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miércoles, 24 de abril de 2019

Manuel Alcántara: prólogo a "Cinco Quimeras" (1996) de Mario Virgilio Montañez


En junio de 1996, Rafael Inglada me sorprendió con un abrumador regalo: la edición, por sorpresa, de mi librito de poemas en prosa Cinco quimeras (Ediciones Rafael Inglada, colección Las hojas del matarife, nº 1, Málaga, 1996) con un prólogo encargado para la ocasión por Manuel Alcántara. En ese prólogo está todo el cariño y la generosidad de quien siempre se consideró mi viejo amigo. Hoy se cumple una semana de su muerte. El dolor de su ausencia se mantendrá siempre. 


POSTAL PARA MARIO

No sé cómo se ha descuidado tanto, con lo formal que ha sido siempre, pero lo cierto es que Mario Virgilio Montañez cumple treinta años de residencia terrestre. Quiere decirse que sigue siendo joven, pero ya no lo es. (Los únicos cumpleaños que importan son los que tienen cero. A partir de ahora le va a dar lo mismo esa fecha y va a tener el respiro de una década.) ¡Qué cosa tan rara, el tiempo! Un escritor al que él se sabe muy bien, dada su vocación de sudamericano, Borges, lo dijo de un modo insuperable: el tiempo es un tigre que me devora, pero yo soy ese tigre.

Quizás para saber todo o casi todo lo que vale la pena saber baste con leer las Coplas de Jorge Manrique y con mirar el mar. Naturalmente, Mario le ha dedicado muchas horas a esas dos cosas, además de a muchas otras: a amar, a conversar, a pensar, a viajar… Acaso no le hubieran sido imprescindibles porque él lo sabe todo desde que era un niño, antes de la barba intermitente y del aspecto de profesor hindú. Sus primeros balbuceos en prosa o en verso, no eran balbuceos. Podía haberlos firmado Sabio Virgilio Montañez. Supongo que se le reveló todo el enigma de la vida cuando se despidió de su madre con un beso en un cristal frío. No lo sé. Sólo sé que tenemos que ir de librerías esta misma semana y que, cada vez que estoy con él, aprendo.

MANUEL ALCÁNTARA

Manuel Alcántara: nota a la edición de "Esta muerte que ha nacido", de Mario Virgilio Montañez (1988)


En  el verano de 1988, estando yo en Argentina, donde se escribieron algunos de esos poemas, Manuel Alcántara, que desde hacía 4 años antes era mi amigo, propició que se publicara en Málaga mi primer libro: Esta muerte que ha nacido, publicado por ängel  Caffarena como número 27 de su colección ängel Poesía, con una ilustración de Eugenio Chicano y nota a la edición de Manuel Alcántara. El tono del librito, en realidad una plaquette, lo delata la cita de Quevedo que lo abre y lo titula, el primer cuarteto de su soneto titilado Lamentación amorosa y postrero sentimiento de amante:

No me aflige morir; no he rehusado
acabar de vivir, ni he pretendido
alargar esta muerte que ha nacido
a un tiempo con la vida y el cuidado.

Lo más valioso de este raro cuadernito es el texto que lo cierra y en el que Manuel Alcántara hacía de mí un elogio del que aún me siento indigno y que muestra  la generosidad del poeta y amigo hacia aquel remoto muchacho de 22 años. He aquí sus palabras:


Era un niño entonces y todo parece indicar que va a seguir siéndolo, ya que ha decidido nacionalizarse en su infancia. Era un niño Mario Virgilio Montañez cuando se le reveló lo único que nos es dado entender mientras vivimos: que la vida es ininteligible. Lo grave fue que esa revelación le sobrevino de modo brusco, en el mismo momento en que murió su madre. A partir de ahí empezó a remover instantes, a reconstruir emociones y a bucear en él mismo para emerger con unas cuantas palabras en las manos. Unas palabras que explicasen lo inexplicable y que levantaran acta de su paso por el mundo. También a partir de ahí empezó a narrar historias, por lo común algo lóbregas.

Poeta cierto y prosista cierto, no es temerario aventurar que Mario Virgilio va a dar mucho que hablar y, sobre todo, mucho que leer. Su timidez se extingue cuando está ante los folios y ordena sus confesiones o sus coartadas. Mientras, estudia, se deja examinar por sus profesores, acude a una exposición o una cita y lo mira todo con un asombro ponderado, a través de los cristales de unas gafitas plateadas, como de joyero de novela de Simenon o de seminarista antiguo. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que este jovencísimo escritor no es él más que cuando está solo. Tampoco es una prueba de sagacidad predecir que estamos ante un pura raza de las letras, ese oficio que según Ramón Gómez de la Serna consiste en meterse en casa a escribir sin saber si se está haciendo por la vida o por la  muerte. Alcance las metas que alcance, que puede alcanzarlas todas, este muchacho que tiene aire de sobrino de Kafka, sabe ya que lo único importante es el camino.

