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jueves, 30 de noviembre de 2023

Lecturas: Metropol (Eugen Ruge)

 Las inevitables entrevistas de promoción del libro al publicarse, alguna reseña, me pusieron en la pista de este relato, una novela de no ficción que es casi (un casi muy pequeño) una obra maestra. Comenzando en primera persona, Ruge cuenta cómo accede a los archivos soviéticos, los del Komintern para cuyo organismo de Inteligencia trabajaba, la OMS (Departamento de Enlaces Internacionales pero en sus siglas rusas), su abuela. Una abuela, alemana, que no había contado demasiado sobre su experiencia, fugitiva de los nazis, en el Moscú de las grandes purgas. Del Gran Terror. Cosas de comunistas. Tan asquerosas como las de los nazis. 



Como sea, tras ese prólogo en el que va dando voz a sólo tres personajes -Charlotte (la abuela del autor), Vasili Vasílievich (presidente del Colegio Militar del Tribunal Supremo de la URSS), Hilde, exmujer del segundo marido de Charlotte y secretaria del jefe del Komintern-, seguimos a la pareja feliz e imperfecta formada por Charlotte y Wilhelm, que compartían ocupaciones e ideologías, que ve tambalearse su tranquilidad de unas vacaciones de verano en Crimea, al leer el nombre de un conocido, más bien amigo, entre los juzgados, condenados y ejecutados en el juicio contra el centro zinovievista-trotskista, Alexander Emel. Bastará ese dato, leído en un periódico, para que la vida cambie, y llegue el miedo y la pareja se apresure a confesar ese conocimiento, minimizándolo, ante el riesgo de ser arrastrados hacia la culpa a pesar de saberse sumisos secuaces de Stalin. Es en ese clima que la pareja cesada en sus ocupaciones es hospedada en el deslumbrante hotel Metropol del título, convertido en Purgatorio, en almacén de futuras víctimas, donde van desapareciendo comensales en el comedor, donde van apareciendo, tras pasos en la madrugada, habitaciones selladas. La inclusión, acá y allá, de documentos reales, reproducidos fotográficamente acompañados de su transcripción, no sirve para dar sensación de realidad, sino que aumenta la extrañeza, remarcada por el excelente dominio que Eugen Ruge tiene de los resortes literarios. Pocos libros tan intensos como este, al que sólo le sobraría un epílogo en el que se cuenta qué se sabe de este o aquel personaje, y Ruge reconoce qué tuvo que inventarse o qué no. Este epílogo equivale, ay, a explicar trucos de magia. De ahí que no sea la obra maestra que sería sin ese añadido.



lunes, 30 de marzo de 2020

Lecturas: A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (Manuel Chaves Nogales)

España tiene algunos equivalentes al inmarcesible discurso de Gettysburg de Lincoln. El de Paz, piedad y perdón de Manuel Azaña (Barcelona, 18 de julio de 1938. disponible aquí) tal vez sea el más conocido. Sepultado ha quedado el del general Yagüe (Burgos, 19 de abril de 193.Disponible aquí), que con alguna exaltación antisemita elogia a los enemigos de entonces. El prólogo de Chaves Nogales a esta colección de relatos, escrito mucho antes que esos ejercicios de imparcialidad, menos o más verosímiles, tiene una grandeza que no ha hecho sino crecer. El libro, publicado en el exilio y redactado en los últimos meses de residencia de Chaves en la España republicana a la que había servido, es un ejercicio de honestidad sostenida en cada página. Se trata, por tanto, de una lectura que enfurecerá a los fascistas o neofascistas de ahora porque destapa la barbarie de los suyos. Una lectura que enfurecerá a los comunistas o antifascistas de ahora, porque denuncia la barbarie de los suyos. Yo, que soy por antifascista y anticomunista, porque sé ver los errores y el ánimo de opresión y exclusión que mueve a ambas ideologías totalitarias, ambas igualmente criminales, me declaro habitante de esa tercera España quimérica e inexistente que encarnó con ejemplar transparencia, Chaves Nogales. 


En el prólogo, Chaves se reconoce pequeñoburgués liberal, se retrata como alguien capaz de denunciar las carencias de ambas ideologías: Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Alguien que no tiene miedo a expresarse con palmaria claridad: Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguar daba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. 



En fin, alguien a quien elevar al santoral laico de quienes no quisieron cambiar ideas por ideología. Alguien que no quiso renunciar a la libertad para abrazar a la igualdad. Que no renunció a sus deseos de igualdad en nombre de una libertad que, lo sabemos, fue otra hipótesis que nunca se demostró, que no fructificó en la generación de nuestros padres y abuelos. Quien quiera amar a Chaves, lo puede hacer simplemente leyendo ese prólogo que destapa el terror rojo y el terror azul. Y que está disponible, íntegro, aquí.


