sábado, 16 de septiembre de 2017

Si tú me dices sí (comparaciones odiosas)

...pero es lo que hay, plebiscitos y referendos, en dictaduras y en nombre de la democracia. En la España de Franco en 1947 y 1966, en el Chile de Pinochet, en la Turquía de Erdogan, en la Cataluña inconstitucional y totalitaria de 2017. Ah, y en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.












































domingo, 10 de septiembre de 2017

Indepre

En el día no sé cuántos (puede que el segundo o el tercero, según se cuente) de la revuelta catalana (uso ese término por no recurrir al más apropiado, golpe de estado, por no herir la delicadísima, casi evanescente, sensibilidad de ciertos lectores, algunos incluso en mi propia familia, que militan en el comunismo o en el infantilista separatismo, cuando no en ambos a la vez), me quito los guantes de seda, la mordaza de la comodidad, y opino sobre lo que está pasando en un trozo de españa. Escribo también para que algunos de mis amigos en México, Perú, Argentina y Chile, lectores de este blog, tengan algunas claves para entender esta locura. 

¿Qué pasa en Cataluña? Simplemente, que un grupo de políticos, aduciendo agravios con el resto de España, y añadiendo derechos históricos, quieren separarse del resto del país. ¿Existen derechos históricos? Absoluta y rotundamente, no. Ninguno. Cataluña nunca fue un país. A lo más, fue un puñado de condados y finalmente un principado dentro del reino de Aragón. En 1714, dentro de una guerra civil que afectó a casi toda España (la guerra de Sucesión), la región catalana apoyó al pretendiente, de la casa de Austria, que perdió en aquel conflicto. El vencedor, con el que arranca la dinastía de los Borbón en España, Felipe V, suprimió beneficios fiscales y judiciales que venían desde la Edad Media. Ese momento exacto es el que los independentistas señalan como el del comienzo  de la opresión española, como aquel en que Cataluña dejó de ser independiente. Una falsedad absoluta. Antes de esa guerra reinaba en toda España (y su imperio) Carlos II, y antes Felipe IV, y antes Felipe III, y antes Felipe II, y antes Carlos I, y antes Fernando V de Aragón convertido en rey de España merced a su matrimonio con Isabel I de Castilla. Es decir, los Reyes Católicos con los que arranca la andadura de España como nación unificada. Una historia en la que antes de ese matrimonio nunca existió un reino de Cataluña. Así de simple. Dentro de la historia de España hubo un momento, en 1641, en que Cataluña se desgajó del resto del país durante once años, en el siglo XVII, para unirse a Francia. El aplastante centralismo francés ayudó para que volvieran a unirse al reino de España. En 1931, un político catalán, Francesc Macià, proclamó la independencia de la región a la vez que se proclamaba la II República en todo el país. Aquella declaración retórica quedó en nada, pero sirvió para que en 1932 se aprobara la institución de la Generalidad (en catalán, Generalitat) de Cataluña, un gobierno autónomo regido por un Estatuto de Autonomía acorde con la Constitución Española (en ese momento la republicana de 1931). En 1934 se produjo la ruptura más grave. Que tiene su origen un año antes, en 1933, cuando unas elecciones generales dieron la presidencia del gobierno de la República a una coalición de partidos de la derecha. Cuando en octubre de 1934 se incorporaron al gobierno dos ministros de la CEDA (el partido mayoritario dentro de esa coalición pero a la vez el más derechista de ellos), se produjo una insurrección de la izquierda en diversos puntos del país. Principalmente en Asturias y en Barcelona. En Asturias se aplastó esa insurrección a sangre y fuego. Con abusos por ambos bandos. 

En Barcelona, el 7 de noviembre de 1934, el presidente de la Generalidad, Lluis Companys, proclamó la independencia de la República de Catalunya dentro del marco de la República Federal Española. El gobierno republicano proclamó el estado de guerra. Hubo combates en las calles con un centenart de muertes. Al cabo de once horas, Companys se rindió y fue encarcelado junto a todo su gobierno. En febrero de 1936, al ganar un frente de izquierdas las elecciones generales, Companys y los demás deternidos por la insurrección de 1934, fue liberado. En julio de 1934, al estallar la guerra civil, Companys se puso en manos de milicias irregulares anarquistas y comunistas. En 1940, entregado a Franco por los nazis en la Francia ocupada, fue fusilado. He contado con cierto detalle las andanzas de Companys porque es un modelo indudable para el presidente Carles Puigdemont, arropado por el partido Esquerra [Esquerra es Izquierda en Catalán] Republicana de Catalunya y los antisistema de la Candidatura de Unidad Popular (CUP). 

