Zavala es católico. Yo también. Zavala es practicante. Yo también. Zavala escribe muchos libros. No todos buenos. De él aprecio y admiro los dedicados a la Guerra Civil española (alguno ha sido aquí comentado, y otro está en espera, "Los horrores de la Guerra Civil"), pero en este segundo de temática religiosa, tras el correcto y didáctico "Últimas noticias de Jesús" (tengo también pendiente "Los doce"), "Medjugorje" creo que defrauda. O no. Hace un relato periodístico y espiritual sobre las supuestas apariciones marianas en esa localidad de Bosnia y Herzegovina, destacando por transmitir el fervor de quienes visitan el lugar. ¿Lo cumple? Sí, sin duda. Pero quien como yo haya emprendido la lectura para tener un conocimiento superior al que pueda trasladar, por ejemplo, la Wikipedia, naufraga. No basta, no convence, no me vale que cuente cómo llega a Medjugorje, cómo es la puerta de la vidente Vika, si su marido es simpático. Todo eso sobra. A pesar de su interés temático, la obra se ve afectada por un ritmo irregular debido a la inclusión de narraciones extensas sobre otras apariciones, ya que quien quiera interesarse por los pormenores de Fátima tiene información accesible que no es necesario repetir, o los anexos finales, siendo del todo innecesario el que recoge historias y testimonios de veinte peregrinos que resultan repetitivos y a la postre huecos a base de tanto insistir machaconamente en lo mismo. Quien sea un católico convencido y practicante, como es mi caso, no verá aumentada su fe por leer este librito del (siempre bienintencionado) Zavala. Quien no crea no sentirá, me temo, ni un pellizquito para acercarse a la fe del Padre, del Hijo y del espíritu Santo. Y, aquí, de la Madre.
lunes, 24 de agosto de 2026
viernes, 21 de agosto de 2026
Lecturas: La cúpula (Stephen King)
Sigo teniendo suerte. Mucha. Stephen King mantiene la racha con libros deleitables. La cúpula es una historia en la que basta con encerrar a un puñado de personas y dejar que hagan lo que saben hacer tan bien los seres humanos cuando sienten que todo se acaba. Que suele ser lo peor. En estas 1.130 páginas, que al final se quedan cortas, el pueblo de Chester's Mill , al ladito de Castle Rock, queda aislado del mundo por una barrera invisible. Una cúpula que alcanza al menos los 6.000 metros de altura. De repente, el pueblo es una pecera, una jaula, un mundo cerrado sobre sí mismo. Y King aprovecha el encierro para hacer algo que se le da especialmente bien: convertir una comunidad entera en protagonista. Un pueblo con algunos habitantes buenos y con su abundante dotación de auténticos hijos de remil-ya-saben.
Hay una imagen que me parece especialmente acertada y que atraviesa buena parte de la novela: los habitantes de Chester's Mill como hormigas. No es sólo que estén atrapados bajo una cúpula, como dentro de un gigantesco hormiguero observado desde fuera por alguien que en nuestra infancia era uno mismo con una lupa, sol y malas intenciones. Y que en Chester's Mill son presencias con inquietante cara de cuero y crueldad infantil. El pueblo encerrado empieza a comportarse como una colonia sometida a una presión extraordinaria: se organizan, buscan recursos, construyen, se enfrentan, se dividen y, sobre todo, obedecen a quienes consiguen hacerse con el control. Un concejal vendedor de coches y sin escrúpulos y fabricante de drogas. La comparación llega a adquirir una dimensión todavía más inquietante cuando se plantea la posibilidad de que todo aquello no sea más que un experimento, un espectáculo contemplado desde fuera y el propio lector parece tener una lupa en la mano y la tentación del sol.
Pedante como soy, creo ver una conexión entre este libro y la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, de la que sería una especie de versión novelística y oscura y amarguísima. Masters ofrece el retrato de todo un pueblo a través de las voces de sus habitantes muertos, descritos con lo esencial; King hace algo parecido mientras los suyos todavía están vivos y corren de un lado para otro intentando sobrevivir. En ambos casos, lo importante acaba siendo menos el argumento que el conjunto de personajes: el jefe político, los líderes religiosos, el médico, el comerciante, el adolescente, el perdedor, el vecino respetable que esconde algo. Un pequeño pueblo que termina siendo una radiografía de una sociedad entera. La diferencia es que Masters necesita una lápida para que sus personajes confiesen quiénes fueron, mientras que King sólo necesita una cúpula. Que es, al fin y al cabo, una losa colectiva. El aislamiento hace caer las apariencias con una rapidez extraordinaria. Chester's Mill acaba pareciéndose a Spoon River: un catálogo de vidas, miserias, ambiciones, secretos y pequeñas grandezas. Sólo que aquí los epitafios todavía no están escritos. Y, como suele ocurrir con King cuando está en buena forma, el verdadero monstruo no es necesariamente el que viene de fuera. Es el poder, el miedo, el egoísmo y esa facilidad con la que una comunidad puede aceptar que alguien decida por ella. Big Jim Rennie entiende enseguida que una situación excepcional es también una oportunidad excepcional.
La cúpula es una novela larga, sí, pero también es una novela generosa: hay suspense, horror, política, supervivencia y una considerable galería de personajes. Quizá no todos tengan la misma importancia, pero juntos consiguen que Chester's Mill parezca un lugar real. Y eso es precisamente lo más inquietante: cuando la cúpula cae, no convierte a sus habitantes en otra cosa. Simplemente les quita la posibilidad de seguir fingiendo que no son quienes son. Y cuando llega el desenlace, que es algo acelerado, no importa el motivo, que lo hay, para el surgimiento de la cúpula, ni tampoco qué pasará con ella finalmente. Lo que nos importa es que desde el otro lado de la cúpula, hemos sido habitantes de Chester's Mill, con su esperanza y su angustia y su desesperación, su abnegación y su maldad. Y con una lupa en la mano.
jueves, 6 de agosto de 2026
Lecturas: Después del anochecer (Stephen King)
Tras el mal trance de la serie de La Torre Oscura, parece que King vuelve a los méritos que justifican esta fidelidad de lector. Esta vez, en esta recopilación de relatos, no hay ninguno que te sugiera abandonar la lectura para otra ocasión, para otra vida, y los hay que te atrapan. Es el King que me enamoró hace ya tantos libros. El Rey.
