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sábado, 1 de marzo de 2025

Lecturas: El fin de la muerte (Cixin Liu)

 A quién no le ha pasado sentirse un impostor, estar de sobra donde no debiera, escuchando palabras que no le interesan y que acaso no entiende. Es lo que sucede con la lectura de esta conclusión de la sobrehumana trilogía de Cixin Liu. Que uno se queda en un rincón, pasando páginas, esperando oír algo que le interese, que entienda. Y no es el caso. Lástima de 734 páginas y tantas horas. La culpa seguramente sea mía, ya que soy de Letras puras, vieja escuela de Humanidades, siglo XX. Lo que aquí se cuenta, con personajes poco interesantes -pocos personajes menos atractivos que la protagonista, Cheng Xin-, llega hasta más allá de la desaparición del Sistema Solar al pasar de las tres dimensiones a sólo dos, y sitúa el fin de la narración en el año diecisiete mil millones. Con un par. Todo ello en un relato que empieza prometedoramente en el asedio de Constantinopla pero que pasa a lo habitual, a los comités científicos, la burocracia política, los esfuerzos para poner en marcha mecanismos que salven a la Tierra. Ello dará lugar al paso de diversas eras (la de la Crisis, la Disuasión, la Posdisuasión, la Retransmisión, del Búnker, Galáctica, del Dominio Negro para el Sistema DX3906 y línea temporal para el Universo 647). Ninguna conmueve, todas sobran, pocas se entienden. Pero, ya digo, no es que Cixin Liu no sepa escribir libros consistentes (lo consiguió en las dos anteriores entregas de la trilogía, y muy especialmente en la segunda). Es que yo no tengo la paciencia ni los conocimientos para haber disfrutado de este libro. Y como lectores menos curtidos, siempre me quedará la adaptación de Netflix.




jueves, 30 de enero de 2025

Lecturas: El bosque oscuro (Cixin Liu)

 Liu sigue pensando a lo grande y jugando con el lector. Basta con terminar este segundo volumen de la trilogía y asomarse a la lista de la Dramatis personae del tercer volumen, donde comprobamos que la narración alcanza muchísimos (pero muchísimos) miles de años para comprender que todo cuanto nos narra va mucho más allá, y que las peripecias de los vallados, bastante lamentable, poco importa, y que el desastre estelar de las últimas páginas será sólo un episodio insignificante desde la perspectiva relativista de los siglos y los milenios. Además, alrededor de la página 100 se incluye una imaginativa y delicada historia de amor alrededor del vallado Luo Ji que de repente nos descubre un autor dotado para los recovecos de las emociones. No todo van a ser partículas ni naves que se mueven a un 1% de la velocidad de la luz, ni rayos de plasma ni esas cosas tan frías y tan ajenas de puro complicadas. No es una obra maestra pero sí es un gran libro que compensa el esfuerzo del lector. El universo es un bosque oscuro en el que el sigilo, el silencio, garantiza por igual la supervivencia y la victoria. Un lugar aterrador e imprevisible. Ya me dirán dentro de miles y miles de años. O no. 



domingo, 29 de diciembre de 2024

Lecturas: El problema de los tres cuerpos (Cixin Liu)

 Hasta que hice una limpieza radical de mi disparatada biblioteca personal, pude presumir de tener una muy completa sección de ciencia ficción de la que fui un inconstante lector, más volcado en los títulos de Philip K. Dick, de bendita memoria, de Connie Willis o de Arthur C. Clarke y Ray Bradbury que de, digamos, Gregory Benford o William Gibson. Con lo que reconozco mi hartazgo de la ciencia ficción llamada dura o demasiado volcada en la ciencia. Antes de que se anunciara que Netflix iba a sacar una serie basada en la trilogía de Liu, me había fijado en el autor pensando que era sorprendente la existencia de autores chinos del género. Pero no me atreví a darle una oportunidad hasta que la serie (limitada por ahora a la primera novela) ya se había estrenado. Y antepuse la lectura al visionado. 


Entre las frases promocionales de la sobrecubierta, aparte de una paparruchada de Barack Obama, como si su opinión tuviera algún valor, se incluye una enormidad publicada en el Daily Mail: Esta lectura cambiará tu vida. Que ya es decir. Pues no, no cambia nada. Absolutamente nada. A lo más, deja una impresión agridulce en un lector, como es el caso, de formación estrictamente humanística: es un tostón científico de los que marean, pero es a la vez un artefacto narrativo ágil que permite que junto al alivio de haber superado lo árido del libro te queden ganas de sumergirte en el siguiente libro de esta trilogía. La serie de Netflix, mucho más ligera y más rica en matices psicológicos y emocionales, contribuye también a esa espera de una segunda temporada y a la voluntad de leer los demás títulos. En todo caso, este primer libro viene a ser una ampulosa obertura (que sonaría más a Schumann que a Wagner) para lo que se supone será un drama intenso y lento. Ya les contaré.


