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miércoles, 1 de febrero de 2017

Notas sobre un cuadro de Chagall

Hace unos días tuve una gratísima charla con Belén Torregrosa (www.belentorregrosa.com) para convertirla en un podcast que ya será redifundido en este blog. Todo giraba alrededor del cuadro El paseo (1918) de Marc Chagall. Basándome en la explicación dada por el rabino León Benguigui en una reciente actividad de la Colección del Museo Ruso, espigué de la Biblia una serie de citas que, por sí mismas, y sin apenas comentario adicional mío,que sirven para amar esta obra maestra emocionada. 




TODAS LAS CITAS BÍBLICAS: Versión de Casiodoro Reina y Ciprano de Valera (1569-1602). Se han subrayado, en cada cita, las palabras clave.

Sobre poner arriba:

Y será que, si oyeres diligente la voz de Jehová tu Dios, para guardar, para poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te pondrá alto sobre todas las gentes de la tierra;
Deuteronomio 28:1

Y te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola: y estarás encima solamente, y no estarás debajo; cuando obedecieres á los mandamientos de Jehová tu Dios, que yo te ordeno hoy, para que los guardes y cumplas.
Deuteronomio 28:13
 Su izquierda esté debajo de mi cabeza, Y su derecha me abrace.
Cantar de los Cantares 2:6

Vino:

¡Oh si él me besara con ósculos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino.
Cantar de los Cantares 1:2

Llévame en pos de ti, correremos. Metióme el rey en sus cámaras: Nos gozaremos y alegraremos en ti; Acordarémonos de tus amores más que del vino: Los rectos te aman.

Cantar de los Cantares 1;4

 Llevóme á la cámara del vino, Y su bandera sobre mí fue amor.

Cantar de los Cantares 2:4

¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía! ¡Cuánto mejores que el vino tus amores, y el olor de tus ungüentos que todas las especias aromáticas!

Cantar de los Cantares 4:10

Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía: cogido he mi mirra y mis aromas; he comido mi panal y mi miel, mi vino y mi leche he bebido. Comed, amigos; bebed, amados, y embriagaos.

Cantar de los Cantares 5:1


Yo te llevaría, te metiera en casa de mi madre: tú me enseñarías, y yo te hiciera beber vino adobado del mosto de mis granadas.


Cantar de los Cantares 8:2

NOTA: en el cuadro de Chagall sólo hay una copa, junto a la botella de vino. La explicación está en que en las bodas judías se rompe una copa envuelta en un paño, pisada por el novio. Con ello se evoca la destrucción del segundo Templo de Salomón, en señal de que estando destruido el templo -representado por la copa-, la alegría no puede ser completa. Mostrar esa solitaria copa, ahora llena e intacta en mitad del florido paño y acompañada por una botella de vino, significa que Chagall reclama una alegría conyugal plena y jubilosa. 

Ganado (la vaca sobre la colina):

Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma, Dónde repastas, dónde haces tener majada al medio día: Porque, ¿por qué había yo de estar como vagueando Tras los rebaños de tus compañeros?
 Si tú no lo sabes, oh hermosa entre las mujeres, sal, yéndote por las huellas del rebaño, Y apacienta tus cabritas junto á las cabañas de los pastores.
Cantar de los Cantares 1:7-8

Mi amado es mío, y yo suya; él apacienta entre lirios.

Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, tórnate, amado mío; sé semejante al gamo, o al cabrito de los ciervos, sobre los montes de Bether.


Cantar de los Cantares 2:16-17

Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalem, por las gamas y por las ciervas del campo, que no despertéis ni hagáis velar al amor, Hasta que quiera.

Cantar de los Cantares 3:5

He aquí que tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa; Tus ojos entre tus guedejas como de paloma; Tus cabellos como manada de cabras, Que se muestran desde el monte de Galaad.

Tus dientes, como manadas de trasquiladas ovejas, Que suben del lavadero, Todas con crías mellizas, Y ninguna entre ellas estéril.


Cantar de los Cantares 4:1-2

Tus dos pechos, como dos cabritos mellizos de gama, que son apacentados entre azucenas.
Cantar de los Cantares 4:5

Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron. Tu cabello es como manada de cabras, que se muestran en Galaad.

Tus dientes, como manada de ovejas que suben del lavadero, todas con crías mellizas, y estéril no hay entre ellas.