Una vez más, es Ángel Caffarena –Arcángel Caffarena, para los íntimos- el que hace posible la primera publicación de un poeta. Mario Virgilio Montañez, que ganó el Premio Hucha de Oro cuando tenía 19 años, es conocido por sus relatos en el suplemento literario del Sur”, pero ésta es su primera entrega poética. Aquí comparecen inviernos y pupilas, llantos pétreos, buques inmóviles y murciélagos silenciosos. Un mundo inventado para averiguar cómo es el mundo.

MANUEL ALCÁNTARA





jueves, 30 de marzo de 2017

Presentación al libro de Roberto Bartual "Jack Kirby. Una odisea psicodélica"



Hubo en tiempo en que un personaje de Puccini y otro de Joyce, EL personaje de Joyce, charlaban en un chat sobre literatura con ingenio y un precoz descreimiento. De eso hace ya veinte años y aquellos que se ocultaban tras una máscara italiana y otra irlandesa son los que aquí comparecen, en mi Málaga natal y en la que Roberto no descarta asumir como parada final. Nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos. Pero con la diferencia de que la brillantez de aquel muchacho que aún no había escrito ningún relato, y que cuando poco después lo hizo, con un prosa plenamente madura y asombrosa por su elegancia, no ha hecho sino confirmarse y aumentar más y más. La mía, que estaba en su esplendor entonces, se ha ido apagando con minuciosa calma a medida que me sumerjo en museos y otras cosas sin importancia.

Lo cierto es que Roberto Bartual es, a día de hoy, la persona con más talento que he conocido en éste mi medio siglo de vida. Sus críticas de cine, sus relatos de ciencia ficción, sus ficciones culturales (perfecta y premiada, de antología, es aquella que troca las identidades y el destino de dos pintores: uno, nuestro paisano Picasso, el otro, un tal Adolf Hitler), decía, todo aquello que Roberto toca, sin excluir sus traducciones, entre las que destacan una edición de Cumbres Borrascosas de Emily Brontë ilustrada por Balthus y otra de El espejo del amor de Alan Moore ilustrada por José Villarrubia, está dotado del signo de la perfección, de la capacidad de seleccionar lo mejor entre lo que es óptimo y dotarlo, a su vez, de elegancia y no poco humor. Todo ello, teñido de una insaciable curiosidad y una envidiable capacidad para no estarse quieto, que nos ha hecho cruzarnos mensajes que le situaban a él en San Diego y a mí en Ankara, o a mí en Seúl y a él en Buenos Aires. Esa vertiginosa habilidad para ahondar en disciplinas y culturas muy diversas es la que posiblemente ha llevado a Roberto Bartual a ese mundo, mestizo donde los haya, de la historieta. 

Autor de una tesis (con premio extraordinario de doctorado) sobre Narraciones Gráficas (tal es el título del libro que sintetiza aquel estudio), de Roberto conocía yo su pasión y entusiasmo por ese genio que es Alan Moore, responsable de historietas como The Watchmen, V de Vendetta, From Hell o La liga de los caballeros extraordinarios, y su trabajo como guinista de una serie de cómic, Los Ángeles de María, nos sorprende ahora con esta monografía sobre Jack Kirby de quien, lo reconozco, poco sabía. Pero si aclaramos que es el responsable de títulos como Capitán América, Los cuatro fantásticos o Thor, a veces junto a Stan Lee que a veces eclipsa la participación de Kirby, todo empieza a estar más claro. Si creemos que el libro es sólo sobre la relación del dibujante y guionista con la psicodelia, como el título promete, la lectura nos dará la gratísima sorpresa de que es mucho más, de que nos encontramos con lo que parece otra vez el resumen de una tesis, de ambiciosa que es la obra, pero expresada con una facilidad y una ligereza que hace a veces asomar la sonrisa cuando es un libro que gira en torno a un tipo que hacía tebeos para la Marvel pero que a la vez estaba en la órbita de Jung, de lo Sublime expresado en términos kantianos, del arte maya, de Stanley Kubrick (soberbio es el capítulo dedicado a la adaptación que Kirby hizo del 2001 de Kubrick), de Philip K. Dick, de los teóricos de la contracultura y que siendo un tipo que, en palabras de Bartual, tomaba té con pastas mientras otros tomaban LSD, supo asomarse a la oscuridad, a traspasar, y uno aquí el título de dos películas altamente respetadas por Roberto, “Las puertas del cielo” “To the wonder”. 



