Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de junio de 2011

Querido y remoto Ernesto


Al cumplirse el centenario del escritor argentino Ernesto Sabato, recientemente fallecido, ofrecemos un retrato desde la amistad y la nostalgia con Málaga al fondo
 Miro las fotos sobre la mesa, las cartas y postales, los recortes de prensa, los libros dedicados, las cintas de casete. En voz, en palabras, en imágenes, vuelve a mí alguien que fue muy querido, un amigo que durante veinticinco años me ayudó con sus consejos, con sus charlas aquí y allá, a ser quien ahora celebra, con una punzada en el pecho, los cien años desde que ese amigo naciera, un centenario que tiene demasiado cerca la fecha amarga, 30 de abril de 2011, en que murió Ernesto Sabato. No se hablará aquí de los méritos y de la obra de quien fue el último clásico argentino, erigido en conciencia moral de ese querido y maltratado país. Trato aquí, para devolverlo por unos momentos a la vida, del hombre, del amigo, del vecino, del maestro (al leer esta palabra, agitaría burlón la cabeza, desdeñando la responsabilidad).
En el Palacio Miramar.
Foto: Gloria Rueda Chaves
Cartas
Obviaré una historia familiar sobre malagueños de Colmenar, con idas y vueltas con Argentina, que resulta en el exilio de mi tío-abuelo José Fernández Silva en 1939. El lugar de ese destino austral se llama Santos Lugares, en el gran Buenos Aires, un lugar sencillo, chato y entrañable. Allí, y poco después se instalaría, a un par de calles, Ernesto Sabato. En 1985, en un intercambio de cartas con mi tío-abuelo, éste me comentaría la vecindad de Sabato. En mi respuesta, le alabé la obra de quien era, ya, uno de mis autores favoritos. Pronto, en uno de sus escasos viajes a España tras recuperarse la democracia, mi tío me entregó un libro de Sabato, “La cultura en la encrucijada nacional”, dedicado por el autor junto a la petición de que le escribiera directamente tras haberle leído mi tío esas palabras de elogio.
La respuesta de Sabato (es italiano el apellido, sus libros no ponen tilde al apellido, aunque en el membrete impreso de los sobres que utilizaba para enviar sus letras sí aparece con el incorrecto signo) no tardó en llegar. La copio tal cual no por vanidad sino por iluminar una anécdota posterior: “Santos Lugares, agosto de 1986. Gracias, querido Mario, por tu hermosa, profunda e intensa carta, que de paso, revela la existencia de un escritor que dará grandes cosas. No tengo la menor duda. Te ruego que me mandes esos cuentos de los que me hablas. Si has de publicar, y estoy convencido, tenés que elegir un nombre más corto, menos de registro civil. Mario Montañez sería uno significativo. Espero que un día podamos darnos un abrazo! E. Sabato”. Escrita con una máquina de escribir de caracteres muy pequeños, con algún tachón mecanográfico y con la firma manuscrita, y sobre un papel también muy pequeño, sería la primera de una serie de cartas que yo respondía, en deferencia a sus problemas de visión, con cartas escritas a máquina primero y a ordenador después, fotocopiadas y ampliadas en tamaño A-3 para que ese formato, parecido al de la hoja de un periódico, le proporcionara una lectura grata. En algún sitio de su casa estarán esas cartas monstruosas enviadas desde Málaga por un muchacho que fue querido y no siempre remoto.
En la Fundación Picasso.
Foto: Glotria Rueda Chaves

