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domingo, 5 de abril de 2026

Lecturas Diario secreto de José Antonio (José Antonio Martín Otín)


Este libro nace de algo cuyo origen no se nos desvela. Una agenda de bolsillo, del tamaño de un paquete de tabaco, en la que José Antonio Primo de Rivera fue consignando sus quehaceres y cuitas, con un estilo literario cuidadísimo como era costumbre en él, entre el 1 y el 29 de marzo de 1936, con diversas páginas arrancadas. Sabemos que esa agenda, fue un regalo del Colegio de Abogados de Madrid, pero no cómo llegó a manos de Martín Otín. Ahí recoge su detención, sus días en prisión en la Cárcel Modelo de Madrid de la que saldría hacia la de Alicante y el martirio. En esas pocas páginas, que se reproducen facsimilarmente (fascimilarmente si queremos ser ingeniosos), José Antonio Primo de Rivera permite que conozcamos que no estaba al corriente de la conspiración contra la sangrienta República y que cuando se le tentó a sumarse a un levantamiento se negó en redondo.  




El libro, con unas minuciosas notas al final del volumen y redactado con donaire, e ilustrado con rigor documental, aporta una perspectiva inédita sobre su pensamiento y su visión de España. Estos textos, escritos durante sus últimos meses de vida, muestran a un hombre distinto del retrato construido durante décadas. Lo más destacable, con todo, no es solo el hallazgo documental -que ya es mucho- sino la manera en que el autor trabaja esas páginas de la agenda de letra minúscula. No hace falta ser historiador ni tener una posición ideológica determinada para seguirlo con interés. No hay admiración pazguata hacia José Antonio. Tampoco una condena. En esta España tarambana y enloquecida, Primo de Rivera parece un pensador moderado. No es el furioso y alicorto Abascal, para entendernos.  


Diario secreto de José Antonio cuestiona muchas ideas preconcebidas, invitando al lector a replantearse lo que creía saber.  Y eso, en tiempos en los que la historia reciente de España sigue siendo campo de batalla cultural, tiene un valor añadido considerable. Lleno de minucias, como que la última reunión la tuvo Primo de Rivera con Marciano Durruti, hermano falangista del líder anarquista, o sus amoríos en paralelo con dos mujeres, o la aportación del anarquismo a Falange con la figura ya señalada de Durruti y otros anarcofalangistas, este volumen es un ejemplo de lo que debería ser la divulgación histórica: documentación sólida, escritura viva y respeto por la inteligencia del lector. Un acercamiento íntimo a una de las figuras clave de la política española del siglo XX que, por fin, y tras tanta adulteración interesada, deja que sea el propio protagonista quien tome la palabra. Muy recomendable.

lunes, 17 de marzo de 2025

Lecturas: Fuego cruzado. La primavera de 1936 (Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío)

Este abrumador volumen se ha llevado en los últimos días el premio Francisco Umbral al mejor libro del año. Como indican sus autores, ese periodo, el de la primavera trágica de 1936, había sido tratado sólo desde la propaganda desde los dos bandos. Tal como sucede hoy, con la sociedad española dividida entre los fascistas que no lo son sino a través de la atroz opinión de sus opuestos, y antifascistas así motejados a sí mismos con orgullo y no poca ignorancia y con ademanes y procedimientos bien parecidos a los del fascismo. Ir a las fuentes primarias, sean informes policiales o artículos de prensa, es lo que aporta singularidad a esta crónica de los hechos expuesta con ejemplar claridad por del Rey y Álvarez Tardío.

El afán por huir de la manipulación es ejemplar e incluso escalofriante. En la introducción, prometen tratar los hechos, en cuanto anteriores al estallido de la guerra, como si ésta no hubiera existido. Los condicionantes, las anteojeras, de historiadores como Ángel Viñas o Paul Preston (por citar dos destacadamente adscritos a una óptica) o Pío Moa (en el otro lado), no se aplican aquí. Se cuentan hechos entre el 16 de febrero de 1936 y el 17 de julio del mismo año. Tal cual. 



