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domingo, 30 de marzo de 2014

Lecturas: El llanto irisado (Rafael Cansinos Assens)

Amo a Cansinos. Tal vez por su modestia, su humildad casi franciscana, por su amor a las letras y su nula pretensión de gloria, por su gusto a narrarlo todo como si susurrara, por su fe en la vieja religión de Judea. Es, salvando las distancias, como una versión senequista, bética, sefardí, de Kurt Vonnegut. Este hombre bueno, nunca lo bastante reivindicado (acabo de colgar en este blog un artículo de 2009 en el que homenajeo una vez más a Cansinos), fue autor de relatos menores, amables y conmovedores como los que integran este libro, originalmente publicado en Berlín en 1924. 

El título, relamido, echa para atrás pero se basa en un texto de Cansinos, "Vida de Pánfilo el Poeta" que menciona cómo las lágrimas, vistas al trasluz de la luna, recogen un arco iris que hace a Pánfilo exclamar "Oh maravilla! ¡Hasta el llanto de los poetas es una cosa alegre!". Pero en este libro, la lágrima es melancolía, y la alegría es ternura. Lo que no está nada mal. Los relatos, breves (hay 28 en esta edición de 142 páginas), son estampas que rozan lo moralizante y que dejan el regusto de un buen verso. No hay, por lo general, dramatismo sino susurro, esa penumbra en la que no es difícil imaginar a Cansinos escribiendo, con una debilísima sonrisa, mientras su abnegada hermana cose con lentitud en una butaca cercano. Aquí y allá, felices hallazgos como el que inicia "La milagrosa", una de las mejores piezas del volumen: "La vista de aquella mujer sola, vestida de blanco, en un paseo público, atrajo mis miradas y fue como una apelación apremiante a mi desorientada ternura de hombre sin novia".

La desorientada ternura del gran célibe que fue Cansinos se expresa aquí en dirigir su atención a esos grandes marginados de las letras que son los ancianos. No es raro encontrar una especial recurrencia en estos relatos al protagonismo de viejos y viejas que se saben vencidos, solos, habitantes de la nostalgia. No es raro sentir un delicado pellizco en el pecho, similar a una caricia, a un susurro en la penumbra, al terminar cada uno de estos relatos y pasar al siguiente. 

La gloria de Rafael Cansinos Assens

Hay ocasiones en que el olvido es algo que festejar, cuando llega su fin y una iniciativa o un aniversario nos permiten sacar de las tinieblas a un creador con el que la posteridad no ha sido generosa pero cuyos méritos son altos y propicios para la celebración. Es lo que sucede con el sevillano Rafael Cansinos Assens, del que se cumplen 45 años de su muerte, verificada en Madrid el 7 de julio de 1964, y que va siendo motivo de frecuentes informaciones en los últimos meses merced al avance de la fundación que custodia la obra y la memoria del autor, por hacerse un hueco en el mundo cultural español.
A muchos el nombre de Rafael Cansinos Assens les sonará vagamente como el de quien Borges reiteradamente reconocía su maestro, pero siendo cierta esta deuda del argentino con Cansinos, es igualmente indudable que, aparte de la relación entre Borges y nuestro autor, Rafael Cansinos Assens es un magnífico ejemplo de la literatura de su tiempo, de erudito empecinadamente resistiendo a las vicisitudes de nuestra áspera patria, de insobornable testigo de un tiempo al que llamamos la Edad de Plata.
De Cansinos, más allá de las anécdotas, de la ligazón con Borges, del parentesco con Rita Hayworth (hija del también sevillano Eduardo Cansinos), quedan un puñado de libros que van siendo recuperados por su hijo, el editor Rafael Manuel Cansinos, que se ha dedicado a la tarea primero desde su propia editorial, Valdemar, y después desde el sello ARCA (Archivo Rafael Cansinos Assens). Con todo, no nos encontramos ante la tarea de un hijo que vela por el reclamo de su padre, sino del rescate de un autor merecedor de una posteridad más plena que la que le ha correspondido.
Los datos de la extensa vida de Cansinos se pueden resumir en un puñado conciso de fechas y de lugares: nace en Sevilla en 1882, queda huérfano pronto, recibe una educación católica, en 1898 se instala en Madrid, se dedica al periodismo y a la literatura, publica un puñado de libros y realiza numerosas traducciones de diversos y abrumadores poemas. Su elección del judaísmo como religión íntima le fortaleció interiormente pero le puso en el lado de los sospechosos durante el franquismo. Murió hace 45 años.