De estas trece joyas, señalaré sólo las que mejor justifican este regreso a la devoción por el de Maine. Mudo, relato perfecto, es casi un reflejo de cómo podemos ser esclavos de nuestras palabras cuando llegan a oídos de quien no debería oír ni hablar, deseándonos ser mudos. Hasta ahí puedo hablar. Las cosas que dejaron atrás es un homenaje a las víctimas de la barbarie de los ataques islamistas del 11 de Septiembre de 2001. Una historia de fantasmas, sutil e inquietante, en la que las posibles apariciones son a través de objetos que son tanto memoria como su anhelo. Un relato bellísimo y conmovedor. N con su capacidad de replicar el horror hasta el infinito como una amenaza contagiosa, es lovecraftiano y obsesivo. N, el paciente del psiquiatra que narra la historia que a su vez es transmitida por su hermana, es víctima de un trastorno obsesivo-compulsivo que el lector finalmente corre el riesgo de hacer suyo como si King fuera una Scheherezade vampírica convirtiéndonos en un nuevo Sísifo. No me he explicado bien, pero yo me entiendo. Tarde de graduación, aparentemente costumbrista y baladí, nos señala, con su interrupción imprevisible, la fugacidad de nuestro mundo, de la realidad que puede desaparecer sin más.
Tal vez el mejor King es el de los relatos, y sus novelas, titánicas, son intentos de llevar su capacidad de interesarnos hasta extremos a veces insensatos. No sé. Ni quiero saber,
viernes, 31 de julio de 2026
Lecturas: Mitra: Un dios de Oriente a Occidente (Israel Campos Méndez)
Quizás estaba confuso e imaginaba a Mitra con su gorrito frigio mientras una lluvia de sangre humeante caía sobre un patricio romano desnudo en un sótano. No: lo de la sangre y el toro es con Cibeles-Atys . Este libro elimina con solvencia esta confusión y otras. Reconozco que llegué a Mitra: Un dios de Oriente a Occidente con la prevención de quien ha leído desordenadamente libros de historia de las religiones escritos por especialistas incapaces de salir de sus doctos laberintos. No es éste, alabado sea el Sol Invicto, el caso.
A juzgar por la bibliografía, Israel Campos Méndez es tal vez la mayor autoridad española sobre el mitraísmo romano lo que no le impide, ni mucho menos, guiar al lector curioso que simplemente quiere entender quién demonios era ese dios que mataba amaneradamente toros en cuevas artificiales por medio imperio romano.
El libro traza un itinerario desde Persia, arrancando en las remotas tierras de Mitanni, en el segundo milenio antes de Cristo, cuando Mitra aparece mencionado en tratados entre hititas y mitanios como garante de juramentos, y termina, más de mil quinientos años después, con la lenta agonía del culto en el Mediterráneo del siglo V, ya derrotado por un cristianismo que había aprendido a jugar con las mismas armas simbólicas. Entre medias, el autor nos hace atravesar la Persia zoroástrica, la helenización del dios y finalmente su metamorfosis definitiva en el mitraísmo romano, esa religión mistérica y exclusivamente masculina que tanto sedujo a legionarios, funcionarios y libertos de todo el imperio. Que no conozcamos ningún texto estrictamente mitraico sino sus refutaciones cristianas y tengamos que reconstruir el mito a través de las imágenes de los mitreos, del modo que tendríamos que hacerlo con el cristianismo a través de su iconografía si no se hubieran conservado los evangelios, es algo que hace más apasionante esta meritísima pesquisa.
lunes, 13 de julio de 2026
Lecturas: Duma Key (Stephen King)
Tras haberme seducido con las últimas entregas de su inabarcable
bibliografía, llegué a Duma Key con la guardia baja, dispuesto al perdón,
porque King había decidido contarnos algo que conocía de primera mano tras
aquel percance de carretera que casi le costó la vida: la reconstrucción de un
hombre destrozado, literalmente, por un accidente. Edgar Freemantle,
constructor adinerado, pierde un brazo y a punto está de perder la cabeza, y lo
que empieza como terapia ocupacional, pintar para no volverse loco, se
convierte en la vía de entrada de algo mucho más antiguo y mucho más hambriento
que vive bajo la isla. Ahí está el King que a mí más me gusta: el de la
obsesión creativa como puerta trasera al horror, el de la casa y el paisaje que
respiran maldad sin necesidad de levantar la voz. Elizabeth Eastlake, la
anciana con memoria de niña, es de lo mejor que ha escrito en años, y toda la
parte isleña, el calor, la playa, las casas propicias a visiones fantasmales,
funcionan con una atmósfera pegajosa que contrasta con las habituales
ambientaciones en el nevoso Maine. Todo ello con un estilo literario de primera
categoría, de escritor serio, grande, ajeno a los géneros.
Y sin embargo. Y sin embargo llega el final y King hace lo que
tantas veces le hemos reprochado sin que él escarmiente: se le va la mano. Todo
lo sugerido, todo lo contenido durante quinientas páginas de pintura maldita y
fotografías que se comen a la gente, se resuelve en una traca de explicaciones y
descripciones mecánicas que decepciona precisamente porque lo anterior había
sido tan comedido. El "quién" y el "por qué" de Perse, esa
encarnación ambigua del mar con una potencia lovecraftiana, pierden todo el
misterio en cuanto se explican, y lo que era terror atmosférico se convierte en
mitología de manual, casi de videojuego. Y esa costumbre suya, ya crónica, de
matar personajes que nos ha hecho querer solo para dejarnos el corazón en carne
viva, aquí roza la crueldad gratuita: no construye tragedia, la administra en
dosis.