Que la prensa de entonces hablaba a menudo de "fascistas" de forma genérica, calificando a los jóvenes del partido de Gil-Robles o incluso a los de Acción Católica o a los afiliados a los sindicatos católicos con esta expresión debe servirnos para reflexionar desde nuestros tiempos idiotas. Más adelante, señalando la facilidad del uso del nombre de fascista por parte de los comunistas, se señala: Por consiguiente, a lo que tenía que dedicarse el Gobierno en cuerpo y alma era a "disolver las organizaciones fascistas delo crimen", reclamaba el portavoz del Partido Comunista el día del entierro de Gisbert. Lo de organizaciones y fascistas en plural no era una casualidad. Porque no se pedía la disolución de Falange, sino que «fascista» era todo lo que estaba a la derecha del Frente Popular. Mencionaban expresamente tres «organizaciones fascistas»: «Falange Española, Jap, Requetés Tradicionalistas». Así, para los comunistas, los jóvenes del principal partido de la derecha católica, los japistas, e incluso cualquier otra organización de «este jaez», entraban dentro del pistolerismo «reaccionario». Y como los «cuerpos represivos» y los jueces no estaban actuando implacablemente contra aquellos, no cabía otra que «crear fuerzas populares armadas». Porque «las clases populares tienen un grave enemigo en la fuerza pública». Pero esta ceguera no se limitaba al comunismo, sino que irradiaba también desde el PSOE de Largo Caballero, ya que para el caballerismo, fascismo quería decir toda la derecha e incluso los republicanos conservadores y centristas

Con este clima crispado, Calvo Sotelo, describió el gobierno de Casares Quiroga en estos términos: en el orden económico, depauperación; en el orden espiritual, odio; en el orden moral, indisciplina; en el orden político, esterilidad; en el orden nacional, disgregación. No es la España de hoy. Pero casi. O más adelante: La descalificación de los jueces y la exigencia de depuraciones no fue cosa exclusiva de los portavoces más radicales del Partido Socialista. ¿Les suena? 

Sigamos. Aunque sin dedicarle demasiado espacio, y sin querer presumir de ello, los autores aportan en un apéndice titulado Los números de la violencia la cuantificación de las víctimas de aquellos cinco meses en que España se llevó al suicidio rodeada de sonido y de furia. Aunque había habido intentos serios de hacer estos cálculos, éste es el más exhaustivo. Fueron 484 muertos y 1.659 heridos graves. Antes de llegar a este punto, del Rey y Álvarez Tardío aclaran, sobre las víctimas causadas y sufridas por Falange: las cifras no deben tomarse como incuestionables y definitivas, entre otras razones porque las fuentes a veces utilizan término "fascista" de forma muy genérica, escondiendo en algunos casos la condición de derechista más que la de falangista/fascista en términos precisos. Esto sucede a menudo con la prensa de la izquierda obrera, donde la utilización del genérico "fascista" solía imponerse a la atribución precisa del concepto. No ocurre lo mismo cuando queda clara la militancia en Falange de los protagonistas del hecho, en la mayoría de los casos. Aquí se ha procurado afinar al máximo, pero es obligado indicar que la seguridad no es completa. Partiendo de tales advertencias, entre el 17 de febrero y el 17 de julio de 1936, ambas fechas incluidas, se ha registrado un total de 148 víctimas falangistas, desglosadas en 65 muertos y 83 heridos. Por su parte, se han contado 144 víctimas ocasionadas por su pistolerismo, repartidas en 56 muertos y 88 heridos. Es decir, según esta contabilidad Falange sumó nueve víctimas mortales más que las que ocasionaron sus activistas, cinco heridos menos que los que produjeron, llegando casi a la paridad con sus adversarios en términos globales. ¿Qué indican estas cifras? Pues que aquí, evidentemente, disparaban otros actores además de los falangistas. Es más, estos no sólo se hallaron lejos de ocupar posiciones de exclusividad en la generación de la violencia armada, sino que en su particular duelo a lo largo del período analizado fueron rebasados por sus rivales izquierdistas durante varias semanas. Esto, añado yo, rebate el argumento, tan manido, de que los feroces fascistas fueron asesinos mientras los heroicos luchadores por la igualdad fueron meras víctimas.

