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jueves, 20 de agosto de 2015

Lecturas: Sumisión (Michel Houellebecq)

                “Las predicciones del mago Houellebecq: En 2015 pierdo mis dientes. En 2022, hago Ramadán”. Es lo que decía la caricatura de Michel Houellebecq en la portada de Charlie Hébdo del día en que asesinos yihadistas masacraban a la plantilla del semanario. El motivo de la portada, y la clave del chiste, era la aparición en Francia de esta novela, “Sumisión”, que situaba su acción en un hipotético 2022, cuando llega al poder en el país vecino un partido islámico, la Hermandad Musulmana, gracias al apoyo de los socialistas (y la derecha) para evitar, en segunda vuelta, el triunfo del Frente Nacional de Marine Le Pen.

            La novela, estimable, sigue la peripecia de un profesor de la Sorbona II, François, especialista en Huysmans, desde las fechas previas al triunfo de los musulmanes hasta un tiempo después, tal vez un año. En primera persona, entrelaza el relato de los hechos políticos con su propia vida, marcada por relaciones personales inestables, su cese, con sueldo, en la universidad en razón de su no pertenencia a la religión imperante (por entonces, la Sorbona se ha convertido en una universidad islámica) y la preparación de una edición de las obras de Huysmans para la Biblioteca La Pléyade. Para ello, regresa a la abadía de Ligugé en la que Huysmans preparó su conversión al catolicismo, y desde esa distancia, esa calma, contempla cómo Francia se acerca a una guerra civil y la evita. El factor religioso, la conversión del autor sobre el que investiga, se erige en precedente de la conversión que se le ofrece a François si no quiere ser un marginado. La fe, en tiempo de mudanzas, puede ser, también, la única certeza, la única roca a la que aferrarse. Para sobrevivir, o para vivir en plenitud, François sólo tendrá que rendirse ante la trascendencia y ante las circunstancias. Para ellos, sólo es necesaria la Sumisión. Que en la novela se contempla como algo interior y exterior.

            Más que una novela política, que no lo es del todo, nos encontramos con una ficción sobre el hecho religioso. La estabilidad, puede que la beatitud, que Huysmans encontró en el catolicismo, es algo que nuestro protagonista puede encontrar (todo es cuestión de proponérselo, de ser sumiso) en el Islam. La poligamia, admisible y recomendable para los fieles, es también un aliciente poderoso. La pérdida del amor, o puede que sólo sea del sexo no remunerado, a través de la huida a Israel de Myriam, una amiga con derecho a cama, combinado con la ausencia de fe, combinadas, acompañarán a François en su evolución. El refugio en la abadía, junto a la labor de proselitismo que ejerce su antiguo colega y ahora rector de la Sorbona, Robert Rediger, hacen el resto. Todos tenemos un precio. Y todos tenemos derecho a una segunda oportunidad. Tan simple como eso.

miércoles, 7 de enero de 2015

Lecturas: Condenada (Chuck Palahniuk)

El mal, el mal. Que es el tema secundario de este libro. Y es lo que sucede hoy en París. La barbarie de siempre, la estupidez de tantos siglos. De los que repiten eso del Corán 08:39 “Combatid contra ellos hasta que toda la oposición termina y todos se someten a Allah” Pero quiero llegar a viejo, aunque eso me llegue en el hipotético y quimérico Gulag español. Es lo que nos amenaza el destino: que te corten la cabeza, o cortarme la coleta de la libertad por no adorar la de la opresión. No comulgar con lo que el gran orate dice hoy en Twitter: "El Pentágono y la OTAN bombardean y destruyen países enteros, asesinan a millones, cada día.D verdad esperamos q no hagan nada?" Pero no quiero perecer, aún no, por no creer en falsos dioses, por no adorar falsos ídolos, por no renunciar a mi libertad aunque ahora tenga que hacerlo y contenerme.