Cantar de los Cantares 6:5-6

Rama (a la izquierda del cuadro):

Como el manzano entre los árboles silvestres, Así es mi amado entre los mancebos: bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce en mi paladar.
Cantar de los Cantares 2:3

Sustentadme con frascos, corroboradme con manzanas; porque estoy enferma de amor.

Cantar de los Cantares 2:5

¿Quién es ésta que sube del desierto, Recostada sobre su amado? Debajo de un manzano te desperté: Allí tuvo tu madre dolores, Allí tuvo dolores la que te parió.
Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo: Porque fuerte es como la muerte el amor; duro como el sepulcro el celo: sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama.
Cantar de los Cantares 8:5-6

Rama de manzano

Paisaje/Huerto:

¡La voz de mi amado! He aquí él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados.

Cantar de los Cantares 2:5

Hasta que apunte el día y huyan las sombras, Iréme al monte de la mirra, Y al collado del incienso.

Cantar de los Cantares 4:6

Conmigo del Líbano, oh esposa, conmigo ven del Líbano: Mira desde la cumbre de Amana, desde la cumbre de Senir y de Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los tigres.

Cantar de los Cantares 4:8

Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía: cogido he mi mirra y mis aromas; he comido mi panal y mi miel, mi vino y mi leche he bebido. Comed, amigos; bebed, amados, y embriagaos.

Cantar de los Cantares 5:1

Al huerto de los nogales descendí a ver los frutos del valle, y para ver si 
brotaban las vides, si florecían los granados.

Cantar de los Cantares 6:11

Huerto cerrado eres, mi hermana, esposa mía; fuente cerrada, fuente sellada.
Tus renuevos paraíso de granados, con frutos suaves, de cámphoras [cinamomo] y nardos, nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso; mirra y áloes, con todas las principales especias. Fuente de huertos, Pozo de aguas vivas, Que corren del Líbano. Levántate, Aquilón, y ven, Austro: sopla mi huerto, despréndanse sus aromas. Venga mi amado a su huerto, y coma de su dulce fruta.

Cantar de los Cantares 4:12-16


Mi amado descendió a su huerto, a las eras de los aromas para apacentar en los huertos, y para coger los lirios.
Yo soy de mi amado, y mi amado es mío: él apacienta entre los lirios.

Cantar de los Cantares 5:2-3

Ven, oh amado mío, salgamos al campo, moremos en las aldeas.

Levantémonos de mañana a las viñas; veamos si brotan las vides, si se abre el cierne, si han florecido los granados; allí te daré mis amores.

Las mandrágoras han dado olor, y a nuestras puertas hay toda suerte de dulces frutas, nuevas y añejas. Que para ti, oh amado mío, he guardado.

Cantar de los Cantares 7:11-13

Nota:
La iglesia, destacada en tonos rosados en el centro del paisaje, justamente en consonancia con el color del vestido de la esposa de Chagall, Bella Rosenfeld, es la catedral de la Asunción en Vitebsk. Hay, sin duda, una afinidad cromática y simbólica entre la advocación del templo y la maternidad de Bella, que escasamente nueve meses tras su boda con Chagall, en julio de 2015, daría a luz a la única hija del matrimonio, Ida. Para reforzar el carácter judío del paisaje, Chagall desplaza el barrio judío, tras la verja, y lo sitúa al pie de la iglesia, cuando realmente un río separaba ambos elementos.



La Asunción, a la izquierda de la imagen
Nota 2:




La fórmula que aparece en diversas ocasiones en el Cantar de los Cantares (Shir ha Shirin  en hebreo) Yo soy de mi amado, y mi amado es mío se pronuncia, por parte de los contrayentes en la boda y en hebreo (Aní ledodí vedodí lí) y se graba también en el interior de los anillos que los esposos se intercambian.



Verja

Mi amado es semejante al gamo, o al cabrito de los ciervos. Helo aquí, está tras nuestra pared, mirando por las ventanas, mostrándose por las rejas.

Cantar de los Cantares 2:9

Tiempo:

Mi amado habló, y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente.

Porque he aquí ha pasado el invierno, hase mudado, la lluvia se fue;

Hanse mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción es venido, Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola;
La higuera ha echado sus higos, y las vides en cierne dieron olor: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente.


Cantar de los Cantares 2:10-13


El amado:

Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil.

Su cabeza, como, oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo.