'La novela de un literato'
Entre la extensa obra de Cansinos, y entre la poca accesible en el mercado, destaca de forma especialísima, y magistral, 'La novela de un literato'. Publicada por Alianza Editorial en tres volúmenes de más de 500 páginas cada uno dentro de la colección 'El libro de bolsillo', estas memorias literarias de Cansinos constituyen una maravillosa rareza entre nuestras letras. A través de breves capítulos ordenados cronológicamente, Cansinos nos habla de los autores que ha conocido y tratado desde su llegada a Madrid desde la Sevilla natal en 1898 hasta el día siguiente del comienzo de la Guerra Civil.
Con un sentido del pudor muy elevado, y una modestia pocas veces vista, Cansinos nos lleva a las redacciones de los periódicos, los cenáculos literarios, las editoriales, las tertulias, nos retrata a poetas de la más alta categoría (son emocionantes sus páginas sobre Juan Ramón Jiménez, desoladoras las que recogen a un Rubén Darío idiotizado por el alcohol) y a otros autores que son fruto de son hoy objeto de mera erudición o de olvido sin remedio, entra en el detalle de los anécdotas más menudas, otorga vida singular, cargado de veracidad pero nunca de maledicencia, a tantos y tantos momentos, tantos y tantos nombres.
Un libro excepcional firmado por un testigo de privilegio de un momento de excelencia de la literatura española. Se trata de una obra de la madurez final de Cansinos, que firma su proemio en 1961, cuando de vida sólo le quedaban tres años, y en el que se confiesa cansado desde las primeras palabras: «Hay un momento en la vida del escritor en que, cansado o desengañado, se siente reacio para la creación y vuelve la vista a sus recuerdos, que le brindan el argumento de una novela vivida en colaboración con sus contemporáneos».
El libro de poemas en prosa 'El candelabro de los siete brazos' (1914), reeditado por Alianza con un prólogo, de 1981, de Borges, el volumen de cuentos líricos 'El llanto irisado' (1924), la novela en clave, acerca de las vanguardias, 'El movimiento V. P.' (1921) y el volumen de ensayos 'Los judíos en la literatura española' (1937) pueden ser encontrados con facilidad relativa. Todos son gratos, los dos primeros son excelentes.
Cansinos visto por otros
César González Ruano, cuya obra está siendo objeto de una ejemplar tarea de recuperación por parte de la Fundación Mapfre, no congenió del todo con el gran auspiciador del ultraísmo, aunque fue una de las siete personas que asistieron a su entierro y el único que en la prensa se ocupó de la noticia del deceso y de la reseña del fallecido.
En su libro 'Siluetas de escritores contemporáneos' (1949) lo despacha en términos equívocos: «Era ya entonces el mismo Cansinos de ahora, alto, desvencijado, algo caballuno e infinitamente triste, con una actitud entre el lirismo desbordante, judaico, y la zumba andaluza que permitía con dificultad saber cuándo hablaba en serio y cuando se tomaba el pelo a sí mismo».
Poco después, en su extraordinario libro de memorias 'Mi medio siglo se confiesa a medias' (1951), en el que habla tanto, o casi más, de sí mismo como de sus contemporáneos, traza un retrato poco piadoso de Cansinos: «Con Rafael Cansinos tuve la amistad que él concedía a un joven, que no era nunca mucha. Tenía una extraña altivez recreada en una especie de estética del fracaso y presumía de algo así como de mártir oficial de la literatura española. Sobre él pesaban los rumores maldicientes de viejos vicios y confusionismos de la intimidad que él se echaba sobre los hombros, encantado, como capas pesadas que hacían aún más angustiosa su existencia resudada de voluntarios martirios».
En sus memorias, González Ruano copia de su título de 1949 el retrato que hace del escritor sevillano y que pese a todo resulta admirativo: «Cansinos era grande, huesudo, con la mandíbula mal encajada, los ojos un poco saltones, grandes cejas sin peinar, los cabellos rizosos y ya entonces entrecanos, dura sombra de barba y dientes grandes y muy visibles. Había en su persona una intención desgalichada y un áurea fúnebre de cigarrón de los caminos. Hablaba pomposo y lento, con palabra elegida y párrafo largo, como su prosa; dejo muy andaluz, perezoso y, a la vez, inflamado. Era millonario en metáforas y de una imaginación sin límites».
La semblanza que en sus dos libros hace González Ruano de Cansinos es la que sirve de armazón para que en 1996 Juan Manuel de Prada convierta a Cansinos (y también a Ruano) en personaje de su novela 'Las máscaras del héroe', que recoge también materiales de 'La novela de un literato' y que tiene como protagonista al escritor malagueño, portentoso y malvado que fue Pedro Luis de Gálvez.
Prada nos describe a su Cansinos: «Su envergadura destacaba sobre los demás invitados; tenía los ojos somnolientos, atufados por el humo de un rasero, y la sonrisa triste, como de enterrador». Y más adelante: «Cansinos, como los pecadores del Antiguo Testamento, se sentía vigilado por el ojo triangular de Yahvé, que le censuraba la infracción de algún precepto, de manera que farfullaba una excusa y corría a refugiarse en su casa de la Morería, junto al Viaducto; allí, en señal de penitencia y reafirmación de su celibato».
Cansinos, con su hermana

