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martes, 6 de mayo de 2025

Lecturas: Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda (César Vidal)

 Vidal me cae mal. Muy mal. Esa meliflua expresión de protestante con intereses económicos no del todo claro, sus peleas con Jiménez Losantos, sus bochornosas intervenciones recogidas en Youtube en las que asume el papel y los cometidos de un telepredicador enloquecido y falsario. Véase:




Aclarado esto, he de reconocer que junto a una desaforada grafomanía, el tipo aparentemente sabe de lo que escribe. O al menos sabe sacar partido de la bibliografía o de los recursos disponibles en la red. En este libro, poco aporta y mucho informa. Que Carrillo fue un criminal de guerra todos lo sabemos, y excepto los de su cuerda, lamentamos que muriera de viejito sin haber pisado no una checa sino una cárcel de la democrática y domesticada España. Que Stalin fue el mayor hijo de puta que conocieron los siglos es también algo que tampoco merece la pena repetir.

Aquí, sin la brillantez ni el rigor expositivo de, digamos, Julius Ruiz (ni tan siquiera de Jiménez Losantos), Vidal ofrece un paralelo entre dos de las mayores matanzas de prisioneros políticos del siglo XX: la matanza de Paracuellos del Jarama, ocurrida en las afueras de Madrid en 1936 y la masacre del bosque de Katyn, perpetrada por la NKVD soviética en 1940. Como si hiciera falta insistir en ello, ambos crímenes fueron silenciados por razones ideológicas mereciendo ambos el mismo tratamiento en términos de memoria y justicia.



Como él mismo dice, “Lo grave no es que se hable de los crímenes del franquismo. Lo intolerable es que se silencien los del Frente Popular”. En la primera parte, describe, tras un prescindible repaso de las ideas de Marx y de Pablo Iglesias (el fundador del PSOE, no el tabernero cavernario homónimo), el desarrollo de las matanzas de Paracuellos. En la segunda, casi con desgana, la de Katyn olvidando, por ejemplo, los intentos de camuflaje comunista de aquel horror, de cómo con documentos falsos se intento vender que la autoría era nazi. Un título básico como el Mackiewicz (tengo la primera edición, de 1960) lo demuestra.

 

Tras la que, en rigor, fue “la primera gran matanza sistemática de prisioneros políticos en la Europa occidental del siglo XX” de la que fueron culpables, en nuestra áspera España, tanto altos mandos del Frente Popular como asesores soviéticos, señalando la voluntad de “silenciar Paracuellos para no empañar el mito fundacional de la izquierda democrática” y desbarrar aquí y allá, en lo que acierta Vidal es en que “No se trata de abrir heridas, sino de cerrarlas con verdad y justicia para todos”. Amén (que diría no sé si él, pero sí yo como católico y anticomunista confeso). 

jueves, 30 de noviembre de 2023

Lecturas: Metropol (Eugen Ruge)

 Las inevitables entrevistas de promoción del libro al publicarse, alguna reseña, me pusieron en la pista de este relato, una novela de no ficción que es casi (un casi muy pequeño) una obra maestra. Comenzando en primera persona, Ruge cuenta cómo accede a los archivos soviéticos, los del Komintern para cuyo organismo de Inteligencia trabajaba, la OMS (Departamento de Enlaces Internacionales pero en sus siglas rusas), su abuela. Una abuela, alemana, que no había contado demasiado sobre su experiencia, fugitiva de los nazis, en el Moscú de las grandes purgas. Del Gran Terror. Cosas de comunistas. Tan asquerosas como las de los nazis. 



Como sea, tras ese prólogo en el que va dando voz a sólo tres personajes -Charlotte (la abuela del autor), Vasili Vasílievich (presidente del Colegio Militar del Tribunal Supremo de la URSS), Hilde, exmujer del segundo marido de Charlotte y secretaria del jefe del Komintern-, seguimos a la pareja feliz e imperfecta formada por Charlotte y Wilhelm, que compartían ocupaciones e ideologías, que ve tambalearse su tranquilidad de unas vacaciones de verano en Crimea, al leer el nombre de un conocido, más bien amigo, entre los juzgados, condenados y ejecutados en el juicio contra el centro zinovievista-trotskista, Alexander Emel. Bastará ese dato, leído en un periódico, para que la vida cambie, y llegue el miedo y la pareja se apresure a confesar ese conocimiento, minimizándolo, ante el riesgo de ser arrastrados hacia la culpa a pesar de saberse sumisos secuaces de Stalin. Es en ese clima que la pareja cesada en sus ocupaciones es hospedada en el deslumbrante hotel Metropol del título, convertido en Purgatorio, en almacén de futuras víctimas, donde van desapareciendo comensales en el comedor, donde van apareciendo, tras pasos en la madrugada, habitaciones selladas. La inclusión, acá y allá, de documentos reales, reproducidos fotográficamente acompañados de su transcripción, no sirve para dar sensación de realidad, sino que aumenta la extrañeza, remarcada por el excelente dominio que Eugen Ruge tiene de los resortes literarios. Pocos libros tan intensos como este, al que sólo le sobraría un epílogo en el que se cuenta qué se sabe de este o aquel personaje, y Ruge reconoce qué tuvo que inventarse o qué no. Este epílogo equivale, ay, a explicar trucos de magia. De ahí que no sea la obra maestra que sería sin ese añadido.



jueves, 10 de agosto de 2023

Lecturas: El fin del "homo sovieticus" (Svetlana Aleksiévich)

Premio Nobel de Literatura, Aleksiévich en 2015, reside en Berlín exiliada desde 2020. Por críticas al dictador Lukashenko de Bielorrusia, esa república convertida en pedanía de Rusia, una satrapía del imperio ruso regido por el abominable Vladimir Putin. Nacida en la hoy martirizada Ucrania, Aleksiévich residía en Bielorrusia. Como quien busca la libre expresión, ha tenido que buscar acogida en nuestra decadente Europa. Donde, con todo, se respetan los derechos humanos. Y aquí debo frenarme para no desatar una diatriba inútil contra la Rusia y la Bielorrusia actuales, contra sus tiranos. 

