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domingo, 27 de abril de 2025

Lecturas: Teoría del majarón malagueño (Alfonso Vázquez)

 Hace dieciocho años, cuando fue publicado, este libro se comentó y celebró y vendió mucho en Málaga. Ahora, en un relanzamiento, ha conocido su cuarta edición. El éxito se basa en el estilo amable y ameno, chispeante no pocas veces, de Vázquez, muy conocido por sus artículos de denuncia, plenos de socarronería, en La Opinión de Málaga. Leído ahora el libro, no es una teoría ni se ocupa sólo del "majarón" malagueño. Y se acompaña de una miscelánea de asuntos locales, tratados desde el humor, que convierten, salvando las distancias, este volumen en una reelaboración de las Escenas Matritenses de Ramón de Mesonero Romanos. 



Vázquez ofrece un divertimento en el que el majarón no es del todo tipificado, y es acompañado de otras dos figuras malacitanas: el merdellón y el temible chusmón. Postales costumbristas livianas. Sólo para malagueños, me temo.  

lunes, 23 de septiembre de 2024

Lecturas: Eso no estaba en mi libro de Historia de Málaga (Alberto J. Palomo Cruz)

 Entre mis defectos se cuenta ser malagueño. Lo que es también una virtud: el malagueño no se vanagloria de su naturaleza, no lo considera un mérito. Es una de las ciudades más antiguas de Occidente (sólo superada por Cádiz y Huelva, aunque los últimos descubrimientos, muy recientes, demuestran que ya estaba habitada en el Calcolítico, lo que la situaría bastante por delante en esa vanidosa clasificación), y una Historia tan extensa da para mucho. Este libro curioso y entretenido, aunque medianito, cumple con lo que promete, pero deja fuera momentos interesantes del devenir de Málaga que también deben guardar un dato curioso. Así, de este libro me ha sorprendido la hipotética filiación malaguita de la hipotética esposa de Poncio Pilato, la relación con la ciudad del padre de Santa Teresa de Jesús y poco más. Que no se nombren episodios como la Guerra de Independencia, la masacre de Torrijos (con la posible intervención de Lord Tennyson hasta el sacrificio final que sí recoge Galdós, la Guerra Civil, la historia del Hospital de Santo Tomás, o la de los camposantos locales, el terremoto de 1884 o el episodio de las Hipolitinas quedan fuera. Cada libro tiene su autor y su criterio, su labor de selección con renuncias dolorosas. Nada que objetar. Pero poco que disfrutar en mi caso.




lunes, 31 de julio de 2023

Lecturas: Las vestiduras recamadas (Salvador González Anaya)

 Fue popular entonces, y hasta alcalde de su ciudad natal. Y miembro de la Real Academia Española. Hoy su casa natal desapareció, por mucho que fuera paredaña con la de otro prócer malagueño de mayor alcance: Antonio Cánovas del Castillo. Cuya casa también sucumbió no hace demasiadas décadas. Aquello de la patria y los profetas, de la ciudad madrastra y sin memoria y por ello sin honor. Málaga, ay. 

Pues he aquí una memoria, la de unos sucesos y la de un autor. La de la quema de los conventos e iglesias en mayo de 1931, mal recibe una República a los creyentes, y González Anaya tan pasto del olvido. Los sucesos han sido bien investigados en la historiografía local, aunque olvidados por las generaciones jóvenes que no se preguntan, porque no lo saben, por qué las tallas que se procesionan en la ciudad cada Semana Santa tienen abrumadoramente una datación de posguerra. Porque hubo malagueños que salieron a quemar los templos y los conventos, todo lo que se prestara a la demagogia airada. En todo caso, éste es un libro-reportaje, que tomando como pretexto la vivencia de una familia en cuyo seno se debaten la piedad y el ateísmo militante vivirá una dinámica que en los últimos párrafos se resuelve en un crimen sorprendente de fácil lectura simbólica. Pero que da lugar a una detallada descripción de la última Semana Santa malacitana de la monarquía alfonsina, en la que no falta el costumbrismo diestramente mezclado con irreverencias y lenguaje desusado, elaborado a veces hasta el extremo, lo que da a esa descripción, cofradía por cofradía, aroma añejo de NO-DO, y su correlato apocalíptico y también menudo, con especial relieve concedido al asalto e incendio del Palacio Episcopal y de la parroquia de Santo Domingo, la del Cristo de la Buena Muerte de Pedro de Mena. 

Como en una película de catástrofes, son los acontecimientos de ese mayo iconoclasta lo que justifica el libro, lo que todo lector avisado aguarda. Lo que precede y sucede tiene un interés secundario. Por mucho que González Anaya se esmere en una escritura más que elaborada aunque ello le haga perder la atención del lector. Con todo, nos encontramos con un título cuya lectura merece la pena. Se comparta o no el paisanaje y el paisaje con esta ciudad de solares, cemento y bullanga. Y olvido.



miércoles, 17 de noviembre de 2021

Lecturas: Arena (Miguel Ángel Oeste)

 Ya en su primera novela, Bobby Logan (2011), Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973), presentaba  sus coordenadas narrativas: juventud y personajes que se relacionan en los años 80-90 en los barrios de Pedregalejo-El Palo de Málaga. Tal vez porque es joven aún, adentrándose en una madurez personal y literaria que demostró en su segunda ficción, Far Leys (2014) que giraba en torno al cantautor maldito Nick Drake, vuelve a su lugar natural.

Aviso que es una novela que te deja sin aliento y con mal cuerpo. Y lleno de admiración , con ganas de aplaudir al autor y sacarlo a hombros. Por las playas de Pedregalejo, pero a hombros. Y de besar la cubierta del libro (una costumbre, la del beso en el libro, que mantengo sólo con los que merecen la pena). Admirando el ritmo sincopado del primer cuarto (aproximadamente) de la novela: frases cortas, secas. Trallazos. A lo, digamos, Palahniuk, como focos estroboscópicos hipnóticos en una discoteca destinada a hacer alucinar a los danzantes que vociferan. Aunque, como en el tango de Homero Manzi, parezca que La pista se ha poblado al ruido de la orquesta / se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín... Son enérgicas sus descripciones de sudor y alucinación, carne joven y desesperada, a las que se unen insertos de imágenes, metáforas, recuerdos, saltando como peces en el horizonte. Hay tanta verdad en Bruno, narrador en primera persona y protagonista absoluto, que el lector no puede dejar de empatizar con él, por muy dominado que esté por pulsiones que pueden ser nocivas y dejarse seducir por la voluble Reyes  y sentirse harto de la presencia del Manco, Pipo, el Bocina, los amigos de todos. Y atraído por ese Diógenes en su tinaja que es el Pérez, que es más un sabio estoico que un cínico.



Con todo, por mucho alcohol y porros y pastillas y coca, vive en Bruno, sobrevive, una lucha por la pureza, por la inocencia, por mucho que Bruno se sepa impuro, arrastrando sus heridas y su desaliento, por querer escapar de esas páginas y ese pasado. Bruno quiere sobrevivir, salir de ahí, de esas circunstancias, de esa historia, de esas páginas, aunque sea montado sobre una ola. Como dijo Rimbaud, “sé que la carne es triste, y yo he leído todos los libros”. Aunque no hace mucho alarde de saberes, más allá de la cultura popular, la alusión final a Tender is the night de nuestro padre y maestro Fitzgerald, nos sitúa, nos lo sitúa, en otro nivel. En alguien muy distinto al resto de la pandilla.