¿Y los relatos? Pues son magistrales, situados a ambos lados de las trincheras. Crueles todos. En ¡Massacre, massacre! tenemos el Madrid bombardeado con sus periodistas extranjeros intentando narrar la tragedia, en La gesta de los caballistas tenemos a la aristocracia rural andaluza y fascista con su prosopeya mística y cerril. En Y a lo lejos, una lucecita asistimos a la persecución de los quintacolumnistas con métodos brutales. En La Columna de Hierro, acompañamos a un batallón irregular revolucionario con su justicia ciega y la crueldad desatada en la sangre y las palabras y el presunto pensamiento. Todo así, todo sin adornos pero con un pulso narrativo admirable. Si nos quitamos los lectores las anteojeras de las que no supieron liberarse los españoles de entonces, y tantísimos de ahora, encumbraremos este libro como una de las obras más singulares, y mejores, de nuestro sangriento siglo XX. Y una vacuna para este siglo XX en el que los herederos de unos y otros, hunos y hotros en términos unamunianos, quisieran repetir, con la suerte que menester fuera, aquel conflicto. Que San Manuel Chaves Nogales, en ese caso, nos pille confesados. Y con la maleta preparada. 

viernes, 21 de septiembre de 2018

Lecturas: Los túneles. La huida bajo el Muro de Berlín (Greg Mitchell)

A veces lo he dicho, en conversaciones con amigos: yo de joven era comunista hasta que se me cayó encima un muro, el de Berlín. Así dicho no es menos verdad. La estupidez de aquella ideología, que aún profesan gente a la que melancólicamente trato, o que sirve de coartada para haber roto el trato conmigo, dio lugar a episodios como los que este muy recomendable libro-reportaje recoge. Disparos de un lado a otro, sangre, dolor. Es casi infantil decirlo, pero basta con hacer el ejercicio del espanto de que nuestra ciudad sea dividida de repente, sin posibilidad de cruzar al otro lado. Y así durante décadas, en nombre de la victoria del proletariado. El muro defensivo antifascista. Y una mierda, camaradas.

Aquí se recogen dos intentos de superar el muro excavando, uno abortado por la delación de un infiltrado y exitoso el otro. Por medio, dos cadenas de televisión, NBC y CBS, compiten por filmar las excavaciones y la administración de Kennedy, sabiendo que Berlín podía convertirse en el pretexto para una nueva guerra, intenta quitar visibilidad a la lucha de los berlineses contra la opresión soviética. Todo ello excelentemente documentado y narrado.


Mimmo Sesta, uno de los promotores italianos del muro bajo la Bernauer Strasse se sinceraba así al periodista Piers Alberton durante un descanso en la excavación. Esas palabras sencillas (téngase en cuenta que Sesta era un extranjero en Berlín) tienen plena vigencia y sirven para cimentar el anticomunismo: "Ya vi y oí lo que ocurrió después de que los comunistas cerraran la frontera -decía mientras Anderton tomaba notas-. Vi a las mujeres de Berlín Este llorando porque sus maridos estaban en Occidente y vivirían ya para siempre sin ellos. Los gobernantes de la Alemania del Este son unos cerdos, no porque sean comunistas, sino porque obligan a la gente a vivir unas vidas espantosas. La gente tiene que vivir feliz, no según una teoría estúpida que afecta a un futuro que está a cien años de distancia. Yo tengo que ayudar a mi amigo Peter y a su familia. La amistad no consiste en sentarse y hablar y tomar café, uno debe actuar para ayudar a los amigos, y ayudar a cualquiera a quien hayan robado la libertad. No debemos dar tregua ni paz al gobierno de Alemania del Este. Deben saber que hay personas sencillas que quieren hacer algo contra lo inhumano".

¿Y aún hay gente que añora esa época?


jueves, 20 de septiembre de 2018

Lecturas: El maestro Juan Martínez, que estaba allí (Manuel Chaves Nogales)

De Chaves Nogales ya había disfrutado el raro Juan Belmonte, matador de toros, que daba voz al mítico torero sin que Chaves expusiera su propia voz y estilo. Y el, ahora visionario, conjunto de reportajes Qué pasa en Cataluña. Le toca ahora a una obra mayor, en la que el autor se esconde tras el personaje y es un bailaor flamenco y burgalés que con su esposa Sole recorre los cabarets de la Constantinopla otomanaen plena Primera Guerra Mundial y que busca un ambiente más tranquilo en la también en guerra Rusia zarista sin presagiar que asistiría a una revolución y una guerra civil. Juan Martínez es un trabajador del baile, y cuando hace falta también un pícaro que roba cuando todos roban y no se puede hacer otra cosa para sobrevivir. Con su relato sencillo y animado, asistimos a los abusos de unos y otros. En Rusia será testigo de atrocidades cometidas por los rojos pero también por los blancos. Gente que mata por matar. Mejor, por imponer la sumisión a través del terror indiscriminado. Como dice Juan Martínez, "asesinos rojos y asesinos blancos, todos asesinos".







