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sábado, 3 de mayo de 2025

Lecturas: Norte contra Sur (Julio Verne)

 Me interesa mucho (a ver, soy español de este tiempo y no me es ajeno el destino de mi patria) la guerra de Secesión estadounidense. De ahí que comprara en una librería de segunda mano los dos volúmenes de esta rareza de Verne a quien llevaba cuarenta años sin leer. Encontrar al ojearlos los nombres de Jacksonville (un aeropuerto que he usado) y de San Agustín en Florida (un lugar fascinante en el que he sido feliz y al que sueño con regresar) me hizo caer en la tentación.



Publicada en 1887, es una de las obras menos conocidas de Verne, que rechaza esta vez la fantasía para volcarse en la historia y en la fantasía. La trama, situada en la guerra civil estadounidense, gira en torno a James Burbank, un rico plantador de Florida, abolicionista, que se enfrenta a la hostilidad de sus vecinos esclavistas cuando estalla la Guerra Civil. Su plantación, Camdless Bay, se convierte en el epicentro de tensiones merced a la saña de un villano villanísimo y español con el absurdo nombre de Texar, que la toma con la angelical familia Burbank. Hay combates, juicios, conjuras, identidades dudosas. También exploraciones por escenarios poco creíbles. Pero sobre todo hay demagogia a espuertas. Malísimos contra buenísimos. Pero también diversión. Algo es algo.


domingo, 21 de noviembre de 2021

Lecturas: Civilizaciones (Laurent Binet)

 Laurent Binet es tonto. Poco más hay que decir. Eso es todo, señoría. 

Escribir un libro como éste es algo innecesario. Vacuo, pueril. Tonto una vez más. Yo, tan amigo de las ucronías cuando están bien hechas, terminé llevando el ejemplar, nuevecito, y de camino el de su correcta novela sobre el asesinato de Heydrich, HHhH (2014) a un árbol del centro de Málaga donde la gente deja sus libros que ya no quiere dejar en casa. En origen, esa roca Tarpeya de papel se originó con los sobrantes chamuscados de la librería Proteo y después ha seguido así. Al día siguiente, se habían llevado ambos. Espero que a revender.




Lo que jode de este libro es que teniendo como asunto qué hubiera sido de Europa si los aztecas hubieran descubierto Europa es una soberano estupidez. Primero describe, cómo no, puestos a quitar méritos, la llegada de vikingos a las costas de Terranova para ir bajando hasta llegar al cono sur. Y dejando un culto sincrético que mezcla a la Pachamama con Odín. ¿Quieren más dislates? Pues llega Colón y termina cautivo, fané y descangayado. Y son los incas confabulados con los taínos de Cuba, Higenamota y Atahualpa, tanto monta, monta tanto, los que apañan lo que queda de los barquichuelos de Colón y se presentan en Lisboa con sus plumas y quetzales, tiran para Toledo y Granada (o Sevilla, lástima que largué el tochín) para a lo tanto descalabrar a Carlos V y a partir de ahí, liberando a la península ibérica de la funesta Inquisición, que díganme si no es suerte y llegar a tiempo pillar un Auto de Fe en pleno esplendor, oh yeah, y después llegan los aztecas que sí se comen a los niños y son muy malos y todo es concordia y paz y juegos florales gracias al Imperio Inca de Occidente (bueno, Oriente para ellos). Una soberana memez que termina con unas aventuras de Cervantes que tras pasarlas putas, y con la ayuda del Greco convertido en un ninja católico, tal cual, e incluso tras pasarse una temporadita gorroneando en casa de Montaigne, se embarca para las Indias.