Más adelante, aunque la narración siga siendo veloz, la frase amansa su ritmo, pero sin caer en recovecos barrocos. Se hace, no sé, más barojiana. Y mantiene con maestría esa tensión que enmascara la memoria de sucesos de infancia en otro lugar de la costa malagueña, Calahonda, haciendo que vaya asomando el desastre vital de los padres, su capacidad de hacer infeliz a un inocente. Oeste nos presenta, en un visto y no visto, los aletazos de la memoria de un episodio del pasado, carnal y angustiante. Consigues que el olor a los cigarrillos y a la colonia Lacoste nos ponga en alerta desde los primeros capítulos, más adelante desaparece y nos deja con la duda de si el verdugo de esa inocencia casi olvidada es el padre o Albor. Y al final, el mazazo, la rendición. El lector cierra el libro con pena, desolación, estupor. Y admiración por el talento narrativo de Miguel Ángel Oeste.



¿Desean pruebas? ¿Quieren probar la mercancía antes de comprarla? Allá van.

Mientras culmina una fallida operación de narcotráfico en el Campo de Gibraltar, Bruno rememora:

Desde Calahonda dormía mal. Aquel fue el verano en que comenzaron las sombras. El olor a pieles mezcladas, un vaso con un líquido parduzco abandonado en la mesita de noche, orientarme en la mañana, aturdido, sin descifrar las causas, los detalles que cada mañana descubro en la nube por la que transita la cabeza, aceites, vaselina, cintas de cuero, un cenicero con colillas, blísteres metálicos arrugados y vacíos, retrocedo y corro hacia atrás, aunque me resulta más complicado que hacerlo hacia delante, y a medida que transcurren las horas, conforme el día avanza, parece que me recupero, que vuelvo a ser yo, con lo que eso signifique.

Y al fin golpes.

Sombras. Que invaden, que invaden. Un narrador que huye hacia atrás, arañando una memoria que desearía no tener, que intenta ser él mismo. Éste es el universo Oeste, del salvaje y dulce Oeste.

Algo más adelante, tras una escena de sexo chungo y angustiante:

Los sueños como rayas.

Los sueños que dejaban de brillar a medida que descendías por las grietas profundas.

Recuerdos o mentiras, me costaba diferenciar una cosa de otra.

Así es, en la conciencia alterada del joven Bruno se confunden mentiras, memoria, deseo.

A continuación hace un ejercicio magistral de descripción en collage de elementos objetivos y subjetivos:

Los gemidos, el olor, la presión, el sufrimiento, las ganas de vomitar para sentirme mejor, el terror en mitad de la noche y mi padreen la cama para arroparme, ¿o ya estaba allí?, las demás respiraciones, ¿o era la mía?, un golpe seco en el estómago, los gritos y los brazos moviéndose en un caos indescifrable, ¿dónde me encontraba?, un dolor en la mejilla, hincado de rodillas, la cara en el suelo, encogido, culebras traspasándome, entrando por los orificios, dando latigazos, perforando, reptando, la mano de mi padre en la frente, mi mano en la frente mientras con la otra me sostenía al inodoro y echaba a los polizones y escuchaba la ira de Reyes y a los demás y me derrumbaba, apagándome, fuera de mí, de foco, en algún sitio protegido de los recuerdos que infectaban los pensamientos diarios.

Es una novela que juega entre un presente fingido situado alrededor de 1982 que evoca Bruno desde un periodo posterior, que oscila entre las luces cegadoras de la violenta luz de Málaga, deslumbrante y salitrosa, y la noche de jadeos y reggae y discos y pirulas. Entre el inconfeso afán de recuperar la inocencia de antes de Calahonda. Pero no habrá misericordia. La realidad es así de cabrona y el final es desalentador. Entre ese montón de penas, y vuelvo a recurrir a Manzi, se puede decirle a Oeste que a pesar de la crueldad de la historia, La gente se te arrima con su montón de penas /y tú las acaricias casi con un temblor... / Te duele como propia la cicatriz ajena: / aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor. Y concluyendo esta reseña y el tango, miro a los ojos honestos de Miguel Ángel Oeste y sibilinamente le canto: ¿No ves que están bailando? /¿No ves que están de fiesta?/Vamos, que todo duele, viejo Discepolín...

 


 

martes, 27 de noviembre de 2018

Lecturas: Sur (Antonio Soler)




Hay chicharras que se oyen en las tardes malagueñas de verano. Pero desaparecen en los días de terral, ese viento que los guías turísticos dicen que viene del desierto del Sahara pero que se forma en las montañas que rodean a Málaga por una interacción con el mar y es primo hermano del foehn de los Alpes. En mitad del terral, de un día de verano, sitúa Antonio Soler su novela Sur que no es (no sólo es) un Ulises de Málaga donde la palabra Málaga no aparece pero que es protagonista con sus solares en la avenida Ortega y Gasset y su violencia en Portada Alta (un barrio en el que debí crecer pero que no llegué a pisar, espantado ya en 1966 mi padre por el vecindario), sus chalets finos allá por Miramar, sus zanjas del metro y sus vampiros del Molinillo. Es, sobre todo, una muestra clínica de un día en la vida de la ciudad, un trozo palpitante en el que se recoge la voz de lumpen con sus yonquis y sus asesinos en potencia y en acto, de trabajadores, de niños bien, de libertinos y beatas. Todo cabe aquí, en esta novela. En esta ciudad. Absolutas y hasta absolutísimas tanto la ciudad como la novela. Que es cervantina con sus dos insertos narrativos (El fantasma de la calle Molinillo y el intermitente Diario del atleta son el equivalente de la las historias del Curioso Impertinente y del Cautivo en el Quijote), como son cervantinos Rai y Chinarro, que atraviesan la ciudad bajo el terralazo y son especialmente candorosos y embrutecidos. 

En el libro se comienza por un cuerpo agonizante cubierto de hormigas en un descampado, y al caer la noche habrá un asesinato inesperado. Con todo, no hay una trama policial ni criminal, no se explica quién, cómo, cuándo. Aunque el asesinato es nítido y ahí sí se dan señales y datos. Y si es quijotesco el libro, también es celiano, por cuanto esa aglomeración de personajes (no todos con importancia) nos remite a La Colmena y su índice final de personajes que aquí también incluye Soler y que leído de corrido, con sus descripciones y minucias, equivale a un retrato robot de la ciudad.


Hay páginas de una eficacia pasmosa, entre lo poemático y lo físico, como la escena de sexo con pérdida de virginidad seguida, no mucho más adelante, de otra, también con un primerizo, de sexo oral entre hombres. Páginas con una textura agobiante en su perfección. Porque aplicar esa palabra, perfección, a Soler es ya caer en el tópico, en la obviedad. 

También aquí hay excelente, excelentísima, literatura. Conozco a Antonio Soler desde hace más de 30 años, y compartimos un premio de relatos, el Jauja, que ambos ganamos con tres años de diferencia. El corredor Soler no ha parado de distanciarse de los que quisimos ser sus iguales. Ya ni se le ve de tan atrás que me siento. Su capacidad. Su calidad. Su estilo. Su mundo. Su maestría. Todo eso.

martes, 16 de junio de 2015

Málaga del Romanticismo según García de Cortázar

 [Artículo publicado en diario Sur el 5 de diciembre de 2008]

            Se suele fijar en el siglo VII antes de Cristo la fundación de la ciudad que hoy llamamos Málaga. Un nacimiento, pues, que sitúa los orígenes de la ciudad antes incluso de los de la potencia que la dominaría y le daría el estatuto de municipio: Roma. Pero basta con dar un paseo por el centro histórico de la ciudad para comprender que, aparte de los valiosos vestigios romanos o árabes, lo más característico del paisaje urbano es su datación mayoritaria, apabullante incluso, en el siglo XIX. Ni las modestas pero numerosísimas factorías de salazón de pescado, que dieron su nombre de Malaka a la ciudad, ni el Municipio Flavio Malacitano, ni incluso la Malaqa del periodo árabe son perceptibles a simple vista, no convencen de que el momento decisivo, su hora de excelencia, esté en la Edad Antigua ni en el Medioevo. Que esos vestigios ilustres son elocuentes interrupciones de un paisaje romántico es algo notorio. Tal vez por ello Fernando García de Cortázar ha situado en Málaga el momento el Romanticismo dentro de las páginas de su nuevo libro “Breve Historia de la Cultura en España”.

