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lunes, 14 de noviembre de 2016

Melodías hebreas: de Sefarad a la música klezmer (4): Música clásica y judaísmo (II)


MÚSICA CLÁSICA Y JUDAÍSMO (II) 

Como tantos otros, Gustav Mahler, quizás el más complejo compositor judío (a él ha dedicado un reciente ensayo Arnoldo Liberman), optó por el cristianismo, en su rama católica esta vez, para llevar una vida sin sobresaltos. Nacido en una familia judía ortodoxa, el niño Mahler compaginaba la sinagoga con el coro de una iglesia católica. De adulto, para poder ser director de la Ópera Estatal de Viena, se convirtió al catolicismo. Esa condición de converso, de judío negado a sí mismo pero cargando por siempre ese estigma que el antisemitismo reparte con alegría y facilidad idiotas, de hombre de ningún lado, le hizo reconocer, con amargura que era "un hombre triplemente sin hogar: un nativo de Bohemia entre los austriacos, un austriaco entre los alemanes y un judío en todo el mundo".




Hondamente religioso, o mejor dicho, hondísimamente espiritual, tuvo que ver en el hijo lo que fue del Padre. Mejor que yo, lo explica Liberman (aquí una esclarecedora reseña). Además, Leonard Bernstein, que también ocupa parte de esta entrada del blog, convirtió a Mahler en objeto de una charla que grabó para examinar al compositor austriaco desde una óptica puramente judía. Sirva este enlace para acercarnos a Mahler desde Bernstein.



Es significativo que los tres compositores que ocupan esta parte de esta entrega no tuvieran que renegar de su fe. Es significativo que los tres tuvieran, dos de ellos de nacimiento y otro por adopción, la nacionalidad estadounidense. Jacob Gershowitz, nacido en Brooklyn, sí dio un paso hacia la legitimidad al camuflar su condición bajo el nombre de George Gershwin (también lo haría su hermano Israel Gershowitz, conocido como Ira Gershwin). En una América en vías de apertura, en la época de la expansión del jazz, Gerswin, junto con su hermano Ira, con el que frecuentaba los teatros en yiddish en Manhattan, aprovechó como pocos el momento histórico para sacar la cultura judía de los barrios judíos de Nueva York a través de algo tan simple y tan efectivo como el sinuoso solo de clarinete que abría la Rhapsody in blue en su estreno el 12 de febrero de 1924. El mismo clarinete que otro judío genial haría popular e imprescindible muy pronto (la primera grabación de Goodman es de 1926).




Sobre Arnold Schoenberg, a quien dediqué un artículo biográfico en diario Sur en 2011 (véase en este mismo blog), recupero y  adapto gran parte de ese largo texto: 

Nacido en Viena el 13 de septiembre de 1874 en el seno de una familia judía de clase media (su padre era zapatero, y a su muerte cuando nuestro compositor tiene quince años quedará la familia en una situación pésima), Arnold Schoenberg fue autodidacta en lo musical. Aunque recibió clases de violín en la niñez, nunca se matriculará en un conservatorio. Los tiempos tampoco son propicios: teniendo que sostenerse a duras penas como empleado de banca (un oficio que también tuvo el poeta T. S. Eliot), tiene la música como una afición, aprendiendo en manuales cuanto necesita saber a la vez que a los 19 años crea su primera composición, para voz y piano. A los veinte, en calidad de integrante de una orquesta de aficionados, conoce a quien será su cuñado y también mentor musical (y que a su vez, y por méritos propios, también figura en los manuales): Alexander von Zemlinsky. Con Zemlinsky, tras dejar el trabajo en el banco, se vuelca en la música con inusitado tesón. No será sólo su vocación, sino también su medio de vida. Trabajará en orquestas de cabarets vieneses, pero también haciendo para otros arreglos musicales que ocuparán seis mil páginas de papel pautado. En 1898 se hace protestante (de un modo parecido, en 1897 Mahler también abjuró del judaísmo para ser católico), y en 1899 compone, en la que es su cuarta creación, una obra maestra indiscutible: "La noche transfigurada". Escrita primero como sexteto de cuerda que en 1917 recibirá un arreglo para orquesta de cuerda y una revisión orquestal en 1943, basta para asegurar la inmortalidad a Schoenberg. Intimista, intensa, atormentada e hipnótica, "La noche transfigurada", que participa de las cualidades y riesgos del poema sinfónico, se basa a su vez en un poema que recoge el diálogo de un amante con su amada que lleva en su vientre el hijo de otro. Como elogio, y como reproche, se ha usado la descripción de este sexteto como "Wagner en música de cámara". Sea como sea, es una pieza que trasciende y supera esta descripción. Recibida con animosidad, la adversidad inicial de los oyentes será una constante a lo largo de toda la producción de Schoenberg.