Muchas veces se ha llamado liberal al maestro Manuel Chaves Nogales. Con razón. Él señala el crimen y el abuso donde esté. Es de los que ahora, cuando se quiere desenterrar la carcasa de Franco, no callaría el nombre de Paracuellos ni las checas a la vez que señalaría la matanza de la plaza de toros de Badajoz, la columna de la muerte de Castejón o la misma huida de los malagueños.  El resultadoi de la lectura de las andanzas del bailarín burgalés y su esposa nos lleva a aborrecer, una vez más, el comunismo. Véase: "Volvieron los bolcheviques como se habían ido, con sus bonos, sus oficinas, sus mítines, sus colas a la puerta de las panaderías y sus destacamentos armados, que esta vez, para irse ganando la voluntad de la población civil, tenían orden de no tirar a bulto contra la gente, como habían hecho durante la primera dominación. Se les había exacerbado la manía reglamentista y en cada esquina montaban una oficina para prohibir o perseguir algo: querían intervenirle a uno hasta la respiración". Más aún: «Mal vestidos, sucios, insolentes, aquellos soldados blancos no se diferenciaban de los bolcheviques más que en que no llevaban la escarapela roja en el pecho. El ejército blanco se había ido bolchevizando sin sentirlo. Sus mismos jefes fueron perdiendo todas las características del antiguo militar del zar y tenían ya el aire desaforado de los comisarios soviéticos. La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos". Y más: "Esta desmoralización del ejército blanco fue lo que puso a mucha gente del lado de los rojos. No porque se creyera que los rojos eran mejores que los blancos, menos sanguinarios y tiránicos. No; no había que hacerse ilusiones. Sencillamente, porque los rojos pasaban hambre al mismo tiempo que la población civil y los blancos no. Esto fue, aunque parezca mentira, lo que hizo inclinarse la balanza, y, al fin y al cabo, decidió la guerra civil. A los ojos del pueblo, empobrecido y hambriento, tan feroces aparecían unos como otros; si tiranos eran los blancos, más lo eran los rojos y tanto desprecio tenían por las leyes divinas y humanas éstos como aquéllos. Pero los rojos eran unos asesinos que pasaban hambre y los blancos eran unos asesinos ahítos. Se estableció, pues, una solidaridad de hambrientos entre la población civil y los guardias rojos. Unidos por el hambre, arremetieron bolcheviques y no bolcheviques contra el ejército blanco, que tenía pan. Y triunfó el bolchevismo".

Publicado en veintisiete entregas entre marzo y septiembre de 1934 (el dato no es baladí: antes del estallido de la revolución de octubre de 1934 con su preludio de la Guerra Civil Española), el libro-reportaje recoge frases como: "En Rusia, me he convencido luego, el problema está en serle simpático o no a la gente. Es como en España. Cuando se cae en gracia, todo está resuelto. Pero ni no se cae en gracia, se muere uno sin poderse valer. Los rusos no son malas personas, pero sí muy desiguales, arbitrarios y caprichosos". Como en España, dice el maestro Juan Martínez, dice Chaves Nogales. Y es cierto. Por ello, si sustituimos, equiparamos, y venimos a decir "Los españoles no son malas personas, pero sí muy desiguales, arbitrarios y caprichosos" comprobaremos que ese retrato plural es jodidamente certero, aunque nos repela. 

De ahí que las atrocidades de los rusos rojos y los rusos blancos que el libro recoge sean equiparables a las que Chaves vería dos años después en esta nuestra España de paisanos desiguales, arbitrarios y caprichosos. Tal cual. Así somos. Así fuimos. Así seguimos. ¡Qué país, Miquelarena, qué país!

viernes, 27 de julio de 2018

Lecturas: La noche quedó atrás (Jan Valtin)


La noche del título es la del totalitarismo. Una noche contada desde dentro. Sin que nada se nos narre desde el otro lado, desde el amanecer o la aurora. Es la larga noche del nazismo pero también la del comunismo. Sin alardes de estilo, el activista Richard Krebs, que eligió como uno de sus alias de clandestinidad Jan Valtin, nos narra su trabajo, incesante y agotador para el Komintern. Reuniones políticas, revueltas, cárceles, doctrina. Todo ello ocupa, narrado con mucho detalle, el grueso del volumen. Aportando datos menudos, como si Valtin/Krebs quisiera asegurarse de que el lector cree, convertido en policía, cuanto relata. Precisa la ruta seguida por cada barco tomado, el nombre de la nave, la filiación de los comunistas a bordo de los navíos. Es como si pidiera a cada momento que lo creamos.