lunes, 29 de junio de 2020

Lecturas: Fin (David Monteagudo)

Fin engancha más que un matamoscas, y su misterio hace que uno queme tostadas, se caiga a alcantarillas e inunde pisos. Desde aquí puedo verles, lectores, empeñando televisores y juguetes del niño para ir a comprar Fin. Es una droga, una epidemia, este libro. No se lo pierdan. Este juicio, entusiasta y excesivo de Kiko Amat en La Vanguardia sirvió para que volviera a la librería de segunda mano y pidiera el libro de David Monteagudo mientras tenía en mente algún recuerdo de opiniones de lectores que en algún periódico en la red decía que estaba bien pero no es para tanto.

Pues está muy bien. Por mucho que el final abierto te deje desconcertado. ¿De qué va Fin, cuáles son sus méritos? Pues de un grupo de casi cincuentones que se reúne tras veinticinco años sin verse para cumplir una promesa de juventud. El lugar es un albergue rural apartado de casi todo. A las pocas horas, mientras se ponen al día de lo principal y aguardan y temen el regreso de un invitado que fue objeto de alguna broma pesada y degradante de la que no se dan detalles, irrumpe el elemento fantástico: el cielo estrellado parece una fotografía retocada y demasiado lleno de astros; además, el viento no sopla y todos los aparatos eléctricos, desde los mecheros a los móviles o el motor de explosión de los coches, dejan de funcionar. Al intentar volver a casa, a la normalidad desaparecida, comprobarán que todo indica que toda otra presencia humana ha desaparecido, que tampoco hay cadáveres ni nada que indique una catástrofe. En su lugar, abundan los animales, incluso los que no pertenecen a ese paisaje del interior de España. En actitud a veces hostil. En ese viaje por el silencio, van desapareciendo poco a poco los personajes, en un juego casi a los Diez negritos (¿se puede citar ese título sin que te tilden de racista?) de Agatha Christie.


Casi cada capítulo se encabeza por el nombre de quienes en él tienen voz. Así, el primero es Hugo-Cova, María-Ginés el segundo, Nieves-Amparo-Ibáñez el tercero, el cuarto  Maribel-Rafa, sigue con Hugo-Ginés y desemboca en la nómina completa: Amparo-Cova-María-Hugo-Ibáñez-Maribel-Nieves-Ginés-Rafa. Nueve nombres, nueve negritos. Diez con el ausente cuya presencia se espera y se teme. 

Con diálogos creíbles, que fluyen con facilidad, van manifestándose los puntos de fricción de antaño y hogaño. De manera que en esos primores de lo vulgar hay quien ha visto, con acierto, una actualización de El Jarama de Sánchez Ferlosio. También hay algo, aventuro, de El Ángel Exterminador de Buñuel. Novela apocalíptica sin apocalipsis, de peligros invisibles, literatura fantástica sin fantasía. Retrato del vacío y de la caducidad de los afectos, y novela de aventuras. Todo esto es, y no es, Fin

viernes, 31 de enero de 2020

Lecturas: Blitzkrieg! (Roberto Bartual)


A veces he escrito reseñas aquí de libros de autores con los que guardo una vieja amistad. Es el caso de María Elvira Roca Barea, de Antonio Soler o de Isabel Bono. Ahora le toca a un amigo muy querido, cuyas primeras creaciones seguí de cerca, escritas con un talento desmesurado: Roberto Bartual, de quien ya reseñé su ensayo sobre Jack Kirby. Y, lo lamento, reseño una novela suya, su primera ficción amplia, y muy ambiciosa, que no he llegado a comprender. Pero que, a la vez, me ha gustado porque aprecio su esfuerzo. Más bien, puedo decir que esta vez me gusta, como siempre e incluso un poco más, Roberto Bartual. Pero, arrojo al fin la máscara de la amabilidad y llamo vino al pan, no me ha gustado Blitzkrieg! Me explico.


