kirchner y dejó empeñar su buen nombre, ya a título póstumo, con una fundación con su nombre regida por su última compañera (no esposa, ojo, lectores españoles) que entrará en conflicto con el museo en el que su hijo y nietos convirtieron la humilde casa de Santos Lugares (mi pueblo, mi barrio, en Argentina) que son los que, son duda, tienen la razón y el honor. Ciertos rasgos y detalles que Morosi y di Luca señalan como transmitidos por los más íntimos del autor me han servido para comprender que, tras cuantos años, yo también lo fui. Quien quiera saber cómo fue Sabato y su vida, que no busque más: aquí está, en esta biografía certera y bien documentada.



miércoles, 17 de abril de 2019

Manuel Alcántara, in memoriam



En un rato, Manolo, iré a verte. Esta vez no podrás llevarte las manos a la cabeza, amagando la risa, al verme de pronto con tantos kilos que desmerecían la imagen que de mí tenías como profesor hindú o como joyero de novela de Simenon. Estarás ahí, flaco y sin que te molesten las piernas que te hacían quejarte de que ahora toda esa distancia era larga. Es ahora que ya no necesitaré repetirme tu número de teléfono para descubrir que es de los escasísimos que he memorizado para siempre y que no quiero olvidarlo porque es una forma de engañarme para creer que sigues existiendo, compartiendo aunque sea sólo el clima (hoy cielo gris, amenazando lluvia en este miércoles santo pero que quedará en nada, ya no lo verás), para consolarme de tanto ignorante y tanto depredador social, para seguir acogiéndome a tu magisterio de tantas tardes y tantas noches (para Alcántara, las mañanas eran un bulo). Manolo fue junto a mi tío Pepe Fernández Silva y Ernesto Sabato (vecinos ambos de Santos Lugares) quien más influyó en mí. Para hacer que tenga yo el carácter que tengo, para que sea mi visión de la vida la que fui pellizcando de los tres. Tal vez, ahora que nombro a Manolo y a Ernesto, sea adecuado copiar una columna de 2 de mayo de 2011 en la que generosamente me nombra y glosa un encuentro que entre ellos facilité y que es también su propia necrológica a ese otro amigo, ese otro maestro:


ERNESTO SABATO


El héroe civil se ha decidido a entrar en la tumba cuando le faltaban unos días para cumplir los cien años de residencia terrestre, después de haber atravesado un largo túnel. En los últimos tiempos, que él sabía distinguir de los anteriores, aunque sospechara que el tiempo es plano y tiene una extraña simultaneidad siempre presente, no salía de su casa no de su conciencia. Era Sabato, al que le incorporamos un esdrújulo y le llamamos Sábato, un hombre a la vez secreto y cordial, atribulado y animoso. Debo a Mario Virgilio Montañéz, además de otras cosas y otras prosas, haber conocido a esa singular criatura. Mario, que desde chico tuvo vocación hispanoamericana, también llamada iberoamericana o sudamericana, iba a verle a Santos Lugares. Ningún nombre más apropiado para una peregrinación literaria. Cuando don Ernesto pasó por Málaga le llamó, quizá para demostrar que la amistad puede brincar sobre los calendarios. Más o menos unos setenta años de diferencia les unía.

He recordado alguna vez nuestra reunión en un hotel malagueño desde cuya ventana asiste el Mediterráneo como invitado. Pidió un té y nos habló de Matilde, su mujer, que no andaba bien de salud ya entonces. Nos sentamos en unos sofás muy bajos.

-«Ahora parece que los diseñan para cocodrilos», dijo.

Tenía el gran escritor algo de vendedor de cupones de la esperanza y algo de búho con permiso para salir de día.

Jamás he visto un rostro humano donde se hubiera inscrito de modo semejante el dolor colectivo. Si es cierto que cualquier persona, a partir de los cincuenta años, es responsable de su cara, hay que reconocer que esa forma facial de asumir los acontecimientos era su carné de identidad. Sobre todo desde que presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Era como si todas las investigaciones y todos los pésames de aquella época terrible le hubieran pasado factura.