Por medio hay una historia de amor, la suya con Firelei, una muchacha a la que meterá en política ante las reticencias de sus compañeros, que finalmente  le llevará a la desafección. Convertido en un elocuente documento sobre el accionar comunista mundial, va dando indicios de cómo entre los comunistas se dan conductas poco ejemplares, de cómo el dogmatismo y el objetivo supremo va primando sobre cualquier otra consideración. Pero será cuando el libro llegue a sus últimos centenares de páginas para que cobre todo su sentido. La hagiografía comunista deja de serlo cuando el narrador es arrestado por los nazis. Torturado reiteradamente (son escalofriantes esas páginas), recibe la orden de un comunista infiltrado en la Gestapo de convertirse en agente doble. Esa nueva actividad es la que le llevará al desastre, al decidir sus superiores sacrificarlo como agente nazi, por mucho que supieran que realmente no lo era, para defender a otros camaradas. Aunque ello pusiera en peligro la vida de Firelei. Finalmente, Valtin/Krebs debió huir a Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial le llevará a combatir en Filipinas, siendo condecorado por su valor. El Comité de Actividades Antiamericanas le investigará y absolverá. En 1941 publicó estas memorias frías y concisas que sirven para convencer por igual a antifascistas y anticomunistas. Un documento histórico excepcional en el que se oye restallar el látigo por doquier.

domingo, 7 de enero de 2018

Lecturas: Stalin y los verdugos (Donald Rayfield)

Nada nuevo para quien ya conozca las desdichas de aquel tiempo, los crímenes en nombre del pueblo. Pero aquí está todo aquello, sistematizado, explicado, como quien pone los ataúdes, los millones de féretros, perfectamente alineados. Veremos sucederse los arquitectos del miedo, los dueños de la muerte, unop a uno, y así, con el asesino inverosímil y sonriente que siempre fue Stalin, asistiremos a la sucesión de Dherzinsky, Menzhinsky, Yagoda, Yezhov y Beria. Sangre y más sangre, horror y más horror, hambre y explotación. La famélica legión convertida en legión de asesinos, en vivero de carne para pulverizar. Para quienes aborrecemos del comunismo, aquí hay razones para huir de esa alucinación infantil que, confieso, también me aquejó en la mocedad. 


Ahora, con  la distancia, parece que no fue tanto. Al fin y al cabo, tan lejos Rusia (o tan lejos la martirizada China de Mao), al fin y al cabo para demonio ya tenemos a Hitler, que además fue derrotado. Leamos (nos referimos a la política estalinista de comienzos de los años 30, su intento de colectivización forzosa del campo): El holocausto de los campesinos soviéticos sólo encuentra parangón con el asesinato de los judíos por orden de Hitler. Pero para los supervivientes de la campaña de Stalin no hubo ningún Israel ni ningún otro lugar al que huir. Nadie protestó ante lo que estaba ocurriendo. Los campesinos supervivientes, por lo demás, permanecieron esclavizados durante dos generaciones [...] El raquitismo, el escorbuto y la disentería mataron a muchos niños; muchas zonas perdieron a más de la mitad de la población infantil menor de un año.



618 páginas bien fundamentadas, en las que se consignan aquellos hechos que algunos dan como si no hubieran sucedido. La famosa superioridad moral de la izquierda (de cierta izquierda en la que cree gente que estuvo muy cerca de mí). El horror, el horror. Y la ignorancia.


viernes, 5 de enero de 2018

Lecturas: La corte del zar rojo (Simon Sebag Montefiore)

Del autor británico ya quedó aquí reseñado su mamotreto sobre la dinastía Románov, que comparte con este vistazo sobre la vida cotidiana de Stalin un similar grosor  (son ahora 854 páginas) y una misma virtud y defecto: entrar en lo muy menudo, gracias a un apabullante dominio de la documentación, pero dejando fuera el contexto histórico y político de cada instante. Pero como ese defecto es la virtud de tantas biografías de Stalin (recuerdo la de Walter Laqueur o la indigesta de Jean-Jacques Marie), sea bienvenida esta visión del tirano soviético observado casi con microscopio. 