                Cada capítulo se abre con una imagen y un texto explicativo de la misma que marcan el sentido de lo que le sigue. Así, se abre el libro con una foto de Eduardo VIII de Inglaterra, fechada en septiembre de 1939. Para el lector avezado en historia, se inicia un juego que se mantendrá hasta el final de la novela: Eduardo abdicó en su hermano Jorge VI en diciembre de 1936, por lo que desde ese primer pie de foto nos moveremos en el terreno de la ucronía. Y comienza bien, con novedosas armas nazis que devastan Londres más de lo que hicieron las V-1 y V-2, armas tras las que está la tecnología de Nikola Tesla. Asistiremos, pese a todo, a la derrota nazi a través de la tecnología que puede deberse a Edison o a Tesla. El clásico juego de superhéroes enfrentados tiene aquí la forma del duelo entre un Edison convertido en un ciborg inmortal y un Tesla fantasmal. Es obvio que ambos personajes ya habían desaparecido (Edison murió en 1931, Tesla en plena segunda Guerra Mundial, en 1943). La incredulidad del lector queda suspendida como sucede en el género de la ciencia ficción al que esta novela pertenece. Enseguida nos encontraremos con un diario escrito en Spandau por Albert Speer (el “nazi bueno” tan debatido), acompañado por Rudolf Hess. En la página 148 finaliza la primera parte de la novela, que es la que disfruté hasta lo indecible. Con la entrada en escena de Edison, de un Orson Welles que en esta visión ucrónica retrata en Ciudadano Kane a Edison, de Timothy Leary, de Hunter S. Thompson, de Kenneth Anger, de Robert Gordon Wasson y de Albert Hofmann, descarrila, para mí (y tal vez no para otros lectores) el libro. Que se hace psicodélico y confuso. La guerra de Vietnam no existe, siendo sustituida por un conflicto equivalente en Argelia, entra en danza la CIA con el proyecto MK-Ultra, la costa oeste es una tierra salvaje al cuidado de los profetas de la contracultura, y el LSD y las psilocibinas, el viaje en el tiempo es posible gracias a Tesla y los mundos paralelos son reales, con posibilidades como una presidencia de Leary con Speer en la vicrepresidencia. Además, hay bombardeos con cápsulas llenas de soldados muertos revividos y convertidos en zombies. La imaginación es desbordante. Pero ese desborde exige de lectores diferentes a mí. Al leer esta novela con creciente dificultad y placer decreciente, sigo admirando la audacia de Roberto Bartual a la vez que lamento haberme quedado fuera del camino. La próxima vez será.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Ficciones alternativas


Además del clásico de Philip K. Dick, quien en el delirante final de su vida, marcado por consumo de drogas y alucinaciones religiosas, llegó a creer que vivía realmente en un universo ucrónico en el que el Imperio Romano pervivía en el momento de su muerte en 1982, la ucronía como género literario dará en el siglo XX títulos tan interesantes como “Lo que el tiempo se llevó” (XXX) de Ward Moore en el que un viajero en el tiempo altera involuntariamente la Guerra de Secesión norteamericana llevando a la Confederación a la victoria (estos Estados Unidos son objeto de un una reciente película, “C.S.A. (Confederate States of America)” en la que se llega a mostrar, como en un falso documental, venta de esclavos a través de teletienda), “Patria” (1992) de Robert Harris, ambientada en la Alemania de los años 60 que sigue siendo nazi, al igual que sucede en la antología “Hitler victorioso: once relatos de la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial” (1988),  “Pavana” (1968) de Keith Roberts donde se muestran los efectos de una conquista española de Inglaterra gracias a la exitosa Armada Invencible, con el resultado de que la Revolución Industrial se da mucho más tardíamente y el peso de la Iglesia católica, Inquisición incluida, es abrumador. Acaba de aparecer en español “Britania Conquistada”, del especialista en el género Harry Turtledove, una ucronía muy sugerente y documentada en que la Invencible triunfa, España ha asentado su dominio en tierras inglesas, la reina Isabel I está prisionera en la Torre de Londres, los ánimos de los nacionalistas ingleses empiezan a inquietarse y el servicio de espionaje español encomienda una obra que alabe las virtudes de Felipe II que encarga a William Shakespeare al que se le sitúa, para comprobar su fidelidad a la monarquía hispánica, al capitán Lope de Vega. Por otro lado, las ucronías españolas tienen excelentes ejemplos en dos novelas de 1976,  “En el día de hoy” de Jesús Torbado y “El desfile de la victoria” de Fernando Díaz-Plaja, ambas bajo la premisa del triunfo republicano en nuestra Guerra Civil. La más reciente y valiosa, literariamente, de las ucronías viene de la mano de Philip Roth con su novela “La conjura contra América” en la que Roosevelt pierde las elecciones de 1940 y es elegido presidente Charles Lindbergh, que mantiene una política neutralista en la guerra, filonazi y atrozmente antisemita. 

                               CSA (Confederate States of America)

Ucronías: otro mundo es posible

[Hace algunas semanas publiqué en este blog un comentario sobre "Britania conquistada", una novela ucrónica de Harry Turtledove. Recupero aquí un artículo breve y otro extenso, publicados en diario Sur hacia septiembre de 2005, para conocer mejor ese género usualmente fascinante.]


Si éste no es el mejor de los mundos posibles, ¿entonces cuál lo es?
 Voltaire, “Cándido”, 1759

Un hombre escribe una novela en la que imagina que Japón y Alemania han perdido la Segunda Guerra Mundial. Mientras se escribe la novela, agentes de ambas potencias buscan al autor porque la encuentran subversiva, ya que fueron ambas naciones las verdaderas triunfadoras del conflicto y Estados Unidos está separado en dos zonas de ocupación, regidas por los vencedores. A grandes líneas, éste es el argumento de “El hombre en el castillo”, novela de Philip K. Dick publicada en 1962. Una ucronía que tiene como tema la negación de la misma. Pero antes de avanzar más allá, definamos qué significa tal palabra.