Pues nada, vayamos a Palahniuk que me ha vuelto a asombrar (bueno, a entretener) con una ficción de las suyas, de barracón de feria y mugre y desdicha y tontería. Esta vez es la confesión de una pre-adolescente que desde sus eternos trece años nos cuenta cómo es la vida en el Infierno tan temido, donde los demonios de toda cultura ejercen de lo suyo y basta mearse en una piscina más de tres veces o cualquier otra memez para merecer habitar en el averno. Como siempre, habrá un giro más o menos sorprendente y macabro, nuevamente hay placer, un placer ligero, en la lectura. Un final en exceso ambiguo y abierto e insatisfactorio. Y una constancia que es más bien intuición: Palahniuk es un moralista, y de lo que siempre escribe es del bien y el mal y sus consecuencias. Que Dios (o Satanás) lo bendiga (o lo maldiga).


miércoles, 19 de noviembre de 2014

El tiempo no perdona

Tal vez porque el perdón, en estos tiempos en que la civilización vive su lento, majestuoso por veces, atardecer antes de que la noche se nos venga encima, es un beneficio cedido por los corderos a los matarifes, una herramienta roma y blanda, un matasuegras agujereado. Ayer el Congreso de los Diputados aprobó, con torpe unanimidad, pedir al Gobierno español que reconozca a Palestina como estado. En una de esas oportunas sincronías de la historia, no desprovista de enseñanza moral, hizo que sólo unas horas separen esa apuesto por el confeti, digna del más torpe y sonriente presidente que mi desdichada nación haya tenido, con el ataque, a cuchillo, a pistola y con hacha, que en Jerusalén (Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Péguese mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no enaltezco a Jerusalén sobre mi supremo gozo) unos palestinos asesinaran a cuatro rabinos y un policía israelíes. Nada más suceder la atrocidad, la que fuera ministra de Exteriores del anterior gobierno socialista, intentaba resolver la paradoja con una frase para la Historia: "No podemos impedir que un grupo de desalmados impida los anhelos de paz de todo un pueblo". Vale. Aceptamos pulpo como animal de compañía, y el palestino como un pueblo amante de la paz. Lo que diga Jiménez, que debe conocer mucho más que yo, que nosotros, sobre todo eso, que todos nosotros, no sólo lo que dice sino que el palestino es un pueblo amante la paz. Sí señora. Lo que usted diga.

Herramientas para construir la paz, dicen

Llego a casa. Pongo las noticias. Lo de siempre. Y entre la crónica las imágenes tantas veces vistas, los carteles impresos con prisa glorificando a los asesinos, el ulular de las señoras gordas, las palmas desacompasadas, el reparto de dulces. Esos son mártires, ésos son héroes. Ése es el pueblo amante de la paz. Resulta que los desalmados son muchos más. Que el desalmado (pero nunca desarmado) es ese pueblo que festeja el crimen, que antes, y ahora, ampara el lanzamiento de sus cohetes lanzados ciegamente contra Israel. Asco. Por el fanatismo de los que celebran, por la mentira persistente y torpe de Jiménez y de su partido que cuando fue gobierno tanto pagó a terroristas islamistas a cambio de rehenes para que siguieran comprando armas (o fabricando cohetes) para demostrar su anhelo de paz. Cuando unos días antes los correligionarios de la pandilla de los dulces había degollado a Peter Kassig compartiendo en la filmación distribuida con el asesinato su suerte con una veintena de soldados sirios. En el mismo noticiario vi un fragmento de esa filmación. Mostraba a la fila de matarifes pasando ante cámara, sujetando por el cuello a cada víctima, para recoger con gesto decidido y sin variar el rictus el cuchillo con el que demostrar su anhelo de paz como pueblo cortando después la cabeza a los desalmados.