En el verano (español) de 1988, tras haber ganado un año antes una mención en un certamen de ensayos sobre Sabato organizado en la provincia de Buenos Aires, y conseguido lo que en 1988 eran mil dólares y que la hiperinflación habría convertido, de no haber sido oportunamente cambiado a la divisa norteamericana, al equivalente actual de 13 céntimos de euro, pude al fin conocer el país de mis tíos y de su vecino Ernesto. Primeras tardes tomando café en su biblioteca, con pequeños cuadros de Oscar Domínguez apoyados en las baldas, charlas en las que él callaba y yo hablaba cuando deseaba que fuera al revés. Después de dos meses en Santos Lugares, seguirá el cruce de correspondencia.
En el nombre del nombre
En una carta de enero de 1991 insistirá en mi nombre, en la conveniencia literaria de usar uno más breve. Esta vez, Sabato desdeña el nombre de Mario y opta por el que conmigo usaría en adelante: “Gracias, querido y siempre recordado Virgilio (insisto en este nombre) por tus cariñosas preocupaciones!”. Ya para entonces había publicado mi primer librito, un cuaderno de versos editado por Ángel Caffarena con ilustración de Eugenio Chicano y nota a la edición de Manuel Alcántara (a él debo, con la misma intensidad y cariño que Sabato haber continuado escribiendo. La doble amistad y confianza de Sabato y Alcántara son un honor que excede a mis méritos; en 1990 y en Málaga se encontrarán Sabato y Alcántara conmigo de humilde espectador). En abril de 1992 realiza en el Centro Cultural de la Villa, en Madrid, la que es la segunda exposición de sus pinturas tras haberlas mostrado, en 1989, en el Centre Georges Pompidou de París. Al día siguiente de la inauguración, hay una charla suya en el auditorio anexo a la sala de exposiciones. Acudo tras haberle confirmado telefónicamente mi asistencia. Con la sala abarrotada de público, Sabato está brillante y volcado con su mensaje. De pronto, se interrumpe en mitad de una frase, mira hacia el público en silencio. Escruta la masa. Pasa un segundo, pasan dos, pasan tres. Dice: “¿Virgilio? ¿Estás ahí, Virgilio Montañez?” Glubs. Los presentes miran a Sabato y buscan por la sala una mano que se alce.  Cuento un segundo, cuento dos, cuento tres. Me levanto. Alzo la voz “Sí, aquí estoy, Ernesto”. Sonríe, me señala. Dice “Está bien. Él se llama Mario Virgilio Montañez, es un gran escritor que se empeña en usar ese nombre espantoso, tan de registro civil, en vez de firmar como Virgilio Montañez, que es tan hermoso. Y como es un cabezota, sé que no me hará ningún caso”. Me siento, entre risas, con las mejillas rojas y lleno de orgullo y pudor.

