Vidal me cae mal. Muy mal. Esa meliflua expresión de protestante con intereses económicos no del todo claro, sus peleas con Jiménez Losantos, sus bochornosas intervenciones recogidas en Youtube en las que asume el papel y los cometidos de un telepredicador enloquecido y falsario. Véase:
martes, 6 de mayo de 2025
Lecturas: Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda (César Vidal)
jueves, 30 de noviembre de 2023
Lecturas: Metropol (Eugen Ruge)
Las inevitables entrevistas de promoción del libro al publicarse, alguna reseña, me pusieron en la pista de este relato, una novela de no ficción que es casi (un casi muy pequeño) una obra maestra. Comenzando en primera persona, Ruge cuenta cómo accede a los archivos soviéticos, los del Komintern para cuyo organismo de Inteligencia trabajaba, la OMS (Departamento de Enlaces Internacionales pero en sus siglas rusas), su abuela. Una abuela, alemana, que no había contado demasiado sobre su experiencia, fugitiva de los nazis, en el Moscú de las grandes purgas. Del Gran Terror. Cosas de comunistas. Tan asquerosas como las de los nazis.
Como sea, tras ese prólogo en el que va dando voz a sólo tres personajes -Charlotte (la abuela del autor), Vasili Vasílievich (presidente del Colegio Militar del Tribunal Supremo de la URSS), Hilde, exmujer del segundo marido de Charlotte y secretaria del jefe del Komintern-, seguimos a la pareja feliz e imperfecta formada por Charlotte y Wilhelm, que compartían ocupaciones e ideologías, que ve tambalearse su tranquilidad de unas vacaciones de verano en Crimea, al leer el nombre de un conocido, más bien amigo, entre los juzgados, condenados y ejecutados en el juicio contra el centro zinovievista-trotskista, Alexander Emel. Bastará ese dato, leído en un periódico, para que la vida cambie, y llegue el miedo y la pareja se apresure a confesar ese conocimiento, minimizándolo, ante el riesgo de ser arrastrados hacia la culpa a pesar de saberse sumisos secuaces de Stalin. Es en ese clima que la pareja cesada en sus ocupaciones es hospedada en el deslumbrante hotel Metropol del título, convertido en Purgatorio, en almacén de futuras víctimas, donde van desapareciendo comensales en el comedor, donde van apareciendo, tras pasos en la madrugada, habitaciones selladas. La inclusión, acá y allá, de documentos reales, reproducidos fotográficamente acompañados de su transcripción, no sirve para dar sensación de realidad, sino que aumenta la extrañeza, remarcada por el excelente dominio que Eugen Ruge tiene de los resortes literarios. Pocos libros tan intensos como este, al que sólo le sobraría un epílogo en el que se cuenta qué se sabe de este o aquel personaje, y Ruge reconoce qué tuvo que inventarse o qué no. Este epílogo equivale, ay, a explicar trucos de magia. De ahí que no sea la obra maestra que sería sin ese añadido.
jueves, 10 de agosto de 2023
Lecturas: El fin del "homo sovieticus" (Svetlana Aleksiévich)
Premio Nobel de Literatura, Aleksiévich en 2015, reside en Berlín exiliada desde 2020. Por críticas al dictador Lukashenko de Bielorrusia, esa república convertida en pedanía de Rusia, una satrapía del imperio ruso regido por el abominable Vladimir Putin. Nacida en la hoy martirizada Ucrania, Aleksiévich residía en Bielorrusia. Como quien busca la libre expresión, ha tenido que buscar acogida en nuestra decadente Europa. Donde, con todo, se respetan los derechos humanos. Y aquí debo frenarme para no desatar una diatriba inútil contra la Rusia y la Bielorrusia actuales, contra sus tiranos.