Ya lo hace Aleksiévich con este libro-reportaje que da a entender por qué esas naciones son hoy como son. Porque se sienten en deuda con Stalin, con la Unión Soviética que siendo criminal ofrecía una ilusión de grandeza a sus esclavizados ciudadanos. Aquí, a lo largo de 642 páginas, Aleksiévich reduce sus intervención al mínimo: deja hablar ante un magnetófono, o ante un cuaderno de notas, a ciudadanos de la extinta URSS de diversas repúblicas, comunistas o anticomunistas, de ciudad o de aldea, ancianos y jóvenes, mujeres y hombres, para dejarles contar libremente su experiencia. La reunión de estas voces nos deja ver que la realidad de ese inmenso presidio de hoy en día es un lugar en el que la solidaridad no existe y se prefiere el miedo a la esperanza. Por medio, historias de sufrimiento, de guerras civiles, de miseria material o moral. Y una constante alusión a los embutidos (sí, embutidos) como indicadores de la prosperidad de las naciones. La presencia o no de estos alimentos sirven para modular lasa nostalgias de muchos de los testigos. De gente que rompe en quejas como A ver, a ver, a ¿usted de veras cree que esto que le cuento interesará a alguien? ¡Dígame a quién! ¡Dígamelo! Esto hace mucho que no le importa a nadie. El país en el que vivíamos ya no existe ni existirá jamás, pero nosotros todavía estamos aquí, viejos y repugnantes... Con nuestros recuerdos horribles y estos ojosa llenos de odio... ¡Aquí estamos! ¿Y qué queda hoy de nuestro pasado? Stalin anegó el país en sangre, Jruschov lo sembró de maíz y Brézhnev era un payaso de feria.

 Las opiniones negativas, y a menudo certeras, se suceden y acumulan: Los rusos tenemos que vivir vidas feroces y sórdidas, porque sólo así el alma se eleva y toma conciencia de que no es de este mundo... Cuanto más fango y más sangre, más espacio tendrá el espíritu. Este país sólo se puede modernizar poniendo a los científicos a trabajar bajo vigilancia policial o llevando a muchas personas al paredón. Bajo esta concepción pesimista de la existencia (hablan personas que vivieron el caos del estado mafioso de la época de Yeltsin), el comunismo parece algo digno de añoranza: El hombre no es más que polvo, un grano de polvo... Y entonces todos se volvieron de nuevo hacia los comunistas... Aquí nadie tenía millones cuando gobernaban los comunistas, pero todos teníamos un poquito y ese poquito nos bastaba. Y todos nos sentíamos igualmente dignos.



En ese sentido se manifiesta la nostálgica abuela de otro de los testigos del libro en expresión lapidaria: Cambiaron el socialismo por unos plátanos y unos chicles. Ante esa pérdida, ese cambalache desconcertante, hasta el crimen se perdona: Asesinaron a sabe Dios cuánta gente, pero vivíamos en una época grandiosa. Así, confidencia tras confidencia, historia tras historia, se recompone un fresco que explica cuán amarga fue la vida durante la experiencia soviética cuán amarga lo fue después y cuán amarga lo sigue siendo. Pobres rusos y bielorrusos, pero también pobres tayikos y armenios y chechenos y azeríes y tantos otros. La violencia y el crimen los cubrió a todos por igual según estas voces amargas y cargadas de resignada emoción. 

jueves, 20 de septiembre de 2018

Lecturas: El maestro Juan Martínez, que estaba allí (Manuel Chaves Nogales)

De Chaves Nogales ya había disfrutado el raro Juan Belmonte, matador de toros, que daba voz al mítico torero sin que Chaves expusiera su propia voz y estilo. Y el, ahora visionario, conjunto de reportajes Qué pasa en Cataluña. Le toca ahora a una obra mayor, en la que el autor se esconde tras el personaje y es un bailaor flamenco y burgalés que con su esposa Sole recorre los cabarets de la Constantinopla otomanaen plena Primera Guerra Mundial y que busca un ambiente más tranquilo en la también en guerra Rusia zarista sin presagiar que asistiría a una revolución y una guerra civil. Juan Martínez es un trabajador del baile, y cuando hace falta también un pícaro que roba cuando todos roban y no se puede hacer otra cosa para sobrevivir. Con su relato sencillo y animado, asistimos a los abusos de unos y otros. En Rusia será testigo de atrocidades cometidas por los rojos pero también por los blancos. Gente que mata por matar. Mejor, por imponer la sumisión a través del terror indiscriminado. Como dice Juan Martínez, "asesinos rojos y asesinos blancos, todos asesinos".







Muchas veces se ha llamado liberal al maestro Manuel Chaves Nogales. Con razón. Él señala el crimen y el abuso donde esté. Es de los que ahora, cuando se quiere desenterrar la carcasa de Franco, no callaría el nombre de Paracuellos ni las checas a la vez que señalaría la matanza de la plaza de toros de Badajoz, la columna de la muerte de Castejón o la misma huida de los malagueños.  El resultadoi de la lectura de las andanzas del bailarín burgalés y su esposa nos lleva a aborrecer, una vez más, el comunismo. Véase: "Volvieron los bolcheviques como se habían ido, con sus bonos, sus oficinas, sus mítines, sus colas a la puerta de las panaderías y sus destacamentos armados, que esta vez, para irse ganando la voluntad de la población civil, tenían orden de no tirar a bulto contra la gente, como habían hecho durante la primera dominación. Se les había exacerbado la manía reglamentista y en cada esquina montaban una oficina para prohibir o perseguir algo: querían intervenirle a uno hasta la respiración". Más aún: «Mal vestidos, sucios, insolentes, aquellos soldados blancos no se diferenciaban de los bolcheviques más que en que no llevaban la escarapela roja en el pecho. El ejército blanco se había ido bolchevizando sin sentirlo. Sus mismos jefes fueron perdiendo todas las características del antiguo militar del zar y tenían ya el aire desaforado de los comisarios soviéticos. La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos". Y más: "Esta desmoralización del ejército blanco fue lo que puso a mucha gente del lado de los rojos. No porque se creyera que los rojos eran mejores que los blancos, menos sanguinarios y tiránicos. No; no había que hacerse ilusiones. Sencillamente, porque los rojos pasaban hambre al mismo tiempo que la población civil y los blancos no. Esto fue, aunque parezca mentira, lo que hizo inclinarse la balanza, y, al fin y al cabo, decidió la guerra civil. A los ojos del pueblo, empobrecido y hambriento, tan feroces aparecían unos como otros; si tiranos eran los blancos, más lo eran los rojos y tanto desprecio tenían por las leyes divinas y humanas éstos como aquéllos. Pero los rojos eran unos asesinos que pasaban hambre y los blancos eran unos asesinos ahítos. Se estableció, pues, una solidaridad de hambrientos entre la población civil y los guardias rojos. Unidos por el hambre, arremetieron bolcheviques y no bolcheviques contra el ejército blanco, que tenía pan. Y triunfó el bolchevismo".