Aquí Montefiore recurre a entrevistas con quienes lo conocieron y con sus descendientes, a memorias muchas veces inéditas e incluso a papelitos con comentarios maléolos o insustanciales que los jerarcas se cruzaban, al modo escolar, durante fatigosas reuniones. Aquí está Stalin con sus caprichos, sus miedos (inolvidables las escenas que le muestran abatido, asustadísimo, abatido, en los primeros días tras la invasión nazi de junio de 1941), su humor socarrón y a veces negro, su amor posesivo por su hija Svetlana, el desapego por sus hijos varones (uno redimido por su muerte heroica tras haber sido apresado por los nazis y convertido el otro en un borracho altanero), la indiferencia ante el dolor ajeno (los millones muertos en las hambrunas de Ucrania, las víctimas del Gran Terror, los asesinados por la innoble cheka). Todo ello se narra aquí al detalle, desde la perspectiva del monstruo, sin que el historiador se dedique a juzgarlo. Y junto a Stalin, con su impasibilidad asesina, sus horarios disparatados y sus cenas copiosas y largas regadas con inagotable alcohol, los imprescindibles secundarios, el burócrata Molotov ("culo de hierro" como apodo por su capacidad de trabajo de oficina), el fatuo Voroshilov (que compartió con el líder el grado máximo de culto a la personalidad), el irresistible Kirov (su asesinato dará paso al Gran Terror: hay quien atribuye su muerte al propio Stalin, pero Montefiore, con razón, no le da mayor credibilidad a esas teorías, Nikita Kruschev intentando sobrevivir al drama con (son sus palabras) los brazos llenos de sangre hasta los codos, el infame Beria y muchos otros.


Todo ello narrado desde el suicidio de la segunda esposa de Stalin, Nadia Alliluyeva, en 1932 hasta la muerte del tirano en 1953. Sin condenas morales (otra virtud de Montefiore), con detalles. Transcribo, como ejemplo del libro, sus últimas líneas, que sirven para valorarlo. Es el momento en que Valechka, la concubina de Stalin desde su viudedad, se despide del cadáver en la dacha en que el Vozhd (título que equivale al nuestro, igualmente terrible, de Caudillo) murió. Después de los criados empezaron a apagar las luces y ponerlo todo en orden,

Entonces la compañera más cercana de Stalin, consuelo de la cruel soledad de aquel monstruo sin parangón, Valechka, que por aquel entonces tenía treinta y ocho años y llevaba trabajando para el Vozhd desde los veinte, se abrió paso entre las llorosas criadas, "se hincó pesadamente de rodillas" y abalanzándose sobre el cadáver de Stalin, dio rienda suelta a su dolor del modo más desinhibido, como hace la ente sencilla. Aquella mujer, alegre pero absolutamente discreta, que tantas cosas había visto, siguió convencida hasta el fin de sus días de que "nunca pisó la tierra un hombremejor". Apoyando la cabeza directamente sobre el pecho del difunto, Valechka, con las lágrimas corriendo por las mejillas de "su rostro redondo", "lloró, gimiendo con toda la fuerza de su voz, como hacen las mujeres de las aldeas. Estuvo así durante un largo tiempo, sin que nadie se atreviera a impedírselo¨.


sábado, 31 de enero de 2015

Hoy, 28 (o 27 de octubre) de 1922



La muchachada acabando con la casta, ¿os suena?



Déja vu, al fin y al cabo. 



Aprovecho para ponerlo hoy, antes de que llegue 2015 y ya no quede democracia, libertad, para poder expresarme.






jueves, 17 de abril de 2014

Lecturas: Lo que no puedo olvidar (Anna Lárina)

Antonio Muñoz Molina prologa el grueso volumen. Comienza nombrando, con justicia, la cara bellísima de la autora, mirando distante en las fotografías de los años treinta, y nos muestra después a una anciana que se empecina en rescatar la memoria de su esposo y recuperar el tiempo que no vivió junto al hijo del que le separó la Historia (sí, procede en este caso la mayúscula tiránica). En este libro, Anna Lárina habla del tiempo feliz y su después. Cuando era joven y se enamoró de un bolchevique en ascenso, al que Lenin llamó "el favorito del Partido" y otros, fervorosamente, "el hijo de oro de la Revolución". El marido, pronto ausente, era Nikolai Ivánovich Bujarin, que sería pronto convertido, pese a ser redactor del Pravda durante doce años, o tal vez por ello, en el ideólogo de la oposición de derechas. 

