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domingo, 28 de diciembre de 2025

Lecturas: Me piden que regrese (Andrés Trapiello)

Derivada de su libro de no ficción Madrid 1945. La noche de los Cuatro Caminos, que aguarda su turno en mi biblioteca, esta novela supone un esforzado, pero baldío, intento por parte de Andrés Trapiello de ahondar en la memoria desde unos postulados dignos de cualquier apologeta de la corrección maniquea que impera en esta España nuestra. Es decir: una ficción en la que todo franquista, excepto Sol Neville, es malo y donde todo izquierdista es angelical. El resultado deja un sabor a repetición y cansancio. El libro, en el que se ha querido encontrar un patrón barojiano cuando acecha un espíritu azoriniano con su inclusión de términos en desuso, como muleto y otros tantos, carece de nervio y hasta de interés. El pretendido fresco de Madrid en las últimas semanas de la Segunda Guerra Mundial, con sus agentes secretos y su diplomacia, sus meretrices y su Pasapoga, sus diplomáticos y hasta el propio Caudillo, se desinfla y termina siendo algo decorativo, algo que desaprovecha una trama prometedora como la de la falsificación de las Capitulaciones de Santa Fe, y en la que aburre con su detenida descripción de las torturas en la Dirección General de Seguridad.

La prosa, siempre reconocible por su tono entre melancólico y lúcido, se desdibuja aquí en un exceso de complacencia. Narrativamente, el libro apenas avanza. Los recuerdos se suceden sin un hilo que los estructura, y esa falta de tensión convierte la lectura en un ejercicio de paciencia. El lector que busca emoción o descubrimiento se encuentra con un discurso más preocupado por reafirmar la figura del autor que por comunicar algo nuevo o necesario.



En Me piden que regrese, Andrés Trapiello no regresa: se repite. Lo que en otros tiempos fue introspección elegante aquí se transforma en un bucle de vanidad y melancolía impostada. El tono, que antaño destilaba autenticidad, ahora parece impostado, como si el autor escribiera para convencerse de su propia importancia al calor de opiniones, incluidas como pórtico de la edición de bolsillo, de quienes se exceden en el elogio incurriendo en la mentira

Lo más llamativo, sin embargo, no es el texto, sino el coro de voces que lo acompaña. Pasen y vean: Si existe un canon de la novela, ahora en el siglo XXI y con permiso de Harold Bloom, ésta es la novela perfecta" (Fernando Rodríguez Lafuente), Una gran novela para la posteridad (Alberto Olmos), Una obra maestra en el género más popular. […] Será sin duda éste el mejor libro del año. De muchos años (Fernando Savater), Se trata de una novela definitivamente maravillosa (Juan Marqués). Todos estos elogios son muestra de amistad, sin duda, pero también de deshonestidad intelectual. Un engaño al lector exigente que busca la excelencia de la que Trapiello es capaz. Al protagonista le piden que regrese.Al lector exigente, le pido que huya.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Lecturas: Celia en la Revolución (Elena Fortún)

Fue en los años ochenta del pasado siglo cuando esta novela fue recuperada. Escrita en los primeros compases del exilio argentino de la autora, encaró la redacción como un ejercicio de exorcizar los fantasmas del desastre colectivo. A través de su protagonista, una Celia adolescente convertida casi en aya de sus hermanas. La llegada temprana al mundo adulto es el momento también de la masacre. Sin sentimentalismos, veremos caer bajo las balas del propio bando al que Celia pertenece, adscribible en su caso y por vía paterna a Izquierda Republicana, a inocentes. Sabremos del hambre, de lo paseos, de los bombardeos. Lo dice Celia: A veces los mayores hablan de cosas que no entiendo, pero yo sé que algo grande está pasando. Esta frase condensa el desconcierto de los más jóvenes ante un conflicto que está más allá de su capacidad de comprender, pero que les afecta muy directa y cruelmente.

A lo largo de la novela, la autora no se limita a hacer una simple narración de las desventuras de Celia, sino que entrelaza hábilmente la trama personal con los grandes sucesos históricos. La Revolución que se menciona en el título no es solo un concepto abstracto, sino que se ve reflejada en los cambios y tensiones que atraviesan las vidas de los personajes. Las familias se dividen, las lealtades cambian y, por supuesto, las tensiones políticas se filtran en las conversaciones de los adultos, muchas veces sin que los niños comprendan por completo el alcance de esos conflictos.

En una de las escenas más impactantes, Celia reflexiona sobre los nuevos términos que escucha en casa, como "revolución", "sindicato" o "socialismo". Es extraño que las palabras más importantes sean las que no entiendo, dice Celia, una frase que resalta la desconexión entre los grandes movimientos históricos y la cotidianidad de los niños, que viven en un mundo de juegos y preocupaciones propias de su edad.

La obra de Elena Fortún va más allá de ser una simple crónica de la Revolución. La autora consigue capturar la esencia de lo que significa ser niño en tiempos de incertidumbre. Celia, en su ingenuidad, representa una perspectiva única sobre los grandes movimientos sociales, mostrando una mirada que a veces parece más clara que la de los propios adultos. En este sentido, "Celia en la Revolución" nos ofrece una crítica social sutil pero potente, al mismo tiempo que nos recuerda la importancia de preservar la mirada inocente y honesta de los niños, quienes, a pesar de no entender del todo los cambios que se producen a su alrededor, captan la esencia del conflicto en su propio lenguaje.

Elena Fortún logra equilibrar de manera magistral la mirada infantil con la reflexión sobre un contexto histórico complejo, permitiendo que los lectores, independientemente de su edad, se identifiquen con los personajes y los momentos que viven. En sus palabras: El mundo no deja de cambiar, y nosotros, aunque queramos, no podemos quedarnos quietos en un rincón. A pesar de que la infancia puede parecer un refugio apartado de las tensiones del mundo adulto, nada escapa a los cambios que determinan el curso de la historia. Sin grandes ambiciones, esta novela se ha convertido en un testimonio fundamental para conocer desde dentro, sea la angustia de aquella tragedia que algunos añoran.




sábado, 3 de mayo de 2025

Lecturas: Castillos de fuego (Ignacio Martínez de Pisón)

De Ignacio Martínez de Pisón me entusiasmó aquel engranaje perfecto y breve titulado Antofagasta. Yo era joven y también él. Después, maduros ambos, su reportaje-ensayo-novela de no ficción Enterrar a los muertos, demostraba, con absoluta honestidad intelectual, y con elocuencia, que para un comunista no había nada peor que otro comunista. Ahora, con esta novela torrencial vuelvo la mirada a la posguerra en España. Y consigue no una novela redonda sino una especie de Colmena celiana con igual amargura. Con episodios datados entre 1939 y 1945 (la novela comienza con el fuego de los hachones que acompañan el féretro de José Antonio Primo de Rivera en su viaje entre Alicante y El Escorial), nos lleva al Madrid de los derrotados y de la clandestinidad. Tiempos de silencio que hubiera dicho Luis Martín Santos.