Según un artículo de Gilberto Quintero Ramírez, la definición sería la siguiente: “Dícese de la literatura que especula sobre mundos alternativos en los cuales los hechos históricos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos”. El término fue acuñado por Charles Renouvier en su libro de 1876 “Ucronía (La utopía en la Historia). Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea del modo que no ha pasado pero que podría pasar”, con la distinción de que si utopía es lo que no existe en ningún lugar, ucronía es lo que no existe en ningún tiempo. Así, la ucronía pertenece de lleno a la literatura especulativa, pero no sólo a la literatura sino a la historiografía, al ser en ella misma donde tiene su primera manifestación y en la que ha tenido sus últimas manifestaciones de reconocimiento oficial. Así, la primera ucronía conocida la recoge Tito Livio en el noveno libro de su clásica “Historia de Roma desde su fundación” al contemplar la posibilidad de que Alejandro Magno hubiera llevado sus anhelos de conquista hasta atacar Roma en el siglo IV a. C. No es raro que una ucronía pueda, por tanto, desembocar, y hasta confundirse a veces, en una utopía, ya que cada cambio histórico puede dar lugar a cambios socialesy políticos más que destacables y no siempre negativos.


Siglo XIX

Tras la conmoción que supusieron las guerras napoleónicas, en pleno romanticismo y poco después de que Mary Shelley hubiera dado lugar al nacimiento oficial del género que hoy llamamos ciencia ficción (en el que suelen encuadrarse las ucronías como un subgénero) con su novela “Frankenstein o el Moderno Prometeo” (1816), el autor francés  Louis Napoléon Geoffroy-Château publicó en 1836 el libro “Napoleón y la conquista del mundo, 1812-1823: Historia de la Monarquía Universal” en la que imaginaba el triunfo absoluto de Bonaparte tras haber decidido abandonar la campaña de Rusia antes de que el invierno de 1812 marcara su primer gran revés y el inicio de su caída. El atractivo de esta propuesta para el nacionalismo francés dio lugar a diversas obras en las que a partir de estos postulados se creaban nuevas e imaginarias biografías de Napoleón. En el ámbito anglosajón el género nacería en 1846 con el relato de Nathaniel Hawthorne “P.S. Correspondence”, aunque habría de esperar a 1895 para que Castello Holford  publicara la primera novela en inglés, “Aristopía. Una novela-historia del Nuevo Mundo”, en la que el masivo descubrimiento de oro por parte de los primeros colonos de Norteamérica da lugar a una sociedad utópica.


Siglo XX

Las ucronías no tardaron en convertirse en una moda de rápido, aunque restringido, éxito, cuyo siguiente hito sería, continuando con las teorías napoleónicas, el ensayo, de 1907, escrito por el historiador británico George Macaulay Trevelyan sobre si Bonaparte hubiera ganado la batalla de Waterloo, lo que coinduce al Reino Unido al “trillado camino de la tiranía y el oscurantismo”. Pero el verdadero éxito “académico” de las ucronías llegará en 1932 con la obra editada por John  Collings Squire “Si hubiera sucedido de otra manera. Lapsus de Historia Imaginaria” en la que escritores y periodistas de prestigio aventuraban sus propias historias alternativas. Así, Philip Guedalla imaginaba una España en la que los árabes hubieran vencido a la Reconquista y que en el siglo XVIII se convierte en un imperio musulmán, o Chesterton imagina la boda de Don Juan de Austria con María Estuardo, H. A. L. Fischer imagina a Napoleón escapando a América y uniéndose a Bolívar, Harold Nicolson sitúa a Lord Byron como rey de Grecia, Milton Waldman conjetura lo que hubiera pasado si Lincoln hubiera sobrevivido a su magnicidio, André Maurois inventa una Francia sin revolución gracias a la imaginada valentía de Luis XVI y el propio Winston Churchill da una vuelta de tuerca al ponerse en la piel de un historiador norteamericano y sudista, en unos Estados Unidos en que los confederados habrían ganado la guerra, que elucubra cómo sería el país si hubieran sido las tropas del Norte las vencedoras. Como se ve, el germen de la idea de la novela de Philip K. Dick está en esta fantasía de Churchill. Más imaginativa literariamente es la hipótesis escrita por el propio Squire acerca de qué hubiera pasado si en 1930 se hubiera descubierto que Sir Francis Bacon fue el verdadero autor de las obras de Shakespeare. Y además, Shakespeare sería el autor de las obras de Bacon.



