Mostrando entradas con la etiqueta Nacionalistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nacionalistas. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de octubre de 2017

Tan ufana y tan soberbia


Ya lo dice el himno oficial de Cataluña, Els segadors, cuando afirma que Cataluña triunfante volverá a ser rica y plena conminando a retroceder a esa gente tan ufana y tan soberbia. Lleno de amenazas más o menos veladas, de golpes de hoces que pueden segar cadenas, y que seguirán afilando para defender la tierra, siempre me ha llamado la atención justamente eso, los ufanos y soberbios. Según la Real Academia Española, ufano es, en su primera acepción, alguien arrogante, presuntuoso, engreído. Y soberbio, quien  tiene soberbia o se deja llevar de ella, entendiendo soberbia, en su primera acepción, como altivez y apetito de ser preferido a otros. Y, en su acepción segunda, satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Y en la tercera, exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa, especialmente de un edificio. Y en la cuarta, cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.

    

Vivimos tiempos de fronda, en que un trozo de España quiere unilateralmente y situándose fuera de la ley, separarse del resto de la nación. Quizás con cansina insistencia he menudeado en este blog en razones por las que no comparto la causa secesionista. No insistiré, por tanto, en razones históricas ni políticas. Iré a algo menos abstruso. Y que me hará merecedor de que me llamen ufano o soberbio los que esto lean y sean ignaros (que no son del todo ignorantes, sino que no tiene noticia de las cosas). Pero de lo que hablo ahora es del factor humano. O no.


De cómo los que eran notoriamente independentistas (sea desde el nacionalismo o desde la izquierda que ve en el hecho mismo de la existencia de España una herencia de Franco, cosas de las pocas lecturas y el flaco discernimiento), o meramente tibios se han ido decantando por  la cosa de las esteladas, la indignación por el uso de la fuerza y el consumo a granel de las imágenes que llegan y son tragadas de forma acrítica, inflamados por la ética y la ética de las heridas fingidas, los dedos partidos pero absolutamente ilesos y otras zarandajas por el estilo. Entiendo que la monotonía de madrugón-trabajo-familia-gato/perro-tele es poco motivadora, y que los gritos de in-de-pen-den-cia o fora-fora-fora o el hispanísimo fils-de-puta, son más estipulantes que decir “buenos días, ¿me pone un poleo menta?” o un “buenos días, amor”, y que agitar la bandera con la estrella es más emocionante que aporrear este teclado, y que tragarse la propaganda de TV3 (la llevo viendo cada día un rato desde el 5 de septiembre y es ridícula y triste en su entusiasmo. Nota: mi conocimiento del hermoso idioma catalán es más que aceptable), a los que antes han sido criados en la inmersión lingüística en catalán y el falseamiento de la Historia (queridos ignaros: no existió nunca una corona catalano-aragonesa; en 1714 no desapareció la independencia de la nación catalana porque no fue nunca independiente porque nunca existió la nación catalana; pero prometí no meterme en jardines históricos), decía, a los inoculados por el venenillo del hola nou país, el volem votar, de pronto la vida parece que les ofrece un sentido, un objetivo final, una justificación, una coartada.

 

Y, claro, quien venga a aguarles la fiesta, quien diga España, quien diga Constitución, quien diga Ley, pasa a ser un fascista, un redomado hijo de puta, un esquirol.Quien señale la presencia en la Diada del terrorista Otegi, miembro de una banda que dejó muertos en Hipercor de Barcelona, en la Casa Cuartel de Vic, mimado por los separatistas, entrevistado entre sonrisas y manoseos en TV3. Quien recuerde el latrocinio del 3 %. Quien se niegue a vituperar este país antiguo y manifiestamente mejorable, merece el escrache. El puteo. El linchamiento que empieza siendo verbal y después acaba como se sabe. Quien quiera reforma, quien quiera evolución, en vez de ruptura o revolución, es un enemigo del pueblo. Un imperialista burgués. Un botifler. Todo eso. Quien quiera, puede empezar. Mis espaldas son anchas. I amb un somriure os borraré de mis contactos si formáis parte de ellos. Porque no discutiré con los que están preparando el hacha, la hoz, para con un bon cop de falç cercenar la patria común en indivisible de todos los españoles (Preámbulo de la Constitución Española de 1978). Tengo algunas más lecturas y algo más de edad (es decir de experiencia, es decir de aprendizaje, es decir, de saber) que muchos de estos jóvenes del pásalo y del Visca la Terra... Lliure. No entraré en disputas con los de la estrella ni con los de Podemos. Para qué. No os voy a convencer ni vosotros me convenceréis. Pero no voy a ser parte de la Cataluña ni la España del silencio. Hay un golpe de estado contra la soberanía depositada en todos los españoles, contra la unidad indisoluble de la nación. Y no voy a callarme. Ni antes, ni ahora. Ni después.