Entre vencedores corruptos y acomodaticios, y un Dionisio Ridruejo poco convincente y algo acartonado en el retrato que del primer (bueno, segundo si le damos la primacía a Hedilla) disidente del régimen, aquí no se cae en el maniqueísmo ramplón de, digamos, Almudena Grandes, ya que también entre los perseguidos hay odios y crueldad. Los guerrilleros son capaces de exterminarse o delatarse  entre ellos por rencillas internas, del mismo modo que por debajo de esta sordidez de corrupción y prostitución, de desencuentros y esperas, hay una pulsión humana que hace que la lectura merezca la pena. No es una gran novela (Pisón es capaz de conseguirlas) pero sí es una buena novela en la que Cada uno tenía su castillo de fuego, una ilusión construida sobre cenizas.



domingo, 27 de abril de 2025

Lecturas: La tía Tula (Miguel de Unamuno)

 Valga lo que copio de Wikipedia: La Biblioteca Básica Salvat de libros RTV es una colección literaria española en cien volúmenes, publicada por Editorial Salvat en colaboración con Alianza Editorial​ entre 1969 y 1971. La colección fue promovida por el Ministerio de Información y Turismo de España, dirigido por entonces por Manuel Fraga. Este organismo convocó un concurso entre editoriales privadas que fue adjudicado a la propuesta conjunta de Salvat y Alianza Editorial. El proyecto contó con el apoyo de Radio Televisión Española, que autorizó el uso de las iniciales RTV en la colección.​ Los cien volúmenes escogidos, publicados en lengua castellana, aparecieron publicados en encuadernación rústica, impresos en Lizarra (Navarra). El precio de venta fue de 25 pesetas cada ejemplar. Se vendieron más de treinta millones de libros. El comité de patronazgo estuvo conformado por Dámaso Alonso, Miguel Ángel Asturias y Maurice Genevoix.



Diez años después de su publicación, esta colección constituía la casi totalidad de mi biblioteca familiar, siendo, pues, parte fundamental de mi formación intelectual. De aquel centenar de volúmenes, pudieron pasar por mis manos, por mis ojos, más de la mitad. Ahora, más que pasado el mezzo del camin della nostra vita, caigo en la tentación insensata de la lectura/relectura de toda la colección en el orden en que fueron publicados.

Con esta novelita de Unamuno digamos que sucede lo que siempre en él, que su ambición metafísica, su tentación de sermonear, lastra la narración para hacer del libro algo áspero, ingrato, que se lee sin interés. No es un placer, ni una lección. Es una purga. Señalemos, a lo más, cómo en el prólogo el autor bilbaíno acuña, ajeno al uso y abuso que se le daría en nuestro tiempo, el término y el concepto de sororidad. El ensayo, híbrido entre narración y diario, titulado "Cómo se hace una novela" profundiza en los defectos de la novela que la precede. Sorprende la decisión editorial de comenzar la colección con este volumen que, en cambio, se vendió como oferta de lanzamiento con otro más deleitable, Cien obras maestras de la pintura de Marcial Olivar.

domingo, 11 de agosto de 2024

Lecturas: Ha estallado la paz (José María Gironella)

 En el prólogo, Gironella anuncia una enormidad: seguir la saga de la familia Alvear hasta el día en que se produzca la sucesión en la Jefatura del Estado. Háganse una idea: si este tercer tomo se inicia el 1 de abril de 1939 (Día de la Victoria) y concluye el 12 de diciembre de 1941, y ocupa 801 páginas en la edición de Booket, ¿cuántos tomos hubiera requerido para alcanzar el 20 de noviembre de 1975, fecha en que Franco pasó a peor vida?, ¿cuántos miles de páginas? Y todo ello sin salir (apenas) de Gerona (que tampoco es Macondo). Se ve que el desinterés de los lectores tras este volumen publicado en 1966, al que seguirá otro, Los hombres lloran solos, que aparecería en 1986 sin pena ni gloria, le convencieron de la insensatez de estirar el chicle hasta convertirlo en una piedra insípida. Porque este tercer libro es justamente eso, un tráfago, una acumulación de palabras y personajes que se siguen sin interés deseando que Hitler invada Polonia y más adelante la Unión Soviética y más adelante Japón Pearl Harbor, con tal de que el letargo palabrero de los personajes se sacuda y la Historia insufle vida a las historias. Pero ni siquiera la partida a la División Azul de algunos personajes, ni el intercambio epistolar desde el exilio sirven para levantar esta novela fallida que da lástima en su fracaso. De nada sirve la naturalidad, sin moralismos ni condenas, con que se trata la homosexualidad de un personaje, o el descreimiento de otro, para salvar este libro del contenedor azul. 


PD: en las entradas dedicadas a Gironella he usado conscientemente Gerona, y no Girona, al aceptar lo que la Real Academia Española dictamina sobre Gerona: Nombre tradicional en lengua castellana de la provincia y ciudad de Cataluña cuyo nombre en catalán es Girona. Salvo en textos oficiales, donde es preceptivo usar el topónimo catalán como único nombre oficial aprobado por las Cortes españolas, en textos escritos en castellano debe emplearse el topónimo castellano. El gentilicio, para todo tipo de textos, incluidos los oficiales, es gerundense.

jueves, 8 de agosto de 2024

Lecturas: Un millón de muertos (José María Gironella)

 Dicen, sólo dicen, que Franco, al leer esta novela, declaró que justamente así fue la Guerra Civil española. En todo caso, aquí Gironella sigue el devenir de los hechos con un tono desconcertante, sin profundizar en el drama y haciendo de la guerra un marco desconcertantemente neutro, desprovisto de dolor, de épica, de rabia. Pero sin obviar la mención de los principales acontecimientos y obviando otros como las sacas de las cárceles y su consecuencia de las matanzas de Paracuellos o el terror de los paseos en Madrid y otras ciudades. En cambio, sí se habla de las checas aunque sea con ese mismo pudor. Pero lo más notorio de este relato que sitúa escenas en el frente de Aragón, en Madrid, en Burgos, en Teruel, en Pamplona, es su crítica a la visión estratégica de Franco, acusado de ir dilatando a sabiendas su triunfo con tal de garantizarse la eliminación y la sumisión del enemigo. Algo que también será la tesis de la sobresaliente Leyenda del César visionario de Francisco Umbral. Pero que Gironella lo haga en fecha como 1960, que es cuando terminó la redacción del libro, delata su honestidad. Como también su declaración de que el millón de bajas del título se refiere a que el medio millón de muertes que supuso entre los dos bandos debe duplicarse para considerar también víctimas al otro medio millón de españoles que mataron a sus hermanos en nombre de ideales que no merecían tal sacrificio, tal desdicha. 