Cansinos y Borges
No fueron pocos los textos que Borges dedicó a Cansinos. Ya en el primer artículo que publicó en Buenos Aires, en 1921 y dedicado al ultraísmo, nombraba a su maestro como impulsor del movimiento, y en ese mismo año afirma en otro lugar la responsabilidad plena de Cansinos en la nueva estética, para en 1924 dedicarle un poema que incluirá en su libro 'Luna de enfrente' y que es un tanto farragoso, a excepción de ciertos versos: «Es duro realizar que no tendremos ni en común las estrellas. / Cuando la tarde sea quietud en mi patio, de tus cuartillas surgirá la mañana / Será la sombra de mi verano tu invierno y tu luz será gloria de mi sombra».
Más memorable será el que le dedique en el libro 'El otro, el mismo', publicado en el año de la muerte de Cansinos, 1964: «La imagen de aquel pueblo lapidado / Y execrado, inmortal en su agonía, / En las negras vigilias lo atraía / Con una suerte de terror sagrado. / Bebió como quien bebe un hondo vino / Los Salmos y el Cantar de la Escritura / Y sintió que era suya esa dulzura / Y sintió que era suyo aquel destino. / Lo llamaba Israel. Íntimamente / La oyó Cansinos como oyó el profeta / En la secreta cumbre la secreta / Voz del Señor desde la zarza ardiente. / Acompáñeme siempre su memoria; / Las otras cosas las dirá la gloria».
Este poema delata la emoción del argentino, que en 1963 en un viaje a Madrid se reencontró con su viejo amigo. Edwin Williamson, en su abrumadora monografía del porteño, resume ese encuentro presenciado por la madre de Borges: «Pasaron una mañana juntos en la casa de Cansinos, con reminiscencias de los días del Ultra y la vanguardia madrileña. A lo largo de la conversación Borges sostenía la mano de su viejo maestro, y cuando llegó el momento de irse, sollozaba en silencio mientras le susurraba una despedida al oído a Cansinos».
Homenaje
La admiración de Borges por Cansinos no hizo sino crecer con los años. Así, en 1927 Borges, haciendo alusión a un libro de Cansinos re-editado en nuestros días por Valdemar, afirmaba sentencioso: «Dulce y decorosa aventura la de visitar los libros de Rafael Cansinos Assens, la de hacerse merecedor de su intimidad. Su obra es ignorada con injusticia: comprobación en que miramos, no tanto a la adversidad de su autor, cuanto a lo maravilloso y absurdo de que a nosotros ciudadanos de Buenos Aires, ciudadanos de la mayor ciudad de lengua española y cabeza espiritual de este continente nos sea desconocida la más apasionada y férvida prosa de que hoy sabe nuestra habla. Que la de Cansinos lo es con integridad, ningún lector de 'El divino fracaso' lo pondrá en duda».
Más tarde, con motivo del homenaje que en Buenos Aires dedicó al sevillano, con motivo de su muerte cuatro días antes, en la Sociedad Hebraica Argentina, Borges recordaba ese mismo libro en un pasaje que honra, y hace querer, al escritor que aquí conmemoramos: «He hablado hace un momento de 'El divino fracaso'. Creo que Cansinos de algún modo buscó el fracaso. Nadie menos interesado que él en las maniobras de la literatura. Nadie menos interesado que él en la fama. Buscaba y encontraba la belleza en todas partes en todos los libros. Por eso su generosidad, que lo perjudicó muchas veces para el elogio. Leía un libro mediocre y lo recreaba. Veía las intenciones que existían detrás de ese libro, o que podían haber existido, y generosamente se las atribuía».
Y concluyó Borges esa intervención, con palabras que hacemos nuestras: «Yo dije, en páginas, en una nota que acaba de recordar nuestro amigo, que a Cansinos le faltó una sola cosa: la gloria. Pero ahora, con su muerte, esa gloria, esa gloria que el idioma español y cuantos manejamos ese vasto idioma le debemos, empieza. Y esta noche que nos congrega es uno de los principios de esa gloria que tendrá merecidamente, justamente, fatalmente, nuestro amigo, visible o invisible, el gran poeta judeo-andaluz Rafael Cansinos Assens».
Artículo publicado en diario Sur, 3 de julio de 2009