Y en este empeño de L’Estaca y Els segadors, buscan liberarse (i ens podrem alliberar, termina La Estaca, es decir, y nos podremos liberar) de lo que llaman, ellos, los separatistas, los de la CUP, los de Podemos, “el régimen del 78”. Como si dijeran “el régimen de Franco”. Y se quedan tan panchos, tan enardecidos, tan queriendo repetir lo de 1934 o lo de 1936 o lo de 1714, tan gallitos, maldiciendo al que diga España, Constitución, Ley. Justicia. Así nos va, con los delirios de quienes sienten satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Con cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas. Tan ufanos y soberbios. Porque els defensors de la terra realmente echan tierra sobre Cataluña, sepultándola en la ignorancia, en la xenofobia. Más de uno que lea esto dirá de mí que no soy catalán, que soy un andaluz, y que según el patriarca Jordi Pujol i Soley, por mucho que intenten ocultarlo, somos lo que somos: El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad. 


                Pero, señores ufanos y soberbios, estáis consiguiendo no sólo poner en peligro la convivencia, forjada entre los siglos, entre los españoles (aunque sea los españoles entendidos como los tacaños catalanes, los vagos andaluces, los bestias vascos, los chulos madrileños y así), sino la convivencia entre las personas, en el día a día. Soy catalán consorte. Y tengo comunistas en mi familia. De los que se creen aquello del derecho a decidir y la plurinacionalidad y todas esas vainas. Tengo familia en Cataluña, algunos pocos sintiéndose españoles y otros afincados en los prejuicios y las consignas, de los que con igual tranquilidad te dicen que España les roba y que todos los curas son pedófilos. De todo tengo en mi entorno. Entre amigos y entre la familia. Y con estos arrebatos de consumo inmediato, de consigna y azuzamiento, lo que se consigue es solamente eso: la discordia, el enajenamiento. Y más adelante, la violencia. Hace quince o veinte años, Cataluña era el ejemplo, el objeto de envidia. Aquello era Europa, más que España. Y hoy, ahora, antes de que el próximo lunes se consume la fantochada y la tragedia, es el solar de los que se callan por mera supervivencia, la patria de los iracundos, de los falsarios. Yo, por mi parte, seguiré amando esa región, queriendo a mi familia y amigos de allí (y tolerando que algunos hayan caído en las mentiras preciosas del independentismo, con la esperanza de que la madurez y un poquito de instrucción les hagan ver más allá de los lemas) y deseando que el régimen del 78 sobreviva y se mejore. Y que los envenenadores de las masas, los que se preparan a demoler esta áspera y querida nación, España, sean castigados. Con Leyes. Con Constitución.  

sábado, 16 de septiembre de 2017

Si tú me dices sí (comparaciones odiosas)

...pero es lo que hay, plebiscitos y referendos, en dictaduras y en nombre de la democracia. En la España de Franco en 1947 y 1966, en el Chile de Pinochet, en la Turquía de Erdogan, en la Cataluña inconstitucional y totalitaria de 2017. Ah, y en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.












































domingo, 10 de septiembre de 2017

Indepre

En el día no sé cuántos (puede que el segundo o el tercero, según se cuente) de la revuelta catalana (uso ese término por no recurrir al más apropiado, golpe de estado, por no herir la delicadísima, casi evanescente, sensibilidad de ciertos lectores, algunos incluso en mi propia familia, que militan en el comunismo o en el infantilista separatismo, cuando no en ambos a la vez), me quito los guantes de seda, la mordaza de la comodidad, y opino sobre lo que está pasando en un trozo de españa. Escribo también para que algunos de mis amigos en México, Perú, Argentina y Chile, lectores de este blog, tengan algunas claves para entender esta locura. 