Anna Lárina: inocencia ininterrumpida


Lárina cuenta desde dentro la vida en el Krémlin (allí la pareja llegó a intercambiar con Stalin su apartamento tras el suicidio, entre aquellas paredes, de la esposa del dictador), con la ligereza de quien es feliz y joven y aunque su padre fue un teórico del socialismo, y la élite comunista eran visitantes asiduos de su marido y de su progenitor, juega al amor y a la temprana maternidad. Pero esa inocencia, que trasmite con facilidad, durará poco. Caído, juzgado y fusilado su marido (medio siglo pasará hasta su rehabilitación), Lárina pasará por la experiencia de la deportación y el Gulag, incluyendo la crueldad de ser separada de su hijo (once meses tenía el niño cuando la catástrofe) durante 18 años. Lo extraordinario, en estas memorias clave para entender la era soviética, es que Lárina no carga las tintas al narrar sus padecimientos, no grita desesperada, sino que con serenidad expone los hechos escuetos y traza el perfil de su marido que contempló con entereza cómo sus laureles le eran arrebatados y con ellos el honor y la vida misma. Lárina fue la encargada de memorizar la carta que Bujarin le dictó para difundirla cuando el tiempo fuera propicio (y fue nuevamente medio siglo el que tuvo que transcurrir). Es la ejemplar "Carta a los futuros dirigentes del Partido". Por su interés, junto a la viva recomendación de leer estas memorias de Anna Lárina, paso a reproducirla en su integridad:

Abandono la vida. Al inclinar la cabeza, no lo hago ante el hacha proletaria, que debe ser implacable, pero pura. Siento mi impotencia ante la máquina infernal que, recurriendo sin duda a métodos medievales, dispone de una fuerza titánica, fabrica calumnias organizadas  desvergonzadamente y con seguridad.

Dzerjinsky desapareció. Se extinguieron progresivamente las admirables tradiciones de la Checa, cuando el ideal revolucionario dirigía todos sus actos, justificaba la crueldad contra los enemigos, para preservar al Estado de los contrarrevolucionarios. Por tal razón, los órganos de la Checa merecieron honores y confianza, autoridad y respeto especiales. En el momento actual, los órganos de la NKVD, en su mayoría, representan una organización degenerada de funcionarios  enriquecidos, corrompidos y carentes de ideales que, aprovechando la antigua autoridad de la Checa, y para complacer la desconfianza enfermiza de Stalin -por no decir más-, a la búsqueda  de condecoraciones y privilegios, realizan  su trabajo sucio. Sin darse cuenta de que, al mismo tiempo, se suprimen a sí mismos, porque, cuando se trata de asuntos indecentes, la historia no soporta testigos.

Esos órganos "milagrosos" pueden aplastar a cualquier miembro del Comité Central o del Partido, fabricar traidores, terroristas, espías. Sí Stalin llegara a dudar de él mismo, se le tranquilizaría al instante.

Nubes amenazantes se ciernen sobre el Partido. Mi sola cabeza inocente implicará millares de otras cabezas también inocentes. Se necesita crear una "Organización bujarinísta" que, en realidad, ni siquiera existió en el último tiempo, porque, desde hace siete años, no tengo ni sombra de divergencia con el Partido, ni aun durante el periodo de la Oposición de derecha. Yo ignoraba todo de las organizaciones secretas de Riutin y de Ouglanov.  Yo exponía mis opiniones abiertamente con Rikov y Tomski.

Antes de la tormenta, 1927.
De izquierda a derecha: Rykov (ejecutado en 1938),
Bujarin (ejecutado en 1938), Kalinin (muerto de cáncer en 1946),
Uglanov (ejecutado en 1937), Stalin y Tomsky (suicidado en 1936)

Soy miembro del Partido desde la edad de dieciocho años y el objetivo de mi vida fue siempre luchar por los intereses de la clase obrera, por la victoria del socialismo. En estos tiempos, un periódico que lleva el nombre sagrado de Pravda, publica mentiras desvergonzadas, según las cuales Nicolás Bujarin intentaba destruir las conquistas de Octubre y restaurar el capitalismo. Se trata de una impudicia inaudita, una falsificación que, por su obvia insolencia y su carácter irresponsable, equivaldría a afirmar que Nicolás Romanov consagró toda su vida a la lucha contra el capitalismo y la monarquía y por la realización de la revolución proletaria.

Si llegué a equivocarme, más de una vez, en el curso de la lucha por la construcción  del socialismo, que las generaciones venideras no me juzguen con más severidad que Vladimir Ilich Lenin.

Nosotros nos dirigimos por primera vez hacia un objetivo común, siguiendo una vía que se apartaba de los  caminos  trillados. Se trataba de otra época y los hábitos eran por completo distintos. La Pravda contenía una “Sección de Discusiones". Todos discutían buscando nuevas vías, reñían, se reconciliaban y proseguían su camino juntos.

Me dirijo a vosotros, generación futura de dirigentes del Partido, cuya misión histórica implicará la obligación de desembrollar la madeja monstruosa de crímenes que, durante estos terribles momentos, se acumulan cada vez y amplifican como  el fuego hasta asfixiar al Partido.