Sabato en la Fundación Picasso.
Foto: Gloria Rueda Chaves

Hojeo los libros sobre la mesa, la veintena de ediciones diversas autografiadas. En un ejemplar de “Heterodoxia”, un simple “A Virgilio, gracias por esta visita” y la firma, en “Sobre héroes y tumbas”, “Para Virgilio, con un gran y fuerte abrazo” y la mención de julio de 1991; en un “Abaddón”, “Para Virgilio este libro que me dio tanto trabajo, tanto éxtasis y tanta desesperación. Julio de 1991”; en “El escritor y sus fantasmas”, “Recuerdo de este cariñoso encuentro. Gracias, Virgilio. Agosto de 1996”. Momentos, en Madrid y en Santos Lugares, en los que compartimos conversaciones y confidencias. Y que en Málaga tuvieron su plenitud.
Un verano malagueño
Agosto de 1990. Sabato participa en el Curso Superior de Filología Hispánica. Me llama el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, Curro Flores. Me dice que informado por Sabato de que soy el único amigo que tiene en Málaga, me encarga acompañarlo cada día mientras aquí esté. Asisto a la primera y multitudinaria charla que da en la sede de la Caja de Ahorros de Málaga en la avenida de Andalucía, y a la mañana siguiente voy a recogerlo en la cafetería de la azotea del Hotel Málaga Palacio. Allí está con Francisco Ayala y con Hans Meinke, jefe máximo de Círculo de Lectores. Me presenta a ellos con exageraciones sonrojantes. Quedamos en acompañarlos al día siguiente a la Casa Natal de Picasso, en la que aún trabajo. Al día siguiente, sólo Ayala y su esposa me acompañarán. Por la tarde, Sabato me pedirá que le cuente mi vida entera. “Para comprender bien a las personas que de veras quiero, necesito saber su vida. Tenemos tiempo, Virgilio. Contame”. Procedo a volcar mi autobiografía íntima a lo largo de más de una hora en la que apenas me interrumpe, escuchándome con una sonrisa tímida y gesto de psicoanalista piadoso. No hay distancias entre nosotros. Me siento en paz. Al día siguiente, iremos a la Fundación Picasso, que visitará con respetuosa lentitud. En una charla con Manuel Alvar, en el Curso que se celebra en el salón Príncipe de Asturias del Miramar, habla del exilio y de la patria propicia que es el idioma. Otro día visitamos Marbella, acompañados por María José de Miguel, esposa de Curro Flores, y un chófer del Ayuntamiento. Tomamos café en la Plaza de los Naranjos, paseamos, charlamos. En la sobremesa del almuerzo, en un restaurantito modesto frente al mar, suspira, invoca a Matilde, su esposa, la elogia. Le acompaño en el encomio. Mira al mar, suspira. Pregunta: “¿Queda lejos Torremolinos?” Le informo. Se explica: “Allá vive una vieja amiga, Ulrike von Kühlmann, a la que hace décadas que no veo”. Me cuenta la historia de Ulrike, una alemana hija de un funcionaria nazi represaliado por el régimen, que en el Buenos Aires de los años 40 encandiló a Sabato y éste se la presentó a quien de ella, “como un colegial”, se enamoró: Borges. Recientemente, al conocer que su hijo Jorge Federico Sabato era Ministro de Cultura del gobierno de Alfonsín, y para que se instalaran en una sala especial de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, le había hecho llegar a su casa de Santos Lugares varias cajas llenas de libros y manuscritos de Borges que en una infructuosa labor de cortejo había regalado a Ulrike. “Figurate, el Borges más íntimo, al que tantos se empeñan en presentar como mi enemigo, está, en sus cartas y en esos poemas de enamorado en el sótano de mi casa”. Me hablaba de la esplendorosa y sofisticada belleza de Ulrike, de cómo el fantasma de aquella pasión nunca satisfecha parecía estar tras “Ulrica”, el relato que en “El libro de arena” es la clave para comprender la tumba, los símbolos, que Borges había elegido para su tumba en Ginebra... Le animé a llamarla, a verla, a revivir aquella amistad prodigiosa y remota. “No, Virgilio. No la veré. Ella me habrá visto en los diarios, en los libros, en la televisión. Sabe que soy este viejo espantoso. Yo prefiero seguir viéndola como aquella mujer bellísima tan inteligente. No quiero tener en mi mente una imagen como la mía. A lo más, la llamaré desde el hotel”.
En Marbella.
Foto: María José de Miguel Molina

En vista de que su último día en Málaga estaba vacante, sobre la marcha quiso organizar, un sábado por la mañana, un encuentro con los escritores malagueños que entonces, hace tanto, éramos jóvenes. Aquella conversación se celebró en la sala de juntas del Archivo Municipal. En las páginas del “Diario de la Costa del Sol” se especificó que “En la reunión, prolongada durante más de cuatro horas, Sábato respondió a las numerosas preguntas formuladas por los jóvenes, convirtiéndose el encuentro informal en una verdadera clase magistral sobre los porqués del arte literario”. En “Diario 16 de Málaga” y en la edición nacional se publicaría la única entrevista concedida por Sabato durante esa estancia malagueña. El titular, “Creen que voy a morirme, pero yo tengo otros planes”. Los autores, M. V. Montañez y Héctor Márquez. El último encuentro, pleno de melancolía, será en Badajoz en 2002. Nublada la memoria por un incipiente Alzheimer, yo seré un extraño. Y él, una añoranza imborrable.