Lo que sucede a la familia Alvear desde la retaguardia de Gerona poco importa, por mucho que Gironella quiera entretenernos con las cuitas de sus muchos personajes. 



martes, 6 de agosto de 2024

Lecturas: Los cipreses creen en Dios (José María Gironella)

 Tantos años viendo los tres tomos de Gironella en casas ajenas, los dos títulos primeros abracadabrantes para un niño (¿cómo va creer en Dios un árbol, y no son demasiados y en números redondos esos muertos?). Tantos años rehuyendo caer en ese gusto tal vez ramplón, tal vez anticuado, seguramente franquista, sin saber que daba la espalda a una posible obra maestra, tal vez a tres. Porque esta primera parte de esa trilogía lo es. Sin duda alguna. Y la pacata y variopinta familia Alvear, de Gerona, tiene vida propia con el padre, Matías, en la izquierda moderada, puede que krausista y algo escéptico, la madre doña Carmen Elgazu, católica a machamartillo y roma con una fe, y un carácter, algo bovina, el hijo mayor, Ignacio, algo tarambana y desnortado, el hijo segundo, César, dechado de santidad y la hija, Pilar, efervescente. A todos ellos los rodean una serie de elementos que caerán en el extremismo, desde el Responsable anarquista, el comisario Julio García con apuntes de comunismo, los utópicos extremistas David y Olga, el falangista Mateo, el chequista Cosme Vila, el pelele rojo Gorki y tantos otros. 



Este caleidoscopio, escrito sin entrar en soflamas patrióticas, entre 1949 y 1952, es un prodigio literario, un ejercicio de generosidad que describe tanto la pasión de las izquierdas como la de los derechistas. El resultado catastrófico de la II República española, a la que se sigue en su deriva desde unos días antes de su proclamación hasta el 30 de julio de 1936, se contempla desde las dinámicas enfrentadas de los extremistas de ambos extremos, con el fatalismo de su resultado detestable. Basta con leer las opiniones de los lectores para comprobar que cuanto dice Gironella tiene un eco en nuestros días, casi una premonición de otro desastre. Lo que hace necesaria esta lectura y convertirla casi en un deber ético y político. Según la propia editorial, es La novela española más leída del siglo XX. Parece mentira, entonces, que hayamos olvidado este aviso. Españolito que vienes al mundo...

miércoles, 24 de julio de 2024

Lecturas: Sabotaje (Arturo Pérez-Reverte)

 Picasso, que no me lo toquen. Llevo 35 años trabajando con él/para él y saber que esta última entrega de Falcó iba en torno al Guernica me hacía temer lo peor, el retrato de brocha gorda, los juicios de valor infundados, el abuso de los prejuicios. Sin que haya una tarea de documentación rigurosa (cuando se le hace hablar, hace afirmaciones que sólo formularía años más tarde), el mito sobrevive. No es el verdadero Picasso el que aquí aparece, pero al menos tampoco es el gañán al que tantos (y más ahora) acusan de otros defectos distintos a los que tuvo. Algo es algo. 

Esta vez, Pérez-Reverte  camufla la identidad de sus personajes. Así, comparecen Hemingway bajo el nombre de Gatewood, Lee Miller como Eddie Mayo, Peggy Guggenheim como Nelly Mindelheim o André Malraux como Leo Bayard. Sólo Marlene Dietrich y Picasso comparecen con su verdadero nombre. Y la Dietrich protagonizando una escena erótica que sería tolerable en un autor más joven o inexperto. Pero que aquí, desde mi experiencia personal de lector, chirría. Y sobra.

Aquí, Leo Bayard es alguien cuya experiencia y datos concuerdan con los de Malraux, sólo que aquí se enfrenta a un destino distinto al recibir Falcó la doble misión de hundir su carrera y/o truncar su vida presentándolo como un agente fascista y por tanto factible de ser sometido a una purga por parte de los comunistas, y por otra parte evitar que el Guernica sea como es. Con tiros y puñetazos, persecuciones y engaños, se consigue lo primero y en parte lo segundo. Esta vez la historicidad nítida y fiel no es una exigencia para el autor. Pero tampoco importa. El libro se disfruta como lo que es. Un pasatiempo más o menos sofisticado. Con eso basta.



Lecturas: Eva (Arturo Pérez-Reverte)

 Más cafiaspirinas y más desapego. Más Lorenzo Falcó trasladado esta vez a Tánger durante la Guerra Civil para recuperar parte del oro de Moscú, 30 toneladas, que en un transporte posterior quedó a bordo de un mercante republicano, el Mount Castle, fondeado en el puerto africano donde acecha sus movimientos un destructor nacional, el Martín Álvarez, dispuesto a echarlo a pique. Los capitanes de ambos navíos, el rojo Fernando Quirós y el franquista Antonio Navia, son hombres guiados más que por obediencias o ideologías, por el sentido del deber, de la rectitud. De aquello que llaman honor. Ambos preferirían no enfrentarse. Y de esos escrúpulos, más que de los calentones entre Falcó y Eva Rengel, convertida ahora en agente soviética bajo su verdadera identidad, Eva Neretva, se nutre la novela: 

Estamos en paz.”

Eso había dicho Eva la última vez.

Nunca lo habían engañado antes, recordó absorto. Nunca una mujer, y nunca de esa manera. Eva Neretva, alias Eva Rengel, alias sabía Dios qué. Se había revelado maestra indiscutible en el juego turbio, arriesgado, que jugaban ambos. Con su frialdad tan soviética. Casi inhumana. 


No importan, ni siquiera interesan, el paisaje ni la atmósfera de Tánger, por entonces sometida a la protección de España, Francia e Inglaterra. Tampoco el curioso personaje de la antigua amante, manca, Moira Nikolaos. Ni la sangre bruscamente derramada en peleas descritas con escalofriante realismo. 

