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jueves, 10 de agosto de 2023

Lecturas: El fin del "homo sovieticus" (Svetlana Aleksiévich)

Premio Nobel de Literatura, Aleksiévich en 2015, reside en Berlín exiliada desde 2020. Por críticas al dictador Lukashenko de Bielorrusia, esa república convertida en pedanía de Rusia, una satrapía del imperio ruso regido por el abominable Vladimir Putin. Nacida en la hoy martirizada Ucrania, Aleksiévich residía en Bielorrusia. Como quien busca la libre expresión, ha tenido que buscar acogida en nuestra decadente Europa. Donde, con todo, se respetan los derechos humanos. Y aquí debo frenarme para no desatar una diatriba inútil contra la Rusia y la Bielorrusia actuales, contra sus tiranos. 

Ya lo hace Aleksiévich con este libro-reportaje que da a entender por qué esas naciones son hoy como son. Porque se sienten en deuda con Stalin, con la Unión Soviética que siendo criminal ofrecía una ilusión de grandeza a sus esclavizados ciudadanos. Aquí, a lo largo de 642 páginas, Aleksiévich reduce sus intervención al mínimo: deja hablar ante un magnetófono, o ante un cuaderno de notas, a ciudadanos de la extinta URSS de diversas repúblicas, comunistas o anticomunistas, de ciudad o de aldea, ancianos y jóvenes, mujeres y hombres, para dejarles contar libremente su experiencia. La reunión de estas voces nos deja ver que la realidad de ese inmenso presidio de hoy en día es un lugar en el que la solidaridad no existe y se prefiere el miedo a la esperanza. Por medio, historias de sufrimiento, de guerras civiles, de miseria material o moral. Y una constante alusión a los embutidos (sí, embutidos) como indicadores de la prosperidad de las naciones. La presencia o no de estos alimentos sirven para modular lasa nostalgias de muchos de los testigos. De gente que rompe en quejas como A ver, a ver, a ¿usted de veras cree que esto que le cuento interesará a alguien? ¡Dígame a quién! ¡Dígamelo! Esto hace mucho que no le importa a nadie. El país en el que vivíamos ya no existe ni existirá jamás, pero nosotros todavía estamos aquí, viejos y repugnantes... Con nuestros recuerdos horribles y estos ojosa llenos de odio... ¡Aquí estamos! ¿Y qué queda hoy de nuestro pasado? Stalin anegó el país en sangre, Jruschov lo sembró de maíz y Brézhnev era un payaso de feria.

 Las opiniones negativas, y a menudo certeras, se suceden y acumulan: Los rusos tenemos que vivir vidas feroces y sórdidas, porque sólo así el alma se eleva y toma conciencia de que no es de este mundo... Cuanto más fango y más sangre, más espacio tendrá el espíritu. Este país sólo se puede modernizar poniendo a los científicos a trabajar bajo vigilancia policial o llevando a muchas personas al paredón. Bajo esta concepción pesimista de la existencia (hablan personas que vivieron el caos del estado mafioso de la época de Yeltsin), el comunismo parece algo digno de añoranza: El hombre no es más que polvo, un grano de polvo... Y entonces todos se volvieron de nuevo hacia los comunistas... Aquí nadie tenía millones cuando gobernaban los comunistas, pero todos teníamos un poquito y ese poquito nos bastaba. Y todos nos sentíamos igualmente dignos.



En ese sentido se manifiesta la nostálgica abuela de otro de los testigos del libro en expresión lapidaria: Cambiaron el socialismo por unos plátanos y unos chicles. Ante esa pérdida, ese cambalache desconcertante, hasta el crimen se perdona: Asesinaron a sabe Dios cuánta gente, pero vivíamos en una época grandiosa. Así, confidencia tras confidencia, historia tras historia, se recompone un fresco que explica cuán amarga fue la vida durante la experiencia soviética cuán amarga lo fue después y cuán amarga lo sigue siendo. Pobres rusos y bielorrusos, pero también pobres tayikos y armenios y chechenos y azeríes y tantos otros. La violencia y el crimen los cubrió a todos por igual según estas voces amargas y cargadas de resignada emoción. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Lecturas: Todo fluye (Vasili Grossman)

Stalin ha muerto (bueno, no en España donde lo quieren resucitar con insensato entusiasmo). Vasili Grossman, de quien ya había leído "Vida y destino" y "Años de guerra", además de la biografía-antología "Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945" de Antony Beevor) se siente libre al fin, se pone a escribir una novela sobre un superviviente del Gulag que vuelve a casa, y lo que comienza como una novela excelente se convierte en un ensayo político. Las andanzas de Iván Grigórievich en un Moscú anodino en el que es fácil cruzarse con sus delatores, en el que no hay todavía justicia pero tampoco rabia por tanta sangre derramada, dejan paso, entre los capítulos 18 y 25 (el libro termina, apresuradamente, en el capítulo 27), a un vibrante alegato contra Lenin y, sobre todo, contra Stalin. Que tampoco, la verdad, aporta nada nuevo a los que estamos convencidos de que el mayor error del siglo XX (y del XXI, ojo) es el comunismo. Desconcentra mucho ese alegato contra el monstruoso régimen. Incluso molesta. Es como si Grossman sintiera la necesidad de decir claro, sin ficción, lo que le parecía el comunismo soviético. Una vez desahogado, cansado, decide terminar abruptamente la novela. Una pena. De las grandes. Tal vez una decepción. Pero es difícil enfadarse con alguien como Grossman.  