Noviembre de 1934: 
manifestación (falangista)
contra la intentona de Companys

Tras la guerra civil, la Generalidad es suprimida para ser reinstaurada con la llegada de la democracia y la Constitución Española de 1978. Durante el franquismo, el uso del catalán fue prohibido radicalmente para ser recuperado paulatinamente. El 3 de junio de 1944 el diario La Vanguardia [titulado entonces La Vanguardia Española por motivos políticos] anuncia la representación de tres obras en catalán en el Palacio de la Música: La nena donada al blau, El ram de primavera y La FilosetaYa en 1953 se empiezan a otorgar los premios Mercé Rodoreda de cuentos y narraciones en catalán (lo ganó entonces Jordi Sarsanedas por Mites), y en 1956 el Premi Lletra d'Or (lo ganó Salvador Espriu por Final del laberint). El 27 de octubre de 1964, TVE, Televisión Española,  fundada 8 años antes, emite su primer programa, Teatre en Catalá. Son datos incómodos para quienes, profundizando en el agravio, insisten en la total persecución franquista del idioma catalán (aquí, más datos).

Así las cosas (disculpadme si me he sido demasiado extenso o en exceso conciso en el apartado histórico), nos encontramos con que mañana es 11 de Septiermbre, Diada Nacional de Catalunya, la fecha en que, en 1714, Barcelona se rindió a los borbónicos. Es decir, el inicio de esa presunta opresión, ocupación, española. Se esperan disturbios, con un gobierno de la Generalitat que ha visto cómo las dos leyes que aprobó hace unos días han sido anuladas por ilegales. La primera de ellas es la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Los motivos de su prohibición es que según la Constitución Española de 1978 (aprobada en Cataluña por un porcentaje de electores superior al de la media nacional), la potestad de convocar referendos corresponde al gobierno de la nación, no al de una región, además que según la constitución, la soberanía reside en el pueblo español, por lo que sólo una parte no puede decidir por el resto y sin el resto. Además, la nación española es indivisible. Título preliminar de la Constitución: La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Por si faltara algo, el derecho a la autodeterminación, según Naciones Unidas y al que se acoge el gobierno catalán, pertenece a las regiones que han sido colonias o cuya población se encuentre sometida y perseguida por un estado. La otra ley, también anulada, proclama que Cataluña es una república independiente. Con una división de poderes insuficiente y que la sitúa en el ámbito de los regímenes totalitarios. Y expropiando todo lo que pertenece al Estado. Puro expolio.

En resumidas cuentas: nos encontramos ante un golpe de estado organizado por el gobierno catalán y sus cómplices contra la mitad de Cataluña y apoyándose en el apoyo de la otra mitad, adoctrinada durante décadas. Ante este desafío, sólo cabe la aplicación firme de la ley. 

Soy español. Pero reconozco las asperezas de mi patria. Somos individualistas, arrogantes, a veces crueles (especialmente con los animales), poco cultivados (la mayoría), impulsivos, poco reflexivos. El gobierno de España no ha estado brillante. Entre los agravios que señalan los indepes, está que Cataluña recibe en inversiones menos de lo que aporta a las cuentas de la nación. Lo mismo le pasa a Madrid (y Madrid no opta por la independencia). O lo mismo que le pasa a Málaga, mi ciudad, en el ámbito regional. Hay algo que se llama solidaridad. Que el que tenga más ayude al que menos tiene. Eso sucede en todos los países, en todas las regiones. 