El título de la novela intenta que desviemos la atención hacia Neretva, convertida en mujer fatal, a pesar de algunos voluntariosos diálogos y escenas:

«-No creo que sea verdad que nos amemos –murmuró Eva.Él reflexionó un momento. O aparentó hacerlo.-Yo tampoco lo creo». 

La partida de los dos navíos hacia su cita con el destino tiene una grandeza que supera a las demás vicisitudes del libro.

Lecturas: Falcó (Arturo Pérez-Reverte)

 El personaje no causa empatía. Tampoco lo pretende el autor. Por tanto, nada que objetar. A través de las páginas, seguimos a Lorenzo Falcó, señorito jerezano devenido en agente secreto al servicio del bando franquista en la Guerra Civil española. En algún lado leí una descripción del protagonista como "un agente secreto al servicio de sí mismo". Así es. Falcó trabaja para un bando pero sin entusiasmo. Aunque ello ponga en riesgo su vida y lleve a acabar con la de otros. Sin entusiasmo pero con un notorio sentido del deber. Como corresponde a alguien de su oficio. Esta vez la misión es colaborar en el rescate de José Antonio Primo de Rivera de la prisión de Alicante en la que fue ejecutado el 20 de noviembre de 1936. En la novela se respeta el hecho histórico, por lo que el fatalismo se impone a medida de que se avanza en la lectura. Sólo queda por adivinar cómo fracasará ese intento de cambiar la Historia. Sobre los planes, sin realizar, de liberar al líder falangista, hay un libro fundamental que puede estar en la base de esta ficción de Pérez-Reverte (véase aquí). En todo caso, en la operación en territorio enemigo, aparecen idealistas y agentes de dudosa fidelidad que aparecerán en la siguiente entrega de esta trilogía. 


Aquí, más que una novela histórica, asistimos a la lectura de una novela negra, que arranca con la muerte de una mujer en un tren (no a manos de Falcó) y sigue con escenas de tortura, otros asesinatos y una vibrante emboscada. A lo largo de las páginas, Falcó no manifiesta afectos pero sí una atracción meramente carnal hacia Eva Rengel que dará nombre a la siguiente novela de este ciclo. El estilo es seco, conciso. Sin adornos, sólo deslucido por algún diálogo que pretende llenarse de frases campanudas y que lo convierte en algo ridículo. Como artefacto literario, este libro funciona ejemplarmente. Pero no emociona. Algo que tampoco pretende Pérez-Reverte. Ni Lorenzo Falcó.

martes, 26 de septiembre de 2023

Lecturas: El amante bilingüe (Juan Marsé)

 Tuvo entonces, quizás por última vez, conciencia fugaz de quién era y de lo que estaba haciendo, un enmascarado loco de amor que había tramado una falacia disparatada para reconquistar a su mujer. Así, a pocas páginas del final de esta amenísima novela breve, se resume la peripecia que recoge, la de un charnego en Barcelona, un advenedizo, Juan Marés (es fácil trastocar ese apellido para convertirlo en el autor de la novela), casado con una niña bien catalana, Norma Valentí, que asume la identidad y los rasgos de un antiguo amigo de infancia, Juan Faneca, para intentar acercarse a la amada infiel y perdida. Que Marés, habitante en una ciudad que intenta imponer un idioma sobre otro, habite en el edificio Walden 7 que poco a poco se desmorona es símbolo de esa sociedad inestable en la que los pobres hablan castellano y son los hijos de la burguesía los que exigen e imponen el uso del catalán. 

Interpretable como una fábula política y una sátira social, es la lectura sentimental la que más puede y debe calar en el lector en esa disociación entre el Marés abandonado y el Faneca seductor, entre la soledad del derrotado y su miseria y la pobreza feliz de quien es capaz de conseguir el amor. Puesto a elegir entre sus dos identidades, se preferirá la de Faneca. Y con ella un bilingüismo absurdo y disparatado que sólo asomará en el último párrafo del libro (Pué mirizté, en pimé ugá me’n fotu e menda yaluego de to y de toos i així finson vostè vulgui poque nozotro lo mataore catalane volem toro catalane, digo, que menda s’integra en la Gran Encisera hata onde le dejan y hago con mi jeta lo que buenamente puedo, ora con la barretina ora con la montera, o zea que a mí me guta el mestizaje, zeñó, la barreja el combinao, en fin, s’acabat l’explicació i el bròquil, echusté una moneíta, joé, no sigui tan garrapo ni tan roñica, una pezetita, cony, así me guta, rumbozo, vaya uzté con Dió y passiu-ho bé, senyor).

La escena en que Faneca se encuentra con Marés en la noche, tras haberse dejado notas escritas, tiene un patetismo escalofriante que en en unas escasas líneas se convierte en lo mejor de esta novelita leve que tiene la calidad del mejor Marsé. Del mejor Marés.



 

viernes, 30 de junio de 2023

Lecturas: Berta Isla (Javier Marías)

 Una obra maestra. De Javier Marías, inevitablemente. Cuya muerte tras publicar la segunda parte de este díptico, Tomás Nevinson, sirvió para que los méritos apabullantes de la segunda novela sirvieran para rescatar como hito sobresaliente la que nos ocupa. En esta novela densa, con sus párrafos extensos y extremadamente deleitables, es una vez más la identidad el tema. Berta Isla está casada con Tomás Nevinson, un hispano-británico extraordinariamente dotado para reproducir acentos en un número inverosímil de idiomas, de dialectos, lo que lleva a que sea reclutado, arteramente, por el servicio secreto británico, rompiendo con su vida cotidiana, tachándola, convirtiéndolo en un marido y padre intermitente, un fantasma, una ausencia. Berta, nueva Penélope, le aguarda, le espera, le imagina. Y con ella el lector, que tampoco tiene claro si volverá entre la niebla y las múltiples y posibles vidas y nombres quien conocimos como el novio primero y después el marido de Berta, se pasa las páginas acunado por la espera, por la esperanza, de Berta Isla.



Siendo una lectura no fácil, como es marca de la casa en Marías, aquí se hace, pese a la densidad, ameno, y no hay hastío en ninguna página. La clave del libro entero aparece en lo que uno de los reclutadores de Nevinson le dice: Todo sería normal, cuando estuvieras en España. Cuando no estuvieras, no, no te engaño: vivirías vidas ficticias, vidas que no son la tuya. Pero sólo temporales: antes o después las dejarías siempre para regresar a tu ser, a tu antiguo yo.