El libro nos deja con ganas de lanzarnos a las 25.000 páginas que Kirby dibujó, adentrándonos en un autor complejo para el que los paisajes alucinatorios, psicodélicos, y las luchas a mamporrazos entre superhéroes y villanos malignos no eran sino lo sagrado, lo sublime, lo que está más allá de toda lógica y que sólo podemos aceptar con los ojos cerrados o rechazar desde nuestra seguridad de animalitos envalentonados por haber alguna vez descubierto el fuego. De todo ello trata este ensayo magistral. Pero antes de escuchar a Roberto, de quien siempre aprendo, y mucho, cada vez que estoy con él, les hago un aviso: este libro produce adicción. A Jack Kirby, sí. Pero sobre todo a Roberto Bartual.



lunes, 25 de junio de 2012

El imperio eres tú


Presentación de la novela "El imperio eres tú", Premio Planeta 2011, de Javier Moro. Acto celebrado en el Centro Andaluz de las Letras (Málaga) el 4 de junio de 2012.


Este acto, la presentación de “El imperio eres tú”, de Javier Moro, se convierte en un placer. Tal vez porque presentar a Javier es algo obvio, innecesario. Miro mi ejemplar de “Pasión india”. Séptima edición, abril de 2005. La primera es de enero de ese año. ¿Hay alguien en esta sala que no haya leído a Javier Moro, que haya venido a ponerle voz, rostro, a sahib Moro? Seguro que no. Estamos aquí para disfrutar. De su compañía, de su palabra. Que sea para hablar de su última novela, galardonada con el Premio Planeta 2011, es, reconozcámoslo, un pretexto para esta multitudinaria reunión de amigos. Pero los actos requieren un procedimiento, un protocolo, unas normas. Para que sea él quien nos explique cómo surgió “El imperio eres tú” y nos confirme por qué nos gustó, debemos cumplir con la tradición y hacer que sea primero mi voz de lata la que trace las primeras líneas, burdas, del mapa de ese imperio que esta tarde nos congrega.

Al cerrarse el libro, las últimas palabras de Javier nos comunican cuál era su intención, “contar desde dentro lo que los historiadores han contado desde fuera”. Tarea descomunal, pero que vive Dios que Javier ha culminado con éxito. Desde este trozo de la península, es verdaderamente poco lo que conocemos del otro pedazo. Nuestra capacidad de asombro por las vivencias de esos portugueses transterrados a Brasil, sus aventuras de ida y vuelta, mantienen para nosotros la capacidad de encender el asombro, y mantenerlo a lo largo de 553 páginas. El nacimiento del Brasil independiente, la fortuna inestable de su creador, el emperador Pedro I de Braganza y Borbón, medio portugués y medio español y brasileño por elección,  es el tema de esta novela apasionante. Siendo los acontecimientos, múltiples, los que mantienen el peso de esta ficción poco ficticia, son, sin embargo, los personajes los que nos capturan desde un inicio. Y, más que los personajes, la forma en que Javier Moro, con certeras definiciones, pinta el carácter y las circunstancias de los personajes. 

La narración, basándose en citas de cartas, de diarios, de memorias, en diálogos,  tras la que se esconde una abrumadora bibliografía, mostrará cómo se cumplen esos vaticinios, cómo están plenos de matices y de vida. Así sucede con la relación entre el rey de Portugal, padre de nuestro protagonista, y su esposa: “Los esposos se tenían una mezcla de miedo mutuo, con un trasfondo de odio profundo y visceral. No vivían juntos desde hacía tiempo, desde que Carlota Joaquina aprovechó una depresión de su marido para intentar provocar un golpe de Estado y asumir la regencia de Portugal. Aquello fue la gota que colmó el vaso, aunque don Juan, que no era de temperamento rencoroso, reaccionó con indulgencia”. El propio monarca portugués, Juan VI, es presentado bajo una lente poco favorecedora: “Por primera vez en la historia, un monarca europeo se había mudado a sus colonias, y con él, toda la elite del país, una décima parte de la población. Reacio a tomar decisiones, aquélla, la única importante en toda su vida, resultó un acierto, ahora que lo veía desde la distancia. Pero en aquel momento se creyó un rey indigno de la confianza que el destino y su nacimiento habían depositado en él, incapaz siquiera de estar a la altura de sus responsabilidades ni de defenderse, un rey a punto de ser barrido por el vendaval de la historia.