Ya lo hace Aleksiévich con este libro-reportaje que da a entender por qué esas naciones son hoy como son. Porque se sienten en deuda con Stalin, con la Unión Soviética que siendo criminal ofrecía una ilusión de grandeza a sus esclavizados ciudadanos. Aquí, a lo largo de 642 páginas, Aleksiévich reduce sus intervención al mínimo: deja hablar ante un magnetófono, o ante un cuaderno de notas, a ciudadanos de la extinta URSS de diversas repúblicas, comunistas o anticomunistas, de ciudad o de aldea, ancianos y jóvenes, mujeres y hombres, para dejarles contar libremente su experiencia. La reunión de estas voces nos deja ver que la realidad de ese inmenso presidio de hoy en día es un lugar en el que la solidaridad no existe y se prefiere el miedo a la esperanza. Por medio, historias de sufrimiento, de guerras civiles, de miseria material o moral. Y una constante alusión a los embutidos (sí, embutidos) como indicadores de la prosperidad de las naciones. La presencia o no de estos alimentos sirven para modular lasa nostalgias de muchos de los testigos. De gente que rompe en quejas como A ver, a ver, a ¿usted de veras cree que esto que le cuento interesará a alguien? ¡Dígame a quién! ¡Dígamelo! Esto hace mucho que no le importa a nadie. El país en el que vivíamos ya no existe ni existirá jamás, pero nosotros todavía estamos aquí, viejos y repugnantes... Con nuestros recuerdos horribles y estos ojosa llenos de odio... ¡Aquí estamos! ¿Y qué queda hoy de nuestro pasado? Stalin anegó el país en sangre, Jruschov lo sembró de maíz y Brézhnev era un payaso de feria.
Las opiniones negativas, y a menudo certeras, se suceden y acumulan: Los rusos tenemos que vivir vidas feroces y sórdidas, porque sólo así el alma se eleva y toma conciencia de que no es de este mundo... Cuanto más fango y más sangre, más espacio tendrá el espíritu. Este país sólo se puede modernizar poniendo a los científicos a trabajar bajo vigilancia policial o llevando a muchas personas al paredón. Bajo esta concepción pesimista de la existencia (hablan personas que vivieron el caos del estado mafioso de la época de Yeltsin), el comunismo parece algo digno de añoranza: El hombre no es más que polvo, un grano de polvo... Y entonces todos se volvieron de nuevo hacia los comunistas... Aquí nadie tenía millones cuando gobernaban los comunistas, pero todos teníamos un poquito y ese poquito nos bastaba. Y todos nos sentíamos igualmente dignos.
En ese sentido se manifiesta la nostálgica abuela de otro de los testigos del libro en expresión lapidaria: Cambiaron el socialismo por unos plátanos y unos chicles. Ante esa pérdida, ese cambalache desconcertante, hasta el crimen se perdona: Asesinaron a sabe Dios cuánta gente, pero vivíamos en una época grandiosa. Así, confidencia tras confidencia, historia tras historia, se recompone un fresco que explica cuán amarga fue la vida durante la experiencia soviética cuán amarga lo fue después y cuán amarga lo sigue siendo. Pobres rusos y bielorrusos, pero también pobres tayikos y armenios y chechenos y azeríes y tantos otros. La violencia y el crimen los cubrió a todos por igual según estas voces amargas y cargadas de resignada emoción.
jueves, 20 de septiembre de 2018
Lecturas: El maestro Juan Martínez, que estaba allí (Manuel Chaves Nogales)
Publicado en veintisiete entregas entre marzo y septiembre de 1934 (el dato no es baladí: antes del estallido de la revolución de octubre de 1934 con su preludio de la Guerra Civil Española), el libro-reportaje recoge frases como: "En Rusia, me he convencido luego, el problema está en serle simpático o no a la gente. Es como en España. Cuando se cae en gracia, todo está resuelto. Pero ni no se cae en gracia, se muere uno sin poderse valer. Los rusos no son malas personas, pero sí muy desiguales, arbitrarios y caprichosos". Como en España, dice el maestro Juan Martínez, dice Chaves Nogales. Y es cierto. Por ello, si sustituimos, equiparamos, y venimos a decir "Los españoles no son malas personas, pero sí muy desiguales, arbitrarios y caprichosos" comprobaremos que ese retrato plural es jodidamente certero, aunque nos repela.