Bajo el influjo de Clío

La historiografía reciente se ha ocupado también de este juego, o ejercicio, de la ucronía, en dos libros recientes,  “Historia virtual. ¿Qué hubiera pasado si...?” (1998), editado por Niall Ferguson en el que historiadores de diversos países imaginan con el mayor rigor alternativas entre las que las más sugerentes son la inexistencia de la Independencia de Estados Unidos, de la Guerra Civil Española y del derrumbe del comunismo, así como la invasión nazi de Inglaterra, e “Historia virtual de España (1870) ¿Qué hubiera pasado si...” (2004) en el que se va desde el no asesinato de Prim hasta el no apoyo de Aznar a la invasión de Irak, pasando por el hipotético rechazo de Alfonso XIII al golpe de Primo de Rivera, la participación española en la Segunda Guerra Mundial y la supervivencia de Carrero Blanco.

martes, 19 de agosto de 2014

Lecturas: Britania conquistada (Harry Turtledove)

La ucronía no puede ser complaciente, boba, previsible. Si se nos ofrece una ficción, debe abandonar el corsé académico, no quedarse en el resultado de un encargo infantil de redacción. Imaginemos un colegio inglés. Corbatitas y pecas. A ver, niños, el tema es: ¿qué hubiera pasado si la Armada Invencible hubiera triunfado? Y los escolares se dedican a decir que Inglaterra hubiera estado muy mal, que los malvados papistas habrían instaurado la Inquisición. Que es justamente lo que Turtledoe hace aquí, y buscando un final feliz, como si de un escolar bienintencionado y patriótico, se le ocurre devolver las aguas a su cauce, restaurar la historia y hacer que los malvados españoles sean rechazados y restaurada en el trono la reina Isabel I. Una novela muy mala de un autor del que ya había disfrutado otra novela ucrónica, "En presencia de mis enemigos", que partía de una victoria nazi en la Segunda Guerra Mundial. El recuerdo de la magnífica novela (aunque es casi una sucesión de relatos) "Pavana" de Keith Roberts sobre las consecuencias, a partir del siglo XIX, de la conquista española de Inglaterra, hacía que el libro de Turtledove se presentara especialmente seductor.


Aquí, sin embargo, todo es tonto y desaprovechado. La trama se basa en que las autoridades españolas le proponen a Shakespeare que redacte un drama sobre Felipe II para ser representado cuando, en breve, el Rey Prudente muera. El barón de Burghley, Willian Cecil, que vive en la clandestinidad, le hace otro encargo, un drama épico sobre Boadicea y su rebelión contra los romanos. Como responsable de vigilar de cerca al dramaturgo, los españoles buscan otro compañero de pluma: el teniente Lope de Vega, que en sus peripecias llegará incluso a matar, en una pelea con armas blancas, al mismísimo Christopher Marlowe. Algo tan prometedor (y tan bizarro, si incluye episodios como el combate Lope/Marlowe) queda anulado por la impericia del autor. Y me refiero a Turtledoe, que logra una novela fallida con un desenlace mejorablemente mejorable, idiotamente idiota, al que añade un capítulo de cierre prescindible que es otro canto al almíbar y la tontería. Qué lástima de libro. Qué horas malgastadas. Que el título original, Ruled Britannia, trasunto del Rule Britannia musicado por Thomas Arne sea lo más original del volumen resulta no alarmante sino triste, muy triste. Para esto, mejor fue que los barcos se hundieran...


viernes, 15 de noviembre de 2013

Lecturas: La mujer del viajero en el tiempo (Audrey Niffenegger)

Alguna vez he hablado, en este blog de libros ingratos y de otros cuya lectura es placentera. De libros que te muerden encabronados y de otros que se dejan acariciar. Este es el caso de la novela de Audrey Niffenegger, comprada hace unos años por aquello de mi gusto por la ciencia ficción y guardada durante ocho años en la segunda fila de un anaquel atestado. El capricho ha hecho que abriera el volumen de 601 páginas en tapa dura. Ha sido, fue, una buena elección. En vez de la acostumbrada teoría enrevesada sobre viajes en el tiempo, el gran aparato sofisticado y árido, con el infaltable gato de Schrodinger y la cuántica, en vez de todo eso, de esa aridez de la cf hard, lo que hay aquí es cotidianidad, vida, afectos. Y todo ello funciona, dando calor a una historia que no es del todo fantaciencia.