                                Pedro I, emperador de Brasil


Pero Javier rehuye, estando tan claro el paisaje, de tomar partido. Estos personajes históricos, lastrados de debilidades y cobardías, de orgullo y de errores, sin embargo, y con la excepción de la citada reina Carlota Joaquina, hermana de nuestro Fernando VII y como él felona, rencorosa y estúpida, y de su hijo el infante Miguel, terminan haciéndose querer, o al menos haciéndose acreedores por parte del lector de una indulgencia serena y mesurada, una suspensión de la condena y del dicterio. En su mayor parte ajenos a la ejemplaridad, no son descritos, en sus acciones y sus facciones, a brochazos monocromos. La abundancia de facetas, de vida por tanto, evita que los odiemos o los  adoremos del todo. Javier Moro no cae, como tampoco lo hizo en su exitosa y notable, tan malagueña también, novela sobre nuestra maharaní de Kapurtala, en la mitificación de sus protagonistas. Aquí el protagonista medular es el emperador Pedro I de Brasil. Un hombre que erigió un país poderoso y nuevo, pero que lo hizo recurriendo por igual al amor por el pueblo y a la presión angustiosa de las circunstancias. El peso, amenazante, de la historia, las angustias que lo ponían entre la traición a su patria original y el amor por la que entre convulsiones se aproximaba al nacimiento, el respeto por su familia, los Braganza coronados  y zarandeados por el siglo, y la rebelión ante el abuso, la ruptura con los suyos, es algo que viviremos junto a Pedro, que nos hará sumergirnos en estas páginas plenas de tensión. Cuando el personaje se comporte como un conquistador adúltero y alocado, no nos ocultará Moro lo peor de ese carácter en efervescencia amorosa, prisionero del deseo: ¿Sospechaba algo Leopoldina? Hacía tiempo que sabía que su marido era un donjuán, ya lo tenía asumido. No le creía capaz de enamorarse ni de mantener una relación duradera en el tiempo. Lo sabía inconstante, caprichoso y voluble”.

Tal vez sea la emperatriz Leopoldina la que más virtudes atesore, la que se presenta como una compañera fiel y traicionada, que sufre pero a la vez mantiene la devoción primigenia por su marido y el sentido, tan germánico, del deber y del compromiso con su destino, la que mayor consideración puede recibir del lector. Pero será un respeto frío, teutónico también. La grandeza de la mansa y callada Leopoldina, atenazada entre el conservadurismo reaccionario de su padre, el emperador de Austria, y el liberalismo revolucionario y masónico de su marido, queda realzada por la venalidad corrupta de su gran rival amorosa, Domitila de Castro, que es el reverso exacto de la paciente y entregada emperatriz Leopoldina.  Las zozobras, el corazón herido, de la emperatriz Leopoldina, quedan expuestas en un fragmento magistral: 

“¿Dónde estaba la verdad y dónde la mentira? En el fondo Leopoldina jugó la carta del esposo-buen-padre-de-familia que puede tener algún desliz, pero que en el fondo es fiel hasta la médula a su matrimonio, a sus hijos y a los verdaderos valores. Aquello era justo lo que Leopoldina precisaba oír. Esas palabras le devolvían la vida que se le estaba yendo a fuerza de padecer su sufrimiento en silencio y fueron acompañadas del gesto de acercarse a ella, de pasarle el brazo por la espalda y de apoyar su cabeza sobre su hombro. Una muestra sencilla de afecto que tocó su fibra más íntima. Hacía tanto tiempo que no le demostraba ternura... Por un momento pensó que había recapacitado, y que volvía a casa, a sus brazos, a su regazo. Se sintió querida, aunque sólo durante un fugaz instante que bastó para convencerse de lo que en un estado normal de lucidez nunca hubiera creído. Era capaz de ver blanco aunque fuese negro. No tenía sed de afecto, sino también una enorme necesidad del amor de su marido porque la justificación de su vida giraba en torno a él: su matrimonio como deber religioso, sus hijos, su dedicación a la independencia, su vida en Brasil, su título de emperatriz, su existencia, todo. La vida sin él no podía considerarse como tal. Sola en un entorno hostil, necesitaba a Pedro como el aire que respiraba. Todo era válido con tal de mantener encendida una llama, por débil que fuese, en el corazón de Pedro, para facilitar el regreso del esposo infiel a la armonía familiar”.

                                  La emperatriz Leopoldina

Domitila, y con ella su clan y su pequeña corte de arribistas, es objeto de otro análisis intenso y a la vez desapasionado:

“Toda la familia disfrutó de prebendas. Era de conocimiento público que tras los nombramientos provinciales y hasta de algunos obispos estaba la alargada mano de la concubina. Sin embargo, Domitila no lo hacía para asumir poder político. No era madame Pompadour, no tomaba partido en las disputas y rencillas políticas, no era ambiciosa en ese sentido. Era muy hermosa y le interesaba más su atuendo que los asuntos de Estado. Leal con sus amigos, no tenía pudor en conseguirles favores, promociones, títulos de parte del emperador, y eso bastó para granjearle la furia de sus enemigos, que alegaban que su presencia en la corte estaba corrompiendo el imperio, lo que por otra parte era cierto”.