Por mi parte, en enero de 2008, cuando cumplió 80 años Manolo, urdí un homenaje en las páginas del diario Sur. Entre las diversas voces que se sumaban, estaba también la mía, que lo conocí en mayo de 1984 cuando yo tenía 17 años. Ahí va mi contribución de entonces:

EL REY (y yo) 

Se hace raro el caso de Manuel Alcántara, al que los malagueños señalan cuando pasa por la calle y no son escasos los que le interrumpen para felicitarle por su labor, y hasta le piden que firme, para enmarcarla, la última página del diario “Sur”. Es insólito, y gratificante, que alguien con la palabra escrita haya ganado tanta popularidad en esta ciudad que él tanto ama y que le corresponde como pocos de sus hijos lo han conseguido. Esta fama, y general reconocimiento, de Alcántara tienen sus causas en la calidad de su escritura, que alcanza tal nivel que es difícil decir si se le prefiere como articulista o como poeta. En todo caso, tengo el honor de poder decir que como realmente más me gusta es como persona. Con un modo de hacer las cosas que es más británico que andaluz, por huir de lo abrumador y manejarse en el registro de la discreción elegante, Manuel Alcántara trata a sus amigos con detalles constantes de generosidad y de tolerancia, de comprensión y afecto. Ha pasado un cuarto de siglo desde que fui un muchacho que al hablar por vez primera con él me temblaban las piernas y me sentía indigno de poder tutearlo. Hoy, las piernas están firmes, pero me sigo sintiendo indigno de tutearlo, de considerarme a su nivel, de llamarlo Manolo. Es poco lo que aquí digo, y tantísimo lo que le debo que sólo puedo, en esta fecha, repetir torpe lo que hace poco, en otro homenaje, le decía Garci: ¡Larga vida al rey! 


La penúltima vez que nos vimos, Manolo, estabas flaco y quejoso de las distancias, y estábamos saliendo de un homenaje que celebraba por anticipado tus 90 años (esos temidos años que terminan en cero) y deseando compartir un dry Martini con los amigos, entre los que me incluiste. De aquella última cena (te has muerto, Manolo, pocas horas después de recogerse la cofradía del Rescate en la calle que fuera en la que nacísteis tanto tú como mi madre) quedó una foto que nos tomó Teodoro León Gross. Tantos años de amistad, más o menos asidua, más o menos interrumpida, con mi aversión al postureo, hace que sean muy pocas, casi inexistentes, las imágenes que compartimos. Pero no importa, Manolo. Sé que mi Olivetti turquesa que te legué hace veinte años estuvo en las mejores manos y que ahora nadie será digno de volver a usarla. En todo caso, y aunque tan amigo de los tangos bien seguro que me citarías aquel verso de Manzi de "ya nunca me verás como me vieras", te aviso de que dentro de un rato nos veremos en el Ayuntamiento, mi querido Manolo.



sábado, 18 de junio de 2011

Querido y remoto Ernesto


Al cumplirse el centenario del escritor argentino Ernesto Sabato, recientemente fallecido, ofrecemos un retrato desde la amistad y la nostalgia con Málaga al fondo
 Miro las fotos sobre la mesa, las cartas y postales, los recortes de prensa, los libros dedicados, las cintas de casete. En voz, en palabras, en imágenes, vuelve a mí alguien que fue muy querido, un amigo que durante veinticinco años me ayudó con sus consejos, con sus charlas aquí y allá, a ser quien ahora celebra, con una punzada en el pecho, los cien años desde que ese amigo naciera, un centenario que tiene demasiado cerca la fecha amarga, 30 de abril de 2011, en que murió Ernesto Sabato. No se hablará aquí de los méritos y de la obra de quien fue el último clásico argentino, erigido en conciencia moral de ese querido y maltratado país. Trato aquí, para devolverlo por unos momentos a la vida, del hombre, del amigo, del vecino, del maestro (al leer esta palabra, agitaría burlón la cabeza, desdeñando la responsabilidad).
En el Palacio Miramar.
Foto: Gloria Rueda Chaves
Cartas
Obviaré una historia familiar sobre malagueños de Colmenar, con idas y vueltas con Argentina, que resulta en el exilio de mi tío-abuelo José Fernández Silva en 1939. El lugar de ese destino austral se llama Santos Lugares, en el gran Buenos Aires, un lugar sencillo, chato y entrañable. Allí, y poco después se instalaría, a un par de calles, Ernesto Sabato. En 1985, en un intercambio de cartas con mi tío-abuelo, éste me comentaría la vecindad de Sabato. En mi respuesta, le alabé la obra de quien era, ya, uno de mis autores favoritos. Pronto, en uno de sus escasos viajes a España tras recuperarse la democracia, mi tío me entregó un libro de Sabato, “La cultura en la encrucijada nacional”, dedicado por el autor junto a la petición de que le escribiera directamente tras haberle leído mi tío esas palabras de elogio.
La respuesta de Sabato (es italiano el apellido, sus libros no ponen tilde al apellido, aunque en el membrete impreso de los sobres que utilizaba para enviar sus letras sí aparece con el incorrecto signo) no tardó en llegar. La copio tal cual no por vanidad sino por iluminar una anécdota posterior: “Santos Lugares, agosto de 1986. Gracias, querido Mario, por tu hermosa, profunda e intensa carta, que de paso, revela la existencia de un escritor que dará grandes cosas. No tengo la menor duda. Te ruego que me mandes esos cuentos de los que me hablas. Si has de publicar, y estoy convencido, tenés que elegir un nombre más corto, menos de registro civil. Mario Montañez sería uno significativo. Espero que un día podamos darnos un abrazo! E. Sabato”. Escrita con una máquina de escribir de caracteres muy pequeños, con algún tachón mecanográfico y con la firma manuscrita, y sobre un papel también muy pequeño, sería la primera de una serie de cartas que yo respondía, en deferencia a sus problemas de visión, con cartas escritas a máquina primero y a ordenador después, fotocopiadas y ampliadas en tamaño A-3 para que ese formato, parecido al de la hoja de un periódico, le proporcionara una lectura grata. En algún sitio de su casa estarán esas cartas monstruosas enviadas desde Málaga por un muchacho que fue querido y no siempre remoto.
En la Fundación Picasso.
Foto: Glotria Rueda Chaves