martes, 1 de noviembre de 2011

Ramiro de Maeztu: el camino del olvido

Víctima de la guerra civil, Ramiro de Maeztu, compañero de Baroja y Azorín, fusilado hace ahora 75 años, no ha tenido una pervivencia fácil
Con su nombre de instituto, de calle o de cosa así, Ramiro de Maeztu no ha tenido una supervivencia póstuma más allá de la desaparición del régimen de Franco. Un modelo de país que él habría saludado con alborozo, y que mimó su memoria, pero del que no llegó a ser parte al ser asesinado en los primeros meses de nuestra última Guerra Civil. Él, que formó junto a nombres tan notorios como Azorín y Baroja el grupo que se autodenominaba de los Tres, quiso una España otra, y a ella apostó con la palabra, y con el gesto airado, sin saber que al elegir una opción política jugaba a la ruleta rusa. El 29 de octubre de 1936, hace 75 años, un pelotón de funcionamiento le llevaría a una inmortalidad que duraría hasta poco más allá de la fecha de su centenario, el 4 de mayo de 1974, en el que la prensa le recordará como contrarrevolucionario ejemplar, como profeta de una patria nueva y plena, que decían que era libre, única y grande.
Más o menos, lo que Maeztu creía

El final
Cayó el cuerpo a tierra sobre la tierra del cementerio de Aravaca, no lejos del de Ramiro Ledesma Ramos, ese jueves de hace setenta años tras pronunciar, ante el pelotón de fusilamiento unas palabras que tal vez sean apócrifas pero cuya memoria merece su rescate: “Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero”. Otra versión, cristalinamente apócrifa, le añade a la frase una conclusión ejemplar: “¡porque vuestros hijos sean mejores que vosotros!". Un compañero de presidio añade la frase que el carcelero le dirigió mientras intentaba vestirse para lo que le anunciaban como un traslado: “Para donde va, da lo mismo que vaya usted en pijama”. En la celda vacía quedarán las cuartillas de un libro que no llegará a nacer y que iba a llamarse “Defensa del espíritu”. Unidos ante el fuego y la muerte los dos Ramiros, Ledesma había escrito en el primer número de la revista JONS que consideraba a Maeztu “uno de los pocos españoles capaces de ofrecer los valores de España”, pero que “éste es el único aspecto de Maeztu que nos interesa. Ningún otro. La política de las JONS no es su política”.
Retratado por su hermano Gustavo en 1910

La secuencia que terminó ante la tapia de un cementerio comenzó el 30 de julio, en la fecha en que se publicaba el manifiesto de adhesión a la República por parte de los intelectuales (Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset entre las firmas), y en la que Maeztu sería detenido en casa de su amigo José Luis Vázquez Dodero que lo ocultaba desde la noche del Alzamiento de Franco. Los milicianos que llevaron a cabo la detención buscaban un oratorio clandestino en esa casa de la madrileña calle de Velázquez. Allí encontraron a un anciano que esgrimió entre denuestos un pasaporte diplomático, que no impidió que fuera llevado a la comisaría de Buenavista junto a su anfitrión y una tía del mismo. En la comisaría, al no encontrársele causas legales para mantener la detención, el comisario, que según Dodero les preguntaba por las posibilidades de triunfo del golpe militar, los puso en libertad. La presencia, a las once de la noche, de un coche de milicianos al acecho frente a la comisaría (fácil es conjeturar el alarde ominoso de las armas, el humo de cigarrillos entreverado en la luz de los faros en esa noche de verano, el estruendo de las voces, el exceso de los gestos)  llevó a Maeztu a darse la vuelta y solicitar su detención, por lo que será llevado a la cárcel de Las Ventas. Esta apuesta por la vida provisional le llevaría, hemos visto, a la definitiva muerte.
Motivos para morir

