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domingo, 21 de noviembre de 2021

Lecturas: Civilizaciones (Laurent Binet)

 Laurent Binet es tonto. Poco más hay que decir. Eso es todo, señoría. 

Escribir un libro como éste es algo innecesario. Vacuo, pueril. Tonto una vez más. Yo, tan amigo de las ucronías cuando están bien hechas, terminé llevando el ejemplar, nuevecito, y de camino el de su correcta novela sobre el asesinato de Heydrich, HHhH (2014) a un árbol del centro de Málaga donde la gente deja sus libros que ya no quiere dejar en casa. En origen, esa roca Tarpeya de papel se originó con los sobrantes chamuscados de la librería Proteo y después ha seguido así. Al día siguiente, se habían llevado ambos. Espero que a revender.




Lo que jode de este libro es que teniendo como asunto qué hubiera sido de Europa si los aztecas hubieran descubierto Europa es una soberano estupidez. Primero describe, cómo no, puestos a quitar méritos, la llegada de vikingos a las costas de Terranova para ir bajando hasta llegar al cono sur. Y dejando un culto sincrético que mezcla a la Pachamama con Odín. ¿Quieren más dislates? Pues llega Colón y termina cautivo, fané y descangayado. Y son los incas confabulados con los taínos de Cuba, Higenamota y Atahualpa, tanto monta, monta tanto, los que apañan lo que queda de los barquichuelos de Colón y se presentan en Lisboa con sus plumas y quetzales, tiran para Toledo y Granada (o Sevilla, lástima que largué el tochín) para a lo tanto descalabrar a Carlos V y a partir de ahí, liberando a la península ibérica de la funesta Inquisición, que díganme si no es suerte y llegar a tiempo pillar un Auto de Fe en pleno esplendor, oh yeah, y después llegan los aztecas que sí se comen a los niños y son muy malos y todo es concordia y paz y juegos florales gracias al Imperio Inca de Occidente (bueno, Oriente para ellos). Una soberana memez que termina con unas aventuras de Cervantes que tras pasarlas putas, y con la ayuda del Greco convertido en un ninja católico, tal cual, e incluso tras pasarse una temporadita gorroneando en casa de Montaigne, se embarca para las Indias.

Todo en un nivel tonto, ya les dije. Y que incluso tampoco es original, pues la historia de base, el descubrimiento precolombino de Europa ya lo trató el argentino Federico Andahazi en su novela El conquistador (2006). No es que el libro atufe a Leyenda Negra, es que es una paparrucha. Una gilipollez con páginas. Huyan. Y si eso, búsquense el de Andahazi y me cuentan. Peor seguro que no es. 


martes, 28 de abril de 2020

Lecturas: En el día de hoy (Jesús Torbado)

Ganó el Premio Planeta en 1976. Es decir, el primero tras la muerte de Franco. Con la recién estrenada libertad se abría el paso a propuestas alternativas, como la de preguntarse qué hubiera sucedido si la República hubiera ganado la Guerra Civil. De ahí que esta mala novela comience con un último parte de guerra alternativo: En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército faccioso, han alcanzado las tropas republicanas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El presidente de la República, Azaña.  Madrid, 1 de abril de 1939.


He dicho que mala novela porque el autor no aporta una trama convincente, ni personajes creíbles, ni mínimamente interesantes. Todo lo contrario: hay un Hemingway de testigo hablando un español perfectísimo, hay un emboscado de los jesuitas que nada aporta, hay una descarriada con drama personal y bobo, hay un agente fascista italiano que urde un atentado contra la Pasionaria. Y todo así, plano y chato, y con una visión de la República idílica con Prieto en la jefatura del gobierno y Besteiro como presidente de la República. Una España en la que de pronto comunistas y anarquistas se llevan la mar de bien, en la que no se persigue y martiriza a los vencidos. En la que una taberna se llama La Colmena y la regenta doña Rosa, la misma que en el café de la novela homónima de Cela, y que incluso como aquella se arranca con un pues nos ha merengado. Tal cual. Todo de un buenismo idiota. Y narrada con un ritmo narrativo digamos que correcto. La gran ucronía de nuestras letras es un bluff. Una pena.  


 

viernes, 31 de enero de 2020

Lecturas: Blitzkrieg! (Roberto Bartual)


A veces he escrito reseñas aquí de libros de autores con los que guardo una vieja amistad. Es el caso de María Elvira Roca Barea, de Antonio Soler o de Isabel Bono. Ahora le toca a un amigo muy querido, cuyas primeras creaciones seguí de cerca, escritas con un talento desmesurado: Roberto Bartual, de quien ya reseñé su ensayo sobre Jack Kirby. Y, lo lamento, reseño una novela suya, su primera ficción amplia, y muy ambiciosa, que no he llegado a comprender. Pero que, a la vez, me ha gustado porque aprecio su esfuerzo. Más bien, puedo decir que esta vez me gusta, como siempre e incluso un poco más, Roberto Bartual. Pero, arrojo al fin la máscara de la amabilidad y llamo vino al pan, no me ha gustado Blitzkrieg! Me explico.


