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lunes, 13 de julio de 2026

Lecturas: Duma Key (Stephen King)

Tras haberme seducido con las últimas entregas de su inabarcable bibliografía,  llegué a Duma Key con la guardia baja, dispuesto al perdón, porque King había decidido contarnos algo que conocía de primera mano tras aquel percance de carretera que casi le costó la vida: la reconstrucción de un hombre destrozado, literalmente, por un accidente. Edgar Freemantle, constructor adinerado, pierde un brazo y a punto está de perder la cabeza, y lo que empieza como terapia ocupacional, pintar para no volverse loco, se convierte en la vía de entrada de algo mucho más antiguo y mucho más hambriento que vive bajo la isla. Ahí está el King que a mí más me gusta: el de la obsesión creativa como puerta trasera al horror, el de la casa y el paisaje que respiran maldad sin necesidad de levantar la voz. Elizabeth Eastlake, la anciana con memoria de niña, es de lo mejor que ha escrito en años, y toda la parte isleña, el calor, la playa, las casas propicias a visiones fantasmales, funcionan con una atmósfera pegajosa que contrasta con las habituales ambientaciones en el nevoso Maine. Todo ello con un estilo literario de primera categoría, de escritor serio, grande, ajeno a los géneros.

Y sin embargo. Y sin embargo llega el final y King hace lo que tantas veces le hemos reprochado sin que él escarmiente: se le va la mano. Todo lo sugerido, todo lo contenido durante quinientas páginas de pintura maldita y fotografías que se comen a la gente, se resuelve en una traca de explicaciones y descripciones mecánicas que decepciona precisamente porque lo anterior había sido tan comedido. El "quién" y el "por qué" de Perse, esa encarnación ambigua del mar con una potencia lovecraftiana, pierden todo el misterio en cuanto se explican, y lo que era terror atmosférico se convierte en mitología de manual, casi de videojuego. Y esa costumbre suya, ya crónica, de matar personajes que nos ha hecho querer solo para dejarnos el corazón en carne viva, aquí roza la crueldad gratuita: no construye tragedia, la administra en dosis.


Con todo, no es un mal final, aunque duele que a Freemantle no le duela más cierta muerte, y desde luego no arruina el libro. Pero si el resto de la novela es una playa que se te mete en las sandalias sin que te des ni cuenta, el desenlace es la ducha con agua fría que te espera al llegar a casa: necesaria, sí, pero a mí me hubiera preferido seguir un rato más con la arena entre los dedos.

 


martes, 30 de junio de 2026

Lecturas: Blaze (Stephen King)

Tras la abrumadora bazofia de la saga de "La Torre Oscura", no se había olvidado uno de King el novelista modélico, sino también de su alter ego Richard Bachman, más bronco y conciso y hasta político. Esta novela, recuperada por King años más tarde, cuando ya Bachman era un fantasma remoto, tiene todas sus virtudes. Aquí, como es casi más habitual en Bachman que en King, el protagonista es un outsider, alguien destinado al fracaso. Clayton Blaisdell Jr., Blaze, es un gigante con el cráneo hundido por los golpes de un padre que lo arrojó por las escaleras de niño, un hombre de cuerpo enorme y mente detenida en algún punto de la adolescencia, capaz de planear un secuestro solo porque la voz de George, su compañero de fechorías ya muerto, sigue hablándole desde dentro como un fantasma con sentido práctico. Esa voz es el verdadero motor del libro: George murió antes de que empezara la novela y sin embargo está en cada página, dándole instrucciones, riñéndole, queriéndolo a su manera ruda, y King construye con esa presencia ausente una de las relaciones más conmovedoras de toda su obra, que no es poco decir. La esquizofrenia, tal vez. Ojalá.

La trama, el secuestro de un bebé rico para pedir rescate, es casi una excusa. Lo que de verdad importa es el tránsito hacia atrás: los capítulos que reconstruyen la infancia de Blaze en el orfanato, los maltratos, la suerte esquiva, el encuentro con George, van alternándose con el presente del secuestro y van cargando de tristeza algo que en otra pluma sería puro thriller de serie B. King, que tantas veces ha escrito sobre niños con poderes extraordinarios, aquí escribe sobre un niño sin ningún poder, sin defensa alguna, y el efecto es devastador. Lo que sorprende es la ternura con la que Blaze trata al bebé que ha secuestrado. King evita la trampa fácil del monstruo y construye en su lugar a un hombre incapaz de hacer daño aunque el plan entero dependa de que lo haga, y esa contradicción, ese gigante violento por fuera y absolutamente inofensivo por dentro, es el corazón del libro y su mayor logro. El secuestrador y asesino del hijo de Lindberg se nos presenta más bien como Rigoletto. Yo me entiendo. 

No es la mejor novela de King ni falta que le hace serlo. Es una pieza menor que se queda con uno más de lo que su tamaño hace prometer, y que demuestra, una vez más, que el escritor de Maine cuando se despoja de los payasos y los vampiros y se queda solo con un hombre roto y una voz que se niega a callarse, sigue siendo de lo mejor que tiene la narrativa popular americana.

Al final del libro, una bonus track se nos presenta en forma de relato. Titulado "Memoria" lo encontraremos, casi palabra por palabra, como inicio de la muy deleitosa siguiente novela de King. ¡Viva el Rey!



lunes, 15 de junio de 2026

Lecturas: La historia de Lisey (Stephen King)

Hay novelas que uno pretende leer rápido. Es King, debe ser algo ligero, llamativo, seductor. Pero no. Esta vez se impone la lentitud gracias a un estilo denso, elaborado, pero también por miedo a que se acabe. O que King malogre el libro antes de terminar. Que algo de ello hay. La historia de Lisey es uno de esos libros en los que King, Sheherezade de Maine, despliega su trampa con una paciencia inusual en él, con una delicadeza y hondura que al principio desconcierta. ¿Qué es esto? ¿Dónde están los payasos, los niños con poderes, los monstruos que acechan en los sótanos? Aquí el horror es otro. Aquí el monstruo tiene cara de ausencia.