En el apéndice se demuestra que el 78,7% de los episodios violentos fueron causados por izquierdistas frente al 21,3% de derechistas. En cambio, hubo 390 víctimas izquierdistas frente a 189 fascistas y 249 derechistas. Se precisa que esta elevada cifra de izquierdistas incluye también a los que cayeron a manos de la policía al reprimir sus ataques y atentados. Entre los agresores, hubo 749 izquierdistas y 431 derechistas. Esas son las cifras. Y a quien le escueza, que lea. Sobre todo este libro.



Finalmente quisiera destacar un capítulo vibrante que daría lugar a una estremecedora película que bien podrá titularse como el capítulo, Pontejos. En él se cuenta,. casi minuto a minuto, la estupidez del asesinato del teniente Castillo (instructor de milicias de izquierdas) y la monstruosidad del asesinato del jefe de la oposición monárquica, José Calvo Sotelo. Esa noche murió España.





martes, 6 de agosto de 2024

Lecturas: Los cipreses creen en Dios (José María Gironella)

 Tantos años viendo los tres tomos de Gironella en casas ajenas, los dos títulos primeros abracadabrantes para un niño (¿cómo va creer en Dios un árbol, y no son demasiados y en números redondos esos muertos?). Tantos años rehuyendo caer en ese gusto tal vez ramplón, tal vez anticuado, seguramente franquista, sin saber que daba la espalda a una posible obra maestra, tal vez a tres. Porque esta primera parte de esa trilogía lo es. Sin duda alguna. Y la pacata y variopinta familia Alvear, de Gerona, tiene vida propia con el padre, Matías, en la izquierda moderada, puede que krausista y algo escéptico, la madre doña Carmen Elgazu, católica a machamartillo y roma con una fe, y un carácter, algo bovina, el hijo mayor, Ignacio, algo tarambana y desnortado, el hijo segundo, César, dechado de santidad y la hija, Pilar, efervescente. A todos ellos los rodean una serie de elementos que caerán en el extremismo, desde el Responsable anarquista, el comisario Julio García con apuntes de comunismo, los utópicos extremistas David y Olga, el falangista Mateo, el chequista Cosme Vila, el pelele rojo Gorki y tantos otros. 



Este caleidoscopio, escrito sin entrar en soflamas patrióticas, entre 1949 y 1952, es un prodigio literario, un ejercicio de generosidad que describe tanto la pasión de las izquierdas como la de los derechistas. El resultado catastrófico de la II República española, a la que se sigue en su deriva desde unos días antes de su proclamación hasta el 30 de julio de 1936, se contempla desde las dinámicas enfrentadas de los extremistas de ambos extremos, con el fatalismo de su resultado detestable. Basta con leer las opiniones de los lectores para comprobar que cuanto dice Gironella tiene un eco en nuestros días, casi una premonición de otro desastre. Lo que hace necesaria esta lectura y convertirla casi en un deber ético y político. Según la propia editorial, es La novela española más leída del siglo XX. Parece mentira, entonces, que hayamos olvidado este aviso. Españolito que vienes al mundo...

domingo, 5 de marzo de 2023

Lecturas: El Terror Rojo (Julius Ruiz)