                Cada capítulo se abre con una imagen y un texto explicativo de la misma que marcan el sentido de lo que le sigue. Así, se abre el libro con una foto de Eduardo VIII de Inglaterra, fechada en septiembre de 1939. Para el lector avezado en historia, se inicia un juego que se mantendrá hasta el final de la novela: Eduardo abdicó en su hermano Jorge VI en diciembre de 1936, por lo que desde ese primer pie de foto nos moveremos en el terreno de la ucronía. Y comienza bien, con novedosas armas nazis que devastan Londres más de lo que hicieron las V-1 y V-2, armas tras las que está la tecnología de Nikola Tesla. Asistiremos, pese a todo, a la derrota nazi a través de la tecnología que puede deberse a Edison o a Tesla. El clásico juego de superhéroes enfrentados tiene aquí la forma del duelo entre un Edison convertido en un ciborg inmortal y un Tesla fantasmal. Es obvio que ambos personajes ya habían desaparecido (Edison murió en 1931, Tesla en plena segunda Guerra Mundial, en 1943). La incredulidad del lector queda suspendida como sucede en el género de la ciencia ficción al que esta novela pertenece. Enseguida nos encontraremos con un diario escrito en Spandau por Albert Speer (el “nazi bueno” tan debatido), acompañado por Rudolf Hess. En la página 148 finaliza la primera parte de la novela, que es la que disfruté hasta lo indecible. Con la entrada en escena de Edison, de un Orson Welles que en esta visión ucrónica retrata en Ciudadano Kane a Edison, de Timothy Leary, de Hunter S. Thompson, de Kenneth Anger, de Robert Gordon Wasson y de Albert Hofmann, descarrila, para mí (y tal vez no para otros lectores) el libro. Que se hace psicodélico y confuso. La guerra de Vietnam no existe, siendo sustituida por un conflicto equivalente en Argelia, entra en danza la CIA con el proyecto MK-Ultra, la costa oeste es una tierra salvaje al cuidado de los profetas de la contracultura, y el LSD y las psilocibinas, el viaje en el tiempo es posible gracias a Tesla y los mundos paralelos son reales, con posibilidades como una presidencia de Leary con Speer en la vicrepresidencia. Además, hay bombardeos con cápsulas llenas de soldados muertos revividos y convertidos en zombies. La imaginación es desbordante. Pero ese desborde exige de lectores diferentes a mí. Al leer esta novela con creciente dificultad y placer decreciente, sigo admirando la audacia de Roberto Bartual a la vez que lamento haberme quedado fuera del camino. La próxima vez será.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Ficciones alternativas


Además del clásico de Philip K. Dick, quien en el delirante final de su vida, marcado por consumo de drogas y alucinaciones religiosas, llegó a creer que vivía realmente en un universo ucrónico en el que el Imperio Romano pervivía en el momento de su muerte en 1982, la ucronía como género literario dará en el siglo XX títulos tan interesantes como “Lo que el tiempo se llevó” (XXX) de Ward Moore en el que un viajero en el tiempo altera involuntariamente la Guerra de Secesión norteamericana llevando a la Confederación a la victoria (estos Estados Unidos son objeto de un una reciente película, “C.S.A. (Confederate States of America)” en la que se llega a mostrar, como en un falso documental, venta de esclavos a través de teletienda), “Patria” (1992) de Robert Harris, ambientada en la Alemania de los años 60 que sigue siendo nazi, al igual que sucede en la antología “Hitler victorioso: once relatos de la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial” (1988),  “Pavana” (1968) de Keith Roberts donde se muestran los efectos de una conquista española de Inglaterra gracias a la exitosa Armada Invencible, con el resultado de que la Revolución Industrial se da mucho más tardíamente y el peso de la Iglesia católica, Inquisición incluida, es abrumador. Acaba de aparecer en español “Britania Conquistada”, del especialista en el género Harry Turtledove, una ucronía muy sugerente y documentada en que la Invencible triunfa, España ha asentado su dominio en tierras inglesas, la reina Isabel I está prisionera en la Torre de Londres, los ánimos de los nacionalistas ingleses empiezan a inquietarse y el servicio de espionaje español encomienda una obra que alabe las virtudes de Felipe II que encarga a William Shakespeare al que se le sitúa, para comprobar su fidelidad a la monarquía hispánica, al capitán Lope de Vega. Por otro lado, las ucronías españolas tienen excelentes ejemplos en dos novelas de 1976,  “En el día de hoy” de Jesús Torbado y “El desfile de la victoria” de Fernando Díaz-Plaja, ambas bajo la premisa del triunfo republicano en nuestra Guerra Civil. La más reciente y valiosa, literariamente, de las ucronías viene de la mano de Philip Roth con su novela “La conjura contra América” en la que Roosevelt pierde las elecciones de 1940 y es elegido presidente Charles Lindbergh, que mantiene una política neutralista en la guerra, filonazi y atrozmente antisemita. 