            La ruptura

            Esa ruptura de Málaga con su herencia de siglos, esa especie de refundación del paisaje, es algo que ya se constataba en la propia época romántica, cuando un viajero inglés citado por García de Cortázar escribe: “En Málaga se encuentra poco de las costumbres de Andalucía. El viajero verá más de una alta chimenea de rojos ladrillos, importación no muy poética de la laboriosa Inglaterra. Si es inglés oirá con frecuencia hablar su propia lengua y no sólo en labios ingleses, sino también españoles. Percibirá, en suma, que el progreso ha puesto pie en las orillas de España”. En esta irrupción del progreso en Málaga, en el asentamiento de la Revolución Industrial que entre nosotros representa la figura de Manuel Agustín Heredia, sus industrias y altos hornos, está la razón de que los viajeros que buscaban en la ciudad el exotismo de raíces arábigas, un modo de vivir lleno de azar y emociones, se encontraran defraudados. La ciudad emocional y arábiga se había convertido en industrial y europea. Con acierto, señala García de Cortázar: “Málaga no sólo era historia, no era una lírica renuncia al presente ni un monumento arqueológico donde encontrar lo que se echaba de menos en el propio país. La ciudad había cerrado la puerta de la melancolía tras los negocios de su burguesía. Su reflejo en el espejo de las aguas no era el de una civilización perdida, sino el de la nueva era que se anunciaba con la fábrica y el vapor: la era de la industria y del capital”. Es significativo que este retrato de la ciudad en el Romanticismo sea vigente para la ciudad de este comienzo del siglo XXI.

            Burguesía

            El siglo XIX es el de la consolidación de la burguesía como principal clase social, una burguesía que en Málaga es especialmente activa y especialmente volcada hacia el exterior, una vocación cosmopolita también fundamentada en el origen extranjero de gran parte de estas familias. “Las Heredia y los Larios había ido a Londres y París para cimentar sobre ejemplos firmes el ensayo industrial. Se estrechaban las relaciones comerciales e industriales con Inglaterra y las familias acomodadas vivían un poco a la inglesa, pensaban un poco en inglés, consideraban indispensable tomar té y hablar mejor o peor la lengua de lord Byron, quien había pasado por la costa andaluza igual que un fatal meteoro”. Es la ciudad que preside hasta 1865 la producción y comercio de hierro en España, que vive una gran actividad comercial, un trasiego permanente de personas y mercancías en torno al puerto en medio del oasis de quietud y tradición del resto de Andalucía.


          La aventura liberal



              No sólo la Plaza de la Merced con su obelisco funerario y sentencioso, sino especialmente el Cementerio Inglés, atestigua la pasión por la libertad de esa ciudad impaciente e inquieta, un lugar al que García de Cortázar atribuye su debida importancia simbólica: “Tras la verja del cementerio inglés de Málaga, en una ladera escarpada que la ciudad confina indiferente en medio de automóviles y edificios, muda frente al húmedo rumor del viento, halla hoy el viajero la desolación de la quimera”. Allí, la tumba de Robert Boyd, el único ausente de la Plaza de la Merced, proclama la sagrada causa de la libertad y el martirio y la amistad junto a Torrijos. El Londres que a Boyd y Torrijos es también el lugar en el que los exiliados del absolutismo preparan sus conspiraciones y formulan sus teorías y proyectos, el mismo lugar al que los burgueses de Málaga consideran el referente y meta de sus negocios, el lugar desde el que el Romanticismo irradiaba con sus héroes de acero, con sus amores de ceniza. Las ansias, la insatisfacción, el vértigo del activismo, de la reforma, de la vida nueva que buscaron los románticos, tiene en Málaga su destino, su cenotafio, su símbolo. En el centro de una plaza en la que habrá de nacer un pintor revolucionario, en la lápida de un cementerio en una ladera y frente al mar, en las arenas ensangrentadas de la playa de San Andrés y que teñirá poemas y cuadros. 



viernes, 24 de agosto de 2012

Salvarse de la quema: La cultura en la Feria 2012


Arde la calle, de ruido, de sol cayendo a plano, de furia. De hoy estamos aquí, y de mañana quién sabe qué pasará (y es inevitable el retorno, oportuno y astuto, de los versos de Lorenzo de Medici, que nos alerta o alienta sobre la alegría y el desasosiego: “qué hermosa es la juventud / que huye a cada momento: / quien quiera, que esté contento: / del mañana no hay certeza). Y lo único que ofrece una seguridad, una permanencia, es lo que se constituye en referencia inmune al tiempo: la cultura, el saber, el arte. La cultura que, recortada y temblando, pero firme y viva (“y no se consumía”, como la decía de la zarza ardiente de Moisés) vuelve a asomar en esta Feria, como asoman los topos bajo el papel rasgado del cartel de Ana Soro, que acierta en su propósito pero amaga un tanto en su intensidad.

Aunque sólo sea por el fresquito que la conservación de las obras impone, merece recorrer las exposiciones que en esta Feria coinciden. En la Fundación Picasso nos encontramos lo que se espera. Por una parte, con música de Bach para piano sonando, tenemos “Picasso: Variaciones”, un vistazo breve e intenso a cómo el malagueño combinaba formas y obsesiones. En la sala de Plaza de la Merced nº 13, “Picasso: La seducción clásica”, o cómo el clasicismo, ejemplarizado las más de las veces en desnudos, era para Picasso algo que le seducía pero también de lo que debía, o podía, apartarse. En el Archivo Municipal nos enfrentamos a la “Colección de Dibujos DKV”. Que DKV sea una compañía de seguros y que comprara dibujos para humanizar los pasillos terribles de un hospital y que de ahí se convirtiera en una colección importante debe servirnos de consuelo. Los autores son jóvenes artistas de los 90 y de ahora, con sus propuestas independientes y amigas del riesgo sin prima. Algo muy alejado del casticismo tan propio de nuestra fiesta inminente. En el Museo del Patrimonio Municipal de Málaga, MUPAM, otras dos exposiciones. Ambas debidas a mujeres. En las salas de la Coracha, y en tres alturas, bajo el título obvio “Caballero/Pedroche/Vargas-Machuca” Pepa Caballero (fallecida hace escasas semanas, lo que convierte en escalofriantes sus obras realizadas en plena enfermedad), Titi Pedroche y María José Vargas-Machuca unen, y dispersan, sus obras:  una pieza de la exposición, “Retablo”, está formada por el ensamblaje de numerosos óleos pequeños de las tres pintoras. En el cuerpo propio del Museo, en su tercera planta, hay una pequeña y modélica exposición, “La estética de la Edad Moderna en Femenino” en la que se incluyen dos extraordinarias pintoras Sofonisba Anguisciola y Artemisia Gentileschi, que sirven como imán para el visitante que queda fascinado por el conjunto de la exposición, en la que hay mucho más y hay emoción y alta belleza. Como la hay en el Museo Carmen Thyssen Málaga. Allí, la exposición temporal, “Paraísos y Paisajes en la Colección Carmen Thyssen. De Brueghel a Gauguin” nos invita a meternos en jardines (alejándonos de la selva oscura del garbeo del Dante). Con cuadros pintados entre el siglo XVII y un pedazo del XX (más allá del subtítulo de la muestra), con especial incidencia en la pintura norteamericana del XIX y el Impresionismo, nos encontramos con un festín visual  que se hace sensorial e incluso moral: para aviso de descreídos, el Paraíso existe. O existió.