Con todo, no es un mal final, aunque duele que a Freemantle no le duela más cierta muerte, y desde luego no arruina el libro. Pero si el resto de la novela es una playa que se te mete en las sandalias sin que te des ni cuenta, el desenlace es la ducha con agua fría que te espera al llegar a casa: necesaria, sí, pero a mí me hubiera preferido seguir un rato más con la arena entre los dedos.
martes, 30 de junio de 2026
Lecturas: Blaze (Stephen King)
Tras la abrumadora bazofia de la saga de "La Torre Oscura", no se había olvidado uno de King el novelista modélico, sino también de su alter ego Richard Bachman, más bronco y conciso y hasta político. Esta novela, recuperada por King años más tarde, cuando ya Bachman era un fantasma remoto, tiene todas sus virtudes. Aquí, como es casi más habitual en Bachman que en King, el protagonista es un outsider, alguien destinado al fracaso. Clayton Blaisdell Jr., Blaze, es un gigante con el cráneo hundido por los golpes de un padre que lo arrojó por las escaleras de niño, un hombre de cuerpo enorme y mente detenida en algún punto de la adolescencia, capaz de planear un secuestro solo porque la voz de George, su compañero de fechorías ya muerto, sigue hablándole desde dentro como un fantasma con sentido práctico. Esa voz es el verdadero motor del libro: George murió antes de que empezara la novela y sin embargo está en cada página, dándole instrucciones, riñéndole, queriéndolo a su manera ruda, y King construye con esa presencia ausente una de las relaciones más conmovedoras de toda su obra, que no es poco decir. La esquizofrenia, tal vez. Ojalá.
La trama, el secuestro de un bebé rico para pedir rescate, es casi una excusa. Lo que de verdad importa es el tránsito hacia atrás: los capítulos que reconstruyen la infancia de Blaze en el orfanato, los maltratos, la suerte esquiva, el encuentro con George, van alternándose con el presente del secuestro y van cargando de tristeza algo que en otra pluma sería puro thriller de serie B. King, que tantas veces ha escrito sobre niños con poderes extraordinarios, aquí escribe sobre un niño sin ningún poder, sin defensa alguna, y el efecto es devastador. Lo que sorprende es la ternura con la que Blaze trata al bebé que ha secuestrado. King evita la trampa fácil del monstruo y construye en su lugar a un hombre incapaz de hacer daño aunque el plan entero dependa de que lo haga, y esa contradicción, ese gigante violento por fuera y absolutamente inofensivo por dentro, es el corazón del libro y su mayor logro. El secuestrador y asesino del hijo de Lindberg se nos presenta más bien como Rigoletto. Yo me entiendo.
No es la mejor novela de King ni falta que le hace serlo. Es una pieza menor que se queda con uno más de lo que su tamaño hace prometer, y que demuestra, una vez más, que el escritor de Maine cuando se despoja de los payasos y los vampiros y se queda solo con un hombre roto y una voz que se niega a callarse, sigue siendo de lo mejor que tiene la narrativa popular americana.
Al final del libro, una bonus track se nos presenta en forma de relato. Titulado "Memoria" lo encontraremos, casi palabra por palabra, como inicio de la muy deleitosa siguiente novela de King. ¡Viva el Rey!
lunes, 15 de junio de 2026
Lecturas: La historia de Lisey (Stephen King)
Hay novelas que uno pretende leer rápido. Es King, debe ser algo ligero, llamativo, seductor. Pero no. Esta vez se impone la lentitud gracias a un estilo denso, elaborado, pero también por miedo a que se acabe. O que King malogre el libro antes de terminar. Que algo de ello hay. La historia de Lisey es uno de esos libros en los que King, Sheherezade de Maine, despliega su trampa con una paciencia inusual en él, con una delicadeza y hondura que al principio desconcierta. ¿Qué es esto? ¿Dónde están los payasos, los niños con poderes, los monstruos que acechan en los sótanos? Aquí el horror es otro. Aquí el monstruo tiene cara de ausencia.
Lisey Landon acaba de perder a su marido, el escritor famoso Scott Landon, y la novela arranca dos años después de ese funeral, cuando Lisey empieza a ordenar la biblioteca del muerto. Ese gesto, tan cotidiano y tan devastador, es el eje sobre el que gira todo: lo que dejamos cuando nos vamos, lo que los que se quedan hacen con ello, y cuánto del difunto vive todavía en los objetos, en el lenguaje compartido, en esas palabras privadas, babyluv, dáliva, que solo tienen sentido entre dos personas y que de repente ya solo las entiende una. King lleva aquí décadas escribiendo sobre el miedo, y ha descubierto, un poco tarde quizás pero con admirable honestidad, que el miedo más hondo no es el del monstruo que espera en la oscuridad sino el del silencio que se instala cuando alguien que amábamos deja de hacer ruido.
El matrimonio de Lisey y Scott es de lo mejor que ha escrito King en mucho tiempo. No porque sea un matrimonio feliz ni infeliz en el sentido convencional sino porque es un matrimonio verdadero, con su idioma propio, con sus cicatrices, con esa intimidad tan específica que resulta al mismo tiempo universal. La manera en que King construye ese lenguaje compartido (las palabras inventadas, los rituales, las referencias que excluyen al mundo) es un prodigio técnico disfrazado de ternura. Uno empieza a comprender a Scott Landon a través de Lisey, y a comprender a Lisey a través de cómo recuerda a Scott, y en ese espejo doble está la mejor escritura que el señor de Maine nos ha dado en años.
Luego está Boo'ya Moon, ese espacio inventado al que Scott podía acceder y que acabará sirviendo a la trama como territorio del inconsciente, del trauma y de la creación artística. Es aquí donde la novela se juega más y también donde pierde algo. King no puede evitar ser King: la tentación del monstruo, del mal concreto y con dientes, es demasiado fuerte, y en la segunda mitad del libro la amenaza se corporiza, se vuelve exterior y acaba forzando a Lisey a una acción que resulta funcional pero que no alcanza la altura emocional de los capítulos de memoria y duelo. El peligro de Boo'ya Moon, sus bestias, la violencia que Lisey tiene que enfrentar: todo eso está bien ejecutado, King sabe hacer esto mejor que casi nadie, pero en esta novela concreta se siente como una concesión al género cuando el material más poderoso era el que venía de adentro. Y aquí está la debilidad de esta novela redonda, esa concesión que siempre achaco al difunto Peter Straub.
Hay también, subyacente a todo, una reflexión sobre la escritura y el escritor que es de las más lúcidas que King ha producido. Scott Landon no es un genio iluminado sino un hombre dañado que encontró en la ficción una forma de sobrevivirse a sí mismo. El origen de esa capacidad, el precio que pagó por ella y lo que le costó a Lisey pagarlo con él: todo eso está en el libro con una lucidez que en otros volúmenes de King se pierde en la mitología y el espectáculo.