En 1901 se casa con Matilde Zemlinsky, hermana de su mentor y acepta el empleo de director de la orquesta del cabaret literario Überbrettl. En 1900 comienza otra obra mayor, que le ocupa hasta 1911 y que recoge la doble influencia de Mahler y Wagner, "Gurre-Lieder", un ciclo de canciones para cinco voces solistas, coro y orquesta, rico en elementos expresionistas acordes con la cultura vienesa de su tiempo. El estreno, en 1913, supondrá un inesperado y restallante triunfo de Schoenberg. Acogido con expectación, los enemigos de nuestro compositor acudieron a la sala provistos de silbatos para manifestar, llegado el momento, su ojeriza. Al callar la orquesta no pudieron sino ponerse en pie como el resto del público y vitorear a Schoenberg. Esta escena no se repetiría nunca, pero le valió el premio Liszt, por mediación de Richard Strauss, que en 1902 ya había intercedido para que se le facilitara una plaza de profesor en el conservatorio Stern, en Berlín. Moviéndose entre Berlín y Viena, irá desgranando los títulos fundamentales de una nueva fase de su producción, la que abarca hasta 1920 y cuyos hitos son el poema sinfónico "Peleas y Melisenda" (1903), la "Sinfonía de cámara nº 1" (1906), las "Cinco piezas para orquesta" (1909) que le proporcionaron otro desacostumbrado éxito al estrenarse en Londres, y el fundamental ciclo de canciones "Pierrot lunaire" (1912) que escandalizó por su simbiosis estridente de palabra y música. Son obras en las que se va alejando del post-romanticismo del que surgieron y que se adentran en la atonalidad. Es una época en la que pone especial atención en su obra pictórica, adscrita al grupo de "Der blaue Reiter" ("El jinete azul") que comanda su amigo Vassily Kandinsky. Una de las pinturas de Schoenberg, "La mirada roja", de 1910, ha quedado como icono del arte expresionista visionario. La catalogación de la obra pictórica de nuestro compositor abarca un total de 361 obras.

La primera guerra mundial, recibida primero con entusiasmo patriótico y con descreimiento después, le llevará a ser reclutado en septiembre de 1917 para ser licenciado en diciembre por incapacidad física. La derrota traerá, en 1918, el desmembramiento del Imperio Austrohúngaro, el fin de la utopía vienesa que pretendía fusionar arte y vida. En esa Viena de la quiebra y la derrota, Sigmund Freud escribe que "los cuatro años de guerra fueron una broma comparados con el carácter siniestro de estos meses y seguramente de los que seguirán". Las clases y los conciertos permiten sobrevivir al matrimonio Schoenberg y a sus dos hijos, Trudy y Georg. La posguerra es también el momento en que la confluencia de Schoenberg con sus discípulos Alban Berg y Anton Webern permite que se hable de una Segunda Escuela de Viena para diferenciarla de la primera, en la que estaban Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert. Frente a la precariedad de la posguerra, Schoenberg apoyó diversas iniciativas para garantizar la actividad musical.

Llevada la música hasta estas fronteras, quedaba dar un paso definitivo que sólo Schoenberg podía, y quería, dar. Alex Ross no duda en atribuir a Schoenberg le responsabilidad exclusiva de la revolución musical que protagonizó: "En suma, un tropel freudiano de impulsos, emociones e ideas revoloteaban en torno a Schoenberg cuando ponía sus fatídicos acordes sobre un papel. Padeció violentos desórdenes en su vida privada: se sintió condenado al ostracismo por una cultura concertística que tenía mucho de museística; experimentó la alienación de ser judío en Viena; sintió una tendencia histórica para pasar de la consonancia a la disonancia; le daba asco un sistema tonal que se encontraba enfermo. Pero la propia multiplicidad de posibles explicaciones pone de relieve algo que no puede explicarse. No hubo ninguna corriente irreversible de la historia que provocara la aparición de la atonalidad; se trató más bien del salto de un solo hombre hacia lo desconocido". Si bien ese giro fundamental fue dado en esta segunda etapa, sería en la tercera y final, a partir de 1920, cuando toma una forma científica esta revolución cuando Schoenberg da paso al dodecafonismo. Con un importante bagaje teórico a sus espaldas, plasmado en títulos como "Teoría de la armonía", "Estilo e idea", "Ejercicios preliminares de contrapunto", "Funciones estructurales de la armonía", llega a establecer un nuevo sistema de composición basado en la igualdad absoluta de los doce semitonos la escala, negando la jerarquía entre las notas. Los doce semitonos pasan a regirse por un orden fijado por el compositor en series que son las que generarán la obra. En esta teoría tan insuficientemente explicada se basa una música nueva cuyas posibilidades todavía no hemos terminado de asimilar.

