Alivio. El Rey no ha muerto. Larga vida al Rey. A no ser que King intente en el futuro volver a las andadas. Es decir, esto no es La Torre Oscura. Esto no es Roland el cansino dando vueltas como una peonza defectuosa alrededor de su obsesión de cartón piedra. Esto es otra cosa. Esto, para ser exactos, es lo que uno esperaba encontrar cuando abrió por primera vez uno de esos libros gordos del señor King con la esperanza de que le contaran algo y no le dejaran con cara de haber sido estafado en una feria de pueblo.
Colorado Kid es un McGuffin. En el más puro sentido hitchcockiano del término: un objeto, un misterio, una cosa que importa muchísimo pero cuya resolución, en el fondo, importa bien poco. Lo que importa es el viaje hacia esa cosa. Y aquí, por fin, el viaje merece las alforjas. O las merece casi. Que tampoco vamos a pasarnos.
La novela, breve como debe ser y como King debería ser con más frecuencia, arranca en una pequeña isla de Maine donde dos veteranos periodistas de un periódico local le cuentan a su joven aprendiz el caso sin resolver de quien llaman Colorado Kid: un hombre aparecido muerto en la playa, sin explicación satisfactoria, con un trozo de emparedado en el esófago y sin que nadie supiera qué hacía ahí ni quién era. Punto. Eso es todo. No hay resolución. No hay culpable desenmascarado. No hay última página en la que el detective de turno reúne a todos en el salón y señala con el dedo. King tiene aquí el buen gusto y la honestidad intelectual de negarse a darnos lo que exigimos, porque lo que exigimos es, a menudo, una mentira cómoda, un consuelo, una recompensa más por el tiempo empleado que por el precio del libro.
No sé si King leyó a Chejov antes de escribir esto o si simplemente estaba de buen humor ese día. Pero el resultado tiene algo de cuento chejoviano: la historia que se cuenta es casi un pretexto para hablar de la memoria, de cómo recordamos lo que no entendemos, de por qué algunos misterios nos acompañan durante décadas sin que los hayamos resuelto ni queramos resolverlos del todo. Los dos periodistas viejos son un prodigio de economía narrativa. La chica joven funciona como el lector que somos nosotros: alguien que quiere respuestas y va aprendiendo, despacio, que las respuestas no siempre son lo mejor que puede darle la vida.
Hay aquí una modestia que en King, ay ay ay, suele brillar por su ausencia. Nada de páginas innecesarias, nada de subtramas que se enroscan sobre sí mismas como boas constrictoras, nada de universos paralelos ni ka-tets ni bilirrambos condenados. Una isla en la costa de Maine. Tres personas. Una historia que no se cierra. Y sin embargo uno termina el libro con esa sensación extraña de haber estado en algún sitio real, de haber conocido a gente que existe, de haber escuchado algo verdadero aunque incompleto.
Claro que hay trampa. La trampa es que King publicó originalmente este librito encantador en una colección que buscaba rescatar y renovar la literatura pulp de misterio americana, y el libro tiene esa textura de novela negra sin serlo del todo: el crimen sin criminal, la investigación sin inspector, el misterio sin solución. Una especie de anti-misterio perfectamente consciente de serlo. Lo cual no es poco.
Que le zurzan a Roland de Gilead. Colorado Kid es el King que me gusta recordar.


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