 Pocas elecciones hay que sean inocentes. Elegir este título de Julius Ruiz supone aceptar que existió algo así llamado. Por mucho que parte de la historiografía rechace que aquello existió y busque achacarlo a incontrolados y a señalar los datos de un terror blanco o azul, jamás de los que perdieron la Guerra Civil española. Pero los datos son tozudos. Es, por tanto, una lectura incómoda (y uso el término para anunciar su siguiente libro en ser reseñado en este humilde blog: Paracuellos. Una verdad incómoda). Circunscrito, con alguna excepción en sus capítulo final a lo que su subtítulo anuncia, Madrid 1936, es un relato aséptico de cómo se desarrolló la violencia desde las elecciones de febrero de aquel año, en el que no se omite el asesinato del teniente Castillo ni el de Calvo Sotelo. El caos de los primeros momentos, con el asalto al Cuartel de la Montaña, dará lugar a una represión, bajo la retórica del miedo a la Quinta Columna, que estuvo mejor organizada de lo que algunos quieren reconocer. Las sacas de las cárceles, los paseos animados por el imaginario de las películas de gánsteres en boga, los tribunales populares y revolucionarios, las disensiones entre los represores (siendo los anarquistas los más benignos), los campos de trabajo forzado para los presos (mucho se han difundido los campos de trabajo franquistas, pero de los republicanos chitón: Albatera lo crearon los republicanos), nada falta aquí. Como hipótesis llamativa, tenemos la sugerencia de que el Gran Terror estalinista, sus purgas, se desarrollaron como imitación del Terror Rojo español de 1936. Interesante, pero, añado yo, se obvia la cronología con el asesinato de Sergei Kirov en diciembre de 1934 y que en los siguientes meses ya se puso en marcha la maquinaria asesina soviética. 


    Para quien quiera saber si Carrillo fue culpable y si el ancianito fumador y amable y contertulio de la SER fue un criminal de guerra, la respuesta es afirmativa. Algo que en el libro sobre Paracuellos el británico Julius Ruiz precisará con mayor detalle. Con multitud de nombres, el lector tiene en este volumen de ahora la opción de buscar en la red el destino de quien plazca: muy a menudo encontrará que fueron fusilados por el franquismo, pero callando (hay una 15-M pedia, de inspiración podemita) su pasado como asesinos y represores. Éste es nuestro país, nuestro desdichado y mezquino país, donde se aplica, bajo la excusa de la ignorancia y la propaganda, la condena moral, e histórica, sobre una de las partes. Mi abuelo falangista y mi adorado tío-abuelo exiliado, me hacen señalar y condenar todos los crímenes, los del criminal franquismo y los de la criminal República. Queda dicho.

martes, 6 de diciembre de 2022

Lecturas: El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936) (Stanley G. Payne)

 Se pusieron de moda los títulos de libros de Historia encabezado por "Los mitos de..." y así como tenemos los de la Guerra Civil y del Franquismo, de Pío Moa, los de la Historia de España de García de Cortázar, del 18 de Julio de Ángel Viñas o los de la Historia Argentina de Felipe Pigna, este volumen del siempre solvente Payne sirve para, con frialdad y sin alaridos, demostrar que mucho de lo que desde ciertos medios de comunicación, desde la tribuna del parlamento, desde los propios centros educativos, se afirma sobre el estallido de la guerra civil no es sino una sucesión de mitos, de interesadas mentiras, destinadas a exculpar a la Segunda República (de la que escuché decir a un chisgarabís local que era "una democracia estupenda") y de cargar la culpa de ese fracaso a las derechas, los fascistas (cómo resuena ese término, hoy, ahora, pavorosamente, en bocas poco doctas). Payne expone el clima de anormalidad que adquirió la Segunda República desde el estallido de la Revolución de Asturias de 1934, urdida y preparada por el PSOE de Francisco Largo Caballero, ese botarate peligroso a quien don Pedro Sánchez Pérez-Castejón ha homenajeado recientemente y ha expuesto como ejemplo de conducta política. A él. Al Lenin español. Téngase en cuenta que en esta España de todos, algunos castigan a quienes no respeten su visión unívoca de la historia, esa memoria histórica en la que sólo puede haber villanos de derechas y adalides, héroes, de izquierda. Que intentaron, ellos, acabar con la República en ese octubre de 1934. Una República que la derecha gobernó desde 1933 hasta febrero de 1936 gracias al voto y cuyo partido principal, la CEDA de Gil-Robles, nunca propugnó la violencia (como sí hizo y usó el PSOE).