Este sosiego lo rompe, aunque no del todo, el CAC Málaga. Allí, dentro de la semi-permanente, y cambiante,  selección de obras de la colección de Carmen Riera, reunidas bajo el títuylo de “Pasión”, sigue manteniendo su interés todo lo debido a Warhol  y la rara pintura hecha al alimón por Andy Warhol, Francesco Clemente y Jean-Michel Basquiat. La presentación de la colección permanente bajo la advocación de “Apocalipsis” no es tan fatalista como se temiera, mientas que “Fluido”, de Per Barclay, es de esas cosas para rascarse la nuca y no saber sui creer o descreer en el arte contemporáneo. Siete mil litros de algo pegajoso sobre lo que se refleja el techo tiene la culpa. Finalmente, más interés tiene “Horizontalia”, una exposición antológica centrada en la producción de las últimas décadas del desaforado artista pop sevillano. Mucho ruido, mucha furia, mucha ironía. Mucho interés.
El chapapote considerado
como una de las Bellas Artes, o sea


Quien quiera olvidar el líquido pegajoso del CAC tiene la opción del Museo Revello de Toro, con una pequeña exposición con carteles de feria, de carnaval y de diversos festejos malagueños. Y quien quiera pagar por sus pecados (y también en taquilla), tiene la oportunidad de sumarse, en el Palacio Episcopal, al espectacular montaje “La Sábana Santa. La ciencia da la respuesta”, que, más allá de la fe o del fraude, tiene el mérito, avalado por el público, de tener una presentación muy elaborada capaz de responder muchas preguntas y de despertar otras. Un acontecimiento no sólo mediático que proporciona un buen rato de meditación. Finalmente, la Alcazaba acoge la exposición “Arqueología experimental. Tipología de la cerámica nazarí”, resultado de la labor de los profesores y  alumnos de la Escuela de Arte San Telmo que reconstruyen las formas perfectas de la cerámica nazarí a través de una experiencia didáctica y de investigación.

Artículo publicado en diario Sur el 10 de agosto de 2012

jueves, 15 de marzo de 2012

La vida feliz de la fábrica de conservas

El nombre imprime carácter, dicen. O lo exige. En las ciudades, hacen referencia a ríos, a montañas, a vergeles, a la inminencia del mar. En el caso de Málaga, no hay lugar para lirismos. Los comerciantes fenicios que aquí se asentaron nos dejaron un nombre que describía la actividad principal del lugar: Malaka, factoría de salazón de pescados. Este compromiso con la industria conservera se quedó en el Mundo Antiguo, cuando las vasijas de barro llevaban el gárum malagueño a los principales puntos, los más exigentes en sus gustos, del Mediterráneo.
Garum (piletas de)
bajo el Rectorado de la Universidad de Málaga

Ese origen modesto, práctico, comercial sin más, de una ciudad que se puede rastrear hasta el siglo VII antes de Cristo, ha forjado en sus habitantes un carácter que es consecuencia de su historia y que constituye el principal atractivo, la clave fundamental, para comprender y asumir el hecho malagueño. Aquí nunca oirá el forastero decir al malacitano que esta ciudad es, en hipérbole que tan general acogida tiene en otros lugares, “lo mejor del mundo”.
Aquí tenemos una excelente catedral, pero está incompleta; tenemos un interesante teatro romano, que es pequeño, tenemos dos fortalezas islámicas que distan de la majestuosidad de la Alhambra, tenemos restos fenicios y alguno bizantino, pero están bajo tierra y sin interés artístico, tenemos como orgullo ser cuna del sabio entre los sabios que fue el hebreo Salomón Ibn Gabirol y del creador entre creadores que se llamó Pablo Ruiz Picasso. Un acervo cultural, y patrimonial, destacable con un paisaje urbano que es de claro sabor decimonónico. Pero eso no nos hace engreírnos en localismos más o menos fundamentalistas. La experiencia de pasear por Málaga, de visitarla, es grata, amable, amena. Pero no es excepcional. Porque, y en esto estarán de acuerdo la gran mayoría de los malagueños, si bien Málaga no es la ciudad más hermosa del orbe, sí está entre las que se puede decir que “se vive como en ningún lado”.
La benignidad del clima, la aceptación de que el mar significa siempre apertura y disposición a que todo viajero tenga en esta orilla fácil acomodo (fenicios y griegos y cartagineses y romanos y bizantinos y árabes y cristianos buscaron tener Málaga como patria), la aceptación de lo que somos, resultado de la superposición de culturas, han conseguido que la vida en Málaga, en esta primigenia fábrica de conservas, se interprete como una de las Bellas Artes. Esa forma de ser, de estar, de saberse provincia, con su ritmo pausado y sin engreimiento, pero tan cargada de historia como si fuésemos la capital de un viejo y desaparecido imperio, da sentido a una filosofía vital, que es una mezcla de estoicismo y epicureísmo, que hace que da otorga carácter fríamente realista al retrato que, no de la ciudad sino de la vida en ella, evoca Vicente Aleixandre en su conocido y emocionado poema “Ciudad del paraíso” (“Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos. / Colgada del imponente monte, / apenas detenida en tu vertical caída a las ondas azules…”).

Pero si no bastara con el atractivo de la vida aquí, conviene ofrecer algo más y que escasas ciudades poseen: la capacidad de reunir atractivos y épocas muy diversas en un recorrido de pocos metros. Dejando a nuestras espaldas el mar, el Mare Nostrum mítico de Roma y de Grecia, crucen el Parque de Málaga, del siglo XIX, tomen por calle Alcazabilla circundando el elegante Palacio de la Aduana, del siglo XVIII, encuentren a su lado el Teatro Romano del siglo I aposentado junto a la entrada de la Alcazaba árabe del siglo XI, que es a su vez custodiada por otra fortaleza musulmana, la de Gibralfaro, del siglo XIV, mientras al otro lado de la calle tienen la vieja Judería medieval, el Museo Picasso del siglo XXI, la iglesia de Santiago, del siglo XVI, para llegar a la Plaza de la Merced, del siglo XIX, con un obelisco funerario bajo el que reposan el general Torrijos y sus compañeros, mártires de la libertad, y en la que está abierta al público la Casa Natal de Picasso. Todo este vértigo de cultura y de siglos se da en escasos quinientos metros. Sin que los malagueños alardeen de esta riqueza, sin que dejen de primar la calidad de la vida, la pequeña vida cotidiana, sobre la calidad de nuestro patrimonio, de nuestro paisaje urbano. Pero si se quiere conjugar arte, historia y cultura con vida y emoción, la síntesis se da en estas calles en primavera. Se trata de la fastuosa y barroca Semana Santa, en la que el desfile de las imágenes sagradas (no las llamen pasos: aquí son tronos) a hombros de los hombres de trono (no los llamen costaleros) que los llevan meciéndolos rítmicamente, como si acunaran piadosamente tanto dolor y tanto drama, al compás de marchas procesionales, produce en el espectador, sea cual sea su fe o su ausencia, la sensación de asistir a una experiencia que ha dejado de ser estética o cultural para ser pura emotividad. La piel erizada, los ojos húmedos, el nudo en la garganta, son habituales en estos días en las calles de Málaga.
Sunt lachrymae rerum