Con referencias a la novelita El coronel Chabert de Balzac, al regreso de Martin Guerre en la novela de Janet Lewis, a la poesía de Eliot y a Shakespeare, este libro es un tesoro, una invitación al cuestionamiento de los afectos y de la identidad. Una invitación a volver los ojos hacia la que, ay, es la novela terminal de Marías, tan amado por nosotros.

lunes, 6 de febrero de 2023

Lecturas: Los enamoramientos (Javier Marías)

 Da repelús, a estas alturas del año y del siglo, leer en la contraportada que Javier Marías murió en 2022 y que fue autor pero ya no lo es, con todo lo que eso quiere decir, sin decirlo, que se acabó, que ya sólo queda volver a un número ya fijo de libros de Marías, y que ya no se podrá ir, como hice antaño, a las librerías a comprar su nueva novela en primera edición para guardarlas como Berta Isla y Tomás Nevinson, convertida en lápida. Porque duele saber que no será premio Nobel como con tanta devoción uno creyó que sería, y porque ya no volverá a haber un autor que te convenza a través de un torrente verbal que no se dirige hacia delante sino hacia dentro, más hacia lo que pasó y porqué pasó y eso y no otra cosa, que una sucesión de acciones que lleve a un desvelamiento. Porque Marías fue un moralista escéptico, desapasionado, un orfebre dueño del misterio de la lentitud para darnos, acá y allá, señales de una historia que es sólo el pretexto para escribir y examinar la conciencia.


Esto es Los enamoramientos que en su momento mucho se comentó porque era una mujer por primera vez la narradora, como si fuera eso importante. Tal vez más significativo sea que esté dedicada a quien fuera esposa del autor, y como la propia protagonista trabajadora de la industria editorial y que en estas páginas se enamora de alguien de nombre Javier. Y esa relación amorosa, ese enamoramiento que es más bien lo que en lunfardo se llama metejón, es la que se analiza mezclándola con la historia que propicia ese acercamiento entre los amantes, que no es sino una muerte de quien fue amigo del amador y objeto de empática observación por la amante. La naturaleza de esa muerte violenta, inducida o procurada, con referencias a una novelita de Balzac, El coronel Chabert, a Los tres mosqueteros  de Dumas y a Macbeth de Shakespeare, y con un cameo lleno de sandunga de Francisco Rico, es lo que hace gravitar la mayor parte de esta novela. En la que la intriga es lo de menos, y es lo de más, la hipnótica naturaleza de esta escritura solemne y que no juega, que no entretiene y sí enseña a conocer la voluble consistencia de nuestras almas, de todas las almas y los corazones tan blancos.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Lecturas: Vengo de ese miedo (Miguel Ángel Oeste)

 Me considero amigo de Miguel Ángel Oeste. Una persona dinámica, nerviosa, generosa, inquieta, fiel en la amistad y en la pasión por la creación. Sí, he repetido una misma idea, amigo y amistad, morfemas en los que me reafirmo porque es ahora, justo ahora, cuando al fin lo conozco. Es más, como en aquel drama de Puccini, al fin conozco su nombre, el verdadero, el que incluye el apellido Martín. Ya él una vez lejana me confió que lo de Oeste era una lección porque evocaba horizonte, aire, libertad, cielo infinito. Ahora, tras atisbar en otras ficciones suyas (Bobby Logan, Arena) que su juventud se movió en ambientes donde no hubo horizonte ni aire y la libertad era un engaño, ahora, digo, se completa ese rompecabezas y entrega, con dedos doloridos y magullados, las últimas piezas para componer su retrato. Su verdad. Su dolor. Porque ésta es una novela donde no hay ficción, porque es una excavación en el miedo (la otra palabra más repetida es rabia, seguida tal vez de dolor), y a la vez una apuesta por una tambaleante, quebradiza, esperanza. Porque es el pasado de Miguel Ángel, de su imposible diálogo con los padres, atenazados por la pasión desbocada y los paraísos artificiales devenidos en infierno para lo que han quedado fuera del edén. Una historia de violencia absoluta. De gritos, mamporros, abusos, humillación. De desolación. Y es la historia de Miguel Ángel, hombre angélico por partida doble ya desde el nombre, que va luchando contra sí mismo mientras se confiesa, mientras se debate por contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. La asquerosa verdad. La putísima y completa verdad. Y en ese vacilar si seguir y cómo, en esa elección de momentos, sensaciones y desdichas, teme por repetir el modelo paterno, él que es devoto padre de dos hijas que deben ser como ese padre, mi amigo: inocentes y bondadosas. Puras. Y en esa lucha consigo mismo, este ajuste de cuentas contra el pasado, Miguel Ángel, mi amigo, mi amigo, insisto, sale purificado. Al fin se ha atrevido a arrojar el rostro, que el espejo no hay por qué (en una cita de memoria que hago de Quevedo), a romper los espejos y los espejismos y tras la muerte del padre, de un padre demasiado terrenal, demasiado brutal, sin misericordia ni amor, al fin descubrirse en un mundo en el que, sucedió lo que sucedió, sus amigos seguiremos viéndolo igual, con su celeridad de corazón de pájaro y su mirada limpia. Es parta mí demasiado doloroso entrar en más detalles, imagínense cómo fue para él haberlo escrito, haberlo compartido. Tras esta confesión, Miguel Ángel ha quedado absuelto. Del todo y por todo. De los pecados que él no cometió. Y ahora se ha ganado, en justicia, el reino de los cielos, los campos infinitos del Oeste. Puede ir en paz.



jueves, 31 de marzo de 2022

Lecturas: Los secundarios (Isabel Bono)

Uno los ve moverse (poco), los oye hablar (mucho). Todo parece un ejercicio de observación, de captación de la realidad en sus matices pequeños. Hasta que surge un nombre, La Colina. Y los que compartimos geografía y edad con Isabel Bono, nos situamos de repente. Esa zona fue antes un edificio solitario, que veíamos desafiante, allá por los años setenta, con sus letras colgadas en la fachada, y entonces, Hollywood de mármol, dispuestas a distancia de esa mole para que desde los coches pudiéramos deletrearlas casi como una orden, heraldo de ese edificio altanero y ajeno. Como si dijera lo de Ozymandias y nos invitara a la desesperación, a la huida, a la expulsión. Yo-soy-La-Colina, y tú no tienes nada que hacer aquí. Esto era, esto suponía para un niño que pasaba por la carretera hacia o desde Torremolinos. Pura extrañeza. 