En el Archivo Municipal de Málaga.
Foto: María José de Miguel Molina

Mucho, mucho más, queda en este tintero enlutado y emocionado y triste. Miro una humilde tarjeta que firma “La Comisión de Vecinos”. El texto es interesante. Tras una cita de Sábato (con tilde en la tarjeta) se dice que “Invitamos a Ud al agasajo que ofreceremos a nuestro ilustre vecino Don Ernesto Sábato, gloria viviente de las Letras Argentinas, con motivo de sus 80 años, junto a su esposa Matilde, en el Club Defensores de Santos Lugares, el día 26 de Julio de 1991, a las 19’30 horas”. Allí estuve, con mi compañero Salvador Bonet, tras participar con sendos dibujos en una carpeta que le fue entregada en ese acto de homenaje y en el que estuvo vibrante y cariñoso, apocalíptico y bromista. Sus palabras (de fondo las escucho en una cinta de casete) son las de un amigo, las de un vecino, las de un maestro que ahora, con la muerte aún viva, cumple 100 años y que en la niebla del recuerdo me sonríe tras las gafas oscuras al ver que firmo, sólo hoy, con el nombre que él para mí quiso.
Virgilio Montañez
Artículo publicado en diario Sur el 18 de junio de 2011

miércoles, 25 de mayo de 2011

25 de Mayo

Hoy es 25 de mayo. Un miércoles cualquiera de España, de ruido político a propósito de las elecciones (batacazo de los socialistas, pactos en municipios, esas zarandajas), de fútbol con el Barcelona jugándose en Wembley la Copa de Campeones (catalán consorte, soy más que apolítico, agnóstico en fútbol). Pero a catorce mil kilómetros es un día de sol, de paz, de orgullo, de patria. Porque en Argentina, que es también mi patria porque tengo allí desde 1907 familia especial y visceralmente querida, donde tengo amigos que también anidan, alborotándolo con dulce alegría mi corazón, el 25 de Mayo es la fecha sagrada, la del comienzo de su lucha por la Independencia de esta todavía áspera España. 25 de Mayo, cuando todos los argentinos, y los que por razones culturales o familiares o de simple afinidad, nos consideramos parcialmente argentinos, nos sentimos patriotas y nos prendemos de la solapa una escarapela con los colores blanco y celeste de la bandera.

         Este 25 de Mayo es especial. Todos los 25 de Mayo son especiales para mí. Esta vez por lo que hace un año fue este 25 de Mayo, aquel en el que se cumplían dos siglos desde ese momento de entusiasmo de 1810 en Buenos Aires. Y porque aquel día, el del bicentenario de la República Argentina, yo, ay, estaba allí. Recuerdo ahora ese día, ese momento en mi biografía. Con la cabeza llena de voces, de nombres, de amigos, de familiares, con los Fernández Moreno de Santos Lugares y de Devoto y de  San Isidro, con los Ceraso y Cicarelli de Santos Lugares, con los Andjell y Jarak y Kogan de Buenos Aires, con el paisaje de las calles inmóviles bajo la hojarasca de Santos Lugares, recuerdo un día que fue martes y que queda fijado en una pared de casa por una placa de metal colgada en mi biblioteca bajo un retrato de Eva Perón que lleva prendido en la esquina superior izquierda mi escarapela argentina de ese día (y que llevé también en la solapa en octubre de ese año y en Barcelona en la boda de mi amigo Luciano Ceraso).

Nostalgias argentinas en un rincón de la biblioteca

         No quiero, pues me conozco, eternizarme ni enredarme en los serpenteos de la memoria, en los caprichos de la divagación. La placa dice así: “Al Sr / MARIO VIRGILIO MONTAÑEZ / el Centro Cultural Andalucía de Buenos Aires / en agradecimiento a su / valiosa colaboración en la charla / “PICASSO MALAGUEÑO UNIVERSAL” / Santos Lugares 25 de Mayo / de 2010”. La imagen de Eva, testimonio de mi fascinación por el personaje y de mi repulsión de su marido, la compré en Buenos Aires en 1988. En un papel malo y como de los años 50, ha estado colgada desde entonces en mis domicilios. Pero volvamos a ese día. Estaba yo en casa de los Ceraso, en Santos Lugares, en el Gran Buenos Aires, por motivos de trabajo. Una exposición de obra gráfica de Picasso concebida y comisariada por mí (y no por quien la avidez por la notoriedad le concedió esos laureles ajenos) se mostraba en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, a una estación de cercanías de la de Santos Lugares. Los andaluces del CeCABA (el citado Centro Cultural Andalucía de Buenos Aires) habían solicitado que les diera una charla sobre el artista. La fecha fue la del Bicentenario Argentino. El lugar, el local de la Fraternidad (un sindicato ferroviario) en Santos Lugares.