Lisey Landon acaba de perder a su marido, el escritor famoso Scott Landon, y la novela arranca dos años después de ese funeral, cuando Lisey empieza a ordenar la biblioteca del muerto. Ese gesto, tan cotidiano y tan devastador, es el eje sobre el que gira todo: lo que dejamos cuando nos vamos, lo que los que se quedan hacen con ello, y cuánto del difunto vive todavía en los objetos, en el lenguaje compartido, en esas palabras privadas, babyluv, dáliva, que solo tienen sentido entre dos personas y que de repente ya solo las entiende una. King lleva aquí décadas escribiendo sobre el miedo, y ha descubierto, un poco tarde quizás pero con admirable honestidad, que el miedo más hondo no es el del monstruo que espera en la oscuridad sino el del silencio que se instala cuando alguien que amábamos deja de hacer ruido.



El matrimonio de Lisey y Scott es de lo mejor que ha escrito King en mucho tiempo. No porque sea un matrimonio feliz ni infeliz en el sentido convencional sino porque es un matrimonio verdadero, con su idioma propio, con sus cicatrices, con esa intimidad tan específica que resulta al mismo tiempo universal. La manera en que King construye ese lenguaje compartido (las palabras inventadas, los rituales, las referencias que excluyen al mundo) es un prodigio técnico disfrazado de ternura. Uno empieza a comprender a Scott Landon a través de Lisey, y a comprender a Lisey a través de cómo recuerda a Scott, y en ese espejo doble está la mejor escritura que el señor de Maine nos ha dado en años.

Luego está Boo'ya Moon, ese espacio inventado al que Scott podía acceder y que acabará sirviendo a la trama como territorio del inconsciente, del trauma y de la creación artística. Es aquí donde la novela se juega más y también donde pierde algo. King no puede evitar ser King: la tentación del monstruo, del mal concreto y con dientes, es demasiado fuerte, y en la segunda mitad del libro la amenaza se corporiza, se vuelve exterior y acaba forzando a Lisey a una acción que resulta funcional pero que no alcanza la altura emocional de los capítulos de memoria y duelo. El peligro de Boo'ya Moon, sus bestias, la violencia que Lisey tiene que enfrentar: todo eso está bien ejecutado, King sabe hacer esto mejor que casi nadie, pero en esta novela concreta se siente como una concesión al género cuando el material más poderoso era el que venía de adentro. Y aquí está la debilidad de esta novela redonda, esa concesión que siempre achaco al difunto Peter Straub.

Hay también, subyacente a todo, una reflexión sobre la escritura y el escritor que es de las más lúcidas que King ha producido. Scott Landon no es un genio iluminado sino un hombre dañado que encontró en la ficción una forma de sobrevivirse a sí mismo. El origen de esa capacidad, el precio que pagó por ella y lo que le costó a Lisey pagarlo con él: todo eso está en el libro con una lucidez que en otros volúmenes de King se pierde en la mitología y el espectáculo.

La historia de Lisey no es perfecta. Los últimos tramos aceleran donde deberían demorarse, y hay un personaje secundario, el obseso literario que amenaza a Lisey, que funciona como motor de la trama pero que resulta plano al lado de la riqueza psicológica de los protagonistas. Son los defectos de un escritor que sabe contar de maravilla pero que todavía desconfía de sí mismo cuando la historia se queda quieta demasiado tiempo.

Pero cuando funciona -y funciona mucho- esto es la literatura de King que uno querría poder recomendar sin matices. El King que no necesita el circo. El King que escribe sobre el amor y la pérdida con la misma precisión con que otros escriben sobre el terror, porque ha entendido, por fin, que en el fondo son la misma cosa.

domingo, 31 de mayo de 2026

Lecturas: Cell (Stephen King)

Hay días en que uno agradece que el apocalipsis tenga su puntito de sentido del humor. No uno estruendoso, de carcajada fácil, sino ese humor negro y seco que hace que te rías y a continuación mires el teléfono con una inquietud nueva y un poco ridícula. Cell es eso: una novela apocalíptica que te hace mirar el teléfono como si fuera una vaina de las de la invasión de los ladrones de cuerpos, un caballo de Troya con rayitas de cobertura.

La premisa es de las buenas, de las que uno desearía haber tenido. Un pulso -así lo llaman en la novela- llega a través de las redes de telefonía móvil y convierte en bestias mordedoras y voraces a todo el que en ese momento tiene el aparato pegado a la oreja. En segundos, medio planeta se transforma en algo parecido a zombis pero más inquietante: no buscan cerebros como los de George A. Romero, no son los muertos vivientes de toda la vida. Son los vivos vaciados, los que tenían algo dentro y ya no lo tienen. Y lo que tenían dentro era, entre otras cosas, todo lo que los hacía humanos: memoria, afecto, miedo, lenguaje. El resto se organiza solo, en bandadas, con una lógica propia que va emergiendo y que es más aterradora cuanto más ordenada resulta.

King escribió esto en 2006 y uno puede pensar, con la ventaja del tiempo, que el hombre sabía más de lo que decía. No es que fuera profeta. Es que era observador. Ya entonces el teléfono móvil era esa prótesis del alma de la que nadie podía prescindir y a la que todo el mundo estaba entregado con una alegría  ciega y despreocupada. King tomó esa dependencia, la empujó un poco, y escribió el fin del mundo. 

El protagonista, Clayton Riddell, es un dibujante de cómics que acaba de vender su primera obra y que está en Boston cuando el Pulso transforma la ciudad en un matadero. Desde ahí emprende el camino hacia Maine buscando a su hijo. El viaje es lo de siempre en este género: el grupo de supervivientes que se forma, los que mueren por el camino, los que aprenden cosas sobre sí mismos que no querían saber. King no inventa aquí la rueda. Pero conduce bien. Pocos escritores de género saben como él hacer que uno pase las páginas con esa mezcla de angustia y satisfacción que es, en el fondo, para qué existe la literatura de terror.