Sus ojos, como palomas junto a los arroyos de las aguas, que se lavan con leche, y a la perfección colocados.
Sus mejillas, como una era de especias aromáticas, como fragantes flores: Sus labios, como lirios que destilan mirra que trasciende.
Sus manos, como anillos de oro engastados de jacintos: Su vientre, como claro marfil cubierto de zafiros.
Sus piernas, como columnas de mármol fundadas sobre basas de fino oro: Su aspecto como el Líbano, escogido como los cedros.
Su paladar, dulcísimo: y todo él codiciable. Tal es mi amado, tal es mi amigo, Oh doncellas de Jerusalem.


Cantar de los Cantares 5:10-16


Nota:
El pájaro que Chagall sostiene en la mano derecha, que le hace sostener en cada mano a personajes con la capacidad de volar mientras él es el intermediario entre la tierra y el cielo, puede ser una referencia a El pájaro azul, fantasía teatral de Maurice de Maeterlinck estrenada en Moscú en 1908 y convertido en uno de los libros favoritos de Bella. Es el pájaro azul de la felicidad, según Maeterlinck, que todos quieren atrapar. Y que Chagall efectivamente ha atrapado. 

La amada

Morena soy, oh hijas de Jerusalem, mas codiciable; como las cabañas de Cedar, Como las tiendas de Salomón.
No miréis en que soy morena, porque el sol me miró. Los hijos de mi madre se airaron contra mí, hiciéronme guarda de viñas; y mi viña, que era mía, no guardé.

Cantar de los Cantares 1:5-6

¿Quién es ésta que se muestra como el alba, Hermosa como la luna, Esclarecida como el sol, Imponente como ejércitos en orden?

Cantar de los Cantares 6:10

¡Cuán hermosos son tus pies en los calzados, oh hija de príncipe! Los contornos de tus muslos son como joyas, obra de mano de excelente maestro.

Tu ombligo, como una taza redonda, que no le falta bebida. Tu vientre, como montón de trigo, cercado de lirios.

Tus dos pechos, como dos cabritos mellizos de gama.
Tu cuello, como torre de marfil; tus ojos, como las pesqueras de Hesbón junto a la puerta de Bat-rabbim; tu nariz, como la torre del Líbano, que mira hacia Damasco.
Tu cabeza encima de ti, como el Carmelo; y el cabello de tu cabeza, como la púrpura del rey ligada en los corredores.
¡Qué hermosa eres, y cuán suave, oh amor deleitoso!
Y tu estatura es semejante a la palma, y tus pechos a los racimos!


Cantar de los Cantares 7:1-8


Epílogo argentino:

Oliverio Girondo: Espantapájaros (1932). Poema 1º:


No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel lija. 
Le doy una importancia igual a cero, 
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco 
o con un aliento insecticida. 
Soy perfectamente capas de soportarles 
una nariz que sacaría el primer premio 
en una exposición de zanahorias; 
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible

-no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! 
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, 
tan locamente, de María Luisa. 
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? 
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado? 
¡María Luisa era una verdadera pluma! 

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, 
volaba del comedor a la despensa. 
Volando me preparaba el baño, la camisa. 
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres... 
¡Con que impaciencia yo esperaba que volviese, volando, 
de algún paseo por los alrededores! 
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. 
"¡María Luisa! ¡María Luisa!".... y a los pocos segundos, 
ya me abrazaba con sus piernas de pluma, 
para llevarme, volando, a cualquier parte. 
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia 
que nos aproximaba al paraíso; 
durante horas enteras nos anidábamos en una nube, 
como dos ángeles, y de repente, 
en tirabuzón, en hoja muerta, 
el aterrizaje forzoso de un espasmo 
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., 
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! 
¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... 
las de pasarse las noches de un solo vuelo! 

Después de conocer una mujer etérea, 
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? 

¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer 
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? 
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender 
la seducción de una mujer pedestre, 
y por más empeño que ponga en concebirlo, 
no me es posible ni tan siquiera imaginar 

que pueda hacerse el amor más que volando.






lunes, 12 de noviembre de 2012

Notas reiterativas sobre el mito del eterno retorno

Artículo publicado en "Paradigma: revista universitaria de cultura ", nº 4, 2007

Una intuición, un apunte, lleva a otro en este jardín de senderos bifurcados. Así, en un principio fue Borges en dos momentos de uno de sus libros de plenitud, justo antes de que todo fuera evocación e insistencia. De esta manera, en el relato "El evangelio según Marcos", perteneciente a “El informe de Brodie”, afirma “También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota”. Más adelante, en el mismo volumen y en la narración que le da título, sostiene: “Sabemos que el pasado, el presente y el porvenir ya están, minucia por minucia, en la profética memoria de Dios, en Su eternidad; lo extraño es que los hombres puedan mirar, indefinidamente, hacia atrás pero no hacia adelante.”