En plena charla


Los supervivientes del extensísimo acto,
a los pies de Picasso al terminar

     Una nota de prensa cazada en Internet glosa y resume mejor que yo el transcurso del acto:
 “En el marco del Bicentenario del primer Gobierno patrio argentino, el Centro Cultural Andalucía de Buenos Aires ofreció una charla sobre el célebre artista plástico Pablo Picasso, que estuvo a cargo de Mario Virgilio Montañez, jefe del Departamento de Promoción Cultural de la Fundación Pablo Ruiz Picasso-Museo Casa Natal (Ayuntamiento de Málaga).
IberInfo (Buenos Aires)
El acto, que se llevó a cabo en la sede del CeCABA, situada en la calle Severino Langieri de la localidad bonaerense de Santos Lugares, contó con la asistencia de numeroso público y representantes de medios de comunicación orientados a la comunidad española.
Tras la presentación, que estuvo a cargo de Sergio Poves Campos, se escucharon el Himno Nacional Argentino, la Marcha Real y el Himno de Andalucía, entonándose las estrofas del primero y del último, por parte de todos los allí presentes, en pie.
A continuación, Montañez desarrolló una amplia exposición sobre el artista malagueño, explayándose en su biografía, trayectoria artística y los hechos destacados de su vida, ilustrando sus palabras con la proyección de imágenes, mostrando su evolución artística.
Fue así hilvanando los hechos, desde el nacimiento de Pablo Ruiz Picasso en Málaga, el 25 de octubre de 1881, hasta su deceso en Mougins (Francia), el 8 de abril de 1973; con referencias sobre su familia, la casa natal, sus relaciones artísticas y sentimentales y, sobre todo, su trayectoria artística.
Puso también un matiz especial al referirse al hallazgo de los restos de los padres del General D. José de San Martín en el año 1947, en la malagueña iglesia de Santiago, la misma en la que fuera bautizado el artista, que está situada frente a la plaza de la Merced, cruzando ésta en diagonal desde la sede la Fundación Pablo Picasso, en la que fuera su casa natal.
Tras la exposición, directivos del CeCABA hicieron entrega de presentes recordatorios a Mario Virgilio Montañez y, posteriormente, fue ofrecido un vino de honor.”
De esas casi cuatro horas que duró la velada, por mi locuacidad y esa capacidad de perderme en detalles prescindibles que creía amenos, recuerdo la sensación extraña de los cantos ceremoniales del comienzo, con el gesto de agradable sorpresa por parte de los argentinos al constatar que me sabía la letra de su himno nacional (“Oíd, mortales, / el grito sagrado: / libertad, libertad, libertad...”) y mi perplejidad al escuchar el himno de Andalucía en boca de esos remotos andaluces. Entre ambos cantos, el silencio respetuoso, todos en pie, a los sones de la Marcha Real. También me asombró, y no es modestia falsa, que mi disertación despertara el entusiasmo entre mis muy pacientes escuchantes (y oyentes).