Publicado en veintisiete entregas entre marzo y septiembre de 1934 (el dato no es baladí: antes del estallido de la revolución de octubre de 1934 con su preludio de la Guerra Civil Española), el libro-reportaje recoge frases como: "En Rusia, me he convencido luego, el problema está en serle simpático o no a la gente. Es como en España. Cuando se cae en gracia, todo está resuelto. Pero ni no se cae en gracia, se muere uno sin poderse valer. Los rusos no son malas personas, pero sí muy desiguales, arbitrarios y caprichosos". Como en España, dice el maestro Juan Martínez, dice Chaves Nogales. Y es cierto. Por ello, si sustituimos, equiparamos, y venimos a decir "Los españoles no son malas personas, pero sí muy desiguales, arbitrarios y caprichosos" comprobaremos que ese retrato plural es jodidamente certero, aunque nos repela. 

De ahí que las atrocidades de los rusos rojos y los rusos blancos que el libro recoge sean equiparables a las que Chaves vería dos años después en esta nuestra España de paisanos desiguales, arbitrarios y caprichosos. Tal cual. Así somos. Así fuimos. Así seguimos. ¡Qué país, Miquelarena, qué país!

domingo, 7 de enero de 2018

Lecturas: Stalin y los verdugos (Donald Rayfield)

Nada nuevo para quien ya conozca las desdichas de aquel tiempo, los crímenes en nombre del pueblo. Pero aquí está todo aquello, sistematizado, explicado, como quien pone los ataúdes, los millones de féretros, perfectamente alineados. Veremos sucederse los arquitectos del miedo, los dueños de la muerte, unop a uno, y así, con el asesino inverosímil y sonriente que siempre fue Stalin, asistiremos a la sucesión de Dherzinsky, Menzhinsky, Yagoda, Yezhov y Beria. Sangre y más sangre, horror y más horror, hambre y explotación. La famélica legión convertida en legión de asesinos, en vivero de carne para pulverizar. Para quienes aborrecemos del comunismo, aquí hay razones para huir de esa alucinación infantil que, confieso, también me aquejó en la mocedad. 


Ahora, con  la distancia, parece que no fue tanto. Al fin y al cabo, tan lejos Rusia (o tan lejos la martirizada China de Mao), al fin y al cabo para demonio ya tenemos a Hitler, que además fue derrotado. Leamos (nos referimos a la política estalinista de comienzos de los años 30, su intento de colectivización forzosa del campo): El holocausto de los campesinos soviéticos sólo encuentra parangón con el asesinato de los judíos por orden de Hitler. Pero para los supervivientes de la campaña de Stalin no hubo ningún Israel ni ningún otro lugar al que huir. Nadie protestó ante lo que estaba ocurriendo. Los campesinos supervivientes, por lo demás, permanecieron esclavizados durante dos generaciones [...] El raquitismo, el escorbuto y la disentería mataron a muchos niños; muchas zonas perdieron a más de la mitad de la población infantil menor de un año.



618 páginas bien fundamentadas, en las que se consignan aquellos hechos que algunos dan como si no hubieran sucedido. La famosa superioridad moral de la izquierda (de cierta izquierda en la que cree gente que estuvo muy cerca de mí). El horror, el horror. Y la ignorancia.


martes, 29 de agosto de 2017

Lecturas: El trasfondo humano de la guerra. Con el ejército soviético de Stalingrado a Berlín (Michael Jones)

Un buen libro con un título engañoso y malo. El original en inglés es Total war. From Stalingrad to Berlin. Es decir, Guerra total. Que es lo que hubo y es lo que hay en estas páginas. No suspiritos y cartitas. Que también las hay dentro pero no va de eso este libro. Con una sólida documentación, este volumen hubiera necesitado más páginas, muchas más de las 333 de esta edición de Crítica, para dar cabida a lo que era su objetivo: contar la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista soviético desde Stalingrado hasta la conquista de Berlín y desde el punto de vista subjetivo de los soldados. El enfoque es el adecuado, y Jones narra con pericia y poniendo las cosas claras desde un comienzo. Ya en el prefacio lo advierte: La respuesta de algunas tropas soviéticas al llegar a territorio alemán -donde cometieron toda una serie de atrocidades contra la población civil- fue igualmente vergonzosa. En este libro, los combatientes rusos hablan sinceramente de las violaciones, los asesinatos y los saqueos cometidos por los de su propio bando. Aquellas acciones ensuciaron el heroísmo del Ejército Rojo. 




En el apresurado repaso a los hechos, que son narrados sólo para dar lugar a los testimonios, se señala la responsabilidad de Ilyá Ehrenburg sobre la conducta de sus lectores, y no se esconde la dejación de responsabilidades de los mandos soviéticos que permitieron tanto asesinato innecesario, tanta violación, hasta que tardíamente le pusieron coto. Como tampoco se obvian las atrocidades nazis. Por medio, asistimos a la nostalgia del poeta Pavel Antokolsky, padre de un caído de 18 años y autor de un celebrado poema sobre esa pérdida, titulado escueta y elocuentemente Hijo (el poema, aquí en español), y revelaciones terribles. Tal vez la peor de ellas sea la que cierra el libro y que da voz al soldado que en la famosa foto ondea la bandera soviética sobre el Reichstag y cuya identidad, Alexei Kovalev, se ocultó durante décadas para otorgarle a otro ese momento eterno de gloria. Explorador en el Ejército Rojo, este veterano de mil combates, se sincera con Michael Jones (es pertinente la larga cita en la que reproduzco el final del libro):


"Como explorador con labores de reconocimiento, siempre iba por delante de nuestro ejército y tenía que reunir datos para la inteligencia. Usaba a la gente local; los abordaba y les preguntaba por el paradero de los alemanes. Eran rusos, gente buena, y querían ayudarme. Me decían todo lo que sabían". Kovalev se esforzó por continuar. Le resultaba difícil decir esto, sobre todo a un occidental. Pero Kovalev me miró a los ojos y siguió: 

"Imagine esto. Cojo a una joven rusa, que está lavando la ropa en el río, a un niño que juega en un pueblo, o a un anciano sentado a la puerta de su casa. Les pregunto. Ellos me ayudan en todo lo que pueden. Y entonces, la "norma férrea de nuestro ejército": tengo que matar a mis fuentes, sin excepción. No puedo correr el riesgo de que los alemanes los capturen, interroguen y descubran que nuestras tropas están en las inmediaciones. No puedo poner en peligro a todo nuestro ejército por la vida de una sola persona".