No soy islamófobo. Hace un mes tuve una relajada y larga conversación con una amiga musulmana y española sobre su fe y la mía, llena de respeto por parte ambos, con sintonía en aspectos fundamentales. Tengo amigos en Turquía a los que respeto y que me respetan, y Ankara es un lugar en el que me siento especialmente a gusto, y Estambul una ciudad a la que quisiera regresar. Pero me desagrada esa cerrazón, esa insistencia en el error y en el terror, esa brutalidad que consiste en admitir toda aberración cuando está dirigida contra los otros. "Anhelos de paz de todo un pueblo", lo llama Jiménez. En este mismo blog he condenado los abusos de Israel cuando los ha cometido (pinchar aquí) y también he explicado, quizás con demasiado afán didáctico, por qué ese pueblo no tiene nación (aquí la perorata)



Si alguien no desea darse otra ración de mi prosa deslavazada pinchando el segundo enlace, que sepa que el momento de los dos estados fue en 1948 y que ese pueblo amante de la paz perdió esa oportunidad, dejó pasar el momento ansiado, porque no quiso. Porque prefirió la senda de los cuchillos y de los dulces, de los cánticos y de los placeres de matar judíos. Porque esa es la manera de demostrar que se ansía la paz. Y nosotros olvidando ya no sólo Jerusalén, sino Atocha. Mientras nuestros representantes votan apoyar a Palestina, en este anochecer no sólo metafórico, los amantes de la paz recogen sus cuchillos. 

Fitna (Geert Wilders, 2008)
Por mucho que nos duela, hay mucha verdad
disuelta entre el veneno y la rabia.




viernes, 23 de noviembre de 2012

Las buenas intenciones

            Un amigo muy querido ha colgado en Facebook un comentario en el que caía en la fácil oratoria de llamar genocidio a lo que Israel está aplicando a los palestinos. Estuve tentado de contestarle en ese mismo medio, entrando en una dinámica de discusión y confrontación. Se puede ser una excelente persona y caer en esos errores de apreciación, se puede ser inmensamente injusto creyendo defender la justicia. Ya lo formuló con meridiana sencillez alguien que, cito y recuerdo de oídas, pudo ser Voltaire: “Puede que ninguno de los dos tengamos la razón”.  El hecho es que la sentencia tajante de mi amigo me duele e indigna a partes iguales. Y tampoco pretendo tener la razón. No es cuestión de entrar en batalla, de enturbiar con mis razones las suyas. Opto, entonces, por escribir aquí mi punto de vista. Por si alguien (él incluso) lo lee, y es este comentario un mensaje en una botella arrojado al mar, esperando que alguien lo lea, no importa cuándo, y tampoco si es leído, y entienda los argumentos de este sionista (nunca he ocultado que lo soy). Como conclusión, y como punto de partida, digamos que la mucha propaganda, la mucha desinformación por tanto, está en la raíz de todo este asunto.






           En primer lugar, no puede ser llamado Genocidio lo que no lo es. Léase su definición. Aplíquese a lo que sucede. Fin de la cuestión. No hace falta aducir el caso de la Shoah/Holocausto. Ya lo hizo el necio de José Saramago con resultado asqueroso. Quien se atreva a repetir aquello del comunista portugués no debería leer el libro de Raul Hilberg La destrucción de los judíos europeos (Aquí, el libro), que basta por sí solo para desmontar las falacias revisionistas amadas por los neonazis y por el tirano de Irán, ni ver el escalofriante relato de Claude Lanzmann, sino simplemente ver, aunque no sea completo, el breve y clásico documental Noche y niebla de Alain Resnais. Pero no es de la Shoah, tan dolorosa, de la que quiero hablar. Vamos a lo de ahora, a lo de estos días, esta tregua entre las explosiones.

Shoah (Claude Lanzmann, 1986), subtitulada



Noche y niebla (Alain Resnais, 1955)