Noticias de ayer, ¿y de mañana?

miércoles, 23 de abril de 2014

Lecturas: Padres e hijos y otras novelas (Iván Turguénev)

Palabras mayores, muy mayores. Un autor para quererlo siempre. Aunque tapado por Dostoievsky y Tólstoi, aunque por su fama entre nosotros por encima de Gógol, Turguénev (1818-1883), ha quedado convertido en un ruso más del XIX, alguien que en otras décadas tuvo más aceptación que ahora. Hace 30 años compré ya un libro de nuestro autor, "Nido de hidalgos", en una edición que tenía sus buenas décadas encima y que, enfrascado en otros libros, nunca leí y que incluso perdí en una de esas limpiezas arbitrarias y, por lo que veo, lamentables. 

Vuelvo, o llego, al fin, a Turguénev y caigo deslumbrado. El volumen que comento, publicado por Círculo de Lectores en 1991, recopila las novelas "Padres e hijos" y "Aguas primaverales" junto a las novelitas "Asia", "El primer amor" y "Clara Mílich (Después de la muerte)". Las cinco piezas son deliciosas, elocuentes, tiernas, melancólicas, irónicas. Con un estilo diestro, que en España encontraríamos fusionando a Galdós con un poquito de Clarín y un poquito de Juan Valera, Turguéniev se centra en la deriva de los sentimientos, con una especial predilección para analizar cómo aparece el amor. Aunque las más de las veces el resultado de ese afecto es el fracaso. Vladimir Nabokov, que analiza "Padres e hijos" en su "Curso de Literatura Rusa", pondera este título como "una de las novelas más brillantes del siglo XIX". No desmentiré yo a Nabokov. En esta novela asistimos a la presentación en la literatura rusa del primer protagonista que anuncia la revolución venidera. El nihilista Bazárov, que se jacta del nihilismo y preconiza la destrucción para que otros construyan, termina siendo visto por los que le rodean como un idiota. Me abstendré de entrar en consideraciones políticas. Hay, además, en esta novela magnífica un duelo a pistola, pero también encontraremos otro en "Aguas primaverales", como lo hubo en el relato "El disparo" de Pushkin (y, con resultado de muerte propia, en la biografía del gran romántico). Es, por lo que se ve, un mundo de honor, muchos miramientos y calentamiento rápido. No quiero ejercer de crítico, sino de lector, en estos comentarios. Sólo puedo recomendar vivamente un narrador que con una sensibilidad que puede recordarnos a la película "Ojos negros" de Nikita Mihalkov (basada en relatos de Chejov), es especialista en personajes femeninos, que pueden ser deliciosos y cautivadores, plenos de encanto, o asquerosamente manipuladores. -y siempre trazados con intensa vitalidad y ricos matices. Y ya que he mencionado la película de Mihalkov, Turguéniev es también cinematográfico en la concepción de "Aguas primaverales", que no es sino un colosal relato en flashback.  

Ninguno de los relatos, sean novelas o novelitas, de este libro desmerece de los demás. Cada uno fascina, cada uno enamora. Un genio, ya les digo. Y como ya decía, para quererlo siempre.

miércoles, 16 de abril de 2014

Lecturas: La hija del capitán y otros relatos (Aleksandr Pushkin)

El gran escritor ruso. No tanto, pero sí es el más respetado entre sus compatriotas. El más amado, el incontestable. Al que la muerte temprana, romántica dentro del Romanticismo de su tiempo, a pistola en un duelo con algunas horas de agonía, le sintió tan bien. Poeta pero también narrador. Desconozco su poesía, pero este volumen que reúne diversas ficciones sirve para dar una imagen apropiada del mito ruso: la novela de aventuras y amores "La hija del capitán", los cuentos de "Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin", la novelita "Dubrovski" y el relato "La dama de picas". 


Sorprende en Pushkin la parquedad del estilo, una concisión que en castellano identificamos con Josep Pla. Con ese lenguaje escueto, en el que apenas hay adjetivos, en el que se renuncia a todo artificio, que el libro deje un buen sabor de boca se debe a que es interesante siempre lo que cuenta, y que la voz de Pushkin es diestra, con una pizca de ironía acá y allá, sabe modularse para compensar al lector. Más moderno de lo que esperaríamos en un romántico, haciendo matar a personajes sin un ápice de sentimentalismo (en "La hija del capitán"), quizás la joya de esta recopilación son los apócrifos "Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin", que para un lector español vendrían a ser como las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer trufadas con el sarcasmo macabro de Ambrose Bierce. En la muy popular "Dubrovski", historia de un noble metido a justiciero, lo más notable puede ser la descripción de la servidumbre, en poco diferente a la esclavitud, en las aldeas rusas. En "La dama de picas" encontramos, con cierta crueldad y elementos bizarros, al jugador de Dostoievsky, empujado a la locura y tal vez al crimen. Muy recomendable.