Que aquí se gestara la Generación del 27 pasa a ser otra anécdota que delata el verdadero carácter de una ciudad que no vive ensimismada, que es imán para millones de visitantes que le guardan reiterada fidelidad, una ciudad que, más allá de su nombre y de su origen, vive con los ojos y los brazos abiertos, que sigue siendo la misma que retratara, pleno de cariño, Hans Christian Andersen en el viaje que aquí hizo en 1863: "En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga. Un propio modo de vivir, la naturaleza, el mar abierto, todo cuanto para mí es vital e imprescindible lo hallé aquí; y algo todavía más importante: gente amable".
A veces pasan cosas

[Artículo sobre Málaga encargado por diario Sur, hace unos años, del que no recuerdo más]

viernes, 9 de septiembre de 2011

Aquí la eternidad

Las discusiones sobre la conveniencia de terminar su torre no deben impedir acercarnos con serenidad a la catedral de Málaga

      Que todos los malagueños tengan una opinión sobre la conveniencia de terminar la catedral, de lo acertado que pueda ser considerarla la Manquita, significa que es, junto a la Alcazaba, el monumento malagueño más notorio, el que siempre, tanto monta, protagoniza la imagen que se tiene de la ciudad, el que sirve, junto a la fortaleza arábiga, para dejar impresionados a nuestros visitantes, que oirán alguna explicación, más o menos desajustada a los hechos, para explicar su asimetría. Así, habrá una historia, que es hermosa pero deliciosamente falsa, que cuente cómo Carlos III quiso colaborar en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos dedicando a los rebeldes de Washington los dineros que podrían haberse convertido en piedra sacra malagueña. Otros, más cercanos a la realidad, concluirán que se acabaron los fondos porque hubo que dedicarlos a necesidades más perentorias como la construcción de caminos. Sea la fábula que dibuja una catedral de la libertad o la que delata una Málaga pobretona y sin llegar a fin de mes, dejando aparte la polémica y el debate que ahora (y siempre) se nos presenta, preciso es mirar, visitar, desapasionadamente, el principal templo malagueño, que, tras la Giralda sevillana, tiene la segunda torre eclesial más alta de Andalucía.


      Para calibrar hasta qué punto desconoce el malagueño medio el que puede ser el monumento que en primer lugar aconsejarían visitar a un forastero, sería instructivo preguntar, a modo de encuesta, el nombre de la catedral. Pocos serían los que darían como respuesta la Encarnación, algo que consta en una placa de mármol tras la reja de la entrada principal, que en sus tres puertas monumentales recoge la escena de la Anunciación que se utiliza también como símbolo de la Encarnación, mientras que ambos lados se recoge la imagen de los un tanto postergados patronos de la ciudad, los santos Ciriaco y Paula. Simplemente este exterior, ya sea la fachada con el conjunto armónico que representan la Plaza del Obispo y el Palacio Episcopal, merece ser admirado, y más cuando se le añade la capilla del Sagrario, con su portada gótica tardía, y los patios que la rodean. Pero los atractivos principales, y que hacen olvidar la anécdota de las torres, se encuentran en el interior. Con una magnífica fusión de elementos renacentistas y barrocos que se fueron integrando entre 1528 y 1782 a lo largo de tres airosas naves de igual altura, con bóvedas labradas, y con la central de mayor amplitud, alberga una obra maestra absoluta: la sillería del coro tallada por Pedro de Mena que constituye una cumbre del naturalismo barroco español y que a lo largo de 37 años contará con la intervención de otos dos escultores: Luis Ortiz y José Micael.  Entre su patrimonio se cuenta con retablos que testimonian las convulsiones de nuestra Historia como se manifiesta en la convivencia de piezas de comienzos del siglo XVI con otras recompuestas tras la Guerra Civil. Una selección caprichosa del patrimonio artístico que exhibe la catedral destacaría las esculturas de Pedro de Mena (siglo XVII), Fernando Ortiz (siglo XVIII) y de Salvador Gutiérrez de León y los hermanos Pissani (siglo XIX),  y las pinturas de Jacopo Palma y César Arbassia (siglo XVI), Claudio Coello, Alonso Cano, Juan Niño de Guevara, Miguel Manrique, Cristóbal García Salmerón, Cornelio de Vos y Antonio del Castillo (siglo XVII), Diego de la Cerda (siglo XVIII), Enrique Simonet (siglo XIX)además de piezas de los talleres de Van Dyck y Brueghel. La presencia de diversas tumbas, entre las que destacan las del obispo Luis de Torres (siglo XVI) y del cardenal Herrera Oria (siglo XX), aporta un dato lúgubre, al que unir la presencia de los restos del poeta de la generación del 27 José María Hinojosa. Un pequeño museo al abandonar el recinto añade los nombres de Luis de Morales y José de Ribera a esa joya cultural singular. Ante todo esto, este vislumbre de eternidad, discutir sobre torres puede, y debe, resultar baladí.

Artículo publicado en diario Sur el 3 de septiembre de 2011

domingo, 17 de julio de 2011

La eternidad de los leones

El Cementerio Inglés de Málaga sigue siendo un lugar poco conocido que encierra tantas historias como vidas

Hay un lugar en esta ciudad en que por tercer siglo la soledad se hace mármol y se hace flor. Un lugar cuya supervivencia ha peligrado, hasta el punto de hacerlo actualidad cuando es eternidad. Un lugar ante el que se pasa indiferente y que custodian dos leones de masa piedra junto a un rótulo que dice  “Saint George's Anglican Church”. El  Cementerio Inglés. Un tesoro de melancolía, historia y cultura que merece más de una visita, más de una mirada sobre los nombres de los ausentes y los olvidados y los  recordados.


Desde la incorporación de la ciudad a la corona de Castilla, en 1487, no había lugar para sepultar a los que no profesaban un credo distinto al de los Reyes Católicos. Los que no lo compartieran, quedaban  fuera de los recintos sagrados. En el caso de los extranjeros que morían inesperadamente en Málaga sin constancia de su religión, se optaba por enterrarlos en las playas, con el resultado de que el fluir de las mareas y oleajes solía traer de vuelta a la ribera al navegante póstumo. Esta Málaga atroz es la que se encontraron Torrijos y sus compañeros cuando fueron a dar con su sangre en la playa de San Andrés. Que fueron todos mártires y que excepto uno reposan bajo el obelisco de la Plaza de la Merced, el joven teniente irlandés Robert Boyd, a quien la extranjería no le concedió el favor de la vida, ni la juventud le evitó la afrenta de la muerte innoble. Reposa en este Cementerio Inglés, en el que su cenotafio lo proclama, en inglés, amigo y compañero de Torrijos y muerto en Málaga por la sagrada causa de la libertad.