Kovalev hizo un gesto repentino con la mano. Tenía lágrimas en los ojos. "Les cortaba el cuello con un cuchillo. Maté a centenares de los nuestros, personas decentes, amables, honradas. Los maté, los asesiné para poder derrotar a los alemanes. Este es el precio que pagué. Tengo que vivir con esto cada día, durante toda mi vida".

Una victoria extraordinaria, sustentada en un sufrimiento inimaginable. Y una bandera roja ondea sobre el Reichstag.


miércoles, 9 de agosto de 2017

Lecturas: El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS (Andreu Navarra)



Mi lecturas rusas y soviéticas vienen de antiguo, pero mis ocupaciones en la Colección del Museo Ruso San Petersburgo/Málaga me llevan a incidir en ellas. Esta vez fue un coloquio entre Elvira Roca, amiguísima desde siempre, y Andreu Navarra, a propósito de la rusofobia y la rusofobia, lo que me llevó, a posteriori (lo confieso) a sumergirme en ambos libros. Sumamente incitado por la amenísima cena que con ambos tuve y con el amigo y compañero ideal que es Ignacio Jáuregui. Andreu, con su aspecto joven (que lo es, sobre todo comparado conmigo), su verbo directo, su conversación de colegas de toda la vida, choca con su libro, docto y sumamente documentado. Navarra se ha leído casi todo lo que los españoles que en su día pasaron por la URSS y muchísimo e lo que contaron los que conocieron la Rusia imperial. Con una exposición clara, certera, apasionada cuando debe serlo (como cuando confronta los méritos de los libros sobre la experiencia soviética a cargo de Luiza Iordache, que no tiene complacencias con los matarifes del martillo y la hoz, y Natalia Kharitonova, tibia y cobarde en el rechazo), Andreu Navarra recorre las visiones de unos y otros, desde los que buscaron por curiosidad qué podía haber de nuevo o de bueno en el experimento soviético, a los que fueron a por adoctrinamiento y recetas para importar en España, los socialistas que supieron espantarse a tiempo, los catalanes (con un insospechado Josep Pla entre ellos) que iban a bichear la cuestión de las (pluri)nacionalidades, los comunistas allí atrapados tras la guerra y sus putaditas asesinas entre ellos, los divisionarios arrogantes y a menudo cerriles, y los viajeros (Montserrat Roig, Vázquez Montalbán) de los últimos años de la URSS. Por medio, figuras como Julián Juderías, el tan querible Chaves Nogales, la rescatable Sofía Casanova. Y Dionisio Ridruejo, de quien rescato una cita sobre el destino atroz de los judíos rusos durante la Guerra: Aún en Radozscovice he visto pasar pasar un grupo de judíos, marcados, abatidos, con la mirada vaga. No sé de dónde ni hacia dónde. Pienso, mientras siento una gran piedad, que una cosa es la formulación de la teoría y otra la de los hechos. Comprendo la reacción antisemítica del Estado Alemán. Se comprende por la historia de los últimos veinte años. […] Pero si esto –e incluso las articulares razones nazis– se comprende, deja de comprenderse tan pronto como nos encontramos, en concreto, cara a cara, con el hecho humano: estos judíos traídos a Polonia o extraídos de ella que sufren, trabajan, probablemente mueren. Si se comprende no se acepta. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda la teoría.

Un libro, pues, que no es una apología atolondrada ni una condena a la manera azulenca del Rusia es culpable. Hay aquí mucha inteligencia y mucha capacidad de exponer la complejidad de esos años blancos y rojos. 


lunes, 11 de mayo de 2015

Día de la Victoria

En un momento raro, y frenético, profesional, me tocó en suerte el pasado sábado ser el presentador, e incluso el ocasional rapsoda, en el acto en el que, en la Colección del Museo Ruso, celebramos el 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa (todavía queda un trecho para conmemorar el fogonazo inverosímil de Hiroshima) y por vez primera el Día de la Victoria. Fue un día peculiar. Sobre todo por el trabajo diplomático de hablar de la URSS sin nombrar el pacto Ribbentrop-Molotov. Y sin nombrar Katyn. Y sin nombrar el martirio injustificable de las mujeres de Berlín. Pero era otra cosa, no un ajuste de cuentas con Stalin ni el comunismo. La presencia emocionante de tres veteranos de guerra (dos británicos, con 91 y 104 años) y otro ruso bastan para justificar mi participación. Recuerdo el discurso del ruso, que comenzó reivindicando su naturaleza de ruso blanco expoliado por la Revolución y convertido en voluntario por defender su adversa patria. Y alguna confesión suya, "en esos días todos rezábamos, incluso los que no creían. Porque había que rezar para salvar la patria, para conseguir sobrevivir". Esas cosas.