La historia de Lisey no es perfecta. Los últimos tramos aceleran donde deberían demorarse, y hay un personaje secundario, el obseso literario que amenaza a Lisey, que funciona como motor de la trama pero que resulta plano al lado de la riqueza psicológica de los protagonistas. Son los defectos de un escritor que sabe contar de maravilla pero que todavía desconfía de sí mismo cuando la historia se queda quieta demasiado tiempo.
Pero cuando funciona -y funciona mucho- esto es la literatura de King que uno querría poder recomendar sin matices. El King que no necesita el circo. El King que escribe sobre el amor y la pérdida con la misma precisión con que otros escriben sobre el terror, porque ha entendido, por fin, que en el fondo son la misma cosa.
domingo, 31 de mayo de 2026
Lecturas: Cell (Stephen King)
Hay días en que uno agradece que el apocalipsis tenga su puntito de sentido del humor. No uno estruendoso, de carcajada fácil, sino ese humor negro y seco que hace que te rías y a continuación mires el teléfono con una inquietud nueva y un poco ridícula. Cell es eso: una novela apocalíptica que te hace mirar el teléfono como si fuera una vaina de las de la invasión de los ladrones de cuerpos, un caballo de Troya con rayitas de cobertura.
La premisa es de las buenas, de las que uno desearía haber tenido. Un pulso -así lo llaman en la novela- llega a través de las redes de telefonía móvil y convierte en bestias mordedoras y voraces a todo el que en ese momento tiene el aparato pegado a la oreja. En segundos, medio planeta se transforma en algo parecido a zombis pero más inquietante: no buscan cerebros como los de George A. Romero, no son los muertos vivientes de toda la vida. Son los vivos vaciados, los que tenían algo dentro y ya no lo tienen. Y lo que tenían dentro era, entre otras cosas, todo lo que los hacía humanos: memoria, afecto, miedo, lenguaje. El resto se organiza solo, en bandadas, con una lógica propia que va emergiendo y que es más aterradora cuanto más ordenada resulta.
King escribió esto en 2006 y uno puede pensar, con la ventaja del tiempo, que el hombre sabía más de lo que decía. No es que fuera profeta. Es que era observador. Ya entonces el teléfono móvil era esa prótesis del alma de la que nadie podía prescindir y a la que todo el mundo estaba entregado con una alegría ciega y despreocupada. King tomó esa dependencia, la empujó un poco, y escribió el fin del mundo.
El protagonista, Clayton Riddell, es un dibujante de cómics que acaba de vender su primera obra y que está en Boston cuando el Pulso transforma la ciudad en un matadero. Desde ahí emprende el camino hacia Maine buscando a su hijo. El viaje es lo de siempre en este género: el grupo de supervivientes que se forma, los que mueren por el camino, los que aprenden cosas sobre sí mismos que no querían saber. King no inventa aquí la rueda. Pero conduce bien. Pocos escritores de género saben como él hacer que uno pase las páginas con esa mezcla de angustia y satisfacción que es, en el fondo, para qué existe la literatura de terror.
Lo mejor del libro son los telefónicos, que así los llama, y su evolución. Empiezan siendo caos puro y van convirtiéndose en algo peor: en orden. En colectivo. En mente de enjambre. Fácil pensar en las masas de las dictaduras. Y ese proceso, descrito con precisión y sin artificios, produce más escalofríos que cualquier monstruo con colmillos que King podría proponernos. Lo que da miedo aquí no es la muerte. Es la uniformidad. Es lo que queda cuando se borra todo lo individual.
Tiene sus defectos, claro. El final es de esos finales de King que uno querría negociar: ambiguo donde debería ser valiente, abierto donde uno agradecería que cerrara. Hay una escena en un estadio que es magnífica y que luego no se termina de aprovechar del todo. Y el personaje del señor Ricardi, que apunta tan bien, se difumina antes de tiempo. Pero estas son las quejas de un lector que estaba disfrutando y al que le sabe a poco. Lo cual, a estas alturas de la saga King, no es queja sino casi elogio.
Después de siete volúmenes de pistoleros existenciales y alforjas llenas de toneladas de páginas inútiles, Cell es un vaso de agua fría. Directa, sin ceremonias, con la brutalidad eficiente de quien sabe que tiene que contar algo y se limita a contarlo. El King que aprendió el oficio leyendo a Richard Matheson y nunca lo olvidó del todo, aunque a veces lo disimule detrás de mitologías propias de adolescente con demasiado tiempo libre.
Bienvenido de vuelta, señor King. Por favor, siga progresando adecuadamente.
Lecturas: Colorado Kid (Stephen King)
Alivio. El Rey no ha muerto. Larga vida al Rey. A no ser que King intente en el futuro volver a las andadas. Es decir, esto no es La Torre Oscura. Esto no es Roland el cansino dando vueltas como una peonza defectuosa alrededor de su obsesión de cartón piedra. Esto es otra cosa. Esto, para ser exactos, es lo que uno esperaba encontrar cuando abrió por primera vez uno de esos libros gordos del señor King con la esperanza de que le contaran algo y no le dejaran con cara de haber sido estafado en una feria de pueblo.
Colorado Kid es un McGuffin. En el más puro sentido hitchcockiano del término: un objeto, un misterio, una cosa que importa muchísimo pero cuya resolución, en el fondo, importa bien poco. Lo que importa es el viaje hacia esa cosa. Y aquí, por fin, el viaje merece las alforjas. O las merece casi. Que tampoco vamos a pasarnos.
La novela, breve como debe ser y como King debería ser con más frecuencia, arranca en una pequeña isla de Maine donde dos veteranos periodistas de un periódico local le cuentan a su joven aprendiz el caso sin resolver de quien llaman Colorado Kid: un hombre aparecido muerto en la playa, sin explicación satisfactoria, con un trozo de emparedado en el esófago y sin que nadie supiera qué hacía ahí ni quién era. Punto. Eso es todo. No hay resolución. No hay culpable desenmascarado. No hay última página en la que el detective de turno reúne a todos en el salón y señala con el dedo. King tiene aquí el buen gusto y la honestidad intelectual de negarse a darnos lo que exigimos, porque lo que exigimos es, a menudo, una mentira cómoda, un consuelo, una recompensa más por el tiempo empleado que por el precio del libro.