No fue, sin embargo, Boyd el primer sepultado en el Cementerio Inglés: tal ingrato honor corresponde a George Stephens, marino ahogado, que en 1831, con el levantamiento de las tapias que delimitan el recinto, quedó lastimosamente fuera de ellas, de manera que examinando las inscripciones de las sepulturas se llega a la conclusión de que Boyd es el sepultado más veterano, merced a la iniciativa del cónsul William Mark, creador del cementerio en el año de Stephens y Torrijos y habitante del mismo desde 1849. Abundan también los enterramientos de niños, dada la alta mortalidad infantil del siglo XIX y parte del XX. Tal vez esas tumbas son las conmovedoras del Cementerio. Algunas por la elocuencia de la inscripción funeraria, como es el caso de una niña francesa, Violette, que sólo vivió un mes, y que muerta en 1959, su epitafio en francés resume su efímera vida con un conciso «lo que viven las violetas». También comparten quietud entre los niños, en una fosa común, los 62 cuerpos de las víctimas del naufragio, en diciembre de 1900, de la fragata alemana Gneisenau, señalada con un sencillo  monumento. En otro lugar del recinto está enterrado el capitán de la nave, que no quiso salvarse y optó por hundirse con el barco.

Es éste un lugar de acogida para distintos credos y naciones, sin que falte alguna sepultura hebraica e incluso no creyentes, como el caso del poeta Jorge Guillén y su esposa. O el del hispanista Gerald Brenan, también, en forma de cenizas tras pasar años olvidado en formol en la Facultad de Medicina al haber donado su cuerpo a la ciencia, que reposa allí junto a la que fuera su esposa, la escritora Gamel Woolsey. Poetas y escritores han dejado testimonios literarios sobre el Cementerio Inglés, desde Hans Christian Andersen, que lo visitó y alabó, a Clarín que situó en él el desenlace de uno de sus relatos, hasta los autores actuales, entre los que destaca María Victoria Atencia, cuyo poema “Epitafio para una muchacha” figura desde 1960 en una lápida en la entrada de una de las secciones del camposanto.
Pero junto a esas tumbas pequeñas y humildes se encuentran otras en el mismo Cementerio con alegorías variadas, con ángeles de esbelta nostalgia que abrazan cruces y señalan el cielo, con inscripciones en inglés, danés, alemán, holandés o castellano, con cruces célticas de intrincada decoración, con exclamaciones de pesar o de cariño, que aportan al lugar la belleza, inmersa en jardines, de un réquiem de piedra y de hiedra. Frente a todos ellos, el pasar cansino de los malagueños y la permanencia indiferente del mar inmortal.
Artículo publicado en diario Sur el 16 de julio de 2011

sábado, 25 de junio de 2011

Los espejos inmortales

Hay lugares que además de escondidos son tesoros y son símbolos. Es lo que sucede con el Antiguo Conservatorio María Cristina, nombre rancio y más cargado de misterio que el prosaico Sala María Cristina con el que se insiste en llamarlo ahora, como si fuera un sitio de cumbia y chachachá, con aquello de que María Cristina me quiere gobernar y yo le sigo la corriente... Pues ese lugar está detrás de una fachada sosa detrás de una verja algo menos insípida tras dejar atrás una placita, la de San Francisco, que huele a XIX puro con un mármol que representa a Pomona y el naif toque sacro que pone una casa de hermandad con palomas fingidas repartidas por su fachada en lo que es un simulacro no ajeno al estilo de Lladró. Pero dejemos las aves inmutables, la diosa de mirada mansa, traspasemos la verja y entremos en el lugar más allá de los nombres. Encontraremos una antesala decimonónica, digna de confidencias en una escena apócrifa de “El Gatopardo” de Visconti. En ella, unos espejos son atravesados caprichosamente por guirnaldas de flores pintadas con gruesas pinceladas sobre el cristal. Son el resultado, y el testimonio, de aquel remoto y terrible terremoto que padeció Málaga en 1884. Los daños sobre los espejos, en una ciudad que estaba ya en crisis, fueron resueltos no cambiando los espejos sino pintando sobre cada grieta para salir del paso por un tiempo más que ya es de más de un siglo y cuarto.

Uno de los espejos del María Cristina

                Esto de aguantar el tiempo y vencer, sortear, la crisis, de resistir escondidos en un rincón manteniendo esplendor y dignidad viene a colación porque es el María Cristina (vale, la Sala María Cristina) el escenario único del séptimo Festival de Música Antigua de Málaga que en apretada sucesión tendrá diez conciertos de gran interés entre el 27 de junio y el 8 de julio. Organizado por la Orquesta Filarmónica de Málaga y patrocinado en raro pero lógico acuerdo por el Ayuntamiento de Málaga y Junta de Andalucía, es una ocasión especialísima para recuperar sonidos que nunca debieran apagarse en un lugar que tiene más de las virtudes del oro y de las flores que de las cenizas y el silencio. La próxima semana tendremos ahí, en la Sala María Cristina, los siguientes conciertos: el lunes 27 de junio el Asmir Ensemble con el programa “Música Andalusí” con piezas de Al-Istihlal, Al-Maya y Tawassoul; el martes 28 actuará La Hispanoflamenca, dirigida por Bart Vandewege con el programa “Victoria en Roma” integrado por piezas de Tomás Luis de Victoria, Francisco Guerrero, Palestrina y anónimas; le seguirá el miércoles 29 Corniloquio, grupo de trompas naturales y barrocas dirigido por Javier Bonet con obras de Mozart, Haendel, Corette, Marcello, Wallond y anónimas; el jueves 30 es el turno de Camerata Iberia, dirigida por Juan Carlos de Mulder y con el tenor Lambert Climent como intérprete destacado, que bajo el título de “Flores de Música” (un eco inesperado de esas flores que anulan a los daños y grietas) acoge piezas anónimas y del Cancionero de Palacio junto a otras de Juan de Enzyna, Luis Milán, Mateo Flecha, Heinrich Isaac y Sebastián Aguilera de Heredia; para terminar gloriosamente la semana y el mes, el 1 de julio actuará la Capilla Real de Madrid, dirigida por Óscar Gershensohn con la interpretación de “Cantica Beatae Virgine” de Tomás Luis de Victoria con doble coro y capilla musical.
                Pasan los siglos, pasan los hombres. Permanecen los sonidos y los nombres, el esplendor de la cultura sobre los espejos inmortales.
Artículo publicado en el diario Sur el 25 de junio de 2011

sábado, 18 de junio de 2011

Sonata de Estío

Igual que para darnos pisto gustamos de decir aquello de valer más por lo que callamos que por lo que decimos, el conjunto de semi-ruinas que conocemos como Baños del Carmen son algo cuyo valor está en lo que oculta, en lo que fue, en lo que tenemos olvidado, en lo que podría llegar a ser, y que llegará a ser. Estas mismas páginas informan de cuando en cuando de trámites y expedientes, planos y propuestas, presupuestos y plazos, promesas electorales que cada cual puede creer o no, para que ese rinconcito de la bahía tenga su segunda oportunidad y la esperanza de la resurrección. Mientras tanto, eucaliptos cobijan una playa libertaria, con noticias de mugre y hasta de navajazos, una playa esquiva de baño problemático por la conspiración de las piedras contra los tobillos, una playa que antaño fue la de un camping, y que tiene otra playa, ya más civilizada y benévola de la que sólo le separa el cascarón de lo que fue el corazón del balneario y que sobrevive, más mal que bien, en la inminencia aplazada de la reforma. Todavía no se ha escrito aquí la palabra decadencia, y por ello debe comparecer. Belleza, encanto y melancolía deben acompañarla. 