En el verano (español) de 1988, tras haber ganado un año antes una mención en un certamen de ensayos sobre Sabato organizado en la provincia de Buenos Aires, y conseguido lo que en 1988 eran mil dólares y que la hiperinflación habría convertido, de no haber sido oportunamente cambiado a la divisa norteamericana, al equivalente actual de 13 céntimos de euro, pude al fin conocer el país de mis tíos y de su vecino Ernesto. Primeras tardes tomando café en su biblioteca, con pequeños cuadros de Oscar Domínguez apoyados en las baldas, charlas en las que él callaba y yo hablaba cuando deseaba que fuera al revés. Después de dos meses en Santos Lugares, seguirá el cruce de correspondencia.
En el nombre del nombre
En una carta de enero de 1991 insistirá en mi nombre, en la conveniencia literaria de usar uno más breve. Esta vez, Sabato desdeña el nombre de Mario y opta por el que conmigo usaría en adelante: “Gracias, querido y siempre recordado Virgilio (insisto en este nombre) por tus cariñosas preocupaciones!”. Ya para entonces había publicado mi primer librito, un cuaderno de versos editado por Ángel Caffarena con ilustración de Eugenio Chicano y nota a la edición de Manuel Alcántara (a él debo, con la misma intensidad y cariño que Sabato haber continuado escribiendo. La doble amistad y confianza de Sabato y Alcántara son un honor que excede a mis méritos; en 1990 y en Málaga se encontrarán Sabato y Alcántara conmigo de humilde espectador). En abril de 1992 realiza en el Centro Cultural de la Villa, en Madrid, la que es la segunda exposición de sus pinturas tras haberlas mostrado, en 1989, en el Centre Georges Pompidou de París. Al día siguiente de la inauguración, hay una charla suya en el auditorio anexo a la sala de exposiciones. Acudo tras haberle confirmado telefónicamente mi asistencia. Con la sala abarrotada de público, Sabato está brillante y volcado con su mensaje. De pronto, se interrumpe en mitad de una frase, mira hacia el público en silencio. Escruta la masa. Pasa un segundo, pasan dos, pasan tres. Dice: “¿Virgilio? ¿Estás ahí, Virgilio Montañez?” Glubs. Los presentes miran a Sabato y buscan por la sala una mano que se alce.  Cuento un segundo, cuento dos, cuento tres. Me levanto. Alzo la voz “Sí, aquí estoy, Ernesto”. Sonríe, me señala. Dice “Está bien. Él se llama Mario Virgilio Montañez, es un gran escritor que se empeña en usar ese nombre espantoso, tan de registro civil, en vez de firmar como Virgilio Montañez, que es tan hermoso. Y como es un cabezota, sé que no me hará ningún caso”. Me siento, entre risas, con las mejillas rojas y lleno de orgullo y pudor.