En 1923 queda viudo, y ese mismo año se casa con su segunda y definitiva esposa, Gertrud Kolisch, hermana de un director de orquesta. Gertrud, plena de encanto y aptitudes, sabrá darle una nueva y mejor vida, en la que no descuidan las relaciones sociales y miman los pequeños detalles que manifiestan un mayor apego por el confort y la calidad de vida. Son años en que se interesa por el jazz, pide conocer a Einstein y se inscribe en el Círculo de Amigos de la Bauhaus. Pero esa edad de oro terminará pronto. Convertido en un compositor que encarna el "arte degenerado" que denuncian los nazis, llega el momento de que Schoenberg tome partido y dé, definitivamente, la cara. En una carta dirigida a su amigo y discípulo Anton Webern, manifestaba su compromiso con la causa de los judíos perseguidos por Hitler: "Es mi intención participar activamente en estos esfuerzos. Esto me parece más importante que mi arte; estoy decidido (si resulto apto para esta actividad) a no hacer otra cosa que trabajar por la causa nacional del judaísmo. De hecho, he empezado ya a hacerlo, y en París he encontrado en casi todas partes asentimiento unánime a mis ideas. Mi proyecto siguiente es hacer una gran gira por América, de lo que tal vez salga un viaje por el mundo entero, para recabar ayuda para los judíos de Alemania [...] Hace tiempo que estoy resuelto a ser judío y a reintegrarme oficialmente a la comunidad religiosa judía". Schoenberg, que en 1898 se había convertido al cristianismo, en 1933, y en París, teniendo como testigo a su amigo Marc Chagall, volverá, ya para siempre, a la fe de sus mayores. En la misma carta, prosigue: "Más de una vez me habrás oído hablar de una obra de la que aún no podía dar más detalles, pero en la que he mostrado los caminos para una actividad del judaísmo nacional". Se trata de la ópera, que dejaría inconclusa, "Moisés y Aarón", que se estrenará en 1954 tras la muerte del autor, que estuvo trabajando en ella entre 1930 y 1937. Durante uno de los periodos de composición de la ópera, en Barcelona en 1932 (invitado por su alumno catalán Roberto Gerhard y movido por el asma), nacería su hija Dorothea Nuria, que se casará con otro compositor de vanguardia: Luigi Nono.

El camino que le queda por delante es el del exilio. Primero, brevísimamente, en París. Después en Nueva York y, por fuerza del asma, California. En 1940 alcanzará la nacionalidad estadounidense mientras su prestigio crece en su país de acogida. Ese año estrena la extraordinaria, y un tanto conservadora, "Sinfonía de cámara nº 2". En Estados Unidos, mientras atenúa la radicalidad de la ortodoxia dodecafónica, su música se hace crecientemente espiritual. Schoenberg, el autodidacta, el inventor de una nueva música, el pintor visionario, el rebelde, también el temible polemista, está en paz. Hasta que llega un día 13. De julio. Un viernes. Su esposa narraría así el final fatídico de Schoenberg, que finalmente tendría razón en su aversión hacia el número trece -obérvese que también en trece días de 1947 compuso su obra más amarga, "Un superviviente de Varsovia"- (triscaidecafobia es el nombre de esta manía), fecha en la que, en septiembre de 1874, naciera. Era el 13 de julio de 1951, hace 60 años: "El trece (tanto él como yo teníamos mucho miedo a esa fecha) se empeñó en que tomásemos acompañante nocturno. Y aunque yo estaba muy cansada, me mantuve despierta todo el tiempo y dejamos la luz encendida. Arnold tenía un sueño inquieto. A las doce menos cuarto miré el reloj y me dije: otro cuarto de hora y habrá pasado lo peor, será un nuevo día... Pero en ese momento me llamó el médico. Tuvo dos estertores, el corazón palpitó una vez más con violencia, y todo acabó. A mí me costó mucho acabar de creerlo. Su rostro estaba tan relajado y tranquilo como si durmiese. Ninguna lucha, ninguna agonía. Toda su vida rezó por un final así, sin sufrimiento". 