¡Me dirijo a todos los miembros del Partido!

Esta hora, que acaso sea la última de mi vida, me convence de que, tarde o temprano, el filtro de la historia lavará implacablemente mi cabeza de todas las villanías.

Nunca fui un traidor. No hubiera dudado en sacrificar mi vida por la de Lenin. Yo estimaba bien a Kirov y no maquiné nada contra Stalin. Yo pido a la nueva, joven y honesta generación de dirigentes del Partido  que me justifique ante el Pleno del Comité Central y que me rehabilite en el seno del Partido. Sabed, camaradas, que en el estandarte que portaréis durante vuestra marcha triunfal hacia el comunismo habrá una pequeña gota de mi sangre. 

                                                      Verdugo y víctima

viernes, 23 de marzo de 2012

La Revolución Cultural (y yeyé)

            Si una imagen de la cultura popular resume el frenesí de los años 60, la “década prodigiosa”, es, más allá que la cabeza de Kennedy estallando, o los astronautas llegando a la luna, la de las adolescentes gritando ante el paroxismo, pura histeria incondicional y absoluta entrega, ante los Beatles. Sí, los 60 fueron los años de la emergencia de la juventud como factor social alrededor del cual se creó una industria y una mitología propias. Sin gritos, pero igualmente con devoción, se lucieron las imágenes de Che Guevara, joven Cristo revolucionario. Pero si alguna escena hay que buscar entonces, hace 40 años ya, en que la histeria y la política se posesionaban del cuerpo de los jóvenes, hay que dirigir la mirada a la China de entonces, con las muchedumbres de jóvenes guardias rojos agitando el sucinto breviario que era, y es, el famoso Libro Rojo de Mao mientras el viejo Gran Timonel saludaba a la fervorosa multitud en la Plaza de Tianamén.

Cambiad el librito rojo por un teléfono móvil
(al sonriente de arriba se le puede dejar: no desentona)
y la imagen sería actual


            Hablamos de la Revolución Cultural, de lo que fue, de sus objetivos, desarrollo y brutalidad. Aún hoy, aquel episodio remoto sigue obsesionando a sus víctimas y a sus verdugos. No hay más que ver las intensas películas de Zhang Yimou, el director de cine chino más aclamado en Occidente, para contemplar cómo el fantasma de aquellos años, a partir de aquellas primaveras y veranos infinitos de hace cuarenta años, sigue agitando la conciencia y las pesadillas del pueblo chino y concitando entre los intelectuales de izquierda una reflexión sobre aquel monumental y cruento fracaso.

Dicen que el texto proclama
"Criticad el viejo mundo y construid uno nuevo
con el pensamiento de Mao Tse-Tung
como arma". Septiembre de 1966

            Ya en 1960, el presidente Mao anunció la llegada de una “revolución cultural” destinada a eliminar los “cuatro viejos”: las viejas costumbres, los viejos hábitos, la vieja cultura y los viejos modos de pensar. Hasta 1964 no empezarían a verse los primeros síntomas de este cambio con la abolición de los grados dentro del ejército; en mayo de 1966 aparecieron los primeros “dazibaos” (periódicos murales) denunciando el oportunismo y proponiendo las primeras víctimas, y el día 16 Mao firmará un decreto en el que ordena "Seguir las consignas del camarada Mao Tse-tung, denunciar sin concesiones la posición burguesa reaccionaria de las autoridades académicas que se oponen al partido y al socialismo, condenar y repudiar las ideas burguesas reaccionarias en el campo del trabajo intelectual, la educación, el periodismo, la literatura, el arte y la prensa, y tomar las riendas de estos ámbitos culturales". Estas consignas levantarían inmediatamente a los jóvenes, que se veían ante un horizonte chato en un país abocado al desastre, y por lo tanto prestos a la acción, que terminarán de manifestar su predisposición a ser los actores de este cambio el 3 de junio de 1966 con la marcha, por décimo día consecutivo, de centenares de miles de jóvenes por las calles de Pekín pidiendo la puesta en marcha del decreto que prometía el gran cambio, consiguiendo la dimisión del alcalde de la ciudad y de diversas autoridades universitarias y vitoreando al presidente. Lo que parecía una llamada a crear una nueva cultura, algo que sólo podía agradar a la intelectualidad europea que buscó ocasionar algo parecido con los disturbios parisinos de mayo del 68 (coincidiendo con la efervescencia del fenómeno chino), terminó siendo una pesadilla. El maoísmo sigue vivo en Nepal, donde una guerrilla de esa ideología intenta derribar una monarquía estúpida, y estuvo vivo hasta hace poco en Perú, con las hazañas delirantes de ese grupo de iluminados (y tanto que terminaron cegados por su propia oratoria) que se llamó Sendero Luminoso. Tras la promesa de Mao no había sino un intento de reafirmar su régimen a través de la acción de los 13 millones de jóvenes guardias rojos, ocultando los fracasos económicos que habían llevado a la muerte por hambrunas de millones de compatriotas. Todo lo que pudiera sonar a revisionismo, es decir, a crítica sobre quien había llevado al enorme país tan cerca del abismo, sería objeto de la furia revolucionaria.


