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sábado, 12 de noviembre de 2011

El divino frenesí

Tres obras de Beethoven nutren el concierto “La apoteosis de la danza” de la OFM, en el que brilla la imprescindible Séptima Sinfonía
“No he conocido jamás a un artista más concentrado, más enérgico, más profundo. Comprendo que su actitud respecto al mundo tiene que ser extraordinaria”. Son palabras de Goethe, que fue también, y hasta extremos alarmantes, profundo y concentrado. En cambio, Karl Maria von Weber, lo despachó con un despectivo y conciso juicio: “era un sujeto hosco y repelente”. Joseph Haydn le diagnosticó una inquietante inestabilidad interna: “me parece que usted es un hombre que tiene varias cabezas, varios corazones y varias almas... Creo que se descubrirá en sus obras algo inesperado, insólito, sombrío, porque usted mismo es un poco sombrío y extraño, y el estilo del músico revela siempre al hombre”. Son juicios acerca del artista absoluto, el que no posee un don casi sobrenatural y se abandona a la ligereza del oficio cuando éste se domina tanto como el talento, que es lo que sucedía a Mozart, sino que lucha contra su tiempo, sus circunstancias, sus propias limitaciones, incluso su cuerpo con sus oídos opacos, y que cuando dice que “quiero agarrar el destino por la garganta impidiendo que me abata” lo consigue, porque, según Rafael Argullol, “inmediatamente hay que comprender que él y su música laten con la misma violencia. El artista romántico acostumbra representar un mundo en el que él mismo, mediante su alter ego, el protagonista, se enfrenta al mundo de la realidad”. Es, y aquí tendríamos que quitarnos los invisibles sombreros, Ludwig van Beethoven.

                A él se dedica el concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga que, bajo el título “Beethoven. La apoteosis de la danza” tendrá lugar en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes el 18 y el 19 de noviembre. Dirigirá Edmon Colomer un programa beethoveniano en el que cabrán la obertura Coriolano, el concierto para piano y orquesta nº 4 en Sol mayor op. 58 (al piano el libanés Abdel Rahman El Bacha) y la Séptima Sinfonía en La mayor, op. 92. Lo del título del programa se debe a Wagner, que calificó así la séptima sinfonía, remachando con que “es la danza misma en su aspecto más sublime, como si fuese la acción excelsa del movimiento”. Todo en este programa es de altísimo interés. Pero no todo cabe en esta introducción somera. Baste con nombrar la antagonía entre lirismo y tumulto de la obertura Coriolano, la libertad que se otorga al piano en el concierto nº 4, revolucionario y con un movimiento central, “Andante con moto”, que recoge nuevamente una dualidad.
El Allegretto de la Séptima

The Composer's Speech

                La séptima sinfonía, que volvió a prestarse recientemente a una aparición fílmica en la destacable película “El discurso del rey”, en la que su celebérrimo segundo movimiento, “Allegretto”, sonaba como fondo del propio discurso, es otra de las cumbres de la cultura europea. Considerada por el propio Beethoven como una de sus propias obras, no fue raro que en sus primeras interpretaciones el público hiciera que la orquesta repitiera ese movimiento, que es de lánguida belleza y que nos lleva por el espejismo de la repetición, acunando al oyente en un vaivén delicioso en su tristeza, pero escoltado, aquí y allá ese pasaje lírico y obsesionante (y otros más sutiles), con elementos y pasajes rítmicos, plenitud de matices y calculadas osadías, estallidos de energía y  que dan cumplimiento a lo que Wagner escribió sobre esta obra: “Beethoven vuelve a arrojarse en el océano sin límites, en el mar de su infinito deseo; pero emprendió la tormentosa carrera sobre un gigantesco navío, sólidamente construido; con puño firme tomó el poderoso timón; conocía la meta del viaje; había resuelto alcanzarla... Querría medir los límites mismos del océano, descubrir el continente que debía hallarse más allá del desierto líquido”. El propio Beethoven, más en el espíritu de la danza, expresaría sobre esta sinfonía al acabarla, y sobre sí mismo: “Soy el Baco que da a los hombres el divino frenesí del espíritu”.