Lo mejor del libro son los telefónicos, que así los llama, y su evolución. Empiezan siendo caos puro y van convirtiéndose en algo peor: en orden. En colectivo. En mente de enjambre. Fácil pensar en las masas de las dictaduras. Y ese proceso, descrito con precisión y sin artificios, produce más escalofríos que cualquier monstruo con colmillos que King podría proponernos. Lo que da miedo aquí no es la muerte. Es la uniformidad. Es lo que queda cuando se borra todo lo individual.

Tiene sus defectos, claro. El final es de esos finales de King que uno querría negociar: ambiguo donde debería ser valiente, abierto donde uno agradecería que cerrara. Hay una escena en un estadio que es magnífica y que luego no se termina de aprovechar del todo. Y el personaje del señor Ricardi, que apunta tan bien, se difumina antes de tiempo. Pero estas son las quejas de un lector que estaba disfrutando y al que le sabe a poco. Lo cual, a estas alturas de la saga King, no es queja sino casi elogio.

Después de siete volúmenes de pistoleros existenciales y alforjas llenas de toneladas de páginas inútiles, Cell es un vaso de agua fría. Directa, sin ceremonias, con la brutalidad eficiente de quien sabe que tiene que contar algo y se limita a contarlo. El King que aprendió el oficio leyendo a Richard Matheson y nunca lo olvidó del todo, aunque a veces lo disimule detrás de mitologías propias de adolescente con demasiado tiempo libre.

Bienvenido de vuelta, señor King. Por favor, siga progresando adecuadamente.



Lecturas: Colorado Kid (Stephen King)

Alivio. El Rey no ha muerto. Larga vida al Rey. A no ser que King intente en el futuro volver a las andadas. Es decir, esto no es La Torre Oscura. Esto no es Roland el cansino dando vueltas como una peonza defectuosa alrededor de su obsesión de cartón piedra. Esto es otra cosa. Esto, para ser exactos, es lo que uno esperaba encontrar cuando abrió por primera vez uno de esos libros gordos del señor King con la esperanza de que le contaran algo y no le dejaran con cara de haber sido estafado en una feria de pueblo.

Colorado Kid es un McGuffin. En el más puro sentido hitchcockiano del término: un objeto, un misterio, una cosa que importa muchísimo pero cuya resolución, en el fondo, importa bien poco. Lo que importa es el viaje hacia esa cosa. Y aquí, por fin, el viaje merece las alforjas. O las merece casi. Que tampoco vamos a pasarnos.

La novela, breve como debe ser y como King debería ser con más frecuencia, arranca en una pequeña isla de Maine donde dos veteranos periodistas de un periódico local le cuentan a su joven aprendiz el caso sin resolver de quien llaman Colorado Kid: un hombre aparecido muerto en la playa, sin explicación satisfactoria, con un trozo de emparedado en el esófago y sin que nadie supiera qué hacía ahí ni quién era. Punto. Eso es todo. No hay resolución. No hay culpable desenmascarado. No hay última página en la que el detective de turno reúne a todos en el salón y señala con el dedo. King tiene aquí el buen gusto y la honestidad intelectual de negarse a darnos lo que exigimos, porque lo que exigimos es, a menudo, una mentira cómoda, un consuelo, una recompensa más por el tiempo empleado que por el precio del libro.



No sé si King leyó a Chejov antes de escribir esto o si simplemente estaba de buen humor ese día. Pero el resultado tiene algo de cuento chejoviano: la historia que se cuenta es casi un pretexto para hablar de la memoria, de cómo recordamos lo que no entendemos, de por qué algunos misterios nos acompañan durante décadas sin que los hayamos resuelto ni queramos resolverlos del todo. Los dos periodistas viejos son un prodigio de economía narrativa. La chica joven funciona como el lector que somos nosotros: alguien que quiere respuestas y va aprendiendo, despacio, que las respuestas no siempre son lo mejor que puede darle la vida.

Hay aquí una modestia que en King, ay ay ay, suele brillar por su ausencia. Nada de páginas innecesarias, nada de subtramas que se enroscan sobre sí mismas como boas constrictoras, nada de universos paralelos ni ka-tets ni bilirrambos condenados. Una isla en la costa de Maine. Tres personas. Una historia que no se cierra. Y sin embargo uno termina el libro con esa sensación extraña de haber estado en algún sitio real, de haber conocido a gente que existe, de haber escuchado algo verdadero aunque incompleto.

Claro que hay trampa. La trampa es que King publicó originalmente este librito encantador en una colección que buscaba rescatar y renovar la literatura pulp de misterio americana, y el libro tiene esa textura de novela negra sin serlo del todo: el crimen sin criminal, la investigación sin inspector, el misterio sin solución. Una especie de anti-misterio perfectamente consciente de serlo. Lo cual no es poco.

Que le zurzan a Roland de Gilead. Colorado Kid es el King que me gusta recordar.



martes, 28 de abril de 2026

Lecturas: La Torre Oscura. La Torre Oscura VII (Stephen King)

Que te zurzan, Stephen King, genio imbécil, que te quedes con las ganas a la vez de que te aplaudamos babeantes o que hasta el copete de tanta página innecesaria decidamos dedicarnos a otro autor y dejarte con un público de orates capaz de tragarse cualquier cosa. Porque no haré ni una cosa ni otra. Seguiré leyendo tus libros sabedor de que no serán tan malos como este, como estos siete. 

¿Recuerdan lo del viaje y las alforjas? Pues bien, este camino no es el del Quijote, ni el niñato Roland de Gilead es el adorable loco cervantino. Ni la Torre es Ítaca. Esta llegada a destino es más un alivio porque todo lo malo se acaba tras malgastar demasiadas horas y demasiada voluntad malversada y recorrer varios miles de páginas para quedarme con cara de bobo. El western sobrenatural mezclado con aromillas medievales y fantasía de saldo no es una buena idea. El ka-tet es una idiotez, el bilibrambo dan ganas de llevarlo a la perrera más cutre para que lo duerman, y Roland y su pandilla no deberían haber salido de su casa. Con lo bien que se está en pantuflas narcotizándose con Netflix. Joder. 


