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jueves, 15 de junio de 2017

Gradus ad parnassum



Presentación al artista José Luis Puche con motivo de su charla en el Centre Pompidou Málaga, 15 de junio de 2017


Hay momentos en que, por mucho que uno lo intente, no consigue ser subjetivo. Y no crean que hablo sólo de mí, sino de José Luis Puche. Porque, como afirmaba Jean Cocteau, toda obra de arte es biográfica. Y tenemos al padre del artista interrogándonos, a través de una ventana indiscreta, escondido y escudado entre escalones, acompañado, como el matrimonio Arnolfini por su perrito, por un gato negro que se llamó “Buena suerte”. Aquí, Puche (padre e hijo) descorre el visillo, desliza las lamas y nos interroga. Aquí, yo descubro mis cartas y me reconozco amigo y admirador de José Luis Puche desde los tiempos heroicos en que era un artista que comenzaba y yo escribí y publiqué, convertido entonces en periodista cultural, los primeros textos sobre Puche. Desde entonces, a fuerza de tesón, de conocimiento, de destreza y talento puro (nos encontramos tal vez ante el mejor dibujante actual), se ha convertido en un artista que no es sólo conocido y respetado en el ámbito local, sino en el nacional y el internacional. Pero no quiero excederme en el elogio. No quiero, tampoco, empezar a redactar, ni a leer, este texto que quiere, que quería, ser sobrio y sencillo, y comenzar un discurso que hubiera querido titularse “Gradus ad parnassum” y que significando “Escalera hacia el Parnaso” se hubiera metido en honduras y metáforas barrocas cuando es el título, sin más, y desde el Renacimiento, de diversos libros de enseñanza de literatura, la música o las artes en general. Todo ello para decir que Puche sabe cómo realizar ese ascenso y que nos ofrecerá ahora las instrucciones para acompañarlo en esa subida.



lunes, 31 de marzo de 2014

Palabras para Puche



"Ocho años atrás, en la conclusión del primer tomo de Modern Painters, me aventuré a ofrecer el siguiente consejo a los jóvenes artistas de Inglaterra: “Deberían acercarse a la naturaleza con absoluta determinación de corazón, y caminar con ella laboriosa y confiadamente, sin pensar más que en la mejor manera de penetrar en su significado; sin rechazar nada, sin escoger nada y sin despreciar nada”. Un consejo que, fuera bueno o malo, entrañaba un esfuerzo y una humillación considerables para llevarlos a la práctica, por lo que fue. En consecuencia, mayormente rechazado”.


Son palabras de John Ruskin, escritas en 1851. Léanlas, miren la obra de Puche, la de ahora. Está claro. Puche a obrado como Ruskin dictó y como sólo William Holman Hunt y John Everett Millais se atrevieron a llevar a la práctica. Pero el siglo y medio transcurrido ha hecho que el resultado sea, lógicamente, muy distinto. Radicalmente distinto. Gozosamente diferente. Puche ha vuelto a los orígenes (aunque nunca se había marchado del todo). Al dibujo perfecto. A la mirada inocente, pura, nítida. A la concepción de la obra que en procura de la certidumbre, nada rechaza y todo lo acepta, haciendo que sus imágenes sean híbridas, complejas, combinando la ingenuidad (esto es, la nostalgia) de la infancia, con su imaginería modesta y fugaz, con sus artificios  industriales, con la ingenuidad (esto es, la pureza) de la naturaleza. Todo ello en un momento difícil, exasperante, impreciso, crispado. Desde sus pinturas y dibujos, las técnicas mixtas, con una sofisticación casi exasperante, se constituyen en parte del mensaje. El mismo carácter tienen las imágenes, que poseen no la materia shakesperiana de los sueños, sino del duermevela. Puche nos inquieta y a la vez nos calma. Nos acuna y turba para que seamos nosotros, ahora sí, desde dentro de los sueños, con su nostalgia y su pureza, accedamos a la complejidad con la que nos seduce y nos desafía.

José Luis Puche: No surprises (2013)
Grafito y acuarela líquida sobre papel


(Texto para el catálogo de una próxima exposición de José Luis Puche)