                                           Domitila de Castro

Creo que se va haciendo larga mi intervención, prescindible mi voz ante la pertinencia de la de Javier Moro.  Permítanme, para terminar, y para que la lectura de esta novela imperial sea imperiosa, leerles mi pasaje favorito de la misma y que encierra una de las muchas claves de este libro, la conversación entre el entonces príncipe Pedro y el general Hogendorp: 

“-Habéis vivido más tiempo aquí que en Portugal. ¿No os sentís de aquí, alteza?
-Soy portugués, general. La patria es la patria.
El general guardó silencio. Se oía el canto de los pájaros en la selva circundante, y el martilleo de Simba preparando harina de mandioca. El general volvió a llenar los vasos.
        -La patria no es donde uno nace- dijo al servirles.
        Se quedó callado un momento, y luego prosiguió:
        -La patria está donde está el corazón, lo sé por experiencia...
        Pedro le escuchaba, aunque no estaba seguro de entender bien lo que el general quería decirle.
      -Yo soy holandés de nacimiento –siguió diciendo el anciano.- Tengo nacionalidad francesa, vivo en Brasil pero mi patria... mi patria es Java. Es donde hubiera vuelto si hubiera podido. Por eso sueño por las noches que sigo allí... Veo caballos piafando en la veranda, y elefantes enjaezados con sedas llevando a princesas en sus torretas de oro... Diréis que estoy loco, y probablemente tengáis razón.
      En ese momento tendió el brazo hacia el paisaje que se desplegaba ante ellos, amplio, brillante de luz tropical, soberbio. Y dijo una frase que se quedó grabada en la memoria de Pedro.
      -Tened cuidado, alteza, de no volver a Portugal para pasaros el resto de vuestra vida añorando esto...
       Y abarcó con sus brazos aquella inmensidad verde y azul coronada de nubes, esa naturaleza exuberante cuya belleza no podía dejar a nadie indiferente”.

martes, 31 de mayo de 2011

Palabras para Corona Zamarro

           
      El reloj del dormitorio ha cerrado un paseo que comencé al tomar café con Amalia Heredia-Livermore. Es, aunque me refiera a las palabras que cierran y abren este volumen, como si la lectura de “La invitada en El Jardín de la Concepción y otros relatos” hubiera sido un sueño que comienza ante una casa palacio que sirve de portada del libro y que es roto por el  aviso despiadado del despertador. No es así, pero también es así. Del mismo modo, el lector que entre al libro tras sortear los nenúfares de la cubierta, ascender las promisorias escaleras y acogerse a la sombra refrescante de la casona, se sentirá invitado a un lugar hermoso, con una belleza amarga en ciertos parajes, pleno de senderos y de hojas. De hojas que son las de un libro que es perenne y tanto de exterior como de interior, ya que las historias que cobija no se circunscriben, con prosa transparente, a narrar las vivencias de personajes sino también a describir las zozobras, el peregrinaje, de sus espíritus.

Corona Zamarro nos ha propuesto aquí un paseo, de historia en historia, que sólo en contados casos tienen una ubicación geográfica concreta: recuerdo la presencia de Málaga en el relato que titula el volumen, además de en “El viento”, que aporta además el dato de que en ese momento teníamos alcaldesa en la ciudad, y seguramente en “Noche de San Juan” y “La hoguera”; además, tienen un marco concreto los relatos “Las Hoces del Río Duratón” en el lugar mencionado en el título, Madrid en “Marta” y en “Mi vecino el escritor”, Rusia en “Los lobos”, tal vez las cataratas de Iguazú en “La última cita”. En particular, en las que se sitúan en las Hoces del Duratón, el Jardín de La Concepción y en “El viento”, donde el escenario es el castillo de Gibralfaro,  Corona mima el detalle y el dato, de forma que sería posible recorrer esos lugares, disfrutarlos, usando los relatos de Corona como si de una guía se tratara. Cada recodo que se nombra es real y cierto, y en ese esfuerzo por lo concreto se advierte la exigencia de una narradora que mima cada línea, que medita cada historia para que la claridad del estilo se ponga al servicio de historias cuyos finales son magistrales. Que nadie espere aquí el giro sorprendente, el sobresalto efectista, el triple salto mortal y sin red para finalizar estos relatos. Lo que Corona consigue es sorprendernos con la elegancia exquisita de finales que permiten al lector intuir o soñar lo que habrá de pasar con esos personajes que, por lo general, se han hecho querer en pocas páginas.

Los devenires de los afectos ocupan un buen grupo de relatos, en los que las pasiones son diseccionadas con rigor pero sin rencor, como sucede en piezas como “Tiempo de fiesta”, “El viento”, “Adiós”, “Olvidar”, “Mi vecino el escritor” y “La hoguera”. Hay en este volumen la suficiente variedad de historias como para que cada cual pueda escoger sus favoritos. Aparte de algunos de los ya nombrados, me permito hacer mi propia selección, elegir aquellos que más me han emocionado o sorprendido:

En “El viaje”, los pasajeros arrastran sus maletas que tienen el peso y la consistencia de la memoria, en “La tormenta” nos encontramos un viajero que guarda una devoción inusual por los afectos y un compromiso irrenunciable por afrontar la realidad; en “Periscopio” y “La mudanza” nos  encontramos con fábulas muy diferentes pero que dejan en el lector la perplejidad por lo extraño en el primer caso y un pellizco de ternura y compasión en el segundo, sin forzar en ningún caso el discurso ni procurar efectismos sorprendentes. Podemos decir que unifica esta colección de relatos el hecho, podemos decirlo así, de que Corona Zamarro no escribe con negritas, no carga las tintas, no nos aturde con estridencias. Ella, sabia en ficciones y en afectos, opta por susurrarnos, por hablarnos en cursivas si queremos seguir con los símiles tipográficos, mientras paseamos, invitados, por el jardín soleado, con tramos de sombra, de sus ficciones de luz y a la vez de melancolía. Al volver la última página, una vez que frena nuestra lectura el despertador, un mirador reflejándose en un estanque nos confirma que hemos habitado un lugar propicio y grato en el que la anfitriona, inmejorable, se llama Corona Zamarro.

Texto leído para presentar el libro de Corona Zamarro "La invitada en El Jardín de la Concepción y otros relatos" (ed. Alhulia) en la sala de Ámbito Cultural, Málaga, el 31 de mayo de 2011.

jueves, 17 de marzo de 2011

Ein Volk, ein Reig...

Expongo los hechos con tranquilidad. Es decir, como si no fuera yo. Sin saber cómo quedará y si los nombres quedarán dichos. Estuve en un acto cultural (blanco y en botella, o rojo y de whisky si se mira el blog de quien hablo). El protagonista (yo era un telonero bien intencionado) sacó sus ideas políticas. Que son muy diferentes a las mías. E hizo un llamamiento a la ira, a la venganza. A la violencia si era preciso. Porque nada puede perdonarse. Al menos, nada de lo que hicieron los opuestos a los suyos. Lo que significa que no hay asesinos y culpables sin más, sino que hay asesinos buenos y asesinos malos, culpables buenos y culpables malos. De forma elocuente, dijo que “hay buenos y malos, y yo sé quiénes son los buenos y quiénes los malos”. Obviamente, el bueno es él, y los buenos son los suyos.

¿Los buenos?

Pero lo peor viene después. Fuimos a la terraza de un restaurante (él fuma, los demás del grupo, no) para tomar algo después del acto. Un amigo, escritor y honesto, que estaba sentado a mi lado, me preguntó si yo accedería a comer algo o lo evitaría por motivos religiosos. Aclaro aquí que estoy en vías de convertirme, por fe y solamente fe, al Judaísmo. Renuncié a comer nada. Los demás, extrañados de mi ayuno, me preguntaron los motivos. Fui claro: “soy judío y soy conservador. Sé que vuestras ideas son muy distintas a las mías, pero no las criticaré ni intentaré convenceros de las mías. Como veis, soy tolerante”. El escritor se permitió, entre sonrisas y alguna chanza, atacar mi fe, discutir, con insultos y groseros prejuicios, al Estado de Israel. Es más, como si yo fuera Shimon Peres (o más bien Benjamín Netanyahu, o mejor aún el propio Ariel Sharon), me preguntó por qué Israel no ha reconocido nunca, por qué se niega a reconocer, al Estado de Palestina. Contesté que en el momento fijado para la fundación de los dos estados, 15 de mayo de 1948, sólo uno cumplió lo previsto y el otro optó por no hacerlo y, en su lugar, apoyar la invasión por parte de cinco ejércitos, de Israel. En definitiva, “los palestinos nunca fundaron su estado; sólo lo hicieron en 1988 en Argel”. El escritor entró en una espiral conmigo: “falso, lo crearon en 1948”. Yo, “no: fue en los años 80, y sé lo que digo”. En esas estábamos, en una batalla por mantener cada uno sus certezas (cualquiera puede comprobar los datos históricos discutidos y dar la razón a quien la tiene), cuando apareció un hombre.

        Sesenta años, menudo, ojos claros, buenas maneras, acento español pero no andaluz. Pedía un trozo de pan. Le entregamos el bollito de pan que yo no había tocado. Dijo “no saben la vergüenza que me da todo esto”. Lo vimos sentarse un par de mesas más allá, comer con lenta avidez ese pan pequeño. El escritor (que había dicho en el acto previo tener escrita una novela, de espías e inédita, ambientada en Palestina, y que demostró clara ignorancia sobre Palestina e Israel, que también atribuyó antes a Shakespeare una cita de Rabelais y que en la cena/ayuno erró con una de Tertuliano a San Agustín), cuando soltó su arenga más cargada de política que de literatura, había dicho que la izquierda (y por tanto él) defiende la justicia y la igualdad y que la derecha sólo piensa en ella misma. Mientras el hombre pobre comía en su rincón, los demás charlábamos indiferentes. Comiendo (ellos) viandas mejores mientras el pobre roía su pan. Entonces, mientras seguían con su conversación, me levanté y hablé con el hombre. Abrí mi monedero y le di un billete de 10 euros, que era cuanto llevaba. Se resistió levemente, aceptó el billete que puse en su mano. “Para que coma algo, caballero. Aunque sea ya mañana. Que Dios le bendiga”. Se llevó una mano al pecho, sacó un pequeño atado de documentos y papelitos, me dijo “gracias, pero le voy a enseñar mi familia”. Le dije “no hace falta, créame; no hace falta”. Me mostró una estampa, recortada, de la Virgen del Carmen, una foto pequeña del beato Escrivá de Balaguer. Volví a mi sitio. No supieron lo que había pasado. No presumí de caridad. Tal vez el escritor, que se llama (lo habrá deducido el lector) Rafael Reig, el defensor de la justicia y la igualdad, del odio y la violencia, me habría acusado de “moral judeocristiana”. Para mí, es misericordia. Compasión. Tzedaká, por utilizar el término preciso y hebreo.