Finalmente, Leonard Bernstein tuvo una vida judía armónica, al nacer en la tierra de los libres, el hogar de los valientes (parafraseo ahora el himno de estados Unidos para realzar justamente esa sagrada libertad). Como reconoció con pasmosa naturalidad, "para escribir un musical de Broadway hay que ser judío o gay; yo soy ambas cosas". Nacido en una familia jasídica, fue llamado legalmente Louis por un capricho de su abuelo, por más que sus padres le llamaran siempre Leonard, nombre que adoptó legalmente a los dieciséis al morir su abuela. Sin ser particularmente observante, cambió en su juventud la sinagoga jasídica de Nueva York por otra reformista en Boston. Una de sus primeras composiciones, a los 17 años, fue una adaptación del Salmo 148 para disfrute familiar. A partir de ahí, además de notorias influencias de la música judía, nutrió su extensa obra de referencias hebraicas, desde su primera sinfonía, titulada Jeremías, con referencias precisas a las Escrituras y partes cantadas en hebreo, su sinfonía tercera, "Kaddish", compuesta como una lamentación por la muerte de John Fitzgerald Kennedy, hasta el ballet Dibuk acerca del demonio que tantos relatos populares judíos protagoniza. En definitiva, un espíritu valiente, plenamente judío, y que amaba a Israel tanto como a su nación. Para saber más, véase aquí.
 


Otros nombres podrían haber tenidio su lugar en este comentario: Anton Rubinstein, Paul Dukas, Darius Milhaud, Aaron Copland, Gyorgy Ligeti, Karlheinz Stockhausen, Irving Berlin o Philip Glass.O algunos miembros de la dinastía vienesa de los Strauss.



sábado, 5 de noviembre de 2011

La salvación por la música

Hay versos que lo mismo sirven para un desembarco que para un cuadro. O una música. Es lo que sucede con la “Canción de otoño” de Paul Verlaine, que recitada en estricta versión original (“Les sanglots longs / Des violons / de l'automne / blessent mon coeur / d'une langueur / monotone”) por las ondas de la BBC para Francia significaba, en clave, que debían recrudecerse los sabotajes preparatorios del desembarco de Normandía. El mensaje en verso, pasado a español, decía que “Los largos sollozos / de los violines / del otoño / hieren mi corazón / con monótona / languidez”. Una errata quizás buscada, cambió el  original “blessent” por “bercent”, con lo que el corazón no quedaba herido sino mecido. El espíritu de lento, casi inmóvil, hastío doloroso es el que muestra un cuadro importante del británico Walter Sickert (convertido en años reciente en sospechoso de ser Jack el Destripador), titulado, directamente en francés, Ennui y que es eso, aburrimiento puro, un interior con figuras que piensan exactamente en nada. Y esos versos, ahora, sirven para que José García Román compusiera “La chanson d’automne”, que la Orquesta Filarmónica de Málaga llevará al escenario del Teatro Municipal Miguel de Cervantes el 4 y el 5 de noviembre. En ese programa, titulado Espejos literarios II”, tendrá también en el programa las “Kindertotenlieder”, de Gustav Mahler, “Mahler-Moment”, de Dieter Schnebel y “Muerte y Transfiguración” de Richard Strauss. A la batuta, Edmon Colomer. A la voz (dec barítono), José Antonio López.
"Ennui", por Jack el Destripador Walter Sickert

         Murria, ganas de quedarse en casa mientras en la calle fría se revuelve el humo de las castañas, o de morder con desgana una almohada buscando la piadosa inconsciencia de los sueños vacíos. Es lo que promete, de forma poco tentadora, este programa de la OFM que atina en su cercanía al día de todos los, amados y añorados, difuntos. Pero no nos asustemos, no nos refugiemos en la concha del caracol cobarde convertida en presagio de tumba. Es música poderosa, un combate extraño en el que luchan las poéticas de Friedrich Rückert y de Alexander Ritter. Por parte de Mahler, un ciclo de canciones sobre niños muertos y por Strauss la agonía de alguien que mira hacia atrás, a la infancia irrecuperable, a la batalla perdida, y  tras ella la muerte y su después, su tal vez.
Kindertotenlieder 1, por Dietrich Fischer-Dieskau