El sospechoso
Sus artículos derechistas, de exaltada oratoria, le habían puesto en el punto de mira de sus enemigos. Vamos, por mostrar sólo un breve botón, un fragmento del titulado “Los dioses se van” publicado en 1933: “los hechos nos muestran la necesidad de que vuelva a rehacerse la unidad de la Cristiandad, si queremos salvar la civilización frente a las muchedumbres del Oriente, que viven realmente una vida animal de hambre continua e insaciada, que necesitan de la levadura y de la disciplina de Occidente para poder levantar los ojos de la tierra, pero que producen aspavientos de poeta, como Rabindranath Tagore, y fantasmas de profeta, como Gandhi, para hacerlos creer que se remediará su situación el día en que se lancen contra los pueblos decadentes de América y Europa”.  Que en el homenaje que se le diera en Madrid con motivo de la concesión del Premio Luca de Tena en marzo de 1932 los oradores fueran los marqueses de Quintanar y de Luca de Tena, José María Pemán, Pedro Sáinz Rodríguez, Eugenio Montes y el propio Maeztu es una conformación más que un indicio. Otro de los presentes en el banquete, César González-Ruano, llegaría a afirmar de él que “su derechismo, su monarquismo y su cavernicolismo era ya tan descomunal que daba casi risa”. Por aquellos años de la República, Edgar Neville, molesto con la actitud timorata de Maeztu (que en la prensa afirmaba que “Hay películas, cada año en mayor número, que no fían el éxito sino a los centenares de mujeres desnudas que hacen desfilar por nuestros ojos”) lo calificaba en la prensa de pertenecer “a la generación de “La pulga” y de ser y representante de la “tradicional estropajosería” que integran los que “pretenden que vivamos precisamente como ellos desean y que aceptemos su “bueno” y su “malo” sin discusión”.
Retratado por Ramón Casas


Entre extremos

Pero no fue siempre así. Su amigo Juan Ignacio Luca de Tena afirmaba que Maeztu “a los 20 años era anarquista, a los 30 republicano y su firma veíase frecuentemente en “El Sol”. To no recuerdo exactamente cuándo empezó su evolución hacia la derecha”. Nacido en una familia de padre vasco y madre inglesa, Ramiro de Maeztu y Withney, alumno brillante de bachillerato, la bancarrota familiar le vedará el acceso a la Universidad. Instalado a los 16 en París como comerciante, su ineptitud para estas labores le hará abandonar la ocupación y recorrer por cuatro años América Central y del Norte. Regresado a Bilbao, se inicia en el periodismo, y en 1897 lo tenemos en Madrid. Donde es parte de los Tres, y con ellos de la Generación del 98. En 1899 publica su primer libro, “Hacia otra España” en el que hay un pasaje que explica lo que le pasará en 1936. Al referirse a las semanas en que alistado para enfrentarse al enemigo norteamericano se le hace patrullar alrededor de Mallorca en prevención de una invasión: “Si la historia expansiva y conquistadora de nuestra patria ha de acabarse con la centuria; si los cañones yanquis han de borrar el plus ultra de nuestra raza, quiero, al menos, como español y como artista, que nuestra caída sea bella; quiero al menos que si no hemos sabido decir “sí” a la vida, sepamos decírselo a la muerte, haciéndola gloriosa, digna de España”. Más tarde dirá de este libro que “todas sus páginas merecen ser quemadas, pero el título responde al ideal de entonces y de ahora”.




Autoridad, divino tesoro

En 1905 marcha como corresponsal de “La Correspondencia de España” a Londres. Allí pasa 15 años que le hacen defensor de la autoridad que plasma en su libro “Authority, Liberty and Function in the Light of War” (1916), que aquí se publica como “La crisis del Humanismo”. Ese año se casa con la inglesa Alice Mabel Hill, con la que tiene su único hijo. Regresado a España en 1919, defiende el régimen del general Primo de Rivera, que le premia con el cargo de Embajador en Argentina, de donde regresa en 1930. Los años de la República serán los del combate contra un régimen adverso. Director de la revista política “Acción española”, diputado en 1933 por “Renovación Española”, publica en 1934 sus artículos políticos bajo el título de “Defensa de la Hispanidad”. Para entonces su doctrina se resume en una frase: “Para los españoles no hay otro camino que el de la antigua Monarquía Católica, instituida para servicio de Dios y del prójimo”.