El veterano Nikolai habla

Nikolai  (también) baila


Vayan aquí, por aprovechar y compartir los datos, mis tres textos que permitieron imágenes insospechadas como mi presencia ante símbolos tan opuestos. En primer lugar, la presentación del acto:


Eran las dos y diez de la noche en Moscú aquel miércoles de hoy hace 70 años. En la Plaza Roja una impresionante muchedumbre estaba concentrada, y preparados los fuegos artificiales, a la espera de un anuncio que se esperaba desde horas antes. Algunos, en la suave noche de primavera, en un ambiente que se prometía hacerse festivo, iban vestidos con los trajes de las grandes ocasiones; otros, casi con pijamas. A unos metros de distancia, el locutor Yuri Levitan, que se había dirigido al estudio de radio que Stalin tenía en el Kremlin ante las dificultades de llegar al que tenía previsto, se afanaba desde hacía 35 minutos, entre una gran agitación, para, con voz firme pero contenida, dirigirse a la nación y al mundo: "Moscú al habla. Alemania ha sido vencida por completo. El acuerdo militar de rendición incondicional ha sido firmado por las fuerzas alemanas: “Nosotros, los abajo firmantes, actuando en nombre del Alto Mando alemán, por la presente, declaramos la rendición incondicional de todas las fuerzas en tierra, mar y aire que estaban bajo control alemán al supremo alto mando del Ejército Rojo y simultáneamente al supremo comandante de la fuerza expedicionaria aliada. A todas las autoridades militares alemanas, de mar y del aire, y a todas las fuerzas bajo control alemán,  se ordena cesar las operaciones activas a las 23:01 horas, tiempo central europeo, del 8 de mayo de 1945, debiendo mantenerse en sus posiciones en ese momento y desarmándose completamente. Entregando sus armas y equipos a los mandos o comandantes aliados locales designados por los representantes del Supremo Alto Mando aliado. En caso de que el Alto Mando alemán o de fuerzas bajo su control no actuaran de acuerdo esta acta de rendición, el Mando Supremo de las Fuerza Expedicionaria Aliada y el Alto Mando soviético realizarán las acciones punitivas o de otra índole que consideren apropiadas. Firmado en Berlín el 8 de mayo de 1945. “Hemos transmitido el acta de rendición de Alemania.”

Nada más apagarse su voz, se iluminó la noche con los fuegos de artificio, los abrazos, las lágrimas, las canciones y los besos. Atrás quedaban, atrás nos quedan, 27 millones de muertos soviéticos. El 14 % de la población. Más allá de las cifras, este acto celebra la paz, el fin de una pesadilla; celebra y honra la memoria de los caídos. De todos los caídos. Y la supervivencia de una nación, Rusia, cuya cultura y tradición nosotros luchamos también por conservar y transmitir.


La asociación rusa “Nash Dom”, que significa “Nuestro hogar”, nos trae, a través de su agrupación Kalinka, la memoria sentimental de aquellos años de zozobra y de esperanza. Hay entre nosotros, honrándonos con su ejemplo, veteranos de aquella guerra. A ellos queremos dedicar este concierto con el que Málaga se une a las celebraciones globales para que no olvidemos la barbarie, para que nunca más a ella regresemos. En recuerdo a los que lucharon, a los que cayeron, a los que sobrevivieron, a los que no podemos olvidar, que suenen los versos y la música.


Después, mi momento favorito. La introducción y el recitado del poema "Espérame" de Kostantin Simónov. Usamos la versión realizada para la ocasión por una compañera rusa, lo que me impidió, rememorando la maravillosa película argentina de Juan José Jusid, comenzar diciendo "Espérame, que yo volveré. Pero espérame mucho". He aquí la explicación y el poema:
            
Hay un poema que salvó vidas, que acompañó a tantos miles de hombres en la muerte. Es un poema escrito por Konstantín Simónov en el verano de 1941, cuando los nazis avanzaban por Rusia  y escrito, de forma privada, para la actriz Valentina Serova con la que finalmente se casaría dos años después. Simónov se separó de ella para desplazarse al frente para informar como corresponsal de guerra. Ambas figuras eran populares y queridas en todo el país. Simónov, que vivía en barracones militares, pudo comprobar la alta efectividad de estos versos, al recitarlo a los soldados que lo animaban a publicarlos. Finalmente, en diciembre de 1941, cuando Simónov estaba de permiso en Moscú, fueron leídos varios poemas suyos por la radio y publicados en Pravda.  “Espérame” obtuvo la mayor resonancia. Fue copiado y circuló en millones de copias entre soldados y civiles, y también fue convertido en canción. Como un talismán que les asegurara el regreso, e incluso como última carta, último mensaje, los soldados entraban en combate llevando una copia en el bolsillo, sobre el corazón. El poema expresaba los pensamientos y emociones íntimas de millones de soldados y civiles que vinculaban su esperanza de sobrevivir a la idea de reunirse nuevamente con alguien a quien amaban. Más de setenta años después, “Espérame” conserva toda su capacidad de emoción.

“Espérame”, por Konstantin Simonov

Espérame que volveré.
Sólo que la espera será dura.

Espera cuando te invada la pena, mientras ves la lluvia caer.
Espera cuando los vientos barran la nieve.
Espera en el calor sofocante
cuando los demás hayan dejado de esperar, olvidando su ayer.

Espera incluso cuando no te lleguen cartas desde lejos.
Espera incluso cuando los demás se hayan cansado de esperar.
Espera incluso cuando mi madre e hijo crean que ya no existo,
y cuando los amigos se sienten junto al fuego para brindar por mi memoria.

Espera.
No te apresures a brindar por mí, tú también.

Espera, porque volveré desafiando todas las muertes,
y deja que los que no esperan digan que tuve suerte.

Nunca entenderán que en medio de la muerte,
tú, con tu espera, me salvaste.

Sólo tú y yo sabemos cómo sobreviví.
Es porque esperaste, y los otros no.



 Finalmente, la clausura del concierto incluyendo la canción de cierre, la vibrante "Día de la Victoria":

Aparte de aquel 9 de mayo, que fue, en la palabras del historiador británico Antony Beevor, “un día de gozo y alivio, al tiempo que de muchas lágrimas”, la primera celebración oficial del Día de la Victoria tuvo lugar un mes después, el 24 de junio de 1945, con un gran desfile en la Plaza Roja de Moscú. En él participarían un regimiento de cada uno de los frentes, así como uno de la armada y otro de la fuerza aérea soviética. Se hizo llegar la mítica bandera que había ondeado sobre el Reichstag así como un gran número de banderas capturadas al enemigo. La tradición rusa señalaba que los desfiles triunfales debería dirigirlos un hombre a caballo, por lo que fue el mariscal Zhukov, artífice de la conquista de Berlín, y no Stalin, quien encabezó el desfile, sobre un caballo blanco, en una lluviosa mañana. El punto culminante llegó cuando marcharon hasta el mausoleo de Lenin, sobre el que estaba ubicada la presidencia del acto, doscientos veteranos, uno detrás de otro, para arrojar a los pies de Stalin las banderas nazis que llevaban. Ese acto simbólico venía a mostrar la destrucción de la Alemania nazi y, más importante aún, la supervivencia de Rusia como nación.  
Pasaron veinte años sin actos oficiales, sin desfiles, para celebrar el día de la Victoria. Cuando éstos fueron retomados, resurgió el recuerdo de la gesta en canciones y en poemas. Pero fue al cumplirse treinta años del final de la guerra cuando la más popular de las expresiones de la memoria de aquellos hechos surgiría como canción. Compuesta por David Tukhmánov con letra de Vladimir Kharítonov, cierra este concierto:

Día de la Victoria, que lejos estaba de nosotros,
como una brasa escondida en una fogata apagada.
Recorrimos millas quemados y polvorientos
hicimos lo que pudimos por apresurar este día.

Este Día de la Victoria
con su fuerte olor a pólvora.

Esta fiesta,
con canas en nuestras sienes.

Esta alegría,
con lágrimas en nuestros ojos.

Día de la Victoria, Día de la Victoria.







jueves, 17 de abril de 2014

Lecturas: Lo que no puedo olvidar (Anna Lárina)

Antonio Muñoz Molina prologa el grueso volumen. Comienza nombrando, con justicia, la cara bellísima de la autora, mirando distante en las fotografías de los años treinta, y nos muestra después a una anciana que se empecina en rescatar la memoria de su esposo y recuperar el tiempo que no vivió junto al hijo del que le separó la Historia (sí, procede en este caso la mayúscula tiránica). En este libro, Anna Lárina habla del tiempo feliz y su después. Cuando era joven y se enamoró de un bolchevique en ascenso, al que Lenin llamó "el favorito del Partido" y otros, fervorosamente, "el hijo de oro de la Revolución". El marido, pronto ausente, era Nikolai Ivánovich Bujarin, que sería pronto convertido, pese a ser redactor del Pravda durante doce años, o tal vez por ello, en el ideólogo de la oposición de derechas. 

Anna Lárina: inocencia ininterrumpida


Lárina cuenta desde dentro la vida en el Krémlin (allí la pareja llegó a intercambiar con Stalin su apartamento tras el suicidio, entre aquellas paredes, de la esposa del dictador), con la ligereza de quien es feliz y joven y aunque su padre fue un teórico del socialismo, y la élite comunista eran visitantes asiduos de su marido y de su progenitor, juega al amor y a la temprana maternidad. Pero esa inocencia, que trasmite con facilidad, durará poco. Caído, juzgado y fusilado su marido (medio siglo pasará hasta su rehabilitación), Lárina pasará por la experiencia de la deportación y el Gulag, incluyendo la crueldad de ser separada de su hijo (once meses tenía el niño cuando la catástrofe) durante 18 años. Lo extraordinario, en estas memorias clave para entender la era soviética, es que Lárina no carga las tintas al narrar sus padecimientos, no grita desesperada, sino que con serenidad expone los hechos escuetos y traza el perfil de su marido que contempló con entereza cómo sus laureles le eran arrebatados y con ellos el honor y la vida misma. Lárina fue la encargada de memorizar la carta que Bujarin le dictó para difundirla cuando el tiempo fuera propicio (y fue nuevamente medio siglo el que tuvo que transcurrir). Es la ejemplar "Carta a los futuros dirigentes del Partido". Por su interés, junto a la viva recomendación de leer estas memorias de Anna Lárina, paso a reproducirla en su integridad:

Abandono la vida. Al inclinar la cabeza, no lo hago ante el hacha proletaria, que debe ser implacable, pero pura. Siento mi impotencia ante la máquina infernal que, recurriendo sin duda a métodos medievales, dispone de una fuerza titánica, fabrica calumnias organizadas  desvergonzadamente y con seguridad.

Dzerjinsky desapareció. Se extinguieron progresivamente las admirables tradiciones de la Checa, cuando el ideal revolucionario dirigía todos sus actos, justificaba la crueldad contra los enemigos, para preservar al Estado de los contrarrevolucionarios. Por tal razón, los órganos de la Checa merecieron honores y confianza, autoridad y respeto especiales. En el momento actual, los órganos de la NKVD, en su mayoría, representan una organización degenerada de funcionarios  enriquecidos, corrompidos y carentes de ideales que, aprovechando la antigua autoridad de la Checa, y para complacer la desconfianza enfermiza de Stalin -por no decir más-, a la búsqueda  de condecoraciones y privilegios, realizan  su trabajo sucio. Sin darse cuenta de que, al mismo tiempo, se suprimen a sí mismos, porque, cuando se trata de asuntos indecentes, la historia no soporta testigos.

Esos órganos "milagrosos" pueden aplastar a cualquier miembro del Comité Central o del Partido, fabricar traidores, terroristas, espías. Sí Stalin llegara a dudar de él mismo, se le tranquilizaría al instante.

Nubes amenazantes se ciernen sobre el Partido. Mi sola cabeza inocente implicará millares de otras cabezas también inocentes. Se necesita crear una "Organización bujarinísta" que, en realidad, ni siquiera existió en el último tiempo, porque, desde hace siete años, no tengo ni sombra de divergencia con el Partido, ni aun durante el periodo de la Oposición de derecha. Yo ignoraba todo de las organizaciones secretas de Riutin y de Ouglanov.  Yo exponía mis opiniones abiertamente con Rikov y Tomski.

Antes de la tormenta, 1927.
De izquierda a derecha: Rykov (ejecutado en 1938),
Bujarin (ejecutado en 1938), Kalinin (muerto de cáncer en 1946),
Uglanov (ejecutado en 1937), Stalin y Tomsky (suicidado en 1936)

Soy miembro del Partido desde la edad de dieciocho años y el objetivo de mi vida fue siempre luchar por los intereses de la clase obrera, por la victoria del socialismo. En estos tiempos, un periódico que lleva el nombre sagrado de Pravda, publica mentiras desvergonzadas, según las cuales Nicolás Bujarin intentaba destruir las conquistas de Octubre y restaurar el capitalismo. Se trata de una impudicia inaudita, una falsificación que, por su obvia insolencia y su carácter irresponsable, equivaldría a afirmar que Nicolás Romanov consagró toda su vida a la lucha contra el capitalismo y la monarquía y por la realización de la revolución proletaria.