Y uno, raro (Isabel Bono bien me conoce), cambia entonces la forma de ver la novela en la que Raúl, el hermano pródigo de Mateo, el hermano del reencuentro eludido narrativamente en la anterior novela, pero cierto, y Amalia, la ex mujer de Mateo, se reencuentran viviendo en ese edificio. Y lo que uno veía desde el Seat 127 de Matías Montañez (bendita sea su torpe memoria) se convierte en distopía, en cemento Bauhaus hostil, en Purgatorio desde mi recuperado catolicismo. En un lugar que nunca he visitado ni visitaré, en una tierra baldía donde el tiempo pasa y no deja huella, donde las palabras se las lleva el viento, un viento que huela mal, que no es brisa sino aire de alpechín o algo peor y feo desde antes de ser pronunciadas. Perdona, Isabel, esta imagen que doy de ese sitio, esa subjetividad que dejo escapar sin domar.

Entonces, lo que se dicen esos olvidados del Diario del asco ya reseñado en este blog, es algo que no importa. Al fin y al cabo, ¿quiénes son ellos? Nadie, los secundarios sin frase apenas antes y ahora convertidos en protagonistas. Pero que viven en estas páginas, por mucho que quieran individualizarse (Amalia seductora, Rubén homosexual), merced no a ellos sino al nexo que tienen en común: Mateo y sus ganas de morirse. Y así, cuando ya casi se agotan estas páginas y Amalia y Rubén están ya cansados de charlar, llegan los dos brevísimos capítulos finales que vuelven a Mateo, y nos enseña que esa conversación definitiva con Rubén, el reencuentro que prometía ser casi bíblico se queda en una conversación banal, vacía, apenas un saludo. No, no hay nada, parece decir Isabel mientras disfruta, con alegría y un pelín de amargura, al concedernos, al fin y al final, ese secreto. Como lo hay en el mensaje de la suicida Micaela, su nota de suicidio, que no es Mateo, condenado por siempre a la perplejidad, esto es, a la soledad, sino Rubén quien lee y desvela y destruye. Y que sólo aporta frases que son un poema escrito para no ser entendido. Y que le deja, nos deja, en el mismo desasosiego. E Isabel lo escribe sonriendo y con esa pizca de amargor. Y nosotros, que leemos esta novela breve y fluida, cerramos las páginas con esa perplejidad de sabernos también secundarios. Como si viviéramos encerrados, al otro lado de una carretera, en La Colina.

Lecturas: Falange y literatura (José Carlos Mainer)

 Frente a la torpeza furiosa e inquisitorial de Julio Rodríguez Puértolas, con su Literatura fascista española, escrita casi con un fusil en mano (no de soldado, sino de chequista), este libro de Mainer es pura mesura y método filológico puro (Rodríguez Puértolas no intentaba hacer historia literaria, sino política y partidista). Mainer no ataca, no condena. Mira a los autores que en su tiempo fueron miembros de Falange, recopila sus escritos, los selecciona, y nos brinda una brillante antología temática con excelentes introducciones a cada uno de esos ejes, y también traza un panorama general de la cuestión para comenzar el volumen.



A través de las ocho secciones de la antología (Los precursores, Memorias generacionales, La guerra y los héroes, Crisis, Nuevos caminos para el arte, La nostalgia de la Historia, La nostalgia burguesa y Los caminos del humor y la fantasía), desfilan (al paso alegre de la paz) autores olvidados y otros que merecían permanecer y son hoy acaso lectura de buscadores de rarezas, o puede que de nostálgicos. Hablo de Agustín de Foxá, del enervante Ernesto Giménez Caballero, Rafael Sánchez Mazas, Rafael García Serrano, Gonzalo Torrente Ballester (quizás el que mejor sobrevivió a su época), Julián Ayesta y, siempre, siempre, siempre, Dionisio Ridruejo, a quien su disidencia ha salvado del infierno. Quien quiera encontrar una prosa perfecta y afilada, vaya a las páginas del Eugenio de García Serrano, quien busque poemas hondos y casi eternos, ahí tiene a Ridruejo o la ligereza lírica, rica en recursos y riquísima en sugerencias, de Foxá, de quien su poema El coche de caballos es una obra maestra de sensaciones y nostalgia. 


Juzguen, y sobre todo, disfruten:


El coche de caballos
(Nostalgia de los siete años)

Un coche de caballos, lento, hacia el horizonte;
landó viejo y violeta, de caballos canela,
y en él, mi niñez triste, mirando las acacias
y los escaparates de antiguas primaveras.

Brisa en sus ventanillas y entierros bajo lluvia;
en mis manos de niño, alguna vez, las riendas,
dando a las frentes toscas de los pobres caballos
las nociones, difíciles, de derecha a izquierda.

Yo os evoco, paseos de la Casa de Campo.
Penumbras de eucaliptus, y el auto de la Reina,
del radiador dorado, cruzando silencioso;
los neumáticos blancos, dorados de hojas secas.

Y el Rey siempre de luto; lacayos; las infantas,
en fondos de Velázquez, con un mirar de inglesas;
y aquella concha rosa, con venas de arco iris,
donde bebía el agua después de la merienda.

En la Casa de Vacas, cubos llenos de espuma.
Al fondo, la casilla blanca de la guardesa,
con patos y cabras, y un vendaval de expresos,
verdes de madrugada, en sus enredaderas.

Mis hermanos ponían soldaditos de plomo
en las vías heladas, alfileres, monedas,
y el tren los laminaba, corriendo hacia unas olas
que en mi niñez de Duero imaginaba quietas.

Lagartija en el yeso de las tapias y cardos.
En el Tiro sonaban lejanas escopetas
de Marqueses, y a veces un pichón moribundo,
macizo por los plomos, volaba con tristeza.

Desde el coche veía, peonando, a los faisanes,
con la sangre enjoyada por cacerías regias,
y, allá, en las «Garavitas», entre tomillos tenues
el sol de los insectos rosaba el agua fresca.

Mi padre me contaba la historia de Don Álvaro
o el drama de Cyrano, cuando íbamos de vuelta
hacia un Madrid, caliente de acacias y faroles,
cuesta de San Vicente; jardín con centinelas.

En la plaza de Oriente, fuego en los miradores,
niños en cochecitos de burros con banderas,
y el golfo que encendía al coche los faroles
y al fondo el Real, guardando sus palcos en la niebla.