¿Qué pasa en Cataluña? Simplemente, que un grupo de políticos, aduciendo agravios con el resto de España, y añadiendo derechos históricos, quieren separarse del resto del país. ¿Existen derechos históricos? Absoluta y rotundamente, no. Ninguno. Cataluña nunca fue un país. A lo más, fue un puñado de condados y finalmente un principado dentro del reino de Aragón. En 1714, dentro de una guerra civil que afectó a casi toda España (la guerra de Sucesión), la región catalana apoyó al pretendiente, de la casa de Austria, que perdió en aquel conflicto. El vencedor, con el que arranca la dinastía de los Borbón en España, Felipe V, suprimió beneficios fiscales y judiciales que venían desde la Edad Media. Ese momento exacto es el que los independentistas señalan como el del comienzo  de la opresión española, como aquel en que Cataluña dejó de ser independiente. Una falsedad absoluta. Antes de esa guerra reinaba en toda España (y su imperio) Carlos II, y antes Felipe IV, y antes Felipe III, y antes Felipe II, y antes Carlos I, y antes Fernando V de Aragón convertido en rey de España merced a su matrimonio con Isabel I de Castilla. Es decir, los Reyes Católicos con los que arranca la andadura de España como nación unificada. Una historia en la que antes de ese matrimonio nunca existió un reino de Cataluña. Así de simple. Dentro de la historia de España hubo un momento, en 1641, en que Cataluña se desgajó del resto del país durante once años, en el siglo XVII, para unirse a Francia. El aplastante centralismo francés ayudó para que volvieran a unirse al reino de España. En 1931, un político catalán, Francesc Macià, proclamó la independencia de la región a la vez que se proclamaba la II República en todo el país. Aquella declaración retórica quedó en nada, pero sirvió para que en 1932 se aprobara la institución de la Generalidad (en catalán, Generalitat) de Cataluña, un gobierno autónomo regido por un Estatuto de Autonomía acorde con la Constitución Española (en ese momento la republicana de 1931). En 1934 se produjo la ruptura más grave. Que tiene su origen un año antes, en 1933, cuando unas elecciones generales dieron la presidencia del gobierno de la República a una coalición de partidos de la derecha. Cuando en octubre de 1934 se incorporaron al gobierno dos ministros de la CEDA (el partido mayoritario dentro de esa coalición pero a la vez el más derechista de ellos), se produjo una insurrección de la izquierda en diversos puntos del país. Principalmente en Asturias y en Barcelona. En Asturias se aplastó esa insurrección a sangre y fuego. Con abusos por ambos bandos. 

En Barcelona, el 7 de noviembre de 1934, el presidente de la Generalidad, Lluis Companys, proclamó la independencia de la República de Catalunya dentro del marco de la República Federal Española. El gobierno republicano proclamó el estado de guerra. Hubo combates en las calles con un centenart de muertes. Al cabo de once horas, Companys se rindió y fue encarcelado junto a todo su gobierno. En febrero de 1936, al ganar un frente de izquierdas las elecciones generales, Companys y los demás deternidos por la insurrección de 1934, fue liberado. En julio de 1934, al estallar la guerra civil, Companys se puso en manos de milicias irregulares anarquistas y comunistas. En 1940, entregado a Franco por los nazis en la Francia ocupada, fue fusilado. He contado con cierto detalle las andanzas de Companys porque es un modelo indudable para el presidente Carles Puigdemont, arropado por el partido Esquerra [Esquerra es Izquierda en Catalán] Republicana de Catalunya y los antisistema de la Candidatura de Unidad Popular (CUP). 