El 4 de agosto de 2017, un mes antes de que en parlamento catalán se dieran los primeros pasos delictivos, un lector de El Periódico de Catalunya (www.elperiodico.com), Enrique Llaudet publicó una carta, titulada Los otros catalanes que es un vibrante llamamiento a la unidad y a no dejarse arrastrar por los terribles cantos de las sirenas indepes. En este momento delicado, muchos se emocionan jugando a la revolución. Hay mucho postureo para jugar a libertadores de una tierra que es libre desde hace décadas. Desde hace siglos. Remito al lector a pinchar el enlace del texto completo de Llaudet, emocionante y atinado pero que, ay, de nada servirá: Vamos a demostrar a quienes lideran el 'procés' que en el mundo somos catalanes y españoles. Vamos a demostrarles que no nos hemos creído la vil mentira de que "Espanya ens roba" cuando los únicos que nos han estado robando son ellos: nuestros recursos, nuestro dinero, nuestro orgullo y nuestra dignidad, intentando vanamente hacernos sentir inferiores y de segunda. Vamos a decirle a ellos y al mundo que ya basta de muestras de odio, intransigencias y amenazas de sanciones para quien no colabora o piensa como ellos. Vamos a frenar esta aventura que solo nos ha traído y traerá más pobreza económica e intelectual y más crisis a pesar de que nos prometen el paraíso. (Aquí, el texto que a todo nos debería unir)

En fin, que esta tormenta que pone en peligro la supervivencia misma de España (detrás, con la caña de pescar a orillas de este río turbulento hay ciertos grupos de extrema-izquierda esperando sacar provecho), exige no caer en las mentiras aireadas por los separatistas. Hay que mantener la esperanza en que todo se resuelva y los indepentistas, los indepes, se conviertan en indepres ante el naufragio y la derrota de sus golpe de estado. Mi esposa es catalana. Catalanes son algunos de mis amigos y casi toda mi familia política. Me afecta todo esto (en este blog, hay otras diez entradas dedicadas a cuestiones catalanas) porque además afecta a mi país. Que no es Andalucía (sería una necedad sentirme andaluz y no español). Es España. Patria común e individible de todos los españoles.

martes, 29 de agosto de 2017

Lecturas: El trasfondo humano de la guerra. Con el ejército soviético de Stalingrado a Berlín (Michael Jones)

Un buen libro con un título engañoso y malo. El original en inglés es Total war. From Stalingrad to Berlin. Es decir, Guerra total. Que es lo que hubo y es lo que hay en estas páginas. No suspiritos y cartitas. Que también las hay dentro pero no va de eso este libro. Con una sólida documentación, este volumen hubiera necesitado más páginas, muchas más de las 333 de esta edición de Crítica, para dar cabida a lo que era su objetivo: contar la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista soviético desde Stalingrado hasta la conquista de Berlín y desde el punto de vista subjetivo de los soldados. El enfoque es el adecuado, y Jones narra con pericia y poniendo las cosas claras desde un comienzo. Ya en el prefacio lo advierte: La respuesta de algunas tropas soviéticas al llegar a territorio alemán -donde cometieron toda una serie de atrocidades contra la población civil- fue igualmente vergonzosa. En este libro, los combatientes rusos hablan sinceramente de las violaciones, los asesinatos y los saqueos cometidos por los de su propio bando. Aquellas acciones ensuciaron el heroísmo del Ejército Rojo. 




En el apresurado repaso a los hechos, que son narrados sólo para dar lugar a los testimonios, se señala la responsabilidad de Ilyá Ehrenburg sobre la conducta de sus lectores, y no se esconde la dejación de responsabilidades de los mandos soviéticos que permitieron tanto asesinato innecesario, tanta violación, hasta que tardíamente le pusieron coto. Como tampoco se obvian las atrocidades nazis. Por medio, asistimos a la nostalgia del poeta Pavel Antokolsky, padre de un caído de 18 años y autor de un celebrado poema sobre esa pérdida, titulado escueta y elocuentemente Hijo (el poema, aquí en español), y revelaciones terribles. Tal vez la peor de ellas sea la que cierra el libro y que da voz al soldado que en la famosa foto ondea la bandera soviética sobre el Reichstag y cuya identidad, Alexei Kovalev, se ocultó durante décadas para otorgarle a otro ese momento eterno de gloria. Explorador en el Ejército Rojo, este veterano de mil combates, se sincera con Michael Jones (es pertinente la larga cita en la que reproduzco el final del libro):


"Como explorador con labores de reconocimiento, siempre iba por delante de nuestro ejército y tenía que reunir datos para la inteligencia. Usaba a la gente local; los abordaba y les preguntaba por el paradero de los alemanes. Eran rusos, gente buena, y querían ayudarme. Me decían todo lo que sabían". Kovalev se esforzó por continuar. Le resultaba difícil decir esto, sobre todo a un occidental. Pero Kovalev me miró a los ojos y siguió: 