Estas sugerencias de que el tiempo es estable, inmóvil, en la memoria de Dios y que a los hombres sólo nos está permitido acceder a escasos instantes que, en suma, se corresponden escrupulosamente a dos modelos, el de la Ilíada y el de la Biblia, lleva a considerar lo mantenido por Northrop Frye en su ensayo “La escritura profana”, según el cual toda ficción occidental no hace sino repetir esquemas míticos ya recogidos en la Biblia, que es a su vez la exposición de un vasto sistema mitológico, entendiéndose como mitología “un vasto cuerpo narrativo conectado entre sí, que abarca toda la revelación religiosa e histórica que atañe a su sociedad o se refiere a ella”.  Aún más, para Frye “la Biblia constituye el ejemplo supremo de cómo pueden los mitos, bajo ciertas presiones sociales, agruparse para formar una mitología. Una segunda mirada a esta mitología nos demuestra que de hecho llegó a ser, durante la Edad Media y posteriormente, un vasto universo mitológico, extendiéndose en el tiempo desde la creación hasta el apocalipsis, y en el espacio metafórico desde el cielo hasta el infierno. Un universo mitológico es una visión de la realidad en términos de intereses, angustias y esperanzas humanas: no es una forma primitiva de la ciencia”.

Frye

Eliot Trimegisto

      Anudando las ideas de Frye con las intuiciones de Borges, podemos llegar a una concepción de la existencia que es básicamente la de antes de que ciencia y mito se escindieran, un tiempo en el que la vida se reduce a seguir un esquema puramente biológico (“como si vivir fuera tan sólo respirar”, tal como dice Lord Tennyson en su propia re-elaboración del mito homérico, el poema “Ulises”), un ciclo infinitamente repetido de nacimiento-desarrollo-muerte, en el que todo consiste en repetir los modelos anteriores. De este modo, el tiempo sigue la concepción circular de la rueda que gira tal como Eliot asocia a Phlebas el Fenicio (oh tú que das vuelta a la rueda y miras a barlovento, / considera a Phlebas, que fue en otro tiempo tan gallardo / y alto como tú) y que, según mantiene Thomas Cahill en “El legado de los judíos” sería rota por los israelitas al instaurar una concepción lineal del tiempo. 