Sabato en la Fundación Picasso.
Foto: Gloria Rueda Chaves

Hojeo los libros sobre la mesa, la veintena de ediciones diversas autografiadas. En un ejemplar de “Heterodoxia”, un simple “A Virgilio, gracias por esta visita” y la firma, en “Sobre héroes y tumbas”, “Para Virgilio, con un gran y fuerte abrazo” y la mención de julio de 1991; en un “Abaddón”, “Para Virgilio este libro que me dio tanto trabajo, tanto éxtasis y tanta desesperación. Julio de 1991”; en “El escritor y sus fantasmas”, “Recuerdo de este cariñoso encuentro. Gracias, Virgilio. Agosto de 1996”. Momentos, en Madrid y en Santos Lugares, en los que compartimos conversaciones y confidencias. Y que en Málaga tuvieron su plenitud.
Un verano malagueño
Agosto de 1990. Sabato participa en el Curso Superior de Filología Hispánica. Me llama el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, Curro Flores. Me dice que informado por Sabato de que soy el único amigo que tiene en Málaga, me encarga acompañarlo cada día mientras aquí esté. Asisto a la primera y multitudinaria charla que da en la sede de la Caja de Ahorros de Málaga en la avenida de Andalucía, y a la mañana siguiente voy a recogerlo en la cafetería de la azotea del Hotel Málaga Palacio. Allí está con Francisco Ayala y con Hans Meinke, jefe máximo de Círculo de Lectores. Me presenta a ellos con exageraciones sonrojantes. Quedamos en acompañarlos al día siguiente a la Casa Natal de Picasso, en la que aún trabajo. Al día siguiente, sólo Ayala y su esposa me acompañarán. Por la tarde, Sabato me pedirá que le cuente mi vida entera. “Para comprender bien a las personas que de veras quiero, necesito saber su vida. Tenemos tiempo, Virgilio. Contame”. Procedo a volcar mi autobiografía íntima a lo largo de más de una hora en la que apenas me interrumpe, escuchándome con una sonrisa tímida y gesto de psicoanalista piadoso. No hay distancias entre nosotros. Me siento en paz. Al día siguiente, iremos a la Fundación Picasso, que visitará con respetuosa lentitud. En una charla con Manuel Alvar, en el Curso que se celebra en el salón Príncipe de Asturias del Miramar, habla del exilio y de la patria propicia que es el idioma. Otro día visitamos Marbella, acompañados por María José de Miguel, esposa de Curro Flores, y un chófer del Ayuntamiento. Tomamos café en la Plaza de los Naranjos, paseamos, charlamos. En la sobremesa del almuerzo, en un restaurantito modesto frente al mar, suspira, invoca a Matilde, su esposa, la elogia. Le acompaño en el encomio. Mira al mar, suspira. Pregunta: “¿Queda lejos Torremolinos?” Le informo. Se explica: “Allá vive una vieja amiga, Ulrike von Kühlmann, a la que hace décadas que no veo”. Me cuenta la historia de Ulrike, una alemana hija de un funcionaria nazi represaliado por el régimen, que en el Buenos Aires de los años 40 encandiló a Sabato y éste se la presentó a quien de ella, “como un colegial”, se enamoró: Borges. Recientemente, al conocer que su hijo Jorge Federico Sabato era Ministro de Cultura del gobierno de Alfonsín, y para que se instalaran en una sala especial de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, le había hecho llegar a su casa de Santos Lugares varias cajas llenas de libros y manuscritos de Borges que en una infructuosa labor de cortejo había regalado a Ulrike. “Figurate, el Borges más íntimo, al que tantos se empeñan en presentar como mi enemigo, está, en sus cartas y en esos poemas de enamorado en el sótano de mi casa”. Me hablaba de la esplendorosa y sofisticada belleza de Ulrike, de cómo el fantasma de aquella pasión nunca satisfecha parecía estar tras “Ulrica”, el relato que en “El libro de arena” es la clave para comprender la tumba, los símbolos, que Borges había elegido para su tumba en Ginebra... Le animé a llamarla, a verla, a revivir aquella amistad prodigiosa y remota. “No, Virgilio. No la veré. Ella me habrá visto en los diarios, en los libros, en la televisión. Sabe que soy este viejo espantoso. Yo prefiero seguir viéndola como aquella mujer bellísima tan inteligente. No quiero tener en mi mente una imagen como la mía. A lo más, la llamaré desde el hotel”.
En Marbella.
Foto: María José de Miguel Molina

En vista de que su último día en Málaga estaba vacante, sobre la marcha quiso organizar, un sábado por la mañana, un encuentro con los escritores malagueños que entonces, hace tanto, éramos jóvenes. Aquella conversación se celebró en la sala de juntas del Archivo Municipal. En las páginas del “Diario de la Costa del Sol” se especificó que “En la reunión, prolongada durante más de cuatro horas, Sábato respondió a las numerosas preguntas formuladas por los jóvenes, convirtiéndose el encuentro informal en una verdadera clase magistral sobre los porqués del arte literario”. En “Diario 16 de Málaga” y en la edición nacional se publicaría la única entrevista concedida por Sabato durante esa estancia malagueña. El titular, “Creen que voy a morirme, pero yo tengo otros planes”. Los autores, M. V. Montañez y Héctor Márquez. El último encuentro, pleno de melancolía, será en Badajoz en 2002. Nublada la memoria por un incipiente Alzheimer, yo seré un extraño. Y él, una añoranza imborrable.