Noviembre de 1934: 
manifestación (falangista)
contra la intentona de Companys

Tras la guerra civil, la Generalidad es suprimida para ser reinstaurada con la llegada de la democracia y la Constitución Española de 1978. Durante el franquismo, el uso del catalán fue prohibido radicalmente para ser recuperado paulatinamente. El 3 de junio de 1944 el diario La Vanguardia [titulado entonces La Vanguardia Española por motivos políticos] anuncia la representación de tres obras en catalán en el Palacio de la Música: La nena donada al blau, El ram de primavera y La FilosetaYa en 1953 se empiezan a otorgar los premios Mercé Rodoreda de cuentos y narraciones en catalán (lo ganó entonces Jordi Sarsanedas por Mites), y en 1956 el Premi Lletra d'Or (lo ganó Salvador Espriu por Final del laberint). El 27 de octubre de 1964, TVE, Televisión Española,  fundada 8 años antes, emite su primer programa, Teatre en Catalá. Son datos incómodos para quienes, profundizando en el agravio, insisten en la total persecución franquista del idioma catalán (aquí, más datos).

Así las cosas (disculpadme si me he sido demasiado extenso o en exceso conciso en el apartado histórico), nos encontramos con que mañana es 11 de Septiermbre, Diada Nacional de Catalunya, la fecha en que, en 1714, Barcelona se rindió a los borbónicos. Es decir, el inicio de esa presunta opresión, ocupación, española. Se esperan disturbios, con un gobierno de la Generalitat que ha visto cómo las dos leyes que aprobó hace unos días han sido anuladas por ilegales. La primera de ellas es la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Los motivos de su prohibición es que según la Constitución Española de 1978 (aprobada en Cataluña por un porcentaje de electores superior al de la media nacional), la potestad de convocar referendos corresponde al gobierno de la nación, no al de una región, además que según la constitución, la soberanía reside en el pueblo español, por lo que sólo una parte no puede decidir por el resto y sin el resto. Además, la nación española es indivisible. Título preliminar de la Constitución: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Por si faltara algo, el derecho a la autodeterminación, según Naciones Unidas y al que se acoge el gobierno catalán, pertenece a las regiones que han sido colonias o cuya población se encuentre sometida y perseguida por un estado. La otra ley, también anulada, proclama que Cataluña es una república independiente. Con una división de poderes insuficiente y que la sitúa en el ámbito de los regímenes totalitarios. Y expropiando todo lo que pertenece al Estado. Puro expolio.

En resumidas cuentas: nos encontramos ante un golpe de estado organizado por el gobierno catalán y sus cómplices contra la mitad de Cataluña y apoyándose en el apoyo de la otra mitad, adoctrinada durante décadas. Ante este desafío, sólo cabe la aplicación firme de la ley. 

Soy español. Pero reconozco las asperezas de mi patria. Somos individualistas, arrogantes, a veces crueles (especialmente con los animales), poco cultivados (la mayoría), impulsivos, poco reflexivos. El gobierno de España no ha estado brillante. Entre los agravios que señalan los indepes, está que Cataluña recibe en inversiones menos de lo que aporta a las cuentas de la nación. Lo mismo le pasa a Madrid (y Madrid no opta por la independencia). O lo mismo que le pasa a Málaga, mi ciudad, en el ámbito regional. Hay algo que se llama solidaridad. Que el que tenga más ayude al que menos tiene. Eso sucede en todos los países, en todas las regiones. 