Chino jugándose los puntos del carnet (del partido)

            Esta destrucción creativa se quedó en mera destrucción. Por poner un ejemplo, se destruyeron todos los pianos de China por ser instrumentos occidentales, y excepto cuatro óperas chinas consideradas como auténticamente revolucionarias, fueron prohibidas. No sólo el resto de las fascinantes y fantásticas óperas chinas, sino también absolutamente todas las óperas occidentales. Los monumentos que exaltaban a gobernantes anteriores y, por lo tanto, antirrevolucionarios, fueron destruidos. Las personas vestidas a la manera occidental (es decir, que no llevaran lo que todavía se conoce como “traje Mao”) fueron golpeadas. Los creyentes en cualquier religión dentro de la China atea, fueron exterminados. Los miembros de las minorías étnicas, perseguidos. Se buscaba una autarquía cultural extremista. China para los chinos, y para los chinos sólo cultura china y revolucionaria. Algo así. Desde el poder, para mostrar que se estaba de parte de esa revolución dentro de la revolución, se alentaba esta convulsión que no se quedó en lo meramente cultural. Miles, millones, de personas, fueron obligadas a autoinculparse de crímenes imaginarios, de discrepancias con la nueva línea del Partido, para ser encarcelados, linchados o ejecutados. Algo muy parecido a lo sucedido en la Unión Soviética durante las purgas de Stalin en los años 30. Es más, en búsqueda de la reeducación, y castigo, de los considerados como redimibles, se envió a multitud de intelectuales a trabajar la tierra en comunas agrarias en las que el control no difería mucho de los métodos del camarada Stalin o del mismo Hitler. Esta nueva esclavitud no quería solamente renovar el país, sino también hacerlo reflotar en su economía. Algún politólogo caracterizó al despotismo oriental por la unión de superpoblación e infra-alimentación. Algo así es lo que sucedió a partir de 1966.
Lo que acojona amilana
es la explosión nuclear al fondo (y a la izquierda)

            A mediados de julio Mao se hizo filmar y fotografiar nadando para mostrar que el viejo líder (tenía entonces 72 años) seguía en forma. Tanto, que la prensa oficial dijo que lo había hecho cuadriplicando la velocidad de la plusmarca mundial. En agosto de ese año Mao Tse-Tung publicó su artículo “Bombardead el Cuartel General”. Este título no tardó en ser adoptado por la legión de jóvenes guardias rojos que lo usaron, junto al ramillete de citas revolucionarias de Mao reunidas en octubre para formar su Libro Rojo, como cimento para una arrogancia que no haría sino crecer. Ya no se trataba de poner bajo el dedo acusador, doblado alrededor del gatillo de un arma, a los cuadros del partido en todos sus estamentos, ni a los representantes de la caduca cultura burguesa occidental, sino también a padres y maestros. La escala de valores, efectivamente, se subvirtió, hasta el extremo de que llevar gafas podía suponer un peligro. Un aviso de “cuidado con ése, que a lo mejor lleva gafas por leer basura imperialista y capitalista”.

Si es que son como niños...

En abril de 1969, el IX Congreso del Partido Comunista Chino proclamó el fin de la revolución cultural proletaria, se reafirmó el papel moderador del ejército controlado por Mao y se designó como sucesor suyo a Lin Biao. Para entonces, decenas de millones de muertos eran el resultado de esa pretendida nueva cultura. Los ejecutores materiales de las matanzas, los guardias rojos,  fueron enviados a zonas aisladas del país de las que no pudieron regresar hasta la década de los ochenta. Al final, de tanta destrucción (Mao hizo suyo el viejo lema anarquista de “hay primero que destruir para poder construir”) lo que ha quedado son un puñado de películas y novelas que testimonian la barbarie juvenil del proceso y una extensísima serie de carteles, en un delirante estilo kitsch las más de las veces, que sirven como ejemplo de la infamia unida al candor, la cursilería tiñendo la rabia. Mejor estábamos aquí, gritando por los Beatles (e incluso por Los Brincos).

Artículo publicado en diario Sur el 18 de abril de 2007