Hace un par de horas, escribí a un amigo, suscriptor de este blog, un correo en contestación a otro en el que preguntaba cómo fue el acto. Copio tal cual un fragmento de mi contestación:

“Rafael Reig resultó ser un rojo rojísimo. Peligroso. Mi presentación la he colgado en mi blog (http://pan-para-hoy.blogspot.com/2011/03/acerca-de-rafael-reig.html). En su intervención dijo estupideces pavorosas, de las que presagiarían incluso mi fusilamiento a manos de los suyos. Qué miedo. En la mini-cena posterior puse las cartas sobre la mesa, con cortesía y transparencia: soy judío y "conservador". Entre sonrisas se dedicó a atizarme puñaladas. Que no devolví. Que otros practiquen el odio. El mal. Yo estoy en otro reino, en otro mundo. Ya escribiré en el blog, con calma, mi relato de la velada. En el mismo, he repescado, oportunamente, uno de mis artículos clave para comprender "de qué voy": http://pan-para-hoy.blogspot.com/2011/03/gulag-memoria-de-los-campos.html. “

Puestos aquí, en el propio blog, estos enlaces pueden ser irrelevantes. Quien quiera saber más sobre el personaje, puede completar su juicio moral a través de este otro:  http://www.elgransurmano.com/rabietas-rafael-reig

Desde otro reino, otro mundo, no dedicaré más palabras a este personaje. De todos modos, su novela es espléndida, muy recomendable. He dicho.

Acerca de Rafael Reig

        Palabras leídas en la presentación de la novela de Rafael Reig "Todo está perdonado". Acto organizado por el Aula de Cultura de diario Sur y el Centro Andaluz de las Letras. Málaga, 16 de marzo de 2011
        Quien tome este libro en sus manos, como ahora yo, encontrará, para empezar, una jugosa carta publicada en el diario Público, en cuya sección de Opinión trabaja Rafael Reig, asturiano de Cangas, firmada por Antonio Menéndez Vigil. Al volver la página encontrará que Menéndez Vigil es también asturiano, y que sigue la Eurocopa de 2008 a la vez que vive y narra los episodios que recoge la novela. Sería fácil deducir que Reig se oculta tras Menéndez Vigil para relatar una fábula amarga y española. Pero creo que se equivocará el lector que tal pretenda. Pero no nos adelantemos. El arrebato chusco de patriotismo, lo que aquí equivale a decir delirio, de la carta que firma Menéndez Vigil, deliciosa y provocativa, que aprovecha la racha triunfal de la Roja (y también Gualda) en la Eurocopa de 2008 para proclamar la fe en esa España imbatible, da lugar a que pronto, en la misma página inicial en que asoma Asturias, se proclame, hablando de fútbol, que “Hay otra España”, un país constituido a veces en una unidad de destino en lo universal y otras en unidad de desatino en lo nacional. Efectivamente, otra España la hubo entonces, sobre el césped. Y la hay en este volumen singularísimo en la que nuestra áspera nación está atravesada, en una cicatriz navegable, por el Canal Castellana que comunica Lisboa y Alicante pasando por Madrid. Una España eucarística como la de aquel congreso multitudinario de 1952 en Barcelona, en la que, en ese 2008 que sigue siendo ahora, la gracia divina se ofrece en máquinas automáticas que dispensan obleas bendecidas como quien oferta cigarrillos o condones. Es, en suma, un país cuya historia reciente y alternativa, a la manera de las ucronías más audaces, se nos presenta así:
Nací en 1940 y crecí en la España una, grande y libre del Caudillo, tuve un Seiscientos y otros muchos coches, hasta que se acabó el petróleo, viví la II Restauración borbónica, la Inmaculada Transición, el golpe del 23-F, la ayuda norteamericana para consolidar la democracia (y para la ejecución de las obras del Canal Castellana), el entusiasmo institucional con el referéndum de 1984 (“De entrada no”, decían los del PSOE con calculada ambigüedad), que nos convirtió en Estado Asociado a los USA, con el inglés como lengua cooficial (a partir del segundo referéndum, el del 86) y una monarquía tributaria del Imperio de Washington.
            Nos encontramos, pues, en un paisaje contrafáctico, en el que en el momento en que, hace ya 25 años, Felipe González nos llevó a comulgar con la OTAN, lo que se propuso fue unir nuestro destino (nuestro desatino) a los Estados Unidos. Pero no es sólo una fábula política la que nos presenta Reig, sino eso mismo revestido eficazmente como una historia policial, en la que el hecho desencadenante es una muerte repentina, la de Laura Gamazo en el día de su boda, y que nos llevará a buscar responsable, y responsables, a través de la investigación que por encargo lleva Menéndez Vigil secundado por un perdedor ejemplar, Carlos Clot, Charlie para los lectores, que es quien, se admiten apuestas, tiene una voz más parecida a la que conocemos de Rafael Reig. Y es esa investigación la que nos lleva a retratar un país a través de una familia, los Gamazo, a lo largo del último siglo. Un país que, según Menéndez Vigil, no augura nada bueno: “Decía Balzac que detrás de cada gran fortuna hay un gran crimen. Eso será en Francia. Aquí sólo hay traiciones, cobardías casi disculpables, negocios bajo cuerda y, por debajo de cada moneda, detrás de cada billete, la sombra de una guerra civil que nadie quiere recordar”.