Pura cotidianidad en casa de los Ceraso.
A la izquierda del sifón, Mario V.
A la derecha de la Coca-Cola, Julia Luzuriaga

Me miro aquí, en Málaga. Miro el calendario, la modesta y tan valiosa placa. Es 25 de Mayo. Ellos, tan queridos allí. Y yo aquí. Et in Arcadia ego. Quisiera estar en Santos Lugares. Ahora. Sin Picasso. Con Maribel. Con los Fernández, con los Ceraso. Sonrío. Con nostalgia. ¿Algo más que declarar, Mario? Por supuesto: ¡Viva la patria!
La nota de prensa, con imágenes, del CeCABA

martes, 26 de abril de 2011

La gloria de Rembrandt y la almohada de Tàpies

Nota previa: en abril de 2006 escribí un articulito sobre arte con algún elemento autobiográfico y un poquito de misticismo. Ignoro si se publicó en algún lado. No obstante, considero que puede ser interesante. Avisados están.

Hace unos meses, en las páginas del suplemento “Vivir la Cultura” del diario “Sur”, de cuyos contenidos soy asesor, dedicó una doble página a que tres críticos del diario, coincidiendo con la salida en librerías de “Historia de la belleza” de Umberto Eco, eligiera cada cual su obra de arte más hermosa. Éramos tres: Enrique Castaños, Alfredo Taján y quien esto firma. El resultado fue sorprendente. Castaños (desde siempre volcado en el arte más contemporáneo) eligió la catedral de Chartres, Taján un retrato de María Antonieta por Vigée-Lebrun y yo “Jeremías llorando la destrucción de Jerusalén”, de Rembrandt. Significativa selección. La más moderna de las obras pertenecía al siglo XVIII. Nada de contemporaneidad.

El Jeremías de Rembrandt

            Este hecho da que pensar. ¿Acaso es vacuo, o simplemente feo, el arte actual o el del siglo XX? No y a veces, sería mi respuesta. Lo cierto es que hay una consigna clásica, de la “Epístola a los Pisones” de Horacio, que en pulcro latín dice “exegi monumentum aere perennius”. Lo que en castellano se puede traducir como “erigí un monumento más perenne que el bronce”. Y tal vez sea esa falta de ambición, ese anhelo de intemporalidad, lo que hace fallar al arte de nuestros días. Aunque los pintores y escultores piensan que su arte está concebido para durar y durar. Hagan la prueba de decir, a bote pronto, el nombre de una obra de arte. Lo más seguro es que no salga ninguna actual. ¿Lo han intentado ya? Pues bien, sigamos.

            Rembrandt cumple ahora 400 años. Y su gloria sigue intacta. Cada pincelada suya es emocionante. Es como la música de Bach, tan cargada siempre de compasión. Sus autorretratos nos muestran a un hombre que se siente solo pero manteniendo la dignidad contra viento y marea. Una mortalidad cubierta de oro. Eso es para mí Rembrandt. Sucede también que hay cuadros que de pura belleza se sienten ganas de hincarse de rodillas ante ellos y rezarles. Aunque no se tenga fe. Eso me ha pasado cuando en Madrid me reencontré con “Ofelia” de John Everett Millais. Ya la conocía de haberla visto en Londres, rodeada de otras obras maestras prerrafaelitas. Pero encontrarla en España supuso una conmoción. Minutos de reverente silencio observando los detalles y presintiendo, y sintiendo, que se estaba ante algo mayor, y mejor, que la vida. Era asomarse a la trascendencia. Y con esta palabra nos adentramos en un nuevo camino de este texto de ideas que se bifurcan, de la religión.

John Everett Millais: Ofelia (1850)