         Hablamos de poesía, hablamos de música. Y de muerte. Gustav Mahler era provisionalmente feliz cuando escribió estas canciones. Cuatro años después perdió a su hija María. Entonces, escribió en una carta: "Me coloqué en la situación de haber perdido un hijo. Cuando realmente perdí a mi hija, no podría haber escrito estas canciones nunca más". Más. Romain Rolland, que tan inmortal fue en vida y que muerto ya no es nadie (la gente de un bando del 36 lo leía y aclamaba, lo mismo que pasa con Ramiro de Maeztu, al dorso de esta página y que es hoy ausencia, silencio y polvo) resumió en prosa el poema de Ritter que puso en música Strauss. En él habla de un hombre muriendo, que al final se encuentra con lo que sigue: “Entonces resuena en el cielo la palabra de salvación a la cual él aspiraba vanamente sobre la tierra: ¡Redención! ¡Transfiguración!”. Un drama musical, dos dramas entre dos fronteras, las de la poesía y las de la música, la vida y su final, que ponen la carne de gallina y el alma en vilo. Una promesa de redención, una posibilidad, transido el corazón, de salvación por la música.

Artículo publicado en diario Sur el 29 de octubre de 2011

viernes, 16 de septiembre de 2011

La tercera comunión


Comienza la temporada musical en Málaga con una propuesta de máximos, una negación de lo imposible, una promesa de plenitud. Porque los días 16 y 17 reunirá en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes (con la fachada devuelta al que dicen el color de ese remoto 1870 en que se inauguró con música de Rossini) a la contralto Patricia Bardón con Orquesta Filarmónica de Málaga bajo la dirección de Edmon Colomer, el Coro de Ópera de Málaga que dirige Francisco Heredia y la Escolanía Santa María de la Victoria guiada por Narciso Pérez. En el programa, una sola y enorme obra, la Sinfonía nº3 en Re menor, de Gustav Mahler. Ante la apabullante importancia de esta sinfonía, que tampoco es la más renombrada de su autor, resulta prescindible señalar que esta velada recibe el título de “Espejos literarios I” y que en el segundo espejismo, ya en noviembre, también estará Mahler aunque ya acompañado.
         Lo de la literatura viene en esta ocasión por la presencia de Friedrich Nietzsche en Mahler, pues al filósofo (y compositor amateur: de él he oído algunos lieder indigestos) corresponden los textos que son cantados en el cuarto movimiento, mientras que la letra del quinto corresponde a la recolección romántica “"Des Knaben Wunderhorn" y que entre nosotros tendría una traducción fea que mezcla juventud, magia y cuerno. El texto nietzscheano, que en la primera edición de “Así habló Zaratustra” se titula “La canción del noctámbulo” y “La canción ebria” en las restantes por una corrección del sabio, dice (en la traducción de Andrés Sánchez Pascual): “¡Oh hombre! ¡Presta atención! /¿Qué dice la profunda medianoche?/ «Yo dormía, dormía, / de un profundo soñar me he despertado:/El mundo es profundo / y más profundo de lo que el día ha pensado. /Profundo es su dolor. / El placer es más profundo aún que el sufrimiento:/ El dolor dice: ¡Pasa!/ Mas todo placer quiere eternidad. / ¡Quiere profunda, profunda eternidad!”.

¿Qué dice la profunda medianoche?


         Mahler, que buscó en las formas sinfónicas conseguir los mismos efectos (muchas veces, superándolos) que las óperas de Wagner, aquí, en esta sinfonía que puede ser la menos difícil de seguir y a la que tituló en un comienzo “Un sueño de una noche de verano”, trasdesechar losde “La gaya ciencia” y “Pan”,  buscó, y logró, una identificación, una comunión, entre música y naturaleza. Como un panteísta que sabe ver lo divino en la creación,  a lo largo de seis movimientos (1. El despertar de Pan. El verano hace su entrada; 2. Lo que me cuentan las flores del campo; 3. Lo que me cuentan los animales del bosque; 4. Lo que me cuenta el hombre; 5. Lo que me cuentan los ángeles; y 6. Lo que me cuenta el amor), consigue que se convierta en algo más que una ocurrencia la anécdota de aquel paseo con su discípulo Bruno Walter, cuando paseando por un ameno paisaje campestre en Steinbach-am-Attersee, Mahler, viendo embelesado al amigo, le dijo: “Es inútil que mires el paisaje: ha pasado por entero a mi sinfonía”. En esta música hay paz, hay trascendencia, hay grandeza, hay pasajes de arrebatado lirismo como los pasajes para la contralto en el cuarto movimiento, uno de esos instantes que te hacen caer todas las barreras y saberte mortal y prescindible, asquerosamente imperfecto ante semejanza intangibilidad. Hay, pues, entre estos vislumbres de paraíso, la serpiente que se oculta entre las flores y hay también lágrimas que brotan en el quinto movimiento, y las voces infantiles proclaman que “será amando al buen Dios toda tu vida / que obtendrás la alegría celestial". Hay un ascenso y un descenso del alma por la belleza (la imagen y el concepto corresponden a Leopoldo Marechal), una gloria vencedora que nos abate, tan dulces y tan vencidos, tras esta sinfonía tercera que es una redención tercera, una tercera comunión. Y podremos ir en paz.