            Y, claro, con estos mimbres veremos cómo desde el punto de vista del patriarca de los Gamazo, se contempla la democracia como un derivado programado del propio Franquismo. Una España que no es sino una oligarquía con instituciones democráticas. Del Franquismo se nos reflejan las agitaciones de 1956 con un retrato demoledor, desde el punto de vista de los vencedores, de Dionisio Ridruejo, como es igualmente malvado el comentario sobre “un muchacho con tan buena disposición y tantas ganas de complacer que acabó redactando editoriales en El País”.
Aquel Franquismo en el que medraron los Gamazo dio lugar a un régimen en el que tuvimos, y así los nombra la novela, a Suárez, González, Aznar y Zapatero. Como igualmente se tiene a Julio Llamazares y Luis Landero (con los que toma gin-fizz y croquetas de pollo Menéndez Vigil) y, en una apócrifa nota de sociedad y camuflados como asistentes a una boda de postín, a Martín Casariego, Antonio Orejudo, Marta Rivera de la Cruz, Constantino Bértolo y Belén Gopegui. Realidad y ficción se irán enhebrando en los recortes de prensa que se intercalan en la narración, hasta que en el fundamental de ellos aparecen relacionados, en un suceso de sangre, dos de los principales personajes de la ficción: Martínez Vigil y Rosario Valverde. 
En este juego entre realidad y ficción es fundamental la aseveración que hace el personaje secundario Alfonso Olmedo: “La vida es todo lo contrario a una novela”. Por lo tanto, esta novela, será, en aplicación de este principio, independiente de la vida en cuanto realidad, y así añade a este Madrid alternativo, sin coches pero con sacramentos, tribus urbanas, encabezadas por los bucalistas, que se rigen por herejías religiosas y que nos remiten al espíritu desquiciado y  santo de Philip K. Dick.
Dividida en cuatro partes que se distribuyen, zumbonamente, como las diversas fases de aquella Eurocopa, “Fase eliminatoria”, “Cuartos de final”, “Semifinales” y “Final” que a su vez remiten a las etapas hacia el perdón, “Examen de conciencia”, “El dolor de los pecados”, “El propósito de la enmienda” y “La penitencia”, esta novela expiatoria, este “Todo está perdonado”  que nada tiene que ver con aquel “Todo está iluminado” de Jonathan Safran Foer, nos podría llevar a concluir que no hay redención, pero más bien a que ésta siempre, perpetuamente, se aplaza: no puede haber cielo para España, sino un Purgatorio siempre en cuarentena en el que suenan enloquecidos los dados. O, más positiva y lúcidamente,y ya termino, en palabras del narrador acerca de Charo Valverde y Charlie Clot:
Ambos sabían, como lo sé yo, que la culpa sólo remite o con la absolución o con el castigo, y que aquel que ya no es capaz de creer en una instancia superior con potestad para perdonar, no tiene otro remedio que juzgarse por su cuenta y administrarse a sí mismo el castigo con los medios a su alcance.
Ese cromo, como el de Pirri, aparece en todos los sobres. A mí me ha tocado: al que ha perdido la fe sólo le queda el acerbo privilegio de condenarse a sí mismo en tercera persona.
Tal vez tenían los mismos cromos repes, el de la cobardía temeraria, el de la soledad, el del sentimentalismo complaciente, el del martirio acreedor. Aun así, debieron de calcular que entre los dos podrían completar por fin un solo álbum.
Confortados por las palabras de Rafael Reig, Ego absolvo vobis a peccatis tuorum in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Oé oé oé. Muchas gracias.