No sé si King leyó a Chejov antes de escribir esto o si simplemente estaba de buen humor ese día. Pero el resultado tiene algo de cuento chejoviano: la historia que se cuenta es casi un pretexto para hablar de la memoria, de cómo recordamos lo que no entendemos, de por qué algunos misterios nos acompañan durante décadas sin que los hayamos resuelto ni queramos resolverlos del todo. Los dos periodistas viejos son un prodigio de economía narrativa. La chica joven funciona como el lector que somos nosotros: alguien que quiere respuestas y va aprendiendo, despacio, que las respuestas no siempre son lo mejor que puede darle la vida.
Hay aquí una modestia que en King, ay ay ay, suele brillar por su ausencia. Nada de páginas innecesarias, nada de subtramas que se enroscan sobre sí mismas como boas constrictoras, nada de universos paralelos ni ka-tets ni bilirrambos condenados. Una isla en la costa de Maine. Tres personas. Una historia que no se cierra. Y sin embargo uno termina el libro con esa sensación extraña de haber estado en algún sitio real, de haber conocido a gente que existe, de haber escuchado algo verdadero aunque incompleto.
Claro que hay trampa. La trampa es que King publicó originalmente este librito encantador en una colección que buscaba rescatar y renovar la literatura pulp de misterio americana, y el libro tiene esa textura de novela negra sin serlo del todo: el crimen sin criminal, la investigación sin inspector, el misterio sin solución. Una especie de anti-misterio perfectamente consciente de serlo. Lo cual no es poco.
Que le zurzan a Roland de Gilead. Colorado Kid es el King que me gusta recordar.
domingo, 10 de mayo de 2026
Lecturas: Hamnet (Maggie O'Farrell)
Shakespeare es Dios. Tal cual. De inverosímil hondura y sabiduría y eficacia y emoción. No se puede ser mejor que él. Fuera quien fuera. De modo que una novela sobre su dolor como padre tenía que interesarme. Ya leída, me importa poco. Es que confieso que estuve a punto de abandonarla en las primeras cuarenta o cincuenta páginas. Y no suelo abandonar fácilmente. Pero Hamnet exige al lector una paciencia que no siempre se justifica con lo que viene después. La apertura es un laberinto de presentes históricos, de saltos narrativos algo arbitrarios, de mitologización de Agnes (trasunto de la Anne que fuera esposa del Bardo) y personajes que aparecen y desaparecen sin que uno haya terminado de saber quiénes son. La prosa, muy celebrada por la crítica anglosajona, tiene en esos primeros capítulos algo de encantamiento que se vuelve contra sí mismo, tan empeñada en ser literaria, que el lector pierde pie y no sabe bien si está leyendo una novela histórica, una elegía o un experimento de escritura creativa.
La premisa, en cambio, es genuinamente hermosa. Hamnet Shakespeare, hijo gemelo de Judith, murió en 1596 a los once años, probablemente de peste bubónica. Cuatro, o siete, años después, su padre, al que O'Farrell llama obstinadamente "el marido" o "el latinista", nunca por su nombre, escribía Hamlet. La novelista irlandesa propone que la tragedia del príncipe danés es, en el fondo, el duelo de un padre por su hijo muerto: una criatura que regresa del otro lado en forma de espectro, que lleva casi el mismo nombre, que reclama algo que los vivos no saben cómo darle.
Es una tesis seductora. Y O'Farrell la defiende con una prosa que, cuando por fin encuentra su ritmo -digamos que a partir del segundo tercio del libro-, alcanza momentos de verdadera belleza. El capítulo en que se reconstruye el viaje de la pulga infectada desde Alejandría hasta Stratford-upon-Avon es una proeza narrativa, un salto de escala que de pronto convierte la epidemia en algo íntimo y feroz a la vez. Y la muerte de Hamnet, narrada con una lentitud casi insoportable, tiene esa clase de verdad que solo la ficción bien ejecutada puede dar a los hechos históricos. Esa muerte del niño es el momento cumbre del libro y el más logrado ejercicio de estilo.
En ese reconocimiento final hay más honestidad de la que el resto del libro se permite. Porque Hamnet es, en el fondo, una novela extraordinaria sobre la maternidad y el duelo, sobre cómo una mujer carga sola con la muerte de un hijo mientras el marido está en Londres haciendo teatro, y en eso O'Farrell no necesita a Shakespeare para nada. Es cuando lo invoca demasiado explícitamente, cuando insiste en tender el puente entre Hamnet y Hamlet, que la novela tiembla un poco y uno recuerda esas primeras páginas confusas y se pregunta si la ambición del proyecto no ha superado levemente a su ejecución.
Vale la pena leerla. Pero quizá vale más leerla olvidándose de Shakespeare. El dulce príncipe fue de Dinamarca, no de Stratford.
Lecturas: Últimas noticias de Jesús. Del osario de Caifás a la Sábana Santa (José María Zavala)
Zavala, con su barba descuidada, sus ojeras, su decorado-biblioteca deslavazado, es alguien que en sus vídeos de YouTube, por otra parte recomendables, me produce cierto reparo cuando tras haber disfrutado un título suyo sobre la Guerra Civil lo encuentro entregando a las librerías demasiados títulos como para que se le suponga rigor. Sea bienvenido, con todo, este librito ligero y ameno.
Como yo, Zavala es un católico convencido y consecuente, pero no escribe desde el rigor académico de Bart Ehrman, ni la docta elegancia, a veces distante de Pagels. Su Jesús es el Jesús del rosario y de la Semana Santa, de la pía estampa, las cuatro esquinitas y la sangre amada. No duda (tampoco yo dudo), por lo que escribe de cuanto se sabe de Jesús desde la ortodoxia. Nada que objetar a este intento de catequesis ilustrada.
Y ahí, precisamente, está tanto su virtud como su límite. La virtud es que resulta accesible, vivaz, generoso en datos que uno no conocía o había más o menos olvidado. El libro cumple con la función de fortalecer la fe del creyente que ya cree, de devolverle el asombro ante lo que la ciencia no ha conseguido desmentir: el Sudario sigue siendo inexplicable, el cuerpo de Jesús no apareció en ninguna tumba identificable. Para el católico que alguna vez sintió cierta perplejidad al leer a Piñero o a Ehrman, este libro es como un pasamanos al que agarrarse.