¡Oh coche de caballos de mis primeros años!
cuando aún no conocía ni el mar ni la belleza,
que cruzas mi nostalgia, trotando eternamente
con un olor de parque dormido entre las ruedas.

¿Dónde estarán tus hierros? ¿En qué plaza de toros
o en qué noria murieron tus caballos canela?
¿Y dónde está aquel niño de comunión y de oro
que hoy, en mi sangre de hombre, como un fantasma juega?

Agustín de Foxá





miércoles, 9 de febrero de 2022

Lecturas: Sacramento (Antonio Soler)

 Soler ha llegado a ser un estilo. Como lo es, también, Javier Marías. En Soler, una página cualquiera delata al autor: una escritura intensa, cálida (lo de "en ebullición" no es del todo preciso pero ahí le anda), febril, obsesiva, densa. Y repito lo de intensa, que es la nota que predomina sobre todas las demás. Esta novela parte de una historia poco conocida en la ciudad que ambos compartimos, y cuyo escenario principal está, estaba, a escasos diez metros de mi lugar de trabajo: haciendo esquina con la casa natal de Picasso hay un edificio que ocupa el solar de la iglesia de la Merced, incendiada en 1931 y reutilizada, ya en los años 40-50, por el párroco de la iglesia de Santiago. El nombre de este cura con fama de santidad antes de que la verdad saliera a la luz, era Hipólito Lucena. Ésta es su novela. Y también el primer libro que trata con claridad su trayectoria, desde la inocencia y el sacrificio del sacerdocio hasta su perversión, su caída en el pecado y la heterodoxia y su desaparición.



Quien no esté al corriente, éste es el resumen de los hechos: un cura joven de un pueblo del interior de la provincia de Málaga logra sobrevivir a la guerra civil y nombrado párroco de Santiago, reúne a un grupo de muchachas a las catequiza. Hasta ahí normal. Pero en los restos de la iglesia de la Merced también las seduce y las posee en ceremonias en las que las demás entonan cánticos. Lo de unirse a Dios a través de su representante. Tan burdo como eso. Pronto habrá rumores, de embarazos, de abortos. La Iglesia investiga e interviene. Suspensión a divinis, proceso eclesiástico en Roma, confinamiento/prisión en un monasterio en Austria y regreso, en la vejez, al terruño en busca del olvido.

Ya en un artículo (ver aquí) de 2010 nombré de pasada el asunto. No mucho después recibí una llamada telefónica de un sobrino-nieto de Lucena, inquiriendo mis fuentes (la Enciclopedia del Erotismo de Camilo José Cela) y preguntándome si caminaba tranquilo por la calle tras haber alzado esa insignificante puntita del inmenso y pesado velo. Es Soler, jugando entre la ficción y la no ficción, dando voz a Lucena y a sus víctimas, quien deja a la luz cegadora y amarga los hechos. En un ejercicio literario perfecto.  Una novela valiente de un escritor que siempre lo ha sido.

 



martes, 28 de diciembre de 2021

Lecturas: El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996 (Gregorio Morán)

 

Este libro de Gregorio Morán, que escribe con sagacidad y mala uva, con prosa afilada y no poca perspicacia, es un retrato del mundo cultural español (más bien del literario, con algún filósofo, un cura musicólogo, no pocos funcionarios y mucho advenedizo –notoria es la inquina que muestra hacia Umbral y Cela, a los que nombra siempre de pasada para meramente despreciarlos-, entreverados con funcionarios del régimen de entonces y el de la Transición) usando como pretexto la figura del cura Jesús Aguirre, devenido después en Duque de Alba. Es un retrato cruel de la intelectualidad española (los mandarines) sobre la que va superponiendo, como río que se esconde y vuelve a surgir, la figura de Aguirre. Todo contado desde el sustrato de la posguerra en el Santander de posguerra en que se incuba, con sus complejos y su ambición, Aguirre, pero sobre todo desde 1962, el año del contubernio de Múnich, la boda del príncipe Juan Carlos, el estado de excepción, el fusilamiento de Julián Grimau, la publicación de Tiempo de silencio de Luis Martín Santos. No muy lejos quedarían los fastos, en 1964, de los XXV Años de Paz con su exaltación de la benevolencia del régimen franquista. Los que eran mandarines durante los años 60, seguirán siéndolo con la democracia recién reinstaurada. Algo muy español.




Jesús Aguirre, cuando se casa con la duquesa de Alba, es un sacerdote, abandonado del gremio, por desgana y aburrimiento, homosexual convicto y confeso que no le hace ascos a nada, inteligente y sagaz, culto, sin un duro. El personaje de Aguirre es sólo un pretexto para narrar las décadas de los 60 y 70, con un Martín Santos de trato difícil, un García Hortelano convertido en un chistoso y poco más, un Manuel Sacristán convertido en portento de la inteligencia, un Aranguren que hace lo posible y se deja llevar, un Max Aub doliente y conmovedor en sus dos regresos a un país devenido extraño e ingrato,  Laín Entralgo inconsistente, mi amado Manuel Alcántara premiado.  Y un Juan Luis Cebrián oportunista y tornadizo. Con todo, más allá de que liándosela con papel de fumar Víctor García de la Concha intentara  prohibir su publicación, lo que hizo que se leyera más de lo inesperado, es un ajuste de cuentas con la clase de los letraheridos tan pagada de sí mismo. Como defecto, se echa de menos que pase tan por encima, sin apenas tocarlas, por las décadas de 1980 y 1990 (el relato se cierra en 1996 con la llegada al poder de Aznar, por mucho que el cura/duque muriera en 2001). Ira, subjetividad, extrema capacidad crítica en un libro implacable y necesario.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Lecturas: Feria (Ana Iris Simón)

Una de las sorpresas recientes (más o menos recientes), un libro que ha sido alabado por motivos literarios y condenado por razones (sinrazones) ideológicas. ¿Qué molesta aquí? Básicamente, que su autora nombre a Ramiro Ledesma Ramos (asesinado en octubre de 1936 contra las tapias del cementerio de Aravaca en el contexto de las sacas y masacres decididas y ejecutadas por los republicanos. ¿No quieren memoria? Aquí tienen. Ledesma tenía 31 años) en este libro y que después se haya manifestado contra la moda del feminismo y la secularización generalizados. Y que no simpatice con el gobierno actual y sus postulados. No me meteré ahí, en atacar a los que atacan a Simón. Ya se ocupa ella de defenderse. Pero señalo la dinámica cainita, cafre, de España, patria común e indivisible de los españoles (simplemente usar los términos de la vigente Constitución suena ya a provocación, qué cosas). Me ocuparé simplemente de lo que he leído en Feria.