El 4 de agosto de 2017, un mes antes de que en parlamento catalán se dieran los primeros pasos delictivos, un lector de El Periódico de Catalunya (www.elperiodico.com), Enrique Llaudet publicó una carta, titulada Los otros catalanes que es un vibrante llamamiento a la unidad y a no dejarse arrastrar por los terribles cantos de las sirenas indepes. En este momento delicado, muchos se emocionan jugando a la revolución. Hay mucho postureo para jugar a libertadores de una tierra que es libre desde hace décadas. Desde hace siglos. Remito al lector a pinchar el enlace del texto completo de Llaudet, emocionante y atinado pero que, ay, de nada servirá: Vamos a demostrar a quienes lideran el 'procés' que en el mundo somos catalanes y españoles. Vamos a demostrarles que no nos hemos creído la vil mentira de que "Espanya ens roba" cuando los únicos que nos han estado robando son ellos: nuestros recursos, nuestro dinero, nuestro orgullo y nuestra dignidad, intentando vanamente hacernos sentir inferiores y de segunda. Vamos a decirle a ellos y al mundo que ya basta de muestras de odio, intransigencias y amenazas de sanciones para quien no colabora o piensa como ellos. Vamos a frenar esta aventura que solo nos ha traído y traerá más pobreza económica e intelectual y más crisis a pesar de que nos prometen el paraíso. (Aquí, el texto que a todo nos debería unir)

En fin, que esta tormenta que pone en peligro la supervivencia misma de España (detrás, con la caña de pescar a orillas de este río turbulento hay ciertos grupos de extrema-izquierda esperando sacar provecho), exige no caer en las mentiras aireadas por los separatistas. Hay que mantener la esperanza en que todo se resuelva y los indepentistas, los indepes, se conviertan en indepres ante el naufragio y la derrota de sus golpe de estado. Mi esposa es catalana. Catalanes son algunos de mis amigos y casi toda mi familia política. Me afecta todo esto (en este blog, hay otras diez entradas dedicadas a cuestiones catalanas) porque además afecta a mi país. Que no es Andalucía (sería una necedad sentirme andaluz y no español). Es España. Patria común e individible de todos los españoles.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Lecturas: España y Cataluña. Historia de una pasión (Henry Kamen)

A sesenta centímetros de mí tengo un cartelito bajado de Internet, que unas manos amadas y catalanas (hoy las de mi esposa) pegaron hace unos años. En él, una cita firmada por Abraham Lincoln: Whatever you are, be a good one. Justo ahora me doy cuenta es justamente lo que intento con mi condición de español: ya que lo soy, intento ser un buen español. Porque, alguna vez lo he escrito, no soy especialmente patriota, no comulgo con los dioses de mi terreno, no acepto todo ese bagaje de la españolidad con alegría y bravura de soldado de los Tercios o de pícaro de la piel de toro. Hay mucho que me molesta de los ritos y de los mitos de mi país. Nunca aplaudiré el martirio de ningún animal para divertirme y batir palmas, nunca adoptaré la arrogancia como norma primera del carácter, nunca cultivaré la ignorancia. Todo eso. Todo lo que me hace, por muy español que sea, considerarme y sentirme, según el momento, coreano, argentino o inglés y hasta turco. Pero puesto a ser español, por ese azar que nos lleva a tomar carne y mente y espíritu en un lugar, una forma, un tiempo, intento ser un buen español. Depurado de vicios. Depurado, por español mismo, de pasiones.





Es justamente lo que propone, Henry Kamen. Al menos, el poso que te deja tras la lectura, en la que ahonda en la pasión del catalanismo y la pasión del españolismo, ahora mismo en trayectoria de colisión por decisión de una de las partes. Ya en 1647, buscando participar en el comercio con América encauzado por Sevilla, los mercaderes de Barcelona afirmaban en su escrito: "No hay ninguna duda de que Cataluña es España. España es todo lo que hay entre los Pirineos y los océanos. De ello se sigue que Cataluña es España, y y que los catalanes son españoles". Casi 400 años después, se nos quiere convencer de que nunca fue así, y para ello arguyen una historia construida de falsedades. Kamen las desmonta, sobre todo la ocurrida desde 1714, cuando los falsarios de hoy sitúan el fin de una nación que nunca existió. Lo hace Kamen, británico pero habitante de Barcelona, con herramientas de historiador. Podría, ya que lo hace, ser considerado un defensor de la unidad de España, también un buen español. 