Si llegué a equivocarme, más de una vez, en el curso de la lucha por la construcción  del socialismo, que las generaciones venideras no me juzguen con más severidad que Vladimir Ilich Lenin.

Nosotros nos dirigimos por primera vez hacia un objetivo común, siguiendo una vía que se apartaba de los  caminos  trillados. Se trataba de otra época y los hábitos eran por completo distintos. La Pravda contenía una “Sección de Discusiones". Todos discutían buscando nuevas vías, reñían, se reconciliaban y proseguían su camino juntos.

Me dirijo a vosotros, generación futura de dirigentes del Partido, cuya misión histórica implicará la obligación de desembrollar la madeja monstruosa de crímenes que, durante estos terribles momentos, se acumulan cada vez y amplifican como  el fuego hasta asfixiar al Partido.

¡Me dirijo a todos los miembros del Partido!

Esta hora, que acaso sea la última de mi vida, me convence de que, tarde o temprano, el filtro de la historia lavará implacablemente mi cabeza de todas las villanías.

Nunca fui un traidor. No hubiera dudado en sacrificar mi vida por la de Lenin. Yo estimaba bien a Kirov y no maquiné nada contra Stalin. Yo pido a la nueva, joven y honesta generación de dirigentes del Partido  que me justifique ante el Pleno del Comité Central y que me rehabilite en el seno del Partido. Sabed, camaradas, que en el estandarte que portaréis durante vuestra marcha triunfal hacia el comunismo habrá una pequeña gota de mi sangre. 

                                                      Verdugo y víctima

jueves, 17 de marzo de 2011

GULAG: Memoria de los campos

Nota previa: recupero aquí un artículo, con alguna leve corrección como la actualización de las fechas de Solzhenitsyn, que apareció en diario Sur (7 de octubre de 2005), en el que, para empezar me declaraba anticomunista, y a continuación, "hombre de izquierda moderada". A día de hoy, me ratifico en lo primero y desmiento lo primero de lo segundo. Soy moderado, pero no de izquierda. No puedo participar de esa (para mí) abominación. Tampoco soy del todo derechista (las abominaciones de la derecha me son tan rechazables como las practicadas desde el extremo opuesto). Este artículo, en el que reconozco que no soy del todo objetivo, supuso un posicionamiento que me hace/hizo/hará ser ingrato a muchos. Me acojo a la afirmación del "reaccionario" Aristóteles: "Soy amigo de Sócrates, pero soy más amigo de la verdad".


  
"Y yo dirijo a nuestro Gobierno esta súplica:
dóblese, triplíquese la guardia en su tumba."
Yevgueni Evtushenko: Los herederos de Stalin.


Que nadie se llame a engaño ni se rasgue las vestiduras (hay quien es amigo de esos destrozos): quien esto firma se declara anticomunista. Que es lo mismo que ser antifascista. Y aunque sea hombre de izquierda moderada, reconoce cuánta bobería, cuánto dogma, cuánta arrogancia ágrafa hay en la izquierda. Que suele olvidar que nadie ha matado más comunistas que los propios comunistas. Y hay una ceguera en ellos, y en otros, que consiste en distinguir entre totalitarismos, por no llamarlos abiertamente dictaduras, buenos y malos. Los malos son, por supuesto, los de derechas. Las dictaduras de izquierda las excusan por la nobleza inicial de los ideales, por su amor al pueblo, etcétera. Bobadas. Maneras de autoengañarse. Castro es un dictador asesino. También Pinochet. Del mismo modo que Franco, que Mao, que Mussolini, que Pol Pot, que Hitler, que Stalin.
  
Y es que Stalin es el mayor asesino en serie del siglo XX. Justamente eso. Bien lo sabe Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008) y bien lo supo Andréi Sajarov (1921-1989), galardonados hace justamente 35 y 30 años con el Premio Nobel de Literatura y de la Paz, respectivamente. Ambos supieron lo que fue la persecución, la saña asesina, el odio a la divergencia. Ambos fueron víctimas del comunismo, esa otra modalidad del atroz fascismo; ambos fueron tachados por la inteligencia de izquierdas como fascistas, pequeño burgueses, de vendidos a los intereses del también inhumano capitalismo. La estupidez tiene como norma la obcecación. La verdadera inteligencia consiste en saber que no hay que exterminar la libertad para acercarse a la igualdad, como hizo el comunismo. Y tampoco pulverizar las oportunidades de igualdad en aras de asegurar la libertad, como hace el capitalismo salvaje. Antes de ser vituperado, conste que, de adolescente, me consideré comunista. Hasta que se me cayó encima un muro. El de Berlín.
  
Primera página del artículo en su publicación original

Los ideales de la revolución de 1917 fueron nobles. La de febrero de aquel año, que derrocó la monarquía zarista. La de octubre fue un golpe de estado (artero como todos) de la facción bolchevique, que abrió paso a una guerra civil y a una dictadura. Lenin, por tanto, no fue un santo. Sí un interesante teórico. Tras la leve apertura del régimen que supuso la 'Nueva Política Económica' en los años veinte del siglo pasado y que inauguró un momento esperanzador para todos los izquierdistas del mundo, llegó la abyección.
   
Cuando murió el dictador Lenin y fue sustituido por Iosif Visarionovich Dzhugasvilli, Stalin (en ruso, 'acero', y no es gratuito este apodo de clandestinidad con sus connotaciones de dureza y frialdad). Y Stalin, alabado por Alberti, por Picasso, por Paul Éluard, por tantos creadores bienintencionados, fue un criminal sin excusas. La propaganda soviética y, sobre todo, el prestigio ganado por la URSS tras llevar, y padecer, parte importantísima del triunfo sobre Hitler, se ocupó de tildar de fascistas a quienes cuestionaran al líder y su política. Así pues, no me extrañará que los nuevos estalinistas de siempre me tilden de lo mismo. Allá ellos. La ignorancia y el fanatismo, ya lo digo, tienen esas cosas.