"Imagine esto. Cojo a una joven rusa, que está lavando la ropa en el río, a un niño que juega en un pueblo, o a un anciano sentado a la puerta de su casa. Les pregunto. Ellos me ayudan en todo lo que pueden. Y entonces, la "norma férrea de nuestro ejército": tengo que matar a mis fuentes, sin excepción. No puedo correr el riesgo de que los alemanes los capturen, interroguen y descubran que nuestras tropas están en las inmediaciones. No puedo poner en peligro a todo nuestro ejército por la vida de una sola persona".

Kovalev hizo un gesto repentino con la mano. Tenía lágrimas en los ojos. "Les cortaba el cuello con un cuchillo. Maté a centenares de los nuestros, personas decentes, amables, honradas. Los maté, los asesiné para poder derrotar a los alemanes. Este es el precio que pagué. Tengo que vivir con esto cada día, durante toda mi vida".

Una victoria extraordinaria, sustentada en un sufrimiento inimaginable. Y una bandera roja ondea sobre el Reichstag.


miércoles, 9 de agosto de 2017

Lecturas: El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS (Andreu Navarra)



Mi lecturas rusas y soviéticas vienen de antiguo, pero mis ocupaciones en la Colección del Museo Ruso San Petersburgo/Málaga me llevan a incidir en ellas. Esta vez fue un coloquio entre Elvira Roca, amiguísima desde siempre, y Andreu Navarra, a propósito de la rusofobia y la rusofobia, lo que me llevó, a posteriori (lo confieso) a sumergirme en ambos libros. Sumamente incitado por la amenísima cena que con ambos tuve y con el amigo y compañero ideal que es Ignacio Jáuregui. Andreu, con su aspecto joven (que lo es, sobre todo comparado conmigo), su verbo directo, su conversación de colegas de toda la vida, choca con su libro, docto y sumamente documentado. Navarra se ha leído casi todo lo que los españoles que en su día pasaron por la URSS y muchísimo e lo que contaron los que conocieron la Rusia imperial. Con una exposición clara, certera, apasionada cuando debe serlo (como cuando confronta los méritos de los libros sobre la experiencia soviética a cargo de Luiza Iordache, que no tiene complacencias con los matarifes del martillo y la hoz, y Natalia Kharitonova, tibia y cobarde en el rechazo), Andreu Navarra recorre las visiones de unos y otros, desde los que buscaron por curiosidad qué podía haber de nuevo o de bueno en el experimento soviético, a los que fueron a por adoctrinamiento y recetas para importar en España, los socialistas que supieron espantarse a tiempo, los catalanes (con un insospechado Josep Pla entre ellos) que iban a bichear la cuestión de las (pluri)nacionalidades, los comunistas allí atrapados tras la guerra y sus putaditas asesinas entre ellos, los divisionarios arrogantes y a menudo cerriles, y los viajeros (Montserrat Roig, Vázquez Montalbán) de los últimos años de la URSS. Por medio, figuras como Julián Juderías, el tan querible Chaves Nogales, la rescatable Sofía Casanova. Y Dionisio Ridruejo, de quien rescato una cita sobre el destino atroz de los judíos rusos durante la Guerra: Aún en Radozscovice he visto pasar pasar un grupo de judíos, marcados, abatidos, con la mirada vaga. No sé de dónde ni hacia dónde. Pienso, mientras siento una gran piedad, que una cosa es la formulación de la teoría y otra la de los hechos. Comprendo la reacción antisemítica del Estado Alemán. Se comprende por la historia de los últimos veinte años. […] Pero si esto –e incluso las articulares razones nazis– se comprende, deja de comprenderse tan pronto como nos encontramos, en concreto, cara a cara, con el hecho humano: estos judíos traídos a Polonia o extraídos de ella que sufren, trabajan, probablemente mueren. Si se comprende no se acepta. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda la teoría.