Pero nos ofrece una visión de España como un estado no fallido pero sí carente de una identidad nacional sólida. Tal vez no le falta razón. Mientras los catalanes (los políticos catalanes, algunos escritores catalanes) han acertado con forjar una épica nacional basada en el agravio constante (y en la mentira), en España no hemos sabido ofrecer un relato común, ni unos símbolos, que nos unan más allá de las provincias y las regiones, más allá de los antiguos reinos fundacionales: "El argumento que presento aquí es que, al contrario que España, Cataluña tuvo éxito -claramente- a la hora de autodefinirse. A diferencia de España, consiguió hacer de la retórica una especie de realidad. Aunque Prat de la Riba y muchos de sus seguidores no eran más que retórica y palabrería en sus argumentaciones, tuvieron la ventaja de contar con una sólida base histórica y cultural". 




Ya en 1640 Baltasar Garcián señalaba lo complicado que es unir a los españoles: "En la Monarquía de España donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir". Desde entonces, y más a partir de la recuperación y puesta en valor de los mitos catalanes desde la Renaixença, la actuación combinada de políticos y publicistas puestos a su servicio, la pasión de Cataluña ha ido ganando la partida a la de España. Pero no nos engañemos. Como afirma Kamen en un artículo que inserta en este libro necesario y razonante, "El separatismo no es ninguna respuesta a nada. Muchos creen que en un mundo moderno como el nuestro no tiene cabida reducirse al estrecho marco de una nación provinciana, y que el futuro está en integrarse dentro de sociedades, economías, culturas y tecnologías más grandes y mejores, en lugar de amadrigarse en un mundo más y más pequeño de horizontes limitados, controlado por burócratas corruptos y élites burguesas que creen en ideologías que pueden parecer reales arriba en la montaña, pero aquí abajo, en el llano, no son nada más que el material del que están hechos los sueños".





lunes, 27 de julio de 2015

Tontos de capirote (y de barretina)

No soy complaciente, no soy rápido en la ira, no me acomodo a lo que hay, no me resigno a algunas cosas. Pero la que más me fastidia es la estupidez cuando toma forma de mentira. No olvido la "Salutación angélica" de César Vallejo, con su lapidario "español de puro bestia", tengo muy presente a Machado con su certera y melancólica advocación a "Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora". Pues bien, son tiempos en que un ramillete de políticos estrictamente nacionalistas e inmarcesiblemente catalanes, definitivamente justiciables, planean una declaración unilateral de independencia de su región, estricta e inmarcesiblemente española. Con dos cojones. Per  collons. Ellos, y sus corifeos, esgrimen un "derecho a decidir" y un ejercicio de democracia que se contradicen con la Constitución que todos aprobaron en referéndum en 1978 (en Cataluña con un grado de aprobación mayor que en el resto de España) y que yo, como funcionario, he jurado cumplir. Y que nuestros gobernantes juraron cumplir, respetar y defender. Y he aquí que, más allá de mis vinculaciones familiares catalanas (hay independentistas entre mi familia catalana, y hay gente que no olvida nuestra común patria), de lo desgraciada que mi esposa se siente porque un puñado de sus connaturales (no importan cuántos sean) quien cercenarle una parte de su identidad, que me encuentro con un viejo amigo de mi familia política. Un ejemplo de hasta qué extremo el fanatismo puede llegar. Un ostentador de la mentira. 

No viene a cuento, 
pero el gesto misterioso y ridículo 
merece ser invocado aquí.

Con ustedes, Sebastià-Daniel Arbonés Subirats. En el siglo, Sebastià d'Arbò. Que en facebook (recomiendo echarle un vistazo, para echar unas risas y pillar un cabreo) comparte enlaces que incitan al odio, que los comenta luchando contra los españoles que tienen colonizada Cataluña. Esas cosas. Y que se define como "Periodista, Director de cine y televisión. Realizador de radio y televisión. Director de programas, guionista, productor. Editor de prensa y de libros". Impresiona, ¿verdad? Completaré sus méritos, justificaré su gloria: es director de alguna película (recomiendo pinchar en el enlace de abajo para acceder a la carátula del VHS de "Cena de asesinos", con tal de no ver denunciado mi blog como vehículo de imágenes más o menos sicalípticas) y productor de "Sin bragas y a lo loco". Pero hay más: fue, revestido de capa, juez de aquel show psicotrónico de Antena 3 "El castillo de las mentes prodigiosas". En el que escoltaba, parsimonioso, a la mismísima Aramís Fuster. Y después, años después, se queja de la telebasura. Él. El productor de las bragas, el director de los asesinos. 