Todo en un nivel tonto, ya les dije. Y que incluso tampoco es original, pues la historia de base, el descubrimiento precolombino de Europa ya lo trató el argentino Federico Andahazi en su novela El conquistador (2006). No es que el libro atufe a Leyenda Negra, es que es una paparrucha. Una gilipollez con páginas. Huyan. Y si eso, búsquense el de Andahazi y me cuentan. Peor seguro que no es. 


lunes, 15 de febrero de 2016

Lecturas: El Reino [Emmanuel Carrère]

Cuenta Emmanuel Carrère que durante un periodo de su vida fue cristiano. Cristiano en serio, de los de lectura diaria de los evangelios, de comunión diaria y de esperanza diaria. Aquella experiencia pasajera, de un par de años, está en la base de este libro híbrido escrito con buena prosa y con un tono que se nos antoja sincero. De Carrère disfruté en su momento “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982”, que no es la mejor biografía ni el mejor estudio sobre Dick, ya que esos méritos corresponden a Lawrence Sutin y Pablo Capanna, pero sí es un muy buen estudio y biografía del profeta y novelista.  Este libro, que algunos extrañan que no se encuentre entre los principales de 2015, constituye otro ejemplo de autobiografía a través de otros. Esta vez, son los apóstoles Pablo y Lucas los que nos guian a través de la vida de Carrère en esos años de certidumbre.




El libro se lee con agrado, yendo desde lo testimonial del propio Carrère, con historias como la de la ex niñera de los hijos del mismo Philip K. Dick, que alucinado comparece aquí y allá, con menos intensidad y referencias de lo que nos hubiera gustado a los que amamos a ese desdichado y entrañable visionario, hasta, con mayor atención y profundidad, a los hechos de los apóstoles que escribieron los evangelios. Por tanto, el lector avezado en el cristianismo primitivo y su contexto (yo mismo tengo más de una docena de volúmenes, posiblemente dos, sobre el tema) hallará satisfacción a sus inquietudes. O más bien las multiplicará pues Carrère no aporta seguridades sino que aventura hipótesis al plantear sus personajes históricos como de ficción al, con absoluta honestidad, aportar posibilidades de comportamiento, motivaciones, cuando no se conocen. Con todo, es verosímil cuanto dice el novelista francés. Véase al respecto, lo que afirma:

Lo que digo a este respecto no es para denigrar al autor de esta biografía [se refiere a un autor que da fechas exactas sobre episodios dudosos de San  Pablo], sino para recordarme que soy libre de inventar siempre que diga que estoy inventando, señalando tan escrupulosamente como Renan los grados de lo seguro, lo probable, lo posible y, justo antes de lo directamente excluido, lo imposible, territorio donde se desarrolla una gran parte de este libro."


Es, por tanto, un buen documento, incluso un punto de partida, para iniciar una pesquisa sobre la fe cristiana y sus orígenes. Como también lo es, con muy diferente discurso, “El deseo de las colinas eternas”, de Thomas Cahill, con el que guarda alguna afinidad. Pues si en Cahill se concluye con una emocionante y atractiva descripción de la comunidad de San Egidio en Roma, que se esfuerza en vivir como los primeros cristianos, en Carrère ocupa ese lugar, también como cierre del relato, un episodio de lavatorio de pies en la comunidad del Arca de Jean Vanier. El episodio es conmovedor. La conclusión a la que nuestro autor llega, al final de todo y como cierre último del libro  es elocuente:

"He escrito de buena fe este libro que acabo aquí, pero aquello a lo que intenta acercarse es tanto más grande que yo, que esta buena fe, lo sé, es irrisoria. Lo he escrito entorpecido por lo que soy: un hombre inteligente, rico, de posición: otros tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado. Y lo que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No lo sé."


BONUS:
A la muerte de Blaise Pascal en 1662, cosida dentro de sus ropas, se encontró una nota que constituía el testimonio, radiante y gozoso, de su propia conversión. Carrère no lo nombra, no es exultante en la descripción de su momento de iluminación. Pero el interés del documento bien vale su transcripción aquí en calidad de guía de viaje hacia la puerta del Reino:

“El año de gracia  de 1654. Lunes 23 de noviembre, día de San Clemente papa y mártir y de otros en el martirologio. Víspera de San Crisógono mártir, y de otros.
Desde aproximadamente las diez y media de la noche, hasta aproximadamente las doce y media.
Fuego. “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3, 6) y no de filósofos y sabios. Certeza. Certeza.
Sentimiento. Alegría. Paz.
Dios de Jesucristo.
Deum meum et Deum vestrum (Jn 20,7) “Tu Dios será mi Dios” (Rt 1, 16)
Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios.
No se encuentra sino en los caminos indicados por el Evangelio.
Grandeza del alma humana.
“Padre justo, el mundo no Te ha conocido, pero Yo te he conocido” (Jn 17, 25)
Alegría, alegría, llantos de alegría.
Yo me he alejado.
Derelinquerunt me fontem aquae vivae (Jr 2, 13)
“Dios mío, ¿seré yo abandonado?” (Mt 27, 46)
Que yo no esté nunca separado de Él por toda la eternidad.
“Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti solo Dios verdadero, y a aquel a quién has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)
Jesucristo. Jesucristo.
Yo me he separado, he huido de Él, lo he renegado, crucificado. Que no esté nunca separado de Él.
No se conserva sino por los caminos enseñados por el Evangelio. Renuncia total y dulce.
Completa sumisión a Jesucristo y a mi director.
La alegría eterna por un día de prueba en la tierra.

Non obliviscar sermones tuos (salmo 118, 16) Amén.”

domingo, 30 de agosto de 2015

Lecturas: Napoleón (Max Gallo)

Es difícil que no salga una novela pasable cuando el asunto es la vida de Napoleón, desde su inicio en una isla hasta su final en otra. Max Gallo lo consigue, sin necesidad de imaginar gran cosa. Acá y allá, párrafos en cursiva con el monólogo interior del personaje. Entre medias, los hechos históricos sin apenas adorno. Sorprende que la obra maestra táctica que fue la batalla de Austerlitz no sea narrada con más atención, o que el espanto del cruce del Beresina, en la retirada de Rusia, no sea descrito con mayor dramatismo. Tal vez porque sea un esfuerzo vano intentar competir con la magistral "Nevaba" de Patrick Rambaud (en cambio, la otra batalla que Rambaud noveló, Essling, sí es descrita con un tono dramático casi pesadillesco). Una buena lectura, pero sólo para los que amamos a Napoleón, el que acaba con la Revolución y el del regreso desde la isla de Elba.


Es inevitable no recordar, al leer este incómodo volumen (835 páginas en mi edición), a Hitler. Véase, puesto en boca de Napoleón pero que también hubiera suscrito ese otro extranjero convertido en dominador de otra nación y, por poco, del mundo, una opinión sobre Rusia: "Los rusos deben aparecer como un azote ante todos los pueblos. La guerra contra Rusia es una guerra pensada en beneficio de la vieja Europa y de la civilización. No debemos ver más que un enemigo en Europa. Y ese enemigo es el coloso ruso". Es, en definitiva, el Napoleón que nos presenta Gallo un esclavo de  un destino mayor que la vida, y que por él se sacrifica y es sacrificado. En pos de su meta, llega a perder la sensibilidad: "No crea que mi corazón no es sensible. He necesitado un gran dominio sobre mi persona para no demostrar emoción. Desde mi adolescencia, me apliqué a apagar esa cuerda que en mí no da ya ningún sonido. Mi deber es seguir, actuar, avanzar". Con todo, hay grandeza innegable en el emperador, como cuando visita en plena noche y sin aviso a la familia de uno de sus más sacrificados y admirables generales, Oudinot: 

"Acude a saludar a la familia del general en plena noche, mientras duerme, y parte tan rápidamente que recordarán su visita como si fuera un sueño. 

Eso desea ser, el sueño de los hombres, confiesa mientras se inclina de nuevo sobre los mapas.

- Hago mis planes con los sueños de mis soldados dormidos".


François Rude:
Napoleón despertando a la inmortalidad
(1845-1847)

jueves, 20 de agosto de 2015

Lecturas: Sumisión (Michel Houellebecq)

                “Las predicciones del mago Houellebecq: En 2015 pierdo mis dientes. En 2022, hago Ramadán”. Es lo que decía la caricatura de Michel Houellebecq en la portada de Charlie Hébdo del día en que asesinos yihadistas masacraban a la plantilla del semanario. El motivo de la portada, y la clave del chiste, era la aparición en Francia de esta novela, “Sumisión”, que situaba su acción en un hipotético 2022, cuando llega al poder en el país vecino un partido islámico, la Hermandad Musulmana, gracias al apoyo de los socialistas (y la derecha) para evitar, en segunda vuelta, el triunfo del Frente Nacional de Marine Le Pen.