El final de
La Torre Oscura tiene la lógica aplastante de todo lo que no tiene ninguna lógica y se disfraza de profundidad. Roland llega. Eso es lo que ocurre. Roland llega y uno entiende que todo ha sido un círculo, que la obsesión del pistolero es también la del autor, que King lleva décadas escribiendo el mismo libro sin terminar de escribirlo y uno piensa que tanta coca y alcohol de los malos años tienen estas consecuencias. Pero tal vez sea que es el viaje y no el destino, era lo único que importa. Lo único que importaba a King. Esto hubiera sido aceptable si el viaje hubiera merecido más la pena. Las alforjas, ya saben. 

Si los siete volúmenes fueran siete razones para seguir, y no seis formas distintas de la misma bobada (salvo el volumen dos, con todo) y un soberano troleo de ver, Catilina, hasta dónde puede abusar de nuestra paciencia tan generosa y tan baldía. 

No me importa hacer espoiler. No he venido a hacer amigos ni a animar a otros lectores. Cuento cómo me ha ido con la lectura, no a diseccionar ni defender libros. Eddie muere. Jake muere. Acho muere, o casi. Susannah se va. Y Roland sigue, porque Roland siempre sigue el muy cansino. Qué alivio haber terminado. Qué extraña nostalgia, ya, de todo lo que pudo ser esta serie. 

Lecturas: Canción de Susannah. La torre oscura VI (Stephen King)

Por mucho que haya "lectores constantes" que defiendan esta serie, para mí, finalizando el camino fatigoso hacia la Torre Oscura, este libro es sencillamente una tomadura de pelo con vocación de obra maestra. Susannah Dean, poseída por un demonio que la ha dejado embarazada, viaja sola a un Nueva York de 1999 mientras Roland y Eddie, que ya no me interesan un carajo, buscan al autor de la serie en su propia casa de Maine, en una de esas decisiones narrativas de King que uno no sabe si aplaudir por su insolencia o abuchear por su soberano morro narcisista. Si alguien lee esto (y me refiero a esta reseña desganada pero también a esta novelucha de King), que me crea: hay que tener mucha fe en la saga, fe ciega y un poco masoquista, para llegar al sexto volumen sintiendo que lo que se narra aquí merece existir como novela independiente y no como capítulo largo de una historia que lleva demasiados años sin llegar a ningún sitio. 



Que la Torre sigue ahí, lejísimos, y uno empieza a sospechar que ni King sabe muy bien dónde está ni cómo se llega, y que quizás eso no importa tanto como él cree. Que la metaficción, ese juego de que el autor aparece como personaje de su propia obra, es un recurso que en manos de Borges es una maravilla y en estas es una pirueta de feria que entretiene tres páginas y hastía hasta el cabreo inútil las doscientas o quinientas mil restantes. Y sin embargo, y aquí está la maldita trampa de King, hay momentos en que la máquina funciona, en que el pulso narrativo se pone firme y uno pasa páginas con esa urgencia idiota del que sabe que lo están engañando y sigue pagando la entrada. Qué capacidad para sostener un mundo que se cae a pedazos con el pegamento de la prosa, qué habilidad para hacer que importe lo que en realidad no importa nada. Qué paciencia la mía, después de seis libros, y la de ustedes por leer esto. Otro volumen más para el manso contenedor azul.


viernes, 24 de abril de 2026

Lecturas: Lobos del Calla. La Torre Oscura V (Stephen King)

Este libro es lo peor. Algo que se arrastra con obscena parsimonia, con estúpida obstinación, que te quita horas con la creencia de que no te vas a ir. Algo que se sujeta entre las manos con incómoda indignación. Algo que te cabrea cada vez que lo sacas del anaquel, que lo dejas sobre cualquier mueble, que te hace sentir desgraciado por seguir leyendo, por acompañar en sus peripecias a Roland y su ka-tet en ese pueblo llamado Calla Bryn Sturgis sin que te importe un pimiento lo que les pase, lo que sufran, lo que teman. Sintiendo que cada decisión narrativa de King es un despropósito pero sintiendo una rabia sorda hacia ti mismo por no poder cerrar el libro. Si alguien lee esto, que me haga caso: huyan de esta saga. Quien todavía esté a tiempo de no haber caído en la trampa puede prescindir con alegría de estas páginas. No las necesitamos. No las merecemos, al menos yo que tanto he admirado a King, que tantas horas le he regalado con insensata alegría.


Porque estas páginas son un castigo. Son tediosas, son repetitivas, son interminables. Son, en algún momento raro, brillantes. King lleva aquí centenares de páginas instalando una amenaza, los Doblados, que cualquier escritor con un mínimo de pudor habría resuelto en tres capítulos, y él convierte en una sinfonía morosa, en un goteo de tensión que exaspera precisamente porque funciona, porque uno sigue leyendo aunque sepa que le están tomando el pelo, que este hombre podría haberlo contado en la mitad y ha elegido no hacerlo, ha elegido torturarnos, y lo peor es que la tortura tiene mérito. Qué capacidad tan irritante la de este señor para construir personajes a los que odias querer, para dar vida a un pueblo entero que no pediste conocer y que sin embargo conoces al dedillo cuando cierras el libro. Qué voluntad de no terminar, de seguir, de añadir otra capa y otra y otra, hasta que el lector ya no sabe si lo que siente es ira o rendición.

Ochocientas dieciséis. Ochocientas, y diez, y seis más. Y encima hay una historia paralela con un pistolero de otro tiempo que no viene a cuento y que King mete con calzador porque sí, porque puede, porque lleva varios libros haciendo lo que le da la gana y nadie le dice nada. Qué paciencia la mía. Y la de ustedes, si han llegado hasta aquí aunque no quieran acompañarme al resignado contenedor del papel.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Lecturas: Todo es eventual (Stephen King)

Antes de enfrentarme a la conclusión, en forma de tres tochos, tres, inmisericordes, de La torre oscura, que presagio que leeré sin interés y deseando que terminen pronto el trío de mamotretos, leer una recopilación de relatos de King, como es Todo es eventual, supone un soplo de aire fresco, al saber que si la historia no me convence no durará 800 páginas sino medio centenar en el peor de los casos. Esta vez las propuestas de seducción son catorce. De las que a mi juicio todas funcionan excepto una, la titulada Las hermanitas de Eluria y que va de algo en los Territorios y que se lee con hastiada indiferencia. Y que pertenece, oh sorpresa, al ciclo de La Torre Oscura. Reseñaré sólo algunos, aclarando que recomiendo la lectura del volumen con la excepción señalada. 