 
            Permítanme una nueva ojeada a mi ombligo. Tengan paciencia. Fue hace más de diez años. Era yo crítico musical del extinto “Diario 16 de Málaga” y fui al Teatro Cervantes a oír una ópera. “Lucia di Lammermoor”, de Donizetti. Era una ópera que conocía de sobras. La soprano, estadounidense y joven, desconocida, se llamaba Kathleen Cassello. Hubo un momento, y no de los más intensos de la obra, en que me sentí al borde del derrumbe emocional, de las lágrimas. Se lo comenté a mi acompañante. No podía más. Aquello era superior a mis fuerzas. Y aquella noche tuve un sueño. Sin imágenes. Pero con sonido. Oía la voz de Cassello cantando la ópera completa. Pero bajo su voz había algo que me fue manifestado en el sueño. Algo que venía a significar “esto es la belleza y la verdad”. Y la unión de esos dos elementos significaba Dios. Así, con mayúsculas. Fue lo más parecido a una experiencia mística que he sentido en mi insignificante vida. Me levanté transformado. Ya no era un ateo militante, ni un agnóstico. Pasado el tiempo, tras zozobrar mi vida y recomponerla con otra mujer, aprecié en ella esa misma unión de belleza y verdad, emanada seguramente la primera de la segunda. Y terminé por ser un creyente. En un Dios sin nombre ni forma y al que venera el pueblo de Israel.

Kathleen Cassello como Lucia di Lammermoor
            Es entonces, y aquí regresamos al Arte, y espero no volver a contar experiencias propias, cuando se añade ese otro factor a esta ecuación. La trascendencia, entendida ésta como lo que, siempre subjetivamente, nos es superior. Lo que subjetivamente apreciado (sé que la objetividad es una quimera) se nos muestra como ajeno a las leyes de la lógica, de la química que se ha querido convertir en la explicación de todo proceso. ¿Qué es la belleza? No lo sé, y cada vez estoy más lejos de saberlo. ¿Qué es la verdad? Misma respuesta. Pero sé, siento, que la unión de esos dos elementos es lo que dota de intemporalidad a una obra de arte. Por poner unos ejemplos de artistas en ejercicio, sé que Guillermo Pérez Villalta, José María Larrondo, Miquel Barceló, Ouka Lele, Miguel Oriola, Chema Cobo o Bola Barrionuevo reúnen esos dos elementos. Y, por lo tanto, es trascendente su arte. Del mismo modo, al ser un buen observador desprejuiciado, lo que pintan autores malagueños tan clásicos como Fermín Durante o Francisco Torres Mata, o tan en contra de las normas tradicionales como Jorge Lindell o Enrique Brinkmann, o de cuadros tan desasosegantes como los de Francisco Peinado, también tienen esa voluntad de resistir al tiempo. Con complacencia hacia la realidad, o en rebelión contra ella, todos luchan, a base de fe en lo que hacen, contra el tiempo. La posteridad es algo que desconocemos. Y que todo gran artista desdeña. Además, si llega, tampoco significa que la obra y el artista valgan la pena: puede deberse a un capricho del mercado, en el que artistas muy mediocres siguen cotizándose. Pero ya no se trata de Arte sino de Negocios. Pero vayamos ahora hacia otro desvío de este “slalom” algo titubeante y acelerado.  La ambición de la obra de Tàpies.

"Diálogo", de Fermín Durante.
Tan inmenso artista como amigo.
Obviamente, lo echo de menos

            ¿Y por qué Tàpies? Porque, además de ser el patriarca de la vanguardia española, es el artista que más incomprensión sigue provocando. Aparte de ser el más ambicioso de ellos. Sus materiales, cotidianos y humildes, como el famoso calcetín, o almohadas fijadas sobre cualquier superficie, empujan al espectador medio (en un país donde la insensibilidad hacia lo difícil o extraño brilla especialmente) al desprecio por su obra. A mí, personalmente, me gusta Tàpies. Me gusta su búsqueda constante e independiente, su coherencia en no refrenarse sabiendo que lo que hace, seguramente, no gustará. Pero Tàpies tiene un riesgo, que es el de que para apreciar su obra se necesitaría la explicación del propio artista, tan interior y complejo es su mundo. Dudo que la opinión de un experto coincida con la del propio autor. Y ese riesgo, ese “pero” es el que hace que ferias como ARCO se conviertan en escaparates de pasmos, en sustitutos de las viejas barracas de prodigios y monstruos de las ferias antañonas. Se habla de la cultura, posmoderna hay quien la llama, del “todo vale”. Y está bien que todo valga. Pero, seamos honestos, ¿vale que una artista se dedique a lamer el suelo de todo su stand como acción artística? No. Son formas de llamar la atención. Aunque se me pueda tildar de reaccionario después de haber hecho una apología de Tàpies a pesar de Tàpies. Y más después de haber hablado de la gloria de Rembrandt, el pintor más humano que este planeta haya producido.