Artículo publicado en diario Sur el 10 de septiembre de 2011


domingo, 17 de abril de 2011

Orfeo ante las cabras

Hemos celebrado el 150 aniversario del nacimiento de Gustav Mahler, en 2010, y ahora lamentamos el centenario de su muerte. Por ello, nuevamente la Orquesta Filarmónica de Málaga trae al Teatro Municipal Miguel de Cervantes un programa que llama “Mahler 2010-2011” que esta vez tiene como director a Juanjo Mena y que se compone por la Sinfonía nº 10, de la que sólo llegó a componer íntegramente su Adagio, y “La canción de la tierra” en la que es su primera audición en Málaga y que tendrá como solistas a la mezzo Iris Vermilion y al tenor Gustavo Peña. La fecha, el viernes y sábado 29 y 30 de abril.
Decía lo de lamentar porque en tiempos de oleole, de bulería bulería, de zarandaja y gol, de ná de ná, se hace necesario volver a quien fue y sigue siendo profundo y dolorosamente, complejamente, humano, grande al final de la época de los grandes, clásico absoluto tras el que los que sobrevivieron no llegan, ay, a serlo. Porque clásico, según la docta Academia Española, es, dicho de un autor o de una obra, lo que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia, y dicho de la música y de otras artes relacionadas con ella, lo que es de tradición culta. De ahí que haya quien tenga miedo a acercarse al dolorido y titánico y tiránico Gustav Mahler. Normal: su arte supera nuestra capacidad de asimilación, y por mucho que se le escuche, por mucho que se agote la mansedumbre plateada del disco, siempre pareceremos poco más que cabras ante el canto de Orfeo. Un misterio trascendente surge y se agota ante nosotros, que recogemos las migajas de un banquete para dioses y para héroes inmortales. Pero algo se nos quedará cada vez, algo calará en nuestra sensibilidad atrofiada por el euríbor y el politono. Algo nos habrá desvelado, en un destello, un atisbo de eternidad.

El Adagio de la Décima Sinfonía, inacabada por la muerte del autor, es austero, contenido, etéreo, una mirada final a un mundo que se diluye como un atardecer y que  guarda en su interior el eco punzante de la muerte de Mahler y de un infarto recién sufrido y apenas superado, en una partitura en cuyo manuscrito escribió el nombre de su mujer y un definitivo “vivir por ti, morir por ti”. “La canción de la tierra”, gran novedad de la velada, es una obra singular que puede ser juzgada como una sinfonía en seis partes o como un ciclo de lieder. En todo caso, es reflejo extraordinario de un momento en que, tras la muerte de su hija María, mortalmente enfermo y presa de la desesperación por el fracaso de su matrimonio, reconocía en una carta a su amigo Bruno Walter que “me arrastraba sin embargo un amor por la vida completamente nuevo y más intenso que nunca”. Ese apego por la vida, esa conciencia también de que “todo verdor perecerá”,  la confirmación de que la belleza es eterna y que ese hecho es motivo de gozo y desesperación, lo encontrará expresado en una antología de antiguos poemas chinos que adaptará mezclando los modos del lied con el de la sinfonía, en un producto complejo que tiene todo el sabor de la Viena de Klimt, del oro y la podredumbre. El espíritu inquieto de esta obra fundamental se transmite en el inicio del texto del primer movimiento: “El vino brilla en las copas de oro, / pero no bebáis aun, ¡oíd mi canto! / El canto de la pena sonará en vuestras almas como una risa. / Cuando llega la pena, los jardines del alma se vuelven desiertos. / Se marchitan y apagan la alegría y las canciones. / Sombría es la vida, sombría es la muerte…”
Artículo publicado en diario Sur, 16 de abril de 2011
El artículo, en diario Sur