El titulado 1408 es el típico relato sobre habitaciones encantadas resuelto con brillantez y mala uva. En Sala de autopsias número 4 la pesadilla angustiante sobre catalepsia es resuelta con un malvado sentido del humor digno de Fredric Brown. Magnífico es Todo lo que amas se te arrebatará, donde un hombre solitario y al borde del suicidio se obsesiona con los mensajes escritos en los baños de carretera buscando en ellos un sentido a la áspera vida. Montado en la bala es una poco evidente paráfrasis de la Odisea de Homero, en la que un estudiante se dirige azarosamente a casa para comprobar si su madre sobrevivirá o no a un infarto. Este relato combina aventura, esperanza e incertidumbre. Magistral. La moneda de la suerte trata sobre el azar y sobre la ilusión. También sobre la pobreza. Sutil e implacable.

Esta es mi elección. Que no es mejor que ninguna otra. Ni siquiera en mi rechazo. 




lunes, 29 de septiembre de 2025

Lecturas: Buick 8. Un coche perverso (Stephen King)

En algún momento, Stephen King cita una canción de Bob Dylan, From a Buick 6, de uno de sus discos principales, Highway 61 revisited (1965). En aquella canción, titulada como la novela con la única diferencia del número, en Dylan un 6 y en King un 8, se incluyen estos versos: Bueno, cuando la tubería se rompe / Y estoy perdido en el puente del rio / Estoy todo roto en la carretera / Y en el borde del agua / Aquí viene de nuevo, bajo la autopista / Lista para coserme de nuevo con un hilo. En la novela, hay destrucción y hay redención y hay añoranza de alguien que pudiera haber enmendado el desastre. Los caminos de King, una vez más, son inescrutables. Sin ser una novela importante, es de una eficacia ejemplar. Publicada en 2002, la novela combina, como es marca de la casa, lo sobrenatural con lo cotidiano, adentrándose en las entrañas de lo inexplicable sin aportar ninguna explicación y sin que sea necesario: el horror sucede, está ahí y a ver cómo lo manejáis, qué hacéis con ese espanto, cómo acomodáis vuestra lógica a lo que no la tiene.



La trama gira en torno a un misterioso automóvil Buick 8, un modelo 1954 que fue encontrado abandonado en una gasolinera al desaparecer, en un abrir y cerrar de ojos, su conductor. Llevado al garaje de la Policía Estatal de Pensilvania, donde queda estacionado durante años. Al principio, el vehículo parece inofensivo, pero es asimétrico, un examen a su motor desvela que no podría moverse, su salpicadero es distinto al de los Buick 8, su volante parece el timón de un barco. A su alrededor hay gente que desaparece, elementos que expulsa desde el maletero, resplandece cegadoramente a veces. Es, sin duda, algo siniestro. No es un automóvil, sino un artefacto de horror que parece tener vida propia, una vida perversa y ajena a la comprensión humana. Nadie sabe de dónde proviene ni qué es exactamente, pero su presencia desencadena sucesos desconcertantes y aterradores que emanan de su interior.

Los miembros del cuerpo de policía se ven atrapados, especialmente el joven Ned Wilcox, hijo del agente que tomó a su cuidado el coche, por la fascinación de este objeto incomprensible, mientras lo mantienen encerrado en el garaje, a la espera de que algo ocurra. La historia se construye a través de las conversaciones y recuerdos de los oficiales que trabajaron con el auto, lo que otorga una sensación de misterio gradual, casi de cuento oral. Es Ned quien se convierte en el hilo conductor, ya que es quien se empecina en vano en descubrir los secretos del Buick y los oscuros ecos de terror que trae consigo. Que la novela tenga unas páginas sobre el mundo cansino de La Torre Oscura es su único defecto,


lunes, 11 de agosto de 2025

Lecturas: Casa Negra (Stephen King y Peter Straub)

Había dejado pasar unos meses sin asomarme a King, y esta vez la espera no ha valido la pena. Porque si bien este es un libro notable, indudablemente bien escrito, es malogrado por aquello que menos me gusta de King, el mundo de los cTerritorios, el ka y demás zarandajas de literatura fantástica de la saga de La Torre Oscura. Aunque arranca en un mundo reconocible, el de un pequeño pueblecito de Wisconsin, llamado French Landing, se irán introduciendo elementos del otro lado del espejo, de aquella otra realidad que ya visitamos en las páginas de la novela de la que ésta es una derivación, El talismán, presentándonos al niñito de entonces, Jack Sawyer, convertido en un adulto que fue un eficaz policía y ahora está retirado en esa pequeña ciudad amena y calma. Esa paz buscada se rompe cuando un asesino en serie, apodado el Pescador, comienza a secuestrar y asesinar niños. Detrás de esos crímenes late algo mucho más grande: el eco de los Territorios y la sombra del (jartible) Rey Carmesí, ahora llamado el Rey Colorado.

King y Straub vuelven a lograr esa perfecta alquimia de coautoría en la que el lector olvida quién escribió qué. La voz narrativa, en tercera persona omnisciente y a ratos intrusiva, se pasea por las calles, se cuela en las casas y se instala en la mente de los personajes como un vecino cotilla que, además, conoce secretos sobrenaturales. El tono fluctúa entre el suspense policial y la fantasía oscura, salpicado de cierto humor macabro.