Se cuenta aquí básicamente la historia en común de Henry y Clare, una pareja norteamericana en la que él, bibliotecario, es 8 años mayor y tiene una enfermedad que consiste en que, sin poder controlarlo, viaja en el tiempo, habitualmente al pasado, sin poder elegir el instante de destino. Así, conoce a Clare cuando ésta tiene seis años y él tiene 36. Es en 1977. Pero de igual modo puede pasar que coincidan teniendo ella 20 y él 28. O que Henry viaje a un momento de su pasado en el que se encuentra consigo mismo, como es el episodio en que Henry, dividido en dos cuerpo, tiene 5 y tiene 24 años. O puede estar consigo mismo después de viajar un par de semanas en el pasado. No se se intenta explicar el fenómeno a través de trastornos moleculares ni nada de eso. Henry es viajero en el tiempo como podría ser celiaco. Una lata. Clare es quien aguarda el regreso cuando él viaja. Clare es quien siendo niña o adolescente aguarda el momento del futuro en el que verdaderamente se conocerán y empezarán una vida en común. Pensar en la Penélope del viajero Ulises no es osado.

Pero no, a pesar de todos estos saltos, de tantas posibilidades para paradojas, ésta no es una novela de ciencia ficción, sino una gran, tierna e intensa historia de amor. Hay una película basada en este libro. Dicen que es mala, que no tuvo éxito. No debe extrañar. Tampoco importa. Es un libro tan lleno de matices, de diálogos ingeniosos y a la vez sencillos, tan pleno de encanto (aunque el final de la historia no esté en exceso bien resuelto, y lo sentimental se exacerba), que toda adaptación al cine debe ser fallida. A no ser que se unieran JJ Abrams (el del último y desconcertante episodio de Lost) y tal vez Woody Allen que a su vez fuera un fan de Antonio Mercero y Jaime de Armiñán. Algo así. En todo caso, bravo por Niffenegger.

viernes, 20 de julio de 2012

Frederik Pohl, brillante como una estrella

                [Artículo publicado en diario Sur el 20 de noviembre de 2009]
         Frederik Pohl  es un escritor cuyo nombre es ajeno a la fama común, pero que es admirado por un público fiel y numeroso. Este 26 de noviembre cumple 90 años. Y sabemos lo que hará ese día: escribir cuatro páginas. Las mismas que escribirá hoy, las que escribirá mañana. Su único truco literario es la disciplina de redactar ese número de páginas cada día, independientemente de cómo y dónde esté. El género literario al que dedica su energía, la Ciencia Ficción, es la causa de que no sea conocido para las masas. Sirva este artículo para homenajear a una mente fértil y singular y que mantiene, con humildad y dedicación, su propio blog: http://www.thewaythefutureblogs.com.
1938, cuando ser futuriano era ser joven:
 Frederik Pohl, en el centro,
con Donald A. Wollhweim y John Michell.

                Los Futurianos
                O lo que es lo mismo, “The Futurians”, es el nombre de un grupo de aficionados a la Ciencia Ficción que se formó en Nueva York en 1937 y del que formaron parte, en aquellos momentos en que el género era pasto de entrañables revistas baratas plenas de ingenuos y pavorosos sueños. Del grupo saldrían algunos de los más importantes  autores y editores de los años venideros. Pohl era uno de ellos, y junto a él figuraban, citando sólo los más notorios, Isaac Asimov, C. M. Kornbluth, James Blish, Damon Knight y Larry Shaw. Marcados por una ideología política progresista, sus utopías serían corregidas por los hechos históricos.
                Editor
                Pohl, volcado en la dignificación de la CF, sería un esforzado editor, dirigiendo simultáneamente, en 1940 (con 19 años), dos revistas del género, “Astonishing Stories” y “Super Science Stories”, que pronto cerrarían ante la necesidad de volver las mentes a lo que verdaderamente importaba: la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. De vuelta a la normalidad, Pohl se convirtió en agente literario (Isaac Asimov debe gran parte de su prestigio al agente Pohl) y, al llegar la década de los 50, en autor. Sin tener nunca tuvo una formación académica destacable, será un esforzado autodidacta, de forma que sus saberes le abrirán en 1982 las puertas de la Asociación Norteamericana para el Progreso de la Ciencia.
                Con todo, Frederik Pohl aportará al género una visión sociológica, rondando lo político, con resultados tan deslumbrantes como su obra maestra  de 1953, “Mercaderes del espacio”,  escrita en colaboración con el malogrado (moriría con 35 años) Kornbluth y que es un libro extremadamente serio y a la vez una punzante sátira social. En esta fase de los 50, los del apogeo del cine del género, que aquí al lado analiza Miguel Ángel Oeste, eclosiona el genio de Pohl. En esta década escribe el maravilloso relato “El túnel bajo el mundo”, incluido en su libro de 1956 “Corrientes alternas” que John Clute glosa y recomienda así: “es un magistral ejercicio sobre la paranoia, donde un hombre revive el mismo día una y otra vez para probar varios eslóganes de publicidad. Hay historias que se introducen bajo la piel y se clavan en la mente para siempre”.  No es baladí señalar que Pohl también trabajó en una agencia de publicidad. Son años en los que colabora con Kornbluth y al escribir historias del espacio pone de relieve los riesgos del conformismo cotidiano. Pero esta fase de su carrera llega a un parón entre 1961 y 1969, cuando se convierte en director de las revistas “If” y también de “Galaxy”, que pasarán a ser las principales del género en Estados Unidos y que tras Pohl languidecerán hasta cerrar en 1974 y 1980.