            La novela, estimable, sigue la peripecia de un profesor de la Sorbona II, François, especialista en Huysmans, desde las fechas previas al triunfo de los musulmanes hasta un tiempo después, tal vez un año. En primera persona, entrelaza el relato de los hechos políticos con su propia vida, marcada por relaciones personales inestables, su cese, con sueldo, en la universidad en razón de su no pertenencia a la religión imperante (por entonces, la Sorbona se ha convertido en una universidad islámica) y la preparación de una edición de las obras de Huysmans para la Biblioteca La Pléyade. Para ello, regresa a la abadía de Ligugé en la que Huysmans preparó su conversión al catolicismo, y desde esa distancia, esa calma, contempla cómo Francia se acerca a una guerra civil y la evita. El factor religioso, la conversión del autor sobre el que investiga, se erige en precedente de la conversión que se le ofrece a François si no quiere ser un marginado. La fe, en tiempo de mudanzas, puede ser, también, la única certeza, la única roca a la que aferrarse. Para sobrevivir, o para vivir en plenitud, François sólo tendrá que rendirse ante la trascendencia y ante las circunstancias. Para ellos, sólo es necesaria la Sumisión. Que en la novela se contempla como algo interior y exterior.

            Más que una novela política, que no lo es del todo, nos encontramos con una ficción sobre el hecho religioso. La estabilidad, puede que la beatitud, que Huysmans encontró en el catolicismo, es algo que nuestro protagonista puede encontrar (todo es cuestión de proponérselo, de ser sumiso) en el Islam. La poligamia, admisible y recomendable para los fieles, es también un aliciente poderoso. La pérdida del amor, o puede que sólo sea del sexo no remunerado, a través de la huida a Israel de Myriam, una amiga con derecho a cama, combinado con la ausencia de fe, combinadas, acompañarán a François en su evolución. El refugio en la abadía, junto a la labor de proselitismo que ejerce su antiguo colega y ahora rector de la Sorbona, Robert Rediger, hacen el resto. Todos tenemos un precio. Y todos tenemos derecho a una segunda oportunidad. Tan simple como eso.

lunes, 27 de abril de 2015

Lecturas: Trilogía de la Ocupación (Patrick Modiano)

            Es lo que pasa con tanto libro y tanta película: que el prólogo (esta vez titulado Chez Modiano y debido a José Carlos Llop, es, como un apabullante tráiler que mejora a la película, que mejora al libro. Pero tampoco nos engañemos. En este volumen, en cuanto trilogía, hay tres novelas. Muy mala la primera, muy buena la segunda, salvable la tercera. Dice Llop que cuanto se publica en el mundo, aunque sea en internet, acerca de Modiano termina en la red en el Diccionario Modiano que nada deja escapar. Un destino que no quisiera para este comentario.

            Porque la primera novela aquí incluida, El lugar de la estrella es una memez posmoderna de la que sólo salva que está datada en la proto-posmodernidad. Un ingenioso artilugio que te hace esforzarte, ser paciente, ponerte en modo lector automático. Un texto lleno de ruido y de furia, trufado de buscado antisemitismo para delatar la barbarie de esa actitud. Y poco más. Una novela que no lo es, que se convierte en un chiste largo y sin gracia, un sketch de José Mota para académicos esquizofrénicos. Algo malo, tramposo, desesperante. Estúpido. Lasciate ogni speranza


            La segunda, La ronda nocturna, habla del París ocupado y a punto de llegar los nazis, un mundo alucinado de arribistas, de traidores y de patriotas, una historia de identidades ocultas, de gente que se persigue a sí misma y de sí misma huye. Sobresaliente de estilo y de tensión, es lo único, o casi, que hace que conserve este libro en mi biblioteca, sabedor de que alguna vez volveré a sólo estas páginas.