Casa Negra es, al mismo tiempo, novela negra, historia de terror y pieza clave dentro del vasto multiverso de la Torre Oscura. Que, ya dije, a mí me repele. El Pescador no es un simple psicópata: está conectado a fuerzas de otro mundo que pretenden devorar la mismísima Torre que sostiene todas las realidades. El lector de King reconocerá los hilos que se tensan desde otras novelas (Insomnia, It, El Resplandor), y aquí el tejido se vuelve más ambicioso y más oscuro.

Al otro lado, en los Territorios, la Casa Negra se erguía como un faro de podredumbreEsa Casa Negra no es solo un lugar: es una manifestación física del mal, una grieta por la que se cuela lo monstruoso. Una embajada de los horrores telúricos de Lovecraft, diría. Como novela negra, funciona muy bien. Como novela de fantasía, no. Como novela de terror, sí. De poco sirve que Jack haya olvidado aquel extraño trozo de su infancia, la búsqueda de un talismán en otro mundo9 que salvara a su madre. Aquí King (o Straub) lo mete de coz y hoz en ese mundo aunque no sea durante demasiadas páginas. El cierre del libro, amargo tras una resolución feliz de los acontecimientos, no sé si es una buena solución narrativa. Pero seré optimista y diré que sí lo es. Aunque más adelante seguramente habré de arrepentirme.

sábado, 30 de noviembre de 2024

Lecturas: Hillbilly. Una elegía rural. Memorias de una familia y una cultura en crisis (J. D. Vance)

 Allá en lo que parece un siglo pero son sólo unos pocos años, y al filo de la remotísima primera presidencia de Trump, los medios españoles recogieron la aparición de este libro como el toque de trompeta que habría de convocar alrededor de las urnas a la América profunda de paletos que comían ardillas y dormían con una gorra puesta. Era un retrato, decían, de la pobreza blanca que aún no se resignaba, al menos del todo, a la decadencia de la nación. Algo así es lo que leí entonces en reseñas más o menos temerosas del previsible cambio de rumbo. Cuando me encontré con la noticia de que J. D. Vance, el autor de aquella radiografía despiadada, era el candidato a la vicepresidencia por el Partido Republicano, decidí darle mi tiempo a este libro sin saber si sería vencedor y desconociendo su ruda campaña, rica en exageraciones y hasta falsedades. 

Lo que he encontrado es un relato frío y de desigual mérito, con alguna pincelada vigorosa y mucha elipsis pero con el mérito de que el autor, con su madre heroinómana y un horizonte vital poco halagüeño no intenta dar pena. Señalando con desapasionamiento abusos como que, trabajando Vance en un comercio de alimentación, los clientes que pagaban con vales de comida muchas veces, mientras hacían cola en las cajas, hablaban por el móvil. Yo no lograba entender por qué nuestras vidas eran una lucha constante mientras que quienes vivían de la generosidad del gobierno tenían cacharros con los que yo sólo podía soñar. O pocas líneas más abajo,  Cada dos semanas, recibía un cheque con un pequeño sueldo y me fijaba en la línea donde se deducían de mi salario los impuestos federales y estatales. Casi con la misma frecuencia, nuestro vecino drogadicto se compraba las mejores chuletas, que yo era demasiado pobre para comprar, pero que el Tío Sam me obligaba a comprar para otro. Esta era mi mentalidad cuando tenía diecisiete años.

Leyendo este relato, y a la vista de la insustancial retórica del abuelo Biden y Harris, lo que sucedió en 2016 se comprende mejor, y lo que ha sucedido hace unas semanas.




miércoles, 30 de octubre de 2024

Lecturas: El cazador de sueños (Stephen King)

 Que a 50 páginas del final dejes un libro sin terminar durante un mes, sin que se te pase por la mente finalizarlo, olvidando incluso el título, significa que el libro es más que malo. Es lo que me ha pasado con este, cuando el desbarajuste del autor (bueno, y de este lector) hace imposible seguir la lectura. Y no sirve, superada ya la treintena de volúmenes de King leídos, la calidad de la escritura, los secretos entre amigos semi-ocultos, la riqueza de detalles biográficos, marca de la casa, para atarnos al destino ominoso de los personajes. Hasta, digamos, la página 200, la trama era gobernable, hacía uno el esfuerzo para aprenderse el nombre, y recordar las circunstancias, de cada personaje. Pero de pronto, con la llegada de extraterrestres y la identificación de sus habilidades, el lector, este lector, cae en esa desesperación de "me he perdido, y como no recupere el hilo estoy jodido". Y así fue. Cuando al final me dije que había que terminarlo como he hecho con todo título de King, ya era tarde. Tal vez sea culpa mía. Tal vez de King, que ya desbarró en otros títulos infames. No me sirve que intenten vender este volumen como una continuación secreta de It. No. No es suficiente. Para mí será este uno de los peores libros de King. Menos mal que sé que vendrán otros que lo mejoren.



sábado, 31 de agosto de 2024

Lecturas: Mientras escribo (Stephen King)

 Reconozco el impacto que en mí tuvo la carta al querido y remoto muchacho que Ernesto Sabato incluyó en Abaddón el exterminador. Verdadero manual parta jóvenes escritores en el que se proporcionaban las herramientas para no desistir en el oficio cuando éste no es un pasatiempo sino una necesidad. Este libro de King tiene un valor similar, pero entrando en la mecánica del acto, en su práctica y no sólo en la teórica como hizo mi amado y añorado y nunca lejano amigo. Esta vez, tras un arranque en el que King narra sus orígenes y su degeneración en un adicto a las drogas y al alcohol que escribe compulsivamente, se proporcionan consejos con sencillez, y con ejemplos acaso innecesarios, como la necesidad de revisar y acortar los textos o la pertinencia de no hacer esquemas previos por cuanto encorsetan la ficción. Aquí, con sentencias tajantes, bien razonadas, como La vida no está al servicio del arte, sino al revés, se guía al lector/escritor por el hecho creativo, con consejos especialmente atinados como el de escribir 2.000 palabras diarias, algo que los que alguna vez hemos sido escritores reconocemos como una extensión razonable e incluso óptima. Aquí más que orientar al lector en la lógica interna de algunas ficciones como Misery, se dirige King al lector que quiere ser escritor, con el que comparte las herramientas y orientaciones sabias y generosas. Querido y remoto Stephen, ¡gracias!