Un libro, pues, que no es una apología atolondrada ni una condena a la manera azulenca del Rusia es culpable. Hay aquí mucha inteligencia y mucha capacidad de exponer la complejidad de esos años blancos y rojos. 


martes, 8 de agosto de 2017

Lecturas: Una sensación extraña (Orhan Pamuk)

Sigo mis lecturas de todo Pamuk, atrancándome en el último capítulo de Me llamo Rojo (próximamente en este blog) y saltándome en el orden cronológico dos títulos (Estambul y El novelista ingenuo y sentimental). Y me encuentro con su última ficción capaz de tocar el espíritu y el corazón del lector. Pero tal vez de un tipo de lector sobre todo. Del mío. Me aclaro, del que proviene de una clase que no es la media-media como me sucede en este momento de mi vida sino que ha conocido no la miseria y el hambre pero sí la vida que hay que lucharla cada día (y aquí homenajeo a mi desmejorado padre, homenajeo a mi madre difunta y a tantos familiares y vecinos que supieron lo que era la vida en una barriada obrera de los años 60 y 70. Pero no vengo aquí a ponerle un marco suburbano a mi irrelevante ombligo, no vengo a dar pena, a dármela de pobre (de más pobre). No, vengo a invocar la capacidad para la empatía de los personajes, de algunos personajes, de Pamuk. De lo que le hace ser un autor extraordinario. Porque aquí es un vendedor turco de boza (un bebedizo de trigo fermentado muy apreciado en la Turquía más tradicional) , de nombre Mevlut, que lleva una vida más o menos calamitosa, más o menos dichosa, absolutamente creíble, desde su infancia en una aldea turca de finales de los años 50 hasta su madurez en el Estambul de ayer mismo. Una historia cotidiana, sencilla, con sus tragedias más o menos grandes (dos muertes hay en esta historia, ambas imprevistas), dos alegrías que a la larga permanecen y perviven. Todo ello sobre el trasfondo de un Estambul amado por Mevlut y que no es el del barrio de Nisantasi, tan recorrido por Pamuk, sino el de los suburbios pobres que en el barrio céntrico de Beyoglu ve el espejo de la vida más grata pero que, ay, es ajena y fugitiva.

Nos encontramos con una novela que sin ser extraordinaria te hace desear que sus personajes (ninguno un villano y todos con sus sueños irrealizables) tengan más voda que mostrar y que sentir. Una novela que tiene un largo subtítulo que explica de qué va el libro: Una historia obre la vida, las aventuras, los sueños y los amigos de Mevlut Karatas, el vendedor de boza, y una fotografía de la vida de Estambul entre 1969 y 2012, descrita desde la perspectiva de numerosas personas. Nada menos. Y por ello Pamuk recurre a darle voz, a veces por un par de páginas, a veces por un breve párrafo, a multitud de personajes que toman la voz en primera persona para completar lo que el narrador nos cuenta en tercera pero desde el punto de vista del querible Mevlut. Para dar solidez al conjunto, el autor completa el volumen con una cronología de los hechos (que es mejor no consultar antes de tiempo para evitar que ese conocimiento te hurte sorpresas) y hasta un índice analítico sobre los personajes. Como si de una biografía académica se tratara. Añade el libro además el atractivo, sorprendente, de ilustraciones hechas por el imprevisible Pamuk.



Muy recomendable. Delicioso. Una lectura aconsejable para iniciarse en la obra del gran autor turco. Que hasta te hace querer probar la boza (en el primer vídeo, una visión breve muy neutra, en el segundo una chavala con gracia dudosa prueba y comenta en español lo que Mevlut convierte en el eje de su vida).




jueves, 15 de junio de 2017

Gradus ad parnassum



Presentación al artista José Luis Puche con motivo de su charla en el Centre Pompidou Málaga, 15 de junio de 2017