La memoria es subjetiva, tornadiza, infiel. La Historia es objetiva, fija en el pasado, hechos que fueron. Payne desmiente mucha paparrucha. Para empezar, y para evaporar esa visión idealizada, rompe el primer tópico, el de la democracia: En consecuencia, los republicanos de izquierda y los socialistas pergeñaron un régimen radicalmente reformista que, casi de inmediato, procedió a cercenar ciertos derechos y a silenciar a la oposición, convirtiéndose en un sistema que, como lacónicamente señalaría Javier Tussell, principal historiador político español de finales del siglo XX, era “una democracia poco democrática”, y quizá esta sea la mejor síntesis en cuatro palabras que se haya hecho de la Segunda República. Esta joven República aprobó una ley electoral, prostituida en febrero de 1936 para dar la victoria en unas elecciones fraudulentas (así lo demostraron, y Payne lo asume, Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular) a los que fracasaron en su intento de recuperar el poder con las armas y contra propia legalidad, dando lugar a un régimen tramposo: Mientras la CEDA había aceptado provisionalmente una ley electoral redactada por sus adversarios y preparada con el solo fin de excluirla del poder, las izquierdas afirmaban que no se podía permitir que la oposición ganara los comicios, ni siquiera en unas elecciones democráticas y auténticas -las primeras en la historia de España-, porque la CEDA abogaba por introducir cambios fundamentales en el régimen republicano. Las izquierdas insistían en que la República no debía ser un régimen democrático igual para todos -un sistema con reglas fijas y resultados inciertos-, sino un sistema con reglas cambiantes -a su antojo- y resultados ciertos para mantenerse permanentemente en el poder.

 


Esta falsa democracia, pues falsa es cuando no trata igual a todos sus ciudadanos, que sólo reprimía los hechos violentos cuando los sufrían sus afines, llevó la violencia a cifras raramente vistas: Así presentó [José Calvo Sotelo] el primero de una serie de informes sobre los actos de violencia y destrucción en España afirmando que entre el 15 de febrero y el 1 de abril, 74 personas habían sido asesinada por motivos políticos y 345 habían resultado heridas. Asimismo se habían incendiado 106 iglesias, de las que 56 habían quedado arrasadas. Puesto que el Gobierno no presentó estadísticas que refutaran estos datos, bastantes historiadores las consideran en esencia correctas, como de verdad parecen ser. A continuación, Calvo Sotelo citó algunos discursos de portavoces revolucionarios en los que declaraban que estos actos violentos eran el comienzo de la destrucción revolucionaria, lo que también era esencialmente correcto. 

Gil-Robles tomó la palabra entre los habituales gritos y tumultos, y afirmó que la CEDA ofrecería su apoyo parlamentario para llevar a cabo reformas sociales constructivas, si bien estas no parecían ser el objetivo principal de las izquierdas. Hizo una advertencia contra el intento del Gobierno de gobernar solo para una mitad del país:

“Una masa considerable de la opinión española que, por lo menos, es la mitad de la nación, no se resigna a morir, yo os lo aseguro”,

Dirigiéndose a Azaña añadió:

“Yo creo que S.S. va a tener dentro de la República otro sino más triste, que es el de presidir la liquidación de la República democrática… Cuando la guerra civil estalle en España, que se sepa que las armas las ha cargado la injuria de un Gobierno que no ha sabido cumplir con su deber frente a los grupos que se han mantenido dentro de la más estricta legalidad”. 

Esta sesión fue la ocasión para que José Díaz, secretario general del Partido Comunista, declarase en un discurso que Gil-Robles “morirá con los zapatos puestos”. Era la típica amenaza de asesinato político de los portavoces revolucionarios, aunque a Martínez Barrio le pareció una afirmación excesiva para ser pronunciada en una sesión de las Cortes. Llamó al orden a Díaz y decretó que la declaración no figurase en las actas. 