            Quien dude, puede bucear un poco en la red. No es preciso hacerlo en los libros, si no se quiere. En el caso de que se busque uno, puedo recomendar La tierra más disputada: El sionismo, Israel y el conflicto de Palestina, de Joan B. Culla.  Vayamos a los hechos sencillos. Existió un reino llamado Israel y un reino llamado Judea. Borrados definitivamente por los romanos. Nunca existió un reino o república o emirato o lo-que-sea llamado Palestina. Palestina es un término geográfico, no político. Por lo tanto, lo que se llevó a la práctica en 1948, la partición de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, fue una restitución basada en derechos históricos. Los derechos históricos son también aducidos por los pro-palestinos. Nadie les niega, ni siquiera un sionista como yo, el derecho a vivir en ese espacio. Lo que defendemos los sionistas es el derecho a que exista el estado de Israel. No propugnamos el exterminio de los palestinos, arrojarlos al mar. Hamas, y sus grupos afines, sí piden justamente eso con los judíos, con los israelíes. ¿Os suena, además, eso de la Yihad? ¿Os acordáis del 11 de septiembre de 2001, del 11 de marzo de 2004? Pues eso. Ah, la mentalidad de los islamistas que hicieron esas matanzas sí es una mentalidad genocida.

Un paseo por Gaza

            Sigamos. El 14 de mayo de 1948 Israel cumplió lo aprobado por Naciones Unidas. ¿Qué sucedió en el lado árabe? Atacar al recién nacido estado judío. Cinco ejércitos contra las milicias israelíes. Venció Israel. ¿Qué pasó con los árabes?, ¿crearon su estado, ese estado que ahora reclaman? No. Un gran número se exilió a los países derrotados en aquella guerra de Independencia de Israel. Y los terrenos previstos para el estado palestino fueron anexionados por Israel y por Jordania. Oh, sorpresa. Quien le quitó a los palestinos su suelo, su estado, no fueron los repugnantes judíos sionistas. Fueron sus amigos árabes y musulmanes. De ahí vino el conflicto. Y vinieron acciones terrorista, y más guerras de varios países árabes a la vez contra el pequeño estado de Israel. Ganadas todas por Israel. De manera muy notoria la de 1967, con el resultado de que esa vez Israel se anexionó Gaza, Cisjordania, los altos del Golán y la península de Sinaí. Construyendo colonias en muchos de esos territorios, cierto es.

Golda Meir: Cuando los palestinos quieran a sus hijos
mas de lo que odian a Israel se solucionará el problema



            El Sinaí fue devuelto a Egipto a cambio de paz merced a los acuerdos de Camp David. Fue el comienzo de la política de “Paz por Territorios”. Damos otro salto, y vamos al 2005. Entonces se verifica el Plan de Desconexión por parte de Ariel Sharon, viejo soldado y héroe de la guerra de 1967, que como Primer Ministro hizo que Gaza fuera devuelta, aunque no en su totalidad, a la Autoridad Palestina, evacuando los asentamientos de colonos israelíes. Como experiencia piloto (si todo salía bien, el siguiente paso sería devolver Cisjordania). Paz por territorios, ya se sabe. Desde el lado palestino, se siguió atacando a Israel. Con cohetes primero artesanales, y ahora fabricados por Irán. ¿Qué haríais si vuestro país es atacado con cohetes de forma diaria? Yo, defenderme. Contraatacando. Es lo que ha hecho Israel. Simplemente. ¿Niños muertos, madres llorando, barbarie? Sí, son reales esos muertos. ¿Se deben condenar, lamentar, esas muertes? Por supuesto. Pero Israel no es la culpable única. Está comprobada la táctica de situar arsenales, y plataformas de lanzamiento de cohetes, entre instalaciones civiles como hospitales, escuelas o edificios de viviendas. Así, cuando Israel los ataque se garantizarán un buen puñado de niños, de mujeres, de civiles muertos para pasear los cuerpos ante las buenas conciencias para que escriban aquello de que Israel está haciendo un genocidio.


            Toda esta exposición es simplista y apresurada. Pero necesaria. Es una explicación del conflicto palestino-israelí apta para que la comprenda hasta un niño. Otro dato que no debe obviarse es que Ahmed Jabri, jefe militar de Hamas, asesinado por Israel al comienzo de esta escalada, fue responsable de numerosos crímenes. Entre ellos el abominable secuestro del soldado Gilad Shalit. Antes de la muerte de Jabri, y después, el lanzamiento continuado de cohetes es el que ha producido la respuesta de Israel. Es lo que tiene el jugar con fuego. Que te lo devuelven.