La mala reputación
José Luis Calvo Carilla, en su muy atinado y prolijo ensayo “La cara oculta del 98” estudia los años iniciales, los años decisivos, los que giraron alrededor del año crucial de 1898, de los tres provincianos que constituirían el núcleo principal de la generación del 98: el vitoriano Ramiro de Maeztu, el guipuzcoano Pío Baroja y el alicantino Antonio Martínez Ruiz. La conclusión a la que Calvo Carilla quiere mostrar a través de estos tres amigos no es otra que la que ya señaló Rafael Cansinos Assens en las páginas finales de sus memorias literarias “La novela de un literato”, cuando, desencantado y lúcido, afirma que “Estos jóvenes ahora siguen el mismo camino que los de principios de siglo, los Martínez Ruiz, los Maeztu y tantos otros. Se daban a conocer en la Prensa de izquierda, más accesible, pero mísera, y luego se pasaban a los periódicos de derecha, bien retribuidos”. Pero el mejor resumen de la evolución de Maeztu, se retrato más frío y distante, lo proporciona Cansinos cuando de él afirma , en una cita que es extensa pero ineludible: “Además de esas crónicas apócrifas de San Petersburgo y Varsovia que Catarineu fabrica, publica “La Corres” crónicas auténticas de su corresponsal en Londres, Ramiro de Maeztu, el antiguo nihilista, que ahora cambió de rumbo ideológico y aboga por el progreso económico de España, poniéndole por modelo la industrialización británica. Don Ramiro, como todos lo llaman, escribe unas crónicas agarbanzadas, por el estilo de las del americano-vasco Grandmontagne, hablándonos de ladrillos, tejas, carriles, etcétera. Ha olvidado ya su antigua diatriba contra el cocido español y brinda los medios de asegurarlo con el progreso económico. Alguna vez escribe sobre temas más espirituales, y entonces se lee con más interés y gusto, aunque su estilo esté calcado sobre el modelo de la prosa británica, tan poco emocional. Al contrario de Azorín, jamás habla en primera persona, sino como “el cronista”... La conversión de don Ramiro se debe, según los queridos compañeros, a sus relaciones con una vieja y rica dama que lo ha caracterizado... Don Ramiro es hoy un hombre moral, sensato y burgués... Por lo demás, ha seguido la misma evolución que ese otro hombre del 98, Azorín... El único de ellos que no nos ha defraudado todavía es don Pío, pese a ser un burgués nato”.
Tampoco es indulgente Andrés Trapiello en las páginas de su instructivo estudio “Las armas y las letras”, cuando afirma que “Maeztu, en cierto modo, fue, dicho con el debido respeto, un invento del franquismo, el escritor muerto que se intentó oponer al otro muerto ilustre, que era García Lorca, en un esfuerzo desesperado de demostrar que la barbarie de la guerra se había propagado en ambas zonas por igual. Y eso que era verdad en cuanto a las vidas, no era equiparable, no podía serlo, en las obras. Si, en efecto, Lorca y Maeztu fueron los escritores asesinados más señalados de cada uno de los bandos, la comparación de sus respectivas obras literarias no puede hacerse sin incurrir en abundantes agravios comparativos. Es comprensible que a Maeztu se le estudie dentro del pensamiento político español del primer tercio de siglo; ahora, que se le incluya dentro de la literatura española, en el mismo plano que sus ilustres amigos del 98, resulta un exceso que no justifica en absoluto su sustancioso “Don Quijote, don Juan y la Celestina”, de 1926, ni la amistad en su juventud con Azorín y Baroja, con los que formaba el Grupo de los Tres. Ni aquellos artículos brillantes, inteligentes, literarios del novecientos de “Hacia otra España”, que tanto influyeron en sus colegas. Quizá por todo ello sigue apareciendo en todas las historias de la literatura, junto a Unamuno o Valle-Inclán, como miembro de la misma generación, sin que ninguno de los amantes de los encasillamientos ni ningún catedrático le coloque de una vez en el lugar o casilla que le corresponde más exactamente: el del pensamiento español y el activismo político”.
Artículo publicado en diario Sur el 29 de octubre de 2011