Una de las modestas joyas de mi biblioteca:
un Galaxy de enero de 1955


                Renacer en la madurez
                Libre para crear, en esta segunda fase Pohl se mantiene en la primera línea de la innovación. “Homo Plus” (1976), y la primera entrega de la saga de los Heeche, “Pórtico” (1977), son obras maestras indudables. Pero también obras tan disímiles como “El día que llegaron los marcianos” (1988), en la que las pueriles ilusiones de los humanos son más ridículas que los marcianos, reducidos a ser poco más que unas torpes focas con bracitos enclenques, y “El mundo al final del tiempo” (1990), una abrumadora historia en la que durante miles y miles de años convergen las vidas de un humano y de una tortuosa entidad de plasma en una historia de sueños rotos y de supervivencia. Tal vez el mejor y más conciso resumen de esta etapa actual de Pohl sea el que John Clute expone en una nueva incitación a la lectura de este clásico vivo: “Su obra maestra es probablemente “Pórtico”, un relato exuberante donde la humanidad tiene una oportunidad de conquistar las estrellas. “JEM” es una vívida utopía. “Los años de la ciudad” es una ferviente súplica por la vida urbana. “Chernobyl” aplica una aguda mente de CF al desastre ruso. “El mundo al final del tiempo” abarca miles de millones de años y de universos. “Outnumbering the Dead” trata de un mortal en tierra de inmortales. La última parte de su carrera es la más brillante”.


                Reconocimiento
                 Su labor como editor y autor llevó a Pohl a presidir entre 1974 y 1976 la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de América, pero también le ha hecho acumular el Premio del Libro Americano (no circunscrito a la Ciencia Ficción sino a la literatura general) y los principales premios del género: el Nébula (comparado a menudo con el Nobel, lo ha ganado tres veces, una de ellas en reconocimiento a su carrera como Gran Maestro), el Hugo (seis veces), el  John W. Campbell (dos veces). Kingsley Amis, padre de Martin Amis y cultor del género, llegó a escribir que “Frederik Pohl es el escritor más consistentemente capaz que la Ciencia Ficción en su forma moderna ha producido”. No le falta razón.  
                Miquel Barceló (que no debe ser confundido con el pintor balear), uno de los mayores especialistas en el género y autor de una debatida pero clásica e ineludible “Guía de Lectura” de Ciencia Ficción, es concluyente en su juicio sobre el autor. Sus palabras merecen ser corroboradas por una incursión en cualquier librería, en la que “Pórtico”, “Mercaderes del espacio”, o “El encuentro” y los libros de la saga de los Heeche aguardan una oportunidad: “En mi opinión personal, tal vez no haya en la ciencia ficción nadie con la capacidad, la inteligencia y la disciplina de Pohl. Su obra como fan, autor, agente y editor ha sido de gran influencia en todos los campos de la ciencia ficción”.

jueves, 19 de julio de 2012

ARTHUR C. CLARKE: EL SOÑADOR CUMPLE 90 AÑOS

Este hombre que cumple 90 años dentro de dos días tiene el título de Sir, se le buscan entrevistas que apenas concede y se le pregunta, como si viera el futuro, por el porvenir de este planeta achacoso, martirizado por el calentamiento global y amenazado de ataques. Ahora mismo está en las librerías su última novela, “El ojo del tiempo”, escrita en colaboración con Stephen Baxter, y que demuestra que las facultades del autor británico no han desaparecido con la edad.

Es un caso extraño el de Sir Arthur Charles Clarke, Arthur C. Clarke para la historia de las letras, pues es uno de esos nombres, junto a Isaac Asimov y poco más, que es conocido por todo amante o aficionado a la literatura cuando se ha dedicado escrupulosamente al género de la ciencia ficción. Por ello, a la vez que llegan los homenajes y las evocaciones en masa, dediquemos estas páginas a glosar al gran superviviente de la edad de oro del género que se esfuerza en dibujarnos un futuro imperfecto que vamos evadiendo con nuestro presente imperfecto.