Hay momentos en que, por mucho que uno lo intente, no consigue ser subjetivo. Y no crean que hablo sólo de mí, sino de José Luis Puche. Porque, como afirmaba Jean Cocteau, toda obra de arte es biográfica. Y tenemos al padre del artista interrogándonos, a través de una ventana indiscreta, escondido y escudado entre escalones, acompañado, como el matrimonio Arnolfini por su perrito, por un gato negro que se llamó “Buena suerte”. Aquí, Puche (padre e hijo) descorre el visillo, desliza las lamas y nos interroga. Aquí, yo descubro mis cartas y me reconozco amigo y admirador de José Luis Puche desde los tiempos heroicos en que era un artista que comenzaba y yo escribí y publiqué, convertido entonces en periodista cultural, los primeros textos sobre Puche. Desde entonces, a fuerza de tesón, de conocimiento, de destreza y talento puro (nos encontramos tal vez ante el mejor dibujante actual), se ha convertido en un artista que no es sólo conocido y respetado en el ámbito local, sino en el nacional y el internacional. Pero no quiero excederme en el elogio. No quiero, tampoco, empezar a redactar, ni a leer, este texto que quiere, que quería, ser sobrio y sencillo, y comenzar un discurso que hubiera querido titularse “Gradus ad parnassum” y que significando “Escalera hacia el Parnaso” se hubiera metido en honduras y metáforas barrocas cuando es el título, sin más, y desde el Renacimiento, de diversos libros de enseñanza de literatura, la música o las artes en general. Todo ello para decir que Puche sabe cómo realizar ese ascenso y que nos ofrecerá ahora las instrucciones para acompañarlo en esa subida.



martes, 13 de junio de 2017

Lecturas: Patria (Fernando Aramburu)

Excúseme la comparación inicial. Patria, de Fernando Aramburu, es de esos libros de los que todo el mundo habla, como pasó con el código Da Vinci y con las malhadadas Cincuenta sombras de Grey, que uno no pudo sustraerse a ese ruido general y sumergirse en la lectura. De todos ellos. De manera que reconociendo la basura de Dan Brown (que lo mismo sale a relucir en este comentario unas líneas más abajo), me quedó la adicción escapista, lo que otros llaman placer culpable, de leerme todos los libros del americano, entre oh, ah, anda ya, y jajajá. Del pijo de los latigazos me quedó un inmenso hastío y una culpa sin placer (tremenda mierda, al fin y al cabo). De Aramburu me ha quedado una impresión rara.




Esposa e hijos del general de la brigada de la Guardia Civil
 Juan Atarés Peña, asesinado por ETA en Pamplona el 23 de diciembre de 1985,
rezan ante su cadáver. Foto: José Luis Larrión.

Que Belén Esteban haya, dicen, ponderado el libro me deja diciéndome “vale, es una garantía que el libro se deje leer; es más, es imprescindible”.  Así pues, me lo compré y me lo leí en tres, cuatro días. Con creciente placer y con 125 capítulos tan breves y llevaderos como los de, sí, Dan Brown. Al comienzo (no haré ningún spoiler para lectores nuevos), con el Txato muerto desde el primer capítulo, la figura de su viuda Bittori va haciéndose cada vez más grande, más importante, de forma que la novela entera trata de ella, siendo los demás, por mucha importancia que tengan Nerea o Arantxa, satélites que giran alrededor de la pena y la entereza, la perseverancia y la memoria, de Bittori. Aquí tenemos, casi en paralelo, la historia de dos familias, ambas sin apellidos, que una vez fueron amigas y después se separaron por quítame allá esas patrias. Una, volcada hacia el mundo abertzale, con sus lemas y sus pistolas y sus curas, y la otra volcada hacia la convivencia que te lleva a mirar para otro lado, hablar del tiempo o simplemente callar. Es decir: la familia del Txato asesinado, u mujer Bittori y sus hijos Nerea y Xabier y la familia de la fanatizada Miren y su marido calzonazos Joxian y sus hijos Gorka, Arantxa y el terrorista Joxe Mari. Los personajes se mezclan a través de un estilo sencillo y directo, con personajes trazados con desigual maestría (a todos se los come Bittori) y con un final correcto, un desenlace que desmerece la tensión con que se sigue el libro y que nos hubiera dejado con ganas de algo más potente y tajante.

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Con todo, Aramburu conserva su empatía con las víctimas en un libro en el que se menciona a Gregorio Ordóñez y a Miguel Ángel Blanco y hasta a Yoyes, pero no a Ortega Lara ni a Carrero Blanco. Tampoco hace falta. Un libro donde no se condena (no es necesario) a los asesinos y sus cómplices (como el  cura don Serapio): basta con dejarlos expresarse, con razonamientos y efusiones nacionalistas que vuelven a oírse hoy con acento catalán, para sentir asco. Un libro, en suma, que no es valiente porque es simplemente objetivo. Que está cargado de buena literatura pero que no es la gran novela sobre la sociedad vasca bajo el terrorismo que aún está por escribirse. Al menos, en mi opinión (aunque tal vez no en la de Belén Esteban).