En el Archivo Municipal de Málaga.
Foto: María José de Miguel Molina

Mucho, mucho más, queda en este tintero enlutado y emocionado y triste. Miro una humilde tarjeta que firma “La Comisión de Vecinos”. El texto es interesante. Tras una cita de Sábato (con tilde en la tarjeta) se dice que “Invitamos a Ud al agasajo que ofreceremos a nuestro ilustre vecino Don Ernesto Sábato, gloria viviente de las Letras Argentinas, con motivo de sus 80 años, junto a su esposa Matilde, en el Club Defensores de Santos Lugares, el día 26 de Julio de 1991, a las 19’30 horas”. Allí estuve, con mi compañero Salvador Bonet, tras participar con sendos dibujos en una carpeta que le fue entregada en ese acto de homenaje y en el que estuvo vibrante y cariñoso, apocalíptico y bromista. Sus palabras (de fondo las escucho en una cinta de casete) son las de un amigo, las de un vecino, las de un maestro que ahora, con la muerte aún viva, cumple 100 años y que en la niebla del recuerdo me sonríe tras las gafas oscuras al ver que firmo, sólo hoy, con el nombre que él para mí quiso.
Virgilio Montañez
Artículo publicado en diario Sur el 18 de junio de 2011

sábado, 30 de abril de 2011

Ernesto Sabato, in memoriam

Hace unas horas ha muerto en Santos Lugares, que es su pueblo y el mío aunque ni él ni yo, hayamos nacido allí un 24 de junio (él, de 1911, yo de 1966), Ernesto Sabato. Fuimos amigos, compartimos jornadas en Santos Lugares, en Madrid y en Málaga, él me dio su apoyo cuando ya entonces yo era nadie, él me animó a escribir como si para ello yo hubiera nacido. Estoy triste. Me gustaría poder improvisar una elegía a quien fue parte de mi vida y de mi esperanza. Pero no puedo. No, al menos, ahora. Por ello recurron a un artículo que publiqué en Sur el 20 de junio de 2008 en el que intentaba retratar al que no puedo tildar de gran escritor sino de gran hombre. Desde Málaga, querido don Ernesto, te echaré de menos. Sit tibi terra levis.

Ernesto Sabato, antes del fin

DESDE el tren de cercanías que viene de la capital federal, el paisaje es el usual de esos pueblos del Gran Buenos Aires que se suceden sin diferencias entre ellos, en los que los límites los señalan aceras que pertenecen a uno u otro municipio. Al llegar a Santos Lugares, todo sigue siendo fábricas abandonadas o decrépitas, una llanura monótona de humildes casas de una o dos plantas a lo sumo, y la sorpresa vertical que suponen una iglesia que copia literalmente el santuario francés y milagrero de Lourdes y un gran árbol, no lejos de las vías, que se clava afilado en el cielo gris.

Un observador profano lo confundirá con un ciprés gigantesco. Quien sepa lo bastante del más importante vecino del pueblo, lo identificará con una araucaria. La araucaria que todo lector de Ernesto Sabato conoce como el árbol de su jardín que resiste indiferente los embates de la vida y de la melancolía del hombre que junto a él medita. Ese árbol se convierte, al llegar el 24 de junio de los últimos veinte años, en un faro que atrae a los medios de comunicación para conocer las circunstancias de la celebración del cumpleaños, cuando están ahora por cumplirse 97, de quien sigue siendo, contra viento y marea, el escritor más reconocido, más respetado, más amado, de Argentina.

Esa casa visitada por escritores, artistas, presidentes, hasta por reyes, fue habitada previamente por uno de los pioneros del cine argentino, Federico Valle, y por el novelista brasileño Jorge Amado durante su exilio argentino, que como el propio Sabato fue candidato al Premio Nobel de Literatura. Allí se afincó nuestro autor, en una calle con nombre de alguien que nunca existió por esas erratas fantásticas de la burocracia, en 1944, adoptando desde el primer momento una actitud de cercanía con sus vecinos, de modo que son varias las generaciones de habitantes de Santos Lugares que en sus años escolares pasaron por la casa del escritor para consultar su biblioteca para completar sus deberes entre meriendas servidas por Sabato y por su esposa, Matilde Kuminsky-Richter.

Esa actitud de cercanía es la que le ha llevado, durante décadas, a recibir a cuanta persona, normalmente jóvenes lectores, han querido acercarse a quien nunca vivió sobre un pedestal dentro de una torre de marfil. Desde hace una década, Sabato mantiene una lucha con las autoridades para conseguir que su casa sea convertida en museo cuando él ya no esté, junto con el deseo de ser enterrado en su jardín. En las páginas de uno de uno de sus últimos libros, considerado su testamento espiritual y en el que esboza a grandes líneas su autobiografía, 'Antes del fin' (1999) enuncia parcialmente esa voluntad: «He separado los cuadros que quiero que permanezcan como patrimonio de la casa, y las primeras ediciones, junto a los libros de Matilde, a sus poesías y a sus cuentos inéditos. Quiero que todo en la casa quede tal cual está, con sus roturas y con sus paredes medio descascaradas. Como también el viejo samovar de la familia rusa de Matilde y la colección Sur, que albergó mis comienzos en la literatura. Esta casa donde nació mi obra y donde murió Matilde, con la vieja araucaria, la morera y estos pinos centenarios».