El límite, sin embargo, es que Zavala no siempre distingue con claridad entre lo que la Iglesia enseña de fide, lo que es devoción legítima pero no dogma, y lo que es simple fascinación por lo paranormal. Hay capítulos en que la frontera entre la teología y el esoterismo se difumina más de lo que uno quisiera, como cuando cita abundantemente a la monja Emmerick, del siglo XIX, como si hubiera sido testigo presencial de la Pasión de nuestro Señor. El catolicismo no necesita de lo extraordinario para sostenerse más allá de la divinidad, una y trina, de Jesús, y en algunos momentos el libro parece olvidarlo, corriendo el riesgo de convertir a Cristo en protagonista de un gran misterio detectivesco en lugar de en el Señor de la Historia.
Con todo, hay páginas memorables. Las dedicadas a los últimos días de Jesús, reconstruidas con rigor y emoción a la vez, tienen una intensidad que pocas veces he encontrado fuera de los propios evangelios. Y hay en el libro, subyacente a todo, una pregunta que no formula abiertamente pero que late en cada capítulo: ¿y si todo fuera verdad?
martes, 28 de abril de 2026
Lecturas: La Torre Oscura. La Torre Oscura VII (Stephen King)
Que te zurzan, Stephen King, genio imbécil, que te quedes con las ganas a la vez de que te aplaudamos babeantes o que hasta el copete de tanta página innecesaria decidamos dedicarnos a otro autor y dejarte con un público de orates capaz de tragarse cualquier cosa. Porque no haré ni una cosa ni otra. Seguiré leyendo tus libros sabedor de que no serán tan malos como este, como estos siete.
¿Recuerdan lo del viaje y las alforjas? Pues bien, este camino no es el del Quijote, ni el niñato Roland de Gilead es el adorable loco cervantino. Ni la Torre es Ítaca. Esta llegada a destino es más un alivio porque todo lo malo se acaba tras malgastar demasiadas horas y demasiada voluntad malversada y recorrer varios miles de páginas para quedarme con cara de bobo. El western sobrenatural mezclado con aromillas medievales y fantasía de saldo no es una buena idea. El ka-tet es una idiotez, el bilibrambo dan ganas de llevarlo a la perrera más cutre para que lo duerman, y Roland y su pandilla no deberían haber salido de su casa. Con lo bien que se está en pantuflas narcotizándose con Netflix. Joder.
Si los siete volúmenes fueran siete razones para seguir, y no seis formas distintas de la misma bobada (salvo el volumen dos, con todo) y un soberano troleo de ver, Catilina, hasta dónde puede abusar de nuestra paciencia tan generosa y tan baldía.
No me importa hacer espoiler. No he venido a hacer amigos ni a animar a otros lectores. Cuento cómo me ha ido con la lectura, no a diseccionar ni defender libros. Eddie muere. Jake muere. Acho muere, o casi. Susannah se va. Y Roland sigue, porque Roland siempre sigue el muy cansino. Qué alivio haber terminado. Qué extraña nostalgia, ya, de todo lo que pudo ser esta serie.
Lecturas: Canción de Susannah. La torre oscura VI (Stephen King)
Por mucho que haya "lectores constantes" que defiendan esta serie, para mí, finalizando el camino fatigoso hacia la Torre Oscura, este libro es sencillamente una tomadura de pelo con vocación de obra maestra. Susannah Dean, poseída por un demonio que la ha dejado embarazada, viaja sola a un Nueva York de 1999 mientras Roland y Eddie, que ya no me interesan un carajo, buscan al autor de la serie en su propia casa de Maine, en una de esas decisiones narrativas de King que uno no sabe si aplaudir por su insolencia o abuchear por su soberano morro narcisista. Si alguien lee esto (y me refiero a esta reseña desganada pero también a esta novelucha de King), que me crea: hay que tener mucha fe en la saga, fe ciega y un poco masoquista, para llegar al sexto volumen sintiendo que lo que se narra aquí merece existir como novela independiente y no como capítulo largo de una historia que lleva demasiados años sin llegar a ningún sitio.
Que la Torre sigue ahí, lejísimos, y uno empieza a sospechar que ni King sabe muy bien dónde está ni cómo se llega, y que quizás eso no importa tanto como él cree. Que la metaficción, ese juego de que el autor aparece como personaje de su propia obra, es un recurso que en manos de Borges es una maravilla y en estas es una pirueta de feria que entretiene tres páginas y hastía hasta el cabreo inútil las doscientas o quinientas mil restantes. Y sin embargo, y aquí está la maldita trampa de King, hay momentos en que la máquina funciona, en que el pulso narrativo se pone firme y uno pasa páginas con esa urgencia idiota del que sabe que lo están engañando y sigue pagando la entrada. Qué capacidad para sostener un mundo que se cae a pedazos con el pegamento de la prosa, qué habilidad para hacer que importe lo que en realidad no importa nada. Qué paciencia la mía, después de seis libros, y la de ustedes por leer esto. Otro volumen más para el manso contenedor azul.
viernes, 24 de abril de 2026
Lecturas: Lobos del Calla. La Torre Oscura V (Stephen King)
Este libro es lo peor. Algo que se arrastra con obscena parsimonia, con estúpida obstinación, que te quita horas con la creencia de que no te vas a ir. Algo que se sujeta entre las manos con incómoda indignación. Algo que te cabrea cada vez que lo sacas del anaquel, que lo dejas sobre cualquier mueble, que te hace sentir desgraciado por seguir leyendo, por acompañar en sus peripecias a Roland y su ka-tet en ese pueblo llamado Calla Bryn Sturgis sin que te importe un pimiento lo que les pase, lo que sufran, lo que teman. Sintiendo que cada decisión narrativa de King es un despropósito pero sintiendo una rabia sorda hacia ti mismo por no poder cerrar el libro. Si alguien lee esto, que me haga caso: huyan de esta saga. Quien todavía esté a tiempo de no haber caído en la trampa puede prescindir con alegría de estas páginas. No las necesitamos. No las merecemos, al menos yo que tanto he admirado a King, que tantas horas le he regalado con insensata alegría.