Swing troubadour: 
una canción que suena eficazmente
en La ronda nocturna


            La tercera, Los caminos de circunvalación, se asemeja más a la anterior, pero no llega ser tan perfecta. Comparece aquí el padre judío del autor, convertido en personaje al que su hijo, narrador y autor, observa con lejana compasión. Sumergido en la pesadilla nazi, lo vemos disimular, simular y sobrevivir mientras vive en la inestable incertidumbre. No es una buena novela. Pero no es mala tampoco. No se pierde el tiempo, no se pierde la paciencia. Lo cual es mucho.

viernes, 14 de febrero de 2014

Lecturas: La novela de la momia (Théophile Gautier)

No es rara la literatura sobre momias en el XIX. Era la época en que se traficaba con los venerables cuerpos y era considerado chic asistir a veladas en que se las desprendía de vendajes, en sesiones en que es fácil aventurar los gestos de los rostros, entre la fascinación por el peso de los siglos y el horror de estaer hurgando en cuerpos desprovistos de sangre y casi de carne. La imaginación romántica, tan afín, no es ajena a este juego con la decrepitud, la nada, y la persistencia de la belleza. No es, por tanto, extraño que Gautier, adalid del Romanticismo y a la vez fundador, por la sublimación del componente estético, del Parnasianismo, se dejara llevar por la atracción exótica, el esplendor que había introducido en Francia el vencedor de la batalla de las Pirámides, Napoleón Bonaparte. Mientras en Poe, su "Conversación con una momia", era un chascarrillo sin gracia, Gautier en la novelita que nos ocupa, se convierte en poco más que un precursor de Cecil B. de Mille. Porque aquí apenas hay nada que no sea ambientación y bonitos decorados. Puro technicolor decimonónico.


Tras contar cómo un aristócrata inglés y un sabio alemán dan con una tumba egipcia intacta, se encuentra, al desenvolver la momia un escrito que guardaba el envoltorio en un costado. "La novela de la momia" pasa a ser, por tanto, la presunta traducción del original egipcio hallado con el cuerpo. Que es femenino y que se corresponde con la hermosa Tahoser, hija de un sacerdote que no comparece en la ficción. Tahoser se encapricha de un rico funcionario que es judío y que oculta su fe. A su vez, el faraón se encapricha de Tahoser, la requiere, hace que conviva con él y he aquí que comparece, apresuradamente, y en las últimas páginas, Moisés. Lo que sigue es de todos sabido.

Todo esto, sin entrar en grandes honduras sobre el carácter o la psicología de los personajes (a lo más, sabemos que Tahoser es obstinada, como lo es el faraón), se desarrolla en capítulos dedicados a contar una procesión o un palacio, con riqueza de detalles que nada aportan a la narración. Primores de arqueólogo, minucias precisas pero innecesarias. Un clásico, dicen. Del hastío.

jueves, 14 de marzo de 2013

Lecturas: Naná (Emile Zola)


      En uno de mis libros favoritos por lo raro y arbitrario, “Novelistas buenos y malos juzgados por el P. Pablo Ladrón de Guevara de la Compañía de Jesús” (Cuarta Edición Completa, Bilbao, El Mensajero del Corazón de Jesús, 1933), se despacha a Emile Zola con contundencia:

“ZOLA, Emilio. (1840-1902). Su padre era italiano, y él nació en París, donde murió de muerte desastrada, después de haber escrito libros tan escandalosos por su impiedad y asquerosa lujuria, que acabó por causar náuseas a sus mismos amigos. Con tal infame comercio se hizo muy rico. A su realismo le llama un crítico, y por cierto de lo más impío, brutal y grosero, añadiendo que los tipos de sus novelas son generalmente grotescos y monstruos repulsivos, dejando su lectura una impresión penosa.
NOVELAS: Todas sus obras, opera omnia, están prohibidas en el Índice actual”.

        Fastidia tener que darle la razón al iracundo cura. Más aún cuando ayer fue elegido Papa otro jesuita, el arzobispo Bergoglio, que tanta esperanza y admiración despierta. Pero es que la lectura de Naná es desesperante. Es mi primera lectura de Zola, y tal vez la última. Aunque sea Zola tan ejemplar en su lucha valiente a favor del capitán Dreyfus, este libro repele, invitando a dejar incompleta y truncada para siempre la lectura. Se comienza leyendo con la sensación de que los defectos de ese estilo mareante pero sin adornos deben achacarse a la traducción. Que en mi edición barata nadie firma. Sólo cuando haya acabado el libro, y sepa que es sólo la tercera novela de la saga de los Rougon-Macquart y la primera de una trilogía dentro de esa serie (son las otras La taberna y Germinal), se comprenderá por qué aburre y aleja al lector, produciéndome el mismo efecto de hastío que algún título, olvidado, de la Comedia Humana de Balzac.