Radicado en Sri Lanka desde 1956, comparte con alguien tan insospechado como Ernesto Sábato (en activo a sus 96 años cumplidos) el hecho de haberse dedicado a la ciencia antes de abandonarla para dedicarse únicamente a la literatura. De hecho, el primer libro publicado por Clarke es “Vuelo interplanetario. Una introducción a la Astronáutica”, publicado en 1950 y premiado por la UNESCO en 1962. Su actividad literaria, con todo, comenzó a finales de los años 30, siendo de 1937 su primer relato de ciencia ficción, con ensayos y artículos científicos que serán interrumpidos en el periodo 1941-1946, cuando sirva en la RAF participando como especialista en radares en la Segunda Guerra Mundial. Es entonces cuando empieza a compaginar la ciencia con la ciencia ficción. Muestra de ello es que en 1945 predice en un ensayo lo que mucho más tarde será el satélite de comunicaciones geosincrónico y en 1946 publica su primer relato importante del género que, por entonces, se consideraba algo escapista, hecho para mentes candorosas. Dentro de su actividad científica, es curiosa su presencia en Barcelona en 1957 dentro del comité británico participante en el VIII Congreso Internacional de Astronáutica, que coincide con el lanzamiento del Sputnik Unon por la URSS.

Este caso de científico que soñaba con aventuras estelares terminará convirtiéndose en el de un soñador sin paliativos gracias a una película, analizada en estas páginas por Juan Antonio Vigar, convertida en una de las más enigmáticas, más abiertas, más sugerentes, de la historia del cine: “2001, una odisea del espacio”.   Por lo tanto, poco se hablará aquí del monolito, de la película y de la breve novela que Clarke fue escribiendo a medida que el proyecto de Kubrick maduraba. Clarke es responsable de indiscutibles obras maestras como “El fin de la infancia” (1953) y el ciclo iniciado con “Cita con Rama” (1973).

En la primera de estas novelas, la Tierra recibe la visita de los extraterrestres, que ocultan en todo momento su apariencia y garantizan un periodo de prosperidad y paz como nunca se había conocido. El acceso a su aspecto quedará aplazado por cincuenta años según se acuerda con el secretario general de Naciones Unidas, convertido en interlocutor con ellos. Los detalles de la trama de este libro altísimamente recomendable no serán desvelados aquí. En todo caso, se trata de una fábula moral y de una amarga reflexión acerca de la esperanza. Tiene los componentes necesarios para que pueda ser leída desde una clave religiosa, tal como sucede, por poner un ejemplo notorio, con “Contacto” de Carl Sagan. El punto de vista de Clarke, con todo, no deja tanto espacio a la posibilidad del optimismo. 

“Cita con Rama” tiene el privilegio de ser una de las novelas más premiadas del género, al haber recibido los premios Nébula, Júpiter, Hugo, Locus, John W. Campbell y el de la Asociación Británica de Ciencia Ficción. Todo ello solamente con la primera novela del ciclo, continuado en 1989, 1991 y 1993 en colaboración con Gentry Lee. Para los no iniciados, cabe indicar que el Premio Hugo es equiparado al Nobel dentro del género, ganándolo también Clarke en 1980 por “Fuentes del paraíso” (un libro en el que se trata de la construcción de un puente sobre el Estrecho de Gibraltar y de una “torre orbital” que lleve al hombre hacia un satélite; por medio, nuevamente los sentimientos religiosos tienen un papel fundamental). Un enorme artefacto extraterrestre, de dimensiones gigantescas es detectado en el siglo XXII. Una misión terrestre se encargará de explorar el gigantesco artefacto. El sentido de extrañeza, de maravilla, de incertidumbre, de finitud ante lo aparentemente infinito, de fragilidad ante lo que parece inalterable y eterno, nunca ha sido tan bien expresado. Esta sensación coincide con una de las “leyes de Clarke”, la tercera, según la cual la tecnología, a medida que vaya creciendo, se irá haciendo indistinguible de la magia.

Las otras tres leyes, surgidas entre 1962 y 1999, resumen el pensamiento del veterano científico y escritor: Primera: “Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado”. Segunda: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible”. Cuarta: “Frente a cada experto, existe otro experto igual y opuesto”.

En justicia, deben señalarse ciertos puntos oscuros ante quien es el último clásico vivo de uno de los géneros literarios más ricos en posibilidades y más incomprendidos. En 1998, Clarke fue nombrado caballero por el Príncipe Carlos de Inglaterra en el curso de una visita a Sri Lanka. El sensacionalista “The Daily Mirror” argumentó en su contra una turbia historia de pedofilia, ante lo que, a petición del autor, se detuvo el procedimiento de investidura de la alta dignidad honorífica hasta que la verdad quedara establecida. Una detallada investigación de la justicia de Sri Lanka determinó la absoluta inocencia de Clarke, y el periódico difamador publicó la necesaria rectificación. El 26 de mayo de 2000 sería finalmente investido como Sir Arthur Charles Clarke, caballero de la Orden del Imperio Británico. Por otra parte, es de rigor reconocer que algunas de las obras escritas en colaboración desde 1991 no tienen el nivel esperable de un maestro tan veterano. Con todo, y gracias a todo, Clarke sigue siendo el gran y último clásico vivo de la ciencia ficción. Con honores. Y con honor.

Artículo publicado en diario Sur el 14 de diciembre de 2007