Porque estas páginas son un castigo. Son tediosas, son repetitivas, son interminables. Son, en algún momento raro, brillantes. King lleva aquí centenares de páginas instalando una amenaza, los Doblados, que cualquier escritor con un mínimo de pudor habría resuelto en tres capítulos, y él convierte en una sinfonía morosa, en un goteo de tensión que exaspera precisamente porque funciona, porque uno sigue leyendo aunque sepa que le están tomando el pelo, que este hombre podría haberlo contado en la mitad y ha elegido no hacerlo, ha elegido torturarnos, y lo peor es que la tortura tiene mérito. Qué capacidad tan irritante la de este señor para construir personajes a los que odias querer, para dar vida a un pueblo entero que no pediste conocer y que sin embargo conoces al dedillo cuando cierras el libro. Qué voluntad de no terminar, de seguir, de añadir otra capa y otra y otra, hasta que el lector ya no sabe si lo que siente es ira o rendición.
Ochocientas dieciséis. Ochocientas, y diez, y seis más. Y encima hay una historia paralela con un pistolero de otro tiempo que no viene a cuento y que King mete con calzador porque sí, porque puede, porque lleva varios libros haciendo lo que le da la gana y nadie le dice nada. Qué paciencia la mía. Y la de ustedes, si han llegado hasta aquí aunque no quieran acompañarme al resignado contenedor del papel.
domingo, 5 de abril de 2026
Lecturas Diario secreto de José Antonio (José Antonio Martín Otín)
martes, 31 de marzo de 2026
Lecturas: Eso no estaba en mi libro de historia de España (Francisco García del Junco)
El libro carece de índice, lo que fía la lectura al hojeo en la librería. Que es apresurado y no poco inconsciente. Venga al zurrón. Cuando han pasado meses y el turquesa llamativo del lomo te atrae y decide, se tiene una sensación no amarga pero tampoco dulce. Es, eso sí, un libros que se lee con facilidad, pero no es profundos. Ni aporta nada, o más bien poco, para quien sea, como el caso, lector habitual de Historia. De las 406 páginas a lo sumo he descubierto la escalofriante sucesión cronológica de las lesiones de Blas de Lezo: la pierna izquierda amputada a los 15 años, el ojo izquierdo perdido a los 18, lisiado un brazo a los 24. O la costumbre, en la Isla de Pascua, por la escasez de recursos, de sacrificar un vecino mayor de 60 años cada vez que nacía un niño. Y del niño si no había nadie prescindible. Pero poco más.
El volumen reúne episodios de la historia española que el autor considera injustamente olvidados o poco divulgados: la batalla de Cartagena de Indias, la expedición Malaspina, el descubrimiento de las Fuentes del Nilo por un español en el siglo XVII, o la denominación del océano Pacífico como el Lago Español.
Pura divulgación, a lo Eslava Galán pero sin pretender ser babosamente como en el jienense. Lo que es un mérito para García del Junco. La prosa es funcional, plana, chata. Pero al menos el libro cumple lo que promete. Entretiene, aporta datos que muchos lectores desconocen, y tiene el mérito de hacer accesible materia que la historia académica raramente convierte en lectura popular. Si se llega a él sin esperar rigor analítico ni neutralidad expositiva, la experiencia es satisfactoria. Si se busca otra cosa, probablemente haya que buscarla en otro sitio. Como seguiré haciendo.
sábado, 28 de febrero de 2026
Lecturas: Asombro y milagros: El misterio histórico de Jesús (Elaine Pagels)
Fue en los años ochenta, cuando fui joven, que un libro de Pagels, Los evangelios gnósticos, me dejó la curiosidad, que aún dura, por el cristianismo primitivo, el momento en que el hijo de un carpintero pasó a ser El Hijo del Hombre y en nuestro redentor. Tras las lecturas de Antonio Piñero, este libro se convierte en un manual, una guía, para fortalecer la fe y resolver dudas. Porque aquí vive, intensamente, nuestro Señor, el dulcísimo Jesús, pero enfrentado a preguntas difíciles que tienen una respuesta múltiple, sin dogma, e incómodas. Pagels combina aquí historia, erudición y experiencia personal con un tono de asombro genuino ante la figura de Jesús.
Pagels no ofrece una biografía más del Nazareno ni una reconstrucción dogmática de su mensaje. Su interés se centra en cómo las primeras comunidades cristianas interpretaron los milagros y las experiencias de lo divino desde el asombro y casi desde la perplejidad, y cómo esas interpretaciones moldearon una forma de entender el mundo. Con elegancia intelectual, conecta los textos antiguos con inquietudes humanas profundamente actuales (hasta nombra a Alexei Navalny valientemente como alguien que se enfrentó a la muerte por el bien común): el sufrimiento, la esperanza, la fe y la búsqueda de sentido.
Lo más admirable del libro es su equilibrio entre rigor académico y sensibilidad personal. Pagels logra que temas complejos —como la exégesis de los evangelios o las disputas doctrinales de los primeros siglos— resulten accesibles sin perder profundidad. En el fondo, nos invita a mirar las historias de los milagros no como pruebas sobrenaturales, sino como metáforas abiertas sobre la transformación interior y el misterio de la existencia. Y nos hace pensar si la virginidad de María fue real o una metáfora, una forma de eludir preguntas incómodas, o si el cuerpo santo de Jesús fue entregado verdaderamente a José de Arimatea. En todo caso, vibra intensamente el asombro de los discípulos al ver devuelto a la vida a quien murió sobre aquella colina.
Asombro y milagros es una lectura ideal para quienes se interesan por la historia religiosa, la espiritualidad comparada o, simplemente, por la manera en que las grandes narraciones fundacionales siguen dialogando con nuestra vida cotidiana. Más que un ensayo histórico, es una meditación luminosa sobre la fe, la memoria y el poder del asombro en tiempos de incertidumbre.
domingo, 15 de febrero de 2026
Lecturas: Cuatro Principes. Enrique VIII, Francisco I, Carlos V, Solimán el Magnífico y las obsesiones que forjaron la Europa moderna (John Julius Norwich)
Da gusto leer libros así, escritos con conocimiento y soltura. En este fascinante Cuatro Príncipes, Norwich nos invita a un viaje político y casi sensorial por el siglo XVI, un periodo donde la historia de la humanidad pareció concentrarse en las manos de apenas cuatro hombres nacidos en la misma década, coincidiendo en el tiempo cuatro monarcas superlativos: Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia, Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico (y I de España) y Solimán el Magnífico del Imperio Otomano. Norwich, con elegancia y un toque de ironía, sostiene que la Europa moderna no nació de tratados impersonales, sino de las obsesiones, las inseguridades y los egos cruzados de estos soberanos. Como bien apunta el autor al inicio de su relato: "A lo largo de la historia, dudo que haya habido cuatro monarcas de tal magnitud... todos reinando al mismo tiempo". Esta coincidencia temporal convierte al libro en una coreografía de rivalidades donde cada decisión tomada en Londres, París, Valladolid o Constantinopla generaba una onda de choque que obligaba a los otros tres a reaccionar.