Pues sigo. El profesor d'Arbó (como lo llama algún incondicional) se dedica a sostener que España es mala, malísima, miserable, plena de ignorancia. Y acierta de pleno. Porque si España es así es porque lo son sus habitantes, lo son sus regiones. Cataluña misma. Andalucía también. Y si merece la pena España, que lo merece pese a sus notorias deficiencias, es porque acá y allá, compartidas a veces, hay virtudes. Y hay gente que sólo quiere, como en la tonadilla de Jarcha, tener la fiesta en paz. Que conste que estoy repartiendo leña, y miel, sobre las dos Españas, sobre las dos o múltiples facciones. Que señalo a los que en el facebook de d'Arbò entran en el insulto al resto de España o a los que allí mismo hacen chanzas sobre lo que el productor de cine y parapsicólogo sostiene. Allí, por ejemplo, comparte la noticia de que el grupo de rock, alemán, Scorpions mostró una gran bandera de España en un concierto en Barcelona. Y él, sabiendo que Barcelona y Cataluña están en España, presenta la noticia así:   

SUPONGO QUE LO HIZO PROVOCAR.
Si todo el público presente se hubiera largado inmdiatamente, ya verías cono no lo harían nunca más en Catalunya




Y más adelante, él, tribuno del pueblo, oráculo del Baix Ebre, comenta, en el hilo de discusión surgido de esta misma noticia:   

Es triste que siendo de una tierra colonizada (de esto la historia ya demuestra que no hay discusión) se les llame catetos a los que reivindican el derecho a decidir si quieren seguir siendo dependientes del imperio o independientes del mismo, esto realmente es ignominioso.

¿No es para cabraearse? ¿Y queréis más? Pues bien. Propone llevar a España ante el tribunal de La Haya (no lo he visto proponer lo mismo, por ejemplo, con el Estado Islámico) y lo hace de esta guisa:


YA HACE TIEMPO QUE OS DIJE QUE ESTE ES EL CAMINO QUE HAY QUE SEGUIR.
No perdáis el tiempo catalanes intentado dialogar con un estado imperialista que niega el derecho a decidir libremente el futuro de un pueblo y que solamente sabe amenazar y tomar medidas coercitivas y represivas contra estos ciudadanos que piden libertad.


Se supone que es adulto, que si fue capaz de dirigir alguna película, escribir otras y producir la de la lencería ausente, será capaz de distinguir entre la ignorancia y la infamia. Pero no, él lo mezcla todo. Con dos cojones. Y se queda tan pancho, con sus abracadabras y su vestuario de fantasía y misterioso, para sostener eso, que sólo él sabe, que los demás no nos enteramos. Léanse las palabras doctas del profesor:

Miguel Ángel, profundiza más en mis palabras y verás por donde vienen los tiros. Por ejemplo, si yo digo algo tan recurrente como "Hay que devolver Gibraltar a España" , ¿tu, cómo lo entenderás?. Cuantas dobles y triples lecturas hay en esta simple frase. Pues bien, en casi todo lo demás que escribo hay un mensaje oculto, lo que ocurre es que la gente, incculta sobre todo en historia, pican como moscas y quedan retratadas, que es de los que va este muro.


En fin, creo que bastante tiempo he desperdiciado con quien miente con tanta alegría solemne y misteriosa. Mientras, nuestros tontos de capirote siguen llamando a la masacre, mientras los tontos de barretina hacen lo mismo. Con el agravante de que estos últimos aducen hechos diferenciales quiméricos, fantasías históricas de ayer y hoy. Pero, claro, si creen que me han entendido se equivocan: puede que en casi todo lo que escribo hay un mensaje oculto, lo que ocurre que la gente, inculta sobre todo en historia...

En fin. Con dos cojones. Y un palito.