Los del Carmen son el último vestigio de una ciudad feliz en la que también estaban los Baños de Diana, de la Estrella y los de Apolo, en las cercanas al puerto de Málaga y que el niño Picasso frecuentó y recordaba. El heroico balneario fue lugar de vermut y ropas blancas, orquestas ingenuas y una fuente de la que manaba vino, un lugar en el que en los años veinte un honestísimo rótulo pregonaba “Visite usted nuestro acuarium. Es lo más interesante en este balneario”, un lugar del que los periódicos (la anotación es de “La Unión Mercantil” del 13 de agosto de 1921) anunciaban: “Esta noche de moda: baile en la terraza; iluminación a la veneciana. Gran orquesta con Jazz-Band. Dos pistas de baile. Atracciones”.  Y en las mismas páginas, cuatro días después, se le llamaba aristocrático y se anunciaban regatas de jábegas. Todo esto había tras los muros desconchados, tras las ágrafas pintadas, tras las aceras levantadas por la presión de las raíces de los árboles. No es un monumento, no tiene una arquitectura impresionante, pero es el mejor memorial de la felicidad perdida.


Reconstrucción virtual de los Baños del Carmen
con el aspecto que tenían en 1933

Creado como establecimiento de temporada por el empresario Enrique García de Toledo y Clemens sobre el terreno de lo que había sido, en las playas de la Torre de San Telmo, un muelle auxiliar para construir las escolleras del puerto de Málaga, abrió sus puertas el 16 de julio de 1918 (ayer hizo de esto 92 años), pero el éxito hizo que desde 1922 se mantuvieran abiertos durante todo el año. Al comienzo era un lugar parco, con casetas al estilo de las de San Sebastián (referente del veraneo elegante entonces), baños y café-bar. Por 50 céntimos se ofrecía el combinado de entrada al balneario y servicio de autobús en trayecto de ida y vuelta. Mientras en La Estrella y Apolo el baño era bajo cubierto, en el Carmen se hacía en la playa, al sol. De los modos del XIX, el Carmen nos lleva al XX, al XXI, al espíritu libre y vitalista tan propio. El Málaga Fútbol Club, cuando estaba recién creado y tenía una vocación británica y en ningún caso árabe (lo que son los tiempos), tuvo allí su primer campo entre 1922 y 1941. Pero también fue escenario para el tiro con arco, el boxeo, el patinaje, la hípica, regatas, cine en la playa, veladas de baile, verbenas. En los años cuarenta,  tiempos en que imperaba el espíritu de Isabel y de Fernando, se segregó la playa en zona para hombres y zona para mujeres. De todo aquello, acaso sólo permanece sin cambio el sol y el mar. Y el ansia de disfrute de los malagueños. Feliz verano.

Artículo publicado en diario Sur el 18 de junio de 2011

Querido y remoto Ernesto


Al cumplirse el centenario del escritor argentino Ernesto Sabato, recientemente fallecido, ofrecemos un retrato desde la amistad y la nostalgia con Málaga al fondo
 Miro las fotos sobre la mesa, las cartas y postales, los recortes de prensa, los libros dedicados, las cintas de casete. En voz, en palabras, en imágenes, vuelve a mí alguien que fue muy querido, un amigo que durante veinticinco años me ayudó con sus consejos, con sus charlas aquí y allá, a ser quien ahora celebra, con una punzada en el pecho, los cien años desde que ese amigo naciera, un centenario que tiene demasiado cerca la fecha amarga, 30 de abril de 2011, en que murió Ernesto Sabato. No se hablará aquí de los méritos y de la obra de quien fue el último clásico argentino, erigido en conciencia moral de ese querido y maltratado país. Trato aquí, para devolverlo por unos momentos a la vida, del hombre, del amigo, del vecino, del maestro (al leer esta palabra, agitaría burlón la cabeza, desdeñando la responsabilidad).
En el Palacio Miramar.
Foto: Gloria Rueda Chaves
Cartas
Obviaré una historia familiar sobre malagueños de Colmenar, con idas y vueltas con Argentina, que resulta en el exilio de mi tío-abuelo José Fernández Silva en 1939. El lugar de ese destino austral se llama Santos Lugares, en el gran Buenos Aires, un lugar sencillo, chato y entrañable. Allí, y poco después se instalaría, a un par de calles, Ernesto Sabato. En 1985, en un intercambio de cartas con mi tío-abuelo, éste me comentaría la vecindad de Sabato. En mi respuesta, le alabé la obra de quien era, ya, uno de mis autores favoritos. Pronto, en uno de sus escasos viajes a España tras recuperarse la democracia, mi tío me entregó un libro de Sabato, “La cultura en la encrucijada nacional”, dedicado por el autor junto a la petición de que le escribiera directamente tras haberle leído mi tío esas palabras de elogio.
La respuesta de Sabato (es italiano el apellido, sus libros no ponen tilde al apellido, aunque en el membrete impreso de los sobres que utilizaba para enviar sus letras sí aparece con el incorrecto signo) no tardó en llegar. La copio tal cual no por vanidad sino por iluminar una anécdota posterior: “Santos Lugares, agosto de 1986. Gracias, querido Mario, por tu hermosa, profunda e intensa carta, que de paso, revela la existencia de un escritor que dará grandes cosas. No tengo la menor duda. Te ruego que me mandes esos cuentos de los que me hablas. Si has de publicar, y estoy convencido, tenés que elegir un nombre más corto, menos de registro civil. Mario Montañez sería uno significativo. Espero que un día podamos darnos un abrazo! E. Sabato”. Escrita con una máquina de escribir de caracteres muy pequeños, con algún tachón mecanográfico y con la firma manuscrita, y sobre un papel también muy pequeño, sería la primera de una serie de cartas que yo respondía, en deferencia a sus problemas de visión, con cartas escritas a máquina primero y a ordenador después, fotocopiadas y ampliadas en tamaño A-3 para que ese formato, parecido al de la hoja de un periódico, le proporcionara una lectura grata. En algún sitio de su casa estarán esas cartas monstruosas enviadas desde Málaga por un muchacho que fue querido y no siempre remoto.
En la Fundación Picasso.
Foto: Glotria Rueda Chaves

En el verano (español) de 1988, tras haber ganado un año antes una mención en un certamen de ensayos sobre Sabato organizado en la provincia de Buenos Aires, y conseguido lo que en 1988 eran mil dólares y que la hiperinflación habría convertido, de no haber sido oportunamente cambiado a la divisa norteamericana, al equivalente actual de 13 céntimos de euro, pude al fin conocer el país de mis tíos y de su vecino Ernesto. Primeras tardes tomando café en su biblioteca, con pequeños cuadros de Oscar Domínguez apoyados en las baldas, charlas en las que él callaba y yo hablaba cuando deseaba que fuera al revés. Después de dos meses en Santos Lugares, seguirá el cruce de correspondencia.
En el nombre del nombre
En una carta de enero de 1991 insistirá en mi nombre, en la conveniencia literaria de usar uno más breve. Esta vez, Sabato desdeña el nombre de Mario y opta por el que conmigo usaría en adelante: “Gracias, querido y siempre recordado Virgilio (insisto en este nombre) por tus cariñosas preocupaciones!”. Ya para entonces había publicado mi primer librito, un cuaderno de versos editado por Ángel Caffarena con ilustración de Eugenio Chicano y nota a la edición de Manuel Alcántara (a él debo, con la misma intensidad y cariño que Sabato haber continuado escribiendo. La doble amistad y confianza de Sabato y Alcántara son un honor que excede a mis méritos; en 1990 y en Málaga se encontrarán Sabato y Alcántara conmigo de humilde espectador). En abril de 1992 realiza en el Centro Cultural de la Villa, en Madrid, la que es la segunda exposición de sus pinturas tras haberlas mostrado, en 1989, en el Centre Georges Pompidou de París. Al día siguiente de la inauguración, hay una charla suya en el auditorio anexo a la sala de exposiciones. Acudo tras haberle confirmado telefónicamente mi asistencia. Con la sala abarrotada de público, Sabato está brillante y volcado con su mensaje. De pronto, se interrumpe en mitad de una frase, mira hacia el público en silencio. Escruta la masa. Pasa un segundo, pasan dos, pasan tres. Dice: “¿Virgilio? ¿Estás ahí, Virgilio Montañez?” Glubs. Los presentes miran a Sabato y buscan por la sala una mano que se alce.  Cuento un segundo, cuento dos, cuento tres. Me levanto. Alzo la voz “Sí, aquí estoy, Ernesto”. Sonríe, me señala. Dice “Está bien. Él se llama Mario Virgilio Montañez, es un gran escritor que se empeña en usar ese nombre espantoso, tan de registro civil, en vez de firmar como Virgilio Montañez, que es tan hermoso. Y como es un cabezota, sé que no me hará ningún caso”. Me siento, entre risas, con las mejillas rojas y lleno de orgullo y pudor.

