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lunes, 14 de enero de 2019

Lecturas: Napoleón en Chamartín. Episodios Nacionales, 5 (Benito Pérez Galdós)


Sin duda, uno de los mejores Episodios. Al menos, hasta ahora. La derrota de Bailén, con la huida del rey José, lleva a Napoleón a involucrarse personalmente en España. Mientras avanza hacia Madrid, de victoria en victoria, los madrileños se preparan para resistir. Con un estado de ánimo que recuerdan al otoño de 1936, con la ciudad dispuesta a resistir contra toda esperanza. En la Guerra Civil consiguió mantenerse hasta el derrumbe final. En 1808 cayó tras ser derrotado el ejército español en la poco conocida batalla de Somosierra. Con todo, es escalofriante el paralelismo entre el sentir de los madrileños de los dos momentos históricos. Como lo es el personaje de Santiago Fernández, llamado no con poca chacota El Gran Capitán, un vejete que en Episodios previos parecía un Quijote redivivo, alguien que blasona de hazañas guerreras pero que, ahora, cuando llegue el momento de  la verdad, se inmolará ante el invasor, plantando cara a los invasores en su propio jardín, bajo la obstinada consigna de se rendirá Madrid, que se rendirán los Pozos; que se rendirá el jardín de Bringas; pero que el Gran Capitán no se rinde. Enloquecido de gloria y patria, morirá como un valiente. Ejemplo de esa España que, en palabras de Galdós, en este mismo libro, sabe morir con la misma insensatez con que vive. Una cita que merecería ser leída, y tenida en cuenta, de cuando en cuando por todos los españoles:

Los paisanos armados eran ciertamente muchos: pero había muy pocos fusiles, y de éstos la mitad eran inútiles por falta de cartuchos; y, ¿con qué se hacían los cartuchos si no había pólvora? A eso habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén. Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; ayer poderosos y temibles, hoy impotentes y desbandados. Contrastes y antítesis y viceversas, propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, el buen vino y el buen humor.

¡Oh España, cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia adonde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria, con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.



domingo, 30 de agosto de 2015

Lecturas: Napoleón (Max Gallo)

Es difícil que no salga una novela pasable cuando el asunto es la vida de Napoleón, desde su inicio en una isla hasta su final en otra. Max Gallo lo consigue, sin necesidad de imaginar gran cosa. Acá y allá, párrafos en cursiva con el monólogo interior del personaje. Entre medias, los hechos históricos sin apenas adorno. Sorprende que la obra maestra táctica que fue la batalla de Austerlitz no sea narrada con más atención, o que el espanto del cruce del Beresina, en la retirada de Rusia, no sea descrito con mayor dramatismo. Tal vez porque sea un esfuerzo vano intentar competir con la magistral "Nevaba" de Patrick Rambaud (en cambio, la otra batalla que Rambaud noveló, Essling, sí es descrita con un tono dramático casi pesadillesco). Una buena lectura, pero sólo para los que amamos a Napoleón, el que acaba con la Revolución y el del regreso desde la isla de Elba.


Es inevitable no recordar, al leer este incómodo volumen (835 páginas en mi edición), a Hitler. Véase, puesto en boca de Napoleón pero que también hubiera suscrito ese otro extranjero convertido en dominador de otra nación y, por poco, del mundo, una opinión sobre Rusia: "Los rusos deben aparecer como un azote ante todos los pueblos. La guerra contra Rusia es una guerra pensada en beneficio de la vieja Europa y de la civilización. No debemos ver más que un enemigo en Europa. Y ese enemigo es el coloso ruso". Es, en definitiva, el Napoleón que nos presenta Gallo un esclavo de  un destino mayor que la vida, y que por él se sacrifica y es sacrificado. En pos de su meta, llega a perder la sensibilidad: "No crea que mi corazón no es sensible. He necesitado un gran dominio sobre mi persona para no demostrar emoción. Desde mi adolescencia, me apliqué a apagar esa cuerda que en mí no da ya ningún sonido. Mi deber es seguir, actuar, avanzar". Con todo, hay grandeza innegable en el emperador, como cuando visita en plena noche y sin aviso a la familia de uno de sus más sacrificados y admirables generales, Oudinot: 

"Acude a saludar a la familia del general en plena noche, mientras duerme, y parte tan rápidamente que recordarán su visita como si fuera un sueño. 

Eso desea ser, el sueño de los hombres, confiesa mientras se inclina de nuevo sobre los mapas.

- Hago mis planes con los sueños de mis soldados dormidos".


François Rude:
Napoleón despertando a la inmortalidad
(1845-1847)