viernes, 30 de agosto de 2024

Lecturas: Corazones en la Atlántida (Stephen King)

 En una revista gloriosa como The Magazine of Fantasy and Science FictionCharles de Lint afirmó que este libro es "la gran novela estadounidense de los baby boomers", ya que  "cuando está en la cima de su forma, como ciertamente lo está aquí, él [King] puede ser tan provocador e inspirador como <inserte aquí su autor literario favorito>". Nada menos. Pero no es para tanto. Lo que sí se observa es un intento de King de escapar de los géneros, huyendo de elementos fantásticos pero esta huida es algo frustrado. A través de tres relatos largos y dos muy breves, hace transitar a un puñado de personajes a lo largo de cinco momentos históricos (1960, 1966, 1983, y dos momentos de 1999) desde lo cotidiano hasta lo fantástico, estropeando el relato a medida que los elementos fantásticos hacen su aparición. Así, en la primera de las historias, la más extensa, titulada Hampones con chaquetas amarillas todo es deleitable, con sus notas de extrañeza habituales, hasta que, maldición, aparece el ka (en mi mente, ka-de-los-cojones) y alusiones a la fatigosa saga de La torre oscura. Al menos, ese batacazo desaparece en pocas páginas. La siguiente parte del libro, Corazones en la Atlántida, es el inicio de una historia de amor entre estudiantes que se refugian en un juego de cartas, el de los corazones, para huir de la amenaza del llamamiento a filas en la guerra de Vietnam. Nada que objetar. 



En la titulada Willie el ciego seguimos la doble vida de uno de los personajes que conocimos en 1960. Veintitrés años después, también la vida de Carol, niña que en la primera parte vive una experiencia dolorosa, también vive bajo otra identidad tras su participación en un grupo subversivo. En la cuarta parte,  ¿Qué hacemos en Vietnam? se cuenta la guerra de Vietnam desde sus secuelas y los traumas que deja en las mentes y las almas de sus participantes. Pero King introduce un pasaje que obra en detrimento de esta historia y daña la experiencia de la lectura del libro entero, a través de una avalancha heterogénea de elementos que caen del cielo y que constituye, a mi juicio, una de las mayores torpezas, una de las más ridículas, de la bibliografía de King hasta el momento. Para cerrar el volumen, el relato Se ciernen ya las sombras de la noche devuelve la cordura a este volumen desconcertante a través de la emoción. 

jueves, 15 de agosto de 2024

Lecturas: La chica que amaba a Tom Gordon (Stephen King)

 Una novelita leve, concisa, eficaz. Que no perdura en la memoria pero que deja una gratísima impresión. Con economía de medios, nos muestra las semanas que una niña pasa perdida en una zona boscosa, acompañada por una radio a pilas y la presencia imaginaria de Tom Gordon, un jugador de beisbol de quien es seguidora. Aquí, el elemento sobrenatural está ausente, o reducido a la interpretación de una rara figura que comparece en las páginas finales. En todo caso, no importa: aquí el miedo es tangible, basado en elementos reales como los insistentes mosquitos, el calor, el frío, el desconcierto, la desesperanza. Nada más. Y nada menos.



lunes, 24 de junio de 2024

Lecturas: La tormenta del siglo (Stephen King)

 Después de algunos libros de King de lectura desesperante, propicia al enfado y el desaliento, llegan algunos como éste, puro gozo y fascinación. Además, no se trata de una novela sino un guión para una serie de televisión (wikipedia) que funciona a las mil maravillas. 


Aquí tenemos una pequeña localidad en la ficticia isla de Little Tall (en la que ya ubicó la acción de Eclipse Total) que recibe a la vez la visita de una tormenta de nieve violentísima y la de un personaje demoniaco, puede que el auténtico diablo, André Linoge, que trastoca la vida de esa comunidad refugiada ante la tormenta para demostrarle que el verdadero mal son ellos mismos y ofrecerles un trato (dadme lo que quiero y me marcharé es su ritornello mil veces repetido) que será difícil rechazar. De nada sirve que simpaticemos con el sheriff de honestidad a lo Frank Capra, ni con las madres amantísimas y protectoras, las viejecitas adorables ni los niños tan niños. El mal está ahí. Y no habrá escapatoria.

Lecturas: Invéntate algo. Relatos que no te podrás sacar de la cabeza (Chuck Palahniuk)

 Palahniuk o la escritura pulp. Algo así, el ánimo de tratar temas escabrosos, sensacionalistas, dignos de la cultura pop y de los programas de televisión de juicios amañados, sucesos sangrientos, anomalías físicas o morales. Los libros de Palahniuk son circos de tres pistas, amenamente redactados, con un ritmo sincopado, literatura de consumo con barniz malditista que representa a la perfección aunque con calculada estridencia nuestros tiempos. Son libros que, afirmo, siempre me han gustado con alguna llamativa excepción.



El volumen que nos ocupa, primero que recoge sus relatos, obedece a esa concepción que epata y entretiene al lector. Y entre los que rescataría una pequeña obra maestra, el titulado Zombis que da voz a un grupo de estudiantes que descubren que el desfibrilador de emergencia que con cierta facilidad se encuentra en espacios públicos, aplicado a las sienes, produce un estado de incapacidad mental que te puede liberar de angustias existenciales y te lleva a un nirvana mental gratificado por asistencia social:Pregúntenle lo que quieran a Griffin Wilson. Pregúntenle quién firmó el Tratado de Gante. Griffin hará como ese mago de los dibujos animados de la tele que dice: «Mirad cómo me saco un conejo del culo». Abracadabra, y se saca la respuesta. En Química Orgánica era capaz de hablar de la Teoría de Cuerdas hasta quedarse anóxico, pero lo que realmente quería ser era feliz. No simplemente no estar triste, quería ser feliz de la misma manera en que lo es un perro. No verse constantemente sacudido por mensajes de texto llameantes y cambios del código tributario federal. Tampoco quería morirse. Quería ser, y no ser, pero al mismo tiempo. Así de grande era su genio pionero.