            Y aquí cerramos el bucle. Verdad y belleza. Unidas. Sin duda hay verdad (una verdad oculta encerrada en una sima oscura) en Tàpies. Pero hay verdad y belleza en Rembrandt. Como la hay en Millais. O en “Monje a la orilla del mar” de Caspar David Friedrich. O en “Las Meninas”. O en “El osario” o “La vida” de Picasso, o en todo Ramón Casas, o en los retratos de Pavel Tretiakov pintados por el ruso Ilia Repin o los paisajes de Isaac Levitan. De igual forma que sólo hay belleza en la fascinante pintura “pompier”, cuyo mayor representante, William-Adolphe Bouguereau, o la de Laurence Alma-Tadema, seducen de forma muy especial. Por ello, retomando a Horacio, habría que, para alcanzar la perennidad, exigir al menos verdad en la obra de arte. Y verdad no significa realismo. Fijémonos entonces en la pintura de Jean-Michael Basquiat. Especialmente extraña, violenta. Hasta fea, según opiniones. Pero cargada de verdad. Como está plena de belleza parte importantísima de la obra de Dalí pero, al mismo tiempo, ausente de verdad.

Antoni Tàpies: Despertar sobtat [Despertar repentino], 1993

            Sí, estamos de acuerdo. Todos estos términos de verdad y belleza son rancios, y tanto que hasta se ha citado aquí, en rigurosa versión original, a Horacio. Y que mucho de lo escrito podría haberlo hecho Luzán en el siglo XVIII, y que hay un poquito de Aristóteles y una pizca de Platón en todo lo dicho. Como ven, sobre gustos hay muchísimo escrito. Incluido este artículo en el que no se pretende sentar cátedra ni poseer la razón. Lo dicho: es un texto escrito desde la subjetividad, una apuesta por la verdad (que es múltiple) unida a la belleza (subjetiva también por excelencia). Para no abrir un debate, sino para hacer pensar en el gusto artístico, sobre la Estética, aunque no era el propósito. Mientras cada cual reacciona sobre lo escrito, el autor, fatigado, se apoya sobre la almohada de Tàpies para soñar con la gloria de Rembrandt. Y el resto es silencio.

jueves, 24 de febrero de 2011

SIC SEMPER TYRANNIS


Ahora que Gadafi se atrinchera en Trípoli mientras su país es terreno para las llamas y la desolación, recuerdo cuando en el buzón de casa, en el viejo barrio de la infancia, recibía los boletines de la embajada de Libia (papel de periódico, y como título “Al Yamahiriya”), a los que se unían los de Irak (la revista “Tigris” y el boletín “Qadissiat Saddam”) y los envíos esporádicos de la Unión Soviética (los tomos de papel barato para aprender ruso a través de Radio Moscú), la RDA (papel de alta calidad, fotos de delicioso color, la sonrisa de Honecker), de Nicaragua sandinista y de la Yugoslavia post-Tito. Todo el eje del mal en el buzón de los hermanos Montañez. Un siniestro destino cerniéndose sobre aquellos países que, en su mayor parte, desaparecerían tras aquella voracidad de los dos mocosos que enviaban escuetas cartas a las embajadas en las que se pedía información sobre aquellos países remotos. Y revolucionarios. Todo ese espejismo se derrumbó lenta pero estrepitosamente (en los hechos históricos pero también en mi interior). El loco Gadafi, el inspirador de aquella propaganda devorada en casa, ya no es el paladín raro de esa adolescencia errónea. El grito de John Wilkes Booth tras asesinar a Lincoln vuelve a sonar en tantas gargantas, y también en la mía, cuando la revolución incierta de hoy sirve para la nostalgia de quien fui, de quienes fuimos.