Lo que verdaderamente distingue a esta obra de un manual de historia convencional es la capacidad de Norwich para humanizar a estos gigantes, presentándolos no como estatuas de mármol, sino como hombres de carne y hueso atrapados en una competencia perpetua por el prestigio. El autor logra transmitir cómo estos líderes se observaban con una mezcla de admiración y recelo, enviándose embajadas de una opulencia casi ridícula simplemente para demostrar quién poseía el reino más próspero. A través de una narrativa envolvente, descubrimos que sus vidas estaban intrínsecamente ligadas: "Cada uno de ellos estaba profundamente condicionado por los otros tres; cada uno de ellos, en un momento u otro, fue aliado o enemigo de los demás". Es especialmente refrescante la inclusión de Solimán el Magnífico en este cuarteto, ya que Norwich rompe con la visión tradicionalmente eurocéntrica para recordarnos que el sultán otomano fue un actor fundamental en el equilibrio de poder europeo, tan renacentista en su mecenazgo y ambición como sus homólogos cristianos.
Aquí encontraremos a Enrique y Francisco comparando pantorrillas y dilapidando en regalos inverosímiles, a Francisco firmando alianzas con Solimán y permitiendo a la escuadra turca fondear en Marsella, y a Enrique festejando la muerte de su única esposa legítima, Catalina de Aragón, y no asistiendo, contrariado, al bautizo de su primera hija ilegítima, Isabel.
Para hacerle justicia, al libro y al príncipe que prefiero -único que tuvo el título de emperador-, reproduzco el retrato con el que Norwich cierra el relato de sus andanzas, nuestro Carlos I, V de Alemania: Uno de los muchos biógrafos de Carlos lo describe como un genio militar. No parece que haya muchas pruebas que lo demuestren, pero, por otro lado, sí las hay de que poseía al menos dos cualidades de suprema importancia para un general: una valentía personal inmensa y una infinita preocupación por sus hombres. Carlos no solo mostró su valentía en los combates, sino en la pura fuerza de voluntad que permitió cabalgar día tras día a pesar de sufrir la agonía de la gota -y nadie que no haya sufrido personalmente esta aflicción puede hacerse una idea de los sufrimientos que causa- sin emitir jamás la menor queja, ni siquiera cuando tenía que montar con la pierna descansando en un cabestrillo atado a su silla. Sus soldados lo amaron y admiraron, algo que, de hecho, hicieron casi todos los que llegaron a conocerlo. Lo amaron por su encanto personal, su bondad y -una cualidad especialmente escasa en su época- su sentido del humor. Súmese a ello que sabía apreciar las cosas buenas de la vida: la pintura, por ejemplo (¿se cuenta todavía a los niños la famosa historia de cómo se agachó a recoger el pincel de Tiziano cuando se le cayó al maestro?) o la música, por la que sentía auténtica pasión. Incluso su glotonería despierta simpatía en muchos de nosotros. Murió como un hombre decepcionado, demasiado consciente de lo mucho que había tenido que dejar por hacer; pero comprendió, mucho más de o que la gente creía, cuántas cosas bellas y placenteras nos frece la vida. Y, siempre que tuvo ocasión, las disfrutó.
jueves, 12 de febrero de 2026
Lecturas: Pistoleros y terrorismo en la España de Alfonso XIII. Especímenes del hampa española (1914-1936) (Gerardo Muñoz Lorente)
Un libro que ofrece lo que promete. Nada menos. Pistoleros y terrorismo en la España de Alfonso XIII. Especímenes del hampa española (1914-1936). Nada menos. Conjugando las virtudes de un ensayo histórico con un buen pulso narrativo y con una buena documentación. Son sobre todo los años del pistolerismo en Barcelona, enfrentándose a tiros anarcosindicalistas y patronal a través de sindicatos libres apoyados por el Somatén y la policía.
Muñoz Lorente abre una ventana a un país que se suele mencionar de pasada, como antesala de la Guerra Civil, pero que aquí adquiere consistencia haciéndonos seguir a pistoleros como Tomás Cerdán, alias Pellicoco, el especialista en infiltraciones Honorio Feced, el comisario Bravo Portillo abocado a la tragedia, el falso barón Köening, la brutalidad del gobernador Martínez Anido, o en el campo de las víctimas el mítico Salvador Seguí, Noi del Sucre, o el abogado tullido Francesc Layret. Tal fue la furia de aquellos años que la Ciudad Condal llegó a ser escenario de dos o tres atentados diarios.
Muñoz Lorente no se limita a enumerar hechos: reconstruye atmósferas y traza el carácter de sus personajes a los que no juzga. Como sugiere el propio libro, España fue durante esos años un escenario donde se cruzaban idealismo, crimen y supervivencia en proporciones imprevisibles.
Hay algo profundamente inquietante en estas páginas: la sensación de que la Historia, con mayúscula, se construye muchas veces desde los márgenes, desde los callejones oscuros y las conspiraciones discretas. Muñoz Lorente logra que el lector perciba ese latido subterráneo. Nos recuerda que antes de 1936 ya existía un país fracturado, crispado, armado. Y lo hace sin estridencias.
Lo admirable es el equilibrio. El libro no cae en el sensacionalismo pese a la materia prima explosiva que maneja. Hay violencia, sí, pero también contexto; hay sangre, pero también análisis. El resultado es un retrato complejo y humano de una época que suele simplificarse en exceso. Aquella España terrible alcanzaría su paroxismo en la Guerra Civil.










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