Juventud y rebeldía

Convertido ahora en el referente moral de la nación, la voz a la que se acude buscando un diagnóstico, un análisis, una esperanza en tiempo de tribulaciones, Ernesto Sabato vive los últimos años intentando poner en orden sus recuerdos y su legado, y a ese propósito contribuyen sus tres últimos, y tardíos, libros: 'Antes del fin', 'La resistencia' (2000) y 'España en los diarios de mi vejez' (2004). Antes de esos títulos, su anterior libro, 'Entre la letra y la sangre', se remonta a 1988, justamente antes del cual se incluye el informe 'Nunca más', también conocido con su apellido, sobre los desaparecidos bajo la dictadura de Videla.

Sin duda, el régimen militar alteró para siempre su obra literaria a pesar de la leyenda negra que tanto ha circulado sobre su visita a Videla, acompañado de Jorge Luis Borges, del presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y del sacerdote Leonardo Castellani, que cierta prensa describe como una visita de admirada cortesía al sanguinario presidente mientras que la documentación conservada avala la explicación de Sabato de que fueron a protestar por los excesos criminales del régimen, tal como avala el elocuente y apasionado ensayo 'Sabato moral' de Félix Grande. Esta segunda explicación de la controvertida visita concuerda con el encargo realizado en 1983 por el presidente electo Raúl Alfonsín de presidir la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y con su actitud ética ante al peronismo.

Dedicado a la investigación científica y a la docencia a la llegada del peronismo, Sabato no tardó en enfrentarse con la nueva situación, tal como relataba en una entrevista en 1957: «En 1945 mataron a un estudiante en las calles de Buenos Aires. Junto con veintitantos profesores, protesté por el asesinato y fui exonerado de mi cátedra. Dirigí entonces una nota pública al entonces ministro Benítez, diciéndole que no me asombraban los procedimientos nazis del gobierno -dados sus antecedentes-, sino los errores de sintaxis, ya que el decreto emanaba del Ministerio de Instrucción Pública. Fui condenado a dos meses de prisión por desacato».

Este tropiezo con la dictadura populista que dominaría argentina será compensado, tras caer la dictadura merced a un golpe de estado en 1955, con su nombramiento como director de la prestigiosa revista 'Mundo Argentino'. Pero, insobornable, arriesga, y pierde el cargo. Según relata sucintamente en una entrevista: «Cuando la llamada Revolución Libertadora llegó hasta lo peor, las torturas a militantes peronistas, yo lo denuncié una noche, por Radio Nacional, dando nombres y apellidos. Se armó un gran escándalo. A los dos días salió una larga declaración de escritores y artistas condenándome, lo que significa que de alguna manera justificaban las torturas». Dos breves opúsculos testimonian esta atrevida e incómoda postura, 'El Caso Sabato. Tortura y libertad de prensa' (1955) y 'El otro rostro del peronismo' (1956).

Hoy, Sabato se considera un anarquista cristiano, algo que ya fue, sin contradicciones, Tolstoi y ha tejido en sus ensayos una coherente metafísica de la esperanza. Es el último clásico vivo de la literatura argentina pero haber dejado una obra inmortal no compensa la mortalidad de quienes amó. Bajo la araucaria, mientras se suceden indiferentes y torpes los vagones del tren de cercanías, Ernesto Sabato intenta no pensar en el calendario y escribe: «La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza». Estas palabras son, más allá de una invitación a la resistencia frente al dolor, la descripción, la justificación, de una vida. De una vida antes del fin.
En 1961 publica su segunda novela, 'Sobre héroes y tumbas', quizás la obra más lograda de su producción, aunque más ambiciosa, pero irregular, será su tercera y última obra de ficción, 'Abaddón el Exterminador' (1974), en la que se presagia con elocuencia la locura del régimen de la dictadura de Videla y que consigue el premio al mejor libro extranjero publicado en Francia, un reconocimiento que Sabato estima casi tanto como el Premio Cervantes que alcanzará en 1984 mientras es presidente de la comisión que investiga las desapariciones durante la dictadura.