Pero este artículo no es un panfleto (aunque lo parezca), ni un libelo (que no lo es de ningún modo). Es un réquiem. Por los olvidados, por los perseguidos, por los muertos del sistema del Gulag. Réquiem es, además, el título del más conocido poemario (1963) de Ana Ajmátova (1889-1966), una de las más intensas voces del siglo XX, cuyo marido fue fusilado en 1934 y su hijo fue encarcelado durante siete meses mientras Ana hacía cola, día tras día, ante la cárcel de Leningrado para tener noticias de él. El primer poema del libro comienza diciendo:
  
"Las montañas se doblan ante tamaña pena
y el gigantesco río queda inerte.
Pero fuertes cerrojos tiene la condena,
detrás de ellos sólo 'mazmorras de la trena'
y una melancolía que es la muerte."
(Traducción de José Luis Reina Palazón)
  
La escritora, y miembro del PCUS, Evgenia Ginzburg (1904-1977) fue otra víctima de los campos de muerte estalinistas. Pasó dieciocho años internada en diversos campos, principalmente en el de Kolima, el más duro de ellos. Tuvo suerte y coraje y sobrevivió. Otros 20 millones de personas (son cifras del historiador británico Robert Conquest, aunque Walter Laqueur llega a citar, entre los diversos cálculos sobre las víctimas del Gulag y las purgas, incluso 40 millones de personas) no tuvieron otro destino que la muerte en el cautiverio o ante el revólver apuntado en la sien. Sus memorias de perseguida, El vértigo (1967), son un testimonio escalofriante de la degradación humana y un canto al espíritu de supervivencia.

La Dirección General de los Campos, cuyo acrónimo en ruso es Gulag, fue creada en 1919 (es decir, bajo el mandato de Lenin) y fue en los años 30 cuando llegó a su plenitud. Junto a delincuentes, reunió a millones de disidentes, o de sospechosos de serlo, para emplearlos en labores que contribuirían a dotar a la URSS de su poderío económico e industrial. También de judíos, ya que tal condición era compartida por Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, auténtico Anticristo del padrecito Stalin. Es más, según revela Jean Ellenstein en El fenómeno estaliniano, por la mente del dictador cruzó la idea de exterminar, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, a todos los judíos soviéticos.
  
Interior de un barracon en el Gulag, 1936-37

Estos campos de trabajo en poco se diferenciaban de los de exterminio nazis. Solamente en los procedimientos de aniquilación. También es ilustrador el más reciente título de Donald Rayfield, Stalin y los verdugos, para comprender los mecanismos y el alcance de la locura asesina del georgiano contra su propio pueblo. Ni siquiera Hitler asesinó a tantos soviéticos como el camarada Stalin. En vez de cámaras de gas, hubo extenuación, hambre, torturas.


Como los nazis, los estalinistas buscaban acabar con toda sensación de individualidad, convirtiendo a sus presos en meras cifras, en máquinas sin alma ni esperanza. Los nombres de Kolima, de Vorkutá, de Slovki, de Iskitim, de Karaganda, de Recks, son equivalentes a los de Auschwitz, Dacha o Mauthausen. Así de simple.

Los intelectuales son sólo los casos más conocidos de entre las millonarias (en número, nunca en posesiones: los kulaks, o campesinos acaudalados, fueron exterminados antes, y los aristócratas y burgueses supervivientes tuvieron que ir al exilio, que la izquierda llamó, cínicamente, 'emigración') del Gulag. Solzhenitsyn fue uno más, encerrado entre 1945 y 1953 en diversas cárceles y el campo de Ekibastuz por haber llamado en una carta a Stalin "el hombre del bigote". Y el que mayor alcance tuvo en su denuncia del régimen.
  
El prisionero Alexandr Solzhenitsyn, 1953

Su libro capital, Archipiélago Gulag 1918-1956 (1973), contribuyó a sacudir las conciencias de Occidente. Como dice Raúl del Pozo, "pocas veces un libro ha causado tanto dolor. Y es más, Alexandr Solzhenitsyn ha hecho más anticomunistas que toda la CIA. Su libro cambió la vida a mucha gente, al estilo que llevaron a Santa Teresa o a San Ignacio por el camino de Dios. La fábula tiene una honda raíz religiosa y la escritura es terrible y hermosa".

Pavel Florensky, muerto en el Gulag,
junto al teólogo Sergei Bulgakov, muerto en el exilio.
Cuadro de Mijail Nesterov, 1917

 El poeta Danil Andréiev, hijo de Leonid Andréiev, pasó diez años en la prisión de Vladimirski; el inmenso narrador Isaac Babel, autor del clásico Caballería Roja (1926), fue ejecutado en 1939; el maestro entre maestros Mihail Bulgákov murió amargado y amenazado de ser enviado a los campos en 1940; el teólogo y científico Pavel Florenski fue fusilado en 1937 en el campo de las islas Solovietski, el ensayista Iván Katáiev murió durante la purga de 1939, el novelista y poeta Serguéi Klichkov fue detenido en 1937 y murió posiblemente en 1940, el poeta Nikolái Kliúiev fue desterrado en 1934 a Siberia, fue detenido nuevamente en 1936 y fusilado un año después. El periodista Mijail Koltsov fue víctima de las purgas en 1940, Vladimir Maiakovski se suicidó en 1930, cansado del enrarecimiento del clima político y cultural, crecientemente opresivo; el director de escena Vsiédolov Meyerhold fue fusilado en 1940, el poeta Vladímir Narbut desapareció en las purgas hacia 1944, el narrador Boris Pilniak, autor de El año desnudo (1921), fue fusilado en 1937; el ensayista Valerian Pravjudin pereció en las purgas hacia 1939, igual que, en 1937, el poeta Iván Pribludinila; la poetisa Marina Tsvetáieva se suicidó en 1941, tras la desaparición de su marido en las purgas; el escritor Artiom Vesioli fue detenido en 1937 y fusilado en 1939, el escritor y traductor Olieg Volkov estuvo internado en el Gulag casi 30 años, así como ocho años estuvo prisionero el poeta Nikolái Zabolotski.

Esta nutrida nómina es sólo una selección somera. El Gulag existió. La mentalidad de los que lo promovieron todavía existe. Honor a las víctimas y a su memoria. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.