Amenazas cumplidas: el cuerpo de Calvo Sotelo
tal como fue encontrado

Al día siguiente, el Parlamento volvió a reunirse en una atmósfera sobrecargada devino al cortejo fúnebre del guardia civil De los Reyes, que, en un momento dado, amenazó con pasar frente a las Cortes. Azaña empleó su retórica acostumbrada, atribuyendo toda la culpa de la violencia a la derecha y a su “profecías”. Con desprecio y sin asumir la menor responsabilidad personal, declaró: “Yo no me quiero lucir sirviendo de ángel custodio a nadie. Pierdan SS.SS. el miedo y no nos pidan que les tienda la mano. ¿No querían violencia, no les molestaban las instituciones de la República? Pues tengan violencia”. 

Ésta fue la democracia envilecida de 1936. Dice Payne: La República revolucionaria ya no era una típica democracia occidental. Palabras especialmente hipócritas en la boca de alguien como Azaña, famoso por su preocupación y su miedo en lo que a su seguridad personal se refería. De todos los discursos de Azaña, quizá este pudo haber sido el más imprudente. Decir que los cinco años de actividad de la CEDA dentro de la legalidad constitucional solo demostraban que “querían la violencia” era de lo más delirante e incendiario. El espectáculo de un presidente del Gobierno parlamentario invitando a la oposición a tomar parte en una guerra civil no tenía precedentes, aunque las amenazas por parte de los presidentes del Congreso y de otros portavoces de las izquierdas continuarían hasta el 18 de julio. 



Aquella sesión la cerró el catalanista Juan Ventosa aventurando a dónde habría de llevar el abuso permanente desde el gobierno del Frente Popular: 

Solo con asistir a este debate, solo con escuchar las manifestaciones de ayer y de hoy —insultos reiterados, incitaciones al atentado personal, invocaciones a aquella forma bárbara y primitiva de la justicia que se llama ley del talión, petición insólita y absurda del desarme de las derechas, y no de todos—, solo con presenciar y observar el espíritu de persecución y opresión que se manifiesta en algunos sectores de la Cámara, claramente se ve la génesis de todas las violencias que se están desarrollando en el país.



A partir del fraude de las elecciones del 16 de febrero de 1936 y de su consumación en la repetición electoral en las elecciones en las provincias de Granada y Cuenca, podría decirse que el proceso electoral en Cuenca y Granada fue menos libre que las elecciones que Hitler llevó a cabo en Alemania en marzo de 1933, una triste comparación para España. Con la supresión de las elecciones libres se ponía fin a la menor posibilidad de alternativa por la vía electoral, alentando y abriendo paso a otra clase de opciones. A partir de ese momento, la "República democrática" era poco más que un recuerdo, aunque tendría una vida muy larga como mero eslogan de propaganda.



Entre la constante incitación a la revolución del sector del PSOE de Largo Caballero y la moderación, un tanto acomodaticia según la coyuntura, de Indalecio Prieto, las divergencias llevaron a que Prieto el 15 de junio de 1936 viera clarividentemente que el verdadero fascismo era el de Largo: es injusto considerar a todos los derechistas como fascistas. El peligro fascista no existe, salvo que venga generado por la izquierda. Lo que había sido ya anunciado cinco días antes: El 10 de junio, el cristianodemócrata Ángel Ossorio se lamentó en un artículo publicado el 10 de junio en Ahora de que el comportamiento de las izquierdas se hubiera transformado en irracional y destructivo, sin solución posible a la vista: "El Frente Popular fue creado para combatir el fascismo, pero por el camino que llevan las cosas en España, el único fascismo va a ser el del Frente Popular".