En 1979, una enfermedad ocular le hace renunciar al ejercicio continuado de la literatura. A partir de ese instante, será la pintura el cauce para expresar sus obsesiones, en forma de turbios y atormentados cuadros de raíz expresionista y que raramente ha mostrado. En 1995 su hijo Jorge Federico, que fue ministro de Educación y Justicia, morirá en un accidente de tráfico, un golpe que le hizo tambalearse, pero el que lo derribó llegaría el 30 de octubre de 1998, cuando Matilde muera a consecuencia de una arterioesclerosis que la llevó a un coma que le evitó conocer la muerte de su hijo. Los reconocimientos finales, la ayuda de su secretaria y compañera durante casi treinta años, Elvira González Fraga, el calor constante de sus vecinos, hacen lo posible por compensar la incomprensión, la angustia, el desasosiego, de tantas, tantas, décadas.
Dictaduras y civismosDe regreso en Buenos Aires, se casa con Matilde en 1936, y al año siguiente es doctor en Ciencias Físico-Matemáticas. En 1938, una beca le envía de regreso a París con una beca de investigador en el laboratorio Jolliot-Curie a la vez que por la noche frecuenta a André Breton y el grupo surrealista parisino. Esta doble vida le hace compararse con una honrada ama de casa que por la noche practicara la prostitución. Más aún, «En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba».

Esta lucha interior terminará haciéndole abandonar la ciencia durante el período 1940-1945 para dedicarse a la literatura. Nuevamente en Argentina, en 1941 comienza a publicar artículos literarios tras haber publicado diversos ensayos científicos. El compromiso asumido por su beca parisina le hace dar clases sobre ingeniería y física cuántica en la Universidad de La Plata.

La dictadura peronista le expulsará de la docencia y le enfrentará a la pobreza. En ella se curtirá como escritor, publicando en ese periodo sus libros de ensayo 'Uno y el universo' (1945), 'Hombres y engranajes' (1951), 'Heterodoxia' (1953) y su primera novela, 'El túnel' (1948) que Thomas Mann tildará de magnífica, y de la que admirará «su sequedad e intensidad» Albert Camus, que propone la edición del libro en Francia. Sucesivamente, también se publicará en inglés y en sueco.
Plenitud y drama. Pero no es Santos Lugares, sino otro pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, Rojas, donde Sabato nació. En 'Antes del fin' describe la circunstancia luctuosa de su nacimiento: «Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. [...] Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico».

Acomplejado, sonámbulo, comienza siendo niño a escribir y dibujar, pero el momento clave de estos años es su contacto con la creación literaria a través de Pedro Henríquez Ureña, profesor en su colegio secundario en La Plata. Al mismo tiempo, en 1926 se adentra en el activismo primero anarquista y después comunista. Como curiosidad, en esta época estuvo a punto de abandonar los estudios por su afición/adicción al ajedrez.

Estudiante de Física en la Universidad de La Plata, el primer golpe militar argentino del siglo XX le lleva a pasar a la clandestinidad en 1930, siendo buscado por la policía con mayor ahínco a partir de 1933, cuando pasa a ser Secretario General de la Juventud Comunista. Por entonces le acompaña Matilde, su futura esposa, a la que conoce durante una charla sobre marxismo y que ante la oposición familiar ha huido con él, dedicado a la agitación revolucionaria.

Este fervor comunista se agotará al llegar las purgas de Stalin, y ante la invitación a pasar dos años en Moscú en una escuela para cuadros del Partido, aprovecha una parada en Bruselas en la que debe participar en un congreso antifascista, huye a París escapando de los que fueron sus compañeros y en los que pasa a ver potenciales verdugos. Su rechazo del comunismo, aunque admirará a idealistas como Che Guevara, es algo que aún no se le ha perdonado a Sabato.


Cifras, surrealismo y letras

De regreso en Buenos Aires, se casa con Matilde en 1936, y al año siguiente es doctor en Ciencias Físico-Matemáticas. En 1938, una beca le envía de regreso a París con una beca de investigador en el laboratorio Jolliot-Curie a la vez que por la noche frecuenta a André Breton y el grupo surrealista parisino. Esta doble vida le hace compararse con una honrada ama de casa que por la noche practicara la prostitución. Más aún, «En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba».

Esta lucha interior terminará haciéndole abandonar la ciencia durante el período 1940-1945 para dedicarse a la literatura. Nuevamente en Argentina, en 1941 comienza a publicar artículos literarios tras haber publicado diversos ensayos científicos. El compromiso asumido por su beca parisina le hace dar clases sobre ingeniería y física cuántica en la Universidad de La Plata.

La dictadura peronista le expulsará de la docencia y le enfrentará a la pobreza. En ella se curtirá como escritor, publicando en ese periodo sus libros de ensayo 'Uno y el universo' (1945), 'Hombres y engranajes' (1951), 'Heterodoxia' (1953) y su primera novela, 'El túnel' (1948) que Thomas Mann tildará de magnífica, y de la que admirará «su sequedad e intensidad» Albert Camus, que propone la edición del libro en Francia. Sucesivamente, también se publicará en inglés y en sueco.