                               CSA (Confederate States of America)

Ucronías: otro mundo es posible

[Hace algunas semanas publiqué en este blog un comentario sobre "Britania conquistada", una novela ucrónica de Harry Turtledove. Recupero aquí un artículo breve y otro extenso, publicados en diario Sur hacia septiembre de 2005, para conocer mejor ese género usualmente fascinante.]


Si éste no es el mejor de los mundos posibles, ¿entonces cuál lo es?
 Voltaire, “Cándido”, 1759

Un hombre escribe una novela en la que imagina que Japón y Alemania han perdido la Segunda Guerra Mundial. Mientras se escribe la novela, agentes de ambas potencias buscan al autor porque la encuentran subversiva, ya que fueron ambas naciones las verdaderas triunfadoras del conflicto y Estados Unidos está separado en dos zonas de ocupación, regidas por los vencedores. A grandes líneas, éste es el argumento de “El hombre en el castillo”, novela de Philip K. Dick publicada en 1962. Una ucronía que tiene como tema la negación de la misma. Pero antes de avanzar más allá, definamos qué significa tal palabra.

Según un artículo de Gilberto Quintero Ramírez, la definición sería la siguiente: “Dícese de la literatura que especula sobre mundos alternativos en los cuales los hechos históricos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos”. El término fue acuñado por Charles Renouvier en su libro de 1876 “Ucronía (La utopía en la Historia). Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea del modo que no ha pasado pero que podría pasar”, con la distinción de que si utopía es lo que no existe en ningún lugar, ucronía es lo que no existe en ningún tiempo. Así, la ucronía pertenece de lleno a la literatura especulativa, pero no sólo a la literatura sino a la historiografía, al ser en ella misma donde tiene su primera manifestación y en la que ha tenido sus últimas manifestaciones de reconocimiento oficial. Así, la primera ucronía conocida la recoge Tito Livio en el noveno libro de su clásica “Historia de Roma desde su fundación” al contemplar la posibilidad de que Alejandro Magno hubiera llevado sus anhelos de conquista hasta atacar Roma en el siglo IV a. C. No es raro que una ucronía pueda, por tanto, desembocar, y hasta confundirse a veces, en una utopía, ya que cada cambio histórico puede dar lugar a cambios socialesy políticos más que destacables y no siempre negativos.


Siglo XIX

Tras la conmoción que supusieron las guerras napoleónicas, en pleno romanticismo y poco después de que Mary Shelley hubiera dado lugar al nacimiento oficial del género que hoy llamamos ciencia ficción (en el que suelen encuadrarse las ucronías como un subgénero) con su novela “Frankenstein o el Moderno Prometeo” (1816), el autor francés  Louis Napoléon Geoffroy-Château publicó en 1836 el libro “Napoleón y la conquista del mundo, 1812-1823: Historia de la Monarquía Universal” en la que imaginaba el triunfo absoluto de Bonaparte tras haber decidido abandonar la campaña de Rusia antes de que el invierno de 1812 marcara su primer gran revés y el inicio de su caída. El atractivo de esta propuesta para el nacionalismo francés dio lugar a diversas obras en las que a partir de estos postulados se creaban nuevas e imaginarias biografías de Napoleón. En el ámbito anglosajón el género nacería en 1846 con el relato de Nathaniel Hawthorne “P.S. Correspondence”, aunque habría de esperar a 1895 para que Castello Holford  publicara la primera novela en inglés, “Aristopía. Una novela-historia del Nuevo Mundo”, en la que el masivo descubrimiento de oro por parte de los primeros colonos de Norteamérica da lugar a una sociedad utópica.