Es más, el paraíso nos aguarda tras la anulación de la mente:

Desde aquel día en la consulta de la enfermera, Griffin Wilson está más feliz que nunca. Siempre se está riendo demasiado fuerte y secándose las babas de la barbilla con la manga. Los profesores de Apoyo Pedagógico le aplauden y lo colman de elogios por el mero hecho de usar el retrete. Un doble rasero clarísimo. Los demás estamos aquí luchando con uñas y dientes para conseguir el trabajo de mierda que podamos, mientras que Griffin Wilson se lo va a pasar bomba durante el resto de su vida comiendo chucherías de un centavo y viendo reposiciones de Los Fraguel. En el pasado había sido infeliz a menos que ganara hasta el último torneo de ajedrez. Pero tal como está ahora, ayer mismo se sacó la polla y se puso a cascársela mientras pasaban lista por la mañana. Antes de que la señora Ramírez pudiera pasar a toda prisa por los apellidos empezados con «S» y «T», con los chavales contestando «Aquí» y «Presente» demasiado despacio, soltando risitas y mirando, antes de que la señora Ramírez pudiera recorrer el pasillo corriendo y detenerlo, Griffin Wilson gritó «Mirad cómo me saco un conejo de los pantalones» y roció de lefa caliente una estantería que solo contenía un centenar de ejemplares de Matar a un ruiseñor. Sin parar de reírse todo el tiempo.

Lobotomizado o no, sigue siendo capaz de apreciar el valor de una buena frase pegadiza. Ya no es un simple empollón, ahora es el alma de la fiesta.

Así de certeras pueden ser algunas de las amargas fábulas de Palahniuk. Bienvenidos al paraíso.

viernes, 17 de mayo de 2024

Lecturas: Un saco de huesos (Stephen King)

 Hay quien duda entre esta novela e It como la mejor de Stephen King. Doctores tiene la Iglesia de King, pero yo no me atrevería a darle ese honor a ninguna de las dos y prefiero creer que todavía, todavía, no he leído la que suponga ese deslumbramiento. 



He disfrutado enormemente con esta novela, como en casi todas las de King. Pero al llegar a las cincuenta finales, el libro se tuerce tras haber dado muerte a dos importantes personajes con la habitual técnica del hachazo, haciendo que amemos u odiemos a personajes considerados imprescindibles para eliminarlos como con un rayo y descubrir que pese a todo, a ese trauma del lector, la trama sigue y hasta mejora. En ello no hay quien le discuta el dominio y la pericia al de Maine. Pero aquí, como en tantos otros títulos, hay un bandazo en la resolución que deja cabizbajo al lector. Como señalaba Daniel Mendelsohn en 1998 en The New York Times:  Afortunadamente, "Un saco de huesos" es, durante largos períodos, una lectura tan buena como muchas de las viejas novelas de terror "directas", pero al final no puede decidir si quiere ser una obra seria. de ficción literaria o una superproducción de terror. El resultado es un libro que no funciona como ninguno de los dos; se siente como si la conmovedora historia de problemas humanos demasiado comunes se abandonara a mitad de camino por una historia de lo sobrenatural que al final no es tan aterradora. O al menos los demonios no lo son. Ahora que lo pienso, esa podría ser la broma final del libro a expensas del negocio editorial. ¿Qué más podemos hacer con una saga sobrenatural en la que los fantasmas son menos aterradores que los agentes?

Este reproche es atinado. El libro transcurre con un personaje central y, cómo no, escritor, Michael Noonan, que se se siente exhausto tras la muerte accidental de su esposa y que vive de enviar a su agente libros que terminó años antes. Pero ante sí tiene la melancolía de sentir que su vida amorosa y creativa ha terminado, y que su retiro en su casa de campo junto al lago Dark Score (al parecer, trasunto del lago Flagstaff de Bangor) le dará al menos distancia. Allí, conocerá a una joven madre y su muy joven hija, surgiendo el deseo y también problemas añadidos y el retorno a la escritura. Y con ello, fenómenos de poltergeist que Noonan se toma con naturalidad, con ruidos y presencias intuidas y hasta imanes de nevera que transmiten mensajes. Todo ello, inobjetable. Pero, ay, llega el final confuso, aturullado, válido como animal de compañía. Y que estropea otra novela brillante y dignísima. Pero, nuevamente ay, no para mí.


lunes, 29 de abril de 2024

Lecturas: Mago y cristal. La Torre Oscura IV (Stephen King)

 Este libro es un tumor, una enfermedad, un goce. Algo muerto, molesto, que se lee con desagrado, con hartazgo, con desinterés. Con fascinación. Algo que es un ladrillo sobre la mesa, que pesa en las manos, que te hace seguir las peripecias de Roland y de su enamorada Susan Delgado sin que te interese un carajo lo que se digan, lo que les pase, lo que sientan. Sintiendo que cada decisión narrativa de King es un error pero sintiendo admiración de cómo es capaz de porfiar en ellas página tras página y durante centenares de ellas. Si alguien lee esto, que me crea: huyan de la serie de libros de La torre oscura. Quien no hemos caído en la tentación de leer a Tolkien (a que va a ser eso), podemos prescindir de esta lectura. No merecemos estas páginas. Que son ingratas, que son estúpidas. Que son magistrales. Porque por mucho que desperdiciemos el tiempo y los ojos y los músculos del brazo sosteniendo estas 921 páginas, sintiendo que es un sinsentido lo que vamos experimentando, que todo es confuso y tedioso, a la vez captamos, por mucho odio que esta novela me cause, que cada página es un portento de estilo, que tiene un mérito altísimo la capacidad de inventiva de King para trasladar un mundo que parece real de tan preciso en su fantasía. Qué capacidad para dar vida a lo que está muerto, qué voluntad de creación para no tirar la pluma a un pozo. Qué paciencia la mía como lector, y la de ustedes para leer este desahogo.