Plenitud y drama

En 1961 publica su segunda novela, 'Sobre héroes y tumbas', quizás la obra más lograda de su producción, aunque más ambiciosa, pero irregular, será su tercera y última obra de ficción, 'Abaddón el Exterminador' (1974), en la que se presagia con elocuencia la locura del régimen de la dictadura de Videla y que consigue el premio al mejor libro extranjero publicado en Francia, un reconocimiento que Sabato estima casi tanto como el Premio Cervantes que alcanzará en 1984 mientras es presidente de la comisión que investiga las desapariciones durante la dictadura.

En 1979, una enfermedad ocular le hace renunciar al ejercicio continuado de la literatura. A partir de ese instante, será la pintura el cauce para expresar sus obsesiones, en forma de turbios y atormentados cuadros de raíz expresionista y que raramente ha mostrado. En 1995 su hijo Jorge Federico, que fue ministro de Educación y Justicia, morirá en un accidente de tráfico, un golpe que le hizo tambalearse, pero el que lo derribó llegaría el 30 de octubre de 1998, cuando Matilde muera a consecuencia de una arterioesclerosis que la llevó a un coma que le evitó conocer la muerte de su hijo. Los reconocimientos finales, la ayuda de su secretaria y compañera durante casi treinta años, Elvira González Fraga, el calor constante de sus vecinos, hacen lo posible por compensar la incomprensión, la angustia, el desasosiego, de tantas, tantas, décadas.

Dictaduras y civismos

Convertido ahora en el referente moral de la nación, la voz a la que se acude buscando un diagnóstico, un análisis, una esperanza en tiempo de tribulaciones, Ernesto Sabato vive los últimos años intentando poner en orden sus recuerdos y su legado, y a ese propósito contribuyen sus tres últimos, y tardíos, libros: 'Antes del fin', 'La resistencia' (2000) y 'España en los diarios de mi vejez' (2004). Antes de esos títulos, su anterior libro, 'Entre la letra y la sangre', se remonta a 1988, justamente antes del cual se incluye el informe 'Nunca más', también conocido con su apellido, sobre los desaparecidos bajo la dictadura de Videla.

Sin duda, el régimen militar alteró para siempre su obra literaria a pesar de la leyenda negra que tanto ha circulado sobre su visita a Videla, acompañado de Jorge Luis Borges, del presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y del sacerdote Leonardo Castellani, que cierta prensa describe como una visita de admirada cortesía al sanguinario presidente mientras que la documentación conservada avala la explicación de Sabato de que fueron a protestar por los excesos criminales del régimen, tal como avala el elocuente y apasionado ensayo 'Sabato moral' de Félix Grande. Esta segunda explicación de la controvertida visita concuerda con el encargo realizado en 1983 por el presidente electo Raúl Alfonsín de presidir la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y con su actitud ética ante al peronismo.

Dedicado a la investigación científica y a la docencia a la llegada del peronismo, Sabato no tardó en enfrentarse con la nueva situación, tal como relataba en una entrevista en 1957: «En 1945 mataron a un estudiante en las calles de Buenos Aires. Junto con veintitantos profesores, protesté por el asesinato y fui exonerado de mi cátedra. Dirigí entonces una nota pública al entonces ministro Benítez, diciéndole que no me asombraban los procedimientos nazis del gobierno -dados sus antecedentes-, sino los errores de sintaxis, ya que el decreto emanaba del Ministerio de Instrucción Pública. Fui condenado a dos meses de prisión por desacato».

Este tropiezo con la dictadura populista que dominaría argentina será compensado, tras caer la dictadura merced a un golpe de estado en 1955, con su nombramiento como director de la prestigiosa revista 'Mundo Argentino'. Pero, insobornable, arriesga, y pierde el cargo. Según relata sucintamente en una entrevista: «Cuando la llamada Revolución Libertadora llegó hasta lo peor, las torturas a militantes peronistas, yo lo denuncié una noche, por Radio Nacional, dando nombres y apellidos. Se armó un gran escándalo. A los dos días salió una larga declaración de escritores y artistas condenándome, lo que significa que de alguna manera justificaban las torturas». Dos breves opúsculos testimonian esta atrevida e incómoda postura, 'El Caso Sabato. Tortura y libertad de prensa' (1955) y 'El otro rostro del peronismo' (1956).

Hoy, Sabato se considera un anarquista cristiano, algo que ya fue, sin contradicciones, Tolstoi y ha tejido en sus ensayos una coherente metafísica de la esperanza. Es el último clásico vivo de la literatura argentina pero haber dejado una obra inmortal no compensa la mortalidad de quienes amó. Bajo la araucaria, mientras se suceden indiferentes y torpes los vagones del tren de cercanías, Ernesto Sabato intenta no pensar en el calendario y escribe: «La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza». Estas palabras son, más allá de una invitación a la resistencia frente al dolor, la descripción, la justificación, de una vida. De una vida antes del fin.