Artículo publicado en diario Sur el 12 de noviembre de 2011

sábado, 30 de abril de 2011

El destino de los niños

Los que peinamos canas recordamos a Enrique García Asensio, un señor muy inquieto que llevaba una cosa en la tele que se llamaba “El mundo de la música”, en el que niños no menos nerviosos se ponían a dirigir orquestas y aquello molaba, de manera que cualquier palo ya no sólo era una espada de mosquetero en aquellas tardes de la niñez suburbial sino incluso, para indignación de los que ya fumaban, batutas de director de orquesta para trazar en el aire los arabescos que debían encerrar, en el aire invisible, los compases pegadizos de la pequeña serenata nocturna de Mozart. Ese director estuvo durante un tiempo, allá en los noventa, a punto de ser el titular de la orquesta que hoy se llama Filarmónica de Málaga. Aquella labor precursora hizo que algunos, ojalá muchos, nos acercáramos a la música clásica sin miedo y que de aquellas tardes de tele nos haya quedado un gusto por la vieja e inmortal música y una querencia de los pulmones por el aire limpio. Valga este exordio nostálgico para que este antiguo niño de Huelin hable de un concierto, los días 6 y 7 de mayo en el Cervantes, que quiere justamente eso, esquivar la máscara severa de la música sinfónica para borrar ese miedo a los ataúdes con cuerda que se llaman violines. Bajo el título “Sueños de Infancia I. El flautista de Hamelin”, bajo la batuta de Edmon Colomer, el programa incluye tres piezas de muy diverso cariz: “E. T. Aventuras en la tierra”, de John Williams, “The pied piper fantasy” de John Corigliano y la Quinta Sinfonía de Beethoven.
Lo de John Williams, en su primera audición en Málaga, es una suite orquestal que recoge cuatro episodios de la película de Steven Spielberg sobre el bicho cabezón del dedo luminoso obsesionado por la telefonía y el hogar. Excelente ocasión para que los niños comprueben que una música más o menos conocida, asociadas a unas imágenes más o menos recordadas, sale de instrumentos muy serios en manos de señores vestidos de oscuro. Más desenfadada, y también más dura, es la fantasía de John Corigliano sobre el flautista de Hamelin. A veces, para que sea más asimilable por los niños, se hace que el solista de flauta (esta vez le toca a Jorge Francés) comparezca disfrazado del personaje de la inquietante fábula. A través de siete piezas, que se interpretan sin pausas intermedias, y con un lenguaje lleno de disonancias, se asiste a la lucha del bizarro flautista contra los ratones a lo largo de cuarenta y tantos minutos y con la intervención final de cuatro grupos de escolares con flautas dulces, que proceden de los centros Rosario Moreno, Pablo Ruiz Picasso, Paulo Freire y Nuestra Señora del Pilar. Que tantos niños puedan tocar la marfileña flauta de plástico en el Cervantes arropado por una orquesta Filarmónica multiplicará los efectos de aquellos remotos chavales antaño hechizados por García Asensio. Como elemento de valor, debe destacarse que éste es el estreno en España de la tumultuosa fantasía de Corigliano.

John Corigliano: Pied Piper Fantasy
                Para completar el sortilegio, en la segunda parte sonará algo que debería ser, y es, para todos los públicos, pero que mejor apreciarán los oídos adultos. Es la música clásica, sus primeros segundos al menos, más conocida, más reconocida, por todos. Tanto, que hasta sus primeros compases, conocidos como “la llamada del destino” se puede usar, y con algo de involuntaria guasa, para llamar a las puertas. Una sinfonía que podría aducirse ante un flautista exterminador para salvar de un destino terrible a este planeta absurdo, una obra que es más grande que la vida, que a todos nos supera con esa puñetera facilidad que tenía el inmenso Beethoven para conseguirlo en distintas ocasiones que no son sólo ésta. La Quinta Sinfonía de Beethoven, ya ven, debería haber llenado esta recomendación. Pero excede no sólo el espacio del que aquí se dispone, sino la capacidad analítica y expresiva de quien fue, ay, un escolar ensimismado hace demasiado tiempo ante una pantalla en la que Enrique García Asensio sacudía su flequillo ondulado ante un niño lejano e irrecuperable.
Artículo publicado en diario Sur, 30 de abril de 2011
El artículo, en Sur