Esta concepción del tiempo como condena es la que constituye, al fin y al cabo, el cimiento del mito del eterno retorno, tal como señala Mircea Eliade en su ensayo “El mito del eterno retorno”: “En el detalle de su comportamiento consciente, el “primitivo”, el hombre arcaico, no conoce ningún acto que no haya sido planteado y vivido anteriormente por otro, otro que no era un hombre. Lo que él hace, ya se hizo. Su vida es la repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros”. Esta repetición de los gestos de otro, de un “otro” que no puede ser sino una figura mítica, de lo que se deducen de los mitos valores orales y de enseñanza que a su vez daría origen a las primeras manifestaciones literarias, es plenamente pre-industrial, perteneciente a épocas en que el hombre se regía por el orden de la naturaleza, que es cíclico, orden dentro del que el hombre, impotente, se incluía antes de pretender ser su domeñador ya en época industrial ni, mucho menos, su intérprete como sucederá cuando del mito se pase al logos. 
Será en ese momento del devenir histórico cuando, repitiendo el gesto de rebeldía enunciado por el mito de Prometeo, cuando se intente comprender los mecanismos del tiempo como primer paso para su dominio y usando como herramienta el mito entendido en tanto medio de expresión de ideas y conceptos de carácter metafísico, en opinión de Eliade: “Si nos tomamos la molestia de penetrar en el significado auténtico de un mito o de un símbolo arcaico, nos veremos en la obligación de comprobar que esta significación revela la toma de consciencia de una cierta situación en el cosmos y que, en consecuencia, implica una posición metafísica”. Poseído de esta auto-conciencia a la manera en que Ernesto Sábato retrata al ser humano en su paso desde la felicidad zoológica a la insatisfacción metafísica, el hombre se encuentra de frente a la perplejidad que le produce la imperturbable fidelidad de los ciclos naturales proyectados a la vez sobre la propia psique y las primeras concepciones religiosas, lo que en definitiva le lleva al que puede ser el más insistente y persistente de los mitos del hombre arcaico: el mito del eterno retorno.
 Este mito no se circunscribe a las creencias de la Antigüedad, sino que se transmuta y resurge en la generalidad de las ideologías políticas al derivarse de la penosa consciencia de un tiempo inmóvil y a la vez reiterativo la necesidad de una esperanza de redención, una ruptura de la rueda que nos permita alejarnos de la identificación con el fenicio de Eliot, la liberación de la sumisión ciega, estéril, a las normas de la naturaleza. Ese anhelo de romper con lo inevitable, de subvertir las normas de la reiteración, se concreta en las esperanzas mesiánicas, tal como analiza con meridiana transparencia Norman Cohn en “El cosmos, el caos y el mundo venidero”. Escindida así la mentalidad entre dos planos de realidad, el de un presente perfectible en que se está atrapado y un futuro de redención y perfecto, la vida en esta realidad se presta a ser interpretada como un reflejo, una emanación, de algún dios del que copiamos los gestos, eco de un mundo ulterior, ultraterreno, al que sólo nos es dado el acceso a través del simulacro de la vida. Surgen, pues, al tiempo que las concepciones maniqueas y gnósticas, la creencia, no ajena a lo que aducirá Platón, de la duplicidad, en forma de simulacro, de lo real: la Jerusalén Terrestre existe gracias a la pre-existencia de una Jerusalén Celeste.
Así, sometiéndonos a esta mecánica especular y circular, es como toda vivencia más allá de lo biológico y ordinario es reflejo de un mito, los que Frye identificaba con los de la Biblia y Borges con el rey de Ítaca y el hijo de un carpintero hebreo. Como parte del juego de dobles, de simetrías, de retornos, los héroes habrán de vivir encarnaciones sucesivas, y así el rey Arturo de Bretaña pasará a ser “el rey que fue y que será”, Hitler se identificará a sí mismo como encarnación de Federico el Grande, José Antonio Primo de Rivera será reverenciado como el Ausente con una reverencia casi adventicia y esperado como un mesías secreto, Saddam Hussein se auto-invocará como avatar de Saladino, e incluso el general Perón habrá de verse engrandecido, en la década de los sesenta e inicios de los setenta, por ingenuas profecías de retorno y redención.
Borges en su laberinto

      No es otra que la nostalgia del paraíso la fuerza que alimenta este torrente confuso de esperanzas, la que nutre la cadena de repeticiones y arquetipos que Mircea Eliade presenta como los pilares del mito del eterno retorno que a la larga se transforma, en vista de la evolución de la Historia, en la constatación de una serie infinita de fracasos al pretenderse la reinstauración atemporal e inmóvil del Edén, misión que habrá de otorgarse a los dioses, a los dirigentes convertidos en dioses de sí mismos, cuando no en torpes demiurgos, en mesías que tampoco podrán evitar las repeticiones, dándose lugar a la creencia en la segunda venida de diversas figuras y divinidades en credos muy diversos, entre losa que cabe mencionar el Cristianismo con la parusía de Cristo,  el Hinduismo con Vishnú, el Islam con Jesús, el Mahdi o Mirza Ghulam Ahmad, el Bahaísmo con Bahá'u'lláh o la iglesia de Swedenborg con la figura del propio visionario sueco. Incluso en la más reputada tradición mesiánica, la judía, el mesías es contemplado en una venida duplicada: por una parte el Mesías hijo de José, que ha recibido al menos seis atribuciones, condenado al fracaso y cuya misión es preparar la venida del definitivo redentor, que sería el Mesías hijo de David.

Mircea Eliade Superstar

      Como se observa, en ninguna de las esferas se está a salvo del regreso. En el laberinto de espejos de los milenios, sólo cabe repetir las muecas de otros, adoptar sus palabras, imitar los gestos esbozados antes por dioses "porque ejemplo os he dado para que como yo he hecho a vosotros, vosotros también hagáis" (Juan, 23, 15), y es que "el que en mí cree, él también hará las obras que yo hago" (Juan, 14, 12). Y quien si acaso estas palabras que ahora terminas de leer, es otro quien las y otro es quien ahora coloca tras la palabra final el punto y final.