        Aquí todo es lo mismo, verborrea, nombres, pinceladas, rellenando páginas y más páginas que siguen las peripecias de un puñado de burgueses y de nobles, de señoritas livianas y voraces, de comiduchos brutos. Pero sin que nadie te interese mucho, sin que esos personajes te aporten nada. Ni por lo bueno ni por lo malo. Se piensa enseguida en La Regenta, en el pequeño mundo que Clarín nos propone. Y gana el novelista español. Sin que se parezcan las dos novelas excepto en la voluntad realista. Naná, la protagonista, es una imbécil. E imbéciles, sin matices pero con diversos grados de intensidad, son los que le acompañan o sufren en las 470 páginas.




        A lo más, un par de párrafos merecen subrayarse por cuanto sintetizan una época.  
      
      En el capítulo XII, un eco de una sociedad: 
     
     “Constituía una locura hacinar quinientas personas en una estancia donde apenas cabían doscientas. ¿Por qué, entonces, no habían resuelto firmar el contrato en la plaza del Carrousel? “Efecto de las nuevas costumbres” decía la señora Chantereau; en otros tiempos esas solemnidades transcurrían en familia; actualmente era preciso una muchedumbre, entrada libre para todo el mundo y el aplastamiento, sin el cual la velada parecía insípida. Era cuestión de exhibir el lujo y para ello se introducía en la casa la espuma de París, y nada más natural si semejantes promiscuidades pudrían en seguida el hogar. Aquellas señoras se quejaban de no conocer a más de cincuenta personas. ¿De dónde salía todo aquello? Hasta las solteras, muy escotadas, exhibían sus hombros desnudos. Una mujer llevaba un puñal de oro plantado en su moño, mientras que un bordado de perlas de azabache la vestía como una cota de mallas. A otra la seguían sonriendo, ¡tan singular encontraban la osadía de sus faldas ajustadas! Todo el lujo de aquel fin de invierno se encontraba allí; el mundo del placer con sus tolerancias, lo que una señora de casa recoge entre sus relaciones de un día, una sociedad en la que se codeaban los grandes apellidos con las grandes vergüenzas, en un mismo apetito de goces. El calor aumentaba y la cuadrilla desarrollaba la cadenciosa simetría de sus figuras, en medio de los salones demasiado llenos.”

        En el capítulo XIII, una escena de degradación masoquista:

“-¡Si llegaremos a ser tontos! -acababa ella por decir.- No tienes idea de lo feo que eres, gatito mío. Por Dios, si te viesen en las Tullerías...
Pero estos jueguecitos en seguida se estropearon. No fue crueldad por parte de ella, pues continuaba siendo buena muchacha; aquello fue como un viento demencial que pasó y creció poco a poco en la habitación cerrada. Una extraña lujuria los descomponía, los impelía a las fantasías delirantes de la carne. Los antiguos espantos devotos de sus noches de insomnio volvieron ahora con una sed de bestialidad, un furor de ponerse a cuatro patas, de gruñir y morder. Un día, cuando él hacía el oso, ella lo empujó tan rudamente que cayó contra un mueble, y ella se echó a reír involuntariamente al verle un chichón en la frente. Desde entonces, cogido el gusto por aquellos ensayos con Héctor de la Faloise, ella lo trataba de animal, le pegaba y le perseguía a patadas.
-¡Vamos ya! ¡Vamos! Tú eres el caballo... ¡Arre, ya! ¡Sucio burro! ¿Quieres caminar?
Otras veces él hacía de perro. Ella le arrojaba su pañuelo perfumado al otro extremo de la habitación y él debía correr a recogerlo con los dientes, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
-Tráemelo, “César”. Espera, que voy a pegarte si te portas mal... ¡Muy bien, “César”! Obedece, sé amable, sé bonito.
 Y él amaba su bajeza, saboreaba el goce de ser un animal.”
       
        Poco más puedo decir de este clásico árido sin aburrir tanto como Zola ha hecho conmigo. Aunque nadie termine de quitarme la impresión penosa aducida por el padre Ladrón de Guevara.