Sabato en la Fundación Picasso.
Foto: Gloria Rueda Chaves

Hojeo los libros sobre la mesa, la veintena de ediciones diversas autografiadas. En un ejemplar de “Heterodoxia”, un simple “A Virgilio, gracias por esta visita” y la firma, en “Sobre héroes y tumbas”, “Para Virgilio, con un gran y fuerte abrazo” y la mención de julio de 1991; en un “Abaddón”, “Para Virgilio este libro que me dio tanto trabajo, tanto éxtasis y tanta desesperación. Julio de 1991”; en “El escritor y sus fantasmas”, “Recuerdo de este cariñoso encuentro. Gracias, Virgilio. Agosto de 1996”. Momentos, en Madrid y en Santos Lugares, en los que compartimos conversaciones y confidencias. Y que en Málaga tuvieron su plenitud.
Un verano malagueño
Agosto de 1990. Sabato participa en el Curso Superior de Filología Hispánica. Me llama el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, Curro Flores. Me dice que informado por Sabato de que soy el único amigo que tiene en Málaga, me encarga acompañarlo cada día mientras aquí esté. Asisto a la primera y multitudinaria charla que da en la sede de la Caja de Ahorros de Málaga en la avenida de Andalucía, y a la mañana siguiente voy a recogerlo en la cafetería de la azotea del Hotel Málaga Palacio. Allí está con Francisco Ayala y con Hans Meinke, jefe máximo de Círculo de Lectores. Me presenta a ellos con exageraciones sonrojantes. Quedamos en acompañarlos al día siguiente a la Casa Natal de Picasso, en la que aún trabajo. Al día siguiente, sólo Ayala y su esposa me acompañarán. Por la tarde, Sabato me pedirá que le cuente mi vida entera. “Para comprender bien a las personas que de veras quiero, necesito saber su vida. Tenemos tiempo, Virgilio. Contame”. Procedo a volcar mi autobiografía íntima a lo largo de más de una hora en la que apenas me interrumpe, escuchándome con una sonrisa tímida y gesto de psicoanalista piadoso. No hay distancias entre nosotros. Me siento en paz. Al día siguiente, iremos a la Fundación Picasso, que visitará con respetuosa lentitud. En una charla con Manuel Alvar, en el Curso que se celebra en el salón Príncipe de Asturias del Miramar, habla del exilio y de la patria propicia que es el idioma. Otro día visitamos Marbella, acompañados por María José de Miguel, esposa de Curro Flores, y un chófer del Ayuntamiento. Tomamos café en la Plaza de los Naranjos, paseamos, charlamos. En la sobremesa del almuerzo, en un restaurantito modesto frente al mar, suspira, invoca a Matilde, su esposa, la elogia. Le acompaño en el encomio. Mira al mar, suspira. Pregunta: “¿Queda lejos Torremolinos?” Le informo. Se explica: “Allá vive una vieja amiga, Ulrike von Kühlmann, a la que hace décadas que no veo”. Me cuenta la historia de Ulrike, una alemana hija de un funcionaria nazi represaliado por el régimen, que en el Buenos Aires de los años 40 encandiló a Sabato y éste se la presentó a quien de ella, “como un colegial”, se enamoró: Borges. Recientemente, al conocer que su hijo Jorge Federico Sabato era Ministro de Cultura del gobierno de Alfonsín, y para que se instalaran en una sala especial de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, le había hecho llegar a su casa de Santos Lugares varias cajas llenas de libros y manuscritos de Borges que en una infructuosa labor de cortejo había regalado a Ulrike. “Figurate, el Borges más íntimo, al que tantos se empeñan en presentar como mi enemigo, está, en sus cartas y en esos poemas de enamorado en el sótano de mi casa”. Me hablaba de la esplendorosa y sofisticada belleza de Ulrike, de cómo el fantasma de aquella pasión nunca satisfecha parecía estar tras “Ulrica”, el relato que en “El libro de arena” es la clave para comprender la tumba, los símbolos, que Borges había elegido para su tumba en Ginebra... Le animé a llamarla, a verla, a revivir aquella amistad prodigiosa y remota. “No, Virgilio. No la veré. Ella me habrá visto en los diarios, en los libros, en la televisión. Sabe que soy este viejo espantoso. Yo prefiero seguir viéndola como aquella mujer bellísima tan inteligente. No quiero tener en mi mente una imagen como la mía. A lo más, la llamaré desde el hotel”.
En Marbella.
Foto: María José de Miguel Molina

En vista de que su último día en Málaga estaba vacante, sobre la marcha quiso organizar, un sábado por la mañana, un encuentro con los escritores malagueños que entonces, hace tanto, éramos jóvenes. Aquella conversación se celebró en la sala de juntas del Archivo Municipal. En las páginas del “Diario de la Costa del Sol” se especificó que “En la reunión, prolongada durante más de cuatro horas, Sábato respondió a las numerosas preguntas formuladas por los jóvenes, convirtiéndose el encuentro informal en una verdadera clase magistral sobre los porqués del arte literario”. En “Diario 16 de Málaga” y en la edición nacional se publicaría la única entrevista concedida por Sabato durante esa estancia malagueña. El titular, “Creen que voy a morirme, pero yo tengo otros planes”. Los autores, M. V. Montañez y Héctor Márquez. El último encuentro, pleno de melancolía, será en Badajoz en 2002. Nublada la memoria por un incipiente Alzheimer, yo seré un extraño. Y él, una añoranza imborrable.

En el Archivo Municipal de Málaga.
Foto: María José de Miguel Molina

Mucho, mucho más, queda en este tintero enlutado y emocionado y triste. Miro una humilde tarjeta que firma “La Comisión de Vecinos”. El texto es interesante. Tras una cita de Sábato (con tilde en la tarjeta) se dice que “Invitamos a Ud al agasajo que ofreceremos a nuestro ilustre vecino Don Ernesto Sábato, gloria viviente de las Letras Argentinas, con motivo de sus 80 años, junto a su esposa Matilde, en el Club Defensores de Santos Lugares, el día 26 de Julio de 1991, a las 19’30 horas”. Allí estuve, con mi compañero Salvador Bonet, tras participar con sendos dibujos en una carpeta que le fue entregada en ese acto de homenaje y en el que estuvo vibrante y cariñoso, apocalíptico y bromista. Sus palabras (de fondo las escucho en una cinta de casete) son las de un amigo, las de un vecino, las de un maestro que ahora, con la muerte aún viva, cumple 100 años y que en la niebla del recuerdo me sonríe tras las gafas oscuras al ver que firmo, sólo hoy, con el nombre que él para mí quiso.
Virgilio Montañez
Artículo publicado en diario Sur el 18 de junio de 2011