Las críticas hablaban de un retrato descarnado de una infancia manchega en el seno de una familia de feriantes en la España de los años 90. Es cierto. Pero yo, que he pasado por esas edades en los 70 y 80 del último siglo del milenio pasado, esperaba algo más descarnado. Pero eso se debe a un prejuicio mío, unas expectativas equivocadas. Desde luego, los noventa fueron más suaves que todo lo anterior. El caso es que con capacidad altísima de evocación, en la que sentimos el abismo plano, chato y amarillo de la Mancha como algo casi físico, con su viento, nubes y nada, Simón nos arrastra por su familia y sus circunstancias, su léxico popular y sus melodías, mientras hay gente que nace y que muere sin hacer el mínimo ruido, trufando el relato cotidiano con disquisiciones casi de enjundioso artículo periodístico sabiendo cortar a tiempo para no distraer o cansar la atención del lector. Entre medias, pasajes luminosos:

entendí, pensando en Paris, que lo del día que conocí a mi hermano era el amor. Que esa admiración, ese entrever en el otro la verdad o la perfección del mundo, ese no entender mucho y ese no atinar a explicarse por qué uno quiere si "no conoce" era enamorarse: asumir que el amor preexiste. Y que conocer es reconocerse.

O también  verdades como: ser niño es guardar secretos. Empezamos a ser adultos cuando pensamos que todo tiene que contarse y que todo merece la pena ser contado.

El libro en sí es un rito de paso, un subirse a una noria para bajar siendo otro, alguien que guarda el secreto del horizonte invisible, alguien que deja atrás los muertos amados y descubre el amor a los que viven, a la vida en sí, plena y perecedera.  Una maravilla, tan amarga y tan dulce.


jueves, 18 de noviembre de 2021

Lecturas: Diario del asco (Isabel Bono)

 

Mateo tiene una marca de un corte en una muñeca. Mateo quiere morir. Mateo vive. Mateo se deja vivir. Mateo está vivo. Mateo sobrevive. Todas estas frases son verdaderas y pueden mezclarse al gusto. Mateo es parte de una familia en la que el suicidio es común. Hay estudios que indican un factor genético: si alguien de tu entorno lo ha probado o consumado, te queda, tras la perplejidad, tras lo que en palabras de Discépolo era el asombro de perderte y no morir, la enseñanza de que esa solución vital, letal, es válida. Es a fin de cuentas lo que le pasa a Mateo, el protagonista de esta novela de Isabel Bono.



Antes de pasar más adelante, permítanme una declaración subjetiva: hay libros que te pueden salvar la vida, que te saquen de la oscuridad: éste es, para quien esto redacta, uno de ellos.

Prosigamos. El caso es que Mateo, hondamente querible en su vida rutinaria y automática, tiene a su alrededor la muerte voluntaria de su su madre, el intento consigo mismo, la de un amor hipotético y ya imposible. Todo esto lo experimenta con tristeza, una tristeza palpable, firme, irrevocable:

Imagina una casa vacía

:ahí estás tú

Imagina un mundo vacío

:ahí estás tú

Mateo tiene los rasgos, la expresión, en la mente del lector de Buster Keaton, Pamplinas. Serio, triste, imperturbable, patético. Cómico. En su mundo nada cambia, y el recuerdo es un tóxico que más vale rehuir. Duele. Mata. Mejor seguir adelante. Vivo, pero no viviendo. Dejando que el tempo, ese asesino sigiloso y lento, se ocupe de todo. Es profesor de autoescuela pero eso no importa. Como tampoco su edad, 51 años. Ni la terapia inútil con una psicóloga. Ni su fracaso amoroso, con una esposa que es no del todo enemiga ni tampoco protectora pero que es ruptura y fuga. Ni la familia rota con un hermano ausente y adverso. Llevado a vivir con su padre tras el suicidio materno, algo que evita el suyo propio, esa convivencia de mesita para dos en la cocina, de pinzas de ropa y cerrar ventanas cuando llueve, no mitiga la soledad de Mateo ni la del padre. Que va evaporándose, sumiéndose en la demencia y en el infierno secreto de una residencia.



Siempre vuelvo al momento antes de la muerte de mi madre. Mi madre cayendo. ¿Conciencia o inconsciencia en el momento de llevarlo a cabo, aunque la decisión haya sido tomada inconscientemente? ¿En qué momento se arrepiente uno y ya no se puede echar atrás? Momento de soledad absoluta. El cuerpo reacciona y se agarra por muy meditada que fuese aquella decisión. Estoy seguro.

En este pasaje está una de las claves de la novela y del personaje, ese aferrarse a la barandilla, al paso de las horas, que ya es sabido que todas hieren pero la última mata. En su pequeña vida cotidiana de baldosas y portales puede hallarse el infierno, que es la conciencia, o la salvación de quien vive en pleno e inmóvil naufragio. A lo más, la irrupción de una joven vecina, Micaela, cronopio ejemplar si recurrimos a la taxonomía cortazariana, sirve para mitigar esa angustia, ese asco, esa tentación de seguir los pasos de otros hacia la ceniza. Ma non troppo.

Pero es caprichoso el destino, la alegría dura poco en la vida del triste. Y ahí surge el milagro: un episodio final inesperado que no cuenta nada extraordinario, no ofrece un giro de argumento, no es un tachán, ni siquiera supone una esperanza en la vida de este Bartleby perpetuo que siempre preferiría no hacer nada. Y que atañe al hermano. Ese capítulo final, sencillo y simple, equivale a una partita para violín de Bach, o a mi amado Erbarme dich, mein Gott del mismo. O el equivalente al Retorno del hijo pródigo de Rembrandt, en el que no vemos el rostro del perdonado pero sí, tan expresivas, las manos del padre sombre sus hombros.



Es ésta una historia de redención íntima, de ajustar cuentas no con el pasado sino con el presente, pues Mateo sabe que es lo único que existe. Una historia extraordinaria en su cotidianeidad chata y su realidad mansa por mucho que esté teñida de luto y amarguras. Como Vonnegut (el Vonnegut que Isabel Bono tiene encumbrado en su devocionario personal –y yo también-), Bono ha ido más allá de las circunstancias y ha sabido mirar con compasión a ese personaje pasmado y adorable que es Mateo que, al fin y al cabo, somos todos y cada uno de nosotros.