Siglo XX

Las ucronías no tardaron en convertirse en una moda de rápido, aunque restringido, éxito, cuyo siguiente hito sería, continuando con las teorías napoleónicas, el ensayo, de 1907, escrito por el historiador británico George Macaulay Trevelyan sobre si Bonaparte hubiera ganado la batalla de Waterloo, lo que coinduce al Reino Unido al “trillado camino de la tiranía y el oscurantismo”. Pero el verdadero éxito “académico” de las ucronías llegará en 1932 con la obra editada por John  Collings Squire “Si hubiera sucedido de otra manera. Lapsus de Historia Imaginaria” en la que escritores y periodistas de prestigio aventuraban sus propias historias alternativas. Así, Philip Guedalla imaginaba una España en la que los árabes hubieran vencido a la Reconquista y que en el siglo XVIII se convierte en un imperio musulmán, o Chesterton imagina la boda de Don Juan de Austria con María Estuardo, H. A. L. Fischer imagina a Napoleón escapando a América y uniéndose a Bolívar, Harold Nicolson sitúa a Lord Byron como rey de Grecia, Milton Waldman conjetura lo que hubiera pasado si Lincoln hubiera sobrevivido a su magnicidio, André Maurois inventa una Francia sin revolución gracias a la imaginada valentía de Luis XVI y el propio Winston Churchill da una vuelta de tuerca al ponerse en la piel de un historiador norteamericano y sudista, en unos Estados Unidos en que los confederados habrían ganado la guerra, que elucubra cómo sería el país si hubieran sido las tropas del Norte las vencedoras. Como se ve, el germen de la idea de la novela de Philip K. Dick está en esta fantasía de Churchill. Más imaginativa literariamente es la hipótesis escrita por el propio Squire acerca de qué hubiera pasado si en 1930 se hubiera descubierto que Sir Francis Bacon fue el verdadero autor de las obras de Shakespeare. Y además, Shakespeare sería el autor de las obras de Bacon.



Bajo el influjo de Clío

La historiografía reciente se ha ocupado también de este juego, o ejercicio, de la ucronía, en dos libros recientes,  “Historia virtual. ¿Qué hubiera pasado si...?” (1998), editado por Niall Ferguson en el que historiadores de diversos países imaginan con el mayor rigor alternativas entre las que las más sugerentes son la inexistencia de la Independencia de Estados Unidos, de la Guerra Civil Española y del derrumbe del comunismo, así como la invasión nazi de Inglaterra, e “Historia virtual de España (1870) ¿Qué hubiera pasado si...” (2004) en el que se va desde el no asesinato de Prim hasta el no apoyo de Aznar a la invasión de Irak, pasando por el hipotético rechazo de Alfonso XIII al golpe de Primo de Rivera, la participación española en la Segunda Guerra Mundial y la supervivencia de Carrero Blanco.

martes, 19 de agosto de 2014

Lecturas: Britania conquistada (Harry Turtledove)

La ucronía no puede ser complaciente, boba, previsible. Si se nos ofrece una ficción, debe abandonar el corsé académico, no quedarse en el resultado de un encargo infantil de redacción. Imaginemos un colegio inglés. Corbatitas y pecas. A ver, niños, el tema es: ¿qué hubiera pasado si la Armada Invencible hubiera triunfado? Y los escolares se dedican a decir que Inglaterra hubiera estado muy mal, que los malvados papistas habrían instaurado la Inquisición. Que es justamente lo que Turtledoe hace aquí, y buscando un final feliz, como si de un escolar bienintencionado y patriótico, se le ocurre devolver las aguas a su cauce, restaurar la historia y hacer que los malvados españoles sean rechazados y restaurada en el trono la reina Isabel I. Una novela muy mala de un autor del que ya había disfrutado otra novela ucrónica, "En presencia de mis enemigos", que partía de una victoria nazi en la Segunda Guerra Mundial. El recuerdo de la magnífica novela (aunque es casi una sucesión de relatos) "Pavana" de Keith Roberts sobre las consecuencias, a partir del siglo XIX, de la conquista española de Inglaterra, hacía que el libro de Turtledove se presentara especialmente seductor.


Aquí, sin embargo, todo es tonto y desaprovechado. La trama se basa en que las autoridades españolas le proponen a Shakespeare que redacte un drama sobre Felipe II para ser representado cuando, en breve, el Rey Prudente muera. El barón de Burghley, Willian Cecil, que vive en la clandestinidad, le hace otro encargo, un drama épico sobre Boadicea y su rebelión contra los romanos. Como responsable de vigilar de cerca al dramaturgo, los españoles buscan otro compañero de pluma: el teniente Lope de Vega, que en sus peripecias llegará incluso a matar, en una pelea con armas blancas, al mismísimo Christopher Marlowe. Algo tan prometedor (y tan bizarro, si incluye episodios como el combate Lope/Marlowe) queda anulado por la impericia del autor. Y me refiero a Turtledoe, que logra una novela fallida con un desenlace mejorablemente mejorable, idiotamente idiota, al que añade un capítulo de cierre prescindible que es otro canto al almíbar y la tontería. Qué lástima de libro. Qué horas malgastadas. Que el título original, Ruled Britannia, trasunto del Rule Britannia musicado por Thomas Arne sea lo más original del volumen resulta no alarmante sino triste, muy triste. Para esto, mejor fue que los barcos se hundieran...