Si no fuera suficiente todo esto, o con la amenaza del caballerista Ángel Galarza a Calvo Sotelo el 1 de julio, doce días de que fuera asesinado por socialistas (Pensando en su señoría encuentro justificado, incluso, el atentado personal), terminemos de derribar el mito arcádico de la República. Con unos datos incómodos: el programa político de Emilio Mola, el Director del alzamiento del 18 de julio, proponían no la abolición de la forma republicana del estado: el memorándum finalizaba con la declaración: "EL DIRECTORIO se comprometerá durante su gestión a no cambiar el régimen republicano, mantener en todo las reivindicaciones obreras legalmente logradas" y "crear un ESTADO FUERTE Y DISCIPLINADO". Su único lema sería "¡Viva España!". La legislación previa a febrero de 1936 se respetaría, pero se suspendería la Constitución de 1931, que sería sustituida por un "Parlamento Constituyente" elegido por aquellos votantes que estuviesen en posesión de un nuevo "carnet electoral", del que quedarían excluidos los analfabetos y los delincuentes. Asimismo existirían ciertos vestigios de liberalismo, como la "separación de la Iglesia y el Estado, libertad de cultos y respeto a todas las religiones". Se pondría fin a la persecución religiosa y se establecerían comisiones regionales para solventar el problema agrario "sobre la base del fomento de la pequeña propiedad", aunque "permitiendo "la explotación colectiva donde ella fuera posible". No era un programa de extrema derecha".

Tras un mes de guerra, muchos de los presupuestos de Mola serían abandonados. En todo caso, este libro de Payne da para pensar en la realidad de aquel régimen, de aquellos meses de vértigo, en tantas mentiras y mitos que hoy se nos imponen. 



miércoles, 30 de junio de 2021

Lecuras: Los orígenes de la Guerra Civil española (Pío Moa)

 Ahora te ponen el apellido enseguida. Basta con mostrar la menor discrepancia con las autoridades (las de aquí, las de ahora) y quedas bautizado: fascista. O tan sólo hay que nombrar a otros, sospechosos habituales, y ya tienes el sambenito. Por ello el riesgo de comentar un libro de Pío Moa. Por mucho que ela contracubierta se reproduzcan opiniones entusiastas como la Stanley G. Payne (El empeño más importante llevado a cabo durante las dos últimas décadas por ningún historiador en cualquier idioma, para reinterpretar la historia de la República y la Guerra Civil), Moa es considerado, no sé si por su condición de no historiador titulado, por su bandazo de ser terrorista del GRAPO (mismo grupo asesino en el que militó el padre del ex-presidente de este gobierno) hasta sus posturas derechistas. Por tanto, Moa es otro fascista tan reprobable como sus lectores. Como yo mismo, vaya. Y el odio y hasta el desprecio de que es objeto (hace unos años hasta se publicaron sesudos estudios contra Moa, buscando hundirlo), se hace llevar a los que le leemos. 

Vamos a ver, la Guerra Civil española es uno de mis temas preferidos de lectura. Estudios, no ficciones. Payne, Preston, Thomas, esa gente. No la abominable Almudena Grandes. Y Moa. En él no he leído nada que rechine, que suene a mentira, a forzar la interpretación de los hechos. Ni en Los mitos de la guerra civil española ni en Años de hierro: España en la posguerra 1939-1945 ni en el título que ahora comento. Curioso caso el de la Guerra Civil española. Aquello de que la Historia la escriben los vencedores se dio aquí la vuelta. Ante el drama humana y las necesidades de la propaganda (eran tiempos de equiparar a Franco con Hitler y Mussolini, había que blanquear el atroz comunismo antes de que empezara la Guerra Fría, ya que ellos habían tomado Berlín. Esas cosas. Y desde las simpatías desde la historiografía británica y estadounidense por los regímenes liberales (la República parcialmente lo fue, y parcialmente no), no se podía sino defender a los "pobrecitos republicanos" y demonizar a los fascistas comeniños. Qué cosas. 

Es desde su oposición a ese discurso buenista y maniqueo que Moa se alza y se convierte en la bestia negra de la historiografía española. De cierta historiografía, si bien mayoritaria y hegemónica. Revisionismo. Por decir y demostrar lo ya sabido, que la guerra civil, el golpe contra la República, lo dio el PSOE en octubre de 1934, que la CEDA, hasta marzo de 1936, era moderada, que el jefe del golpe fue Largo Caballero, con la ayuda escéptica de Indalecio Prieto y Manuel Azaña y con la participación activa y clave de Lluís Companys, ese traidor separatista y enemigo de la República burguesa que le había concedido la autonomía a su región. Los hechos de aquel octubre de 1934 terrible y el camino hacia el mismo quedan aquí bien narrados. Eso sí, chirría que se cite como historiadores serios a Joaquín Arrarás y a Mauricio Carlavilla (Mauricio Karl, autor de panfletos fascistas y antisemitas), apologetas del franquismo. En las páginas finales del libro recoge las instrucciones del golpe redactadas por el Comité Revolucionario que dirigía el levantamiento, transcrito desde la copia de Largo Caballero depositada en la Fundación Pablo Iglesias. Todo claro, clarete. ¿Franco golpista? Sí, cómo no. El PSOE y Largo Caballero golpistas, también. Y no extraña que Franco y los suyos se levantaran contra el Frente Popular del que el partido mayoritario, gobernante ahora, era el que gobierna ahora. Con un presidente que recientemente elogió a Largo Caballero y lo puso de ejemplo. Avisados estamos. Y ya me pueden llamar lo que quieran.





lunes, 24 de agosto de 2020

Lecturas: La República y sus enemigos (Manuel Chaves Nogales)

 

Ahora que se hacen llamamientos a proclamar la república imaginaria de Cataluña o la catastrófica de España, cuando entras en Twitter y encuentras aquella grillera plena de cacareos llamando fascista a quien no coincida con sus opiniones, cuando la Tercera España a la que Chaves Nogales perteneció parece una ocurrencia política, una anécdota de la Historia, una aberración de quien no quiere ser rojo ni azul, ahora que los del otro lado se envanecen con la retórica del Imperio, del cierra España, de llamar Subcampeones de 1939 a los que perdieron aquella guerra que vuelve a asomar su hocico pestilente desde entonces y que fuera desenterrada por capricho de Rodríguez Zapatero tras haberla sepultado Suárez y González, ahora, digo, se hace especialmente oportuno leer este puñado de artículos del gran santo laico de la España insumergible.


Me imagino a cualquier mozalbete de los de ahora, de los de gimnasio y brazos ilustrados por tatuajes, de LOGSE y Twitter, hijo de este siglo, votante de Podemos porque comparte el culto de la arrogancia y la pulsión fácil, instantánea, del calentón y de abajo el capital y de guillotina para los Borbones, ese mozarrón, o moza, que con la educación débil, mínima, sesgada, pueril, que se imparte ahora, digo, mira este libro, su título, su cubierta, y se dice mola, y se cree que los enemigos de la República son los fascistas, el ejército, los tipos esos con las escopetas, ignorando lo que fue la Guardia de Asalto, y se contentará con la versión ad usum populi de que la República se la cargaron los de siempre, los señoritos y los ricos y los fachas, que aquella República fue una democracia estupenda (definición oída a uno de esos ágrafos) que fue atacada por aquellos de loas que Vox es la nueva encarnación. Y así no es raro que vuelvan a arroparse en la retórica del verano de 1936 y demás enormidades.

Por ello, muchachos, muchachas, muchaches, muchachxs (manda cojonxs, proclamo), lean a Chaves Nogales y comprendan, si pueden, que los enemigos de la República fueron el general derechista Sanjurjo con el levantamiento en Sevilla en agosto de 1932, sí, pero también los campesinos que protagonizaron revueltas comunistas en los pueblos de Andalucía, Extremadura e incluso La Rioja, y muy especialmente los comunistas y anarquistas que martirizaron Asturias en octubre de 1934. Todos estos frentes internos los cubrió en sus crónicas, como enviado especial, Chaves Nogales. En todos ellos se avisa de que la radicalidad puede poner en peligro la democracia hasta destruirla. Para terminar de cerrar el círculo con nuestra época, se rellena el volumen con un puñado de entrevistas con dirigentes de entonces (Azaña, Lerroux, Largo Caballero, Marcelino Domingo, Fernando de los Ríos) que muestran la misma capacidad que los de ahora en hablar mucho y decir poco. Eso sí, en noviembre de 1931 el socialista Largo Caballero ya amenazaba con desencadenar una guerra civil. Para que luego digan. Lxs muchachxs.